Breve historia de la tauromaquia

A veces el toro coge al torero, con dos o tres trayectorias cerca de la femoral, como gusta recalcar a los periodistas, lo de las trayectorias, aunque no digan hacia dónde. Dos o tres trayectorias. Con dos el periodista saliva. Con tres va a por una botella de tequila para brindar. Sal y limón incluidos. Lametón en el dorso de la mano.

En esas dos o tres trayectorias el cuerno ha atravesado el pantalón por la entrepierna. Miren, ahí está. No, no aparten la mirada. Es un huevo. Eso que está ahí rebozado de arena, eso que parece que se puede echar a la sartén para hacer una tapa, es un testículo humano. Insignificante, ¿verdad? Uno se pasa la vida que si aquí están mis cojones que si no hay huevos que si cómemelos de arriba a abajo y al final era eso. Ya ven. No aparten la mirada. No la aparten. Habrá que recogerlo.

Y aquí viene un subalterno. El subalterno escrotal. Coge el huevo con cuidado, ya lo ha hecho otras veces. Aunque siempre nota una especie de nerviosismo raro, de suave escalofrío, como el actor cuando sale a escena en un teatro. Eso no se quita nunca. A eso no se acostumbra uno. Siempre es día de estreno. Sopla amorosamente para quitarle la arenilla más superficial, como sopla amorosamente la madre al ojo del hijo en el que ha entrado un pequeño insecto, una mota de polvo o un corpúsculo extraño de procedencia ignota que está irritando el iris del lloroso infante. Luego sacude con mucho cuidado, con los dedos asiendo el huevecillo como si fuera un huevecillo de ave, un huevecillo de mito común, un huevecillo de colibrí, muy poquito, así, nada más, nada, un pelín.

Al instante se lo entrega al doctor, incluso puede ayudar a reintegrarlo rápidamente en su lugar de origen. Eso ya depende de si todavía está unido por el conducto deferente o ha salido despedido y va a su aire, libérrimo en la abarrotada plaza. Ya ahí entra la ciencia y el subalterno escrotal se despide de su labor silenciosa. Son las cinco de la tarde. Las cinco en punto de la tarde. Oro de oro, miel de plata, luna exangüe, caballo negro.

Nadie le aplaude. Nadie reconoce su labor. Es una sombra.

Comments

  1. AnonymousCoward wrote:

    Olé>

  2. gus wrote:

    Plas, plas, plas, Federico.

  3. Asín...nos va wrote:

    Estás hecho todo un matador de las letras.

    Buen filón este de “Breve historia de…” a ti te puede dar muchas tardes de gloria y a nosotros el disfrute de grandes corridas.

  4. paco wrote:

    Gran articulo.Un detallito;cuando dices mito común supongo que quieres decir mirlo,¿no?.En cualquir caso…olé por tu prosa.

  5. Alfredo MG wrote:

    No. El mito común es un pajarillo bastante pequeño que suele esconderse en zonas de vegetación abundante. Por ejemplo lo he visto anidar en madreselvas de jardines.

  6. paco wrote:

    Pues perdón por mi error,y gracias por la información ornitológica,je,je;eso pasa por no informarse antes de escribir.He estado echandole un vistazo en páginas de pájaros en internet y la verdad es que es un pajarico bien simpático.Repito las felicitaciones,y espero tu próximo artículo.Un saludo.

  7. keenan wrote:

    Buen apunte. A mi una de las cosas que siempre me ha puesto los pelos de punta respecto a la tauromaquia, no es tanto el sufrimiento del bicho, sino la alegria con la que los toreros se la juegan, y sobre todo esos chavalillos jovencitos con estampitas de la virgen diciendo que “morir en la plaza es lo mas grande”. De chaval vi una cogida a un torero valenciano (no recuerdo el nombre), en el pecho, que le mató, y me quedé acongojado una semana. Al terminar la corrida, el realizador subió la camara hacia el cielo, y superpuesta, como haciendo un fundido, colocó la imagén del torero. Me parecia absurdo morir de aquella forma, y me lo sigue pareciendo; al igual que me parece absurdo un deporte donde dos tios se pegan mamporros hasta producirse lesiones cerebrales; pero lo que mas absurdo me parece es la sacralización o ritualización de este tipo de bestialidades. Anda que no habrá formas de realización personal como para jugarsela delante de un morlaco de 500 kilos. Hay en España todavía una especie de dualidad vida/muerte, de exaltación de la sangre y el sufrimiento, que nunca he acabado de entender y que me repugna sobremanera.

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