La Fortuna (Movistar+, 2021)

En 1804, la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, cargada hasta arriba de plata del Perú, se aproximaba a la Península cuando fue hundida por una banda de piratas ingleses (que fueran de la Royal Navy no quita que fuesen piratas – ¡todo lo contrario!). 203 años más tarde, otros piratas (estadounidenses en este caso y organizados como sociedad anónima cotizada en bolsa, lo que tampoco quita que fuesen piratas – ¡todo lo contrario!) localizaron el pecio, extrajeron todo lo que hubiera de valor destrozando/desecrando el resto, y se lo llevaron a los U Es of Ay. Pero hete aquí que los españoles, unidos por una vez en su historia (en su odio a la pérfida Albión y sus bastardos hijos, suponemos) se revolvieron y lograron vencer en buena lid, recuperando el tesoro. El David español venció al Goliat estadounidense, para orgullo de todos los buenos españoles (fue en tiempos de ZP, y gracias a los tribunales estadounidenses y al rule of law estadounidense, que es algo muy distinto al “hay que hacer lo que dice el PP”, pero bueno, detalles, detalles). Así que solo era cuestión de tiempo que la gesta fuese llevada a la pantalla pequeña. En este caso, de la mano de Alejandro Amenábar, aunque por cosas del copyright y las demandas han cambiado algo los nombres y lugares, y la fragata hundida ahora se llama “La Fortuna”.

(Para que la Virgen no se enfade por el laicismo rampante, entiendo, hay una escena en una iglesia madrileña, que yo identifico con la Iglesia de San Manuel y San Benito, junto a la Puerta de Alcalá. La manzana da a la calle Claudio Coello, donde Luis Carrero Blanco ascendió a ver a la Virgen. Menos da una piedra, aunque habiendo una Basílica –hispanoamericana para más señas- dedicada a Nuestra Señora de la Merced es un poco limpiar una ofensa con un feo. Claro que la Basílica es bastante fea, incluso para Madrid, y queremos una serie bonita.)

En fin, que esto es una serie, pero parecen dos series: la primera, grabada en Estados Unidos, con estrellas bastante conocidas y que interpretan sus papeles sobrados y con la minga fuera (“A que no hay huevos a interpretar la escena con la esposa con marihuana de verdad.” “Hold my porro”). O al menos Stanley Tucci, al que deben haberle prometido que podría realizar todas sus escenas en estudios sin moverse de casa; Clarke Peters en cambio es más pachorra. Se ve que nos ha calado a la primera.

 

“¿Me pagáis un viaje a España y todas las tapas de jamón en Malasaña que pueda comer a cambio de hacer media hora el moñas delante de una cámara? Pues claro, ¡si para eso me hice actor!”

 

La segunda serie, en cambio, es made in Spain y parece -por personajes, actores y temáticas- una comedia de Fernando Colomo de los años 80: todos son funcionarios, todos gritan mucho y usan exabruptos, todos fuman, todos se quejan de qué mal va “este puto país” y todo eso, pero nadie parece dispuesto a mover un dedo para cambiar nada. Parálisis nacional. Suspiros de España. Una estética y temática que en los 70/80, tras cuarenta años de podredumbre moral y ranciedades fascistas, sin duda era de agradecer e incluso necesaria, pero que en 2021 ya empieza a oler a cerrado. Tíos, inventad algo nuevo.

Obviamente, este inicio solo debe servir de contraste: la pandilla de funcionarios nivel A2 del Ministerio de Cultura, aplastados por siglos de implacable burocracia ibérica, van a ser capaces de revolverse y ganarle la partida a los tiburones americanos que han expoliado el patrimonio marítimo español. Con ayuda de Clarke Peters, claro, que sin un americano en los buenos no puedes vender la serie en aquellos lares, pero así tenemos ocasión de oírle chapurrear en castellano.

Luego, según pasas los primeros episodios, salta una tercera serie: españoles siendo competentes. Generalmente, funcionarios de bajo nivel, como guardias civiles, miembros de la Armada, o un legionario al que le ha dado demasiado el viento de Tarifa. Gente competente, que la hay, porque verán: España no es un país corrupto, ni tiene una administración corrupta al estilo de Grecia (aunque Grecia también nos ofrece a estos maravillosos médicos, que debo decir que me ilusionan más que nuestras excepciones locales). Una administración corrupta es una donde un funcionario cualquiera te deniega un permiso/aplaza un trámite/te va a multar y tú sacas la cartera y le dices al agente, “no hace falta hacerlo oficial, sí, reconozco que me salté el semáforo, pero es que tengo mucha prisa, ¿le importa si lo resolvemos rápido, aquí entre los dos, entre hombres, usted y yo?” Eso te funcionará en otras partes (en una ocasión crucé la valla de Ceuta, y dos de los tres primeros policías marroquíes que vi se pasaban papelitos con las porteadoras): en España, el guardia civil te hará salir del coche, te apalizará por resistencia a la autoridad, y te llevará al cuartelillo (y en el transcurso de la operación es posible que se te caiga la cartera y la pierdas para siempre, pero eso ya es otra historia, no exenta de justicia karmática, y para nada equivalente a aceptar un soborno en mano). Estos probos funcionarios serán los que saquen adelante el caso, ante la pasividad de los de arriba, en tiempo récord y contra conspiradores de toda laya.

Los intríngulis de esta tercera serie se los explicamos aquí: las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de América tienen una relación muy peculiar con Hollywood (básicamente: yo te dejo rodar con mi material, y tú me presentas como lo más guay de lo guay), y alguien ha pensado que aquí podríamos hacer lo mismo. Metiendo además a la Guardia Civil y al Cuerpo Nacional de Policía en el paquete. Y así tenemos escenas en alta mar con lanchas patrulleras, o una pequeña exhibición de los GEOs en helicóptero. La Armada, por su parte, es la que más aporta poniendo un barco y todo (el buque Castilla, que está bien pero el LOL definitivo hubiese sido la Fragata Campechana en emotivo reconocimiento del buen rollo entre ambas naciones).

 

“JC, menudo tesoro que tienes.” “Pues si quieres ponerte la escafandra y bajar a cavar, te lo dejo por una comisión de amigo, JF.” “Hablaba de tu mujer.” “Ah! Jaja.” “Ja.”

 

El caso es que nuestros probos empleados públicos (“¿Qué somos?” “¡Fun-cio-na-rios!”) montan el caso, buscan las pruebas, resuelven todas las trampas y recuperan el tesoro para España. Total, para que llegue el nuevo ministro, diez días en el cargo, y se haga la foto. Pues nada, a casa, o a consolarnos con una excedencia de un añito para navegar por el Mediterráneo (pero para pedir excedencia tienes que llevar cinco años de funcionario y el prota solo lleva dos, ¡cagada de los ambientadores!). Eso sí, antes cargamos dietas al Ministerio y no perdonamos ni una.

Al final, de hecho, resulta que todas las conspiraciones de hombres de negro (bueno, en este caso es una mujer) para parar el caso vienen de que Atlantis usó su tecnología para pinchar un megacable de comunicaciones transatlántico, en comandita con los servicios secretos españoles y americanos. Sí, ahí los tienen, diciéndote a las claras que están espiando a todo quisqui sin orden judicial, y no pasa nada, ¡todos somos buenos!

 

Afortunados

Alex Ventura: un personaje no ya de Fernando Colomo, sino puro Berlanga. Un funcionario diplomático oriundo del inagotable manantial del conservadurismo que es Castilla y León, que cuenta 25 primaveras y que sin embargo se viste, consume, expresa y vive como un señoro de 50 años (le falta la afabilidad y fumar en pipa, pero eso vendrá con el tiempo). ¡Si hasta le gusta escuchar música de ópera! Y en cuanto a su vivienda, la decoración es estilo “sala de espera de una clínica dentista de 1997”. Que puede ser alquilado, pero Alex no sería el primero que va a pedir hipoteca nada más aprobar la opo, sin tomar siquiera posesión de la plaza. Le pega. Por otra parte, su padre tiene “un barquito”, así que quizás ni siquiera necesitó pedir un préstamo.

Alex entra en la administración con altísimos ideales, “he jurado servir lealmente al estado” y todo eso, pero como buen funcionario tiene en mente su carrera, y en cuanto le presionan un poco, “tu deja que esto pase y tendrás carrera, no nos quieres tener en contra”, pues se calla y hace el sueco. Pero tiene su obligada epifanía, y cambia de idea.

 

Lucía Vallarta: la progre. Es decir, funcionaria fumadora con el pelo de rojo chillón (al parecer Ana Polvorosa es pelirroja natural, pero eso solo demuestra el genio de Amenábar, mostrándonos un personaje que el progrerío lo lleva en los genes), grita mucho, insiste en que la llamen “señorita” y no “señora”, es bisexual (“¿te molesta?” “no, en absoluto” – Alex, claro que te molesta, ¡tienes que competir con el doble de rivales!), y no ahorra en el uso del calificativo “facha” para describir personas/actitudes que en el resto de Europa se verían como normales y cotidianas, incluso motivo de orgullo si me apura usted (siendo igual de fachas, claro, pero disimulándolo un poco mejor y con un poco más de mala conciencia, porque allí los fachas primigenios no ganaron). Una funcionaria más cercana a los 40 que a los 30 y que sin embargo se viste, consume, expresa y vive como una chiquilla de 20 (le falta la candidez, pero eso ya no viene con el tiempo).

Pasada la mitad de la serie, Lucía le cuenta a Alex porqué se metió “a esto”: en la guerra civil fusilaron a su abuelo tras torturarlo, y lo tiraron a una fosa común, y los intentos de Lucía y otros por abrir la fosa fueron vetados por un juez. Y “como hay que comer”, Lucía opositó a funcionaria de ese mismo estado que le ha prohibido dar sepultura digna a su abuelo, o algo así, el mecanismo psicológico no lo pillé del todo.

 

Obtaining a plaza de funcionario to own the fachas.

 

Yo reconozco que estoy muy mal de la cabeza, y ante la confesión de Lucía lo primero que hice fue echar cuentas: ¿Fusilaron a tu abuelo en el 36 y tú naciste a mediados de los ochenta? A tu padre querría conocerle. Lo realista habría sido usar al bisabuelo, señor Amenábar. ¿Que la escena entonces no impacta igual? HABER, que en la serie salen españoles agraviados porque los ingleses mataron a traición a sus ancestros hace 217 años (toda la escena del ataque rezuma resentimiento, de hecho, y hoygan, bien justificado). Entonces, ¿por qué la izquierda tiene que cortar lo suyo tras dos generaciones y no puede estar de morros hasta el año 2156? ¿Por qué es de mal gusto odiar a otros españoles, pero odiar a los británicos casi una cosa de buen gusto? Bueno, mejor no seguir por aquí.

En fin, da igual lo enfermo que yo esté, las series de televisión españolas aún logran darle otra vuelta de tuerca: al minuto de hablar de fosas comunes en cunetas españolas y lo que dijo la abuela agonizando en su lecho de muerte, ya están echando Lucía y Alex su primer polvo en un motel de carretera de Atlanta. Dicen que hay mucha gente que siente necesidad de follar en los velatorios, Eros y Thanatos y todo eso. Yo la verdad es que no lo termino de ver. Al menos, Lucía parece ser la única que dice a las claras que los de Atlantis Inc. son tan piratas como los británicos que hundieron a cañonazos a la fragata Fortuna en 1804, mientras los jefes están en plan “bueno, nos ofrecen un trato, un 5% es mejor que nada, para qué meternos en líos, aceptemos y a otra cosa mariposa”, y sin ella el caso no habría salido adelante.

 

Frank Wild: el pirata jefe, que expolia pecios en el fondo del mar con una justificación cuanto menos curiosa: “joder, que lo he sacado del fondo del mar, donde estaba tirado, y el estao apañol no movía un puto dedo por sacarlo”. Justificación curiosa por cuanto se podría aplicar a muchísima propiedad privada que está abandonada, o cerrada, u ociosa en general, qué se yo, viviendas sin alquilar, tierras sin cultivar, capital sin invertir y similares, y justificar una intervención estatal “mira, mejor que alguien le dé un uso que beneficie a la sociedad, y que le jodan al derecho a la propiedad privada, que esa está subordinado al interés general”. Vamos, que Frank Wild parecería un criptocomunista infiltrado en la sociedad americana, pero en aras de llevarse el tesoro pega una voltereta y se convierte en el defensor de los derechos de los civiles embarcados, a cuyos descendientes reúne en el juzgado para declarar que hoygan, que esto era un barco de mercancías ná más, que eran civiles, que el contenido pertenece a estos sus descendientes que casualmente me han contratado. Cuando ni siquiera esto funciona, recurre al gobierno de Perú vía la UNESCO, “ese oro salió de nuestro país y nos pertenece”, y a venderles a los españoles cubos de solución salina a 200€ la pieza. Pirata hasta el fin.

 

Jonas Pierce: el americano bueno. Un abogado que se trae sus cosas personales con Frank y gusta de llevarle a juicio por todo lo que sea. Clarke Peters, en un papel que no sabemos si se lo ha tomado como “unas vacaciones en España a cambio de un bolo de media hora.”

 

Valoración

Aunque quiere parecer una trama enreversada de espionaje y piratas, en la serie todos acaban siendo más o menos buenos, salvo Frank Wild (a cambio, Frank es el único con un conflicto familiar, supongo que para compensar, soy-malo-pero-es-porque-quiero-lo-mejor-para-mi-hija), y un senador estadounidense que intenta pasar de tapadillo una ley al gusto de Atlantis Inc. (para que no se enfaden los americanos, el senador es de origen hispano, ¡todo queda en casa!). Por lo demás, es una adaptación de un cómic (técnicamente impecable, eso sí), y siguiendo todos los tópicos, tanto los americanos como los españoles. Y al mismo tiempo, esta obra es muy moderna: bajo la excusa de servirnos una serie que va del orgullo nacional, Amenábar nos está realmente sirviendo una serie sobre el Wellness nacional. Todo está como debe estar, todos colaboramos, todos somos buenos y útiles, y todo va a salir bien aunque el abuelo siga en la cuneta. Está bien, pero si lo han limitado a 6 capítulos de 45 minutos es que el propio Amenábar juiciosamente concluyó que más no se podía sacar de ahí.


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  1. Comentario de emigrante (11/01/2022 12:06):

    Muchas grácias. Relacionado con esto aquí tenemos una entrevista más que interesante

    https://elpais.com/cultura/2022-01-11/ivan-negueruela-el-barco-mas-antiguo-del-mundo-podria-desaparecer-por-errores-en-su-proteccion.html

  2. Comentario de devilinside (17/01/2022 18:41):

    #1 Por mi parte debo decir que visto el Museo, tremenda decepción. Con todo el patrimonio subacuático que hay en España, tienes restos de un par de barcas fenicias y una muestra de monedas y objetos del famoso barco. Mucha pasta en edificio para poco contenido

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