Azul acecho aleve (I)

Hay personas que dicen tener una experiencia fuera del cuerpo. Mediante drogas, o inducidos por un estado de duermevela, sienten que su espíritu se eleva. Entonces se ven desde arriba. No sé qué hacen después, porque tampoco es que haya mucho que hacer. Uno sale de su cuerpo y debe de resultar impactante. Pero parece una de esas actividades con mucha sorpresa al principio pero aburridas de inmediato. Bien, ya estoy fuera. Ahora qué. ¿Me saludo? Ahí estoy en pijama. O con la cara desencajada ciego de alguna seta . Pues muy bien. Dígame usted que hago ahora, porque yo a esto no le noto las ventajas. La mística es como las aficiones del fin de semana, un coñazo que se narra a los demás como si fuesen divertidísimas. Pero que no. “Y en la sierra de Calatayud me lancé en un tirolinas antes de la fiesta de la Quebrada donde…”. Váyase con su piragua.

Me parecen más interesantes las experiencias fuera del cuerpo domésticas. Por ejemplo mirar la letra propia. Deformada por la profesión y por el uso habitual de los procesadores de textos, muchas veces la letra propia ganaría en todos los concursos mundiales de letras de médicos. ¿Qué he escrito ahí, Dios mío? Y a lo mejor necesitas saberlo por el trabajo. Me he sorprendido a mí mismo a veces mirando la hoja de la libreta al trasluz, dándole la vuelta y poniéndola al revés, como si eso tuviera algún sentido. Llamando a gente para que me ayude. Como si eso tuviera algún sentido, si no la entiendo ni yo, la va a entender éste pobre hombre. En el momento en el que entiendes las más endiabladas captchas pero no la letra propia se produce la experiencia de verse desde fuera, como el que ha escrito un código dictado por un ser superior, o quizá inferior, pero otro ser que es uno mismo y a la vez no, una escritura automática muy jodida y un puntito inquietante. El efecto místico dura muy poco, a lo mejor dos segundos, porque es un efecto místico bastante gilipollas, muy de andar por casa, pero sólo con eso ya entra en la clasificación se quiera o no se quiera. Qué curioso, no reconozco al que hace estos garabatos, que soy yo. Y la ventaja de esta experiencia mística es que en un momento tan cortito pero a la vez tan solemne no sueles estar en pijama, al menos no en un gran porcentaje de las ocasiones, digamos el 82%.

Otra experiencia de fuera del cuerpo quizá más impactante sea ver los escritos de hace años, en el caso de que guste escribir. A veces repaso algún texto de este mismo blog o de las secciones de La Página Definitiva, o de otros lugares, y me sorprende lo que leo. Intereses que ya no tengo, un sentido del humor un poco distinto, una gran capacidad para hacer cosas que ahora no podría o bien una gran capacidad para escribir idioteces que ahora sí podría evitar. Unas características se pierden, otras se matizan, otras se mejoran, otras se empeoran. Hay textos que me gustan y que sería imposible repetir, ¿cómo lo hice? Otros, al contrario, pueden sonrojar, madre mía de mi alma, cómo escribí esto de aquí. Basta que pase más de un lustro para que uno se vea un poco desde fuera, como quien sale de uno mismo sólo la puntita. Suficiente.

Pero esta semana he tenido un síndrome de fuera del cuerpo realmente fuerte. Como la crisis está devastando al sector periodístico y en mi ciudad se destruye empleo al triple de velocidad que en el resto de España, había pensado, con una gran mente empresarial, que ante la falta de perspectivas no perdería nada por presentarme a un concurso de poesía de esos que tienen miles de euros de premio. Al fin y al cabo ya escribí un libro de poesía hace mucho. Estaba en un cajón, donde la mayoría de las veces recomiendo a la gente que deje sus poemas. A ser posible un cajón con llave y que después se queme el cajón y a ser posible el poeta con toda su familia. Peor que el poeta es la madre del poeta, la tercera más peligrosa después de la madre de niño cantante de copla y la madre de adolescente deportista en competición del colegio. Pues ya está, pensé, cojo ese libro y le doy un repasillo. Mínimo esfuerzo y hala. Además, pensaba también, no recuerdo los poemas pero creo que no estaban mal, incluso me noto con condiciones para este género, no en vano he compuesto algunos haikus en los últimos años. Y entonces tenía el ímpetu de la juventud. Abrí el cajón y saqué el libro.

Verse a uno mismo desde fuera, como me había visto en otras ocasiones gracias a la letra deformada o a los post antiguos, era una experiencia que contenía momentos de ternura combinados con algo de rubor, recuerdos de cierta candidez, sorpresa positiva en ocasiones, era un combinado al final dulce, como observar una foto de hace tiempo. En esta ocasión me vi a mi mismo de forma que no quedaba otra solución, tenía que asesinarme, que es lo que intento ahora de la única forma que sé, lanzándome afiladas letras desde el piso superior justo cuando paso tranquilamente paseando por abajo. Ahí va eso, a ver si se te sale la sesera por el oído, hijo de puta.

Hijo de puta, de hijo de puta me tengo que calificar. De grandísimo hijo de puta. Al repasar los poemas una brutal sensación que mezclaba la conmiseración, el odio hacia uno mismo, la vergüenza ajena (hay que recordar que uno se ve desde fuera), el sofoco, incluso hasta… el oprobio, se iban mezclando dando lugar a una bomba fétida. Pero qué grandísimo hijo de puta, sí señor. Con los cuernos retorcidos.

Hagamos un pequeño flashback. Nunca me gustó la poesía ni me atrajo lo más mínimo. Al terminar la carrera tuve un momento de paro y me puse a leer mucho. Por aburrimiento cogí algunos libros de poesía que tenía desde el colegio. Los típicos, la antología de Antonio Machado, la de Lorca, la de Juan Ramón Jiménez etc. Descubrí pasmado que entonces aquello de lo que hasta me había burlado empezaba a llegarme. Y no sólo me llegaba, me entusiasmaba. En tan sólo unos meses tuve las lecturas que seguramente a otros les llevaría años. La generación del 27 se mezclaba con la del 98 que se mezclaba con la del 50. Poetas medievales por el norte, poetas británicos de todos los tiempos por el sur, poetas chinos y japoneses por el este, y por el oeste, ¿esto que es? Gloria Fuertes por el oeste. Hasta leí a Gloria Fuertes, joder, qué entusiasmo tendría. Lo que muchos lectores experimentan poco a poco en la adolescencia me vino a mí sin esperarlo años después, no podía suponer ni por asomo que me encantase la poesía. Ese entusiasmo, el atracón de lecturas a modo de niño chico que se mete en la boca varios trozos de tarta vaya a que alguien se los quite y que ya me picaba el gusanillo de escribir, tuvieron en conjunto el efecto de impulsarme a salir al balcón con un sombrerito con una pluma, un laúd y una voz melodiosa que exclamaba a los cuatro vientos: Heme aquí, poeta soy. Y luego venía un oh o un ah muy sentido, que la poesía permite soltar impunemente ohs y ahs fuera de la cama o una cancha de tenis sin que nadie pueda ni chistarte.

Convertido ya en poeta sin obra, tocado claramente por las musas, genio del verso en potencia y futuro candidato al Nobel, me dispuse a escribir poemas.

CONTINUARÁ…

Con la que está cayendo

…con la que está cayendo… Hay que coger esos puntos suspensivos. Y mirarlos mucho en la palma de la mano, haciéndolos rodar así con el índice, como pequeñas canicas que tienen por dentro esos extraños dibujos de canicas si todavía hay canicas fuera del teléfono móvil. Nunca he visto un estudio riguroso sobre esos dibujos. Ni tampoco un análisis serio sobre “con la que está cayendo”. Y más aún acerca de lo que viene antes de la expresión. O después, según los casos. Tal, tal, con la que está cayendo. Con la que está cayendo tal tal.

Esos tales están ahora mal vistos con la que está cayendo. Y por la que está cayendo. Hay que entender que antes de caer la que cae no caía nada o quizá caía poco, lo justo. Y cuando no caía nada o caía poco esos tales ya eran tales y como tales hacía su labor talificadora de la misma forma que ahora talifican. El tal no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Y para seguir más o menos igual, que diría Lampedusa. Lo que varía es si cae o no cae como estamos observando.

Así que tenemos los ojos muy fijos en la cantidad que cae, si cae alguna. Y ese es el baremo que justifica o proscribe al tal y tal, que está ahí independientemente de si cae o no cae o si cae sólo un poquito. Si cae mucho se censura lo que antes se alentaba o permitía sin prestarle atención porque, la verdad, caer lo que se dice caer no caía. Y si caía era nada, chispeaba. Ahora sin embargo con la que está cayendo…

Los mirones de la que está cayendo tienen los prismáticos, el telescopio, fijo en la dirección donde caerá o no caerá. Dejan fuera del campo visual a los tales, que siguen a lo suyo, talificando, dale que te pego. Y en el momento en que perciben que la que está cayendo es considerable giran el trípode para observar lo que hay alrededor. Maldita sea, tales a sus anchas, a campo abierto, con la que está cayendo, exclaman indignados. Tales que no obstante allí estaban antes de caer la que ha empezado a caer.

A parte de la sociedad no le interesan los puntos suspensivos, lo que va inserto en esos puntos. Sólo la perspectiva que les ofrece la cantidad que cae, sobre todo cuando cae. Nunca relacionan que la cantidad que cae, cuando cae, depende de lo que había en esos puntos suspensivos cuando no caía nada o caía poco. O quizá sí lo relacionan pero cuando no cae puede que les gusten los puntos suspensivos, o que les guste algunos de ellos, que hay modelos diferentes, o que consideren adecuado ese modo en que se mueven. Míra como ruedan los puntos suspensivos, ruedan y ruedan y vuelven a rodar, que van de aquí para allá. Yo también quiero uno, señora. Y otro para mi niño.

Y entonces cae. Ya lo creo que cae. El verbo caer es lo que tiene, que uno no le hace caso hasta que cae. Y con la que está cayendo muy mal. Muy pero que muy mal con la que está cayendo. Ahora, si no cayese…vamos a ver, que esto es muy complejo, no crea usted.

La diferencia Escobar

Conquistar Europa, conquistar el mundo, para que te pongan en una tarima de verbena como a la Orquesta Maravillas y sin dinero para el speaker, para el maestro de ceremonias. Venga tú, que no hay presupuesto y tienes que hacer de monologuista. Pero si soy el MVP del torneo de Lituania y… A callar hostia y coge el puto micro. La gloria reducida a una tómbola donde se rifa a un pívot bombero negro con tableta de chocolate, valga la redundancia, como antaño a la chochona o el perrito piloto.

Poco antes todo era intensidad defensiva y ofensiva, ilusión y lucha. Hasta había macedonios por ahí con su nombre de resonancias bélicas. Y gabachos aplastados. Que más se puede pedir. La gran fiesta del deporte español pone en su sitio a las estrellas, como cuando de pequeño ibas a casa de la abuela en Navidad y esperabas el coche teledirigido. A cambio encontrabas un pijama porque te hacía falta. Eso parece decir el país. Chicos, no os hacen falta coches lujosos ni prostitutas en una piscina de champán. No olvidéis vuestros orígenes. Éste es vuestro pueblo. Pero cómo no van a huir a la NBA, espaldas mojadas del balón que tienen sueños de cheerleaders y majorettes con una banda detrás. Y raperos y una jovencita impresionante cantando el himno. Baloncestistas que tras dos temporadas en la ACB cruzan el atlántico a nado con lo puesto. Echadme un flotador por el amor de Dios. España a la mínima que puede pone al deportista de élite en un tabla levantada en cualquier sitio, le da unos cachetes y le dice venga di algo, como niños que tienen que imitar a un famoso en una fiesta familiar y se encuentran de pronto en medio del salón ante la mirada de las titas madrinas.

Pero el baloncesto, ay el baloncesto. Tanto calcio, tanto yogur para tanta altura y que al final los manden a una plaza menor. La otra está reservada para los futbolistas, esos hermanos mayores más guapos y aplicados que vuelven al hogar y todo se revoluciona y hasta sale la vecina para darles un pellizco en el moflete. Y sobre todo está Manolo Escobar. La diferencia Escobar que con sus que viva España marca lo que se espera de cada cual y sobre todo el grado de orgullo que se siente. Eso es ya como recibir el pijama porque te hacía falta pero el hermano mayor el coche teledirigido. A mí no me quieren igual. Que sí, lo que pasa que tu hermano es mayor. Pero si yo nací antes, hija de puta. Ahora comprendemos el eterno resentimiento del baloncestista, con su esqueleto menguando, encorvándose, en un eterno retiro sin Manolo Escobar. Así acaban casi todos de periodistas deportivos.

Asesinos y guapos

Sospecho que la persona que grita “asesino” en la puerta de los juzgados es la misma que exclama “guapa” en los estudios de televisión. Las mismas cuerdas vocales adaptándose para misiones que parecen tan diferentes. La campanilla o úvula dando el último toque agudo y roto en “asesino”, vibrando para hacer de trampolín, para que la palabra se eleve por encima de las vallas y de los guardias y caiga como un halcón peregrino sobre el famoso que acude compungido a la vista oral con las esposas ocultas tras un jersey enrollado (a alguien se le ocurrió esto por primera vez, alguien pensó y dijo: voy a enrollar un jersey para que no se note que voy esposado. Y esa escuela ha tenido éxito). Las manos puestas alrededor de la boca para hacer de altavoz en “guapo”, para que la palabra vuele torpemente y se pose sobre el famoso como una mariposa que le haga sonreír mientras saluda al público con la mano.

Qué hará que esa señora o ese caballero decida si es día de “asesino” o de “guapa”. Hoy me siento de “asesino”, pensará el caballero desvistiéndose mientras mira la cartelera de juicios con famoso o con psicopatilla ensalzado por las noticias de sucesos. Podemos pasar un jueves de “guapa”, dice la señora a sus amigas antes de llamar por teléfono para asistir a la grabación de un programa. Dos Españas que son la misma y que te hielan el corazón dos veces, al estilo de la vieja nevera que congela el filete de pollo envuelto en papel de plata y luego lo sepulta en escarcha rara que no se sabe muy bien de dónde sale y por qué llena de esa forma de yedra fría desatada algunas paredes del frigorífico y otras no.

El mismo famoso español que el lunes recibe un “asesino” en el juzgado acoge el martes con agrado un “guapo” en el estudio, ambos procedentes de la misma garganta desgañitada española, que pasa de uno a otro de forma automática. Cainismo y reconocimiento admirado del mismo hacia el mismo, espíritu de Iberia: le deseo lo mejor porque se lo merece pero mal puntero láser le ciegue mientras va en bici cuesta abajo por las calles de San Francisco.

Quizá algún día llegue la modernidad, una especie de aire europeo, o euroasiático por los países emergentes. Qué ocurriría si eso sucediese, si aturdidos la señora o el caballero gritan “guapo” en el juzgado y “asesino” en el estudio, si el famoso se vuelve sonriente en el juzgado, con una sonrisa de qué pasa aquí pero yo sigo la corriente porque noto un cambio renovador euroasiático y quiero participar de él, o se agacha compungido en el estudio con un jersey enrollado de cualquier modo en cualquier sitio para continuar con la tradición pero notando bastante lo contemporáneo que le llega sin ser todavía consciente del todo del esperanzador proceso.

Este cambio seguramente parta de China, o quizá de Indonesia o Corea, que están emergiendo bastante, aunque menos que India, que ha emergido tanto que dejó atrás el “La” de toda la vida, el de su reciente pasado sumergido de lepra y tigre. Y luego pasará por Francia, como toda corriente renovadora que se precie. A este paso cuando llegue aquí a ver si estamos.

Breve historia de las enanas rojas

Vivir en una enana roja tiene que ser tremendo. Si ya en la playa cuando calienta el sol tienes que pegar carreras hasta el agua, a veces a una velocidad que no creías capaz de alcanzar sin motor de apoyo. Además como de puntillas, así de uh-oh-ah-ay y muchísimas veces con escalas en las sombrillas. Cómo se desarrolla el instinto de supervivencia. Localizas las sombras como un depredador. Ahí hay una. Y vas y es la sombra que crea por poco una tumbona con el respaldo alzado conforme el sol le da así y un cúmulo-nimbo viene por Antequera o bien la que forma un hidropedal justo antes de la parte de arena húmeda a la que no ibas a llegar sin un considerable daño y alguna lágrima saltada. De normal, en tu sitio, tranquilito, a tu rollo, con los ojos medio guiñados por la luminosidad, no la verías. La ves entonces cuando la necesitas y tu vida pende de ese mínimo descanso. Viene del pasado del cazador-recolector.

Y luego está el asunto de las paradas, esas paradas en la sombra descubierta por poco o en la sombrilla ajena. Vas de puntillas, encogido que parece que quema menos, uh-oh-ah-ay y te paras ahí, poniendo una cara de compromiso rara, una cara de compromiso que sale en el rostro solamente en la playa cuando pasa eso y que es como de no mirar a la familia que come tortilla o a las tetas fuera de la inquilina del lugar y a la vez pedir comprensión y mandar el mensaje de que te vas en seguida, que ese descanso va a ser muy breve. Miras como con una sonrisa forzada exclusiva de playa. Fuera de la playa no sale nunca. Es como así de puf, sí, bueno, je, je, hostia cómo quema, ya me voy, hágase cargo, venga, no molesto pero piedad, por Dios, que estoy aquí sonriendo cuando quisiera echarme a llorar de la abrasión que tengo encima. E inmediatamente miras a lo lejos, a la boya que está a cien metros de la orilla, donde al nadar imaginas acechante al marrajo, para demostrar a esa gente que estás de paso.  Son momentos muy anti-lujuria, porque las tetas de la inquilina te dan igual, puede ser joven o vieja, da lo mismo. En ese instante el cerebro está concentrado por un lado en el agua, y una parte del hipotálamo dice “agua”, y por otra en las plantas de los pies, que también tienen su correspondiente reflejo similar al anterior en otra parte quizá cercana del hipotálamo quizá lejana, que con las circunvalaciones pueden generarse bastantes fenómenos que aun en su interdependencia no tienen por qué resultar físicamente próximos incluso desarrollándose en el mismo órgano.

Pues si eso, como decía,  pasa en la playa, que en cuanto a temperatura no llega ni por asomo a enana roja, que son como trescientas mil playas de bandera azul, que no pasará allí con lo recalentado. Los habitantes tienen que estar agobiadísimos desplazándose de puntillas y encorvados hasta para ir a la compra, todo el rato pegando carreras. Mi teoría es que su físico está muy determinado por eso y se quedan altos, enjutos y con los ojos como huevos y la boca muy chica que sólo sirve para protestar un poco y soltar el quejido universal uh-oh-ah-ay, que se entiende aquí y en Beltegeuse. Lo demás va ya por telepatía desde un punto concreto de su evolución sucedido hace mucho. Y mi teoría también es que vienen a la Tierra para buscar sombra, o mejor dicho sombrilla. Esas apariciones en los cuartos donde alguien duerme o en el campo a unos pastorcillos son paradas de sombrilla. Van y pegan la carrera, cuando ya no pueden más de la quemazón horrible le dan al teletransporte porque tienen una tecnología asombrosa, avazadísima en unos aspectos y no tanto en otros. Paran unos segundos en la Tierra, que es su sombrilla, y ponen su cara de compromiso playera, que al tener esa pinta de niño gigante de hambruna somalí da bastante miedo y surgen las historias de abducciones, que no son otra cosa que cagarse encima cuando uno está oyendo “Hablar por hablar” en el transistor Aiwa con los cascos y se le aparece ahí unos segundos un alienígena que va camino de algún sitio de su enana roja con las plantas del pie hechas una auténtica mierda. Y te pone la cara de compromiso, de que ya se va, que no es nada, compréndalo. Pero se produce ahí un error de interpretación que lleva a lo que lleva, al acojone y  a la creencia de que esas criaturas son hostiles cuando son iguales que nosotros o incluso más cordiales y su vida cotidiana es muy de andar por casa pero con mucho calor en el suelo de su país y mucha guasa a causa de los procesos químicos subyacentes que lo originan. Y como no pensamos en esto y al verlos soltamos un grito o fundamos una secta pues verás cuando de verdad los necesitemos nos van a mandar al carajo. Y con razón.

Extremidades

Me fascina el deporte paraolímpico. Sobre todo la natación, y dentro de la natación los cien metros muñones. El tío de los cuatro muñones con gorro y gafas que va a toda la velocidad que le permite la ausencia de extremidades, preocupado por esa velocidad, pero sobre todo preocupado por qué hacer cuando llega a la pared con la cara. Interiorizando la velocidad de otra forma al resto de los mortales y diciéndose conforme llega uy, uy, uy, qué loco voy, qué voy a hacer. Vive una velocidad distinta, relativa. Es algo einsteniano.

Seguramente cuatro administrativos del C.O.I. hayan tenido que lanzarle a la piscina. Cómo incluir eso dentro de las funciones de un administrativo de categoría internacional. Mamá, estoy en el C.O.I., lanzando a un hombrecillo con los miembros cercenados al agua. Se los llevó la gangrena. Y luego mucho trabajo de oficina e informes. Y entre los informes de pronto esa verdadera labor de echar al agua a ese tío, al Tío Muñones, porque lo demás es una tapadera, un justificante para que se pueda llegar ahí con cierta normalidad, para darle una pátina de cotidianeidad a eso. Ese ambiente paraolímpico con chistes manidos y groseros sobre que tal nadador se impulsa con el gran miembro que tiene (en realidad dicen polla en otros idiomas), un chiste hecho en la piscina paraolímpica cien mil veces. Pero siempre consigue sonrisillas de compromiso para quitar la tensión paraolímpica, una tensión de verse rodeados por gente muy hecha mierda pero a la vez muy competitiva y que puede tener muy mal carácter fruto de la adversidad.

Pero aún más fascinante es el impulso de superación, lo que lleva al Tío Muñones a dedicarse a la natación. Antes del accidente no había pisado una piscina en la vida. Ni siquiera hacía footing. Es perder los miembros y decir, ¿qué hago? Nadar, hostia. Voy a dedicar mi vida a la natación, voy a llegar al canal de Panamá, al mar Cantábrico. Cuando están todos los miembros no había manera y justo ahora llega un impulso irrefrenable a nadar, correr o lo que sea. Justo ahora. O a jugar al baloncesto en silla de ruedas. Justo ahora. El enemigo de la buena salud: tener todas las extremidades. Con todas las extremidades uno tiene demasiado peso y tiende al sedentarismo y la melancolía. El Ministerio de Sanidad que tenga esto en cuenta y fomente la amputación entre los más jóvenes antes de que el colesterol malo nos siga machacando como hasta ahora. Si algo le sobra a este mundo opulento son extremidades. Demasiadas piernas, demasiados brazos para ¿al final qué?
 

Crítica invertida de “Dietario Voluble”: La droga invertida (y V)

Cuando llegue el Apocalipsis aguante un poco. Que lo mismo pasa rápido. El Apocalipsis por el que van a tener que pasar los fumadores sirve para revitalizar esta costosa “Crítica invertida” que se está resistiendo más de lo debido. Eso gracias a que el propio tabaco ya es de por sí una especie de droga inversa. Apenas tiene efectos salvo calmar la propia adicción. Es una droga que va directa al grano, sin tonterías. Prescinde de relajar, de dar euforia o crear visiones. Para qué. Al grano. Tan invertida es que merece una nueva vuelta de tuerca de esta crítica. Esta entrega se realiza prescindiendo del libro criticado, un paso adelante que se realiza por primera vez reconociéndolo y a tumba abierta, aunque la mayoría de suplementos literarios lleve practicándola ya muchos años de forma solapada. De esta manera, colocando “Dietario voluble” de Vila-Matas en un lugar alejado, a la vista de todos, destacamos la obra de este magnífico escritor y vemos mejor el libro. Helo ahí en su esplendor. La crítica invertida ha ido de dentro hacia fuera, en lugar de al contrario. Llegamos ahora a la portada y a su bonito diseño.

Con respecto al tabaco ya saben que esta droga invertida no se podrá tomar más en lugares públicos cerrados. Los fumadores prevén cataclismos y queremos tranquilizarlos. La situación va a ser difícil. Pero de todo se sale. A partir de aquí desarrollamos brevemente algunos puntos que pueden servir como guía para pasar los primeros momentos:

1) Sobre la amistad y el amor de las personas humanas.- Muchos fumadores creen que echar el humo a la cara o cercanías del resto de las personas crea vínculos y lazos estrechos. Por eso se resisten a fumar en el exterior del bar, entre otros motivos. Piensan que las otras personas además contraen un compromiso de gratitud debido al olor que se les deja en el pelo y la ropa, además de por compartir el humo en sus pulmones. A lo largo de décadas la palabra “compartir” ha sido el leit motiv de los fumadores. “Compartir” o “regalar”. En cualquier caso generosidad en estado puro, desinteresada.

Esto es muy importante. Está demostrado científicamente que la inhalación de humo ajeno y el olor a humo no influyen en la amistad. El fumador debe comprender que esas personas que le aprecian lo harán también aunque no les eche el humo. El fumador debe superar este miedo. Sus amigos lo seguirán siendo.

Si a pesar de todo el miedo paraliza durante los primeros meses el fumador que salga al exterior del bar puede pegarse mucho a la pared para mantener todo lo posible esta cercanía. También recomendamos buscar bares de diseño con cristaleras grandes. Así el fumador al salir no perderá de vista a sus amigos. Ellos también pueden contribuir cogiendo la mesa pegada al cristal. Cuando el fumador salga se pueden poner las naricillas en el cristal, para estar los de dentro y fuera más cerca, o bien las manos, como se hace en las visitas a las cárceles en las películas.

2) Sobre el movimiento de la Tierra.- Esto es muy importante también. Hay que aclarar que cuando una persona sale al exterior del bar, el movimiento de rotación terrestre permanece fijo tanto para el bar como para el trozo de acera anexo, es decir, que ambos viajan junto al resto de lo que se puede ver en una bola terráquea. Lo mismo que cuando la giramos. Esa bola reproduce a escala un movimiento real. Y ese movimiento de rotación hace por decirlo de manera coloquial que el bar no se vaya.

Ese es otro de los miedos del fumador ante la ley. El miedo a que el bar cambie de lugar mientras está fuera fumando. Está demostrado científicamente, por decirlo de manera coloquial, que todo va junto. Además al entrar no hay cambio de velocidad en la rotación terrestre entre fuera y dentro, de forma que el fumador que fuma fuera no va a desequilibrarse con ese efecto de escalera mecánica, ya saben que cuando termina la escalera mecánica y se llega al firme o suelo parado uno se cae como para adelante con peligro de ahostie. Pues eso no ocurre, así que el fumador puede salir a fumar y, repetimos, lo de dentro sigue ahí y a la misma velocidad. Además es una velocidad del tipo que no se nota, la propia de la rotación, así que no pasa nada.

3) Sobre el propio movimiento y cómo desarrollarlo.- Poco a poco la costumbre hará que se habitúen. Pero el principio es lo peor. ¿Cómo salir de un bar para fumar? Muchos fumadores no están habituados a enfrentarse a una situación así. El miedo que vimos al principio a perder amistades se une a la incapacidad para moverse. No es que los músculos estén atrofiados. Es que ese miedo colapsa el cerebro y hace que el fumador no sepa como salir del bar para fumar fuera. También hemos visto que tienen un miedo añadido a la rotación terrestre. Qué hay que  hacer para salir de esta situación espantosa. Lo ponemos en cursiva para que se diferencie y el fumador pueda imprimírselo y llevarlo en una nota en el bolsillo. O copiar y pegarlo y tenerlo en el móvil para cuando llegue el caso.

Si está sentado con su adicción en un lugar donde hay no fumadores pruebe a ordenar a su cerebro en primer lugar que mande impulsos eléctricos a los cuádriceps. Ese músculo permite que se levante de la silla. A partir de ahí la acción pasa a los glúteos, que le mantienen erguido. Con una combinación de impulsos eléctricos a los lumbares y abdominales oblicuos, en comandita con otros que van a los hombros y brazos, gire y eche la silla para atrás. Aquí empieza la parte más interesante. De nuevo el cuádriceps, junto a otros músculos como el bíceps femoral, antagónico del anterior, y los aductores, abductores, sóleo y gemelos, posibilitan al conjuntarse un desplazamiento acompasado del cuerpo conocido comúnmente como caminar o andar. Gracias a ese movimiento, donde el cuerpo va progresivamente ocupando el espacio vacío que le antecede, puede con ese ejercicio de las extremidades inferiores avanzar hacia adelante. Es la maravilla del ser humano. Impulsos eléctricos a los brazos y los pequeños músculos de la muñeca le ayudarán a abrir la puerta. Voilâ: está en el exterior.

4) Sobre la extenuación física.- Al principio costará, lo sabemos, y está claro que las ciudades se llenarán de fumadores desplomados en la puerta de los locales, luego arrastrados hacia dentro por sus amigos y colocados de nuevo en la silla, pero poco a poco el cuerpo se fortalece y lo que parecía imposible se consigue ya de forma natural. No obstante, estar de pie durante dos minutos y medio en el exterior de un bar no es fácil si no hay hábito. Así que al principio recomendamos que los fumadores tomen otras drogas euforizantes o esteroides para soportar este castigo físico.

Con esta guía sobre una droga invertida damos también por concluida y fumada la crítica invertida a “Dietario voluble”, que ha sido la crítica más lenta realizada hasta la fecha y que además se salta su propósito de tener siete entregas. En este punto innovamos una vez más, la quita entrega y última, vuelta del revés, sirve como sexta y séptima y resume una lección: nunca pongas numeritos al escribir un texto que luego tienes que escribir los siguientes. Primero hazlos y luego divídelos, aparentando obra. Al contrario se invierten las tornas en el caso de las críticas invertidas, volviéndose el texto contra el que pretende escribir pero no escribe. Vamos, todo al revés.

Crítica invertida de “Dietario Voluble” (IV): donde estamos

Desde el último episodio de esta crítica invertida de “Dietario Voluble” han pasado casi cuatro meses. Las tres primeras salieron solas, como suele decirse. Todo empezó con el entusiasmo de una suave resaca. El alcohol afecta de forma diferente a hombres y mujeres. A los que creemos ser hombres nos produce cierta euforia al día siguiente debido a esa diferencia. A ambos sexos les genera cierta desinhibición según la cantidad que se tome durante la ingesta, pero sólo las mujeres ven aumentado el deseo sexual, de ahí que tratemos con desigual fortuna de emborracharlas, incluso durante el desayuno en la cafetería el martes en medio del trabajo. Al varón le llega ese aumento de la libido al despertar, junto a esa euforia extraña que supongo relacionada. Si los grandes artistas esperan que la inspiración les pille trabajando, los que no podemos esperar arte o inspiración alguna ni trabajo que la acompañe confiamos en que la euforia de la resaca nos pille frente al ordenador, y que esa resaca no sea tan fuerte como para desplomarnos encima del teclado o terminar vomitando en él, aunque sería el momento idóneo para ya de paso quitar las cáscaras de pipa de entre las teclas. De esa manera, hace casi cuatro meses, me entusiasmé yo solo ante la idea de hacer una crítica algo especial de Dietario Voluble. A ello contribuyó, claro está, un segundo entusiasmo más fuerte y duradero, ese que parece surgir de las páginas de un libro que nos está encantando, que nos cautiva. De esta manera, la pequeña euforia alcohólica hizo dúo con su hermana mayor, la euforia que me producía el libro. Y así, en tres patás, como se solucionan las cosas en España, vinieron las tres primeras entregas de la crítica.

Poco después de la tercera, o poco antes, no recuerdo, me terminé el libro y fue disipándose la euforia del lector. Afortunadamente la alcohólica lo había hecho en su momento, dando paso a otras que ya nada tuvieron que ver en este asunto. Y de esa manera lo que empezó teniendo todo el sentido que pueden tener las pequeñas empresas que en nuestra mente se aparecen como una Odisea, la crítica invertida pasó a dar la sensación de que hubiese sido planeada por otro. “¿Cómo diantres se me ha ocurrido hacer esto y cómo lo termino?”, me preguntaba (pongo diantres porque no digo palabrotas en la cabeza). Para colmo había pensado en que fuesen al menos siete entregas, ya que siete es un número sagrado en muchas culturas que creen que el siete es un número sagrado.

La vergüenza por no actualizar el blog, sentimiento que han tenido muchos blogueros y que mezcla la vieja vergüenza por no haber hecho los deberes con las nuevas tecnologías, me llevaba esta misma Navidad a buscar de nuevo el “Dietario Voluble” para continuar como fuese, escogiendo cualquiera de sus pasajes y a partir de ahí escribir hasta concluir el desaguisado en el que me metí en los meses de verano.

Y así se acentuaba, sin querer, el proceso de inversión de esta crítica, que ya era bastante invertida desde el principio y que ahora, perdida la fascinación de esa lectura en concreto, se encontraba con otro factor añadido: era una crítica que creaba a partir de la crítica y, por otro lado, que criticaba, y encima invertidamente como vemos, un libro del que ya no recordaba casi nada, salvo que me encantó.

Decidí hojear el principio, para ver qué pasaje me gustaba y salir del atolladero. Una vez concluida por el paso del tiempo la seducción de la obra que leí, se me aparecía curiosamente un pasaje que hablaba sobre la hipnosis que produce la lectura. Lo vi claro: “Dietario Voluble” conversaba conmigo. No cabía otra posibilidad que esta pequeña alucinación que otros quizá menos entusiastas llamarían casualidad, siendo además la casualidad uno de los temas fundamentales en la obra de Vila-Matas. Lo vi todavía más claro. No cabía otra posibilidad mas que los dioses querían que escribiese sobre eso, lo que quizá otros menos entusiastas describirían como “quien no se consuela es porque no quiere”.

Reflexioné brevemente sobre la casualidad para conectar mentalmente con el autor de la obra, lo que otros menos entusiastas definirían como “aburrimiento insoportable”, y llegué a la conclusión de que la casualidad supone unir mediante la ficción dos hechos fortuitos aunque reiterativos. De esta forma, la casualidad sólo es tal en la mente del que la vive y conoce dicha reiteración, o bien en la del que le escucha o lee, pero gracias a la narración. No existe casualidad sin su “novela”, de ahí que quizá interese tanto a autores como Vila-Matas o Auster, siempre tan preocupados por los propios mecanismos de la ficción y la metaliteratura, siendo las casualidades la esencia de la metaliteratura, pues se trata de ficciones que se justifican a sí mismas. A partir de ahí reconozco que mi reflexión perdió fuelle, pues ya me bastaba para justificarme yo mismo.

En el pasaje escogido donde convenimos que el libro me hablaba, se trata acerca de la literatura de Agata Christie. Se lee: Encuentro a un buen amigo muy alterado porque acaba de enterarse de que el éxito de las novelas de Agatha Christie se basa en el uso de técnicas literarias similares a las utilizadas por hipnoterapeutas y psicólogos, según un estudio hecho público en el Reino Unido. Entre esos métodos, los científicos destacan que las estructuras de las frases de los libros de la escritora inglesa se vuelven más sencillas cuanto más cerca está el desenlace de la novela, lo que incrementa el nivel de interés del lector. 

Esto lleva a pensar en el método por el que el lector se “despierta”. Si seguimos los lugares comunes del cine o la novela, el hipnotizado suele despertarse bien con una serie de palabras que lo van desentumeciendo o bien con el chasquido de los dedos, o con una combinación de ambos métodos. Resulta hermoso pensar que el lector queda hipnotizado, ya sea por Agatha Christie o por otro gran escritor con capacidad para sugestionar hasta ese punto, y al final la realidad ejerce de chasquido de los dedos. Una tarea rutinaria (ahora nota relajadas las piernas), un deber ineludible (ahora nota relajados los brazos), el pitido del teléfono (todo el cuerpo está relajado), el propio cansancio de la lectura (poco a poco se va despertando), un calambre en el gemelo por la posición inverosímil en la que se lee en el sofá (cuando cuente tres se despertará), el vecino con la música a todo volumen (uno, siente una enorme tranquilidad), el camión que pasa por la calle (dos, nunca ha estado tan en paz), que llaman a la puerta porque traen el supermercado (y tres)…

Y pensaba sobre esto mientras leía, ya que los buenos libros pueden producir dos tipos de hipnosis, bien como la de Agatha Christie, una hipnosis que atrapa, bien como otros libros que hacen divagar, abandonar la lectura un ratito para imaginar mientras se mira al techo o al tendido. Ese era el caso de Dietario Voluble cuando lo leí hace meses y de nuevo volvía a conseguirlo. No obstante continúa el pasaje: (…) le hago ver que esos sabios (…) no tienen ni idea del oficio novelístico y, es más, ignoran en qué consiste la operación de leer, pues ni siquiera es preciso haber leído mucho para saber que si uno llega a esas frases del final ‘que se vuelven más sencillas’ tiene que haber atravesado previamente las menos sencillas, que es algo que no todo el mundo cruza. El propio Vila-Matas se transformaba en un chasquido de dedos, haciendo que la posibilidad de la hipnosis se difuminase tal y como estaba planteada, despertando de paso de su fascinación al crítico invertido que en ese momento era yo.

Pero la clave estaba aquí, medio confundida entre el “paisaje”: ignoran en qué consiste la operación de leer. Y si antes veíamos que la casualidad era una operación de ficción que nace, se reproduce y muere con la ficción, aquí vemos cómo la hipnosis sólo nace, se reproduce y muere en el propio lector. El elemento fascinante está entre las páginas de un libro pero sólo el lector es dueño de su fascinación, que en cierto modo no deja de ser una ficción propia aunque tenga como mediadora a la ficción ajena.

Así, de casualidad, una vez activada de nuevo la sugestión del Dietario Voluble, la hipnosis permite seguir con esta crítica invertida, gracias a este círculo que quizá sólo tenga sentido en el crítico, pues se trata de un casual, fascinante e hipnótico círculo invertido.

Concluye el pasaje: (…) con lo cual volveríamos a estar donde ya estamos.

Crítica invertida de “Dietario voluble” (III): Borges y los apócrifos

En la página 178 de “Dietario Voluble”, Vila-Matas estructura el texto en efemérides que no atienden a fechas redondas. 99 años del nacimiento de Cesare Pavese, 101 años del nacimiento de Nino Buzzati, 97 años que cumple Julien Gracq, 95 años del nacimiento de Antonioni…El escritor afirma que se siente cómodo con esa falta de redondez e introduce el tema de la espera en la literatura. No creo que esa elección de la estructura en pasajes que corresponden a efemérides no redondas esté elegida al azar, puesto que tan sólo unas páginas atrás, en la 158, ha hablado sobre la relación entre Borges y Bioy Casares y en concreto sobre el libro biográfico de Bioy acerca de Borges, también sobre el malestar que las frecuentes cenas de Borges en casa de Bioy despertaban en su esposa Silvina Ocampo.

Hay escritores, y Borges es uno de ellos, que tienen la suerte, casi siempre mala, se ser candidatos a la atribución de textos apócrifos. ¿Por qué sucede eso con algunos autores? Quizá el gusto de Borges por el juego literario o sus muchas citas cultas lo hagan proclive, o bien la insistencia en algunas cuestiones, como la vejez y la muerte o el paso del tiempo. O simplemente su ceguera le sigue acompañando y muchos piensan que si no veía en vida tampoco verá ahora a quien le suelta una colleja en forma de pésimo texto apócrifo, curiosa forma ésta de que una invalidez física siga actuando después de la muerte. En este aspecto de los apócrifos el más conocido es el ñoño poema “Si volviera a vivir”, tan alejado del estilo del argentino e incomprensiblemente atribuido a él por tratarse de unas estrofas realizadas por un anciano próximo a la muerte o por un personaje que se pone en la piel de tal. Otro sin embargo más coherente es el conocido “Efemérides” que casi seguro inspira a Vila-Matas a estructurar así un capítulo de “Dietario Voluble” 20 páginas después de hablar de Borges. Está fechado en 1971:

Hace 2.612 años un alquimista busca oro en el barro.

Hace 2.571 años un bisonte agoniza y en su ojo se refleja un cazador que se acerca y arma un arco.

Hace 2.210 años un niño intenta torpemente componer su primer hexámetro.

Hace 2.019 años Julio César llora la muerte de Cayo Crastino.

Hace 1.979 años alguien queda ciego por un mal extraño. El pueblo le atribuye poderes sobrenaturales.

Hace 1.777 años un campesino chino prueba la carne humana. Su familia ha muerto de hambre pocos días antes.

Hace 1.521 años nadie oye a un ruiseñor en el bosque. Un eremita lo imagina y lo dibuja.

Hace 1396 años Varaja Mijira consigue que antiguos textos hindúes no se pierdan en el olvido.

Hace 1.233 años una joven pareja juega a inventar los nombres de las flores que les rodean. Inventan los nombres de los peces y de las aguas.

Hace 998 años el monasterio de Lindisfarne ve nacer un terror que durará dos siglos. Una mujer espera en la arena de Dinamarca sin saber que su marido rueda por la tierra.

Hace 905 años el rey sajón que curaba con las manos murió a manos de su madrastra. Las gentes le honrarán como a un santo.

Hace 867 años un ladrón roba las monedas de los ojos y la boca de un cadáver.

Hace 467 años la muchedumbre se agolpa en una plaza española donde arden más de cien personas.

Hace 316 años Baruch Spinoza pule una lente para ganar un sueldo.

Hace 193 años el poeta William Blake observa durante horas a un tigre enjaulado. El tigre observa a su creador sin saberlo.

Hace 98 años un bastón con estoque rompe el silencio de la noche en un callejón de Buenos Aires.

Hace 56 años un soldado improvisa una oración en una trinchera.

Hace 16 años vi por última vez mi rostro en un espejo.

De nuevo el tema de la ceguera al final, el paso del tiempo y un conjunto de referencias habituales de Borges, desde los nombres propios hasta su gusto por la antigua Sajonia, el ruiseñor o el nombramiento de objetos por parte de alguien. Estos asuntos resultan habituales en sus poemas de “enumeración”, donde una serie de hechos dan lugar a una conclusión. Los ejemplos más conocidos son, entre otros, “Inventario”, “East Lansing”, “Cosas”, “Heráclito”, “Talismanes”, “Elegía del recuerdo imposible”, “Thing that might have been”, “Las causas”, “Aquél” o “Himno”.

Precisamente la existencia de conclusiones en los poemas de “enumeración” me parece el principal motivo para descartar a Borges como autor de esos versos. Otros expertos, pues también hay expertos en poemas apócrifos atribuidos a Borges como bien puede haberlos en datos biográficos asignados dudosamente a Melville, arguyen que las principales razones están en la utilización de fechas o en cierta cadencia del lenguaje. Pero Borges ya utilizaba fechas en muchos títulos de poemas. No resulta descabellado pensar que en algún momento decidiese escribir un poema de enumeración de fechas. En  cuanto a la cadencia del lenguaje se me antoja algo bastante inasible. En el caso que nos ocupa no está mal logrado.

Lo cierto es que falta la conclusión. El verso final “Hace 16 años vi por última vez mi rostro en el espejo” remite a otro tiempo. Sí, se puede decir que la conclusión es “estoy ciego”. Sin embargo sus otros poemas de “enumeración” concluyen, unas veces con más claridad y otras con más divagaciones, en el presente.

En cualquier caso, creo que muchos grandes literatos ven aumentada su obra con textos apócrifos tras su muerte. Se convierten al final en autores de escritos que no escribieron y a lo mejor ni merecieron escribir, unas veces por ser demasiado buenos, otras por lo contrario, casi siempre por lo contrario, aunque en las características e intenciones del apócrifo se identifican las características e intenciones del autor al que se achaca el apócrifo. O dicho de otra forma, “Si volviera a vivir” puede ser ñoño y afectado pero también ofrece  ternura y gusto por vivir, además de una imagen de falta de felicidad que ya mencionaba Borges en otro de sus poemas, lo que identificaba con el mayor de los pecados. “Si volviera a vivir”, con toda su cursilada a cuestas, hace que Borges pueda redimirse de ese pecado. Y “Efemérides” rompe con la tendencia de considerar a la ceguera como un accidente sin importancia o incluso una característica que puede mejorar la percepción en otros aspectos de un escritor, algo que manifiesta el argentino y que no se entiende sino como un esnobismo de quien tiene la vida solucionada cuando llega la invidencia.

Y así estos apócrifos hacen que nos encontremos con un Borges más contento con la vida, y también con un Borges más humano, al que la ceguera le crea impedimentos que no se mencionan pero que se dejan caer con el último verso de “Efemérides”, donde añora ver su rostro, por lo que se deduce ha de añorar muchas otras cuestiones. Al final de lo que se trata muchas veces es de si el autor merece el apócrifo o no, independientemente de su calidad. Si se ha de hacer responsable de ese texto que no escribió pero que es suyo por mano interpuesta. En este caso ni “Si volviera a vivir” ni “Efemérides” fueron escritos por Borges, pero sin duda son de Borges. Hay otra historia de la literatura en los apócrifos, que no es más que la historia que debió ser y no fue.

Crítica invertida de “Dietario Voluble” (II): Pepín Bello contra los zombis

Una de las frecuentes citas de Vila-Matas es Pepín Bello, el eterno amigo de las principales figuras de la Generación del 27. Autor sin obra que ya aparecía en “Bartleby y compañía” y vuelve a hacerlo en este “Dietario voluble”. Una vez lo definió como “el arquetipo genial del artista hispano sin obras”. Esta cita aparece en la Wikipedia, quedando Bello y Vila-Matas unidos por la red, como un extraño matrimonio entre ese arquetipo hispano del artista sin obras y el arquetipo hispano de escritor preocupado por los artistas sin obra.

Pepín Bello fue amigo sobre todo de Dalí, Lorca y Buñuel, testigo de sus aventuras y desventuras y nexo de unión entre todos por su amistad incondicional, una amistad que siempre se destaca como su principal característica, que se resalta y se eleva también a la categoría de arquetipo. Pepín Bello, arquetipo genial del artista hispano sin obras es también arquetipo del artista genial hispano sin obras excelente e intachable persona.

La figura de Pepín Bello me fascina, no sólo por tratarse de un escritor sin obra tan del gusto de Vila-Matas, sino por el contraste entre esa bondad personificada, entre la representación que muestra de una especie de amistad calmada sin límites con total ausencia de envidia o frustración y una generación de compañeros del alma donde el que no es sodomita es putero, ambas cosas, o todo a la vez más su propia caricatura al servicio del franquismo.

¿Pepín Bello persona excelente o Pepín Bello como retrato de Dorian Gray? Mientras sus amigos hacían menos angosta la angosta vía, mientras más bebían, se drogaban, eran infieles o se vendían a la dictadura, más bueno era Pepín. Quizá no por elección propia, sino porque todos los pecados de sus colegas, por siniestra ósmosis o fantasmagoría difícil de entender, se convierten al llegar a Pepín en una bondad que oculta un espíritu podrido por la acumulación de porquería ajena. Pero al contrario que el retrato los otros van muriendo mientras que a Bello casi hay que cortarle la cabeza con una espada para que muera, en teoría en enero del 2008, a los 103 años. ¿Alguien ha visto su cadáver? Todavía está por investigar la cara oculta de este hombre, al que creo vivo y sitúo en estos momentos en la ciudad autónoma de Melilla.

No se casó ni tuvo hijos, tan ocupado como estaba por absorber los pecados ajenos y transformarlos en bondad. Tanta bondad, tal carácter no es posible. Tanta amistad no es creíble sin este papel que representaba de reciclador de emociones de toda una generación. Tanta amistad, tanta bondad arquetípica y, para colmo, hispana, no resulta creíble sin ese trasfondo de basura del prójimo. ¿Jamás se puso en pompa? ¿Jamás traicionó? ¿No se iría de putas o esnifaría cocaína alguna vez? ¿No tuvo un desliz con una mujer casada o fue infiel a una novia? ¿No detestaba en el fondo a sus amigos de la Residencia de Estudiantes? Tanta perfección resulta vomitiva. Como vivo retrato de Dorian Gray queda humanizado.

No se casó ni tuvo hijos. Parece que dejó una novela en un cajón. Quiero creer, o más bien intuyo, que alguna vez se publicará  “El libro perdido de Pepín Bello”. Narra la historia del hijo ilegítimo de Pepín Bello, gran maestre de la logia hispanolusa, que busca el único libro que escribió su padre, que tras el rostro de la bonhomía escondía a una persona resentida y envidiosa. Esa obra supone un ataque a sus amigos de la residencia de estudiantes, con detalles escabrosos de todo tipo. A través de una antigua maldición, los componentes de la generación del 27 reviven para intentar detener a Pepín Bello J.R, que en realidad de llama Francisco Montemayor o Enrique Vila-Matas. La mordedura de cualquiera de ellos hace que el infectado componga ripios sobre el aire y los lirios que no puede parar de recitar en voz alta. Al final, en un trenecito sodomita, todos penetran a Bello, centenario anciano inmortal oculto en la ciudad autónoma de Melilla. El anciano muere por fin y el resto puede descansar en paz gracias a la justicia poética que supone acabar con un impostor, con un impostor sinvergüenza que se pasa su vida absorbiendo cosas que no le pertenecen, con un ladrón de sentimientos que se lleva la buena fama a costa de la mala fama de los semejantes. Con un cabrón hispano y arquetípico en suma. Esta obra, claro, es una alegoría. Una arquetípica alegoría hispana sobre España.