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30 monedas (HBO, 2020)

La relación de la cultura española con lo sobrenatural es complicada. Los alemanes, desde el Cantar del Nibelungo hasta el Faustus de Goethe, en cambio, no tienen esos prejuicios. Y ya ni hablamos de los grandes maestros, los anglosajones: desde Beowulf hasta Juego de Tronos [1], pasando por el 90% de Hollywood, su fórmula más manida para crear una historia es “invéntate un monstruo y luego mátalo”. Pero nosotros no. Incluso, hemos encumbrado como obra suprema de nuestra lengua [2] a una novela que va justamente de lo contrario: de que la fantasía desbocada y el inventarse monstruos y gigantes es malo y dañino, y nuestro héroe medieval por antonomasia [3] es un probo padre de familia injustamente desterrado y que se dedica a emprender, sin magia ni flautas, para labrarles un futuro a sus hijas. ¿Monstruos, gigantes y dragones? Moderneces innecesarias, impropias de un pueblo con los dos pies en la tierra, que al pan llama pan y al vino, vino.

Sin embargo, lo sobrenatural sí está presente en la cultura española, y mucho. Lo que ocurre es que es patrimonio de la única institución privada que aparece en nuestra Constitución con nombre y apellidos; institución que moldea, presenta e interpreta lo sobrenatural de la manera que mejor sirve a sus fines. Hablamos, claro está, de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y todo lo que hay de sobrenatural en nuestra cultura viene de ella, esto no tiene vuelta de hoja (había otras hojas, pero se quemaron, guiño-guiño). Incluso el Quijote, por muy down-to-earth que pretenda ser, no puede evitar tener un profundo poso cristiano. Los intentos de escribir fantasía o ciencia ficción en castellano han acabado en simpáticos experimentos [4] para consumo de unos pocos freaks; las películas de terror españolas -REC, El Orfanato, Los Otros (rodada en inglés, además)- suelen ser calcos más o menos afortunados de modelos americanos.

 

Un cura, un guardia civil, una empresaria, y una muchedumbre enfurecida. ¿Quién necesita inventarse monstruos? ¡Si con esto ya tienes media serie hecha!

 

Por eso, si hay que hacer una serie genuinamente española con elementos sobrenaturales y de terror, esta necesariamente tiene que tener un colorido (ojo: no un mensaje) católico. Que los entienda tu abuelita, vamos, la que ve “el Parte” en TVE1 y se santigua cada vez que sale Pablo Iglesias. A esa conclusión llegó un señor que estudió filosofía en la universidad de los jesuitas, un señor llamado Alex de la Iglesia, ya en 1995, e hizo con ella su obra maestra, El Día de la Bestia [5], aún hoy de lo mejor que ha dado nuestro cine (incluso siendo la película que disparó a Santiago Segura al estrellato). Y ahora, 25 años más tarde, se ha puesto a hacer una serie con el mismo material, rodando mayormente en Pedraza, Segovia [6], y con actores españoles e italianos.

(Limitar el elenco a españoles e italianos –algo no exento de riesgo, la frontera entre un italiano que habla español y un argentino se traza con cuchillo jamonero- es otra muestra de que ha entendido la esencia de lo sobrenatural en una cultura católica. Si algo hemos aprendido de The Young Pope [7] –y tiene mérito, porque me dormí la mitad de los episodios- es que incluso los mejores y más sexis intérpretes anglosajones no son rivales para unos simples actores del montón hispano-italianos cuando se trata de interpretar a miembros de la Curia. Que Hollywood es Hollywood, pero no puede compensar el haber vivido en sociedades marcadas a fuego por veinte siglos de catolicismo.)

 

Los españoles y Dios

Históricamente, los españoles han creído mayoritariamente en Dios. Punto para la Iglesia y la Derecha. Pero lo interesante es el “como”. ¿Cómo ha creído en Dios una población cuyas élites han hecho siempre lo posible por reducirlos a pobres e ignorantes peones de campo? Pues de la manera predecible: para la gran mayoría de españoles a lo largo de la historia, Dios era el equivalente astral del amo de la hacienda. Una hacienda donde el obispo vendría a ser el administrador, y el cura una especie de capataz de las almas. La vida en este valle de lágrimas es varear olivos para el señorito, y tras nuestro deceso pues nos tocará varear en el Gran Olivar del Cielo, probablemente bajo los mismos capataces y administradores que nos dirigen aquí abajo, que para algo son gente mejor y más preparada, como ellos mismos dicen (y además son primos lejanos del señorito y a veces coinciden esquiando en Baqueira).

Ahora: en una cosmovisión así, ¿qué es el Diablo? Cuando lo describen los capataces, perdón, los curas, suena como el equivalente espiritual a un agitador anarquista: alguien que con sus dulces palabras (y el ocasional escupir de fuego/atentado anarquista contra la autoridad) seduce a las pobres almas para que se rebelen contra el señorito. Que no se partan el lomo por migajas y exijan un reparto justo, o incluso –alejen a los niños, por favor- que la tierra sea para el que la trabaja. Sin embargo, y aunque no dudamos que para obispos y curas, perdón, administradores y capataces, un agitador anarquista es el equivalente a Satanás, para los pobres peones el Diablo se parece mucho más a… el amo del cortijo de al lado, enfrentado con el tuyo por alguna linde o alguna pelea familiar desde hace tres generaciones. Es decir, alguien con poder y con su propio “reino”, más similar a tu hacendado que a ti (por eso, aliarte con uno contra el otro siempre es mala idea: a la hora de la verdad, harán piña). Si el señorito te ve confraternizar con él o con los suyos puedes ser expulsado a las tinieblas. Satanás, para los españoles, no es el MAL ABSOLUTO (a no ser que la Conferencia Episcopal, por boca de esa simpática curiosidad patria que es el Arzobispo Castrense [8], determine que Satanás es catalán, y hoygan, no lo descartamos). Es simplemente otro señorito más con el que lidiar, y para el que vale lo mismo que para todos los señoritos, incluido Dios: ojalá no se fije en mí, que con lo mío ya tengo suficiente. Anden los señoritos a sus cosas, y déjennos en paz.

 

Íbamos a seguir, pero se nos ha aparecido la cara de Albert Rivera en las humedades de la pared, con un mensaje en arameo que Google Translate nos traduce como “Bueno, basta ya de echar la culpa a los pobres emprendedores agrícolas, ¿no?”

 

El Diablo viene a cenar

Por desgracia para los españoles que protagonizan esta miniserie de 8 episodios, el Diablo sí se ha fijado en ellos, y la tenemos liada. ¿Y qué quiere el Diablo? Pues muy claro no queda, más allá de lo de siempre, que es sembrar el caos y la discordia, y deshacer el Plan de Dios. Que igual no es para tanto el Plan, porque Dios, así en general y en la obra de Alex de la Iglesia en particular, no está presente. Si el devenir de la Historia es una partida de ajedrez entre Dios y el Diablo, a veces parece que Dios puso las fichas, abrió con el peón de torre, el muy cachondo, y nos dejó seguir a nosotros.

La justificación de esto (Dios nos pone en el tablero, y arreando, que es gerundio) es que, al parecer, Dios no puede intervenir porque entonces no existiría el libre albedrío. Que yo lo entiendo para situaciones humanas como darte un toquecito al aparcar, y elegir entre darte a la fuga cual rata o dejarle tu número al afectado en el parabrisas. Pero cuando interviene Satanás en persona lo de “libre albedrío” suena un poco a “libre albedrío de empresa y niño de ocho años para negociar libremente y entre iguales un contrato de diez horas abajo en la mina”. Dicho encima por el dueño de la mina.

 

Queremos declarar enfáticamente que no creemos que Dios posea acciones en compañías mineras mediante testaferros en paraísos fiscales. Pero no ponemos la mano en el fuego por su sobrina Bárbara.

 

De modo que en la serie abunda lo paranormal al servicio del Maligno, pero ni un cable divino, ni un mal arcángel con su espada flamígera para echar una mano cuando se te aparece un niño araña del tamaño de un trolebús para comerte. Libre albedrío, recuerden, ¡haber elegido no ser comido! Vamos, que Satanás es solo la excusa para poner monstruos y así demostrarles a los pérfidos anglosajones que aquí también podemos inventar, eh.

Luego, también hay unos “malos” humanos, los autollamados “cainitas [9]”, que creen en el Evangelio de Judas [10] (muy resumido: Judas Iscariote era el bueno y traicionó a Jesucristo a petición suya, para que pudiera cumplir con su destino), y cuya teología es un maremágnum de autojustificación, hacer-el-mal-es-el-verdadero-bien, Dios-realmente-es-el-Diablo, y otras chorradas teológicas que nos muestran que, o los productores no confían mucho en nuestra inteligencia, o Alex de la Iglesia aprovechó muy bien sus años en Deusto echando partidas de mus en la cafetería. Sin embargo, para hacer el MAL ABSOLUTO como Satanás manda, estos cainitas no fundan un partido populista con un líder televisivo-carismático y un programa de RBU, economía descarbonizada, impuestos progresivos y muchos carriles bici en las ciudades, sino que se infiltran en la Curia romana y veneran objetos que hicieron daño a Jesús, como la corona de espinas o la lanza de Longino [11] (fun fact: dicha lanza formaba –supuestamente- parte de las joyas del Sacro Imperio Romano [12], y los emperadores la llevaron como amuleto en sus guerras contra los húngaros; Hitler se la quedó tras el Anschluss; ¡ciertamente es una reliquia cainita!). Se supone que esto –como todo lo demás- lo hacen “al revés” que la verdadera Iglesia, pero HABER, Alex: ¡que la propia Iglesia oficial usa como símbolo la Cruz! Algo que, suponemos, a Dios Hijo le debe tener mordiéndose las uñas para no aparecer en San Pedro del Vaticano durante la bendición urbi et orbi al grito de a ver, que me clavaron contra eso, ¿creéis que me hace gracia ver como lo veneráis?

 

Otras reliquias de los cainitas incluyen la Santa Cera Depilatoria, las Mancuernas Divinas, el Misterio de los Abdominales Anatómicamente Imposibles, y el Evangelio de “no, si yo no hago nada, solo controlo un pelín la dieta y ya, es todo natural”, quizás la enseñanza más difícil de creer.

 

Las titulares 30 monedas, que son la recompensa de Judas Iscariote [13] por haber traicionado a Jesucristo, son el macguffin de la serie, hilando los ocho episodios. Estos episodios aprovechan para introducir cada uno algún monstruo, en plan “ya que tenemos montada la justificación católica, vamos a explotarla a saco para meter todos esos elementos sobrenaturales que los anglosajones usan con total naturalidad”: una vaca que pare un bebé humano, adolescentes jugando a la ouija, un mundo al otro lado del espejo, un espantapájaros que cobra vida, humanos que se transforman en arañas gigantes… Los protas, por cierto, son puro Alex de la Iglesia: un cura de pueblo con un pasado como exorcista y boxeador; una veterinaria “de fuera”, objeto de todos los chismes pueblerinos; un matrimonio alcalde-empresaria que casualmente se acuestan en la cama de la forma que mejor luzcan sus formas y abdominales; un guardia civil que solo quiere que le dejen en paz; un Diablo que salió con Jennifer Aniston [14] en Friends [15]; y el tonto del pueblo. Una vez que nos hemos quedado a gusto de monstruos y costumbrismo, ya cerramos la historia de las moneditas del copón. El season finale culmina con todos los cardenales cainitas viniendo de todo el mundo, en sus coches con matrícula diplomática, para asistir a… pues no sabemos muy bien qué, porque un cura cargando cual defensa de rugby logra pararlo todo.

 

Este momento es tan bueno como cualquier otro para recordar que el Cuerpo Diplomático acreditado en España usa matrículas rojas con un código numérico donde los números 1, 2 y 3 fueron asignados a dos teocracias y un mentor ideológico (la Santa Sede, Alemania y Arabia Saudí), suponemos que en agradecimiento a los servicios prestados.

 

Valoración

En el final (muy abierto, uno no sabe si es porque hay segunda temporada o porque a Alex de la Iglesia lo de cerrar las cosas se le da un poco regular) aflora también un problema que la serie arrastra desde el inicio: la contradicción entre lo grande y lo chico. Donde el Día de la Bestia tenía lugar íntegramente en lo más cutre y tirado de Madrid, la serie altera escenas en escenarios top de Nueva York, Ginebra o Roma, con otras en el típico secarral a las afueras del típico pueblo castellano. Y el Finale Furioso ocurre en un castillo semiderruido y reformado para albergar bodas, bautizos y convenciones, tal que incluso han puesto un servicio de catering (con Alex de la Iglesia o el Diablo, no lo sabemos, encargando croquetas de pollo porque son más baratas que las de boletus). Sí, limitaciones de presupuesto y todo eso, pero se hace raro que –después de insinuar que es quien mueve los hilos en el Vaticano- Satanás decida anunciar el fin del mundo en un pueblo de Segovia de 300 habitantes, por muy mono que sea.

En fin, simpática y entretenida (tratándose de una serie de terror, no sé si esto es un piropo o todo lo contrario), perfecta para ocho episodios. Y probablemente ofensiva hacia los católicos, aunque no más que este post. Supongo que para ver series vale lo mismo que para hacer dieta, un matrimonio infeliz, un polvo o la muerte (por usar un chiste malo y manido, con el que hace años logré ofender gratuitamente a una chica católica a quien me gustaría poder decir que lo siento de veras): que no hay ni felicidad ni desgracia en esta vida que no se haga un poquito más difícil y pesada si eres católico. Vayan ustedes en paz.