“Carlos II el Hechizado” – Jaime Contreras

“Vivir como un rey”, nos dicen, es cosa a aspirar. Pero yo no sé si me cambiaría con ciertos reyes. Por ejemplo, con el que vamos a discutir hoy (entre otras cosas, porque a la edad que tengo yo ahora este rey ya se había muerto). De entrada y como regla general, no se debería hablar de las intimidades de la gente. Menos aún de sus enfermedades o minusvalías. Esto vale lo mismo para el rey que para el vagabundo. Y sin embargo, en este libro y este post la mitad del relato va a girar en torno a precisamente esto: las intimidades, enfermedades y minusvalías de un monarca. ¿Cómo podemos justificar esto? Pues muy sencillo: porque en una forma de estado donde las intimidades, enfermedades y minusvalías de una sola persona afectan directamente a funciones básicas del estado, dichas intimidades, enfermedades y minusvalías son asuntos de estado. Algo que nuestra sacrosanta constitución consagra en su artículo 57, donde dice que el sexo es condición determinante para saber quién llega a la jefatura del estado, y que el heredero no puede casarse con quien él o ella quiera, sino que puede ser vetado por el rey y las Cortes. Imaginen artículos así en una república. Si alguien no quiere que se comenten intimidades reales, pues que se haga republicano.

 

La forma de gobierno más estable.

 

En el caso de Carlos II “El Hechizado”, la minusvalía le llevó a no dejar heredero, y la incapacidad supuestamente a convertir el reino en poco más que un botín por el que media Europa se desangró durante 14 años. Normal que haya sido el pim pam pum de todos los historiadores, facilitado además por cualquier retrato del interfecto, en los que parece simple y llanamente subnormal (“dicho de una persona: Que tiene una capacidad intelectual notablemente inferior a la considerada normal”). Subnormal de no saber hablar y mearse encima. Esa es la imagen que muchos tenemos, pero ¿le hace justicia? Pues para ello me metí este libro entre pecho y espalda, y –pese al tonillo decimonónico presente en todas las páginas, tuve que mirar varias veces que, efectivamente, es del 2003- el resultado, cuanto menos, sorprende.

 

Los comienzos del último Austria

Carlos nace en 1661, apenas cinco días tras la muerte de su hermano mayor, Felipe Próspero (casualidades locas: el mismo día de la muerte del Próspero, nace también Luis de Francia, padre del futuro Felipe V, primer Borbón español). El padre de Carlos, Felipe IV, ya tiene 56 años y está viejo y enfermo, con gota y varios achaques. Es lo que tiene ser rey, que comer algo que no sea carne y beber algo que no sea vino es una deshonra, y claro, tremenda salud que tienes cuando llegas a los 50, que meas más arenilla que orín, y en la autopsia le encontraron pegada al riñón una piedra del tamaño de una castaña. Acabaron dándole leche materna. El pueblo ya chotea que “entre dos niños tetando está la pobre Castilla”, y que “Si el rey no muere, el reino muere”. Su estado es lo bastante lamentable como para que todo el mundo tenga claro que este es el último hijo (dicen las malas lenguas que le engendró en el último acto sexual que logró culminar). La esposa de Felipe, Mariana de Austria, es también su sobrina, con lo que Carlos solo tiene 10 tátara-tátara-abuelos en vez de los 32 habituales, todos sus abuelos tienen el mismo apellido, y todos sus bisabuelos son descendientes directos de Juana “la Loca”. Con semejante material genético, el milagro es que Carlos llegara a los 39 años.

Carlos es bautizado con agua del Jordán y 16 nombres, con toda la corte y los embajadores intentando determinar si está sano o si acaso es cierto el rumor de que es una niña. Una sana moza de Fuencarral será su nodriza, pero a los dos meses es despedida: el niño apenas engorda y tiene un aspecto famélico. La culpa, sin embargo, no parece ser de la nodriza: otras 14 van a aportar su leche (previo chequeo por los médicos de la corte), con resultados igualmente insatisfactorios.

 

Le faltó abuela que le pusiera pucheros.

 

Felipe IV, como tantos otros padres viejunos, decide que hay que darse un empujón y poner la hacienda en orden. Él anda en ese momento metido en una guerra inútil para recuperar Portugal, y nombra comandante militar a su hijo bastardo Juan José de Austria (anoten el nombre) que tuvo con una actriz. Este, en un intento de mostrar toda su sangre real, combina un engreimiento singular con una manifiesta incapacidad para ganar batallas. Suyas son las derrotas en Las Dunas (pérdida de Dunkerque y derrota final de los tercios), y de Ameixial (pérdida de Portugal), aunque parece que era bastante inconsciente bravo en el campo de batalla. Por cosillas como esta, el “Rey Planeta” ya se ha visto reducido a Rey Planetoide, pues definitivamente ha perdido a las Provincias Unidas, y con su incapacidad de recuperar Portugal acabará siendo mero Rey Asteroide. Eso sí, a Cataluña le quita las veleidades republicanas con un buen sopapo (donde pone su granito de arena el bastardo). Y si para ello hay que ceder parte a Francia, ¡pues se hace, coño! Supongo que por eso algunos aún llaman a Felipe IV “El Grande”. Y como viejos hábitos son difíciles de cambiar, Felipe acabará dejándolo todo un poco despendolado, y a los cuatro años enferma y muere (tras besar el mismo crucifijo de plata que han besado en la hora de su muerte todos sus antecesores desde Carlos I).

En su testamento, nombra regente a su viuda, Mariana de Austria, a quien pone al lado un consejo formado por los mayores mandatarios del reino. Sobre el papel cojonudo, pero dichos mandatarios son favoritos reales con pocos amigos entre la nobleza, y además Mariana no tiene tacto político y se apoya para todo en el confesor que se trajo de Viena, el jesuita Everardo Niethard, al que mete de hoz y coz en el consejo. Que la reina y su valido hablen entre ellos en alemán no cae bien, y Juan José de Austria (¿anotaron el nombre?) aprovecha para rebelarse y –apoyado en los nobles- llegar hasta Madrid. Pero los nobles solo le usan para librarse de Niethard. Logrado esto se ponen con Mariana y Juan tiene que exiliarse. Mariana nombra un nuevo valido, Fernando de Valenzuela, todavía más despreciado –le llamaban “El Duende”- porque resulta que es medio villano. Sin embargo, Valenzuela se mantiene porque no para de montar obras de teatro en palacio, cosa que le encanta a Carlos II.

 

Valenzuela sabía tener contentos a los niños.

 

La caída de Valenzuela no puede ser más española y llega con otra gran afición del joven rey: la caza. En 1676, durante una jornada cinegética cerca de El Escorial, a Carlos II se le va la mano y dispara con su arcabuz al pie de Valenzuela. El chaval se siente fatal, y le indica allí mismo a Valenzuela –que, recordemos, yace malherido en el suelo bajo el solazo veraniego- que “mira, tío, te dispenso de tener que quitarte el sombrero en mi presencia, que ya bastante tienes con lo del pie”. Esto, en el estricto protocolo real, equivale a elevarle a la Grandeza de España, y los otros Grandes presentes se lo toman a mal y escriben a Juan José de Austria, que en ese momento ejerce de virrey de Aragón, batallando contra el francés. Juan se monta una guardia pretoriana de aragoneses y parte hacia Madrid, donde depone a Valenzuela (que se había acogido a sagrado en el monasterio del Escorial, pero Juan José lo saca a rastras, y un juez se lo afinó a los conspiradores condenándole a diez años de exilio en Filipinas), encierra a Mariana en el Alcázar de Toledo, y se queda de primer ministro en palacio.

La verdad es que toda la primera mitad del libro son conspiraciones y contra-conspiraciones palaciegas que muestran a las claras que la gran fantasía de la derecha española de que no hace falta más que librarse de la izquierda para lograr la tan ansiada ESTABILIDAD es una solemne chorrada. Todos los que pululan por palacio (que igual es un poco incorrecto y anacrónico llamarlos “la derecha”, pero vamos, que de izquierda desde luego que no son) conspiran unos contra otros, no se respeta nada, y son todos una panda de vagos e indolentes, siempre a la búsqueda de alguna gracia real (léase dinero). Gracias a Pablo Casado Blanco, hemos podido disfrutar de un espectáculo similar recientemente.

El ministerio de Juan José, contra todo pronóstico, no resulta malo. Incluso, se puede hablar de buen gobierno, reacción pronta ante adversidades y malas cosechas, algo de sentido común en la diplomacia, y algo de buena voluntad (o al menos gestos, como un viaje de Carlos II a Zaragoza para jurar en la Seo los fueros) en el tema territorial. ¿Y qué hace Dios? Matarlo a los dos años. Resulta que todo este buen gobierno Juan José tiene que realizarlo de noche a la luz de las velas y quitándose de dormir, porque de día está todo el rato entreteniendo a Carlos II con fiestas, partidas de caza, obras de teatro y francachelas varias, ya que su autoridad se basa principalmente en monopolizar al monarca, aislarlo mediante un rigidísimo ceremonial, y estar siempre cerca para que no meta la pata con algún capricho. Normal que a los dos años estuviera reventado.

 

Elegimos al hermano incorrecto para – ah, perdón, claro, no, no elegimos ni nada, no podíamos.

 

La Primera Reina

Y a todo esto, ¿Cómo es Carlos II? Pues no queda demasiado claro, la biografía gira mayormente en torno a las intrigas y cotilleos de palacio, el pobre Carlos solo quiere que le dejen en paz viendo obras de teatro (no creo que eso le convierta en peor gobernante que los que están a su alrededor, pero seguro que le convierte en mejor persona). Como todo el mundo anda cagado de miedo de que se vaya a morir, nunca le han pedido demasiado esfuerzo ni estudio. Hasta los cuatro años ni andaba, hasta los seis no hablaba de manera regular. Sus conocimientos (idiomas, básicamente) son muy elementales, su letra es mala tirando a atroz (por otro lado, dado el analfabetismo rampante, tener letra ya bastaba para ser Relativamente Preparado). Su voluntad es tan raquítica como su cuerpo. Pero no era tonto de baba y mearse encima, aunque sí inocente, beato y pueril. Además, la excesiva mandíbula Habsburgo hace que no pueda masticar correctamente y deglute más que come, con los consiguientes problemas estomacales. Pero otros informes hablan de una cierta inteligencia, y de joven al menos era bastante activo y salía a menudo a cazar. El problema es que mucho de lo que quedó escrito lo fue con alguna intención detrás.

Antes de morir, Juan José se encarga de negociarle una moza al chaval. Tradicionalmente, los príncipes españoles se casan con princesas austriacas para mantener unidas ambas ramas de Habsburgo, pero Juan José interrumpe el experimento genético de lograr un humano con solo cinco tátara-tátara-abuelos y se orienta hacia Francia. En parte, para debilitar a la facción pro-austriaca de la corte, y en parte, porque Francia está apretando por todos lados y forzando una paz humillante, y Juan José espera sacar de ahí alguna concesión. Como los franceses son unos cachondos, le replican que “concesiones, ninguna, pero ventajas todas”. Pero como Carlos, para espanto de su confesor, “entregábase a esparcimientos solitarios” (vamos, que no para de darle a la zambomba), se termina acordando el matrimonio con María Luisa de Orleans, sobrina del Rey Sol, que es despachada hacia España. Carlos sale a su encuentro, y se celebra y consuma el matrimonio en Quintanapalla, al lado de Burgos, en la casa del primer hidalguillo que pillaron (la razón es que la boda la debe oficiar el Prelado de Indias, pero el obispo de Burgos lo reclama para sí, así que buscan el primer pueblo que no sea de su obispado para no hacerle un feo). María Luisa, al principio, incluso aprecia a su marido (también es cierto que se lo han pintado como un verdadero monstruo), pero la cosa pronto se apaga: María Luisa -16 años- tiene un pavo adolescente que no puede con él, le gustan las fiestas y los trajes de colores, y toda la severidad castellana la deprime. Encima, le ponen de mayordoma a una señora de 70 años (una aragonesa, en vergonzosa concesión a los intereses foralistas y como ofensa añadida a los nobles castellanos).

La convivencia se la resumo con anécdotas: María Luisa se agencia un montón de animales en sus aposentos para pasar el rato, entre ellas varias cotorras a las que enseña a hablar. Una de las cotorras le dirige un taco a la mayordoma, que ipso facto le retuerce el pescuezo, a lo que la reina replica con un bofetón en toda la cara. La mayordoma sale a quejarse al rey, este llega indignado… y se encuentra a María Luisa desecha en lágrimas, no sé qué pasó, algo me poseyó, es posible que esté embarazada. Gran fiesta, campanas al vuelo… pero el embarazo resulta fake. Como todos los posteriores. Encima, como parte de una política de austeridad generalizada, el monarca decide dar ejemplo y cancela las vacaciones de verano de 1680 (en Aranjuez). Para compensar a su esposa, sin embargo, decide regalarle un espectáculo: el auto de fe de 1680.

 

Los de hoy solo van a los toros. Aunque no lo parezca, algo hemos avanzado.

 

Si no son ustedes de la anti-España negrolegendaria, sabrán que el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición Española era una institución seria a la par que benevolente, ecuánime, modélica si me apuran, que mató mucho menos que en el resto de Europa. Pues verán: todo esto puede ser cierto, y sin embargo ser una puñetera desgracia para el país, capaz de dejarlo a la altura del betún, a poco que se examinen los detalles. Si la Inquisición no mató a más gente, es porque su misión –al contrario de, por ejemplo, los campos de exterminio- nunca fue matar a gente. Así no funciona el control social. Su misión era tener a todo el mundo alineado con la ideología oficial. Para eso no necesitas matar a mucha gente (eso sería contra productivo, ¿quién pagaría impuestos o trabajaría de sirvientes o soldados?), basta con matar a unos pocos pero con todo el boato posible: paseándolos por la ciudad, con el sambenito, leyéndoles públicamente la sentencia, y después quemándolos vivos de la manera más espectacular posible. Eso eran los autos de fe: una obscena muestra de fuerza, un “estos son mis poderes”, un “el que se mueva no sale en el lienzo al óleo”, un “si quiero puedo arrastrarte por la ciudad y quemarte vivo, y nadie moverá un dedo por ti”. Todo tan ritualizado que duraba un día entero, y ya días antes el capitán encargado de recoger la leña fue a palacio a ofrendar a sus Majestades el más grande y hermoso de los haces de ramas que se iba a usar (Carlos lo bendijo, se lo mostró a María Luisa, y luego se lo devolvió con gran encomio al capitán, rogándole que por favor ese fuese el primero en ser arrojado a la hoguera – todo esto en homenaje a un acto similar de Fernando III). 120 personas de todo el reino (porque el auto de fe estaba centralizado en Madrid) fueron sentenciadas en la Plaza Mayor, aunque no todas a la hoguera (entre estas, sin embargo, amplia presencia de portugueses seguidores de la Ley de Moisés, lo que tufa a venganza por la independencia de Portugal). Todos los cronistas alabaron la firme e incansable presencia del rey durante toda la ceremonia. Para ahorrarle a su mujer el olor de la carne quemada, sin embargo, se volvieron a palacio mientras los reos eran llevados fuera de la puerta de Fuencarral (si conocen Madrid: lo que ahora sería la glorieta de San Bernardo), a la barbacoa ad maiorem Dei gloriam.

 

Por desgracia, ni siquiera este edificante espectáculo logró abrir el útero de la princesa, que permaneció infértil. Decían las octavillas populares

 

Parid, bella flor de lis

en aflicción tan extraña

Si parís, parís a España

Si no parís, a París

 

La cosa se convirtió en asunto político. Contaba el embajador francés en sus cartas a París

 

“De lo que me dijo la reina [María Luisa], intuí que había un defecto atribuido a demasiada vivacidad por parte del rey” […] “Me ha parecido, Señor, que valía la pena aquilatar el asunto a fin de someter a Vuestra Majestad de un informe fidedigno. El Rey usa camisas cortas de tela gruesa que rasca bien y se cubre de cintura abajo con calzoncilos. He podido conseguir dos de estas prendas íntimas, maculadas, y las he hecho analizar por dos cirujanos. El uno afirma que la generación es posible; el otro, la niega.”

No puede saber el historiador en qué consistieron aquellos procedimientos

 

Siguió este triste estado de las cosas hasta 1688, en que María Luisa murió. Resulta que el desastre genético llamado Carlos II de Habsburgo sobrevivió a su primera esposa. Se sospechó de envenenamiento (para poder traer a una sustituta que se preñara de una vez), pero seguramente fue una apendicitis. En su lecho de muerte, María Luisa le dijo al rey “muchas mujeres podrá tener Su Majestad, pero ninguna que le quiera más que yo”. Sí señores: Carlos II, el único rey español amado sinceramente por su esposa hasta que la muerte los separó.

 

“¿Podríais activar el gen que hace que un rey de España sea amado verdaderamente por su esposa?” “Hacemos ciencia, no milagros.”

 

La Segunda Reina

Para la nueva reina, no quisieron correr riesgos y encargaron el modelo más fértil disponible en el mercado. La elección cayó sobre María Ana de Neoburgo, nacida en Düsseldorf y cuya madre se había quedado embarazada 23 veces, pariendo nueve hijos y ocho hijas, de los que una docena incluso llegaron a la edad adulta.

 

Tecnología alemana para la embarasasión.

 

La nueva reina venía con un puntito autoritario, altanero, terco, y dispuesta a no darle tregua en la cama al rey, con el propósito de fabricar al fin un heredero. “Hoy soy reina, ayer era libre”, dijo el día de su boda, el 29 de agosto de 1689, y se tomó muy en serio lo de ser reina, monopolizando el acceso al rey, montándose un “partido austriaco” en la corte, y metiendo baza en el reparto de carguitos y prebendas. Ayudó que en esta su última década de vida el rey andaba cada vez más pachucho, amodorrado y confuso. Y por supuesto, tan estéril como siempre. Decían las malas lenguas:

 

Tres Vírgenes hay en Madrid:

La biblioteca del cardenal [Portocarrero]

La espada de Medina-Sidonia

Y la reina nuestra señora

 

Y según avanzaban los años y no llegaba el heredero y el rey decaía más y más, se planteaba la Gran Cuestión: ¿quién iba a heredar todo aquello? Luis XIV creía en los derechos dinásticos de su casa, y lo mismo creían los Habsburgo vieneses. Ambos, Paris y Viena, mediante un bisnieto de Felipe IV y ciertas interpretaciones creativas de tratados familiares. Un príncipe bávaro circuló como “solución de compromiso”, defendido por la Reina Madre. Pero Paris y Viena no estaban dispuestos a cambalaches de compromiso: lo querían todo (aunque Luis no le hacía ascos a un reparto razonable del botín). Y todos en la corte empezaron a intrigar a tope para conseguirlo: el partido austriaco, dirigido por la reina, el partido bávaro, dirigido por la reina madre, y el partido francés, dirigido por algunos nobles notablemente antiaustriacos (y con la certeza de que en cualquier guerra por el reparto España se llevaría la peor parte porque Francia la invadiría). El primer set lo perdió el bávaro, con la muerte en 1696 de la Reina Madre, de un cáncer de mama (la Reina Madre no se cortó de mostrarle los pechos a su nuera, a quien odiaba, y que quedó traumatizada por “un tumor como la cabeza de un niño, azul y roja, espantosa de ver […] creí morir del susto”). En su lecho de muerte pidió a su hijo Carlos que legase todo al bávaro, y murió.

Carlos efectivamente firmó un testamento en Jose Fernando de Baviera, presionado por el cardenal Portocarrero aprovechando que la reina estaba ausente de palacio. Cuando esta volvió, simplemente robó el testamento de los archivos, y anunció que era innecesario porque ¡estaba embarazada! Fake total. Portocarrero y su bando decidieron que había que dar la lucha por el rey, y en 1698 lograron la caída de su influyente confesor, el padre Matilla (lo intentaron por las buenas ofreciéndole un obispado; Matilla dijo que “estimaba más poder hacer obispos que serlo”, y ya lo tuvieron que hacer por las malas). Carlos seguía optando por el bávaro, pero este murió en 1699, y ya estaba claro: o Viena, o París. En general, la preferencia era por los Borbones frente a los Habsburgo. Mariana de Neoburgo intentó buscarse aliados mandando a Jorge de Darmstadt como virrey a Barcelona (Jorge había dirigido heroicamente la defensa de Barcelona durante la última ofensiva francesa y era muy popular allí, donde a los franceses, desde el bombardeo de 1691, les tenían cierta tirria), pero en Madrid ya había elegido.

Mientras todos se navajeaban a su alrededor, Carlos, por cierto, mandaba investigar las causas de su esterilidad, y si podía haber sido un hechizo. Los resultados fueron concluyentes:

 

“el hechizo se lo habían dado en una taza de chocolate el 3 de abril de 1675 en la que había disueltos sesos de un ajusticiado para quitarle el gobierno, entrañas para quitarle la salud y riñones para corromperle el semen e impedir la generación…”

 

Una serie de contra-hechizos y exorcismos fueron practicados. Cosa que siempre se ha usado como paradigma del atraso y superstición de esa corte, pero que tampoco era extraordinario en la época, toda Europa creía en estas cosas, y lo cierto es que el efecto placebo mejoró el estado de Carlos, que intentó un par de veces más preñar a María de Neoburgo, pero nada, fue inútil.

 

“¡Sal fuera, Alqa-ETA afrancesada de Cataluña!” “¿Perdón?” “Uy, no sé, es como si el poseído hubiese sido yo.”

 

Su salud volvió a empeorar, y ya no hubo solución: había que elegir. La principal preocupación en Madrid era mantener unido el vasto y absurdo imperio (y la Sagrada Religión), pero ese era precisamente el gran problema: si alguno de ambos, Viena o París, se quedaba con todo, sería tan fuerte que dominaría totalmente Europa y todos los demás irían a la guerra contra él. Luis XIV, en este sentido, se mostró “razonable” y abierto a un reparto que rompiera el anillo de territorios de los Habsburgo alrededor de Francia (básicamente: Italia y Guipúzcoa para Francia, neutralización de Milán, el resto para el austriaco), y firmó acuerdos con las Provincias Unidas y Gran Bretaña en ese sentido. Para atraerse a María de Neoburgo, el embajador francés le insinuó que bajo los Borbones ella podría vivir cómodamente en algún castillo, en vez de ser enclaustrada en las Descalzas Reales como reinas viudas anteriores. Carlos se sintió ultrajado cuando oyó como se repartían sus territorios y a su viuda mientras aún seguía vivo, y París tuvo que retirar a su embajador, culpar a las maledicencias cortesanas, e insinuar que el Rosellón y la Cerdaña podrían volver a España en caso de heredar su sobrino. Todas promesas vacías, como sabemos, pero la realidad política era la que era: Francia era demasiado fuerte, y los Habsburgo se habían puesto de perfil demasiadas veces para jugar ahora la carta del “tío, que somos primos”.

 

El reparto

Finalmente, Carlos reunió al Consejo con los principales del reino, y les pidió a todos francamente su opinión y consejo. Con solo una excepción, todos recomendaron al Borbón, siempre a condición de que se mantuviesen unidos los territorios y “que se mantenga siempre desunida esta monarquía de la Corona de Francia”. Carlos vio el percal, consultó pro forma con el Vaticano (Inocencio XII dijo que “nos vemos en el deber de no discrepar de esa opinión del Real Consejo de Vuestra Majestad”), y firmó finalmente su testamento, que era casi un calco del de su padre, legando todo a Felipe de Anjou con las condiciones indicadas. Tras eso ya solo le quedaba realizar el único acto significativo que la historia le reservaba: morirse. No fue una muerte buena: meses de agonía, entre fiebres, diarreas, vómitos… Finalmente, el 1 de noviembre de 1700, cuatro días antes de cumplir 39 pero con el aspecto de un anciano decrépito, en la persona de Carlos II la dinastía Habsburgo se extinguió en España con las palabras “me duele todo”.

Curiosamente, Luis XIV se lo pensó un poco antes de permitirle a su sobrino aceptar. Al fin y al cabo, había pactado con media Europa un “reparto razonable” cuando parecía que Viena se lo iba a quedar todo, y ahora se encontraba con la posibilidad de quedárselo todo él y su familia. Pero los escrúpulos no duraron mucho, y fueron a por todas. El resultado, pues ya lo conocen: la Guerra de Sucesión Española. En una tribu primitiva del Amazonas les habrían dado sendas mazas a los candidatos y que lo resolvieran entre ellos, pero eso es propio de salvajes, lo civilizado es montar una guerra mundial de 14 años con medio millón de muertos por lo bajo. Carlos solo podría haber evitado esta guerra dividiendo el imperio, pero la aristocracia no estaba por la labor (ni lo quería el propio Carlos). La división, al final, vino igual, pero como resultado de una guerra en la que España perdió Menorca y Gibraltar. También los Países Bajos e Italia (y con ellos, menos mal, la continua necesidad de hacer guerras por toda Europa), y en el interior, pues Decreto de Nueva Planta y centralización (aquí ya a gusto de cada uno), inaugurando nuestro conflicto político favorito.

 

Valoración

Carlos II tiene la mala fama de ser “nuestro peor rey”. Veamos: sin salirnos de la dinastía, tenemos que Carlos I aplastó a sus súbditos en las revueltas de comuneros y germanías, perdió la pasta de un año entero en Argel, e hizo guerra en todas partes. Felipe II aplastó una rebelión en las Alpujarras, se encontró con otra en Flandes en la que se quemarían durante ochenta años un oro y unos hombres que, la verdad, habrían estado mejor empleados en otras partes, mandó la Armada entera a hundirse en el Canal de la Mancha, y logró meternos en guerras en lugares tan recónditos como Borneo y Camboya. ¿Qué cojones se nos ha perdido a nosotros en Camboya? También declaró tres bancarrotas (aunque la primera cabría atribuírsela a su padre). Felipe III culminó su reinado con una pequeña limpieza étnico-religiosa (probablemente para tapar la bancarrota de tres años antes), y Felipe IV nos metió en la Guerra de los 30 Años y tuvo revueltas en Portugal y Cataluña, amén de otras tres bancarrotas. Frente a todo esto, ¿saben cuántas veces se le sublevaron sus súbditos a Carlos II? Ninguna. ¿Saben en cuantas guerras nos metió? En ninguna (libró dos guerras contra Francia, pero las empezó la propia Francia, y cuando el Papa Inocencio XII –pro-francés- le escribió pidiendo que buscara la paz, hasta el guiñapo de Carlos II tuvo el coraje de replicarle que Luis XIV era un mal bicho que iniciaba guerras, bombardeaba ciudades y se aliaba con el turco, y que luchar contra él era guerra justa). ¿Saben cuántas bancarrotas declaró? Ninguna (la de 1666, cuando tenía cinco años y gobernaba una regencia, habría que atribuírsela a la herencia recibida; y lo cierto es que después de esta, España no declaró otra hasta 1799, lo que sigue siendo el periodo más largo de nuestra historia sin suspensión de pagos). Y además, ¿hay algo más español que aguantar décadas y décadas cuando todos ven inminente tu muerte?

¿Que falló y fracasó en mantener el linaje? Pues sí, pero es injusto culparle a él de los defectos congénitos con los que nació. Vivió atormentado por ello toda su vida, creyendo que Dios le había castigado. Heredó un estado donde el fraude fiscal andaba entre el 50% y el 80%, y cuyos dirigentes se movían por la honra y la codicia, y nada más (generalmente más codicia que honra). Y cuando tomó su decisión final, legarle el trono a Felipe de Anjou, lo hizo pensando sinceramente en lo mejor para el reino.

En todo el libro no encuentro ninguna decisión regia que quepa calificar de “mala” (HABER: que no aboliera un tribunal que podía mandarte a la hoguera porque en tu fuero interno decidieses creer que la Transubstanciación tiene algunos cabos sueltos y que la Consustanciación explica mejor la experiencia de la Eucaristía, pues desde cualquier punto de vista mínimamente humanista-ilustrado es “malo”, me refiero a decisiones que más o menos sí podía tomar). Incluso los primeros ministros que elegía eran medianamente competentes, o al menos los más competentes del reducido pool disponible, que mucho quejarse de que el mejor cirujano del mundo no podría operar en Barcelona por no saber catalán, pero ni Leibnitz ni Huygens ni John Locke, todos coetáneos, habrían podido ejercer en Madrid por sucios e impíos herejes. Y los defectos de Carlos (abulia, pasividad, puerilidad, inmadurez, inconsistencia…) los tienen otros reyes, aquí el problema como mucho puede ser de grado. Y por supuesto, toda la cúspide social y política de los reinos estaba podrida hasta el tuétano, simplemente miren lo que tenemos ahora e imagínense algo diez veces peor. Y esto incluye a la Iglesia de entonces, cuyos puestos más altos estaban por supuesto copados por los hijos menores de la aristocracia (no se me ocurre un indicio más claro de lo poco que importa hoy en día la Santa Madre Iglesia que el hecho de que hoy hasta los pobres pueden ser obispos e incluso presidir la Conferencia Episcopal). De donde no hay, no se puede sacar. Vamos: que, tras la lectura de esta su biografía, nos barruntamos que, en realidad, al decir eso de “nuestro peor rey” lo que se está intentando es blanquear a otros, ¡es casi como si alguien quisiera que pensemos que la impotencia sexual es peor que aliarte con lo peor del interior/exterior y basar tu reinado en un acto de fuerza destinado a abolir un régimen de libertades públicas!

 

Una idea, por supuesto, totalmente absurda. No sé cómo se nos ha podido ocurrir…

 


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  1. Comentario de Bellver (14/03/2022 18:31):

    Me parece que la opinión común es que el puesto incuestionable de peor monarca de España lo tiene Fernando VII El deseado AKA El Felón. Dejando eso de lado, gran artículo.

  2. Comentario de petersticks (15/03/2022 09:18):

    Gran artículo. Y el libro pinta bien. Me ha abierto los ojos con respecto a Carlos II del que sólo conocía todos los tópicos mencionados. Coincido con #1 en que el peor rey de la historia de España (y hay muchos candidadatos) es sin duda Fernando VII.

  3. Comentario de PequeñoSaltamontes (15/03/2022 20:26):

    Quizás la palabra “sobrevalorado” pudiese aplicarse a los Austrias previos, que taparon muchas de esos problemas con expansiones territoriales.

  4. Comentario de tabalet i dolçaina (16/03/2022 11:01):

    Lo sorprendente es qué con la lista de austrias y borbones que hemos tenido como reyes, todavía España sea una monarquía y todavía con no pocos apoyos y sectores nostálgicos de la cruz de borgoña.
    Una diferencia de los borbones con los austrias es que aunque tanto los primeros como los segundos tenían la manía de casarse entre primos, los borbones supieron darle una mejora genética a la dinastía y una renovación de los genes vía Isabel II tirarse a medio escalafón militar. Así los borbones crecieron más 30 centímetros gracias a la voluntad de Dios y la ayuda de un capitán de granaderos de Ontinyet. Ahora es todo más científico, ensayado, preparado y tras la experiencia con presentadora de informativos me imagino que estarán ya viendo aquellos deportistas o tiktokers, ahora no se llevan los militares, de 15-18 años como posibles candidatos para renovar la sangre borbónica.

  5. Comentario de Lluís (20/03/2022 08:52):

    #4

    Tampoco es que haya mejorado mucho la estirpe. Puede haber accidentes, de esquí o con armas de fuego, no creo que exista una familia más torpe para esas cosas no ya en España sino en todo el planeta. También puede pasar que, si bien Felipe dice que va a renunciar a la herencia paterna, sus hijas no piensen de la misma forma, es más, alguna incluso puede llegar a la conclusión que puede vivir a lo grande con eso sin necesidad de tener que presidir actos varios o aguantar dos horas en pie mientras desfilan la cabra y los cabreros. Con eso, decir que estamos cerca de doña Elena y de sus hijos, diría que las capacidades intelectuales del trío no superan las de Carlos II, y por lo menos el Hechizado parece buena persona.

  6. Comentario de Asturchale (21/03/2022 18:45):

    Oiga, pues ahora que lo dice… Es verdad. Vista la competencia, va a resultar que el pobre engendro fue el menos malo de los Habsburgo y parte de los Borbones.
    Le tengo algo de simpatía porque fue él quien decretó, en 1680, que cualquier irlandés que pisase suelo castellano sería automáticamente naturalizado español y considerado súbdito en las mismas condiciones que cualquier indígena ibérico. Y a mí el rollo celta me pierde.
    .
    Su mala fama dice mucho de la psicología del nacionalismo español, adicto a las “grandezas” y a la epopeya bélica. Carlos V era emperador y ganó batallas, por tanto fue un “gran rey”. El Hechizado reinó cuando los Tercios ya no atemorizaban Amberes, por tanto lo suyo era “decadencia” y “derrota”. Qué importará si la demografía española no se recuperó hasta finales del XIX, o si la “gloria” de los anteriores se sustentaba en declarar la bancarrota cada cinco años. Lo importante es el recuento de las batallas ganadas, como en los Mundiales.

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