Bordertown (Yle TV1, 2016-2019)

Imaginen el siguiente planteamiento: una niña ha sido asesinada por su madre biológica en casa de la familia adoptiva, y dicha asesina posteriormente le ha cosido los ojos y la boca. Ya en este planteamiento hay tanto horror que una serie española podría estirarlo una temporada entera. En esta serie finlandesa, es lo que te sirven en los primeros cinco minutos del episodio piloto, incluso antes de la cortinilla de entrada, simplemente para presentar al personaje principal. Se ve que hay una soterrada competición entre los nórdicos por ver quién es el más escandinavo de todos, y los productores de esta serie (ojo: la televisión pública de allí) no se quieren quedar atrás. Para ello, han tomado el guante arrojado por los islandeses, han dejado de lado la comedia ligera, y han reunido todos los elementos para hacer la más escandinava de las series. Y ya sé que digo eso mismo en cada serie que les comento, pero créanme: esta vez es de verdad.

La serie lo tiene todo (y cuando no lo tiene, es para marcar aún más el contraste). Una ciudad donde mayormente es de noche y si es de día hace así como destemplado, asesinatos escabrosos, violencia sexual, una sociedad podrida hasta el infinito y más allá, empezando por la punta y de allí para abajo. También el resto del atrezzo cumple los cánones: para empezar, el personaje principal, policía, es un autista de altas capacidades. Esto le permite resolver casos cual Sherlock Holmes, pero, ojo, desviación inesperada del Canon, ¡no está ni solitario amargado ni divorciado! ¡El hombre tuvo una infancia feliz y protegida, y ahora tiene una familia feliz y lleva como 20 años casado! Familia feliz quitando el hecho de que su mujer tiene un cáncer cerebral chungo y está en quimioterapia, pero que se quieren entre ellos, se apoyan, hablan los problemas (excepto cuando no lo hacen, pero joder, que la hija está adolescente perdida y el padre no va a comentar las cosas que ve en el curro), lo que hace una familia, vamos. Sí, él tiene un trabajo así como durillo, y la familia está continuamente con que si llega tarde a cenar, pero sinceramente esto es un gag sin gracia: si llevas 20 años casada con alguien que siempre llegaba tarde a cenar por culpa de un trabajo que consiste en ser la delgada línea roja entre la civilización y la barbarie, no te vas a divorciar en el vigesimoprimer año porque los lanttusupikas se han enfriado en el plato.

El gag se mantiene, más o menos, porque el policía, ligeramente traumatizado por el caso de la niña cosida, decide que ya basta de ser el vigía en el parapeto en esa moderna Sodoma que es Helsinki y pide el traslado al pueblo de su señora con la firme intención de cenar cada día en casa (inciso: la hora de cenar habitual en Finlandia son las 17:00, yo en la mitad de mis curros he salido a las 18 o a las 19). El “pueblo” en cuestión es Lappenranta, una ciudad de unos 73.000 habitantes a medio camino entre Helsinki y San Petersburgo, y a 30 kilómetros de la frontera con Rusia. Esos 30 kilómetros, al parecer, la convierten en la titular “ciudad fronteriza”. Las ciudades fronterizas, históricamente, siempre han sido sitios moviditos, pero el prota, llamado Kari Sorjonen (llega a ir a un colegio español y tiene que cambiarse de nombre, de cara y de ciudad), confía en una pacífica vida poniendo multas de tráfico y gastando la pasta que la Unión Europea destina a un proyecto de innovación policial (básicamente: haciendo lo de siempre, pero con un montón de gadgets y pantallas táctiles que los polis la mitad de las veces no saben usar). SPOILER: en su primerito día ya hay un cadáver, y al segundo otro más. Habla bien de los protagonistas (o quizás es un reflejo de tiempos anteriores más felices) que no sospechen inmediatamente de los rusos.

 

(NOTA: empecé a ver la serie y a escribir los primeros bocetos de este post antes de la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania. En cuanto a los rusos, permítanme una anécdota: se les puede vencer, con nieve y todo. Yo lo logré. El truco es aguantar de pie hasta que lleguen sus padres y les digan “niños, dejad de tirarle bolas de nieve a ese señor y subid a tomaros el borschch”.)

 

Aquí vamos a aprovechar para hacer amigos y dar una “unpopular (and potentially dangerous) opinion”: a nosotros los finlandeses nos recuerdan mucho a los rusos. Es decir, gente rubia y pálida que vive en países así como muy alejados y fríos y que hablan idiomas incomprensibles para un español; personas a primera vista algo frías y reservadas, pero si les das una cantidad de alcohol suficiente (“suficiente” = “si lo tiramos al golfo de Finlandia tampoco evitamos que se congele, pero poco falta”) serán la mejor gente del mundo y tus amigos para toda la vida. Ah, sí, y el elemento clave: cuando sus países son invadidos, ambos se convierten en el equivalente militar a un caniche rabioso que te ataca con espuma en la boca y un desprecio homicida por su propia seguridad, de esos que te muerden la pierna y no te sueltan, tienes que matarlos e incluso entonces necesitas una palanca para partir la mandíbula. El problema es que, históricamente, se han invadido entre ellos, y por ello no se ven con buenos ojos entre ellos. Así el amor es imposible.

 

Tampoco es que hicieran buena pareja, pero sí daba para quedar cada tres meses en plan follamigos.

 

Primera temporada: catarata de desgracias

El caso es que ha sido llegar Sorjonen, y el pobre pueblo se ve sacudido, a razón de cadáver y medio por episodio, por todas las desgracias posibles. Primero, chicas jóvenes se prestan a ser drogadas y puestas a disposición de clientes adinerados, para que estos puedan hacer con ellas lo que quieran sin que ellas tengan memoria de lo ocurrido. Luego, trama de drogas de diseño entre menores de edad, gestionada por una improbable pandilla formada por un friki gafotas, un flipado de la fotografía (y que se dedica a sacar fotos de las chicas del colegio), y un decatleta de metro sesenta, que entre los tres organizan unos fiestones de dronja+bebida+rave en una piscina que lo flipas.

Confieso que mi imagen de las fiestas escandinavas estaba muy condicionado por algo que me dijo una vez una chica noruega: que en su país los chicos estaban más preocupados por pillar alcohol (limitado a un monopolio público bastante durillo) que por pillar con chicas. A ella le indignaba, pero a mi esa combinación “chicas desesperadas + no hay obligación de beber + arenques” me hizo elucubrar sobre pedirle matrimonio estrictamente para obtener la nacionalidad (aunque ir a Noruega como hombre casado realmente habría arruinado todo el propósito de ir a Noruega). Y ahora los finlandeses –que tienen su propio monopolio– me vienen con esto. Mitos que se derrumban: Escandinavia no perdona ni una.

 

La alegría con la que dispensamos alcohol barato en España igual no tiene tanto que ver con el turismo como con tener a la gente alejada de depresiones nórdicas (y de montar barricadas para pedir bienestar nórdico).

 

Tras los adolescentes ravers, llega otra trama, esta de una mafia que organiza peleas entre perros rabiosos y boxeadoras enfundadas en trajes de cuero o latex. Peleas que son organizadas para deleite de clientes adinerados, y acompañadas de DJs pinchando música electrónica puntera. ¡Y a un volumen que no te deja sordo! La civilización, señores. Luego, una mujer a la que tiraron al lago en una jaula de hierro, pero dándole un tubito para respirar, que se mezcla con tramas políticas y una diputada chantajeada por su hermano, en uno de esos momentos recurrentes que piensas que Finlandia y España son planetas diferentes: el hermano le llora que está acabado, perseguido, que necesita resolver sus deudas y empezar de cero, y para ello le pide… 30.000€. Chacho: tu hermana es política, es evidente por su BMW 4×4 y su chalet de dos plantas que ha puesto el cazo en varios sitios, vives en un país donde tomarte una pinta de cerveza en tu barrio de clase media te cuesta seis pavos, ¡¿y te contentas con la mitad del salario anual medio en Helsinki para “empezar de nuevo”?! Pero tú que vas a hacer, alma de cántaro, ¿trabajar como cualquier hijo de vecino? En España, el hermano ni siquiera habría reconocido el parentesco por menos de un cuarto de kilo. Y culmina la temporada un homicidio muy sanguinolento presuntamente perpetrado por… la hija del prota, que se despierta en un barco sin memoria de lo ocurrido, pero acompañada del cadáver de un asistente social que la espiaba y grababa videos de ella.

 

Esta vez es personal.

 

Segunda temporada: el Diluvio

Hasta aquí la primera temporada, conocida en Lappenranta como “los buenos tiempos del candor y la inocencia”. En la segunda, las tramas empiezan a mostrar cadáveres a puñados. Eso, cuando no son fetos humanos en formol escondidos en la despensa de una directora escolar (el feto es abortado suyo, con lo cual queda todo en familia); directora que para más inri fue condenada por abusos sexuales a menores (que encima muestran lo bastante explícitamente en pantalla; lo cierto es que aquella fue la noche que peor he dormido en lo que va de año, que con este año que llevamos ya es decir) y sin embargo se las ha arreglado para volver a poner escuela y vivir en un casoplón tan grande que yo he visto colegios enteros más pequeños.

Como la desgracia no está completa si no incluimos drama sin resolución posible, a continuación, llega un francotirador que empieza a matar gente con su fusil militar. Armamento militar en manos de civiles: una invitación a la tragedia, pero por otra parte ¡es necesario para asustar a los rusos! “No nos invadáis que estamos mu lokos y nos tiramos al monte, que tenemos más armas por habitante que Irak y hasta ayer mismo podías comprarlas con 15 años.” Drama irresoluble. El francotirador, para no ofender al estamento castrense (en otra trama hay un militar, pero ese prefiere usar el cuchillo), es una chica vengándose despiadadamente de ofensas pasadas, pero hasta que la atrapan (y van a tardar mucho en hacerlo porque nuestro prota se ha cogido una baja para atender a su mujer, cuyo cáncer ha vuelto) ha que decretar un toque de queda: calles vacías a las 17:00 de la tarde, aunque siendo Finlandia, suponemos que les bastó con grabar en un día cualquiera.

Tras la francotiradora, el número de cadáveres vuelve a reducirse a solo dos por episodio, pero como el asesino los deja momificados en bolsas de basura y emparedados detrás de una nueva pared en los cuartos de baño, valen doble y seguimos manteniendo la media. Finaliza la temporada una desaparición que Sorjonen tiene que resolver… desde casa, porque los hijos de la desaparecida le han tomado de rehén hasta que lo resuelva, a él y a toda su familia, que suponemos ya no podrá quejarse de que papá llega tarde a la cena (aunque sí de que se traiga el trabajo a casa). La temporada queda abierta con los SWAT entrando a saco en la casa con granadas aturdidoras y toda la artillería.

 

Codas

Hasta aquí pude ver, porque la tercera temporada ya estaba fuera de mi suscripción, aunque resulta que lo de matar toda la esperanza del mundo no está reñido con hacer caja, y esta gente sacó una película tras la tercera temporada que sí he logrado ver. En la película, la mujer ya no aparece, así que entendemos que se consumó el putadón del cáncer, y Kari está recluido en lo que parece un sanatorio para enfermos mentales. Pero un asesino anda suelto por ahí, fileteando a la gente y usando su sangre para pintar murales, se ve que los productos de la “factoría Bordertown” por convenio tienen que mostrar X litros de sangre, da igual que sea una película suelta o una temporada de 10 episodios. Así que la policía saca a Kari de su retiro y le ponen en el caso.

El caso resulta que gira alrededor del malo malísimo de esa tercera temporada que me perdí (pero que también era un malo de la primera), que ahora está entre rejas pero que ha logrado convencer a unos cuantos tronados de hacer una serie de “crímenes homenaje”. Crímenes cuyas víctimas, ojo, fueron elegidas “democráticamente” en una encuesta anónima por Internet, “¿qué personas harían de Finlandia un lugar mejor con su muerte?”, donde encima parece que solo han votado progres: encabeza la lista un pedófilo, pero en seguida vienen un inversor financiero que afirma que “quienes reciben ayudas públicas deberían suicidarse”, un pick-up-artist que destila misoginia y machismo y lo propaga en redes, y la directora de un centro de mayores en el que murieron varios ancianos. Pero sobre todo, el malo malísimo, Lasse Maasalo, a mi me resulta un evidente sosías del joven Vladimir Putin (la película se estrenó en octubre de 2021, cuando la cosa ya empezaba a caldearse), con su pelo rubio lacio, calva incipiente, y su mirada entre fría y divertida.

 

“Queréis ser socialdemócratas, pero en el fondo os encanta que un rojipardo como yo os haga el trabajo sucio.”

 

La película encierra un cierto homenaje al Silencio de los Corderos, aunque perfectamente podría haber sido un par de episodios más de una temporada normal. Así que para ahcer algo “diferente” al final ponen a Kari, que nunca disparó un arma porque él lucha contra el crimen con la mente y tal, a encañonar y disparar al malo. En homenaje, suponemos, al final de Forbrydelsen.

Tras todas las tramas, que Sari Kojonen, perdón, Kari Sorjonen resuelve pegando cinta americana en el suelo (es una especie de mind hack que le permite compartimentar conocimientos, pero es que es un policía autista, ustedes no lo intenten en casa), asoma también siempre la fría mano del alcalde y su entorno, que aparentemente solo quieren poner a Lappenranta en el mapa (que es la jerga política universal para “me montaré un emporio hortera, con casinos, ¡y furcias!”) pero que siempre acaban con las manos muy cerquita de toda la podredumbre. Para no faltar, compran a policías e intervienen muy discretamente con el sistema. Sin embargo, de nuevo, la falta de la tercera temporada me impide decirles como acaba esto.

 

Poniendo a Lappenranta en el mapa.

 

Borde people

Kari Sorjonen: policía autista, aunque no resulta demasiado creíble. Sí, tiene algunos tics raros y estereotipias, y en ocasiones no le importan demasiado las convenciones sociales (se corta las uñas de los pies durante un interrogatorio… pero lo hace aposta para descolocar al sospechoso, cosa que logra, por cierto). Pero en general es sensible, atento a los detalles, con una feliz familia unida, tiene casi un sexto sentido para detectar cuando la gente le miente, cita a Cervantes, le suelen encargar los interrogatorios porque lo clava… y en fin, hay momentos en que los finlandeses a su alrededor reaccionan con tal frialdad a los acontecimientos que Sorjonen (la “j” se pronuncia como “y”) pone cara de “y el autista soy yo, no te jode”, o la pondría si tuviese más de dos registros faciales.

 

Que conste que esto último lo digo como halago, porque tiene su mérito poner siempre el mismo careto cuando a tu alrededor se desata el séptimo círculo del infierno. Desde Schwarzenegger en Terminator no veía algo así de magistral.

 

Pauliina Sorjonen: la esposa de Kari. ¿Conocen el chiste que se cuentan los policías nacionales destinados en Algeciras u otros destinos poco solicitados cuando salen a ligar? Que las mujeres locales “son como náufragos desesperados: su única esperanza de sobrevivir es agarrarse a un madero”. Pauliina (acento en la primera ‘a’) salió de Lappenranta, pero al parecer no le hizo falta ningún objeto flotante, sino que llegó a Helsinki por sus propios medios, posando como modelo (y también un poco expulsada merced a una filtración de fotos íntimas). El caso es que se aburre y empieza a trabajar para el ayuntamiento. El actual alcalde, hijo de la dinastía de barones madereros Degerman (madereros porque controlan la potente industria maderera de Lappenranta, no porque sean policías), resulta ser su ex novio, pero no puede haber tráfico de influencias ¡porque a Pauliina la contrata una Comisión de Contrataciones!

En la primera temporada, parece flirtear con su ex novio, aunque luego todo resulta ser una jugada para intentar lograr acceso al papeleo de la trama emporio-casinos-furcias. En la segunda, le detectan que ese cáncer que creíamos curado ha vuelto, porque no existe tal cosa como demasiado drama en una serie escandinava.

Janina Sorjonen: la hija de Kari y Pauliina. Adolescente cañón-a-la-par-que-responsable, que lo mismo se queda a dormir en casa del novio que quiere trabajar en un kiosko para aportar algo a la economía familiar (en una familia de tres donde la madre trabaja en el ayuntamiento y el padre es funcionario estatal). Al novio se lo matan en su cara, justo cuando el pobre chaval estaba abriendo su corazón para hacer algo bueno con su vida. Acabará estudiando psicología, porque no basta con ser infeliz, también hay que saber exactamente porqué.

Lena Jaakkola: esta no me queda muy claro si es una rusa agente del FSB que ha desertado, una finlandesa que vive en San Petersburgo, o qué. En las tres ocasiones en que por desgracia tenía activado el doblaje al castellano, le ponen un fuerte acento ruso, pero en la original habla con su hija en finlandés (ya no sé decirles si con acento ruso o no). Es decir, en las ocasiones en que hablan, porque Lena no lleva muy bien lo de la maternidad soltera y montar un entorno familiar feliz. En cambio, lo de soltar yoyah, pegar tiros y trabajar infiltrada se le da de miedo, así que la policía de Lappenranta la acaba fichando. A lo largo de la serie, explotará un par de veces su “conexión” rusa para que recordemos que esto va de una ciudad fronteriza. Mi favorita: cuando va a ver a un jefazo en San Petersburgo (no me quedó claro si es ministro o mafioso) y se lo encuentra de frac y con un cuarteto de música clásica en vivo, en una fiesta para recaudar fondos para los desfavorecidos.

 

En realidad, los jefazos rusos, ya sean mafiosos o ministros, probablemente celebran con Sprite y ganchitos en cristalería de oro del siglo XVII.

 

Muerta o desaparecida Pauliina, casi nos esperamos que Lena y Kari acaben liados en la película. Eso solo demuestra que seguimos siendo demasiado españoles: ¡esto abriría la puerta a que alguien pudiese ser feliz!

Katia Jaakkola: la hija de Lena. A media serie, su madre le explica, “mira, yo trabajaba en San Petersburgo para un tío muy chungo que nos mandó a hacer un desahucio de unos yonquis, nosotros los echamos y luego en la casa te encontré en una caja, tendrías un año. Te acogí porque la alternativa era que murieras en el invierno ruso o fueras a un orfanato. Dudo que tu madre siga viva. No hace falta que me des las gracias.” Otra media temporada después el “tío chungo” resulta ser un ministro/mafioso, y la madre efectivamente está muerta… pues porque Lena en el desahucio iba con el gatillo suelto y se asustó. El padre en cambio sobrevivió, a eso y a 15 años en una prisión rusa, pero el intento de sacarlo y así darle a Katia un referente masculino se va al traste por un engaño ruso. Nada, que su referente masculino tendrá que ser Kari. También le pasa algo turbio en la tercera.

Niko Uusitalo: el otro compañero de Kari, un chaval que entre Lena y Kari no para de aprender por las duras (bueno, con Lena temporalmente también por las buenas). Se supone (o bueno, yo he supuesto, igual me equivoco, luego he visto que el actor nació en 1975) que él es “el poli joven”. Lleva barba cerrada, como tantos otros jóvenes que hoy en día buscan al menos parecer adultos, ya que los tradicionales marcadores de la adultez (trabajo/vivienda/relación estable) como que los tienen un poco difíciles hoy en día. Se lleva un disparo en el cliffhanger de la segunda temporada y no sale en la película, así que igual ha ascendido sobre la Luz del Norte.

Lasse Maasalo: malo malísimo, aparece en una trama de la primera temporada, donde era un policía que se había vuelto malo. Pero no por dinero, sino por rencor. Vuelve en la tercera, y tienen que rodar una película para cerrar al personaje. Psicópata y vagamente parecido a Putin.

 

Valoración

Ver la serie ha sido una caída al pozo de la desesperanza, un renunciar a confiar en el ser humano, una invitación a hacer como Kari e ingresar en un centro psiquiátrico (que suena feo, pero lo de cumplir con tu cuota de obligaciones sociales –picando código, encarcelando a psicópatas o lo que haga falta- y luego encerrarte en un sitio calentito donde no pagas alquiler, te dan de comer, puedes estar en pijama, jugar al ping-pong, y no tienes que tener contacto físico con nadie en tres meses, pues hay días que no suena tan mal, incluso sin necesidad de vivir en Finlandia). O, en otras palabras: una serie cojonuda. Y ahora que Finlandia parece que se plantea seriamente entrar en la OTAN, muy recomendable para conocer ese país y así estar preparados para cuando nos puedan llamar a filas ante un incidente allá arriba en Karelia por los derechos de pesca del arenque báltico. Señores: que estamos ante un país que tiene una palabra propia –Kalsarikänni- para el concepto “estar en calzoncillos en tu casa bebiendo licores de alta graduación”. Hay que amarlos.

Como también hay que amar a los rusos, que tan parecidos pueden ser. Amar a los rusos y odiar a Putin, esa tiene que ser la consigna, igual que amamos a los españoles y odiamos a nuestros hijos de Putin locales, que los hay –y no pocos- entre Cádiz y Perpiñán, y así hasta el Nordkapplatået. Sí, Lasse Maasalo al final del todo pretende huir a Rusia, pero eso no significa nada, en otros productos escandinavos los sospechosos huían a España. Putin es Putin, pero mis vecinos rusos, esos cuyos niños que no pudieron derrotarme tirando bolas de nieve, siempre saludaban. Aunque dichos niños también eran responsables de algo así como el 80% de los destrozos en la comunidad de vecinos, tiestos volcados, grafitis, rayajos, sus nombres escritos en superficies de madera. ¿Asoman ahí el anarquismo de Kropotkin, el nihilismo de Bakunin, en suma, el tártaro que llevan dentro? Personalmente, como buen español no puedo evitar ver en estos ataques bolchevique-comunistas a la propiedad privada un casus belli, uno más de esos malvados rusos. Luego recuerdo que solo estoy de alquiler y se me pasa. ¡Hay que amarlos, joder!


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  1. Comentario de emigrante (27/04/2022 14:24):

    Esto de que escriban todos los nombres con letras dobles, no se deberá al elevado consumo de alcohol?

    Y ahora pongamos los puntos sobre las iies “¿Asoman ahí […] el tártaro que llevan dentro?” Querrá decir el kosako que llevan dentro. A los tártaros de Crimea los echaron hace tiempo y la llenaron de rusos (en la versión rusa de la expulsión de los moriscos), después Kruschev la incluyó dentro de la RSS de Ucrania y de aquellos polvos estos lodos. Aunque bien pensado, decir de los españoles “Ahí asoma el moro que llevan dentro” no meparece desacertado.

    Y cambie de género, que la realidad ya es demasiado deprimente como para añadirle un extra de ficción.

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