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Fundación (Apple TV, 2021)

La Ciencia Ficción empezó como un género completamente marginal: frikis perdidos que publicaban relatos ininteligibles para las personas normales, explorando mundos imaginarios bajo el desprecio, cuando no risa, de la sociedad bienpensante. Una extraña flor de la modernidad (razón por la que surgió en la sociedad más moderna del momento, los Estados Unidos). El escapismo de los raritos, que ocupan los estratos inferiores en el ecosistema social americano, dominado por los ricos, los guapos y los atletas. Pero entonces llegó la Segunda Guerra Mundial [1], y con ella cosas previamente solo imaginadas por los raritos: aviones a reacción, computadoras para romper códigos, y por encima de todo la bomba nuclear, todo ello contribuciones de los raritos al esfuerzo bélico. En apenas 20 años el mundo pasó de aviones fabricados con madera a submarinos nucleares y satélites artificiales orbitando la Tierra. Los locos, los chiflados, los raritos, los receptores de las collejas escolares se habían convertido en los profetas del nuevo mundo. Y como siempre, tras el triunfo salen un montón de aprovechados diciendo que yo, friki de primera hora, ya era friki cuando todavía no era guay, que me he visto Big Bang Theory entera. A veces son premios Nobel como Paul Krugman [2], pero más a menudo gente como el soplagaitas de Elon Musk [3], declarado admirador de la serie Fundación [4], que en realidad solo quieren aprovecharse del glamour del friki (bueno, no es realmente glamour lo que tienen, pero sí reciben cierta admiración por ser capaces de manejarse en este mundo y poner en hora el horno de la cocina, la clase de gente seria a la que confiarle tus ahorros invirtiendo en Tesla).

 

Inviérteme un billón, paaayo, que soy friki.

 

Volviendo a los años 40, Isaac Asimov fue parte integral de este salto. A lo de ser friki y rarito sumaba, además, el ser judío, gafotas e inmigrante. El pack completo. Pero estuvo ahí desde el principio, creando junto a sus compañeros la Edad de Oro [5], escribiendo incansablemente relatos para revistas de pulpa [6], inventando prácticamente él solito el subgénero de la robótica (suyas son las Tres Leyes de la Robótica [7], y algunos le atribuyen incluso el primer uso de la palabra “robótica”), publicando también libros de divulgación científica muy asequibles y fáciles para que cualquiera pudiese empaparse de la CENCIA, y convirtiéndose así en el ídolo de todos los raritos y frikis del mundo. Eso es ciertamente una contribución importante. Dicho esto: también era un capullo acosador [8] en cuyos relatos las mujeres salen con cuentagotas, y sus escenas de romance/sexo tienen un cringe nivel Señoro Plus. Un legado mixto, que habrá pesado a la hora de adaptar en una serie su principal obra, la Saga de la Fundación [9].

 

Botox para una novela viejuna

La saga original empieza a publicarse en los años 40, así que es normal que no haya sobrevivido demasiado bien al paso del tiempo. La trama (se la destripamos sin mala conciencia porque ya lo hicimos al comentar los libros [10], la saga tiene ya80 años, y la serie, la verdad, se va por peteneras) iba de un imperio galáctico que abarcaba millones de mundos y trillones de seres humanos, aparentemente estable pero del que un matemático, Hari Seldon, afirma que está condenado a la destrucción en cinco siglos de nada, para ser seguido por 30.000 años de barbarie. Seldon afirma esto en base a unas matemáticas que ha desarrollado, las matemáticas de la psicohistoria. Si han leído más de Asimov (y aquí hemos leído MUCHO de Asimov), el paralelismo es claro: el Imperio Galáctico es un remiendo del imperio romano tardío [11], y los 30.000 años de barbarie equivalen a la Edad Media, con la pérdida de todo el conocimiento. La gente ya no sabe leer, ¡la pesadilla de los frikis! Hari Seldon propone entonces al gobierno imperial establecer una “Fundación”, con el objetivo de reunir todo el conocimiento en una vasta Enciclopedia Galáctica. En 1942, cuando el conocimiento aún estaba íntegramente en libros de papel, eso podía parecer realista, pero hoy, que todo el saber humano esencial te cabe en un USB, ya mueve a risa. Estas y otras cosas han llevado a los productores a cambiar muchas cosas de la saga original. Y el resultado es… curioso (digo “curioso” porque me han educado para no usar términos como MOJON INSUFRIBLE).

La primera diferencia es que empiezan a añadir mujeres, por el procedimiento de cambiarles el género a varios protagonistas que en las novelas eran hombres (Gaal Dornik, Salvor Hardin, Eto Demerzel… ayuda que Asimov se inventara los nombres). ¿Y saben qué pasa? Pues ABSOLUTAMENTE NADA. La historia se leería igual, en parte porque la gracia de la psicohistoria es que lo importante son las corrientes económicas y sociales. Si te lo cuenta un patriarca de larga barba blanca o une lesbiane racializade da igual (si a usted sí le importan estas cosas, por favor no pille berrinche, que los alfas de la historia, Hari Seldon y el emperador Cleon XII, siguen siendo varones blancos). En la frente para los rancios (y para el propio Asimov, que al parecer no concebía que los Tristes Hombres Competentes de la Ciencia Ficción Dura, la más apegada al realismo científico, pudieran ser mujeres). Y se lo dice un servidor que normalmente es MUY purista en las adaptaciones: esto no afecta para nada. La cosa no va por ahí.

A cambio, la serie les da a todos los personajes trasfondo, historia, motivaciones, romances y todo eso. Y eso ya me pica un poco, porque hace que se pierda uno de los grandes atractivos de Asimov, ese racionalismo a ultranza, esa elegancia cartesiana de proporciones cósmicas donde los humanos y sus pequeños asuntos no importan apenas. Mundos creados en una máquina de escribir sin acceso a Google. La escena favorita de Asimov son dos personajes en una habitación poco adornada intercambiando depurados argumentos lógicos mientras la galaxia entera depende de ellos. Y si podemos cambiar los personajes por voces inmateriales, mejor aún.

 

Se nos perdió un teólogo medieval increíble.

 

(Sí, ya, algunos dirán que si el Mulo que si bisho [10], pero el Mulo surge tras seis relatos racionales como intento de Asimov de ver qué pasaría si en este mundo racional entra un ser capaz de trastocar los imperativos psicohistóricos. Y la respuesta, al final, es que no cambia mucho, la psicohistoria vuelve a abrirse paso y el río retorna a su lecho. ¡Racionalidad wins! En cuanto a bisho: hay una razón para que yo, que he tenido en mis estanterías docenas de obras de Asimov, ya solo retenga las tres novelas originales de la Fundación y las tres antologías de la Edad de Oro: que todo lo producido por Asimov después de 1970 más o menos es basura. El molde de Asimov eran relatos de 8000-10000 palabras, sin apenas desarrollo de personajes, y centrados en alguna Idea Loca que él desmenuza racionalmente. Cuando estiró esos relatos a ladrillos de 200.000 palabras porque los editores le pagaban al peso… ahí se acabó todo.)

 

Decadencia y caída de una Serie

El caso es que hay que ambientar bien la serie, para todos aquellos que no se hayan leído Decadencia y Caída del Imperio Romano [12], o los trabajos de Henri Pirenne [13] (a quien Asimov homenajea con su personaje de Lewis Pirenne, el tieso y sieso administrador de la Fundación a quien Salvor Hardin educadamente aparta del poder): el Imperio goza de buena salud, o al menos de una capital chula, un mundo-ciudad llamado Trantor. Gracias a Star Wars [14], ya le puedes decir a la gente: mira, esto es como Coruscant pero sin bichos, y así ya lo tenemos. Cierto que algunos mundos imperiales, como Synnax, no ven con buenos ojos lo de estudiar ciencia y tienen la manía de tirar a los matemáticos al mar. Pero bueno, paletos hay en todos lados, lo importante es que la cabeza imperial funcione bien. Para ello, hay un emperador, Cleon XII, legítimo heredero de la “Dinastía Genética”: como Cleon I fue la polla con cebolla, nos dedicamos a clonarle durante 400 años. Una solución elegante para la ansiada estabilidad, si bien ha tenido el efecto secundario de congelar el Imperio, ignorando importantes evoluciones.

 

Como la clonación científica aún no es muy fiable, nuestro Cleón patrio ha tenido que recurrir a otras vías más rudimentarias para clonarse.

 

Al Emperador, claro, no le gusta que Hari Seldon diga que, mira, los números no mienten, en 500 años tu Imperio se habrá ido al garete y vendrán 30.000 años de oscuridad, y está sopesando su ejecución cuando un hecho fortuito (algo que no casa ni con cola en el ideario original de Asimov) le hace cambiar de idea: Seldon y su grupo de raritos son empaquetados en una nave y enviados a Términus, un planeta hostil y vacío en el borde de la galaxia, lo más alejados de Trantor como sea posible. Ahí no molestan, y el Imperio puede sacar pecho diciendo que nos tomamos esto muy en serio, hemos dotado a Seldon de los medios necesarios para que pueda trabajar de acuerdo con sus predicciones para aminorar la “Caída” (el trabajo consiste en reunir a los listillos para que elaboren una Enciclopedia Galáctica, reuniendo el saber esencial, y que así los 30.000 años de barbarie se limiten a solo 1000, porque los supervivientes no tendrán que reinventar la rueda). Y eso lo podéis hacer mejor en el culo de la galaxia que en Trantor, donde siempre invita la cañita fresca y el conocer a gente nueva y excitante que no son tu ex. Aunque siendo raritos, muchos ex no tendréis, jajaja. Lo dicho, muy absurdo cuando todo ese conocimiento cabe en un USB, y por suerte no profundizan demasiado en esto. Pero la idea de que la galaxia entera se va a ver regenerada por una colonia de frikis y raritos es sin duda parte del atractivo original de la historia (escrita, recordemos, por un rarito para otros raritos).

Lo que Cleón no sabe es que este era el plan de Seldon desde el principio. Aunque el afamado “Plan Seldon” de las novelas aquí debería ser el Plan Seldon-Dornick, ya que su segundo al mando, Gaal Dornick, descubre que oche, hemos hecho la entrega y faltaban la mitad de los requisitos y al parecer va a tener que desplazarse al cliente y parchearlo todo en un crunch de varios siglos. A Seldon, responsable del desaguisado, (SPOILER) se lo cargan apenas arrancada la serie (tampoco es que salga mucho en las novelas originales, donde por cierto permanece en Trantor con una enfermedad terminal, y no se va a Términus). En este punto, final del capítulo dos, ya nos olemos que lo de “adaptar un poco las novelas” se queda corto: han decidido utilizar el universo, los personajes y los conceptos, pero para crear una historia totalmente diferente. ¿Porqué? Pues supuestamente por hacerla más accesible, por modernizarla. El showrunner, David Goyer, dice que la quiere “root in emotion [15]”, que es una forma elegante de decir que te vas a cargar la parte buena que dejó Asimov, pero aquí sospechamos que es sobre todo por los actores: la Saga de la Fundación se compone de relatos sueltos, que ocurren a lo largo de los 1000 años del Interregno, y en cada uno de ellos los protagonistas cambian completamente. Pero tú no pagas a un elenco de actores más o menos famosos (yo normalmente estoy con Hitchcock [16], ¡y he reconocido a tres o cuatro!) para desecharlos a los cuatro episodios, así que retuercen la historia para estirar a los personajes: o los clonan una y otra vez, o los congelan y descongelan al cabo de un cholón de años, o son hologramas 3D, o robots inmortales. Y así puedes tirar del mismo actor durante un relato de siglos. Que tampoco hace falta, porque la primera temporada solo abarca los comienzos en Trantor y la primera crisis Seldon 35 años después, pero ya deja ver que en temporadas posteriores [17] no piensan volver al material original ni a nada que se le parezca ni remotamente.

 

Fundados

Hari Seldon: el descubridor de la psicohistoria, que luego la serie desactiva porque nos dicen más o menos que el destino de la galaxia cambió porque Gaal Dornick quería echar un polvo después de un bañito en la piscina de la nave espacial. Seldon decide sacrificarse “para servir de ejemplo y mártir” (PRIMERA LEY de la psicohistoria: los actos individuales no importan), para lo cual obliga a su hijo adoptivo a matarle (pero su consciencia se descarga en el cuchillo, con lo cual tampoco muere y así Jared Harris podrá aparecer como holograma a deleitarnos con su ampuloso acento british).

 

Gaal Dornick: la protagonista de la historia de superación: nacida en Synnax, un mundo donde a cualquiera que destaque como “rarito” le tiran al mar con una roca en los pies, ella se empapa autodidácticamente de matemáticas y consigue ser fichada por el Real Trantor Club de Matemáticas, a las órdenes del Mister Hari Seldon. ¡Una verdadera galáctica! La pobre chica se pasa algo así como tres siglos y dos viajes hiperespaciales sin cambiarse el mismo bañador mojado que llevaba cuando los guionistas mandaron a paseo cualquier similitud con los libros.

 

Raych Foss: si Dornick es una Zidane, Foss es claramente de los Pavones del Real Trantor (ahora Real Términus). Es decir: su contribución se limita a estar por ahí con cara de mejor no toco balón, que la cago, cuando llega el momento hacer una “entrada táctica” con los tacos por delante para echar del partido al jugador clave, y luego soportar con cara de piedra la tarjeta roja y el escarnio en la prensa, sabiendo que lo sufres todo porque te has sacrificado por un bien supremo.

 

Salvor Hardin: en las novelas, era el alcalde de Términus, un político muy hábil que con mucho tacto barre a los viejos vestigios del régimen anterior, es capaz de ganar elecciones durante treinta años seguidos, y cuyo lema era “la violencia es el último recurso del incompetente”. Aquí, es la “guardiana” de Términus, la política la aburre (al parecer es guardiana porque tiene un “don”, no por un proceso democrático) y su lema es “dame un arma más grande”. Un salto entre lo que nos conformaríamos que hubiese sido PABLO, y lo que la derecha aún cree que es PABLO.

 

Salvor Hardin en las novelas vs Salvor Hardin en la serie.

 

Abbas Hardin: el padre de Salvor. Le pongo porque lo interpreta Clarke Peters, al que estaba viendo simultáneamente en La Fortuna [18] (donde vuelve a coincidir con T’Nia Miller, a ver si van a estar liados estos dos), y no puedo evitar la sensación de que Peters dijo, ¿otra serie en España y me pagáis en tapas y cañitas frescas? ¡Firmo!, se encontró tragando arena majorera en Tuineje [19], y dijo, uff, matad rapidito a mi personaje que prefiero darme una vuelta por Malasaña con Amenábar. La serie parece empeñada en matar a sus actores principales, pero con el bajonazo de lo que podemos llamar “efecto Westworld [20]”: que siempre pueden volver como clones/hologramas/robots, y entonces pues te da un poco igual si mueren o no. Aunque con Abbas sí nos importa, pues nos revela que se enroló en la Fundación y en el subsiguiente exilio en Terminus solo porque quería metel.la con la madre de Salvor. Ahí está el motor de la historia.

 

Eto Demerzel: un robot de 12.000 años al servicio del emperador, que lo usa como una especie de jefe de gabinete y chico de los recados. Un personaje que no salía en las novelas originales, pero que Asimov introdujo en las secuelas de los años 80. ¿Para qué? Para conectar su “universo Fundación” con su “universo robot”. ¿Y para qué lo usan aquí? Pues porque un robot es inmortal, y les permitirá usar a la misma actriz durante todas las temporadas que quieran. No hay más, o si lo hay no alcanzo a verlo. No tiene (por ahora) las habilidades mentales del Demerzel novelesco, ni tampoco está sometido a la Primera Ley de la Robótica (“Un robot no puede dañar a un ser humano”). Como colofón, resulta que es creyente de los Luministas, una religión pangaláctica cuyo santuario principal está en un planeta desértico donde los fieles tienen que hacer una peregrinación de 170 kilómetros a pie para ser recompensados con visiones místicas, y que la serie por supuesto nos obliga a tragarnos de pe a pa. Casi una hora de metraje tan pesado como un bocado de arena, para decirnos que Demerzel tiene alma y el emperador en cambio no (se supone que por clon). Toda una patada en la boca a Asimov, un ateo de tomo y lomo que amaba a los robots precisamente por su acendrado racionalismo, y que cuando usaba la religión en sus relatos era para mofarse de ella (todo lo que puedes mofarte de la religión en productos culturales dirigidos a un público estadounidense, claro, así que generalmente prefería enmarcarlas como “supersticiones” y siempre lo más diferentes posibles al cristianismo, no vaya a ser).

 

En la impía Nueva York donde vivió debió ser un poco más feliz que en Iowa, esperamos.

 

Phara Keaen: líder militar de los anacreontinos. Anacreonte fue bombardeado nuclearmente por el imperio por un atentado terrorista supuestamente perpetrado por anacreontinos. Algo así como tirar un pepino nuclear sobre Bilbao en respuesta a un coche bomba de la ETA en Madrid. Como es natural, los anacreontinos (modelados claramente sobre alguna etnia de Oriente Medio) andan un poco resentidos, incluso 35 años después, y quieren venganza. Phara (a la que le falta un ojo y tiene media cara quemada desde entonces) liderará un asalto a Términus como dependencia imperial que son, y se lleva a sus mejores científicos/técnicos para reactivar al “Invictus”, un pecio de una antigua nave de batalla que han encontrado flotando en el espacio.

 

Cleon: cualquiera de ellos, ya que todos son copias genéticas del fundador que vivió hace 400 años. Todos ellos iguales, todos ellos garantes de estabilidad, todos ellos adorados incondicionalmente por sus súbditos de Trantor porque no tienen complejos en bombardear a terroristas y a quien se lo merece por cuestionar la unidad del imperio galáctico, patria común e indivisible de todos los galácticos.

 

“Billete espacial para Trantor, por favor. Sólo ida.”

 

Aunque no tan “iguales”: uno de ellos (el XIII o el XIV, ya he perdido la cuenta) nace zurdo y con una especie de daltonismo. ¡No es una copia perfecta! Así que nada, otra horita de metraje que nos tragamos con sus dramas existenciales de adolescente atormentado y enamorado de la jardinera, con la que decide huir y empezar una nueva vida.

No obstante, debo decir que al final Cleon casi me caía bien: es el único personaje más o menos realista en la línea del Asimov primigenio. Si el imperio galáctico es un homenaje al imperio romano tardío, está claro que su emperador también tiene que seguir los modelos, ser cruel, rencoroso, imaginativo para las torturas, y creerse a un paso de la divinidad.

 

Valoración

Pues la he visto entera, así que se podría pensar que al menos he dudado, ¿no? Pero ahí está la perversa maldad de la serie: no es simplemente que sea mala, es que encima se vuelve peor con cada episodio. Al principio aún parece que van a seguir los libros con los mínimos cambios necesarios, luego te hacen creer que bueno, añadimos cosas, pero la base permanece, te confías y sigues viendo, empiezan a cambiar más cosas, pero tú mantienes la fe, y para cuando quieres darte cuenta llevas vistos cuatro capítulos y ya no vas a dejarlo, casi que la fascinación con el despropósito te impulsa a seguir, pero vamos, bastante mojón. Al menos si vienes buscando lo que había en los libros, a alguien de nuevas igual le mola todo el rollo de batallitas laser, efectos chulos, refritos de todas las series de éxito de ciencia ficción recientes (viajes hiperespaciales a lo Dune, elegidos rollo Star Wars, escenitas espaciales a lo The Expanse…), escenarios molones, y drama para mostrarnos la dura vida de ser emperador, pobrecitos, ¿es que nadie va a pensar en la gente que vive en algodones y en la Jefatura del Estado por derecho de nacimiento? Una trama entera, un tercio del metraje, dedicado a los Cleónidas, ¿y para qué? Para nada, para rellenar minutos con unos tíos que nos dan exactamente igual porque los matas y en seguida te sacan un clon. Evidentemente, fuera de ese público en concreto, poco fandom ha generado la serie [21].

Pero lo que termina de matarme es el obsceno abuso del rollo místico-psíquico. Que sí, que el Mulo y tal, pero ese era el malo, era uno solo y además estéril, y no apareció hasta pasados seis relatos de acendrado racionalismo. Lo que en Asimov era una absoluta anomalía aquí es la norma. Desde el minuto uno, medio reparto tiene algún don paranormal: que si inmunidad a los campos energéticos, que si capacidad de ver el futuro, que si visiones proféticas, que si un robot tiene más alma que un clon, que si Salvor Hardin puede “leer a la gente”, que si yo siento a mi madre en lo más jondo y la detecto a través de mil parsecs y 136 años de diferencia (la madre biológica, que encima ni sabe que existes porque le extrajeron el óvulo fecundado y a ti te ha parido y criado otra señora a la que no detectas ni en la habitación de al lado), y como colofón un androide que es muy devoto de ir a la Romería del Rocío en Almonte de la Galaxia. Al final, el destino de una galaxia de trillones y trillones de seres humanos está en las manos de unos cuantos Elegidos Con la Chispa Divina. Un refrito de Star Wars, con las Matemáticas como sustituto low cost de la Fuerza, y modernizándose por la vía de cambiar a los pesaos del clan Skywalker por una saga de mujeres racializadas. Tanto rollo con que hay que poner al día un relato de 80 años de un señoro bastante rancio, para acabar defendiendo la ranciedad premium de que es que algunos son genéticamente mejores que el resto y por eso les reservamos los cargos públicos. Señoros de AppleTV: que el Isaac Asimov de 1942 os ha adelantado por la izquierda. Dadle una vuelta a eso.