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Elecciones Extraordinarias Comunidad de Madrid 2021, parte I: el laberinto de los madroños

(ADVERTENCIA: este post contiene altas dosis de Madrid.)

17 de octubre de 1978, Madrid. Martes. Aún no existen ni la Constitución Española, ni la Comunidad Autónoma de Madrid, pero en un hospital cualquiera de la capital acaban de nacer una niña y un niño. Siguiendo la costumbre de la época, se los llevan a una sala especial para recién nacidos. Allí, todos los bebés lloran hasta quedarse dormidos. Pero estos dos no se duermen. Se pican. Intentan silenciar al otro. Empiezan a berrear más y más fuerte. No saben ya quién empezó, pero solo puede quedar uno. Tienen que entrar las enfermeras y llevarlos con sus madres. “Ay como gritan, si parecen políticos”, bromea una con la otra. Estamos en la Santa Transición, y se nota que ha llegado el libertinaje y la falta de respeto a los próceres. En todo caso, son palabras proféticas: ambas criaturas acabarán llegando a la política. Ambas, además, por la vía más apropiada para el berreo y la llamada de atención gratuita: los medios de comunicación. Políticamente se separan, pero la fuerza del destino los mantiene unidos: dos cañas y un par de debates [1], y empiezan a polemizar. Y ahora, 42 años, 6 meses y 16 días después del inconcluso duelo de berrinches inicial, Isabel Díaz Ayuso y Pablo Iglesias Turrión se enfrentarán directamente en las urnas, en un duelo que amenaza con rasgar el tejido espacio-temporal de la política española. Cójanse dos días libres en el curro y acompáñennos en este viaje al corazón de la bestia.

 

La fuerza del destino.

 

La Comunidad de Madrid es la más joven de todas las autonomías. La empezó gobernando el PSOE, tres legislaturas, de la mano de Joaquín Leguina. Estabilidad y todo eso. Le sucedió Gallardón, con su actitud de repelente niño Vicente dándoselas de “verso suelto” del PP con veleidades progres (las veleidades consistían en no estar anclado estéticamente en los años 70 y hacerse fotos con celebrities progres… lo que dice mucho del progresismo de las celebrities, me temo). La mezcla dio dos legislaturas con mayoría absoluta. Luego empezó La Caída.

Las elecciones de mayo de 2003 dieron una mayoría PSOE-IU, pero dos Judas Iscariotes, Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, se saltaron la disciplina del voto e impidieron un gobierno de izquierdas. Nunca se ha podido probar nada, ni pagos ni extorsión, pero ahí está el legado: 18 años de gobiernos de derechas, y la entrada en el diccionario político español de la expresión “Tamayazo”. Que les aproveche. En la repetición electoral [2], volvió la mayoría absoluta del PP, y Esperanza Aguirre se convirtió en una primera figura de la política nacional, con tres victorias consecutivas. Y a diferencia de Gallardón, sin veleidades progres. También, con ciertas dudas [3] sobre la financiación del partido [4], y un programa político que incluía educación bilingüe [5] y privatizaciones a mansalva. En esencia, gobernar para los ricos [6], pero dejando que caigan muchas miguitas de la mesa. Pero en 2012, entrado un año en su tercer mandato, y aduciendo problemas de salud, Aguirre dimitió de todos sus cargos. Y el circo amplió pistas. En los 9 años transcurridos desde entonces, la Comunidad ha tenido cuatro presidentes distintos, mas uno interino, que han logrado situar la política madrileña a la altura del betún. Dos protegidos de Aguirre, Ignacio González y Francisco Granados, lucharon por sucederla. Ganó González. Granados posteriormente dio nombre a la Operación Púnica (el árbol de la granada es el “púnica granatum”): se había embolsado 900.000€ por cada colegio concertado [7] que se puso en marcha. A ver si el cheque escolar [8] era eso. Pero al ganador, Ignacio González, el PP ni siquiera le dejó ir en las listas para las siguientes elecciones. ¿Se olían algo? Posteriormente, en el marco de la Operación Lezo le han encontrado varios millones [9] en cuentas en el extranjero. Pendiente aún de sentencia, pasó casi un año en prisión.

A las elecciones de 2015 [10] el PP presentó a Cristina Cifuentes, que venía de ser la delegada del gobierno en Madrid con el 15M. Pero con veleidades progres [11], que de cada tres presidentes peperos uno tiene que tenerlas, por Convenio. Cifuentes gobernó con el apoyo de Ciudadanos, que iniciaba así su larga trayectoria de patéticos pagafantas en la Comunidad de Madrid. Dos mociones de censura se presentaron contra Cifuentes. En la primera, Ciudadanos votó por ella y el PSOE se abstuvo, de la segunda se escapó dimitiendo. Había empezado a asomar que su Máster en Derecho Autonómico por la Universidad Rey Juan Carlos lo había obtenido por medios fraudulentos [12]. Incluso en la derecha se empezó a murmurar que estaba quemada y que iba a hundir al partido, pero ella al principio se atrincheró y se negó a dimitir. A los pocos días, salía un video de seguridad donde se la veía hurtando dos cremas [13] en un supermercado. Quien lo filtró nunca se supo, pero preguntado por ello Granados dijo “si buscas venganza, cava dos fosas [14]”. Cifuentes dimitió, y en el caso del Máster los jueces han acabado condenando… a la funcionaria implicada [15] y a la asesora de Cifuentes, pero no a ella. Resulta que no está probado que Cifuentes indujera a esas personas a falsificar firmas y documentos que la beneficiaban y con los que mentir en sede parlamentaria que ella había asistido a las clases de su Máster, faltaría. Vivir para ver.

El sucesor de Cifuentes, Ángel Garrido, duró menos de un año en el cargo: viendo que no iba a ser el candidato (Pablo Casado decidió colocar como candidatos a Ayuntamiento y Comunidad a dos protegidos suyos, Almeida y Ayuso) y que el partido lo quería jubilar en Europa, Garrido anunció su dimisión y posterior fichaje por un partido joven, rompedor, y con un futuro brillante: Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía. Cs para los amigos. Un partido que volaba en las encuestas y parecía poder aspirar a ganar la Comunidad. Unos meses antes, Garrido había acusado a Cs de ser “populismo pop [16]” y “el tonto útil de la izquierda [17]”. Logró ser consejero de infraestructuras durante dos años, cosa que seguro que le ayuda ahora en la vuelta al sector privado. Pero la marea naranja no superó el dique azul, y llegó Isabel Díaz Ayuso, séptima presidenta de la Comunidad, con los votos de Ciudadanos y VOX.

 

El Gobierno de Madrid que emocionó a Stanley Kubrick.

 

Ayuso, y esta es la principal novedad que aporta, viene del mundillo de la comunicación, y tiene una idea muy clara de cómo funciona y de cómo manipularlo para su provecho, mucho más que sus predecesores. Lo que nos obliga a dar un repaso a cierto sector de la prensa de derechas.

 

Breve taxonomía del Biotopo Nacional

Libertad Digital. Grupo Intereconomía. OK Diario. Periodista Digital. La Razón. Y a otro nivel, El Mundo y el ABC. Todos ellos, radicados en Madrid (y con una parte desproporcionada de sus lectores -y anunciantes- allí, aunque gusten de venderse como prensa “española”). ¿Porqué? Pues porque enestepaís todo está centralizado en Madrid, dirán ustedes. Y no digo que eso no influya, pero a lo que voy es que hay factores adicionales, íntimamente relacionados con el PP madrileño, y que explican su posición peculiar dentro del PP nacional.

A la sombra del PP en la Comunidad de Madrid, ha nacido y crecido un singular biotopo mediático. Esto incluye al PP en los ayuntamientos del Cinturón Azul [18], inmersos en un sinfín de casos de corrupción que no han tenido nunca coste electoral (y también, aunque en menor medida, para el ayuntamiento de la capital, razón por la que la caída de este en las manos de Manuela Carmena en 2015 [19] fue tomada como un casus belli y guerra mediática de exterminio -sin tregua, perdón ni prisioneros- por parte del Biotopo, a pesar de lo maricomplejines de la gestión carmenil). Los instrumentos para esto han sido principalmente dos empresas públicas, Metro de Madrid y Canal de Isabel II, la empresa de aguas pública. La trama Gürtel (y aunque esta es una trama del PP nacional, está centrada principalmente en Madrid y Valencia) también puso su granito de arena, con Bárcenas comprando acciones de Libertad Digital [20], lo que no impidió a Losantos usar el caso para atacar a Rajoy [21]. En los últimos años se ha sumado un nuevo chiringuito, Avalmadrid [22], para los chanchullos [22]. Pero no es lo mismo. Metro de Madrid, por cierto, fue también donde el PP escondía buena parte de la deuda que se generó durante los mandatos de Gallardón y Aguirre, consecuencia de las faraónicas obras de ampliación [23] – pero como Metro de Madrid es una empresa privada, según ellos aquello no contaba como deuda pública y así pudieron vender “hemos bajado los impuestos y la deuda al mismo tiempo, el liberalismo funciona, sabemos gestionar”. Tuvo que venir la UE a darles un toque [24]. Aguirre al principio incluso amenazó con privatizar el Canal [25] “para que todos los madrileños puedan ser propietarios” (sí, WTF), pero se ve que al final le vio más utilidad al control directo.

 

Un emotivo recuerdo desde aquí para CajaMadrid, el tercer pilar del imperio aguirrista, caído en acto de servicio por España.

 

En tiempos de Esperanza Aguirre, MM y CYII gastaban 20 millones de euros al año [26] en publicidad institucional. ¿Para qué necesitan dos empresas públicas y en situación de monopolio gastar 20 millones en publicidad? Pues para decirles a los madrileños que tienen un Metro y que si abren el grifo sale agua, ¡esas cosas se olvidan si no te las recuerdan, no me sean malpensados! Junto a la abundante publicidad institucional (900.000€ para esRadio en sus dos primeros años [27], cuando el grupo Libertad Digital declaraba pérdidas anuales de 1.000.000€ [28]), la Comunidad también fue generosa concediendo licencias de radio y televisión [29]. Ayuso ha seguido la tradición añadiendo licencias universitarias y contratos a dedo [30]. Con lo que el Biotopo ha logrado el “efecto Hollywood”, esa ubicua presencia de productos culturales estadounidenses en todas partes. ¿A qué se debe? A que los contenidos que produce Hollywood ya cubren costes con su mercado nacional, y pueden exportarlos (con toda su carga ideológica) a precio de dumping porque es todo beneficio. Tres cuartos de lo mismo ha logrado el Biotopo: como se sostiene con lo que le viene desde Madrid, puede exportar su peculiar visión de España al resto del país sin preocuparse demasiado por los costes. Así, no era difícil encontrarte a gente viviendo a centenares de kilómetros de Madrid diciéndote muy convencida que Manuela Carmena había prohibido la Semana Santa, o que Madrid Central era el principal problema de España.

Madrid (Comunidad y ayuntamientos azules) es también relevante como palanca dentro del PP por la prodigalidad con la que reparte carguitos. Véanlo así: eres un cargo medio del PP en alguna federación regional; por cuota, enchufe o incluso (¿por qué no?) por tu talento te enviaron a Madrid cuando Aznar o Rajoy entraron en la Moncloa y hacía falta gente para cubrir los 2000 y pico cargos que esto implica; y una vez acabado tu pase por el gobierno nacional te da pereza volver al terruño. ¡Has saboreado la Gran Política, el Gran Mundo! O al menos has logrado pintar algo en la sede nacional. Así que te quedas en Madrid, de lobista informal de tu federación, de tertuliano, de emprendedor o de lo que sea. Pero claro, necesitas dinero. ¿Y quién está ahí para ofrecerte algún carguito facilito y bien remunerado, en el partido, las asesorías [31], o en alguna de las infinitas comisiones? Pues esas dos instituciones, Comunidad y Ayuntamiento, donde el PP lleva metido 20 años. En algunos casos, también se pagan favores [32], aunque el record aquí lo tiene un miembro (¡ex-miembro!) del entorno real, el Rasputín de nuestros tiempos [33], Javier López Madrid: Caso Lezo [34], Caso Púnica [35], Tarjetas Black [36], Metro de Madrid [37], y Fundación Princesa de Asturias [38]. De este modo, el PP madrileño ha logrado unirse simbióticamente al PP nacional (incluso inmobiliariamente: el PP de la Comunidad no tiene sede física propia separada y usa la primera planta de Génova 13 [39]; el PP del Ayuntamiento como dirección declara solo las sedes de los distritos, así que supongo que también están en Génova). Ejemplos destacados tenemos en Miguel Ángel Rodríguez (vino a Madrid de la mano de Aznar, y ha acabado de director de gabinete de Ayuso), María Dolores Cospedal (tras ser subsecretaria con Aznar, Aguirre la ficha de Consejera de transportes), Alicia Sánchez Camacho y Regina Otaola (unas señoras del PP catalán/vasco de toda la vida, que desde hace dos años son diputadas en la Asamblea sin que se les conozca mucha actividad previa en la política regional – bueno, Otaola dirigió [40] la Agencia Regional del Menor por la gracia de Aguirre). Y como exemplum estrella el propio Santiago Abascal, que se vino a Madrid gracias a Esperanza Aguirre, ocupando durante casi cuatro años puestos de libre designación [41] (el mismo día que se cerró su chiringuito particular [42], el 17 de diciembre de 2013, fue el día que se constituyó VOX, igual el notario hizo un descuento por juntar dos trámites).

 

¿Qué es España?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es España? ¿Y tú nos lo preguntas?
España… somos nosotros.

 

Con estas dos palancas, medios regados y lobistas de toda España comiéndole de la mano, intentó Esperanza Aguirre su asalto a la cumbre del partido, durante el Congreso del PP en Valencia en 2008. Con El Mundo y Libertad Digital disparando con toda la artillería contra Rajoy. La cosa no fructiferó [43]: Rajoy era mucho Rajoy, y esa combinación de liberalismo castizo y centralismo todo-para-Madrid no gustó mucho en las federaciones regionales, muchas de las cuales viven básicamente de la PAC y están un poco hartas de ver emigrar a sus jóvenes. La Revuelta de la España Vaciada [44] va un poco por eso también. Pero donde Aguirre fracasó frente a Rajoy, Ayuso podría triunfar ante Casado: hace pocos meses, Casado le daba a Abascal un portazo en la cara votando NO a su moción de censura. Pero si Ayuso repite de presidenta, es casi seguro que lo hará de la mano de VOX. ¿Entrando en el gobierno? No lo descarten.

¿Cómo afecta todo esto a Casado? Veamos: nuestro querido sistema electoral está diseñado para que la derecha españolista pueda lograr la mayoría absoluta superando con poco el 40% del voto, y situarse a un par de PNVs de distancia si supera el 35%. Es necesario, sin embargo, cumplir tres condiciones para que esto funcione: que eventualmente se pueda pactar con los nacionalistas de derechas, que la izquierda no esté demasiado movilizada, y que toda la derecha vote al mismo partido. La existencia de VOX hace imposible cualquiera de las tres. No hace imposible ganar y mantener Madrid, Castilla y León, Murcia u otros feudos, ¡incluso puede ayudar!, pero es tóxica para ganar en el conjunto de España. La cuestión es cómo recuperar esos votantes, y Casado –con un poco más de visión estratégica que Ayuso- ha optado por la vía “son lentejas”: VOX no nos representa, no vamos a pactar con ellos, y quienes les votan a ellos y no al PP son los culpables de que Sánchez siga en la Moncloa. Ese es el atrevido mensaje que lanzó Casado con el NO a la moción de Abascal. Pero Ayuso parece estar por la vía “ovejas descarriadas”: si son carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, algo brutos pero bien intencionados, démosles cuatro migajas para que se sientan bien y luego ya podremos integrarles en listas conjuntas o algo. Así no tendrá problemas para repetir en la Comunidad, aunque poco favor le hará al PP en las Generales. Pero eso al Biotopo le dará igual, y ya se encargará de venderlo como “la vía para salvar a España, ensayada con éxito rotundo en Madrid, de la que Casado no quiere enterarse”. Así que igual esto a Casado le preocupa un poco. De hecho, ya ha mandado recados [45] de que con VOX no, ni de coña, ¿eh? Mejor fichamos a Toni Cantó [46], que con sus cambios de chaqueta en pos del carguito representa mejor que nadie los valores del centro (en esto, no vamos a contradecir a Pablo Casado). No por los principios, claro, sino porque se estará empezando a dar cuenta de que ha creado un monstruo. Uno cada vez más difícil de controlar.

 

“Voy a machacar a Pablo. Lo voy a dejar en evidencia delante de todo el mundo. Lo voy a destrozar. No voy a dejar ni las cenizas.” “Muy bien, Isabel, ahora mismo lo que nos da más votos es atacar a Iglesias.” “¿Iglesias? Joder, con las máscaras no reconozco a nadie.”

 

Teniendo todo esto en cuenta, la decisión de Rivera en mayo de 2019 de no pactar con Sánchez adquiere un nivel de tragedia todavía mayor. Porque en ese pacto letizio hubiese entrado también la Comunidad de Madrid (PSOE y Cs hubiesen podido gobernar con una abstención de Más Madrid, que Errejón hubiese estado encantado de ofrecer), y quien sabe si el ayuntamiento. En el Biotopo habrían tocado a rebato, pero realmente habrían sido incapaces de echarle un pulso de cuatro años al gobierno regional, máxime con la que está cayendo [47]. Tarde o temprano, el Biotopo habría enterrado el hacha de guerra a cambio de que volvieran la publicidad institucional y las licencias. Los periodistas más mordaces se habrían visto relegados a noticias locales, lo que antes era noticia de portada habría salido en quinta (y viceversa), la corrupción del PP habría destacado más, los titulares (y un porcentaje no desdeñable de los votantes -de todos los partidos- se queda en los titulares) habrían sido un poco menos retorcidos, se habría promocionado a menos youtubers pasados de rosca, las fotos elegidas habrían sido un poco más amables con Cs y desagradables con el PP… en fin, que las herramientas habituales, las portadas, los berrinches, las críticas y todo lo demás se habría redirigido, de manera lenta pero implacable, a asentar en el votante de derechas que “mejor esto que un gobierno con Podemos dentro, ¿te imaginas al Coletas con los poderes extraordinarios del Estado de Alarma?, vamos, no quiero ni imaginármelo, la debacle, una guillotina en la Puerta del Sol, expropiaciones masivas, ¡VENEZUELA!” Sin ese apoyo, el PP de Madrid se habría disuelto como un azucarillo, y sin el PP de Madrid el PP nacional habría quedado como simpático partido agrario-pensionista, una CSU galaico-castellana. Pero no, y aquí estamos. Que al menos te lo hayan pagado bien, Alberto Carlos.

 

PAUers y voxers

Ningún análisis electoral de la Comunidad de Madrid estaría completo sin mencionar el urbanismo del Partido Popular (e intentaremos no excedernos porque esto da para monográficos y tesis doctorales de las gordas). Tomen asiento: desde 1995, la población de la Comunidad ha pasado de unos 5 millones a más de 6.5 millones. Mucha gente, que necesitó muchas casas. Tras la victoria de Aznar en 1996, las tres administraciones estaban teñidas de azul, y la hybris hizo el resto. Docenas de bucólicos pueblos a 50 kilómetros de la Puerta del Sol se encontraron de la noche a la mañana con urbanizaciones de chalets. Pero el plato gordo vino en la capital: en el Plan General de Ordenación Urbana de 1997, aún con Gallardón en la Comunidad, se proyectaron varios PAUs [48], Planes de Actuación Urbanística, en el extrarradio de Madrid, cuyas obras despegaron en los primeros 2000, ya con la Thatcher de Malasaña al mando. Y en su mente y la de todo el PP, intoxicados por las recientes mayorías absolutas, nació la idea de modelar esos nuevos barrios a su imagen y semejanza; huertos de libertad donde pudieran florecer nuevas generaciones de españoles de bien. El resultado son los célebres –o infames [49]– PAU’s de Montecarmelo, Carabanchel, Las Tablas [50], Sanchinarro [51], Valdebebas o Vallecas [52]. Barrios hechos desde la nada, generalmente en parcelas rodeadas por autopistas en los cuatro costados. Y con esto llegamos a los PAUers [53]. ¿Quiénes son los PAUers? Dicho pronto y mal, son las personas que viven en los PAUs, pero por otro lado son un fenómeno social íntimamente relacionados con su entorno vital, los propios PAUs.

Los PAUs son, esencialmente, ingeniería social de derechas. ¿Qué vende la derecha? Pues LIBERTAD. ¿Y qué es la LIBERTAD? Qué pregunta más tonta: pues hacer lo que tu quieras. Pero aquí empiezan los problemas. Sin salirnos de lo urbanístico, resulta que la gente quiere muchas cosas: muchas tiendas de comercio de proximidad, pero también mega-centros comerciales. Vibrante oferta cultural y social, pero también naturaleza y un lago en el que brinquen los delfines, con un bosque a juego. Pisos baratos, pero si no puede ser, que al menos sean también caros para los demás y no nos pongan una VPO al lado. Tener el trabajo cerca de casa, pero que mi barrio no sea invadido cada día por hordas de trabajadores. Buena conexión al transporte público, pero también tres carriles para el coche y sitio de sobra para aparcar. LIBERTAD, en este maremagnum de contradicciones, no es buscar un compromiso que atienda a todo, no: es elegir “libremente” UNA faceta, subordinar todas las demás facetas a esa, y donde sea necesario sacrificarlas en el altar. La faceta UNA, además, suele ser aquella más y mejor monetizable. O en otras palabras: con el coche hemos topado. Los PAUs son barrios para que la gente pueda vivir la LIBERTAD del coche. Luego las otras libertades pues como que vienen ya condicionadas: bulevares de ocho carriles que deberían vertebrar barrios y en realidad los trocean (y donde la gente circulaba con tanta “libertad” que hubo que poner baches de goma). Glorietas vacías del tamaño del Santiago Bernabéu [51], no se sabe muy bien para qué. Una densidad de población tan baja que no hace rentable el pequeño comercio ni el transporte público masivo. Aceras superanchas (por si hay que añadir en el futuro más carriles) que en teoría permiten pasear con comodidad y en la práctica son descampados inhóspitos sin una miserable sombra en verano, y túneles del viento en invierno, amén de hacer que cualquier paseo andando se convierta en una expedición de media hora. Poco extraña que la mitad de la gente que uno se encuentra por las calles esté haciendo running.

Las carencias de los servicios públicos tal vez no sería un problema en barrios consolidados con un mix demográfico equilibrado, pero los PAUs están hechos enteros desde cero, con lo que allí se compró casa la gente en edad de hacerlo, todo el mundo tiene entre 30 y 50, todo el mundo trabaja, casi todo el mundo tiene niños en edad escolar, y en consecuencia todo el mundo necesita lo mismo y a las mismas horas, y tienden a ver el mundo igual. Puritas cámaras de eco. ¿Pero para qué creó Dios la empresa privada? Abunda la oferta de educación privada (favorecida, qué cosas, por los continuos retrasos en la construcción de colegios públicos [54]) o sanidad privada (cuyo privatizador en jefe bajo Esperanza Aguirre, Javier Fernández-Lasquetty, es ahora consejero de Hacienda con Ayuso y una de sus cabezas pensantes).

Ahora: ¿qué efecto tiene todo esto sobre los PAUers? (Nota: por supuesto not all PAUers) Pues el de convertirlos en paradigma de la “clase media aspiracional”: curritos de toda la vida pero que se creen capaces de poder aspirar “por méritos propios” a estar un peldaño por encima de la media, basándose en que tienen formación y salario superiores a la media. Y una forma de manifestarse son los precios de la vivienda en los PAUs. Las plataformas inmobiliarias enseñan más sobre España que muchos sesudos estudios. Es decir, que los PAUers tienen todas las papeletas para votar derecha. Y seguramente los ingenieros sociales de Esperanza Aguirre esperaban que los PAUs (y las mentadas urbanizaciones de chalets a 50 kilómetros, de las que hablaremos más abajo) fuesen criaderos de votantes peperos, nacidos y criados en libertad. Destilados de la España que va bien, que ha sacudido los fantasmas del pasado y se ha reconciliado consigo misma, y se celebra como se lo merece en el callejero: en el PAU de Valdebebas (situado entre el Aeropuerto Madrid-Barajas Adolfo Suárez, el parque Juan Carlos I y la Moraleja), por ejemplo, tenemos una calle Juan Antonio Samaranch (tres carriles por sentido), una Avenida de las Fuerzas Armadas (cinco carriles por sentido, más uno de autobús), el Parque Felipe VI-Valdebebdas [55] (Carmena le puso “Valdebebas” solo, pero eso no era suficiente reconciliación), la Ciudad Deportiva del Real Madrid [56], la avenida Manuel Fraga Iribarne (tres carriles por sentido), el CEIP Alfredo Di Stefano, un Parque de la Centralidad (¿?), para que no se diga dedicamos una calle a un comunista (Jordi Solé Tura, solo un carril por sentido –a ver, ¡que bastante hacemos poniéndola pese a ser comunista, y encima en su cruce con Manuel Fraga está el Mercadona del barrio!), una calle María de las Mercedes de Borbón (solo tres carriles por sentido y dos de bici, pese a sus grandes contribuciones a la democracia), el resto de calles dedicadas a arquitectos del siglo XX en homenaje a cómo el ladrillo ha ocupado la centralidad de nuestras vidas, y como coronación el hospital Enfermera Isabel Zendal. La garantía de una hegemonía pepera por generaciones.

Pero entonces ocurrió un fenómeno que dice mucho acerca de España y de la derecha: durante el Amanecer Naranja, los PAUs votaron masivamente a Cs [57] (en algunas mesas, rozando el 40% [58]). Al final, donde mejor resistió el PP de Madrid la marea naranja fue en los barrios del centro con su urbanismo algo más humano/accesible y menos automovilístico, mientras que lo que plantó pensando que representaba su esencia y el fundamento de una hegemonía de 50 años casi fue la semilla de un partido capaz de fagocitarlo tras abrazar el proyecto inmobiliario del PP con la fe del converso, ¡incluso siendo objetivamente sus perjudicados!

 

Ciudadanos III Asamblea y PP inmobiliario-militar.
(Palabrita de niño Jesús que son anuncios reales.)

 

En fin, la cosa se quedó en el susto: en las elecciones del 10N, los PAUs volvieron al redil azul… pero con VOX subiendo en muchos sitios a la segunda plaza. En el PAU de Vallecas hubo incluso una mesa donde VOX fue el más votado (sección 18-068, no sé si hay casa cuartel de la Guardia Civil, pero tiene centro comercial [59] con IKEA, Carrefour y Tagliatella). Esto es un canario en la mina: gente que hace 15 años creían que se iban a comer el mundo… y que ahora ven que siguen dependiendo de una forma u otra de los padres, ya sea económicamente, para cuidar a los niños, o para poder usar la casa familiar en la playa. Gente que se siente engañada en sus aspiraciones.

Algo similar ocurrió en lo que podríamos llamar el “cinturón verde”: porque más allá de la corona metropolitana, en pueblos muy pequeños, hubo una segunda colonización urbanística por parte del PP: la construcción de urbanizaciones de chalets clónicos, para los enamorados del american way of life. Pueblos de 2000-3000 habitantes, que se duplicaron mediante urbanizaciones. Y aquí ni siquiera se molestaron en pasar por una fase naranja, sino que transicionaron directamente del PP a VOX.

 

Los pueblos del cinturón verde, ¡jajaja!

 

Pese a lo aparente en el mapa, las poblaciones son pequeñas, pero el mecanismo psicológico es el mismo: una sensación de abandono, de “estamos levantando España viniéndonos a vivir aquí y colonizando estos parajes abandonados, pero luego el estado no hace nada por ayudarnos”. Normal, porque servir a poblaciones tan diseminadas es un problema (¡que se lo cuenten a las diputaciones rurales!), pero en este caso la cosa no afecta a cuatro ancianos que no esperan nada más que no empeorar en los cuatro días que les quedan en este valle de lágrimas. Afectan a gente con aspiraciones y dinero. Gente que se ha abonado con 20 años de retraso a modelos no sostenibles ni económica ni ecológicamente.

En fin: que no deja de ser tremendamente sorprendente –y a la vez tremendamente ilustrativo- que el PP madrileño, cuando ha tenido libertad y capacidad de crear una sociedad nueva, literalmente desde cero, desde la infraestructura física, lo que ha creado son caladeros de votos para otros partidos. Quizás es porque el PP madrileño nunca ha tenido realmente un proyecto político (porque los proyectos políticos son proyectos de sociedad), sino que se ha tratado siempre del poder y nada más, de que manden las 400 familias que llevan ahí desde Fernando VII al menos. Por los medios que haga falta: manifiestos de los Persas, andar los primeros por la senda constitucional, hacerse isabelinos, de Canovas/Sagasta, de Primo de Rivera, falangistas de primera hora, opusimos convencidos, o demócratas de toda la vida. El Lüberallismo de los Aguirre boys no es una verdad revelada, sino sencillamente la fórmula mejor adaptada para mandar en esta nuestra época; en el franquismo hubiesen preferido control directo de la economía mediante empresas públicas, pero con elecciones de por medio que puede ganar la Anti-España pues mejor privatizarlo todo.

 

“Siempre en el Lado Malo de la Historia, Excelencia.” “Pero siempre también en el Lado Bueno de los Derechos de Propiedad, Don Manuel, que es lo importante.” “¡Si es que ambos van juntos, Excelencia!” “Por supuesto.”

 

Y cuando toque el siguiente cambio de paradigma (a juzgar por lo que se cuece por ahí, diría que una cierta protección social para los nacionales, combinada con la explotación masiva de extranjeros, degradados a modernos ilotas aquí y en sus países de origen), allí estarán, siempre prestos para mandar. Y lo de mandar, pues es lo que tiene, que no se puede compartir, menos aún con un PAUer cualquiera de Sanchinarro o un jefe de planta del Corte Inglés que los domingos pasa el cortacésped en sus 65 metros cuadrados de jardín tras un chalet hortera en Pozuelo del Rey. A estos, como mucho, se les puede ofrecer un puesto en la parte media de la cadena trófica, sin salirse de ahí, pero blindando su posición para ellos y sus hijos. Lo que viene siendo el feudalismo. Por eso los proyectos políticos del PP tarde o temprano llevan a la frustración política de sus votantes (sí, esto no es patrimonio exclusivo de la izquierda), y por esa brecha aspiracional es por donde se coló Ciudadanos hace cinco años. Ahora la brecha se ha cerrado porque, claro, “España se rompe” (siendo Ciudadanos no del todo inocentes en la histeria).

 

Las hegemonías

Volviendo al PP, 26 años lleva gobernando en Madrid. ¿Cuál es la causa? Teorías hay para todos los gustos [60]: que si centralismo, que si ventajas fiscales, que si ausencia de sentimientos regionales y por tanto la gente siempre vota en clave nacional, o un mix de todo. Estas cosas pasan en todas partes, y hay hegemonías muy duraderas: la CSU lleva 63 años mandando en Baviera, la CDU estuvo 55 en Suabia, el LDP lleva gobernando Japón casi 70 años. Sí, estos tres ejemplos son todos de entidades muy ricas, y los habitantes puede que estén defendiendo eso, pero Luisiana, Arkansas y Mississippi, tres de los estados más pobres de Estados Unidos, se tiraron 100 años con gobernadores del Partido Demócrata (a nivel local, tendríamos los 41 años del PSOE en Andalucía). De nuevo las causas son complejas y cambiantes con el tiempo, pero si buscáramos alguna causa que hubiese perdurado esos 100 años, tendríamos que fijarnos en el masivo resentimiento contra esos cabezahuevo de los yankees, y el racismo (el cual a su vez estaría detrás de las leyes y regulaciones para impedir severamente el voto negro). Aquí, los yankees culturales a los que atizar son vascos y catalanes, obviamente, pero ¿quiénes son los negros de Madrid?

Esto ya enlaza con una cuestión mayor; una a la que la fuerzas conservadoras y reaccionarias de la historia (vamos, lo que de toda la vida ha sido “la derecha”) llevan enfrentándose 250 años: ¿cómo mantener un sistema de explotación en un sistema democrático? Al fin y al cabo, ¡los explotados podrían votar contra su explotación! Y la respuesta durante estos 250 años ha sido, con sus diversas reformulaciones, más o menos la misma: hacer que el principal peso de dicha explotación recaiga sobre aquellos que no tienen el derecho al voto. Por eso, históricamente, la lucha por ampliar el voto ha sido siempre una lucha contra la explotación (y por eso los liberales de principios del XIX eran de izquierdas, por mucho que ahora la derecha los reclame obscenamente para sí). Frente a esto, la derecha siempre ha mostrado una sorprendente capacidad de reinventar la explotación para hacerla recaer en gente que no vota (o en evitar que esa gente pueda votar, mediante requerimientos de alfabetización, de patrimonio, de no tener antecedentes, o directamente haciendo trampas con las reglas [61]), y por liberar a la economía del control democrático: actualmente, por ejemplo, es el sistema de libre comercio, que permite llevarse las fábricas a países donde tener a los obreros currando 60 horas semanales por 80€ al mes. Y en casa, mediante la explotación de los inmigrantes.

Del millón y medio de nuevos habitantes que ha ganado Madrid desde 1995, un millón y pico [62] son inmigrantes extranjeros. Uno de cada siete del total, uno de cada cinco en la capital, generalmente sin derechos políticos. Casi todos en edad de trabajar, pero sin que la Comunidad haya tenido que formarles o ayudarles durante los 20 años anteriores. Pero la política aborrece el vacío: un millón de personas siempre influyen en la política. En el caso de Madrid, ellos suelen ser los más afectados por el desmantelamiento de los servicios públicos, y por la ausencia de una regulación del alquiler. Y en el otro lado, hay cientos de miles de españoles (y sus familias) cuyas pymes están encantadas con este enorme ejército industrial de reserva, y otros tantos cientos de miles (y sus familias) encantados de poder poner en alquiler el pisito cochambroso heredado de la tía abuela Gertrudis a un precio insólito solo unos años antes. Esta explotación, claro está, tiene que fundarse también culturalmente. Porque las personas, a veces, somos real y genuinamente buenas, y podríamos votar no en función de nuestros egoístas intereses materiales, sino por pura humanidad. Para evitar eso, la explotación necesita disociar a los votantes de los no votantes: como ahora mismo la explotación ocurre mayormente en países musulmanes o sínico-budistas, ahí tenemos las histerias sobre “los moros” y “el virus chino” (aunque a esta última Ayuso no se ha apuntado, a saber porqué [63]). Y para los inmigrantes, pues ración diaria sobre los MENAS y sobre bandas latinas. Y ningún discurso basado en datos o apelando a su empatía va a hacerles ceder a los beneficiarios ni un ápice en este conflicto político. Básicamente, porque ya está presto el Biotopo para explicarles que ahí no hay conflicto político ninguno sino solo “mercado, libertad y sentido común”.

 

Lo que la izquierda debería hacer, obviamente, es otorgarles a los inmigrantes la ciudadanía y el derecho al voto. Por humanidad primero, y accesoriamente por joder.

 

Irónicamente, la única forma sostenible (las insostenibles ya las estamos viviendo) de que los modelos de PAUers y voxers sean viables es con crecimientos masivos de población que vuelvan a inflar un ciclo expansivo de la vivienda. Y dado que las dos Castillas ya están totalmente drenadas de cualquier recurso demográfico y el resto del estado tampoco está con muchos excedentes, eso solo deja a la inmigración extranjera para tirar del carro. Esta es la gran paradoja que tiene que resolver la derecha actual con los inmigrantes: económicamente los necesita, pero culturalmente son una amenaza a su fantasía social de poblaciones uniformes y homogéneas. La forma de resolver la paradoja: que vengan por ahora, pero como ilotas sin derechos, pagándose su sanidad [64], y con la deportación siempre a mano [65] por si las moscas (bueno, excepto para los boat-people venezolanos refugiados, que tras diez años de chavismo apenas tienen para comprarse a tocateja [66] un pisito en el Barrio de Salamanca, pero les dejamos porque son aún más radicales que los nativos [67]). Combinado con fantasías natalistas [68] y otros unicornios para hacer creer que esto es solo transitorio y en cuanto los españoles se animen a parir como conejos ya los podremos mandar de vuelta a casa. ¿Qué puede salir de esto? Pues lo estamos viendo: un difuso cabreo con cómo están las cosas. Cabreo que busca una salida, y los discursos histéricos de parte del Biotopo parecen ofrecer esa salida. Esa es la ola que está cabalgando Ayuso para mantener la hegemonía popular.

 

La covidia

Sobre este paraíso muy español y mucho español es sobre el que cayó como un meteorito la pandemia, causando el mayor número absoluto de muertos por comunidades autónomas, y el quinto proporcional a población. La pandemia ha sacado muchas cosas a la luz, pero sobre todo ha quitado el velo a quienes son los verdaderos señores del país: el sector de hostelería. O más probablemente, la hostelería ocupa en el imaginario de los mandamases el lugar de “la gente común” – ¡para muchos mandamases la única gente común que ven es cuando salen a comer en restaurantes! Así que las protestas de la hostelería se han vendido como “la voz de la gente”. Y Ayuso ha acudido presta como el viento a darles su apoyo, moral y material. Elevando los bares a Parlamentos Inoficiales de España, donde “pobres y ricos se pueden entender [69]” (en base a las propinas del rico, suponemos). Normal que ellos se lo paguen con una campaña de apoyo con carteles en restaurantes, bares y cervezas.

 

Cada país tiene la clase hostelera que se merece.

 

Y luego está la pandemia en si: primero, el gobierno de Ayuso elaboró un documento [70] para fijar “criterios de exclusión” a la hora de trasladar pacientes de residencias a hospitales. Específicamente, ancianos con un alto grado de dependencia, o deterioro funcional severo o grave. Se podría decir que mejor cuidarlos en las residencias; pues eso Ayuso tampoco lo hizo, hasta el punto de que tuvo que obligarla [71] el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (ni cotiza que el PP dirá en el debate que “las residencias eran competencia de Pablo Iglesias [72]”, y no es que PABLO no sea bastante bocachancla, pero las residencias no eran su competencia [73]). Esta gestión ha vista las dimisiones del consejero de Políticas Sociales [74], la gerente de Atención Primaria [75], la directora de Gerencia Asistencial de Hospitales [76], y la responsable de Salud Pública [77], esta última en protesta porque Ayuso pidiese solicitar el pase a Fase 1. Todo esto no impidió al PP madrileño inaugurar dos monumentos a las víctimas de Sepulturero Sánchez de la covidia. El primero fue una estatua que Ayuso tuvo que esconder [78] al descubrirse que era una obra de 1995 reciclada para la ocasión [79]; el segundo, un pebetero [80] con la inscripción [81]vuestra llama nunca se apagará” cuya llama se apagó a las 24 horas [82] de hacerse la foto. Ahora ya tiene instalación de gas [83].

Como solución propagandista, se recurrió a un clásico del PP: obra pública vistosa. En este caso, se levantó por 135 millones [84] un hospital enterito, el Hospital de Emergencias Enfermera Isabel Zendal [85], cuyo propósito fundamental era demostrar que “estamos haciendo algo” (me imagino que por eso obligaron a mogollón de gente a pasar por ahí [86] –todos menos los que mandan al estadio Wanda [87] para vacunarlos con AstraZeneca, en lo que parece un homenaje a Pinochet- para que lo vean y piensen “que tía la Ayuso, mira que pedazo de hospital”), y acusar a la oposición de “querer cerrarlo [88]”. Y como había una emergencia, pues todo se adjudicó por urgencia, es decir, sin concurso público: el mantenimiento [89], la conservación [90], la seguridad [91], el rastreo [92]… Las carencias [93] varias del Zendal, por supuesto, se atribuyen a conspiraciones [94] judeo-masónicas. Pero hay algo que todo hospital necesita, y que no se puede crear de la nada: personal sanitario. Así que la Comunidad -suponemos que por el procedimiento de urgencia-, viendo que con los voluntarios no bastaba, empezó a trasladar forzosamente [95] a trabajadores de otros hospitales (rebajando, suponemos, el servicio ofrecido en estos), y a amenazar con represalias [96] a quien se negara a ir.

Pareciera que Ayuso quiere que la evaluación de su gestión de la pandemia sea una evaluación del Hospital Isabel Zendal. Una evaluación de la que pretende que los votantes se queden en lo más básico e incontestable: el hecho de que hace un año el Zendal no existía, y ahora existe. Y que por lo tanto Ayuso ha hecho “algo”, mientras que “el Coletas” no ha hecho nada. ¿Funcionará? ¿Ignorarán los votantes su gestión? Pues hoygan, ¡a Salvador Illa no le ha ido mal!

 

“¡Zendal! ¡Zendal! ¡Zendal, Zendal, Zendal!
Hemos venido a emborracharnos/vuestra salud nos da igual”
(autor: @RLCar34)

 

En fin, hasta aquí los sollozos. La semana que viene, pasaremos a las lágrimas con moco tendido con la presentación de candidatos [97].