“Héroe de dos mundos: el marqués de Lafayette” – Mike Duncan

Hay una bonita constante en el desarrollo histórico de los últimos dos siglos o así: que la izquierda se parte el pecho, la cara y el alma por aumentar la democracia y sobre todo el voto (porque eso, y cuatro cositas sobre economía, es esencialmente “la izquierda”). Y entonces llegan las gentes de bien y de pasta que se han opuesto como nadie a que la chusma tenga voz propia (porque eso, y cuatro costumbrismos sobre patriotismo/religión, es esencialmente “la derecha”) y cosecha los frutos. En 1837 los liberales progresistas se parten la cara contra la monarquía y los carlistas por lograr que al menos algunos (un 1%, ¡tampoco nos pasemos!) tengan el voto. ¿Y qué ocurre? Que los moderados ganan las elecciones y pactan con la monarquía y los carlistas. En 1868, los radicales del Sexenio se parten nuevamente la cara por el sufragio universal. ¿Y qué ocurre? Que llega la Restauración y ese “sufragio universal sí, pero bien entendido” se diluye en el turnismo. En 1931, la izquierda logra imponer, tras años y años de reivindicarlo, el voto femenino. ¿Y qué ocurre? Que en 1933 ganan las derechas porque las mujeres votan lo que les dice el obispo valores familiares (también hay otros factores, pero ¾ de lo mismo se observa en otros países al introducir el voto femenino: las mujeres al principio votan “con mesura y sentido común”, para demostrar que saben manejar la responsabilidad que conlleva el voto, ¡no vaya a venir un espadón a quitárselo!). En el franquismo, los únicos que se parten de manera sistemática la cara (o más bien se la parten) por la democracia, la soberanía nacional y la igualdad son los del PCE. ¿Y qué ocurre? Terceros en 1977 con un 9% del voto. Y si algún día logramos que los inmigrantes, todos ellos, tengan el voto, mentalicémonos que irán todos corriendo a votar a Abascal para que cierre las fronteras y no pueda venir el primo Ghassan del pueblo a disputarles el curro.

¿Y hoy? Porque hoy tenemos sufragio más o menos universal, desde los 18 años, libertad de expresión, la gente ya ni conoce a sus obispos, y nuestro sistema electoral solo nos gerrymanderea lo normal. Y sin embargo, ni el PCE en los 70, ni IU en los 80, ni el PDNI en los 90, ni UPyD en la década del milenio, ni PABLO en los años 10: ninguna de las opciones que se presentaban como más o menos rupturistas ha logrado comerse un colín (sí, ya, UPyD, ¿pero qué querían, que pusiera a Gaspar Llamazares como “rupturista en los años cero”?). ¿Cuál es nuestra excusa hoy y estos últimos 45 años? Bueno: siempre está, claro, la ácida crítica a los líderes izquierdosos del momento, a su profunda incapacidad y estupidez, y en general a cualquier aspecto de su personalidad. Nosotros no vamos a desanimar eso (¡el despellejamiento es la mitad de LPD!), pero creemos que al final la causa es otra: que, aunque nadie hace caso ya a los curas tradicionales, han surgido curas nuevos. Concretamente, en los medios de comunicación, los cuales inevitablemente tienden a ser de derechas, porque hoy en día cualquier medio de comunicación necesita mucho dinero para funcionar. Bueno, en realidad ni eso, casi todos los grandes medios pierden pasta por un tubo. En una economía de mercado de verdad, el 90% habría quebrado ya. En el neofeudalismo rentista realmente existente en el cual vivimos usted y yo, la banca extiende créditos que se negaría a extender a vulgares hipotecados, y el tinglado tira un par de añitos más en modo patapum p’adelante, contra toda lógica empresarial, porque no se trata de ganar dinero. Y cuando los medios tradicionales estén hundidos más allá de toda esperanza, ya nos los compraremos nuevos. Mientras tanto, a vender la cosmovisión que interesa. La gente vota según percibe el mundo, la percepción del mundo se construye en gran medida según lo que vemos en los medios, los medios necesitan publicidad para ser viables, y la tarta publicitaria sale de donde sale y condicionando como debe: de las grandes empresas del IBEX. Lasciate ogni speranza. Carrillo ya no supo verlo. PABLO sí lo vio y creyó que con payasadas varias se podría puentear el sistema. Ya hemos visto como terminó la cosa. Que todos sabemos exactamente qué tiene que hacer Podemos, cuando plantarse/exigir dimisiones/reventar pactos, pero en los medios de comunicación eso NUNCA se va a vender así sino como radicalismo/adanismo/hacerle el juego a la derecha.

¿Cuál es la alternativa, la salida, la solución? A largo plazo, montar algo rollo Iglesia Católica, pero en progre. ¿Y para los que quisiéramos ver algo en vida? Pues miren: no tengo ni idea. Algo con Internet, seguro. ¿Montar un diario online independiente, progresista, que no se vende, que, esta vez sí, luche por un cambio más o menos rupturista? Ya hay una docena así; cada uno insistiendo que ellos son ese diario independiente y los demás unos vendidos; cada uno, luchando a duras penas por la supervivencia. No me malinterpreten: es importante que existan, e igual de importante apoyarlos. Yo estoy suscrito a dos (y como es un vicio personal y además son bastante opuestos, no diré cuales, que una cosa es el despellejamiento y otra el despelleginaje). Simplemente hay que ser conscientes que estamos luchando de espaldas al acantilado y con una mano atada a la espalda: por cada diario realmente independiente, progresista y rupturista que logremos montar a costa de sangre, sudor, lágrimas, escisiones ideológicas, amistades rotas y cinco divorcios, por cada uno de ellos, decíamos, Florentino Pérez y Ana Patricia Botín pueden montar 15 OKdiarios con los beneficios de una sola mañana. Sin despeinarse, vamos. Por cada David Graeber queestásenloscielos, hay dinero para colocar a 20 María Elvira Roca Bareas en el stand de “Más vendidos” del Corte Ingles, y aún sobra para cinco entrevistas a doble página en la prensa seria. Y por cada “The Wire”, Antena 3 se casca dos ejercicios de alucinación histórica, más otros tres de onanismo constitucionalista. Luego la gente busca en Google “Pablo Iglesias explosivos ETA”, “Leyenda negra” o “el mejor periodo de nuestra historia”, y salen 15 resultados vs uno. Que puedes montarles una demanda, claro, y PABLO ha pagado así medio chalet, pero es como achicar el océano. Da igual que los 15 OKDiarios mientan tan obscenamente que los acaben cerrando a base de juicios: han cumplido su labor, y dejan el paso libre a 15 sucesores exactamente iguales. It’s the cycle of fake news.

 

“¿Ana Patricia? Ha aparecido otro diario de izquierdas. Financiadores Assemble.”

 

Obviamente, esto tiene sus límites. Ni toda la artillería mediática del IBEX ha logrado evitar que los españoles piensen que Pablo Casado es imbécil. ¡Y esto incluye a los propios votantes de derechas! Hasta cierto punto a Casado le puede dar igual porque el PP siempre se guarda el comodín final, “ya, ¿pero a quién vas a votar sino? ¿Quieres que siga Sánchez?”, pero sí nos muestra que siempre queda algo de esperanza. Y luego están los portadores de dicha esperanza: youtubers, podcasters y otras gentes independientes que van a su bola. A estos también es importante mantenerlos. Yo este año ya me he comprado tres libros de gente que empezó desde cero en la Internete y ahora saca libro (a 11,52€, 11,99€, y 13,99€). Y comentarlos por aquí, que esta gente, a diferencia de María Elvira Roca Barea, no tiene detrás a padrinos dispuestos a perder varios miles de euros en apuestas por freaks ignorantes simplemente porque venden una narrativa que interesa. ¿Es poco? Sí, es poco, pero menos da una piedra. En fin, que todo esto para decirles que esa es la razón última de que aquí tengan a Mike Duncan, licenciado en historia y self-made podcaster, que ha sacado este libro sobre el marqués de Lafayette.

 

Sociedad internacional de amigos de Mike Duncan

Mike Duncan empezó allá por el año 2007 a hacer un podcast sobre la historia de Roma. Escuchar ahora los primeros episodios es un viaje al cringe, pero el hombre se mantuvo, depuró su estilo y sacó episodios semanales con una disciplina verdaderamente estajanovista, hasta llegar a los 179 capítulos, con 100 millones de descargas. Ahí es ná. Posteriormente empezó otro podcast sobre revoluciones políticas, como la Revolución Inglesa, la Americana, la Hispanoamericana, la Haitiana… ahora mismo está con la Rusa de 1917, que será la décima y última. Sobre su orientación política, digamos que es en general bastante progre. MUY progre, de hecho, para lo que es Estados Unidos. Una de las ventajas de tener tanto material suyo, de hecho, es que se le ve evolucionar (eso es bueno y para nada una deshonra, yo en 2007 era gilipollas perdido, por favor no me hagan buscar debates de la LPD de 2007 donde la mayoría afirmaba su deseo de querer votar a UPyD). Y además, tengo la certeza de que explicar su posicionamiento conllevaría otro podcast de varias horas. Que eso es algo que te deja muy claro: mira, de entrada, todo es complicado. Al mismo tiempo, esto no está reñido con cultivar una buena fanbase en Twitter, con la que logró hackear el sistema y colarse el octavo en la lista de los más vendidos del New York Times con su primer libro (el “truco” es que los ejemplares encargados antes de la publicación computan como vendidos el día del lanzamiento oficial, así que lo puedes lograr si unas 5000 personas reservan el libro por adelantado); el presente libro incluso logró ser el más vendido en librerías independientes, y llegar al tercer lugar de la lista del NYT para “no ficción” (por detrás de los panfletos de dos mierdasecas de Fox News como Mark Levin y Tucker Carlson, los FJL del Partido Republicano americano, que probablemente ni hayan escrito ellos mismos sus libros – lo dicho, luchamos con una mano atada a la espalda).

 

“Hero of Two Worlds: the Marquis de Lafayette in the Age of Revolution”

¿Y por qué el marqués de Lafayette? Pues básicamente: hacía ya tiempo que no se hacía una biografía decente del sujeto, a Duncan le apetecía vivir un año en París para documentarse bien (luego le pilló la pandemia; a cambio conoció a fondo un sistema sanitario europeo), pero sobre todo: de las diez revoluciones que Duncan nos ha podcasteado, Lafayette protagoniza nada menos que tres: apenas adolescente, se lía la manta a la cabeza y se va a las colonias americanas para ayudarles a luchar por su independencia; como hombre hecho y derecho, protagoniza los primeros compases de la Revolución Francesa como comandante de la Guardia Nacional y co-redactor de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; y ya como anciano, aporta su pedigrí revolucionario para dar legitimidad al “rey ciudadano” Luis Felipe en la revolución de 1830. Triple revolucionario, nada menos.

Algo que nadie hubiese vaticinado el 6 de septiembre de 1757, cuando vio la luz del mundo en la Auvernia francesa el pequeño Gilbert, bautizado (“como un español”, decía) Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Motier, marquis de La Fayette. Por parte de padre, una familia de nobles rurales que se remontaba al año 1000, siendo su padre de una rama menor a la que le tocó la lotería de la extinción de las principales. Por parte de madre, los de La Riviere eran de Bretaña, pero hacían vida en París. Su padre fue volado en pedazos por artillería británica cuando Gilbert tenía dos años, y su madre se volvió a la capital, dejándole al cuidado de su abuela. Creció correteando por los campos hasta los 10 años, cuando se fue a Paris con ella, pasando de ser el marqués ante el que se descubrían los más ancianos del pueblo, a ser un mocoso más en la corte, donde no terminaba de encajar. Por otras carambolas aristocráticas, se convirtió en el heredero universal de los de La Riviere cuando su madre muere dos años después, con ingresos anuales de 100.000 libras (1000 libras era el ingreso medio de un peón a lo largo de toda su vida).

 

En el Antiguo Régimen, él estaba claramente arriba.

 

Tan golosa herencia llama la atención de los Noailles, una de las familias más rancias/distinguidas de Francia. El duque tenía cinco hijas y ningún varón. A la mayor ya la había emparejado con un primero lejano, para mantener el nombre familiar y todo eso, pero para la segunda, Marie Adrienne Françoise, pensó que Lafayette era ideal: rico heredero, y además joven y maleable. Con 14 años, como parte de un pacto familiar, se va a vivir con los Noailles, sin que las familias consideren necesario informarles, a él y a Adrienne, que, oye, en un par de años os casaréis. E incluso cuando se casan, con 14 (ella) y 16 (él), mantienen dormitorios separados. Por lo demás, su vida transcurre de forma totalmente normal en la decadente juerga del absolutismo francés: correrías, bailes, y postureo. Solo que al pobre Lafayette esta vida no se le da demasiado bien: baila un par de veces con María Antonieta, que se ríe de él, y es incapaz de competir con sus primos en beber champán. Hace un par de intentos de echarse una amante, pero no llega a nada. Así que cuando –como parte del cursus honorum de un aristócrata- le dan una patente de capitán y le mandan unos meses a Metz a un cuartel, él, a diferencia de otros, se lo toma en serio y lee muchos libros al respecto. Entusiasmando con todo lo moderno, se inocula él mismo la viruela. Es también en Metz donde se hace masón y empieza a empaparse de toda la retórica masona acerca de la igualdad y la libertad. Su suegro, en cambio, tiene otros planes e intenta meterle en el séquito de otro gran hombre, pero Lafayette torpedea el plan con la estrategia maestra de todos los adolescentes a lo largo de la historia: “no dudé en llevar al límite mi impertinencia para conservar mi independencia.” Quema sus puentes con ofensas gratuitas, pero le da igual. Él quiere una carrera militar para emular a su padre y a los grandes héroes de Roma, el estudio de cuyas biografías es la moda del momento.

Y justo en ese momento llega el nuevo ministro de guerra de Luis XVI y decide que se acabó eso de conceder patentes de oficiales a aristócratas que solo quieren lucir uniforme para impresionar a las chatis. Todos, incluyendo a Lafayette, pasan a la reserva. Puta bida tete.

 

La primera revolución

En esta situación de desesperanza, llega la noticia del estallido de una revuelta contra la corona británica en las Trece Colonias. Una revuelta republicana y protestante, que el absolutismo católico francés no debería tocar ni con un palo, pero no pueden evitar sentir una inmensa Schadenfreude. Corre el rumor de que los rebeldes buscan gente, y amigos y superiores de Lafayette le animan a apuntarse. El representante informal americano en Paris, Silas Deane, le recluta con el rango equivalente a general de división. ¡No está mal para un adolescente de 18 años! Pero Francia aún no está preparada para una guerra abierta, y ante las protestas del embajador inglés el gobierno requisa el barco en que iban a partir Lafayette y los suministros. Lafayette, todo entusiasmo, dice “serà per diners”, y compra un nuevo barco. (En algún momento, cambia la divisa familiar de “la determinación vence a la adversidad” por “cur non” [“¿por qué no?”]). Pero mientras organiza todo esto en secreto, los Noailles le mandan de vacaciones, precisamente, a Londres. Allí coincide con Henry Clinton y Jorge III, brinda en alguna ocasión con los partidarios de los rebeldes, y cuando le llega el aviso que el barco está listo, se despide a la francesa y sale para Burdeos. Ni siquiera para en casa, donde Adrienne ya va por el tercer embarazo y se entera por carta de que su marido se va de aventuras al fin del mundo. El gobierno monta en cólera y ordena su detención, lo que está a punto de echarle atrás, pero tout Paris está “Ole tus huevos”, y finalmente se embarca en Pasajes, Guipúzcoa, para evitar controles portuarios. Cruza el Atlántico hasta Georgetown, y sube por el interior hasta Filadelfia, escribiendo muchas cartas a casa, describiendo embelesado el país, y contando entusiasmado como “el más rico y el más pobre están al mismo nivel, porque todo individuo tiene una cantidad adecuada de propiedad”.

(O así figura piadosamente en la correspondencia oficial que la familia publicó tras su muerte, pero una de las ventajas de que Duncan tenga a frikis como yo patrocinándole para ir a Francia a las fuentes primordiales es que pudo ver que la frase original terminaba en “porque todos poseen un considerable número de negros”. Lafayette, por supuesto, era hijo de su tiempo y bla bla bla, y parece probado que tenía un esclavo en Filadelfia para hacerle los mandados, aunque evolucionó lo suficiente en años posteriores para avergonzarse de estas cosas.)

Finalmente, 150 días después de salir de Londres, Lafayette llama a las puertas del Congreso en Filadelfia. La primera en la frente: es domingo y han cerrado. Yendo a las casas de los mandamases, todos se lo quieren quitar de encima. Ya tienen voluntarios extranjeros de sobra, todos pretendiendo que son marqueses y exigiendo un sueldo a juego, pero que no sirven ni para montar guardia. Ah, y que Silas Deane solo es un agregado comercial que no puede en absoluto conferir rangos militares, y de todas formas le han llamado de vuelta por irregularidades. Vamos, que le dan un portazo (al menos, como notará uno de sus acompañantes, “lo hicieron en un francés impecable”). Pero Lafayette insiste, dice que no quiere dinero, que viene por idealismo, y agita sus credenciales. Finalmente le dejan ir a ver a George Washington.

El flechazo es instantáneo (al menos para Lafayette, Washington tardó un poco más), y es realmente sorprendente. Quizás se explica porque el huérfano Lafayette buscaba una figura paterna, y un Washington sin hijos propios estaba encantado con llenar ese hueco. Pero Lafayette es un adolescente extrovertido y entusiasta, Washington un cuarentón más cerrado que una ostra, al que sus allegados no osaban ni tocar físicamente.

 

Franco habría sido la alegría de la huerta a su lado.

 

La explicación que da Duncan es que Lafayette era muy consciente de que su entusiasmo y falta de restricciones podían ser un problema, y fue precisamente el ejemplo de Washington lo que le ayudó a superarlo. El caso es que Washington le deja quedarse, y hasta le permite luchar. Lafayette se pega con más entusiasmo que otra cosa, recibe una herida de bala no demasiado seria en la pierna (que Washington menciona en un despacho oficial, en plan “toma, tus cinco minutos de fama y para que puedas fardar en casa”), y obtiene algún comando independiente que no acaba en desastre por pura suerte. Le confirman su rango de general (sin tropas al mando, y solo “por su celo, familia ilustre y conexiones”) porque quieren que simbolice la ayuda moral de Francia. Así, hasta que las victorias rebeldes (no las de Washington/Lafayette, sino las de Horacio Gates en Saratoga) animan a Francia a entrar oficialmente en la guerra del lado rebelde, y Lafayette decide volver a Francia para ayudar allí a la causa.

En casa se encuentra con que se ha convertido en un héroe popular, y hasta obtiene una audiencia con Luis XVI, que le invita de cacería. María Antonieta, que solía reírse de él, ahora le ofrece (previo pago de 80.000 libras) un puesto de coronel en los Dragones del Rey. Se le ha muerto una hija durante su ausencia, pero Adrienne, en vez de recibirle con un sartenazo, lo hace con los brazos abiertos. Lafayette se queda lo justo para hacerle otro bombo (e insistir en que si es niño tiene que llamarse Georges Washington de La Fayette), elaborar locos planes de invadir Inglaterra o al menos causar revueltas en Irlanda, y vuelve a cruzar el charco en 1778 con el cuerpo expedicionario francés (intentó que le nombraran comandante, hasta que alguien le dijo “chaval, córtate un poco, que tienes 21 años”).

En su ausencia, las cosas no han ido bien, y los franceses, acostumbrados a que en su patria absolutista la basura se recoja y los trenes salgan a su hora, desesperan del caos republicano/democrático que se encuentran: nadie obedece, nadie paga impuestos, nadie se toma en serio al gobierno. Cuando alguien les sugiere a los legisladores de Carolina de Sur que igual hay que liberar a los esclavos para que luchen por la causa, le echan a patadas y dicen “antes cantamos Dios salve al rey”. Lafayette desempolva sus clásicos y le sugiere a Washington que use los 4000 soldados profesionales franceses para declararse dictador temporal a lo Quinto Fabio Máximo y así poder ganar la guerra. Que Washington se negara le impresionó sobremanera y le elevó todavía más en su admiración. A todo esto: la ayuda francesa iba directa a Washington, a la monarquía francesa ni se le pasaba por la cabeza reconocer más de lo necesario al Congreso Continental.

La guerra sigue, y Washington le manda a Virginia, donde conoce a Thomas Jefferson. Militarmente, con sus mil hombres, poco puede hacer contra los 7000 de Charles Cornwallis (entre ellos, William Phillips, el hombre que comandaba en Minden los cañones que mataron al padre de Lafayette), pero se las arregla para sobrevivir, y sirve de cebo para que Cornwallis concentre sus tropas en Yorktown, donde le atrapan Washington y los franceses, forzándole a rendirse. Y así acaban ganando los rebeldes. No por Yorktown (Gran Bretaña tenía recursos de sobra para seguir luchando), sino porque los americanos son una guerrilla, y las guerrillas ganan a base de resistir y no perder, y en Inglaterra están hartos de luchar para nada y obligan al rey Jorge III a ceder. En lo que tardan en decidirse, la alianza franco-hispano-americana aún proyecta una operación en el Caribe, donde Carlos III de España quiere vetar explícitamente a Lafayette (que llega a desplazarse a Cádiz) de comandante “porque convertirá a Jamaica en una República”, pero la paz llegó a tiempo.

 

Interludio

Ganada la guerra, Lafayette vuelve a casa y se convierte en toda una figura en el periodo 1782-1789, mitad Albert Rivera, mitad podemita. Su lado podemita le lleva a apadrinar todas las causas posibles: tolerancia para los protestantes, sociedades de abolición de la esclavitud (a estas alturas ya se ha convertido a la causa, y con la fe del converso acaba de miembro honorífico en sociedades de tres países distintos), reformas del sistema de prisiones, plantaciones en Guyana para liberar a los esclavos y organizarlos como cooperativa, compra de trigo para sus súbditos en Auvernia cuando falla la cosecha… Cultiva intensas relaciones epistolares con todo el mundo, y organiza una tertulia con los americanos en París (Abigail Adams, asistente regular, escribía asombrada que Adrienne “está apasionadamente atraída por su marido, ¡¡¡una mujer francesa y que ama a su marido!!!”). Los reyes le honran y nombran mestre de camp. Visita las Américas en 1784-85, donde interviene en el legislativo local de Virginia durante un debate sobre la esclavitud (el debate, fíjense donde estaba el marco en ese momento, era sobre si un dueño podía legalmente otorgar libertad a un esclavo). Al mismo tiempo, aboga por un reformismo letizio a lo C’s, pidiendo para Francia una reforma institucional, una constitución, y libre comercio con los Estados Unidos. Pero sin violencia, eh, nada de eso, aunque bueno, si algunos están metiendo presión en la calle pues igual podemos aprovecharnos, ¿no? La viva imagen de un revolucionario de salón. Participa en las Asambleas de Notables, donde logra una mención a la tolerancia religiosa y es el primero en pedir “una Asamblea Nacional” (lo que le perdió el favor real, y ser expulsado de todos sus cargos).

Y en lo personal, completa la familia con la cuarta hija (María Antonieta Virginia), cumple la mayoría de edad (fijada en 25 años), logra al fin echarse un par de amantes… y se compra un casoplón en París que hace que el del Coletas parezca una chabola de uralita: un palacete en la rue Bourbon, enfrente de la Tullerías, por 250.000 livres. Tampoco es que se lo pueda permitir con tanto gasto benéfico y tanto barco, y sus contables se tiran de los pelos, pero en esto Lafayette nunca dejó de ser un marqués del ancien régime: vivió siempre como si el dinero nunca se le fuese a terminar.

 

“Qu’ils bouvent champaigne!”

 

La segunda revolución

Cuando Luis XVI convoca a los Estados Generales, Lafayette no quiere faltar y se va a Auvernia para que los nobles locales le elijan representante. Como los altos ideales liberales aún no han perfundido hasta la Francia profunda, para ser elegido (con 189 votos sobre 393) les tiene que prometer algo que va contra todos sus principios: que no apoyará el voto por cabeza, sino por Estados, “salvo que el rey lo decrete”. Esta promesa le ata de pies y manos durante las semanas iniciales, hasta que el rey cede y decreta el voto por cabeza. Feliz como unas pascuas y con ayuda de Jefferson (embajador en Paris en esos momentos), Lafayette redacta y presenta el primer borrador de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Él lo llama “el catecismo de Francia”. Un texto que resume el que era y sería por siempre su credo político (“Natura hizo a los hombres libres e iguales”), y que debería haber llenado semanas de debate. Pero lo presentó el 11 de julio de 1789, y a los tres días ya no se acordaba nadie: había estallado la Revolución Francesa.

La Revolución ipso facto le consigue dos ascensos: como la Asamblea teme que el rey aproveche algún parón nocturno para echar la llave en el edificio donde se reúnen, deciden trasnochar en él, y como el presidente es un arzobispo viejales que necesita su reposo, eligen a un vicepresidente joven y lozano: Lafayette. Y cuando el rey se da cuenta que la ha cagado con los parisinos y va a verlos, Lafayette le acompaña, siendo nombrado allí mismo por el consistorio jefe de la Guardia Nacional (en realidad es la “guardia burguesa” de Paris y las milicias improvisadas en aquella insurrección, pero como “Paris es Francia”, se autodenominaron “nacional”; posteriormente las guardias establecidas en otras ciudades se sometieron también a las órdenes de Lafayette). Se las promete muy felices porque el rey ha cedido, sin querer ver que solo ha cedido ante una insurrección violenta, no por ver la luz de las reformas ilustradas. Además, como comandante la cosa se le va de las manos bien pronto, y se suceden los linchamientos, a veces en sus mismas narices. Dimite, pero le ruegan que vuelva, ofreciéndole un salario de 120.000 livres (él vuelve, aunque rechaza el salario; sus contables ya lloran sin parar). Su principal contribución es diseñar una escarapela roja-blanca-azul (rojo por Saint Martín, blanco por el rey y azul por Saint Denis) para identificar a los miembros de la guardia: ha nacido la tricolor francesa.

A los pocos meses, ocurre un controvertido episodio: las mujeres marchan de Paris a Versalles para protestar la falta de pan. La Guardia Nacional, algo cabreada porque el rey en Versalles usa mercenarios que se burlan de su escarapela tricolor, quiere acompañarlas, pero Lafayette dice que nones. Empieza un debate donde unos le ruegan ir “para presionar la dimisión del rey, que es un inútil, y que reine su hijo con vos de regente, señor comandante”, y otros lo resumen más gráficamente con “a Versalles o a la farola”. Lafayette accede y los acompaña, aunque se cubre las espaldas con un edicto del ayuntamiento pidiéndole explícitamente que vaya. En camino, llega un mensajero del rey, que le manda saludos y le comunica la buena nueva de que ha firmado su Declaración de Derechos del Hombre (que llevaba meses sobre su escritorio), pero que eso no tiene nada que ver con el hecho de que las parisinas están asediándole en su casa, eh, pero nada de nada. Lafayette se lo cree (en serio: estaba tan imbuido de idealismo chupiguay que nunca pudo ver que casi todos los avances, incluso los “moderados”, se lograron mediante amenazas o violencia real), llega a Versalles, mete orden, interpone a la Guardia Nacional cual cascos azules, se entrevista a solas con el rey, y a las 4 AM, decide irse a dormir. Pero mientras duerme, las mujeres encuentran una puerta abierta en palacio, entran a miles al asalto, matan a dos guardias, y exigen ver a la familia real. Los monárquicos y legitimistas desarrollaron posteriormente varias teorías de la conspiración: que Lafayette lo había planeado todo, que irse a dormir (¡tras 20 horas sin parar!) fue una dejación criminal, que quien abrió la puerta fue el duque de Orleans porque quería ser rey… el caso es que Lafayette evitó la muerte de los reyes, pero a cambio tuvieron que volver a Paris e instalarse en la Tullerías, en cuya sala ecuestre se va a instalar la nueva Asamblea (donde por primera vez vamos a ver la famosa división izquierda-derecha al sentarse los delegados). Ningún rey francés volverá a residir en Versalles.

El año siguiente es el zenit de la vida de Lafayette: popular a la par que moderado, comandante de la Guardia, consejero real, miembro de la influyente Sociedad de Amigos de la Constitución (que en poco tiempo van a ser conocidos como “los jacobinos”), y delegado en la Asamblea. Incluso rechazó la presidencia de la Asamblea porque le pareció que eso era acumular demasiado poder en un solo hombre. El puesto de primer ministro, en cambio, nunca se vio obligado a rechazarlo, “pues creo que la ingratitud [del rey] me salvará de la tesitura de ser recompensado”. El 14 de julio de 1790 preside, en el campo de Marte (más o menos donde ahora está la Torre Eiffel), una mega-fiesta con la familia real, la Asamblea, y regimientos de la Guardia Nacional de todo el país realizando un juramento de lealtad ante un altar a la nación, todo dirigido por Lafayette, que no ahorra piropos al rey:

 

“Presentamos a su majestad el más bello de los títulos: “rey de un pueblo libre”. Regocíjese, señor, en el premio de su virtud; deje que esta expresión de genuino homenaje, que el despotismo nunca lograría causar, ser la gloria y recompensa del rey ciudadano.” El rey indicó a las delegaciones que transmitieran sus mejores deseos a sus hermanos: “decidles que su rey es su padre, su hermano, y su amigo, que solo puede ser feliz si ellos son felices.”

 

Un verdadero orgasmo letizio. Al año, todo estaría en ruinas.

 

La Caída

Pero el rey realmente no anda muy contento: en la Semana Santa de 1791, quiere irse de vacaciones a un castillo a mitad de camino entre Paris y Versalles, pero una muchedumbre no le deja abandonar las Tullerías. Lafayette acude, pide a la multitud que se disperse pero esta rehúsa, y finalmente Lafayette le dice al rey, “mire, no puedo hacer nada, mejor quédese”. Tras este roce con la nueva soberanía popular, Luis XVI decide irse a la francesa, aunque le pillan antes de llegar al extranjero (a su vuelta, Lafayette manda poner avisos en todo París: “quien anime al rey será golpeado, quien le insulte será ahorcado”). Su huida hunde la mitad de la reputación de Lafayette, que había asegurado a todo el mundo “no, el rey es bueno, apoya la constitución, jamás nos abandonaría”. La otra media se hunde el 17 de julio de 1791, cuando los jacobinos (disgustado con su deriva, Lafayette ya los ha abandonado para formar otro club político) organizan, en el mismo altar a la nación donde un año y tres días antes Lafayette había tenido su Gran Momento, una recogida de firmas. Con los ánimos caldeados, a primera hora encuentran a dos personas escondidas en el altar (seguramente vagabundos inocentes), y las linchan por presuntos terroristas monárquicos. Después, la cosa se desarrolla de manera pacífica, con los Campos de Marte convertidos en un día de fiesta (es domingo) de picnics familiares y unas 6000 personas firmando el manifiesto (que ha sido calificado de “republicano”, pero realmente solo pide la abdicación de Luis XVI). Lo que ocurre después es enormemente confuso, pero parece que Lafayette acude con la Guardia y ordena desalojar, no le hacen caso, llegan refuerzos, se producen enfrentamientos y lanzamientos de objetos, pudo haber (o no) disparos de advertencia, y al final de la tarde la Guardia dispara a la muchedumbre causando un número indeterminado de muertos. Nadie sabe cuántos, pero los jacobinos hablan de centenares (hasta el fin de sus días, Lafayette afirma que el número “siempre se ha exagerado”).

Para enfriar los ánimos, rey y Asamblea sacan adelante la constitución de 1791, que Lafayette apoya a tope (aunque haga una fina distinción entre ciudadanos “activos” como él, y unos “pasivos” que no pueden votar, aunque fueran las protestas de los pasivos las que hicieron posible todo), y la Asamblea Constituyente deja paso a la Asamblea Legislativa. Lafayette, tras dos años de constante batalleo, dimite también de todos sus cargos y se retira a la vida privada en Auvernia. Le ofrecen la alcaldía de París y la presidencia de la asamblea regional, pero lo rechaza todo. Bueno: casi todo. Cuando a principios de 1792 las relaciones entre Francia y Austria empiezan a deteriorarse, Luis XVI nombra a Lafayette general de uno de los tres nuevos ejércitos que establece. Probablemente con la idea de humillarle cuando pierda la guerra, que es lo que los reyes parecen desear. Lafayette acepta por patriotismo, se encuentra una tropa hecha unos zorros, y no se le ocurre otra cosa que sacar el manual militar de 1760 e imponer disciplina a la antigua usanza. ¡Precisamente él, que ha visto como George Washington ha mantenido unido un ejército de ciudadanos libres! El vuelco final se inicia el 25 de julio 1792, cuando, ya en guerra, Austria y Prusia emiten un manifiesto diciendo que si se le toca un pelo a Luis XVI, destruirán París y matarán a todo el populacho que encuentren. La respuesta es el levantamiento del 10 de agosto: un gobierno insurrecto toma el poder, encierra al rey, promete una nueva constitución, y ordena a Lafayette presentarse en París. Lafayette se huele el percal y considera marchar con sus tropas sobre París para restablecer el orden, pero sus soldados, resentidos con él, le van a dejar muy claro que nanay. Así que solo se le ocurre huir por la noche y cruzar las líneas hacia los austriacos.

 

La prisión y La Grange

Pero en vez de una alegre recepción, le esperan cinco años de cárcel (excluyendo 15 horas durante un intento de fuga en 1794, que le costó un año de confinamiento en celda individual). Primero en Bélgica, luego en Prusia, finalmente y hasta 1797 en la fortaleza de Olomouc: los emigrés le consideran un instigador de toda esta deleznable revolución (a él, que estaría igual de muerto de haber vuelto a Paris), y aún tiene suficiente patriotismo como para no querer revelar los planes de guerra. Su familia también las va a pasar canutas: logran sacar a su hijo Georges del país y mandarlo a Estados Unidos, donde acabará viviendo un par de años con George Washington, pero Adrienne y las hijas son encerradas. Adrienne acabará en Paris, en las prisiones de las que se alimenta la guillotina. Intensas gestiones de los embajadores estadounidenses la salvan una y otra vez, hasta que la libera la reacción de Termidor (para su madre, abuela y hermana, el golpe llega un par de semanas tarde). Adrienne se instala en Paris, trabando amistad con Madame de Simiane (ex amante de su marido, ¡hay que ver lo que une sobrevivir a la violencia revolucionaria!), obtiene un pasaporte americano… y lo usa para encontrar a su marido y compartir la cárcel con él, el matrimonio y las dos hijas. Manda peticiones al emperador austriaco, pero este está decidido a acabar con la hidra revolucionaria, y a dejar a Lafayette encerrado hasta pudrirse.

De modo que, paradójicamente, la última esperanza de los Lafayette es una victoria francesa en la guerra. De ello se encarga un joven y prometedor general corso, un tal Napoleón Bonaparte, que además y pese a no conocerle en persona, insiste mucho en la libertad de Lafayette durante las negociaciones. Finalmente, el 17 de septiembre de 1797, Lafayette, más muerto que vivo, recupera la libertad.

 

De rien.

 

Tras un par de meses dando tumbos por Europa, esperando un momento adecuado para emigrar a Estados Unidos (dado que hay una guerra no declarada en marcha, sus amigos le recomiendan esperar), acaba volviendo a Francia tras un acuerdo informal con el Directorio: él no vuelve a sus feudos y no se mete en política, y ellos le dejarán en paz. Vetada en Paris y la Auvernia, la familia acaba en un chateau cercano a Paris, el chateau La Grange. Lafayette, viejo, agotado, enfermo y ya con un nieto (con 42 años; permitan que me tome una pausa para respirar), va a vivir allí durante prácticamente el resto de su vida. Allí le pilla la muerte de George Washington en 1799, pero Napoleón, ahora Primer Cónsul, veta su presencia en el homenaje que se le organiza en Paris. A cambio, le quiere conseguir dinero y le compra su plantación en Guyana, ya saben, la que Lafayette adquirió para liberar a los esclavos. Al final, lo que liberó a los esclavos no fue Lafayette sino la proclamación de la Convención Nacional en 1794, pero en el contrato que le pone en la mesa Napoleón se habla de “los derechos que quepan sobre la plantación y las personas que en ella viven”. Como necesitaba el dinero, firmó. Apenas semanas después, Napoleón reintrodujo la esclavitud.

Pero una cosa es que Lafayette ya no se meta en política, y otra que se calle sus opiniones: él y su hijo son dos de las 8374 personas que votan (¡con nombre y apellido!) “no” a que el cargo de Napoleón sea vitalicio. Le petit caporal, que entre otras cosas podía ser muy rencoroso, no se lo perdonó nunca, y decía a sus ministros “solo hay un hombre que no se somete, y ese es Lafayette, que nunca ha retrocedido ni un paso”, pero luego tampoco hizo nada contra él. En cambio, su hijo y yerno, oficiales del ejército, se encontraron con que ya no ascendían, y acabaron dimitiendo (lo que los salvó de tener que ir a Rusia). En 1807, muere Adrienne, que durante su agonía le pide perdón y aún le pregunta si él guarda algún rencor con ella. Ya no hacen mujeres así. Menos mal.

Finalmente, en 1814 el imperio napoleónico llega a su fin. El hermano de Luis XVI llega al trono como Luis XVIII, y Lafayette se asoma de su retiro para ver si este señor va a ser ese rey constitucionalista que va a adoptar la constitución de 1791, ese pacto del abrazo en el que caben todos los franceses. Pero ya conocen a los Borbones: ni aprenden nada ni olvidan nada. Luis XVIII no adopta la constitución, y en su lugar emite una carta otorgada. Aun así, Lafayette se pasa por las Tullerías a presentar sus respetos, en lo que a la postre es su única visita a Luis y su hermano, el conde de Artois y futuro rey Carlos X.

 

Carlos X resulta que también era ex compañero de colegio de Lafayette. Nobleritos somos y en los palacios nos encontraremos.

 

Es en esa visita, casualidades de la vida, que Lafayette conoce por primera vez a Luis Felipe, duque de Orleans, un noble que ha pasado exiliado varios años en Estados Unidos y que impresionó mucho a Lafayette, que dijo que era “el único Borbón compatible con una constitución libre” (pero por las mismas fechas dijo que el zar Alejandro parecía ser un tío muy majo y “un sincero amigo de la libertad”, así que lo de juzgar a gente se le debía dar regu). El caso es que al hombre le pica el gusanillo de la política, y vuelve a meterse de hoz y coz. Primero, troleando al sistema para conseguir ser parlamentario. Durante los 100 Días, se queda en Paris como parte de la asamblea napoleónica (lo que le va a costar su amistad con Madame de Simiane), pero conspirando desde el primer momento contra el emperador retornado. En 1820, animado por las revoluciones de Cádiz y Nápoles, organiza sociedades secretas en Francia siguiendo el modelo de los Carbonarios italianos. La revuelta fracasa por el sangrante amateurismo de sus integrantes. Por su implicación, porque el gobierno logra hacerle perder su escaño en las siguientes elecciones, y defraudado con la derrota en 1823 de la revolución en España, Lafayette hace las maletas y en 1824-25 se casca un viaje por Estados Unidos, donde le reciben como una superestrella. Hay parques y hasta ciudades con su nombre. ¡El último general de división vivo de los gloriosos días de la Guerra de Independencia! Recorre los 24 estados de la unión, entrevistándose con todo el who’s who (Jefferson, Monroe, Andrew Jackson… incluso José Bonaparte; también le escribe a Simón Bolívar para felicitarle), y exigiendo que en vez de “marqués” le llamen “general Lafayette”. Alguien le describe como “un monumento en busca de un pedestal”.

 

La tercera revolución

Cuando vuelve, se encuentra en la pesadilla de Kurt Vonnegut: Carlos X es un ultra monárquico que le tiene perfectamente calado (“en Francia, hay dos hombres que no han cambiado desde 1789: el marqués de Lafayette y yo… tenemos dos cerebros muy similares, pero alojando ideas completamente diferentes”), pero le deja vivir tranquilo. Es más: saca una ley para restituir a las víctimas de las confiscaciones revolucionarias con bonos del estado, y los contables de Lafayette hacen el pertinente papeleo y le ganan una jugosa suma (con dos cojones, añaden la plantación de Guyana incluyendo los esclavos, y cuela). Pero Lafayette no replica estos favores, y trabaja con la oposición liberal. Y será Carlos X, un Borbón de manual, quien encienda la chispa de la revolución: resulta que las leyes electorales son tan restrictivas que los integrantes de la propia Guardia Nacional no pueden votar, y eso que le han salvado el culo a la Restauración un par de veces. Pero Carlos X desoye sus peticiones, y al primer feo los disuelve… pero sin desarmarlos. Posteriormente, en plenas elecciones de julio de 1830, manda al ejército a invadir Argelia como forma de animar a sus partidarios, pero no sirve porque la oposición liberal por primera vez logra una sólida mayoría en la cámara, y manifiestan que en cuanto se reúnan van a exigir la dimisión del primer ministro Poligniac, reaccionario y amigote de Carlos X. Aquí se le pela el cable, y decide (¡con el ejército fuera de Francia y la Guardia Nacional cabreada!) dar un autogolpe: restringe la prensa, cambia las leyes electorales reduciendo en 3/4 el electorado, disuelve el parlamento y convoca elecciones para septiembre. Paris estalla, liderada por la prensa liberal, y se organiza un gobierno provisional de cinco personas que nombra a Lafayette comandante de la restituida Guardia Nacional.

¿Y ahora qué? Pues ahora, le dicen a Lafayette, hay dos opciones: una república contigo de presidente, o una monarquía con Luis Felipe. La preferencia personal de Lafayette es una república siguiendo el modelo estadounidense, pero intuye que eso no es lo que quiere la mayoría de los franceses, y además traería guerra con el resto de Europa, así que propone el compromiso de “una monarquía popular, en el nombre de la soberanía nacional, rodeada de instituciones republicanas”. Cuando Luis Felipe llega al Hotel de Ville, Lafayette se asoma con él al balcón. Llevan una tricolor entre ambos, y Lafayette “corona” al rey mediante un “beso republicano”.

 

“A ver, no es la mejor opción, pero es la menos mala, y en una hora cierran el garito.”

 

Luego… pues las cosas no fueron del todo como él quiso: la soberanía nacional se respetó, la monarquía era popular, más o menos, pero las instituciones republicanas dejaban un poco que desear: no se abolían ni los privilegios hereditarios, ni la esclavitud (ambos tuvieron que esperar a 1848). El electorado siguió siendo muy restringido. Lafayette, buscando hacer un gesto dramático, ofreció su dimisión – y el rey se la aceptó. Lafayette siempre vio la política como un teatro de virtuosos actores, y siempre acabó siendo superado por otros que no eran tan sentimentales. Ya con 70 tacos, volvió a su hogar, siguió con el activismo político y carteándose con todo el mundo (y pellizcando ocasionalmente por detrás a las muchachas jóvenes). Finalmente, al poco contrajo una afección pulmonar, que tras varios meses de batalla le acabó matando el 20 de mayo de 1834. Temiendo una nueva insurrección con motivo de su funeral (200.000 personas atendieron), el gobierno le organizó una ceremonia militar metiendo a miles de soldados con bayonetas caladas en Paris. Le enterraron junto a Adrienne, bajo tierra recogida de Bunker Hill.

 

Valoración

Pues muy buena, un libro muy ameno de leer. Tanto, que te preguntas si es que está MUY bien escrito y documentado (en cuyo caso mi dinero está bien invertido) o si Duncan ha escrito una cosa sencillita y aprovechado para pegarse un par de años de juerga en París (en cuyo caso mi dinero está MEJOR invertido). En cuanto al personaje, Lafayette era un Albert Rivera, pero en una época en la que ser Albert Rivera era ser compañero de viaje del bolchevismo. Y lo hizo desde una posición social cuanto menos inesperada, la aristocracia hereditaria más rancia, que intentó desarmar, mientras Albert Rivera solo parecía aspirar a entrar en ella. Y, con mayor o menor fortuna, Lafayette supo evolucionar, mientras defendía, en 1789 y en 1830, los mismos principios fundamentales, sin esperar nunca una llamada del IBEX para saber lo que tocaba. Lo que importa, al final, no es la coherencia absoluta o la pureza moral (porque cada época desarrollará distintas ideas de lo que es coherente y moral), sino que te muevas en la dirección correcta. Hoy Lafayette igual ya no lo haría, pero en 1789 sí lo hacía, y por eso hoy no tenemos que empezar desde cero. Merci.


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  1. Comentario de el guru (12/11/2021 14:35):

    Me alegra ver que alguien más aquí es fan de Mike Duncan, un tipo al que da gusto escuchar.

    Para que se hagan una idea de la extensión de detalles del podcast, lleva año y medio hablando de la revolución rusa y acaba de llegar a octubre del 17 esta misma semana.

  2. Comentario de Casio (12/11/2021 19:28):

    Muy bueno, como siempre señor Jenal, así da gusto leer. Completamente de acuerdo con que la izquierda de este pais es de una candidez supina, rompiendose la crisma por derechos que luego asume cla derecha omo “el estado normal de las cosas” pero dentro de las reglas que les asegure mantenerse en el poder. “Los medios de comunicación, los cuales inevitablemente tienden a ser de derechas”, precisamente en otra muestra de ingenuidad sociliasta Zapatero permitió la fusión de las televisiones en un duopolio (alquien le convenció con que era lo mejor para el pais, hay que joderse) permitiendo la absorción de la Sexta por tele5 y la sexta por Antena 3 y en pago ahí están Ana Rosa y demás tertulianos agradeciendoles el detalle a base de zurriagazos.
    Y es que ante el cinismo y la osadia de la derecha patria el PSOE es un pardillo al que le cuelan cada gol..no hay mas que ver la ultima movida en el nombramiento del infame Arnaldo.
    De todo esto también hablo aquí -> https://remadmalditos.wordpress.com/2021/11/12/el-psoe-esta-atrapado-en-una-ensonacion-el-pp-paso-pagina/

  3. Comentario de Lisistrata (12/11/2021 20:46):

    No podia fallar el cansino de casio con su spam patético.

    En otro orden de cosas , interesante el articulo, equivocado pero interesante.

  4. Comentario de asertus (14/11/2021 17:41):

    Casio asustado de que el PP vuelva al poder, con Casado, a continuar la política de la PSOE, se coma la ruina provocada y, encima, todos los podemitas puedan volver a tomar las calles… Salvo por los que pierdan la nómina en chiringuitos, que serán pocos, porque el PP siempre paga a unos y a otros, pocas veces desaloja, por lo demás está bastante bien, que vuelva el PP y vuelva a subir los impuestos a sus propios votantes, no veo gran problema.

  5. Comentario de de ventre (15/11/2021 16:59):

    fantástico el artículo y fantástico tb el link de casio.

    j

  6. Comentario de Lluís (16/11/2021 11:40):

    Aunque comparta buena parte del análisis del sr. Casio, no veo motivo para tenerle tanto miedo al PP. O por lo menos, tenerla más miedo que al PSOE. La mayor diferencia está en que los del PP tienen un talante mucho más avinagrado.
    A nivel de políticas económicas, sociales y de respeto a las libertades públicas, me da el mismo miedo el PSOE que el PP. La diferencia es que con el PP sé lo que hay, a mi me van a subir impuestos, y Florentino o Amancio no tendrán necesidad de domiciliarse en Andorra para que Hacienda no se lleve el fruto de su esfuerzo. Por cosas así no les voto.

    El problema es que con el PSOE tengo más o menos lo mismo cuando no es ese el trato, por lo menos según sus programas electorales. Tampoco es que les vote, pero si hay gente que lo hace y, viendo el percal, puede que dentro de un par de años no consideren necesario perder un par de horas del domingo para mantener a Sánchez en Moncloa.

    Encima, el PP ha sido lo suficientemente hábil como para darse cuenta que una buena parte de la población va al bar a diario pero pueden pasar meses o incluso años sin que tenga que acercarse a un CAP o un hospital.

  7. Comentario de Sgt. Kabukiman (16/11/2021 13:02):

    No sé Luis, quién cree que hubiera subido el salario mínimo
    El PP con vox?
    El PSOE obligado por los escaños que necesita de podemos?

  8. Comentario de Casio (16/11/2021 15:54):

    Insisto en que comparto la desesperanza con el estado mediático de las cosas, esto tiene muy mala pinta, y no creo que los meses que viene mejore.

    Sobre Lafayette y sus andanzas está claro que si hubiera sido anglosajón ya tendriamos un par de peliculas y alguna serie, pero entonces tendriamos a un heroe que salta de una revolución a otra,como si las revoluciones fueran cosas buenas y eso no casa con la linea editorial de Hollywood desde 1950.

    En el fondo ,los anglosajones son gente bastante conservadora, a los que desagrada sobre manera eso de implantar la progresividad fiscal a base de golpes de guillotina.El odio a lo francés en Europa era un odio a la podemitada revolucionaria que se habia permitido lo impensable. Tampoco se perdona al comunismo ruso el desmoche de la familia real en un sótano de Ekaterimburgo.

  9. Comentario de Lluís (16/11/2021 16:05):

    #7

    Pues bien poca cosa ha logrado, en realidad llevan razón cuando dicen que hay poca gente que cobre en función del SMI. Bien porque cobran más, bien porque no cobran nada o bien porque están en alguna situación laboral en la que pueden cobrar menos sin vulnerar demasiado la ley (autónomos) o vulnerándola (contrato de 20 horas trabajando unas cuantas más. Otra cosa es que la derecha proteste de cualquier cosa, pero lo de tener un centro-derecha en España que no actúe como una banda de skinheads (con corbata, eso si) es otra batalla perdida.

    Repito, esperaba mucho más. Y si todo eso es lo que puede forzar Podemos, se entiende que pierdan votos.

  10. Comentario de emigrante (17/11/2021 12:39):

    #8, hombre! a Lafayette se le suele mencionar en las películas sobre la revolución americana (en la de Mel Gibson sale Tchéky Karyo haciendo de oficial francés, por ejemplo). La escuadra aérea que enviaron a ayudar a Francia durante la I Guerra Mundial también recibió su nombre. De quien nadie se acuerda jamás (ni allá ni acá) es del “Lafayette español” Bernardo de Gálvez. El virrey de Nueva España con su ejército (pagado por España) le dió mucha más kaña a los británicos que el francés y sus mil voluntarios. Gálvez ganó la batalla de Pensacola y reconquistó Florida. Lafayette sería muy amigo personal de Washington pero no me ha quedado claro si al final fue a ayudar o a estorbar. Además de Florida, en aquella guerra, se recuperó Menorca y casi, casi Gibraltar. Fueron esas campañas, que mantuvieron ocupado buena parte del ejercito de su Graciosa Majestad en lejanos escenarios, lo que posibilitó el éxito de los Estados Unidos. Y cómo pagaron ese favor? A España le quitaron Florida (y más tarde Puerto Rico) y a Nueva España, ya independiente como México, le quitaron más de la mitad.

    Y no se corte y siga haciendonos spam que es muy interesante leerle.

  11. Comentario de emigrante (17/11/2021 12:51):

    Por otro lado estoy de acuerdo en que si Lafayette fuera anglosajón habría protagonizado innumerables producciones en Hollywood, Broadway, televisión y plataformas varias.

  12. Comentario de Casio (17/11/2021 15:01):

    #10 Bueno, al cine de Hollywood l( los productores tan bien conectados con la C.I.A. hay papeles sobre ello)lo que le mola, lo que subraya del personaje de Mel Gibson no es que sea revolucionario, sino que sea patriota, patriota yanqui.La pelicula se llama asi, “El patriota”, no el Revolucionario, o el igualitarista. Lafayette era el tipico revolucionario internacionalista de la peor especie. Si nace 100 años despues, carne de fusilamiento para algunos.

  13. Comentario de Lluís (17/11/2021 15:41):

    #12

    Si, supongo que en nuestros tiempos sería algo más parecido al Che Guevara. O a incluso a Bin Laden. Como bien dice, carne de pelotón.

    #10

    También se puede argumentar al revés. Con parte de los recursos británicos concentrados en EEUU, se pudo reconquistar Menorca o Florida, hasta entonces se podia sacar pecho por la victoria de Cartagena de Indias, pero poco más, todas las guerras del XVIII contra los ingleses habían terminado en empate o derrota.

  14. Comentario de emigrante (18/11/2021 14:25):

    Casio no es el único desencantado con el “gobierno más progresista de la historia” Gillem Martínez ofrece su propia versión que no es que el PSOE viva en una ensoñación del pasado o tenga nostalgia del bipartidismo (aunque tampoco lo niega) sino que no puede hacer nada verdaderamente de izquierdas porque tiene las manos atadas.

    “En la reforma laboral, el PSOE no irá más lejos de las demandas de la Comisión –de hecho, el PSOE ha intervenido las negociaciones para evitar otras demandas–. El PSOE no hará nada –no lo ha hecho, de hecho– por la regularización de alquileres. El alquiler es la propiedad, la prima de la empresa. La Tercera Vía no hará nada, además, contra lo que supone su votante –Piketty señala que la socialdemocracia actual se centra en una clase media alta y culta; las clases que antes cultivaba la socialdemocracia, ahora en barbecho, desatendidas, son caldo de cultivo de las extremas derechas–. El PSOE no hará nada, a medio plazo, por las pensiones. La Comisión, sencillamente, quiere privatizarlas.”

    Particularmente pienso que no es que no pueda hacer nada sino que no quiere. Se podrían hacer muchas cosas más antes de que un comisario en Bruselas levante una ceja.

  15. Comentario de Sgt. Kabukiman (18/11/2021 18:44):

    El votante de derechas es conservador, las cosas ya le van bien cómo están. El votante de izquierdas quiere cambios, y esto de partida ya es más difícil porque hace falta saber que y cómo cambiar, y se le presupone cierta necesidad. Normal que el votante de izquierda sea más difícil de contentar y más propenso a la frustración.

  16. Comentario de Sgt. Kabukiman (18/11/2021 19:06):

    Regular los alquileres supone pisar el callo de millones de propietarios, muchos de ellos votantes propios.

    Hacer sostenibles las pensiones implica reducir pensiones, lo que supone pisar el callo de unos millones de pensionistas.

    Algunos aspectos de la reforma laboral cómo es la regulación de la temporalidad van a pisar el callo de miles de pequeños negocios.

    Hablar de sostenibilidad, cambio climático, etc, etc, implica virtualmente llenarlo absolutamente todo de molinillos y de huertos solares, lo que supone pisar el callo de unos cuantos millones de paletos. En este saco hay que añadir a los ganaderos, los camioneros, todo el mundo que vive de la automoción a base de motor termico, todo el mundo que vive del turismo, del textil, etc, etc.

    No me puedo creer que alguien crea que existe un gobierno del color que sea que desee enajenarse de un plumazo a todo su electorado tomando medidas necesarias pero que van a dejar tantos perdedores

  17. Comentario de Lluís (19/11/2021 11:54):

    Estoy con Emigrante. Cualquier gobernante puede estar bastante tranquilo respecto a Bruselas, pasarán 5 años antes de que la Comisión se ponga dura de verdad, y las elecciones para mantenerse en el cargo van antes. Polonia o Humgría pueden dar fe de ello.

    Si, seguro que algunas medidas pueden ser impopulares entre algunos de sus votantes. Pero no hacer nada también les enajenaa a gente que les votaba. El PSOE ha perdido elecciones tras incumplir con sus compromisos, podría probar cumpliéndolos, a ver qué pasa. Mucho peor no les puede ir, la mayoría de encuestas vaticinan que PP y Vox sumarán.

    El problema no tiene la pinta de que tengan miedo a hacer enfadar a camioneros, ganaderos, toreros o al que arrienda un par de pisos, a esos ya los tienen bastante cabreados actualmente. Supongo que preferirán tener contentos a los grandes, porque lo que peligra de verdad es la financiación del partido o el engrase de las puertas giratorias.

  18. Comentario de Lalo (20/11/2021 21:18):

    Entonces sargento, como dice.pikkety podemos confirmar que sus votantes son clase media alta. O gente con carrera q cobra como estos.pero se siente más inteligente y que huele mejor no? Y el resto son paletos, camioneros, agricultures, obreros, vamos la clase obrera de toda la.vida. maravillosssso lo suyo.

  19. Comentario de mictter (21/11/2021 12:51):

    Como efecto secundario de la lectura de este artículo me he puesto con el podcast de Mike Duncan, que no conocía y oye, magnífico para acompañar las tareas del hogar. Me he tragado la serie de la Revolución de Julio, donde hace su apareción estelar el colega Lafayette. Me dio la impresión que en el podcast, sobre todo en el capítulo sobre la fallida revuelta de 1832, Duncan es más crítico con nuestro buen marqués, al alinearse de esa forma con los conservadores.

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