Azul acecho aleve (I)

Hay personas que dicen tener una experiencia fuera del cuerpo. Mediante drogas, o inducidos por un estado de duermevela, sienten que su espíritu se eleva. Entonces se ven desde arriba. No sé qué hacen después, porque tampoco es que haya mucho que hacer. Uno sale de su cuerpo y debe de resultar impactante. Pero parece una de esas actividades con mucha sorpresa al principio pero aburridas de inmediato. Bien, ya estoy fuera. Ahora qué. ¿Me saludo? Ahí estoy en pijama. O con la cara desencajada ciego de alguna seta . Pues muy bien. Dígame usted que hago ahora, porque yo a esto no le noto las ventajas. La mística es como las aficiones del fin de semana, un coñazo que se narra a los demás como si fuesen divertidísimas. Pero que no. “Y en la sierra de Calatayud me lancé en un tirolinas antes de la fiesta de la Quebrada donde…”. Váyase con su piragua.

Me parecen más interesantes las experiencias fuera del cuerpo domésticas. Por ejemplo mirar la letra propia. Deformada por la profesión y por el uso habitual de los procesadores de textos, muchas veces la letra propia ganaría en todos los concursos mundiales de letras de médicos. ¿Qué he escrito ahí, Dios mío? Y a lo mejor necesitas saberlo por el trabajo. Me he sorprendido a mí mismo a veces mirando la hoja de la libreta al trasluz, dándole la vuelta y poniéndola al revés, como si eso tuviera algún sentido. Llamando a gente para que me ayude. Como si eso tuviera algún sentido, si no la entiendo ni yo, la va a entender éste pobre hombre. En el momento en el que entiendes las más endiabladas captchas pero no la letra propia se produce la experiencia de verse desde fuera, como el que ha escrito un código dictado por un ser superior, o quizá inferior, pero otro ser que es uno mismo y a la vez no, una escritura automática muy jodida y un puntito inquietante. El efecto místico dura muy poco, a lo mejor dos segundos, porque es un efecto místico bastante gilipollas, muy de andar por casa, pero sólo con eso ya entra en la clasificación se quiera o no se quiera. Qué curioso, no reconozco al que hace estos garabatos, que soy yo. Y la ventaja de esta experiencia mística es que en un momento tan cortito pero a la vez tan solemne no sueles estar en pijama, al menos no en un gran porcentaje de las ocasiones, digamos el 82%.

Otra experiencia de fuera del cuerpo quizá más impactante sea ver los escritos de hace años, en el caso de que guste escribir. A veces repaso algún texto de este mismo blog o de las secciones de La Página Definitiva, o de otros lugares, y me sorprende lo que leo. Intereses que ya no tengo, un sentido del humor un poco distinto, una gran capacidad para hacer cosas que ahora no podría o bien una gran capacidad para escribir idioteces que ahora sí podría evitar. Unas características se pierden, otras se matizan, otras se mejoran, otras se empeoran. Hay textos que me gustan y que sería imposible repetir, ¿cómo lo hice? Otros, al contrario, pueden sonrojar, madre mía de mi alma, cómo escribí esto de aquí. Basta que pase más de un lustro para que uno se vea un poco desde fuera, como quien sale de uno mismo sólo la puntita. Suficiente.

Pero esta semana he tenido un síndrome de fuera del cuerpo realmente fuerte. Como la crisis está devastando al sector periodístico y en mi ciudad se destruye empleo al triple de velocidad que en el resto de España, había pensado, con una gran mente empresarial, que ante la falta de perspectivas no perdería nada por presentarme a un concurso de poesía de esos que tienen miles de euros de premio. Al fin y al cabo ya escribí un libro de poesía hace mucho. Estaba en un cajón, donde la mayoría de las veces recomiendo a la gente que deje sus poemas. A ser posible un cajón con llave y que después se queme el cajón y a ser posible el poeta con toda su familia. Peor que el poeta es la madre del poeta, la tercera más peligrosa después de la madre de niño cantante de copla y la madre de adolescente deportista en competición del colegio. Pues ya está, pensé, cojo ese libro y le doy un repasillo. Mínimo esfuerzo y hala. Además, pensaba también, no recuerdo los poemas pero creo que no estaban mal, incluso me noto con condiciones para este género, no en vano he compuesto algunos haikus en los últimos años. Y entonces tenía el ímpetu de la juventud. Abrí el cajón y saqué el libro.

Verse a uno mismo desde fuera, como me había visto en otras ocasiones gracias a la letra deformada o a los post antiguos, era una experiencia que contenía momentos de ternura combinados con algo de rubor, recuerdos de cierta candidez, sorpresa positiva en ocasiones, era un combinado al final dulce, como observar una foto de hace tiempo. En esta ocasión me vi a mi mismo de forma que no quedaba otra solución, tenía que asesinarme, que es lo que intento ahora de la única forma que sé, lanzándome afiladas letras desde el piso superior justo cuando paso tranquilamente paseando por abajo. Ahí va eso, a ver si se te sale la sesera por el oído, hijo de puta.

Hijo de puta, de hijo de puta me tengo que calificar. De grandísimo hijo de puta. Al repasar los poemas una brutal sensación que mezclaba la conmiseración, el odio hacia uno mismo, la vergüenza ajena (hay que recordar que uno se ve desde fuera), el sofoco, incluso hasta… el oprobio, se iban mezclando dando lugar a una bomba fétida. Pero qué grandísimo hijo de puta, sí señor. Con los cuernos retorcidos.

Hagamos un pequeño flashback. Nunca me gustó la poesía ni me atrajo lo más mínimo. Al terminar la carrera tuve un momento de paro y me puse a leer mucho. Por aburrimiento cogí algunos libros de poesía que tenía desde el colegio. Los típicos, la antología de Antonio Machado, la de Lorca, la de Juan Ramón Jiménez etc. Descubrí pasmado que entonces aquello de lo que hasta me había burlado empezaba a llegarme. Y no sólo me llegaba, me entusiasmaba. En tan sólo unos meses tuve las lecturas que seguramente a otros les llevaría años. La generación del 27 se mezclaba con la del 98 que se mezclaba con la del 50. Poetas medievales por el norte, poetas británicos de todos los tiempos por el sur, poetas chinos y japoneses por el este, y por el oeste, ¿esto que es? Gloria Fuertes por el oeste. Hasta leí a Gloria Fuertes, joder, qué entusiasmo tendría. Lo que muchos lectores experimentan poco a poco en la adolescencia me vino a mí sin esperarlo años después, no podía suponer ni por asomo que me encantase la poesía. Ese entusiasmo, el atracón de lecturas a modo de niño chico que se mete en la boca varios trozos de tarta vaya a que alguien se los quite y que ya me picaba el gusanillo de escribir, tuvieron en conjunto el efecto de impulsarme a salir al balcón con un sombrerito con una pluma, un laúd y una voz melodiosa que exclamaba a los cuatro vientos: Heme aquí, poeta soy. Y luego venía un oh o un ah muy sentido, que la poesía permite soltar impunemente ohs y ahs fuera de la cama o una cancha de tenis sin que nadie pueda ni chistarte.

Convertido ya en poeta sin obra, tocado claramente por las musas, genio del verso en potencia y futuro candidato al Nobel, me dispuse a escribir poemas.

CONTINUARÁ…

Comments

  1. Rocamadour wrote:

    Lo compensas con textos como este. No semos ná.

  2. Asín...nos va wrote:

    No, si ya te veo venir. Seguro que escribiste el poema del siglo con frases como “Azul acecho aleve…”

  3. Bunnymen wrote:

    ¿Los flashbacks de las resacas cuentan como experiencia extrasensorial de andar por casa?

  4. Airos wrote:

    Qué hijo de puta puede llegar a ser un niño habitado en el pasado. Me sé de un cabronazo que hizo varias canciones criminales. Y las cantaba. Y las gozaba. Y se la tengo jurada.

  5. César wrote:

    Quitasueños (de dormir) pero con alegría y tristeza. Aunque parezca contradicción y quizás lo sea… es superinteresante, especialmente para los que para leer necesitamos acicate continuamente.

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