“The War Nerd Iliad” – John Dolan

Otra versión del clásico

¿Otra vez? ¿En serio? ¿Otra vez vamos a hablar de la Ilíada en LPD? Tras la crítica en la LPD primigenia al mito primigenio, tras el repaso a la radionovela, tras la película de 2004, tras la serie de 2018 (que vale por dos porque también destripaba el remake en ciencia ficción de Dan Simmons), ¿aún quedan cosas por decir? Pues sí, sí quedan. Y siempre quedarán. La Ilíada es un pilar de nuestra civilización, y mientras exista nuestra civilización volveremos una y otra vez a él. O en otras palabras, que cada pocos años se volverá a contar, adaptada a su época. ¿Y cuál es la nuestra? Pues artísticamente vivimos en la Era de la HBO, y por ello esta es una “narración HBO”: mucha casquería y sangre, y decir ya en la primera página que a los Dioses hay que imaginárselos

 

como a una gran familia. En concreto, como a Los Soprano.

 

Los orígenes

Pero antes de empezar, quisiera narrarles mi aproximación personal al mito, que comenzó siendo yo un chiquillo con una edición que es un verdadero clásico en la Europa germanoparlante: Las Más Bellas Sagas de la Antigüedad Clásica. Una obra de un cura/profesor/poeta llamado Gustav Schwab, que la publicó con la idea de acercar el mundo griego “a mujeres y niños”, en un lenguaje apto para estos.

 

How it started.                                                                          How it’s going.

 

El libro de Schwab, con todo su hermoso alemán decimonónico, sigue siendo la obra de referencia en Alemania, incluso pese a que su publicación fue en 1840. Eso es porque acertó a dar en un nervio social de esos que nos gusta diseccionar aquí para ustedes.

Verán: se pueden decir muchas cosas sobre los romanos (sí, empezamos con los romanos, soy consciente de la contradicción, no hace falta que lo pongan en los comentarios): que eran grandes constructores, que tenían una idea tan clara y limpia del Derecho que llega hasta nosotros, que eran excelentes organizadores, que eran todos muy patriotas, que eran unos conquistadores muy apañados, que crearon nuestro mundo. Se puede decir todo eso y mucho más, pero hay una cosa que nadie nunca dijo sobre ellos: que fuesen majos. Los romanos, dicho en román paladino, eran unos filis putae. Unos cabrones imperialistas que conquistaron medio mundo sin ningún remordimiento. ¿Y qué hizo la posteridad? Pues todos los conquistadores e imperios wannabe se inspiraron en ellos: especialmente los anglos, no hay más que ver el Capitolio de los Estados Unidos. Pero también los españoles, que llevaron por media América la lengua y la religión de Roma; los franceses, que lo llamaron Style Empire y Mission Civilisatrice; y los rusos, que llamaban a Moscú la Tercera Roma para justificar lo de someter a todo quisqui entre Varsovia y Vladivostok.

Pero mientras las legiones anglo-latino-rusas llevaban sus versiones del SPQR por el mundo, ¿qué hacían los alemanes? Quedarse en casita. Hablamos aquí del periodo 1770-1870: el romanticismo alemán ha creado un cierto sentimiento de “los alemanes somos un pueblo”, las guerras napoleónicas lo convierten en nacionalismo político “los alemanes deberíamos estar unidos”, y el Congreso de Viena lo frustra montando una unión política totalmente ineficaz, la Confederación Germánica, una federación de micro-estados alemanes, todos muy embebidos de sí mismos, todos insignificantes, casi todos absolutistas o neo-absolutistas. Los intelectuales, patriotas y liberales alemanes se refugian en su Stübchen en el Principado de Schwarzburgo-Sondershausen -o cualquier otro de las tres docenas de irrisorios estados soberanos- a llorar mucho esta postración y división del Vaterland. ¿Y qué ejemplo histórico viene aquí a la mente? Los griegos, ese pueblo que tampoco logró nunca la unión política y se condenó a una existencia de segunda, para acabar siendo absorbidos por los romanos. Así que, mientras todo el mundo andaba flipado con Julio César, los alemanes de la época desarrollaron un culto igual de enfermizo pero con los griegos de la época clásica, cuyo estudio pasó a considerarse imprescindible para cualquier persona con mínimas aspiraciones a ser llamada “culta”. De este culto es de donde nacen cosas como esta reproducción 1:1 del Partenón de la Acrópolis en la Baviera profunda, y también el libro de Schwab.

(Como en 1871 los alemanes al fin lograron su ansiada unidad y su estado nacional, ya pudieron buscar su “lugar al sol” y ser más romanos y menos griegos. Pero algunos aguafiestas académicos, la clásica gente de Clásicas que afirma cosas como “sí, unidad nacional, pero con Bismark como Filipo de Macedonia”, mantuvieron viva la admiración por los griegos, que en cierto modo llega hasta hoy. E igual que los griegos compensaron su falta de imperio con una verdadera explosión de genios creativos, estos académicos aguafiestas protagonizaron una verdadera explosión del conocimiento científico, logrando que hacia 1900 las universidades alemanas fuesen las más punteras del mundo, y arramblando premios Nobel durante una generación. Inspirados, poca sorpresa, en Prometeo, el amigo de los hombres que asaltó los cielos para robarles el fuego; una alegoría que resuena en los himnos de sus mayores poetas. Un legado que se alarga hasta los años 30, cuando llegan unos señores que, estos sí, deciden que los que molan de verdad son los romanos y desmochan todo.)

El problema de Schwab era el previsible (a ver, ¡que era cura luterano!): que tuvo que rebajar bastante el lenguaje original para hacerlo apto para “mujeres y niños”. En su relato, hombres y dioses son como las estatuas griegas: fríos y de mármol blanco, puros e incólumes. Y tampoco había maldiciones, ni lanzas clavadas en los escrotos, ni niños ensartados, ni violaciones, ni nada que se le pareciera (bueno, sí lo había cuando era esencial para el relato, pero hábilmente reducido al mínimo imprescindible y narrado en ese alemán decimonónico que parece empeñado en construir verbalmente un mundo ideal). Para mí, cualquier acercamiento al texto original siempre ha sido un poco una sorpresa, y esta “versión HBO” supongo que ya me cura de espanto. A cambio, la naturaleza profundamente humana de todos queda al fin tal y como la quería retratar Homero.

Sobre la Cuestión Homérica, yo compro la versión presentada por Joachim Fernau: que fue un hombre que realmente existió. ¿Y por qué podemos estar seguros? Porque los griegos, ese pueblo que en cada árbol veía una dríade, en cada fuente una ninfa y en cada desfiladero una esfinge, que atribuía la invención del fuego a Prometeo, la del olivar a Atenea, la de los caballos a Poseidón, la escritura a nosequién y la del pan cortado al fauno Panbimbo, los griegos, digo, le habrían atribuido su más grande cantar épico a algún dios olímpico como mínimo – si no hubiesen estado seguros de que lo compuso un cantautor ciego de alguna isla perdida. Y sin embargo, nadie de la antigüedad dudó de que Homero fuese el autor.

 

¡Así que claro que existió, cojones!

 

(Que obviamente no fue “el autor” sino que tomó leyendas y tradiciones orales anteriores, incluyendo un Catálogo de Naves que incluía ciudades que en la época de Homero, el siglo VIII a. C., ya habían desaparecido y que solo la arqueología moderna ha logrado encontrar; pero Homero tomó todo ese material, lo fundió en versos nuevos con una increíble profundidad humana, y creó una obra que fue lo más parecido a la unidad nacional que jamás tuvieron los griegos clásicos.)

 

La presente obra

Pasando al presente, esta adaptación es obra de un conocido personaje de la internet, Gary Brecher, a.k.a. The War Nerd. Un personaje que se presenta a si mismo como el callejón sin salida civilizatorio de estos tiempos: un aburrido y obeso procesador de datos de Fresno, California, que tras estar 8 horas metiendo entradas en una base de datos se pasa otras 8 horas leyendo obsesivamente sobre las guerras en marcha en todo el globo, como forma de escapismo al sinsentido de su existencia. Al cabo de unos años se supo que Gary Brecher era en realidad un personaje inventado por un profesor de literatura llamado John Dolan que ha ido dando tumbos por el mundo, y ya con su nombre publicó este remake de la Iliada, con el mismo tono cínico/desenfadado de sus artículos en la Internet, que por cierto también están reunidos en un libro que se promociona diciendo en portada que Brecher atribuyó el 11M a Al-Quaeda “cuando todo el mundo aún estaba culpando a los pobres vascos”.

 

San Miguel de Aralar de Fesno.

 

Dolan se mantiene fiel al texto original, incluso en aquellas partes que ya sabemos que Homero las pilló mal. Exempli gratia, los carros. Hoy en día, el consenso académico acerca del uso de carros en batallas de la edad de bronce es que se usaban como tanques: hacías una línea y los lanzabas contra la infantería. La infantería en teoría podría haber resistido, pero las picas aún no se habían inventado y nadie quiere ser el primero en parar con su cuerpo un carro con caballos desbocados, así que solían romper filas y los soldados en los carros se daban un festín. Sin embargo, en Homero (y en Dolan también) los líderes usan los carros como si fuesen taxis: para desplazarse de un lugar a otro, y cuando llegan desmontan y luchan a pie. Bueno, y luego directamente están las cagadas, como decir que Atenea es hija de Hera, confundir Deméter y Perséfone, o afirmar que Agamenón murió a manos de Orestes.

Otro “fallo” (llamo “fallo” a divergir de la versión de Schwab, que no obstante era un compendio de varios cantos y obras clásicos sobre la Guerra de Troya, no una traducción centrada exclusivamente en los 54 días de la cólera de Aquiles) es que Dolan no menciona que Héctor, al penetrar en el campamento griego durante el pico de la ofensiva troyana, logra quemar un barco. Solo uno, y luego llega el contraataque griego que logra echar a los troyanos, pero un barco especial, el del héroe griego Protesilao, que ustedes igual no oyeron nunca de él, pero que tiene la distinción de ser el primer héroe griego caído, nueve años atrás, cuando la flota de los aqueos desembarcó en Asia, y a mi de niño siempre me pareció muy poético. Lo que ya no es tan poético es el resumen de la cosmovisión aristocrática:

 

“La guerra es cuando nosotros nobles nos ganamos nuestra carne, cuando le mostramos a nuestros campesinos porqué nos alimentan”.

 

Y luego está el rollo “la lujuria es mala”. Toda esta guerra es porque Paris pensó con los genitales a la hora de otorgar la manzana dorada (en serio: si alguien estuviese lo bastante loco como para no inhibirse en el dichoso juicio, la manzana debería haber ido a la más poderosa, la más capaz de protegerte de la envida de las perdedoras; no a la niña pija de Afrodita que no tiene ni media h*stia). Para Homero, Paris es realmente el malo: por cobarde, por violar la sacrosanta hospitalidad dada a los embajadores, y porque pone su crusheo por encima del bien de su ciudad. Pero Aquiles no se queda atrás, permitiendo que masacren a los suyos por un “quítame esa esclava”. Lo de “quiero a este chorb@ aunque no le guste a mi madre” es una innovación muy reciente. De hecho, el universo entero es lo que es porque Zeus es un viejo verde. El sexo, nos dice Homero, hay que atarlo en corto. El no controlar tus impulsos sexuales lleva, primero, al descontrol, y, segundo, otorga demasiado poder a las mujeres. Difícil decidir qué asusta más a los griegos estos.

También me sorprendí, o me volví a sorprender, con el duelo Héctor-Aquiles. Que siempre lo he sabido, pero que verlo así en crudo es muy revelador de cómo nos come Hollywood el cerebro. Supuestamente es uno de los duelos/combates más importantes de la literatura universal, y a la vez paradigma de una época más primitiva (Felipe V y el Archiduque Carlos podrían haberse metido en 1701 en la Cúpula de Trueno, y el que salga vivo pues rey de España, pero a diferencia de Aquiles, el segador de hombres, ellos eran modernos e ilustrados, así que lanzaron a todos a una guerra de 14 años con medio millón de muertos); la película de 2004 así lo intenta mostrar, y así me ha quedado: como un épico combate entre dos iguales, representando ethos distintos. Pero en el poema es poco menos que una ejecución: los dioses (o su mala conciencia por no haberse retirado a tiempo) engañan a Héctor para que se quede fuera de las murallas. Llega Aquiles (con miles de griegos detrás), y Héctor se lo piensa otra vez y sale corriendo. Tres veces rodean la ciudad durante la persecución, hasta que Atenea se le aparece a Héctor con la forma de su hermano Deífobo diciéndole “no huyas más, que estoy aquí para ayudarte”. Héctor se planta ante las puertas esceas, y se arrojan mutuamente las lanzas. Fallan, pero Atenea le devuelve la suya a Aquiles, que ahora se acerca tranquilamente a terminar el trabajo. Héctor lleva la armadura que le arrebató a Patroclo, pero por desgracia él es algo más musculoso que el mirmidón: la armadura no cierra del todo entre casco y peto, por ahí entra la lanza de Aquiles, y así murió “el mejor de los hombres”.

 

Valoración

Al final, tenemos que concluir que esta versión, por desgracia, tampoco tiene mucho que aportar. Y aunque se anuncie como “The War Nerd Iliad”, es más John Dolan que Gary Brecher. Y Dolan parece demasiado profesor de literatura para la tarea: capaz de entender el mito original mejor que el 99% de nosotros… y por eso mismo incapaz de modificarlo. Una nueva traducción, un lenguaje algo más ágil, algunos cambios de vocabulario (“Akiles” y “Patroklas”, aunque no tuvo redaños de llamar “Odikweus” a Odiseo), pequeños cambios de enfoque… no aporta mucho más. El “feo Tersites”, al que Homero utiliza para presentar las quejas de los soldados comunes, se sigue llevando un leñazo de Odiseo que se le saltan los piños, aunque ahora Odiseo añade después “¿algún demócrata más? ¿No? Bien”; Patroclo/Patroklas es representado más como un padre que como un amante de Aquiles/Akiles. Interesante, pero tampoco hacía falta sacar libro nuevo para eso (a ver, que no me importa demasiado porque para mi esto era un Patreon a Mr Brecher).

De los cambios de enfoque, quizás el más obvio es el que tiene ante los dioses, retratados no como seres de respeto, sino como despreciables y crueles cabrones en los que nadie puede creer: Ares como un cobarde cubierto de sangre y moscas; Poseidón como un paleto que vive alejado del resto, aislado hasta el punto de haber retenido un habla arcaica y paleta; Zeus como un sátiro incapaz de controlar sus impulsos. El único dios más o menos decente es Hefesto, que ha sufrido el desprecio de los demás dioses y prefiere vivir lo más lejos posible de ellos. Dirán ustedes que eso siempre estuvo ahí, y razón no les faltará, pero nunca antes con este absoluto descreimiento. Lo que plantea el gran problema de cualquier adaptación/refundación de la Ilíada en la Edad Moderna: si tú, narrador del siglo XX, no crees en los dioses, ni lo hacen tus lectores, ¿para qué mantenerlos? Por ello, esta Ilíada es a la original lo que Campechano es a Carlos V y Felipe II: iguales los tres en sus dimensiones “humanas”, por así decirlo, pero en el siglo XVI al menos tenían la excusa de creer en la gracia divina de los reyes. Nosotros ya no creemos, pero ahí sigue la monarquía.

 

“Zeus, padre de todos, ¿realmente era el destino de todos los habitantes de la Ilión republicana morir bajo los fuertes brazos de los aqueos?” “Si, ¿por qué?” “Porque he visto que alguno ha sobrevivido, bueno, y si me dejas tu trono, tus rayos y tus rápidos caballos, ya me encargo de eliminarlos también, que te lo juro por los hados y el Okeanos.” “Hierro Cávity del 7.” “Marchando.”

 

En suma: otro intento fallido. Las mejores adaptaciones que viera siguen siendo la de Gustav Schwab (por sentimentalismo, y por todo lo que logró hacer con las mentes de varias generaciones de niños germanos), y la de Dan Simmons en Ilión/Olympos. Y mira que Simmons (claro que Hyperion debería haber sido una advertencia) entierra su trama homérica entre otras dos inanes y olvidables, que su obra apareció en cuatro tomos en castellano (los editores salieron con que “las traducciones del inglés siempre son más largas en castellano” – sí, ya), y que la segunda parte, Olympos, carecía de la gracia de la primera. Retiene algún interés porque, al fin y al cabo, son historias completamente diferentes de personajes que yo conocía desde hace décadas pero como bustos de mármol, y a los que Simmons da interesantes nuevas vidas, pero no atrapa, aunque resuelve el “problema divino” manteniendo a los dioses pero como engreídos post-humanos armados de una tecnología cuántica indistinguible de la magia. Casi lo logró. Pena que Terry Pratchett no pueda escribir su versión con trillonarios de las nuevas tecnologías en el lugar de los dioses.

 

Los ordenadores y sus amos son como dioses del Antiguo Testamento: muchas reglas y nada de piedad.

 


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  1. Comentario de emigrante (28/09/2021 21:47):

    Si le entusiasma el tema y además domina la parla de Goethe, hay una producción muy maja del canal arte. Básicamente es una narración ilustrada con obras de arte de motivos mitológicos. Por lo visto todos los pintores desde el Renacimiento se han dejado inspirar por el tema.
    https://youtube.com/playlist?list=PLX4hnJY-KWLrmqtlexqHLR1dQcWOv6yGq

  2. Comentario de Prosi (29/09/2021 07:13):

    Bueno, sobre Terry Prattchet, en la versión de Fausto que hace de cachondeo ya presenta la guerra de Troya (con su habitual estilo, es buenísima esa parte). Creo que el libro se llamaba “Eric”, pero tendría que repasarlo.

    Sobre el libro, coincido plenamente con la valoración. El “War Nerd” de Gary Brecher que reseña me pareció divertidísimo y super interesante y caí en este un poco como continuación. Pero le falta chicha y humor negro. No es mala forma de aproximarse al clásico, pero para los que no estamos muy puestos se hace un poco difícil tanto los dioses empujando para un lado y para otro y jodiéndole la vida a la gente.

    Gracias por la reseña, me ha gustado mucho.

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