- La Página Definitiva - https://www.lapaginadefinitiva.com -

Café, copa, puro… ¡y a faire barrage à l’extrême droite!

El menú de toda fiesta de la democracia o boda de tiempos de la burbuja que se precie, por mucho que a la hora de la verdad la mayoría se decante por algún plato principal de carne o de pescado (y en variantes de preparación limitadas un poco a lo de siempre, más allá de alguna variación en la presentación, no vayamos a tener sustos, que la tía Herminia también viene y la cuestión es que disfrutemos todos), ha de tener cierta variedad, con todo, aunque sea en los aperitivos. Si no, no luce. Aunque a todo el mundo le guste saber cómo ha de concluir la cosa y dé seguridad recurrir a los clásicos para acabar el banquete, no está de más alguna sorpresa de vez en cuando para caldear el ambiente. Pero que sea simpática y no altere el guion, no vayamos a joderla. Que al final quien saca a bailar a la novia ha de ser el novio, cortan ambos la tarta, comen perdices y viven felices… con la derecha conservadora de siempre gobernando cuatro, cinco, siete o veinte años más, los que hagan falta.

Ir a votar en Francia se ha convertido en un ritual con estas características en el que, además, los contrayentes se empeñan en imitar la boda del colega o de la amiga del grupo que se casó antes “porque les gustó mucho la idea genial de dar un regalo entre las mesas, que queda muy bonito y elegante”, de modo que, pasito a pasito, petit a petit, acabamos viendo la misma historia una y otra vez. Que la primera tiene un pase, la segunda se queda uno con la sensación de “dejà vu salón de bodas edition” que te hace acabar borracho como una cuba aprovechando la barra libre para al menos divertirte un poco y a partir de la tercera obliga directamente a acudir ya bebido desde casa para poder soportar medio dignamente los primeros compases de una ceremonia inaguantable cuya coreografía ya te la sabes del todo, hasta en sus más pequeños detalles. Y, por supuesto, el final. En este caso, y como ha ocurrido en sesenta de los ochenta años (que se dice pronto) de la historia democrática de Francia tras la II Guerra Mundial, una victoria comodísima de la derecha conservadora estandarte de los intereses de las clases sociales privilegiadas que, aun representando a un porcentaje más bien pequeño de la población, tiene la suerte de que el cotarro está montado para que no haya manera de salir del marco de boda clásica, no vaya la tía Herminia a disgustarse. Y es que nada como una elección presidencial en segunda vuelta sin tradición de primarias previas que funcionen en los diversos espacios políticos como para garantizar que esa minoría, a poco que esté mínimanente cohesionada, pueda ir haciendo lo que le plazca con todo el aval democrático del mundo.

Además, y desde hace unos años, el paseo en barca de la derecha clásica de toda la vida se ha completado con nuevas tradiciones, marca de la casa, cuando va y resulta que quien pasa a la segunda vuelta de la presidencial junto al señor de orden de turno, como ocurrió en 2002 [1], 2017 [2] y ahora de nuevo en 2022, es un candidato de la bien peculiar extrema derecha francesa (hasta la fecha, siempre, de la familia Le Pen, para más comodidad a la hora de seguir el guion). En estos casos, como es de rigor, el banquete acaba, como siempre, por todo lo alto, pero con añadidos new age: indignación mediática y escándalo biempensante en torno a cómo es posible que la extrema derecha logre tales resultados; análisis politológicos de los expertos de servicio sobre cómo en realidad el voto obrero o de los trabajadores que va al miembro de la familia Le Pen que se presenta en cada caso no es representativo sino marginal y además está equivocado porque los pobres no saben votar; manifestaciones en París contra la extrema derecha convocadas por los partidos clásicos con generosa asistencia de estudiantes y urbanitas de distintas tribus; oleada de manifiestos de intelectuales y futbolistas (los primeros siempre blanquitos; los segundos, no) explicando que hay que parar a la extrema derecha; encuestas y análisis que nos cuentan que “hay un riesgo real de que, esta vez sí, pueda darse lo inimaginable” para movilizar el voto; insultos y presiones de todo tipo a los candidatos y partidos de izquierdas (hasta a los maoístas y trotskystas que, sí, esto es Francia, es tradición que estén por ahí en el menú como los percebes en las bodas gallegas y logren su pequeña cuota de votos) para que animen a su electorado a votar al señor de derechas de turno (cosa que, además, se logra y todo, eh, no se vayan a pensar, igual que el tío Enrique, que es ateo y se exilió tras la guerra prometiendo no volver a pisar una iglesia, pues si es por su sobrina nieta que se casa, mira, hace una excepción y va a la ceremonia); un debate electoral donde la candidata de la extrema derecha demuestra que es una nulidad política e intelectual; y, por fin, un día de las elecciones donde gana quien tiene que ganar por una diferencia holgadísima, aquí paz, después gloria y hasta la próxima (antes a los siete años; ahora, a los cinco). Una “próxima” a la que uno se podrá volver a presentar con la tranquilidad de saber lo que volverá a pasar por muchos servicios sociales que se cargue en el ínterin y mucho gasto público que desvíe a las preocupaciones de los grupos sociales de siempre, compiyoguis varios y bo-bos muy preocupados por el ascenso de la extrema derecha pero incapaces de percibir el de las desigualdades u otros muchos problemas que padecen gran parte de sus conciudadanos. Ni falta que hace, joder, que para algo hemos parado a la extrema derecha. ¡De nada, oiga!

 

¡Me aburro!

Así pues, pongámonos ya en cómo estaremos el lunes, con Macron reelegido, a pesar del manifiesto aburrimiento y pasotismo con el que se ha enfrentado a la campaña (porque tampoco tenía mucho más que hacer, la verdad, que poner cara de que ahí está él frente a la extrema derecha para salvar la patria, su honor y a sus clases medias… y, claro, es difícil motivarse ante la ausencia de reto, más aún teniendo una guerra por el este de Europa donde lucir palmito como supuesto gran desfacedor de entuertos mundiales y chef de guerre casi a la altura del general De Gaulle, oiga). Con más o menos un 60% de los votos holgado y no los apuros que algunas encuestas, ritualmente, avanzaban (porque las tradiciones de movilización hay que respetarlas). Y a otra cosa, mon p’tit papillon macronien.

Sin embargo, a lo mejor, conviene atender a algún elemento adicional de lo que estamos viendo bajo esta repetición algo monótona del protocolo, porque quizás el ascenso de la extrema derecha y su conversión por defecto en la alternativa a los señores de orden destinados a mandar nos ilustra sobre problemas que vale la pena analizar siquiera sea mínimamente. Entre otras cosas, por la cuenta que nos trae a todos.

El primero de ellos es que, en efecto, el aumento de la extrema derecha y el fracaso de las izquierdas francesas sí está directamente relacionado. Lo está temporalmente, pero sobre todo políticamente. No sólo es que durante la V República francesa lo que convencionalmente es tenido por izquierdas haya gobernando poco y mal, además es que ha logrado que en cada uno de los períodos en que lo ha hecho su espacio político haya retrocedido en representatividad social, abriendo más y más flancos a la extrema derecha.

Así, en un repaso rápido, tenemos los diez años de gobiernos progresistas con François Mitterrand de presidente, tras sendas elecciones presidenciales ganadas en 1981 y 1988 que acabaron en desastres políticos que llevaron a su partido a perder las siguientes legislativas (1986 y 1993) y obligaron a sendas cohabitaciones con primeros ministros y gobiernos de derechas en la fase final de ambos mandatos que, entonces, eran de siete años; posteriormente, los cinco años con Lionel Jospin de primer ministro, desde 1997 a 2002, en cohabitación con Jacques Chirac cuando éste genialmente decidió anticipar unas legislativas pensando que ganaría sin problemas y se encontró con esto; y, finalmente, la última experiencia, desde 2012 a 2017, con François Hollande de presidente [3] y primeros ministros como Manuel Valls que hacen realmente difícil hablar exactamente de izquierdas, pero vamos a aceptar Emmanuel Macron como ministro de economía como experimento socialdemócrata porque somos así de salerosos y está sonando la Carmen de Merimée para que la tercera edad pueda bailar a gusto.

Pues bien, en todos y cada uno de estos momentos, escasos, en los que “la izquierda” ha podido gobernar Francia durante lo que ya es casi un siglo el resultado ha sido el mismo: un desastre en términos de consecución de logros sociales o de igualdad y mejora de la situación de la población menos privilegiada (socioeconómicamente o por circunstancias identitarias varias; vamos, la mejor integración de las enormes bolsas de población inmigrante o sus descendientes), que en principio debiera haber visto como una buena noticia la llegada de “los suyos” al poder.  Y, correlativamente, un creciente desapego de más y más personas de esas extracciones socioeconómicas, que van paulatinamente optando por no votar o, en su caso, por no votar al Partido Socialista francés clásico que encarnaba históricamente la representatividad de ese espacio. Porque, sencillamente, ¿para qué hacerlo si no sirve de nada, si no se van a ocupar de los problemas de sus potenciales electores diferenciales sino que cuando ganen “los nuestros” vamos a acabar teniendo a Manuel Valls de primer ministro dedicado a perseguir inmigrantes y expulsar gitanos y a Emmanuel Macron de ministro de economía esencial y obsesivamente preocupado por la competitividad de las empresas francesas y la integración en el modelo monetario y económico de la zona euro cueste lo que cueste (a los de siempre, que eso va de soi) en términos de bienestar y empleo?

De hecho, el Frente Nacional francés, partido exótico de un ex militar paraca obsesionado con la pérdida de Argelia y abiertamente nostálgico de las Waffen SS, sin apenas resultados relevantes hasta entonces, empieza a lograr algunos éxitos parciales a escala regional y local, precisamente, con la llegada de François Mitterrand al poder y, en concreto, tras los desastrosos años iniciales de su primer mandato. Cabe recordar aquí que en 1981, cuando la izquierda francesa gana las elecciones presidenciales (y las legislativas que siempre van de suyo a continuación), las ilusiones son enormes. Pero la política de Pierre Mauroy como primer ministro con acreditadas credenciales izquierdistas se agota en menos de dos años y en 1983 llega la capitulación, rápida, ante los mercados y el establishment político y económico francés que venía gobernando desde 1945 y al que la broma se le empezaba a hacer pesada (que, además, fue ayudado en su pretensión de reconducir rápidamente el “problema” por unas Comunidades Europeas que ya empiezan a asomar la patita por primera vez y, ojo, por unos incipientes y maléficos “mercados” que drenaron el crédito a la Francia socialdemócrata de los ochenta como si fuera la Venezuela de Maduro de estos años pasados en que su petróleo no era muy necesario). Es lo que se llamó en su día “le tournant de la rigueur“: tras ciertos excesos redistributivos vamos a dejarnos de tonterías y a ser serios, que también hace falta; nos preocuparán los pobres y esas mierdas, ¡pero más Francia! Así que la barra libre se cierra a las tres de la madrugada y luego quien quiera más gin&tonics, que se los pague. Eso sí, todo por vuestro bien, queridos pobres, que la idea es fortalecer la economía pero sólo para poder luego hacer políticas en pro de la igualdad aún más ambiciosas y efectivas. Bien entendu, ya se asume que eso ha de quedar para más adelante, cuando la cosa se estabilice y se haya logrado alcanzar el suficiente músculo financiero, que ahora sería una locura meterse en aventuras. Un entonces jovencísimo Lionel Jospin, a quien veremos años después de primer ministro logrando el milagro de que Le Pen padre pasara a segunda vuelta en 2002, explicó entonces que se abría una “brève parenthèse libérale” de nada [4]. Y oiga, hasta hoy. ¡Está siendo tan breve el paréntesis en cuestión que la mayor parte de quienes leen esto ni siquiera habían nacido cuando empezó!

El crecimiento del Frente Nacional francés empieza precisamente en esos años. Es cierto, no obstante, que no se produce porque las masas obreras decepcionadas con Mitterrand se pasen a votar directamente a la ultraderecha. Simplemente, dejan de ir a votar, crecientemente decepcionadas. Ante el riesgo de que eso le cueste las elecciones (como de hecho pasaría en 1986 y de ahí la primera cohabitación, y volvería a ocurrir en 1993) y para evitar victorias de la derecha en las regionales, Mitterrand introduce por primera vez experimentos con proporcionalidad en la asignación de representantes en algunas elecciones, para así dividir el voto conservador y, apelando a lo de “faire barrage à l’extrême droite” (a Tonton hay que reconocerle en esto cierta genialidad con esto, pues casi cuarenta años después el lema sigue siendo un llenapistas), poder seguir mandando con mayorías simples a pesar de las pérdidas de voto, al no poder sumar sus votos con la derecha extrema, so pena de quedar estigmatizada (que sí, que desde una perspectiva española esto puede resultar llamativo, pero en Francia la promiscuidad esta es la única que les resulta tabú). En general, la cosa le sale bien (a corto plazo) y logra ir salvando los muebles, estar 14 años en el poder, hasta 1995, aun con el rollo de las cohabitaciones, y prolongar así más y más el “breve paréntesis”. Ello no obstante, en esos años y por las razones expuestas, es cuando se inicia la dinámica de abandono del PS por parte de sus electores más identificados con la izquierda clásica (obreros, trabajadores por cuenta ajena…), por un lado, y, por otro, el primer fortalecimiento organizativo de un partido, el Frente Nacional, hasta entonces marginal y sin apenas recursos, pero que empezará a coger músculo a partir de ese momento gracias a sus primeros diputadillos regionales. Fenómenos que en ese momento todavía van en paralelo, pero que en unos años empezarán, además, a retroalimentarse.

Llegados a 2002, tras cinco años con un Lionel Jospin de primer ministro aplicando políticas de izquierdas “responsables”, moderando dentro de lo que se podía el paréntesis liberal, la desafección entre trabajadores y obreros es cada vez mayor. Y ello a pesar de ciertos hitos, el más icónico de ellos la reducción, siquiera sea teórica, de la jornada laboral semanal a 35 horas para todos los trabajadores por cuenta ajena. Pero si hablamos de logros meritorios, y por lo que pasarán a la historia esos cinco años de la historia política de Fracia, es por conseguir que pasara lo que nadie podría haber sospechado políticamente que fuera a ocurrir nunca, que el señor loco y freak obsesionado con los inmigrantes y los judíos fuera el segundo más votado en la presidencial y dejara fuera de la carrera al propio primer ministro Jospin. Y aquí, a principios de este siglo, es cuando ya empieza a detectarse una tendencia sorprendente: hay cada vez más obreros y trabajadores que votan directamente al Frente Nacional en lugar de a las muchas alternativas de izquierdas disponibles en el menú del convite. Es cierto que Jospin, por mucho que no pase a la segunda vuelta, siendo el favorito como era incluso para ganar la presidencial, no había tenido una mala trayectoria de gobierno (sobre todo, comparada con los muy decepcionantes años de Mitterrand). Es más, esa valoración general provocó que la izquierda que le daba apoyo se dispersara en muchas candidaturas de “postureo” (que es para lo que sirve un poco a veces la primera vuelta en el sistema francés, en ocasiones con resultados desastrosos en términos de representatividad real para la segunda y definitiva, como fue el caso entonces… y lo es ahora) que le drenaron muchos votos, y que fue lo que hizo que Le Pen pudiera entrar por los pelos en el ballotage final. Sin embargo, lo hizo ya con más de un 15% de los votos, que había ido consolidando con los años. Y, sobre todo, aunque la cuestión en esa época era muy discutida, lo hizo con un apoyo si no mayoritario sí muy apreciable de las llamadas “clases populares”, que empiezan a decantarse masivamente por esa opción o la abstención, en gran parte como voto (o no voto) protesta o de expresión de pasotismo, hartazgo y desesperación ante la evidencia de que, breve paréntesis mediante, no hay forma democrática posible de conseguir que el menú presentado ofrezca un plato de su gusto. O una función en el festejo que no sea simplemente pagarlo o estar al servicio de los amos. Porque ver a los demás de fiesta, pero sin poder participar nunca de ella, cabrea un poco. Y no olvidemos que además eso pasaba cuando en Francia había gobernado durante unos años un “gobierno más social” de esos marca registrada que tan bien conocemos por aquí.

En esas estábamos, decidiendo que bueno, lo de Le Pen en 2002 había sido un susto y que aunque el FN tuviera su 15-20% de los votos en algunas elecciones desde entonces pues tampoco pasaba nada, sobre todo mientras gobernara aun así la derecha tradicional, ¡el sistema funciona!, cuando otros cinco años de gobiernos supuestamente de izquierdas, el experimento Hollande-Valls-Macron, concluyó en 2017 con una nueva presencia del FN en la segunda vuelta [2]. Hay que recordar que la acción de gobierno en esos años, a los que el PS llega un poco de rebote (la crisis económica salvaje de principios de esa década se liquida gobiernos por doquier y un PS en horas bajas gana las elecciones a Sarkozy agravando al pobre hombre sus traumas y, además, casi sin candidato porque los prohombres del partido iban cayendo uno tras otro por escándalos asociados a sus prácticas de depredación sexual más o menos estructurales, con la gran esperanza blanca, y liberal, por supuesto, DSK, a la cabeza) es sencillamente desastrosa en términos de ganancias sociales y políticas de bienestar o de consecución de logros redistributivos o niveladores. Pero, peor aún, en términos de imagen el primer ministro Valls es abiertamente ultraderechista en todo lo relacionado con inmigración, seguridad e islam; la economía la lleva un joven tecnócrata de nombre Macron criado en los pechos de la banca privada de inversión y la globalización que lo tiene siempre claro; y, sobre todo, Hollande deja claro allá por donde pasa, como buen enarca, que todo el que no gane suficiente pasta, sepa maneja el cubierto del pescado como es debido y entienda su fino humor de urbanita le parece basura a la que prefiere no sólo no atender sino ni siquiera ver, porque los “sans-dents” lo único que hacen es incordiar [2]. Ante semejante panorama, tanto de hechos como de palabra, resulta totalmente comprensible que, en justa correspondencia, fuera esta misma gente la que al abandonar el partido dejara electoral y demoscópicamente al PS sin dientes (menos de un 7% en las elecciones de 2017; menos de un 2% en las de este año). La cuestión es dónde podían acabar yendo esos electores que eran la parte popular del electorado socialista de siempre, y dónde están ahora, claro. La respuesta la sabemos ya: a falta de alternativas, en el PS y en el resto de la izquierda, mínimamente viables, pues en 2017 se fueron al Frente Nacional de la hija del paraca loco, que al menos ya era una señora que pasaba de la guerra de Argelia y a la que si los campos de exterminio habían existido o no le obsesionaba más bien poco. Y este año, en 2022, con nueva marca electoral (RN en vez de FN) para dejar claro que ya no son abiertamente racistas sino populares y con una campaña basada en denunciar la marginación de la Francia no urbana y no universitaria y su constante pérdida de poder adquisitivo (y peso político, que en el fondo viene a ser lo mismo), pues más aún.

Los datos que tenemos son clarísimos a este respecto [5]: a menores ingresos, más Le Pen; a más entorno rural y aislamiento con núcleos de poder y centros de decisión, más Le Pen; a menos estudios y oportunidades, más Le Pen; a más trabajador y menos cualificado, más Le Pen… De hecho, todas las encuestas coinciden en que, a día de hoy, entre las clases “activas”… Le Pen tendría ya una mayoría o estaría cerca de ello. Casi todo el electorado que, teóricamente, conformaba la base popular de los grandes partidos socialdemócratas europeos que aspiraban a ser de masas ya está, sencillamente, a otras cosas.

Los hombres, casi igualados. Pero donde Le Pen es más fuerte, con diferencia, es en las franjas de edad “productivas” (25-65) mientras que Macron la arrasa a partir de esa edad. En cuanto a niveles de renta, Le Pen gana claramente en los más desfavorecidos y pierde en los demás, con una relación directamente proporcional que hace que, a más renta, más Macron. ¡Para que luego nos digan que esto no es una elección ideológica!

En definitiva, el breve paréntesis liberal ha liquidado al PS y la izquierda francesa de perfiles clásicos, aunque le haya costado unas décadas. El que sigue lozano como nunca es el propio paréntesis, que en realidad podemos dar por cerrado como tal, pero porque ya es la “nueva normalidad”. En el lugar del antigo partido socialdemócrata dominante, y con todos los votos no populares y no desclasados de ese antiguo partido socialista (que también los había, claro, desde  la gauche caviar a la Toskana Fraktion, pasando por todas las elites boomers y de la generación X que han pillado cacho y viven bien, especialmente en el sector público) nos ha aparecido un espacio en la práctica de centro-derecha liberal, tecnocrático, oficialista y que lo que quiere es que las cosas sigan, sencillamente, como ya están… porque les va muy bien que así sea. Y ya está. No hace falta indgar mucho más en el sustrato ideológico unificador de ese grupo social… porque, la verdad es que no hay nada más que la defensa a ultranza del status quo.

Eso hoy en día, y desde 2017, lo representa Macron a la perfección, quien entre sesión de fotos poniendo cara de preocupación y exhibiendo barba de tres días en blanco y negro para Instagram y sus zumos hipervitaminados de muchas frutas y camisa blanca arremangada de buena mañana, envía el nítido mensaje a los que quieren que nada cambie de que con él van a estar tranquilos. Es de lo que se trata, y esos electores que directamente agrupan prácticamente a todo el voto de clase de quienes están contentos con cómo funcionan las cosas reciben alto y claro que ahí es donde hay que estar. Lo que cohesiona mucho  y, por ello, da mucha fuerza al campeón de turno que emerge como líder espiritual icónico de rentistas, meritócratas y el resto de fauna privilegiada convencida, eso sí, de que “se lo ha ganado”/”je le mérite”.

Si otras divisiones son llamativas, el cachondeo de ver a patrones y empleados públicos con estudiantes y jubilados haciendo una pinza a los trabajadores del sector privado, especialmente obreros y empleados no cualificados, es impresionante que no haya dado lugar a que el marxismo francés se suicide como los lemmings esos, en procesión.

Es éste un espacio, también, y sorprendentemente, heredero de un PS y una socialdemocracia a la europea que, directamente, cuando se dan las circunstancias francesas de verse obligada a elegir entre establishment conservador y políticas redistributivas con contenido social no lo duda: ¡lo importante es el rigor, joder! Y ahí se ha ido un importante grueso de los electores históricos del PS: básicamente todos los de cierta edad y una buena posición económica, que no temen por su futuro laboral ni ven ningún riesgo de apuros para ellos ni su familia más cercana. Un espacio para el que el PS servía, siempre y cuando hiciera políticas “serias”, de “rigor”, acordes con lo del paréntesis, para votar tranquilamente a la derecha moderada… pero con la conciencia tranquila. Ah, ces temps sont révolus! Con lo bien que se vivía ahí así! Dommage! Simplemente, ese espacio ha implosionado y ahora esa gente ha tenido que mirarse al espejo y reconocerse que, pues mira, ellos de Macron de toda la vida, pero porque en realidad es que es muy progresista y moderno, ¡como ellos!

Por estudios, la misma historia. No vean aquí ningún “clivage” ideológico, eh, por favor, nada de eso. Macron y sus cosas sirven para que quienes tengan estudios puedan votar derecha, como toca, pero con un ligero toque de buena conciencia. ¡Y más todavía si encima es un deber moral para detener a la extrema derecha!

En ese espacio se han encontrado con todo el centrismo conservador europeísta, claro, que ya estaba ahí, porque nunca ha necesitado tener la conciencia tranquila votando progresismo de aparador. Y, con ellos, pues empresarios varios y toda la derecha francesa sociológica bienestante. Es el nuevo centro. Y andan tan felices, los unos y los otros, mezcladitos, bailando gracias a que la juerga a estas horas de la madrugada ya lo permite, sin demasiados complejos. Su candidato en estos momentos, Macron, tiene además la ventaja de agruparlos cómodamente y ganar sin bajarse de la carroza frente a una Le Pen políticamente muy incapaz. Pero podría ser perfectmente otro perfil incluso más conservador. Al tiempo.

Es ésta una Francia que suma apenas al 20% de la población, si llega, pero que como vota en masa (porque son “ciudadanos” que cumplen con sus deberes cívicos y, sobre todo, porque son muy conscientes de lo que les conviene) pues puede llegar a representar hasta un tercio largo del electorado, teniendo en cuenta que en el fondo lo que queda del PS está ahí también, así como la mayor parte del electorado verde… y una gran mayoría de quienes votan a la derecha francesa clásica, que son como muy fachas en general, pero también pragmáticos: sólo hay una minoría de señores tradicionalistas que consideren que no hay que juntarse con quienes no poseen un chateau, aunque sea pequeñito, con su terreno para cazar y que por ello no son capaces de votar a Macron. Los demás, todos dentro también. Sumando a todos, pues eso, tenemos como a ese tercio del electorado. Pero lo bueno, lo grandioso de la democracia (ya saben… ¡el sistema funciona!) es que con ese tercio de los electores, que a lo mejor no es ni un cuarto de la población, oye, es más que suficiente para ganar las elecciones una y otra vez y gobernar tranquilamente evitando sustos redistributivos exagerados.

Sobre todo, si lo que hay fuera de ese espacio no se articula unitariamente. Por incompetencia e incapacidad, siempre se nos dice. Pero en parte porque no puede, porque es muy difícil, porque no todo lo que hay fuera de ese espacio es igual ni tiene exactamente los mismos intereses. Y, además, porque los sistemas electorales ayudan a dificultar esta articulación alternativa, siendo el francés particularmente perverso a estos efectos, como vemos una y otra vez. Este domingo, sin ir más lejos, y por las bromas de la primera vuelta, la única alternativa al señor de orden es un partido que, más allá de su retórica e innegable preocupación por acercarse a la Francia menos acomodada dado que ahí tiene sus caladeros de votos, tiene un programa y una capacidad política más que dudosa, una candidata incompetente y que todavía conserva como gran banderín de enganche un racismo bastante explícito que lo hace, en la práctica, inexistente como opción realista de articulación de mayorías. Porque en política, pues qué quieren que les diga, se necesita algo más que estar simplemente recibiendo gratis los votos a la contra generados por el cabreo social derivado de la cleptocracia y sinvergonzonería de los de en haut, salvo accidente. Y, Le Pen, sencillamente, no tiene ese algo más.

Eso sí, le gustan los gatos, es mujer y no es abiertamente nazi. Que tampoco es que sea mucho, pero ya es algo. Pero, oigan, ¡sólo con eso va a hacer un 40% de los votos como si nada!

El espacio de Marine Le Pen, que será el de quien en el futuro previsiblemente recoja estos votos (aunque no ella, sino alguien que la suceda y sea más competente) es el de los “sans-dents” según la reveladora bromita de Hollande: gente que no puede pagar sin esfuerzos la ortodoncia a los niños aunque más o menos llegue, con dificultades, a fin de mes (esto es Europa, a fin de cuentas) y que está, sencillamente, harta. Harta de no tener voz ni en los medios ni en las tertulias, harta de que sus problemas no importen a las elites ni a quienes mandan porque ni siquiera los ven, harta de que se burlen de ellos, harta de que cada vez que pasa cualquier cosa (crisis económica o shock de precios por una guerra) la factura la paguen ellos mientras los de siempre dan consejitos sobre cómo bajar la calefacción para ahorrar… harta, en definitiva, de constatar cómo el sistema político y de representación está sencillamente roto.

En las elecciones de hace un par de domingos, y en los resultados de este fin de semana, veremos que este espacio es cada vez más grande, y a día de hoy constituye el grueso del electorado de Marine Le Pen. Aunque pueda haber algún racista por ahí, o algún tradicionalista francés emboscado, el perfil de quien va a votar (y a perder) estas presidenciales contra Macron, contra las elites, es esencialmente éste: ciudadanía desideologizada, preocupada por sus problemas cotidianos, que en mayor o menor medida creerá (o no) que el RN puede tener soluciones a algunos de sus problemas pero que, sobre todo, los vota porque son los únicos que parecen, al menos, preocuparse y estar fuera de la ecuación propia del modelo del “breve paréntesis”. Es una mierda, sin duda. Y muy poca cosa para conseguir articular un proyecto político ganador (por eso, y por la incompetencia de Le Pen, a quien previsiblemente le queda poco al frente, y de sus cuadros, la cosa se les desintegra luego siempre en las legislativas o en otras elecciones, quitando las europeas, que a todo el mundo le dan igual). Pero es que mientras no haya otra cosa ahí van a estar.

El tercer espacio, la eterna esperanza blanca, la posible salida a la crisis del sistema que no pase por la ultraderecha, sigue nucleado tanto en 2017 como en 2022 en torno a Mélenchon. Tiene algo de voto prestado de la parte del PS que no quiere asumir (aún, ¡y eso que mira que han tenido tiempo para ir haciéndolo!) lo del paréntesis liberal, pero también una base propia, que se corresponde con un electorado más ideologizado, más joven, con más estudios… y que no se resigna a tener que elegir entre “sans-dents” y los gestores tradicionales del cotarro. De momento, son incapaces de construir una alternativa propia viable ganadora, a la vista está. Y probablemente es muy difícil, por no decir imposible, que lo vayan a poder hacer nunca atrayendo a suficientes electores de los que ahora votan a Macron o a la alternativa de orden correspondiente que toque en su momento. ¿Por qué? Pues muy sencillo, porque como ya explicó Marx en su día (en su Ideología alemana, si no recuerdo mal), son las condiciones del ser social las que determinan el ser político y eso hace directamente imposible que ese tercio del electorado francés encantado con la situación actual vaya a pasarse en suficiente número a votar una alternativa de reforma seria como la que aparentemente defiende La France Insoumise de Mélenchon (y que es la que le da sentido, porque si es para hacer postureo y poner cara de preocupación ante la pobreza y la desigualdad para luego no hacer nada… ¡para eso está ya Macron!).

Lo cual sólo les deja una alternativa viable para crecer y ganar en el futuro: lograr atraer a parte del electorado de Le Pen a sus postulados, que por otro lado es de lo que debería ir la aspiración tradicional de un partido de izquierdas. O eso se supone. Pero, ¿por qué no han sido capaces hasta la fecha de lograrlo?  ¿Cómo es posible que existiendo este espacio, desde hace al menos 25 años, los votos que pierde la izquierda clásica de obreros y trabajadores acaben yendo al FN/RN y no a esta posible alternativa? Pues, sencillamente, porque muy probablemente tampoco ellos lo saben ni lo pueden hacer. Porque la desconexión tradicional del PS con su electorado potencial, que lo ha acabado por dejar diezmado, quizás no sea tan distinta de la que padecen, si no ya Mélenchon, sí muchos de sus dirigentes y militantes, por no decir la mayoría. Algo que, por lo demás, es lo que vemos en el resto de las izquierdas europeas. Por algo será. Y quizás ese algo sea de nuevo la vieja reflexión de Marx sobre cómo votamos más por lo que somos y nuestros intereses directos determinados por nuestra posición y condiciones de vida que por otra cosa. Un partido de gente joven y con estudios, urbanitas y que, aunque no les guste Macron, también van a pelear como él por los aperitivos con tofu y aguacate, es difícil que empaticen con el electorado de los “sans-dents” a los que deberían seducir para lograr una mayoría viable. Aunque siempre queda una (llamésmola así) “esperanza”, en clave de reconstrucción marxista, en el horizonte: al paso que va el breve paréntesis liberal no es descartable que gran parte de estas clases urbanas universitarias y jóvenes acaben tan jodidas o más que el actual electorado lepenista, ¡dando así una oportunidad para una unión de conveniencia en el futuro que pueda dar muchos sustos a los gestores tecnócratas del status quo que tan felices se las prometen, de momento, con el atrancamiento del sistema! De todos modos, eso no es algo que vayamos a ver aún. Porque, sencillamente, no existe todavía esa unión de intereses. Requiere de más degradación social y económica… todavía.

Y llegamos así al final, y a la explicación de porqué este domingo Le Pen no podrá ganar. Le faltará, de hecho, mucho. Pero sacar en torno a un 40% de los votos contra todo el sistema, todos los medios de comunicación y prácticamente todo el espectro político, sólo por ser la única alternativa para quienes no se sienten representados, es ya de por sí una barbaridad. Una demostración de que, lejos de no ser ésta una elección ideológica, habría que atender muy bien a las líneas de fractura, por edad, por ingresos, por actividad, por entorno rural o urbano, por estudios… para entender que hay una creciente bolsa de electores en búsqueda de representación a los que el sistema actual deja en manos, en el caso francés, del antiguo Frente Nacional y, en el futuro, de lo que venga. Un porcentaje de electores que no hace más que crecer porque el sistema en que las elites, cómodamente instaladas en saber que con un tercio del electorado cohesionado y fiel les basta y les sobra para perpetuar su situación de privilegio o sus comodidades y aspiraciones, respectivamente, y seguir mandando como si nada, cualquier día hará crack. Porque si ahora empezamos a ver claro algo es que, salvo un cambio de rumbo que no se avizora por el momento a nivel estructural y europeo, ya no estamos hablando de si eso acabará ocurriendo sino de cuándo, cómo de dramático será y en qué país supuestamente “civilizado” pasará primero.

¿Cuándo? Pues cuando las distintas barreras que los sistemas electorales que priman a ese tercio cohesionado no basten porque acabe habiendo aún más gente cabreada de la que normalmente es capaz de ser gestionada y conllevada sin problemas (y ojo, porque eso es más o menos lo que se ha dado ya en varios países de América del Sur, las elecciones tienen ese peligro, que las carga el diablo). O si, de repente, empiezan a votar como si nada quienes ahora no votan, lo que es más improbable, a excepción hecha de que algo o alguien los galvanice. Es decir, como pase algún accidente, en forma de crisis económica o energética seria. O en el supuesto de que aparezca un liderazgo aglutinador competente, en lugar del o la Le Pen de turno, que dan bastante vergüencita. Ese día no ha llegado aún. Pero cinco años más de Macron en Francia lo van a acercar mucho. Como ya explicamos hace cinco años que el resultado de 2017 iría favoreciendo el crecimiento paulatino de la ultraderecha francesa.. [2]. y así ha sido.

Jürgen Habermas, en una expresión afortunada (une fois n’est pas coutume!) hablaba hace unos años, y viene a cuento ya que Le Pen ha hecho (inteligentemente) campaña este ciclo apelando a la perte de pouvoir d’achat de muchos franceses como gran eje de su queja y correlativa reivindicación para buscar a ese electorado potencial popular, a la paulatina y creciente “pérdida de poder adquisitivo de la papeleta de voto” en las democracias occidentales.  Vamos, que para cada vez más gente votar, directamente, ya no sirve de nada o de casi nada porque estructuralmente el diseño del sistema hace qe su voto no pueda contar demasiado pero porque, además, se ha limitado tanto la posibilidad efectiva de elección que, en la práctica, una especie de restricción monopolística de la oferta deja al consumidor con muy pocas armas para condicionar en su favor los equilibrios del mercado político y electoral. Algo que, a medida que los ciudadanos empiezan a tenerlo muy claro, socava más y más el sistema, erosionándolo hasta que un día, sencillamente, reventará (Peter Mair tiene un libro póstumo publicado hace una década sobre esta misma cuestión más que recomendable, centrado en las democracias europeas a las que muy acertadamente se llama “gobernando el vacío” [6] y que parece pensado para Macron y, sí, también para Él [7]). Que Habermas, aun con su legendaria capacidad para luego avalar todo lo que nos dé el sistema y no haer sido capaz de proponer nunca una sola solución viable, señale este fenómeno, nos da cierta idea de que incluso las elites son capaces de verlo y de que, más o menos, saben que ahí hay un problemita que convendría atender. La cuestión es que no tienen ninguna capacidad, o más bien ningunas ganas, para resolverlo. Porque que otros puedan pagarse la ortodoncia o sean invitados un día de estos al festín de la boda requiere, necesariamente, de que ellos toquen a algo menos. Aunque sea un poquito. Y mira, por ahí sí que no pasan y mientras la situación no reviente del todo y no tengan más remedio que asumir que a lo mejor hay que aceptar alguna pérdida para reconducirla siempre van a optar por blindar sus privilegios que perciben como justos, legítimos y ganados en beuna lid.

Lo que nos deparará el futuro en estas “hollowing democracies” de nuestros días, pues, vendrá más bien determinado por cómo se producirá la ruptura que tarde o temprano tendremos antes que por si logran controlar la misma las elites, que no parece. A lo mejor tenemos una revuelta “populista” electoralmente articulada cuando, accidente mediante o por simple acumulación de hartazgos, los Macrones de turno hayan logrado lo que a día de hoy parece tan imposible en Europa como a principios de siglo lo parecía que un Le Pen pasara a la segunda vuelta de las presidenciales: que más de la mitad de los que voten estén tan hartos que sean capaces de votar lo que sea con tal de ver cómo revienta todo por el simple gusto de ver a los de siempre, siquiera sea un ratito, preocupados y jodidos como están ellos. O, por el contrario, puede que nos encontremos con la sorpresa de que acabe apareciendo quien sea capaz de articular un programa real de cambio inclusivo que revierta la tendencia, recupere poder adquisitivo para que todos puedan pagar la ortodoncia, redistribuya y, además, devuelva poder político al voto de los ciudadanos, integrándolos debidamente en las bodas, banquetes y comuniones, dado que las pagan, también, ellos. No se atisba en el horizonte, lamentablemente, que esta segunda posibilidad tenga muchos números. Pero quizás es mero pesimismo mío y una visión subjetiva que no necesariamente ha de ser tenida por un hecho. Lo que sí lo es, en cambio, es que Macron va a tener otros cinco años para tratar de entenderlo y ponerse a ello, como ya prometió antes de su primer mandato que sería su prioridad. La mala noticia es que no, no va a ser él quien lo logre. Tampoco a la segunda. Y como pasa cuando se acaba la barra libre porque ya nos hemos bebido todas las existencias sin pensar demasiado en las consecuencias, la resaca puede ser tremenda.

¡Cinco años más de fotos de señor pàibon!