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“Traidor a su clase” – H.W. Brands

“Traitor to his class: the privileged life and radical presidency of Franklin Delano Roosevelt”

Franklin Delano Roosevelt, FDR para los amigos, fue seguramente el presidente más radicalmente progre que tuvo Estados Unidos en todo el siglo XX. Un Stalin, vamos, a los ojos de la derecha (que con el compromiso con los derechos civiles de Lyndon Johnson y el “buenismo” de Jimmy Carter también tiene lo suyo, aunque tampoco es para tanto porque al final los afroamericanos se pueden integrar en el sueño republicano, vean a Obama sin ir más lejos, ¡pero FDR directamente fue a por las cosas de comer!). Roosevelt quebró la hegemonía del partido republicano que venía desde la Guerra de Secesión [1], instaurando una hegemonía demócrata que duró medio siglo. 50 años que fueron una de las mejores épocas para la gente común de unos Estados Unidos convertidos en una potencia “progre” que contribuyó a la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial [2], al establecimiento de las Naciones Unidas, a la descolonización, y a 30 Años de Vacas Gordas [3] que hoy parecen ciencia ficción, snif.

 

El Diablo los cría y ellos se juntan.

 

Su radical presidencia, sin embargo, resulta más asombrosa aun cuando se conoce su privilegiada vida personal. Si comprarte un chalet hortera en el culo del mundo te convierte en el Marqués de Galapagar, no quiero ni pensar lo que hubiese dicho nuestra prensa patria de FDR. Roosevelt era un producto de la aristocracia americana de la costa este, nacido y criado entre algodones, y nada hubiese indicado que alguien así pudiese convertirse en el ídolo de la izquierda. H.W. Brands, de quien ya hemos reseñado una biografía de Andrew Jackson [4], intenta encajar estos dos aparentes opuestos en este libro.

 

La forja de un patricio

El abuelo materno de Franklin, Warren Delano, hizo una fortuna traficando con opio en China [5]. Delano protegió a su hija Sara de los pretendientes más pobres, resultando en que a los 25 parecía condenada a la soltería, pero se le cruzó el amor en la persona de James Roosevelt, un viudo de 52 años, miembro de la distinguida, rica y enorme familia Roosevelt [6], y primo lejano de Sara. Seguramente concibieron a Franklin en Paris, durante su luna de miel, que duró un año. Nacido en 1882, le criaron en una mansión señorial en el hinterland rural de la ciudad de Nueva York, aislado de otros niños e interactuando sobre todo con adultos. No fue al colegio hasta los 14 años. Niñeras del Ulster, tutores extranjeros, y frecuentes viajes a Europa le dieron un acento vagamente británico y gran don de lenguas. Sus hobbies favoritos: la vela y el golf. El no tener hermanos -y que su padre muriera cuando él tenía 18- le dio aun más papeletas para ser un niño de mamá, pues Sara le convirtió en el centro de todas sus atenciones. Ciertamente, siempre tuvo una confianza sin límites en si mismo.

Tras el colegio, la universidad. Resulta que Harvard, además de elitista, es clasista también por dentro, con la plebe por un lado y los “gold coasters” por el otro. Franklin, por supuesto, fue “gold coaster”, enrolado en los deportes (con entusiasmo, aunque sin destacar) pero sobre todo en el Crimson, el periódico universitario [7], donde aprendió los intríngulis del mundillo. En el tiempo que le dejaban estas aficiones, estudió un poco de todo para graduarse en Derecho (quisiera insertar aquí un emotivo recuerdo de mi propio paso por el primer año de la universidad, cuando ante los sucesivos suspensos nos decíamos “siempre nos quedará Derecho”). Buscando su primer trabajo, empezó a preguntar entre sus conocidos del club de vela, y acabó de aprendiz en Carter, Ledyard & Milburn [8], el bufete que, precisamente, se encargaba de defender a los grandes “trusts” de las leyes anti-monopolio. Sus primeras tarjetas profesionales indicaban que se tomaba su profesión un poco a cachondeo, como corresponde a alguien con el riñón forrado:

 

Franklin D. Roosevelt

Consejero de leyes

54 Wall Street

Nueva York

Quisiera llamar su atención sobre mis insuperables capacidades para llevar a cabo cualquier aspecto del negocio legal. Especialidad en facturas no pagadas. Instrucción sobre la cuestión del licor, gratis para damas. Se indagará alegremente en los suicidios raciales. Perros pequeños serán cloroformeados sin cargos. Bebés educados bajo dirección de experta abuela, etc etc.

 

En lo personal, con 21 se comprometió con una prima lejana suya, Eleanor Roosevelt, dos años menor. Tardaron un año en casarse porque Sara pidió aplazamientos para ver si se lo pensaba, pero nada, que el niño iba en serio. La luna de miel la pasaron en hoteles de 1000$ la noche (1000$ de entonces, cuando el salario medio por hora era de 22 centavos). A Eleanor, huérfana de padre, la llevó al altar su tío, el presidente de los USA Theodore Roosevelt [9], quien (aparte de monopolizar la atención en la boda) dejó la bonita frase “Well, Franklin, there’s nothing like keeping the name in the family”.

 

El salto a la política

A estas alturas ya deberían tener una imagen de Roosevelt indistinguible de un Borjamari cualquiera del barrio de Salamanca de Madrid, estudiando derecho en ICADE, veraneando entre Comillas y Puerto Banús, con siete primos llamados Cayetano que fueron asesores, secretarios de estado o imputados (¡o las tres cosas a la vez!) en los gobiernos de Aguirre y Aznar, y cero arrepentimiento o mala conciencia por su tren de vida. Y seguramente no se equivoquen demasiado (porque resulta que Bill Clinton está más forrado [10] de lo que FDR estuvo jamás, pero FDR tuvo contactos que Clinton nunca tuvo). ¿Cómo una persona así podría, no ya traer el socialismo a América, sino siquiera acabar en el Partido Demócrata?

En realidad, el que un millonetis decidiera hacer carrera política en el partido “del hombre común” nos sorprende porque somos hijos de sistemas políticos más modernos, a un romano del siglo II a.C. no le hubiese sorprendido en absoluto. La política, entonces, en 1910, y ahora, era un juguete de niños ricos, los únicos con el tiempo y dinero necesarios para prosperar en ella. Superado ese umbral, ya dependía de tus conexiones, de tus tradiciones familiares o incluso de alguna casualidad que fueses optimate o populare. En el caso de Roosevelt, podría perfectamente haber empezado en el partido republicano. No se le conocían sensibilidades sociales en 1910. Sus allegados, si es que se dignaban pensar en la política, eran mayormente republicanos. Empezando por su abuelo el camello de opio, que solía decir “no digo que todos los demócratas sean ladrones, pero todos los ladrones votan demócrata”, e incluyendo a su gran modelo, su primo/tío Theodore Roosevelt (aunque “Teddy” era miembro del “ala progresista” con genuinas preocupaciones sociales, y hasta hacía algo al respecto cuando su agresivo imperialismo le dejaba un rato libre). Pero por el lado de su padre sí eran demócratas, y Roosevelt tiró por ahí. Por tradición… y también por mero oportunismo: desde su nacimiento había estado empadronado en el pueblo de Hyde Park [11] (donde estaba la enorme mansión rural familiar), y podía vender eso como “no soy un cunero” para lograr una candidatura demócrata creíble en un distrito tradicionalmente republicano. Entre esto y el famoso apellido, en vez de ir a la asamblea del estado de Nueva York, que hubiese sido lo normal para un recién llegado, le ofrecieron ir directamente para el senado estatal. Apenas tuvo un mes para hacer campaña, pero la hizo “moderna” (alquiló un coche muy llamativo e hizo la ronda por los pueblecitos y ciudades, acompañado de un congresista federal) y ganó por 1440 votos sobre 30.000.

 

La entrada en la política del joven Roosevelt fue como todo lo demás de su vida: a lo grande y en bandeja de plata.

 

La política en Nueva York estaba dominada por Tammany Hall [12], un club político asociado principalmente al partido Demócrata. El club daba apoyo a inmigrantes recién llegados, que en Nueva York se contaban por centenares de miles, y les ofrecía conexiones para encontrar trabajo, vivienda, y asistencia legal. Con relativamente poco dinero se podía alcanzar a mucha gente, y Tammany Hall a cambio solo pedía una cosa: lealtad política a la hora de votar. Con esto, Tammany Hall controlaba elecciones, concesiones y acceso a cargos, y era una de las maquinarias políticas más corruptas de Estados Unidos. Podías prosperar sin su ayuda, pero no contra ellos. Roosevelt, sin embargo, con la inocencia del recién llegado y el desparpajo del niño rico que nunca ha conocido mucha disciplina, se negó a dejarse pastorear. Allí fichó a Louis Howe [13], bajito (“como un gnomo”, dijo Eleanor), desagradable, fumador empedernido, con una más que dudosa higiene personal, y “una de las cuatro caras más feas de Nueva York”, quien sería su gran asesor político durante los siguientes 20 años, y el jefe de sus campañas.

Y la suerte le siguió sonriendo. Las dos columnas del partido demócrata eran “el Sur” (los antiguos estados confederados) y las grandes áreas metropolitanas del norte, ahora mismo en plena efervescencia industrial. El primer pilar era brutalmente racista, y el segundo estaba dominado por maquinarias políticas brutalmente corruptas a lo Tammany Hall. Los demócratas del Oeste, herederos del Partido Populista [14], formaban un tercer pilar y solían desempatar. Con estos tres pilares tirando en direcciones muy diferentes, el americano medio prefería la solidez republicana, y desde la década de 1850 había elegido a un solo demócrata, Grover Cleveland, a la Casa Blanca. Pero en 1912, tras cuatro años fuera de la política y muy decepcionado con su sucesor, Teddy Roosevelt quiso presentarse para un tercer mandato. Ganó las primarias, pero el aparato impuso a Howard Taft [15], así que Teddy montó su propio Partido Progresista para ir por libre y dividió el voto republicano, dejándole al demócrata Woodrow Wilson la presidencia en bandeja. Como Roosevelt había apoyado a Wilson y montado un anti-Tammany para ayudarle, en seguida hubo carguitos para él: “Franklin, a ti te gustaban los barquitos y todo eso, ¿verdad?” “Sí.” “Pues no se hable más: viceministro de marina.”

 

He exagerado un poco las formas de su nombramiento, pero tampoco mucho.

 

Como encima el secretario titular [16] no sabía mucho de barcos, Roosevelt tenía bastante margen, y lo usó para… construir barcos, MUCHOS barcos (que, cuando podía, encargaba a astilleros de Nueva York), una armada capaz de garantizarle a Estados Unidos el control sobre ambos océanos. Todo, siguiendo el cursus honorum de Teddy, su gran ídolo político y al que intentaba emular en todo. Y también se ponía del lado de los obreros que los construían, intentando ganarles subidas salariales frente al desprecio clasista de los almirantes. No siempre lo logró, pero quedó claro su compromiso con ellos: en sus siete años y medio en la Navy no hubo ni una sola huelga en un astillero federal.

 

Política mundial

Al año de llegar al cargo estalló la Primera Guerra Mundial [17], poniéndole en el centro de acontecimientos mundiales. No está mal para un novato de 32 años que solo se ha presentado en un distrito con menos votantes que Lucena [18], ¿verdad? Se acopló perfectamente a la estrategia wilsoniana de nadar y guardar la ropa (Wilson fue reelegido en 1916 con el lema “He kept us out of the war”), hasta que la cosa tuvo suficientes apoyos para una entrada en la guerra. Su contribución a la victoria: una estrategia antisubmarina basada en barcos pequeños (que permitía encargar MAS barcos), una barrera de minas en el Mar del Norte (decisiva… si la guerra se hubiese prolongado hasta 1919), y un publirreportaje ama-de-casa-y-patriota de Eleanor en una revista, explicando cándidamente ante el racionamiento bélico que “haciendo que mis diez criados [sic] me ayuden ¡hasta he logrado ahorrar dinero!”.

En 1918, Roosevelt se dio una vuelta por el frente para hacerse la foto (le dejaron disparar un obús sobre las líneas enemigas). Y aquí la suerte ya le hizo un quiebro: contrajo la gripe española, que le tumbó un mes, que se cargó su propósito de alistarse, y que casi se carga su matrimonio y su carrera: tan débil estaba, que no pudo ni deshacer la maleta a la vuelta. Eleanor, abnegada esposa y madre de sus seis hijos, lo hizo por él… y se encontró las fogosas cartas que Franklin se intercambiaba con su amante, Lucy Mercer [19], secretaria de Eleanor para más inri. Un divorcio habría significado su ruina financiera y política, pero también habría sido un escándalo social para Eleanor y los niños. Finalmente, acordaron seguir juntos, pero con dormitorios separados y por puro pragmatismo (el ejemplo no cundió mucho en los cinco hijos supervivientes, que acumularon 19 matrimonios entre todos.) Aquí empezó también el despegue de Eleanor, a quien Brands dedica bastante espacio, que inició una vida propia socializando con gentes de mal vivir –sindicalistas, socialistas, feministas, y amantes lesbianas [20]– que tendría mucha influencia sobre las posteriores políticas de Franklin.

La posguerra contempló el hundimiento total del partido demócrata, por la apuesta wilsoniana de convertir la política exterior en el centro de la campaña. Los republicanos recuperaron la presidencia y ambas cámaras. Roosevelt fue el candidato a vicepresidente en 1920. La elección [21] fue una debacle… para el candidato principal, Cox; a Roosevelt le sirvió para darse a conocer (y ya que estaba, usó su nuevo lustre para sentarse en un par de consejos de administración).

 

La Desgracia

Con todo aparentemente bien encaminado, en el verano de 1921 ocurrió lo que casi todos los biógrafos, Brands incluido, describen como la gran desgracia de su vida (que ya es decir, teniendo en cuenta que en 1909 murió uno de sus hijos, aunque es cierto que no le transformó tanto como esta): contrajo una poliomielitis que le dejó parapléjico e incapaz de usar las piernas, y desapareció de la escena política.

Muriéndose de ganas de hacer algo y mejorar, Franklin compró un balneario en Georgia y lo convirtió en un sanatorio para enfermos de polio. Su experiencia con la enfermedad, con el sanatorio, y su imbricación con los problemas locales del Sur rural, una de las zonas más pobres de Estados Unidos, le abrió los ojos al sufrimiento de otros y a la interconexión de los problemas económicos (o al menos ese es el relato que luego vendió, que seguramente estaba un poco adornado, pero reflejaba una opinión sincera).

 

Sobre todo, le hizo apostatar del evangelio cívico americano de que todo el mundo recibe lo que se merece: a veces, pasan desgracias que no son culpa tuya.

 

Para seguir con el pie metido en la puerta, y ya que viajar le costaba mucho, empezó a invitar a la gente a venir a verle a él. A los visitantes los agasajaba con partidas de póker –ilegales- y abundante licor (igual de ilegal [22], no sé si por la lógica “son leyes estúpidas” o por la lógica “las prohibiciones son para el populacho”). Le dejaron dar el discurso inaugural en la convención de 1924, y en 1928, escudándose en su salud, renunció a las ofertas para que Al Smith fuera el candidato demócrata. La renuncia ocultaba un regalo envenenado: la economía iba como un tiro, y cualquier candidato demócrata iba a ser masacrado. Smith, como Roosevelt, era neoyorquino, y era artículo de fe que solo un neoyorquino podía ganar unas elecciones para el partido demócrata: era el estado más poblado, contenía la misma mezcla rural-urbana que el resto del país, y Grover Cleveland también había sido de allí. Peeeero: Smith era ítalo-irlandés y católico. Y en el Sur el Ku Klux Klan había renacido, con el mismo odio racial de siempre, pero ahora ampliándolo para incluir a comunistas, feministas, inmigrantes, rojos en general, los internacionalistas intelectuales de Nueva York, y también papistas. Smith, visto como la encarnación de todo aquello, no solo perdió las elecciones, sino incluso varios estados del Sur [23].

 

Es muy importante resaltar el anticatolicismo del Klan, no vaya a ser que algún alma cándida los confunda con nuestro KKK local.

 

La guinda, encima, es que Smith dejó el puesto de gobernador de Nueva York para centrarse en su campaña. ¿Y qué otro neoyorquino estaba ahí para tomarlo? Sí, nuestro amigo Franklin. Haciéndose mucho de rogar, que casi le tuvieron que decir “si quieres quédate en tu sanatorio y pasas una vez al año para firmar los papeles, ¡nosotros nos encargamos de todo!, pero necesitamos retener Nueva York”. Ganó por muy poquito [24], y frente a unas cámaras con mayoría republicana poco pudo hacer. Brands se ventila sus cuatro años de mandato en siete páginas, y la mitad son para Eleanor, que se encargaba de muchas visitas y relaciones públicas que su marido no podía por estar en silla de ruedas. Pero el game changer ya estaba al caer.

 

La Gran Depresión y el New Deal

Un año después, en 1929, la bolsa de Nueva York se hundió estrepitosamente, iniciando una crisis económica sin precedentes (y de la que ya hemos hablado aquí [25] y aquí [26]). El presidente Hoover, además, se agarró como un desesperado a las teorías de la “mano invisible”, insistiendo que en cuanto el mercado hubiese purgado sus ineficiencias, todo volvería a ser como antes. Y así pasaron un año, y otro, y otro más, y nada, todo iba a peor. Roosevelt repitió cómodamente como gobernador en 1930, y con eso y todo lo plantado durante 12 años al fin dio el paso para presentarse. Al Smith, resentido por los ataques sufridos en 1928 y porque Roosevelt había pasado bastante de él como gobernador, intentó colar que moralmente se merecía repetir, pero el partido estaba determinado a no perder la oportunidad y nominó a Roosevelt.

La campaña fue como Rajoy’2011 [27]: los demócratas hubiesen ganado poniendo a un patito de goma (siempre que el patito no fuese negro, judío o comunista, claro). Roosevelt innovó un poco usando por primera vez un avión, pero sobre todo con mensajes de radio, un medio que compensaba su minusvalía física y en el que llegó a ser un consumado maestro, con un ocasional Aló Presidente [28] que llegaba directo a los hogares de la gente (una vez en la Casa Blanca, Eleanor hizo cuñitas radiofónicas de seis minutos semanales por las que un “patrocinador [29]” le pagaba 3000$ mensuales; Eleanor donó todo el dinero, pero vamos, que aquello se consideraba de lo más normal). Durante la campaña dejó claro que con él el gobierno iba a tomar una dirección más intervencionista, pero siendo muy vago en los detalles, y cuñadeando que daba gusto: diatribas contra “lo que nos cuestan los políticos”, prometiendo a la vez gasto público y presupuesto equilibrado, y no hablando de impuestos. Arrasó en las elecciones [30], y los demócratas lograron el control de ambas cámaras.

El 4 de marzo de 1933, Roosevelt entraba en la Casa Blanca, que ya no iba a abandonar en vida (aquí no llevamos ni un tercio del libro). Con un bagaje, hay que decir, realmente pobre: ni como senador estatal ni como gobernador había hecho gran cosa, más allá de caerle en gracia al votante, venderse bien, y ser un animal político. Para disimular un poco, se trajo un “Brain Trust [31]”, una Conjunción de Cerebritos compuesta por gente “muy preparada”.

 

“Un Brein Trasto, listo para entrar a gobernar.”

 

En contraste con este bagaje tan pobre, Brands le atribuye unos planes muy ambiciosos, a saber: la total reordenación del sistema político americano. 20 años de política le habrían convencido de que el Sur era un lastre que hundiría una y otra vez al partido demócrata, y que había que crear una amplia coalición basada en su propio credo progresista (el progresismo era una corriente política que llevaba dando vueltas por Estados Unidos desde hacía una generación, pero sin cristalizar en un partido propio), uniendo al ala progresista de los republicanos con los votos de las grandes ciudades industriales (los años 20 fueron la primera década en que la población urbana superó a la rural). Dicha coalición sería tan hegemónica que podría prescindir del Sur. Aquí me parece que a Brands se le va un poco el entusiasmo: como tres cuartos de eso es lo que acabó pasando (Roosevelt logró montar esa “coalición del New Deal [32]”, aunque sin formar un nuevo Partido Progresista sino dentro del Demócrata; el Sur siguió formando parte de ella de forma subordinada, hasta que los republicanos dieron un giro en los sesenta [33] para capturarlo, aunque gracias a triquiñuelas legales los demócratas dominaron la política local del Sur hasta los años noventa), Brands lo atribuye a la genialidad de Roosevelt y a un milimétrico plan que estaba ahí desde el principio. Eso es tirar la flecha y pintar luego la diana alrededor, aunque no quita que Roosevelt siempre tuviese un objetivo vagamente similar en mente para el largo plazo, y luego fuese aprovechando las oportunidades para improvisarlo.

Del New Deal, por resumir: Roosevelt dijo “yo creo en una moneda sana, como el patrón oro… pero ahora mismo nadie más lo tiene, así que vamos a suspenderlo un ratito y luego ya veremos”. Y a continuación empezó a gastar dinero a espuertas, a rescatar empresas, y a planificar y dirigir sectores enteros. En cien días [34] salvó a los bancos americanos, al capitalismo y a la democracia liberal.

 

El populismo

Por supuesto, todo esto no nació de la mente privilegiada de Roosevelt, sino que tuvo abundantes apoyos en las cámaras y una fortísima corriente pública detrás; Roosevelt simplemente lo apoyó a tope -porque la mayoría de reformas aumentaban el poder presidencial- pasando de todas las histerias que gritaban “¡comunismo!” a cada paso que daba. Dentro del amplio fermento populista destacaban varios campeones: el padre Coughlin [35], un sacerdote católico cuyas tertulias radiofónicas tenían 30 millones de oyentes y que empezó apoyando a Roosevelt y al New Deal (para acabar oponiéndosele, admirando a Hitler, y denunciando al “Jew Deal” como una maquinación judeo-comunista para la dominación mundial). Francis Townsend [36], un médico que proponía pensiones de 200$ para todos los mayores de 60 (con dos condiciones: que dejaran de trabajar y gastaran todo ese dinero). Upton Sinclair [37], el periodista autor de La Jungla [38], un libro sobre la industria cárnica pensado para empujar a los americanos al socialismo (aunque al final hizo mucho más por extender el vegetarianismo), que inició un movimiento de masas en California para redistribuir la tierra. Y el más colorido de todos, el demócrata Huey Long [39].

Imaginen un político defendiendo hoy en día un programa con: limitar las fortunas a 50 millones de dólares; limitar las herencias a 5 millones de dólares; limitar los ingresos anuales a 1 millón de dólares; una renta básica de un tercio de la renta media; la semana laboral de 30 horas; sanidad pública universal. Pues en la América de la Depresión, este programa [40] tuvo sus adeptos, y su principal defensor, Huey Long, logró llegar a gobernador de Luisiana y senador con el lema “every man a king, but no one wears a crown”. Incluso, llegó a sonar como alternativa a Roosevelt, cuyo “Primer New Deal” había evitado la catástrofe, pero tampoco lograba despegar del todo. Según las fuentes que consulten, Long era un reformador socialista o un fascista, y Roosevelt le describía como “el segundo hombre más peligroso de América”. Al final, la carrera de Long se truncó porque fue asesinado en 1935 [41], pero Roosevelt tomó buena nota de su popularidad e introdujo algunos puntos del programa en su “Segundo New Deal [42]”. Esta segunda fase del New Deal es la que creó la Seguridad Social americana y una nueva legislación laboral que protegía a los sindicatos (no todo era de rosa: ambos solo cubrían a parte de los trabajadores, y la gran mayoría de los afroamericanos estaban excluidos, pero era un avance en el límite de lo políticamente posible), y con ella Roosevelt logró la victoria más aplastante en unas presidenciales [43], y una mayoría de tres cuartos [44] en el Congreso.

“Ahora que esta gente [los conservadores] sale del refugio para tormentas”, se burlaba Roosevelt, “ya empiezan a olvidar que una vez hubo una tormenta.” Los conservadores de quejaban que el New Deal erosionaba la libertad. La libertad era la cuestión, dijo el presidente, pero la libertad significaba algo más que dejar a los ricos y poderosos hacer lo que quisieran. “No estoy a favor de un retorno a esa definición de libertad bajo la que durante tantos años un pueblo libre fue gradualmente regimentado al servicio de unos pocos privilegiados. Yo prefiero, y creo que vosotros también, aquella definición más amplia de libertad bajo la cual nos movemos hacia una mayor libertad y seguridad para el hombre común de la que nunca ha conocido en la historia de América.” […] El gasto público debía promocionar la prosperidad, pero tenía un objetivo mayor: la supervivencia de la democracia. “La democracia ha desaparecido en muchas otras grandes naciones”, dijo Roosevelt, “no porque no le gustara a la gente, sino porque se cansaron de desempleo e inseguridad, de ver a sus hijos hambrientos mientras estaban indefensos ante la confusión y debilidad gubernamentales.” Entre votar y comer, habían elegido lo segundo. Los americanos tenían una fe justificada en sus instituciones, pero la salud de estas instituciones requería un esfuerzo colectivo para asegurar las necesidades materiales del hombre común. “La salud de nuestra democracia depende de la determinación del gobierno de dar trabajo a hombres parados.”

 

Con la Constitución hemos topado

Este giro hacia el “Segundo New Deal” también vino motivado por un par de rapapolvos que le dio el Tribunal Supremo al Primero. Porque la Constitución de 1787 daba muy poco poder a la Unión, salvo cuatro articulillos para regular el comercio entre estados, algunos impuestos, y la oficina de Correos. Esos cuatro articulillos (con ayuda de algunas enmiendas) se habían ido interpretando de manera cada vez más amplia para construir el moderno gobierno federal, y Roosevelt hizo una interpretación más amplia todavía (en los primeros bocetos, la Seguridad Social era una extensión de Correos). Pero una pequeña empresa de venta de pollos, Schechter Poultry, llevó la regulación sobre la venta de pollos al Supremo y ganó [45]. Allí cayó toda la legislación [46] para la recuperación industrial. El mismo día (el equipo de Roosevelt lo llamó “el lunes negro”), los jueces del Supremo se cargaron la legislación anti-desahucios [47] y los nombramientos presidenciales a la comisión de comercio [48]. Roosevelt tuvo entonces que sacarse de la manga el “Segundo New Deal”, y por supuesto tiró de todos los registros demagógicos “los republicanos hacen lawfare para cargarse la voluntad popular”. Algo que no casaba mucho con que los tres casos se fallaron por unanimidad, incluyendo al superprogre Louis Brandeis [49]. Ganada la reelección en 1936, Roosevelt -con la excusa de “tienen sobrecarga de trabajo, los pobres”- intentó nombrar jueces adicionales [50] para lograr una corte más favorable.

 

El PerroChanchez de Hyde Park.

 

Todo el mundo se escandalizó de la burda intentona, e incluso los propios demócratas se la afearon y tumbaron. Aunque judicialmente la cosa salió bien (algunos jueces cambiaron de parecer, no sabemos si por la presión de Roosevelt o viendo por donde iba la “opinión popular”, y ya no vetaron otros programas), políticamente dañó muchísimo la reputación de Roosevelt. Muchísimos congresistas anunciaron que no colaborarían más con un aspirante a dictador.

(Aparte de por Teddy, Brands también le atribuye -¿o proyecta?- a Roosevelt una gran admiración por Andrew Jackson, de quién también ha escrito un libro aquí reseñado [4]. Jackson logró lo que Roosevelt ansiaba: una reordenación completa del sistema político [51], ampliando radicalmente la base de votantes al quitar requisitos de patrimonio, dejando al partido demócrata como hegemónico durante una generación. Además, Jackson también tuvo sus problemillas con el Supremo… y los resolvió por la vía de “los jueces han hablado, ahora, a ver si pueden implementar sus sentencias”. Fun fact: de lo primero que ha hecho Biden en la Casa Blanca es sustituir el cuadro de Andrew Jackson [52] que Trump había colgado en el Despacho Oval por uno de Ben Franklin.)

Para hacer el año completo, en 1937 la economía volvió a griparse. How come? Pues según a quien pregunte. Los halcones del déficit acusaban a “las políticas socialcomunistas de gasto e intervención”, los “new dealers” en cambio señalaban que el presupuesto federal de 1937 era el más equilibrado de Roosevelt, y que aún hacía falta más gasto (para Brands, Roosevelt por inclinación e historial tendía a los primeros, pero vio las oportunidades políticas del segundo enfoque, así como la posibilidad de hacer demagogia contra ricos, rentistas, y Wall Street en general). El caso es que, tras apenas unos meses de su segundo mandato, ya parecía un pato cojo [53], y en las midterms de 1938 [54] los republicanos recuperaron terreno. Junto con los Demócratas del Sur [55], muy conservadores, hasta hacían mayoría. Así que, ante el bloqueo interior, Roosevelt se volcó en el único campo donde un presidente estadounidense puede hacer un poco lo que le da la gana.

 

La política exterior

33 días antes de jurar Roosevelt su cargo, lo había hecho otra obsesión de esta su página amiga, Adolf Hitler [56] (ambos iban a abandonar el cargo, y este valle de lágrimas, 12 años más tarde y con 18 días de diferencia). Y de las primeras cosas que hizo Roosevelt en política exterior fue reconocer diplomáticamente a la Unión Soviética [57] (inserte aquí gritos histéricos y acusaciones de COMUNISMO). Con lo que ya tenemos a los “tres grandes” que van a dirigir la Segunda Guerra Mundial [2], representando a las tres grandes ideologías que chocarán: fascismo, comunismo, y democracia liberal. Si logran llegar al final de este artículo, encontrarán nuestro postureo al respecto.

Brands empieza esta nueva fase de la política exterior con la Guerra Civil Española y las agresiones de Japón e Italia en China y Etiopía, y afirma que “Roosevelt y la mayoría tenían clarísimo quiénes eran los buenos”. Ah, dirán los malos, ¿y entonces por qué no intervino? Pues ahí Brands se gripa un poco y tira de la constelación internacional (¿cómo iba a intervenir contra Alemania e Italia, si la propia República Española no afirmaba estar en guerra con ellos?), que le “obligó” a decretar un embargo contra la República, pero no contra Alemania e Italia. All right: igual el problema fue dar reconocimiento a los rebeldes como una “facción legítima”, y no como lo que eran; algo que Roosevelt podría haber solventado señalando los paralelismos con el reconocimiento de los Confederados en su propia Guerra Civil [1] (que la Unión consideró una “rebelión”, no una guerra civil). Pero el problema fundamental era el aislacionismo de los ciudadanos americanos, que aborrecían las aventuras externas y habían apoyado leyes de neutralidad [58] muy estrictas. Por eso Roosevelt lo más que pudo hacer era hablar de “cuarentenas [59]” a los agresores, especialmente a Japón (donde, evidentemente, jugaba a favor de un extendido racismo que contra Italia/Alemania no se daba), y seguidismo de lo que hiciese Gran Bretaña.

 

El tercer mandato y la entrada en la guerra

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en Europa, Roosevelt empezó a darle vueltas a la idea de un tercer mandato, algo inédito desde que George Washington decidiera retirarse tras el segundo. ¿Porqué? Por un lado, su deseo de lograr grandeza histórica, algo solo posible llevando al país a través de una gran crisis o guerra (sobre el New Deal, en privado reconocía que se había quedado corto). Y luego, cosas más mundanas como el hecho de que con 59 años no tenía ni ingresos ni patrimonio propio (su madre aún vivía – ¡y se habría tenido que mudar con ella a Hyde Park!). Eleanor y los niños ya tenían su propia vida, escribir memorias le aburría soberanamente, y sus hobbies (la filatelia y mezclar cocktails) tampoco daban para llenar 20 años de jubilado. Y ya. A su partido se lo coló con jueguecitos de tronos en la convención, y a los ciudadanos con el mensaje “no cambies al caballo en mitad de la carrera”, y “no mandaré a vuestros hijos a luchar en guerras ajenas”. Los republicanos por su parte nominaron a un empresario sin experiencia política, Wendell Willkie [60], que no era aislacionista e incluso ex-demócrata, y que hizo una campaña muy agresiva criticando el New Deal y el tercer mandato, “si uno es indispensable, ninguno de nosotros será libre”. Roosevelt ganó con comodidad [61], gracias a los votos del Sur y las grandes ciudades, y ya pudo concentrarse en la guerra.

Roosevelt estableció muy pronto un canal directo con Churchill (basado en que a ambos les gustaban los barcos – Churchill le enviaba poéticos informes de las primeras batallas navales), que Churchill aprovechó para pedir a gritos armas y ayuda. Incluyendo una velada amenaza en forma de lamento, si perdemos tendremos que entregar nuestra flota a los nazis, y el Atlántico será una autopista directa de Bremerhaven a Nueva York, que Roosevelt por supuesto no se creyó. De todas formas, con las manos atadas y antes de las elecciones, no pudo hacer mucho, aunque es difícil decir si hubiese evitado la Caída de Francia. Lo que sí logró fue un acuerdo muy bueno [62] para recibir bases a cambio de unos destructores “sobrantes”. Ya reelegido, empezó aliviando las leyes de neutralidad para permitirles a los británicos el cash and carry [63], con los aislacionistas denunciando que se estaba poniendo en peligro la neutralidad. Una “neutralidad apolítica” que por ejemplo Charles Lindbergh [64] defendía en unos términos que solo le faltaba ponerse el uniforme de las SS (o la gorra de MAGA):

 

El vínculo americano con Europa, decía Lindbergh, “era un vínculo de raza y no de ideología política.” El aviador explicó: “es la raza europea la que debemos preservar, el progreso político ya seguirá. La fuerza racial es esencial, la política un lujo. Si alguna vez la raza blanca está seriamente amenazada, puede que sea hora para que tomemos armas y luchemos junto a ingleses, franceses y alemanes, pero no con unos contra otros por nuestra mutua destrucción.” […] La demanda de intervenir era puramente política, dijo Lindbergh. “La única razón de que estemos en peligro de vernos envueltos en esta guerra es que hay poderosos elementos en América que desean que tomemos parte. Representan una pequeña minoría del pueblo americano, pero controlan gran parte de la maquinaria de influencia y propaganda. […] Es hora de que el sustrato de carácter de este país se alce y reafirme, para derribar estos elementos de beneficio personal e influencia externa.”

 

Cuando Hitler lanzó Barbarossa, Churchill respiró aliviado, pero a Roosevelt la cosa se le complicó políticamente, y puso al Departamento de Estado a hacer malabares dialécticos -“Hitler está haciendo guerra activa contra la democracia, Stalin no”-, mientras los aislacionistas berreaban, e incluso el futuro presidente Harry Truman decía “deberíamos apoyar a aquel que pierda para que se maten entre ellos lo más posible”. Pero sin elecciones por delante y viendo la reacción del público (que seguía sin querer ir a la guerra, pero tampoco quería que Hitler ganara), Roosevelt empezó a mandar ayudas.

 

“A ti te gustaba borrar a gente de las fotos, ¿no?” “да.” “Pues te alegrará saber que te borrarán de esta.”

 

Pronto, Churchill y Roosevelt organizaron un encuentro (en barquitos, como no) para conocerse en persona y redactar unos mínimos para el mundo después de la guerra. Conocidos como “la Carta del Atlántico [65]”, declaraban que los firmantes no buscaban anexiones, que reconocían el derecho de todos los pueblos a la autodeterminación, que querían comercio libre y libertad de los mares para todos, libertad de culto, y que aspiraban a un nuevo orden económico global que le garantizase a todo el mundo y a todos los países el progreso político y económico. Incluyendo, ojo, “seguridad social”. Posteriormente, todos los Aliados tuvieron que firmar la Carta, que fue la base de las Naciones Unidas. Habida cuenta de lo que Stalin hizo con Polonia, lo de “no queremos anexiones” sonaba un poco hueco. Ídem, lo de “libertad de culto” (Stalin intentó cambiarlo a “libertad de consciencia”, pero al final firmó). Pero el “derecho de autodeterminación” ya tenía que sonar a farsa para esa cuarta parte de la humanidad que vivía en el Imperio Británico (el “comercio libre” venía con la coletilla “siempre respetando obligaciones existentes”). Por eso la firma de Roosevelt, combinada con su conocida política en favor del hombre común, le convirtió en el héroe de gentes de todo el mundo.

En el otoño de 1941, determinado ya a entrar en la guerra en Europa, e intentando aprovechar los torpedeos del Reuben James [66] y del Kearny [67] para hacer un Lusitania [68], Roosevelt se arrancó por bulerías con un par de fakes, anunciando por la radio la existencia de un mapa alemán que dividía las Américas en cinco estados títere (mapa falso, y el propio Roosevelt debía intuirlo cuando se negó a mostrarlo), y de un plan alemán para “acabar con todas las religiones, confiscar los lugares de culto, y encarcelar a sus sacerdotes en campos”. Como buen político americano, Roosevelt tenía que envolver todo con un mensaje religioso, pero teniendo en cuenta que ya iban suministros a la atea Unión Soviética, eso era dar munición gratis a los aislacionistas.

 

Por no mencionar que cada soldado de la Wehrmacht llevaba “DIOS CON NOSOTROS” en la hebilla del pantalón.

 

Durante todo este tiempo, también por afinidad personal con Europa, Roosevelt tenía clarísimo que “Alemania primero”. En el Pacífico, su actitud era de “ojalá los japos no la líen”, y estaba dispuesto a llegar a algún acuerdo con ellos… y ellos con él. Pero ambas partes lo querían en sus propios términos, y las conversaciones se estancaban. Estados Unidos, cuya maquinaria bélica estaba tomando velocidad, se podía permitir dejar pasar el tiempo. Japón, ya un poco agotado tras diez años de guerra en China, no. El 26 de julio, Roosevelt congelaba activos japoneses en Estados Unidos. De facto, una declaración de guerra económica sin consultar al Congreso. Cayó el último gobierno civil japonés, y subió al poder el general Hideki Tojo. Los militares se hacían con el cotarro, y como militares gonna militarear, decidieron resolverlo todo por las bravas: un ataque sorpresa sobre Pearl Harbor para inutilizar la flota americana, y una rápida campaña de conquista sobre Singapur, Filipinas e Indonesia, para hacerse con los recursos necesarios. Roosevelt ya tenía la guerra que no quería, pero por suerte Hitler hizo la tontería [64]de declararle a él la guerra que el Congreso quizás no hubiese aprobado.

 

La guerra

¿Recuerdan que para Roosevelt Huey Long era “el segundo hombre más peligroso de América”? Pues el más peligroso era el Jefe del Estado Mayor, Douglas MacArthur, que en 1932 había desbaratado personalmente una acampada de protesta [69] de veteranos de guerra, vendiéndolo como “he evitado una revolución comunista”, con gran éxito de prensa y público en la derecha americana, que le comparaba –favorablemente- con Mussolini [70]. Incluso sonó su nombre en los rumores de un golpe militar [71] promocionado por los empresarios contra la presidencia de Roosevelt en 1933. A este caballero lo puso Roosevelt al frente de las fuerzas americanas en el lejano oriente, en lo que parece un reparto bipartidista de la guerra, “los fachas y racistas con vuestro campeón reaccionario contra los japos, los progres con nuestro conciliador Ike [72] contra los nazis”.

El cogollo de las decisiones estratégicas era saltar al continente europeo y abrir ese segundo frente que “Joe”, como le llamaba Churchill, exigía desde Moscú. Churchill se cerró en banda a intentar nada: en 1942 habría sido seguramente imposible, y convenció a Roosevelt de empezar a mordisquear el imperio nazi por el Mediterráneo. Luego fue a Moscú a explicárselo a “Joe” dibujando un cocodrilo en un papel, “que por arriba está duro pero por abajo es blandito”. Mientras, los japoneses llegaron a tiro de piedra de la India. Aquí Roosevelt intentó convencer a Churchill que igual había que ofrecer algo a los hindúes, perspectivas de independencia o al menos autogobierno, para que la Carta del Atlántico no fuese una farsa y los hindúes no se echasen en brazos de los japoneses. Pero nada, Churchill se cerró en banda con una batería de argumentos que ya debían oler a rancio en 1895, cuando Churchill servía en Bangalore con el ejército imperial. Y frente a los nazis, Roosevelt estaba desesperado por que hubiera combates en tierra antes de las elecciones de 1942 [73], pero se plegó a los militares. Aun así, los demócratas salvaron los papeles, y para principios de 1943 ya estaba liberado el norte de África [74]. Pero de nuevo Churchill lio a todo el mundo y usaron 1943 para atacar Italia en vez de desembarcar en Francia. ¡Cualquier diría que estaba más preocupado por mantener el Raj [75] que por la democracia liberal!

 

Sabía que sin la India su querido Imperio Británico se vería reducido a esto.

 

La obsesión colonial explica también la querencia de Churchill por Charles de Gaulle. Roosevelt aceptó el trato que Eisenhower hizo con Darlan [76], y estaba abierto a trabajar con Giraud [77], pero Churchill insistía con de Gaulle… porque de Gaulle, en lo del colonialismo, era igualito que Churchill. Roosevelt, en cambio, tenía planes MUY progres (para la época) para después de la guerra: que las Naciones Unidas, surgidas de la Carta del Atlántico, supervisasen a los gobiernos coloniales y llegado el caso certificasen la “madurez” de cada colonia para decidir su futuro, incluida la independencia. La cosa empezó a tomar forma en la Conferencia de Casablanca (Roosevelt y su asesor Hopkins fueron con los nombres en clave “Don Quijote” y “Sancho Panza”, Churchill bromeó “traeros a Willkie y llamadle Molino”), a donde De Gaulle se negó a acudir hasta que Churchill amenazó con quitarle la paga. Y aprovechando que “Joe” estaba en casa ocupado con Stalingrado y no podía abroncarles, decidieron también que no habría segundo frente en 1943. A cambio, le prometieron una campaña de bombardeos [78].

Finalmente, Roosevelt se echó un órdago anunciando que el objetivo de la guerra era lograr la “rendición incondicional” del Eje (algo ya pactado entre bambalinas, el órdago fue el anuncio público porque Churchill había confiado en lograr al menos un pacto con Italia). Lo de la “rendición incondicional” empezó a dar problemas cuando en Italia se deshicieron de Mussolini [70]. Nada, nada, rendición incondicional, insistían los Aliados, aunque ya empezaban a argumentar que rendición incondicional, pero del Fascismo, y sin Mussolini… bueno, muerto el perro se acaba la rabia, ¿no? Un cambalache difícil, pero no imposible, y de hecho ya había nacido en Roma el ONVRE que 32 años más tarde iba a realizar esa misma pirueta en España. Pero su familia se lo había llevado a Lausana, y nada, al final la cosa se gestionó tan mal que los soldados italianos se desmovilizaron, los alemanes lograron ocupar media Italia y los Aliados se comieron un frente más. Pero drenaba recursos de otros frentes, y la doctrina se mantuvo.

En noviembre de 1943, al fin se produjo la conjunción planetaria tanto tiempo ansiada: el encuentro personal en Teherán [79] entre los líderes del bolivarianismo soviético y el bolivarianismo de la izquierda cayetano-caviar. El propio Roosevelt dijo que solo fue para conocer a Stalin en persona y así lograr cierta química personal (cosa que logró aceptando su invitación a hospedarse en la propia embajada soviética, haciendo chistes a costa de Churchill, y explicándole al georgiano que, mira, tengo unas elecciones pendientes y votan seis millones de polaco-americanos, así que tengo que ponerme algo duro con lo de Polonia, pero después de las elecciones ya hablamos en serio; cosa que Stalin aceptó sin problemas). Se habló de China, de las Naciones Unidas, del futuro de Alemania, y del Segundo Frente [72]. Todo en un ambiente muy cordial, coincidiendo con el 69 cumpleaños de Churchill.

 

A veces hay que andar un trecho de la mano del Diablo, nos dice el extremo centro. Lo que no sabíamos es que a veces hay que soplar con él las velas del cumpleaños.

 

Capitán Superprogre

Conforme se acercaba el final, y aprovechando la campaña presidencial de 1944, Roosevelt empezó a articular cómo debía ser el futuro para Estados Unidos y el mundo entero, en discursos con un nivel de progrerío buenista que se entiende que el extremo centro prefiera obviarle al hablarnos de esta guerra, pues el 90% de lo que hacen hoy es combatir precisamente ese mismo progrerío buenista:

 

“Nos hemos dado cuenta que la libertad individual no se puede realizar sin seguridad económica e independencia. Gente hambrienta y sin trabajo son el material con el que se forjan las dictaduras.” Asegurando que esta verdad política y económica era “evidente”, Roosevelt proclamó “una segunda carta de derechos para establecer seguridad y prosperidad para todos independientemente de posición social, raza o credo:

El derecho a un trabajo útil y remunerado […]

El derecho a ganar lo suficiente para proveer comida, vestimenta y ocio […]

El derecho de todo empresario, grande y pequeño, a comerciar en una atmósfera de libertad, libre de competencia abusiva y dominio de monopolios, en casa o fuera;

El derecho de toda familia a una vivienda digna;

El derecho a una sanidad adecuada […]

El derecho a protección de los problemas económicos causados por la edad, enfermedad, accidente o desempleo;

El derecho a una buena educación.

[…] Cuando termine esta guerra debemos avanzar en la implementación de estos derechos para alcanzar nuevas cotas de felicidad y bienestar… si no hay seguridad en casa no habrá paz en el mundo […] Si la historia se repitiese y volviésemos a la “normalidad” de los años 1920, entonces es seguro que, aunque hayamos vencido a nuestros enemigos en los lejanos campos de batalla, habremos cedido al espíritu del fascismo en casa.” […] “Siempre ha habido alegres idiotas en este país que creyeron que nunca habría más guerras para nosotros si todos en América volviésemos a nuestras casas y cerrásemos las puertas. […] Si estamos dispuestos a luchar ahora por la paz, ¿no deberíamos luchar por mantenerla en el futuro?”

 

Palabras bastante fuertes (incluyendo un “me llevo bastante bien con Stalin, que es un tío muy majo, y creo que nos llevaremos muy bien con él y con los rusos”), que se pudo permitir porque la guerra iba viento en popa e iba a ganar sí o sí. Aun así, y por asegurar, eligió para candidato a vicepresidente a Harry Truman, un senador de Missouri bastante conservador y no vinculado en exceso al New Deal. Una elección que tenía bastante de Dedazo Sucesorio, porque su salud estaba en las últimas. Físicamente, tenía la presión por las nubes, y los médicos le recomendaron frecuentes descansos y dieta estricta. Psicológicamente era aún peor: tres años llevando una guerra, doce de presidente, 16 ocupando cargos, y 23 desde la polio, que Roosevelt había superado por pura fuerza de voluntad, construyéndose un personaje del lisiado-optimista-que-no-se-deja-afectar, pero el desgaste empezaba a notarse, y no tenía a nadie con quien desahogarse (aparte de venir de una familia donde lo de mostrar sentimientos no se llevaba). A lo largo de su vida, apenas había tenido relaciones íntimas entre iguales: desde sus padres a la política y pasando por su matrimonio y familia, todo habían sido o mentores, o protegidos. Ahora, como presidente en un tercer mandato, y muertos Howe, LeHand [80] y otros íntimos, solo le quedaban mininons. Como Eleanor ya iba a su bola, volvió a recurrir a Lucy Mercer (ahora Rutherfurd).

Lo que ya no es cierto son las maledicencias de sus enemigos, de que empezaba a chochear cuando fue a ver a “Joe” por segunda vez, esta vez a Yalta [81], en febrero de 1945, que es la explicación de la derecha moderada (la derecha sin complejos prefiere decir que Roosevelt directamente era comunista) para lo que allí pasó. A saber: que Roosevelt se volvió el perrito faldero de Stalin y le sirvió media Europa en bandeja a cambio de lentejas: la participación soviética en las Naciones Unidas, el compromiso de declarar la guerra a Japón en cuanto Alemania se rindiese, y la promesa de “elecciones libres en Polonia”.

 

¡Estas son las Leonores que nos gustan! (Caricatura de 1935.)

 

La promesa de Stalin de celebrar elecciones libres en Polonia iba a ser difícil de implementar; Roosevelt era lo bastante miembro del Partido Demócrata para conocer los medios con los que su propio partido evitaba elecciones realmente libres en el Sur, y asumía que Stalin sería al menos igual de listo. Pero la mera promesa ya era más de lo que Roosevelt podía haber demandado, dado el control ruso sobre Polonia. Y era más de lo que Churchill ofrecía a la India o el resto del Imperio Británico. A lo mejor Roosevelt confió demasiado en la relación personal entre los líderes, pero ¿cuál era su alternativa? EEUU no podía dictarle su política a la URSS. No tenía ni suficientes soldados, ni la voluntad política. La única opción viable era estimular un comportamiento decente por parte del Kremlin, y eso exigía buenas relaciones con su líder supremo. “No digo que fuera bueno” [dijo Roosevelt], “dije que era lo mejor que pude hacer”.

 

Muerte y legado

Dos meses después de Yalta, el 12 de abril de 1945, Roosevelt murió en Warm Springs de una hemorragia cerebral. Brands se explaya en como todo el mundo (bueno, excepto los nazis, que hablaban de un Segundo Milagro [82]) lloró su muerte y se sintió huérfano. Seguramente exagerado, pero su legado desde luego perduró bastante. Dentro de Estados Unidos, sus sucesores en la presidencia siguieron siendo demócratas –con un interregno de ocho años por parte de un general “apolítico” [72] al que los demócratas también llegaron a ofrecer la candidatura-, y su partido y la Coalición del New Deal aguantaron su hegemonía hasta los años 70. Fuera, su gran creación, las Naciones Unidas, supervisó el final de los imperios coloniales.

Como siempre, una cosa es tener/retener el poder, y otra hacer algo útil con él. Con las minorías, su legado fue un poco meh: arrestó mediante una orden ejecutiva a todos los japoneses que vivían en Estados Unidos. Tardó diez años en renunciar a los derechos extraterritoriales en China y en eliminar las racistas limitaciones [83] a la inmigración china (para establecer un cupo de 105, literalmente lo que cabe en dos autobuses de ALSA, y solo porque China ahora era aliada contra Japón y había que apoyar la Carta del Atlántico con hechos). Y respecto a los afroamericanos, aunque Eleanor destacó por su activismo, lo mismo: Roosevelt ni siquiera fue capaz de promocionar una ley que convirtiera los linchamientos en crímenes federales (a día de hoy, hay que decir, sigue sin serlo [84]), y el New Deal les benefició poco debido a ciertas excepciones para sirvientes domésticos, aparceros y trabajadores rurales. Todo esto cortesía de los Demócratas del Sur, incluyendo a Hugo Black [85], un senador y ex del KKK al que Roosevelt puso en la Corte Suprema (si bien Black se había desvinculado del Klan años atrás y acabó siendo un juez bastante progre). El Sur, ese cáncer del partido, fue un freno constante a casi todo lo progre que intentó Roosevelt, y la victoria final de los progresistas y los derechos civiles echó a ese Sur en brazos de los republicanos allá por los años sesenta, donde sigue desde entonces.

Una de las preguntas fundamentales en política es “¿hasta dónde podemos llegar?” Muchos políticos no pueden llegar muy lejos, y otros que pueden no lo hacen. Roosevelt es quizás uno de los pocos que logró llegar casi hasta el límite de lo que permitía el sistema político americano, en el que se movía como pez en el agua. Y como con la Depresión y la guerra llegó a acumular un poder enorme, llegó bastante lejos, la verdad. A su clase social, a la que “traicionó” con el New Deal, le costó 40 años volver a sentarse en el machito como antes. Históricamente el gran legado de Roosevelt, como no, es la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, y la derrota del Fascismo a manos de la “democracia liberal”. Al menos ese es el tropo usado con gusto por el extremo centro español ni-de-izquierdas-ni-de-derechas-sino-del-sentido-común, para el que “democracia liberal” es básicamente su propio programa electoral enlazando con una tradición centenaria de democracia que derrotó, ella solita, al fascismo, con nada más que un pelotón de marines en Normandía y ondeando las barras y estrellas. Ignorando que quizás no faltó mucho y esa “democracia liberal” tal vez se hubiese alineado con los nazis [64]. Es decir, hoy “democracia liberal” es el estandarte de los propagandistas de la Tercera Restauración, frenéticamente emperrados en lavarle la cara [86] a la única casa reinante de Europa que en 1941 no estaba arrestada, exiliada en Londres, o haciéndose el sueco, y el manto con el que la derecha de toda la vida, sea naranja [87], verde [88] o azul [89], se inventa un pasado respetable, subiéndose a toro pasado a la opción ganadora (opción que era bastante más cercana a aquellos a los que les golpean en la cara con la “democracia liberal”). Una disciplina en la que, todo hay que decirlo, nuestra derecha ha alcanzado niveles de excelencia mundial.

 

Derechita española at its best.

 

Por eso hay que tener siempre presente cómo era esa “democracia liberal” durante las horas más oscuras (1933-1953), los 20 años desde la ascensión de Hitler hasta la muerte de Stalin. Porque durante todo ese periodo, los Estados Unidos de América fueron dirigidos por dos presidentes demócratas y muy de izquierdas, Roosevelt y su sucesor Harry Truman (un conservador con el carisma de un contable, que mantuvo el New Deal pero envuelto en formol), que aplicaron un programa socialdemócrata que hoy no se atreve a defender ni el ala más socialcomunista del gobierno más socialcomunista de la historia. Un programa que incluía la creación desde la nada de una seguridad social, el abandono del patrón oro, duplicar el gasto público federal (y después de la guerra duplicarlo otra vez), subir los impuestos [90] de forma acorde, atar en corto a los bancos, y como detalle perrofláutico legalizar drogas [91]. Y no solo esto, sino que de la mano de Roosevelt intentó expandir estas libertades y derechos de manera supranacional, creando una comunidad internacional basada en la igualdad de todos los seres humanos.

Y si a nuestro extremo centro o a nuestros “demócratas liberales” les hubiese tocado vivir allí durante esos 20 años, tengan por seguro que se hubiesen pasado todos y cada uno de esos 7300 días haciendo lo mismo que sus equivalentes de la época (y los actuales, que creen que con Biden ha llegado el socialismo [92]): berrear histéricos que Roosevelt era un tirano, que el “Jew Deal” significaba el comunismo en América, que la Seguridad Social estaba “importada desde Rusia”, que si la gente votaba esto la democracia evidentemente no funcionaba porque los votantes están engañados y solo piensan en las paguitas, que la libertad había muerto porque sin patrón oro no es posible ser libre, y lo siguiente será legalizar matrimonios interraciales [93] y que los negros puedan sentarse a tu lado en el autobús, “democracia liberal” lo llaman pero esto es una dictadura; y toda esta crispación la empezó Woodrow “Zapatero” Wilson, creando un impuesto federal sobre la renta que [94] no había pedido nadie, y apoyando el sufragio femenino [95] con los progresistas de todos los partidos (que yo estoy a tope con que las mujeres puedan votar, faltaría más, pero es que lo presentan como si los hombres nunca hubiésemos pensado en ellas cuando votábamos solo nosotros); y luego se quejarán que la gente vote a los fachas, ¡si la están obligando! Te juro que, si no fuera porque Hitler tiene ese ramalazo populista, yo le votaba. Bueno, igual lo hago. #soloQuedaMussolini

Por eso la nueva derecha española prefiere cantar las excelencias de Churchill [96], ese descarado imperialista [75], en vez de las de Roosevelt, al hablar de “democracia liberal” en esos años. Falseando lo que realmente ocurrió, porque a la troika fascismo/comunismo/“democracia liberal” habría que añadirle un cuarto sistema, “imperialismo colonialista de la vieja escuela”, que es donde tocaría integrar a Reino Unido y Francia. La “democracia liberal victoriosa frene al totalitarismo”, queridos centristas, la representaba Roosevelt él solito, y no Churchill, y se parece mucho más a cualquier socialdemocracia cachas que cualquier cosa defendida a la derecha de Ciudadanos el PSOE Podemos. Por eso hoy en España está poco menos que olvidado… y también en Estados Unidos, donde 80 años de propaganda no han pasado en balde. Los ricos no pagan traidores. Puta bida tete.