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Barbarians (Netflix, 2020)

Por razones que no vienen al caso, hace dos años tuve que viajar un par de veces a Alemania. Entre otros lugares, esto me llevó a un pueblecito por la zona donde se desarrolla la serie que hoy les traemos, las tierras de los catos [1] y de los queruscos [2]: margen derecha del Rin, territorio ondulado sin ser montañoso, rural con bastante bosque (aunque menos que hace 2000 años, obviamente). Bosques y campos están en perfecto estado de revista, cada abeto digno de servir de árbol de Navidad premium, con molinos de viento en lo alto de los montes para hacerlo todo super-sostenible. Las pequeñas comunidades esparcidas por los valles están un poco desconectadas del mundo y viven en su pequeña burbuja, en esa especie de Biedermeier [3] atemporal imperante en la Alemania profunda, construido a base de IKEA, ALDI y Baumarkt. La vida gira en torno a cosas como bodas y funerales, mas las hazañas de “nuestros chicos” en la quinta división de la liga regional de Renania del Norte-Westfalia, que se llevan las portadas del periódico de la comarca (y de la hoja parroquial probablemente también). El culmen de la alta cultura es estar abonado al SPIEGEL [4], pero va a ser que la cultura está sobrevalorada: paseando por aquel bucólico pueblo, no podía dejar de darme cuenta de que los habitantes estaban forrados. Todo el mundo vive en granjas reformadas, o en chalets muy modernos y cuidados de dos y tres plantas (sin contar el sótano, más grande que bastantes pisos en España), con jardín, Mercedes, parabólica, y varios viajes por el mundo al año. Trabajo hay, en forma de una respetable y muy alemana fábrica a la entrada del pueblo, y si eso no te gusta, a 30 minutos en coche hay una ciudad alemana de tamaño medio que tendrá dos o más hidden champions de la economía mundial [5] pagando salarios de hasta seis cifras. Sí, el clima invernal puede ser un inconveniente, pero con tu sauna/jacuzzi, tu fibra óptica y tu televisión de 50 pulgadas creo que se puede sobrellevar. Todo estaba limpio, reluciente y cuidadísimo, vamos, yo he estado en quirófanos más sucios y desordenados. Todo en orden, alles solide. Hasta que lo vi. Pequeñas pegatinas, del tamaño quizás de un móvil, pegadas en una farola, un buzón, y dos o tres sitios más. Gritando en negro, rojo y blanco su mensaje al mundo: MERKEL MUSS WEG.

 

“Merkel debe irse.”

 

Paletos desgraciados y desagradecidos, pensé. ¿Cómo osáis poner en duda el Merkelismo, el estado superior del Marianismo? Estáis disfrutando del nivel de vida y desarrollo humano más alto del planeta, del periodo de paz más largo de vuestra historia, estáis aislados del mundo exterior, al que podéis ignorar abismalmente sin consecuencias, acolchados en un bienestar para el que sangra el resto de Europa, y todo ello gracias a ella. Y por una cosa medianamente decente que hace, por no querer recibir a tiros a los refugiados, que no va a venir ninguno a vuestro pueblo perdido, tranquilos, la queréis echar. Merkel, ignorantes, os lo ha dado todo. Merkel os ha protegido del mundo. Merkel lleva aguantando ahí desde 2005. Merkel es un ÜberRajoy que hace que Mariano parezca perroflauta. Merkel ha convertido a la izquierda alemana en un chiste, y lo ha hecho sin mayorías absolutas ni distritos electorales favoreciendo a la lista conservadora más votada. Merkel ha sobrevivido a la crisis de 2008, a los refugiados, al Atomausstieg [6], a todo. Merkel podría ser eterna, si no hubiese anunciado que no se presenta en 2021. Merkel es Dios de lo que Rajoy solo llegó a ser profeta. Y todo para que cuatro paletos incel de Kleindorfendorf, jugando a salvadores de la patria, ensucien su nombre. En fin, todo esto para decirles que yo, en esta serie, no he podido evitar estar del lado de los romanos.

 

El mito y la realidad

La Batalla del Bosque de Teutoburgo [7], que es de lo que va esta miniserie alemana de seis episodios, es uno de los mitos del nacionalismo alemán, versión “los alemanes, unidos, expulsando al invasor”. Especialmente allá por el siglo XIX, cuando la Alemania recién unificada buscaba algún referente luminoso y lo encontró en el líder del lado germano de la batalla, Hermann, al que le pusieron la estatua más grande de Alemania [8], en plan “Héroe primigenio y libertador de Alemania”. Como siempre, las estatuas dicen más de quienes las ponen que de quienes representan [9]: Bismark, metido de hoz y coz en una guerra cultural [10] contra los católicos, estaba encantado de recordarle a la gente que desde hacía milenios todo lo malo para Alemania venía de Roma (por no entrar en que, en realidad, Arminio solo lideró a su propia tribu, y a los pocos años fue acusado de aspirar a ser rey de todas las tribus germanas, y asesinado por sus presuntos compatriotas).

Por resumir un poco lo que sabemos: los romanos bajo Augusto [11], tras mantener unas cuantas décadas la frontera en el Rin, empezaron a empujar y probar si la frontera no podía llevarse también hasta el Elba. A esta nueva provincia entre los dos ríos la llamaron Germania Magna [12]. El control sobre sus habitantes era más bien tenue, pero los romanos eran unos cabrones muy pacientes y no tenían prisa.

 

Tanto va el bárbaro al bufete, que al final se romaniza.

 

Los germanos, sin embargo, no terminaban de pillarle el gusto a esto de ser romanizados. Aquí hay que decir (y la serie ahí es honesta) que ellos no se veían como “germanos”. “Germanos” fue una invención de Julio César [13], para distinguir a los moradores de la margen derecha del Rin –indistintamente “germanos”- de los moradores de la margen izquierda –indistintamente “galos”. Ellos se veían como catos, sicambrios, brúcteros o –y aquí llega la tribu que nos interesa- queruscos. Un joven querusco, hijo de un noble aliado con Roma, fue entregado como rehén y vivió varios años con los romanos, sirviendo en las legiones hasta conocerlas al dedillo. Le conocemos por su nombre romano, Arminio, germanizado posteriormente como Hermann. Cuando Jesucristo andaba más o menos en edad escolar, Arminio regresó a su tierra, aprovechó su bonito uniforme de legionario para ganarse la confianza del gobernador romano Publio Quintilio Varo [14], le contó que había una conspiración tribal en marcha, y le convenció de movilizar tres legiones (poca broma: el imperio tendría unas 24 legiones en total) para aplastarla. Varo cándidamente se dejó engañar, y cuando sus legionarios estaban estirados como un chicle en los estrechos caminos de lo más profundo del bosque de Teutoburgo, Arminio cerró la trampa y atacó con sus queruscos. No se salvó ni el tamborilero. Año 9 de nuestra era. El shock fue lo bastante grande para que Roma se retirara para siempre al Rin, y Augusto vagara por su palacio lamentándose “¡Varo, devuélveme mis legiones!”

 

Y ahora vamos con la serie

El caso es: ¿por qué esta serie, por qué ahora, y para qué? Porque el aniversario redondo ya pasó, Merkel inauguró una exposición ad hoc [15], y desde que terminó Juego de Tronos el tema “fantasía oscura en un mundo pre-industrial” está un poco agotado. Pero claro, las buenas gentes alemanas ni de izquierdas ni de derechas también quieren ver algo de ficción histórica en la tele, y como la República de Weimar está muy politizada y es coto privado de los rojos [16], hay que tirar de algo anterior. Y como las interpretaciones de la historia de Alemania son cuanto menos peliagudas, por unas movidas de los años 1930 y 1940 que igual han oído ustedes hablar, eso obliga a retroceder mucho en el tiempo para encontrar un periodo histórico no politizado que podamos disfrutar en paz. Tanto, que aún no existía la palabra Deutsch (derivada de una raíz que significa “pueblo”, y no usada hasta el siglo IX, cuando en la parte este del Imperio Franco buscaban una palabra para distinguirse de sus ex-compatriotas del oeste, porque como vas a tener dos naciones vecinas que se autodenominan ambas “francos”). Por lo demás, la producción es intachablemente alemana –interminables bosques de robles, y planos y planteamientos que parecen sacados de un cuadro de Kaspar David Friedrich [17]-, y hay abundante sangre para dar realismo y competir con la HBO.

La serie empieza como hay que empezar estas cosas: pintando la obligada imagen de felicidad y harmonía, que luego los malos perturbarán. Felicidad y harmonía que consisten en vivir en húmedas cabañas en mitad del bosque, beber mucha cerveza en las abundantes juergas que organiza el pueblo, trabajar lo justo para vivir tranquilos, y casar a las hijas de la forma más provechosa para el clan familiar. Con todos los MerkelMussWeg de todos los pueblecitos de Alemania diciendo “Buah, es que soy yo, Literal”. Sí, no es que estos germanos sean un primor de productividad, democracia y progreso, pero mire usté, ellos se lo guisan y ellos se lo comen. Establecido esto, llegan de repente los romanos a oprimir. ¿Y en qué consiste la opresión? Pues en pagar impuestos (técnicamente deberíamos decir “tributo”, ya que la economía de subsistencia germana no usa monedas y pagan con trigo y ganado). A lo bruto e indiscriminadamente. Y con muy malas formas. Algo que choca con el divide et impera que tan sabiamente aplicaban los romanos: ¡mucho mejor oprimir solo a la mitad de las tribus, y usar los impuestos para engordar a tus tribus aliadas, encantadas entonces de asistirte en tu empresa imperial para ser cola de león en vez de cabeza de ratón! La verdad, podrían haberse currado un rapto de mujeres germanas o algo así, aunque igual un mensaje no permitiremos que los pérfidos extranjeros rapten a nuestras hijas y nos impidan casarlas a cambio de cinco caballos en buen estado tampoco habría llegado a los corazones de los espectadores.

El caso es que esta historia la hemos visto recientemente ¿Dónde? Pues claro: en los países del Sur de Europa y en Grecia [18] en particular. Sí, eran poco productivos, peculiares en sus costumbres, y preferían trabajar lo justo para vivir tranquilos, aunque en vez de un moderno Mercedes Clase E solo les diese para un Corsa destartalado que solo circula porque el primo Alexis Tsipras y Letras trabaja en la ITV. Pero mire, Herr Schäuble, ellos se lo guisan y ellos se lo comen. ¿Qué los bancos alemanes (incluyendo las Sparkassen donde sus compis de partido están sentados en todos los consejos de administración) van a palmar pasta? Se siente. No haber prestado a lo loco y sin mirar. De donde no hay, no se puede sacar (el dicho equivalente alemán [19], por cierto, le pega incluso mejor a la situación: Wo nichts ist, hat der Kaiser sein Recht verloren, “donde no hay nada, el emperador pierde todo derecho”). No hay porqué entrar a caballo en Roma, Atenas y Lisboa (Madrid se libró porque Rajoy ya fue preventivamente a Bruselas a decir que sí a todo, y que el rescate no hace falta porque rendimos a nuestras hijas [20] de buena fe y voluntariamente) y decirles, encima en alemán, que toca entregar hasta la última oveja del rebaño a los nuevos señores, y que Germania Victrix, Untermenschen cabrones y despilfarradores.

 

“Vended vuestras islas, manirrotos griegos (y la Acrópolis también)”, “Los griegos solo quieren nuestro dinero”… En esta historia, el BILD sería el centurión malote soltando las burradas.

 

Vamos: que la serie es casi exactamente la historia de la UE y los griegos, pero con Roma de UE y los germanos en lugar de los griegos. Machacan a los demás y luego se hacen una serie para llorar de lo mucho que los machacaban a ellos hace dos mil años. Y los MerkelMussWeg, desde su apartamento en el tercer piso del chalet de papuchi, que lo paga todo con su trabajo en Kassel suministrando las piezas esenciales de toda la maquinaria de procesamiento de pescado del sureste asiático, encima pensarán que la serie es una representación exacta de la realidad, donde las élites globalistas les quieren freír a impuestos para dárselo a esos españoles vagos que no hacen nada, salvo estar todo el día de vinos y bailando flamenco. ¡Y Merkel encima actúa de cómplice, traicionando a su propio pueblo! En fin, ¿empiezan a entender mi creciente simpatía por los legionarios de las legiones XVII [21], XVIII [22] y XIX [23]?

A una de esas legiones, y con esto empieza la acción, una pandilla de germanos le roban el águila. En plan performance protesta, sin pensar mucho más allá. Pero las águilas romanas [24] no son un mero adorno: son la bandera nacional, cruzada con las reliquias del santo, y coronadas con la inmaculada virginidad de la princesa heredera. Vamos: lo más de lo más. Sabemos de legionarios que sacrificaron su vida para salvar las águilas de sus legiones, y cinco años tras Teutoburgo los romanos iniciaron otra guerra con el propósito explícito de recuperar las tres águilas perdidas, logrando al menos dos. Vamos: que si vas a meneallas, estate preparado. Y efectivamente, los romanos, basándose solamente en el testimonio de una rata traidora, crucifican a la familia del culpable y anuncian que como no haya águila, habrá más.

A Arminio todo esto le pilla en medio: él vive y se siente como un romano (Varo, en la serie, ha sido su padre adoptivo en Roma durante todos estos años), pero ha sido respirar el aire de los interminables y muy germanos bosques de robles, y el hombre ya se ha vuelto a sentir germano, así que intenta que la sangre no llegue al río. Esfuerzo inútil, claro, y así llegamos al punto donde, oh sorpresa, lo nunca visto en televisión, el-héroe-tiene-que-elegir-entre-opciones-excluyentes, rollo Pedro Sánchez llorando en la Moncloa porque le obligan a elegir entre Bildu y Ciudadanos, que los dos no puede ser. Y como no puede ser de otra forma, elige a los “suyos”, que la familia tira más que tus compañeros de armas de cien batallas y Varo, que ha sido un padrazao que hasta le ha logrado un ascenso a équites [25] (un poco antes la serie ha insinuado que Arminio decide matar a 15.000 compañeros porque se ha dado cuenta que nunca le van a promocionar como a un romano de origen) y le ha promocionado a jefe de los queruscos.

Una vez ha elegido bando, pues la cosa se resuelve como históricamente ocurre. Más o menos. Como el desenlace en Alemania lo conoce más o menos todo quisqui, hay que meter un par de elementos de tensión, quizás-se-desvele-el-complot, hay-una-rata-traidora, cómo-se-decidirán-los-jefes-de-las-tribus, y quién-se-lleva-a-la-chavala, pero que tampoco aportan demasiado, y finalmente ocurre la gran batalla, acompañada de abundante fuego para hacerla más espectacular, en vez de los tres días de lluvia que al parecer hubo, y una escaramuza final en campo abierto para hacerlo todo más vistoso (en la realidad, los legionarios aguantaron tres o cuatro días, en parte porque lograron montar un campamento fortificado donde resistir). Varo se suicida, aunque igual no lo hizo delante de Arminio con cara de reproche, en plan “hijo, cómo me has decepcionado, mira lo que tengo que hacer ahora”, y los germanos se pegan el festín padre, con todas las barbaridades con los muertos y supervivientes romanos que uno se espera. Viajeros romanos que años después pasaron por el bosque informaron de cuerpos tirados y cráneos clavados a troncos. Menos mal que, también por esas movidas de los años 30 y 40 que comentábamos, el buen pueblo alemán ahora declara en lo más alto de su Ley Fundamental que “la dignidad humana es intocable [26]”. Un artículo que, siendo sinceros, es precioso como lema; tan bonito, de hecho, que los Padres de nuestra Constitución lo incorporaron a la misma; eso sí, en décimo lugar, que antes hay que aclarar cosas más importantes como los colores de la bandera, la unidad indisoluble de la patria, la capitalidad del Estado, menciones a sindicatos y empresarios, no nos olvidemos de las Fuerzas Armadas, y por supuesto la forma política del Estado español; ¡que una cosa es la Dignidad y otra el Dignidaje!

La serie, que con alemana honradez muestra todas esas atrocidades, siempre lo hace en plan “esto son los brutos, que siempre hay, Arminio está por encima de todo esto, que para eso es nuestro héroe”. Porque esto, señores, es también una cosa muy alemana: no soportan ni una mancha en sus héroes, un verdadero héroe alemán tiene que ser perfecto y sin mácula, un ser de luz. Tanto, que al final es demasiado perfecto para este mundo corrupto, que no soporta tanta luz y tiene que matarle. Siempre a traición, quebrando la más alemana de las virtudes, la lealtad. Esa es la forma en que se entiende a Jesucristo entre el Rin y el Óder. Esa era ya la vida y muerte de Balder [27], el “más mejor” de los habitantes del panteón nórdico-germano. Es lo que le pasa al héroe ficticio de su gran opus medieval, Sigfrido, rey de los Nibelungos (al menos en las versiones depuradas del siglo X en adelante, en las anteriores aún resulta tan mundano que parece latino y todo). Así -con gran olfato para llegar a lo más hondo de los corazones alemanes- presentó la derecha alemana a sus fuerzas armadas en la Primera Guerra Mundial [28]: puras, leales, aguerridas, invictos seres de luz traicionados por un Dolchstoss. Y así es como la serie nos tiene que presentar a Arminio. Porque si no, no vende.

 

En la lista de héroes germanos sin mácula caídos por la mano de algún Judas, los MerkelMussWeg incluyen al Deutsche Mark. El roble, cuyas rojas se ven en la cara, es considerado como el “árbol alemán” por excelencia, y simboliza la firmeza y lealtad.

 

Con todo esto no queremos decir que la serie sea facha (aunque seguramente a los fachas les encantará). Es una serie calculada para dar máximo gusto a los MerkelMussWeg, y los MerkelMussWeg no son fachas, sino de “sentido común”. Y de su pueblo, y si amar a tu pequeño pueblecito es ser facha, bueno, pues entonces sí son fachas, qué pasa. Por situarnos: los guionistas trabajaron también en la serie Alerta Cobra [29], una serie tan alemana que tiene lugar casi exclusivamente en una autopista, que Antena 3 emitió en horario de sobremesa, y que tampoco puede ser facha porque el héroe es turco (si bien no llega a la categoría de Sigfrido o Arminio, ¡que al fin y al cabo es turco!).

 

Barbaren

Arminio: el Mario Draghi de los queruscos. Mario Draghi vivía tranquilo en la caótica y feliz Italia de los 80, hasta que su pueblo le entregó como rehén al imperio, al que sirvió con distinción en la Legio Goldman Sachs Invicta, y cuyas políticas implementó como Pontifex Maximus Europeus (aunque siempre tirando un poco para casita [30]). Arminio también vivía tranquilo en su caótico y feliz hogar, hasta que le tocó servir al imperio con distinción en las legiones de Panonia. Ahora, le toca implementar las políticas imperiales, pero también prefiere tirar un poco para casita. Como son tiempos un poco más primitivos, no puede estar a la vez dentro y fuera, y masacra a todos sus antiguos compañeros. Como curiosidad, el personaje tiene un equipo de fútbol de la Bundesliga [31] nombrado en su honor. Interpretado correctamente por un actor austriaco en alemán normativo, salvo cuando tiene que proclamar algo a viva voz, que se le escapa algún deje.

Thusnelda: personaje real [32], hija de un destacado gibelino, perdón, colaborador. Thusnelda decide ir contra los romanos por rabia contra su padre y porque han dejado inútil a su hermano. Como la sociedad germana del momento es un poquito así como heteropatriarcal, se mete en la única profesión donde dominan las mujeres: el sacerdocio/pitonismo. Allí logra un cierto renombre (no queda muy claro como), de modo que Arminio aprovecha para casarse con ella en plan “eh, es solo para avanzar la causa (pero ya que estamos, pues vamos a metel.la, ¿no?)”. La verdad, que una germana abandone ¡voluntariamente! a su clan para perseguir una noble causa es totalmente impensable en esa sociedad. Como también resulta raro que la chavala lleve el sobaco depilado.

Folkwin: un MerkelMussWeg. ¡De libro! Es decir, un chaval fuerte y grandote, nacido y criado en el mismo valle que sus ocho bisabuelos, y que va a todas partes con su cuadrilla de txabalotes, cortados con el mismo patrón que él (excepto Berulf, el cosmopolita, porque aunque su padre es del pueblo de toda la vida, ¡su madre nació a 40 kilómetros de allí!). En realidad, parece buena gente, pero no tiene demasiadas luces y desde luego no ha visto mundo más allá de Maguncia, que sin embargo le debe haber parecido Manhattan. De modo que se mete en cada fregado sin tener ni idea de las posibles consecuencias, o si la tiene mandándola al viento. Esta inconsciencia criminal nos la venden como “valor”, “arrojo” o alguna chorrada similar, lo que lo convierte en el ídolo de los MerkelMussWeg que vean la serie.

Segestes: germano destacado, se supone que antaño gran guerrero, aunque parece un poco bajito y panzón para ello. Tiene cara de canciller socialdemócrata que se chupó demasiados años en la Ostfront con la Wehrmacht, y por ello ahora está dispuesto a cualquier cosa por la distensión y para preservar la paz (característica destacada de todos los cancilleres socialdemócratas que ha tenido Alemania durante la Guerra Fría, que por ello han sido criticados duramente desde la derecha). Luego, en el fondo, resulta que además es una rata dispuesta a arrastrarse ante los poderes fácticos para prosperar en lo personal (característica destacada de algunos cancilleres socialdemócratas, que sin embargo nunca ha sido particularmente criticada por la derecha).

 

Intentó preservar la paz negándose a ir a Iraq, aplicó la Agenda 2010, y acabó de lobista para Gazprom, Rosneft y la Libyan Investment Authority. Por alguna razón, su tribu no ha levantado cabeza desde entonces, y han tenido que contentarse con ser un pilar secundario del Merkelato.

 

Publio Quintilio Varo: el hombre sureño, interpretado por un actor italiano hablando latín. (en general los diálogos en latín suenan un poco mecánicos, pero se aprecia el esfuerzo). Un señor tan fiel a Roma y a la idea de Roma, que ni se le ocurre que alguien pueda preferir su forma de vida tribal a la eficacia basada en datos que traen las legiones. Curiosamente, muchas veces los alemanes se refieren a esta batalla como la Varusschlacht [33], la Batalla de Varo.

 

De conquistas y hombres

La historia de Arminio, como dijimos, es un mito firmemente integrado en el nacionalismo alemán, que condensa los cinco siglos de interactuación entre los romanos y los germanos en “batalla de Teutoburgo”. Más o menos como el nacionalismo español ha condensado los dos siglos de conquista romana de Hispania en “Numancia [34]”: ya que perdimos, al menos que quede claro que les costó Dios y ayuda conquistarnos. Porque para los nacionalistas de todo color, esto de haber sido conquistado siglos atrás por pérfidos extranjeros es un poco como que te pasen la llave por el lateral del coche: algo que objetivamente no afecta en absoluto a tu calidad de vida presente, pero que por alguna razón le hierve la sangre a mucha gente [35].

En realidad, en esto de las conquistas en tiempos históricos, España no sale tan mal parada. Los cartagineses realmente solo ocuparon unas zonas de costa y entablaron un tenue dominio económico sobre el interior (como los modernos jubilados europeos, vaya, que les hacemos creer que nos han invadido [36] mientras les cobramos la caña a 4.25€, ¡jajaja, pringaos!), y los árabes [37], almohades [38] y almorávides [39] fueron expulsados, como también lo fueron los franceses bajo Napoleón. Visigodos/suevos/vándalos/alanos no fueron expulsados como tales, pero ahora les explicaré porqué eso no importa. El caso es que esto deja solo la conquista romana [40] como la única realmente efectiva y que ha dejado huella permanente, las otras seis podemos decir que han fracasado (algunos añaden una octava invasión fracasada judeo-masónico-comunista a partir de 1936 1934; es interesante como en las histerias al respecto se ponía el mismo énfasis en el origen extranjero de la ideología que en lo pernicioso de la misma, casi parecen a punto de decir “no tendríamos nada contra un marxismo virilmente español, pero es que este viene contaminado de mariconería extranjerizante”). Perder solo una de siete, y encima hace ya más de dos mil años, es un resultado bastante bueno, que nos situaría en la parte alta del ranking, y que satisfaría sobradamente a cualquier persona medianamente normal. Sin embargo, ciertos españoles situados en el neoliberalismo patriota-confesional, recio y sin complejos (a los que, por facilitar el discurso a costa de un reduccionismo sin intenciones ofensivas, podemos llamar “los fachas”), no son capaces de aceptar ni eso. Así que históricamente han sublimado la derrota en una necesidad: la conquista romana sucedió, pero para ellos era NECESARIA. Necesaria para traernos los dos grandes pilares de nuestra sin par idiosincrasia: uno, la lengua latina, que hemos desarrollado aún más hasta obtener el idioma español, el nivel más alto y puro posible en el uso de fonemas para comunicarse, tan perfecto que nunca hubo que imponerlo a nadie porque todos lo querían hablar. Y dos, la religión cristiana en su vertiente católico-romana. De no ser por los romanos, hablaríamos todos en euskera o alguna otra lengua pre-romana, y tendríamos un cierto pluralismo religioso. En otras palabras: El HORROR. ¡Sería como si Bildu hubiese gobernado durante estos dos últimos milenios (aunque ahora parece que va a lograrlo en media legislatura pactando con el gobierno PEBLO)! De modo que: Gratias, domini romani. Chincha rabincha, lo que os habéis perdido, Kartoffeln, por lo de Teutoburgo.

Y como los visigodos/suevos/vándalos/alanos acabaron perdiendo su lengua y convirtiéndose a la religión única y verdadera, podemos decir tranquilamente que esas invasiones las ganó España. Sí, se quedaron con las tierras y con el poder económico, pero en lo que realmente importa perdieron. ¿Cómo dice usted? ¿Que igual accedieron a perder en lo importante para que la Iglesia hispana les blanqueara y santificara lo de las tierras y el poder económico? Puede ser, pero eso solo demostraría lo obtuso de la mente germana, tan mundana y materialista, incapaz de apreciar la verdadera grandeza.

 

A la lengua y a la religión los godos añadieron la propiedad privada, creando así la Santísima Trinidad de la derecha española hasta nuestros días.

 

Los alemanes, en cambio, en lo de las conquistas siempre lograron mantener el casillero a cero: rechazaron a los romanos, a los húngaros, a los franceses, a los wendos [41]… Carlomagno masacró a miles de sajones [42] para que se diesen cuenta de las bendiciones del cristianismo, pero los fachas alemanes lo excusan en que técnicamente Carlomagno era germano y no “francés”, así que no cuenta. ¡Si hasta tuvo su propia Division SS [43]! No es que Alemania se haya librado de grandes catástrofes [44], pero esas dejaron el país dividido más que conquistado. Esta es una de las razones por las que es casi el único país al que nuestros fachas pueden admirar sin reparos: los franceses son el enemigo ancestral y además unos pervertidos, ingleses y holandeses herejes sin remedio, los USA nos quitaron Cuba y Puerto Rico, Polonia merece simpatía pero se llevan demasiadas yoyah para realmente ser admirables, e Italia va de artista finolis por la vida y si hace falta la podemos conquistar solo con aragoneses [45]. Solo Alemania resplandece por si sola como escudo de la civilización europea, ¡ni siquiera es necesaria la discreta ayuda durante el Glorioso Alzamiento para que los fachas sientan rendida admiración por ella!

Sin embargo, esta admiración entró en crisis a los pocos años de la mentada discreta ayuda, porque en 1945 [46] finalmente Alemania fue, al fin, conquistada, ocupada y colonizada. Y esta sí fue una invasión que dejó huella: neutralidad e independencia eterna de Austria, pérdida de Alsacia, Lorena, Silesia, Pomerania y Prusia [47], e imposición de la “religión” de los conquistadores orientales (aunque esto se revirtió en 1989, imponiendo la religión de los conquistadores occidentales). En el oeste aún quedan 34.000 legionarios imperiales con unos 20 pepinos nucleares, y una cultura popular calcada a la del otro lado del charco. El enorme poderío económico logrado sobre Europa, en ese sentido, contrasta con las casi nulas ambiciones geoestratégicas, donde Merkel se ha conformado con seguir la línea de Bush, Obama, Trump y -desde ahora- Biden.

 

Amiga del imperio.

 

De nuevo, esta es una muestra excelsa de sensatez y Marianismo: a NADIE -quitando a cuatro ultraderechistas en los países del Este que han decidido que odian más a Rusia- le hace ilusión una política alemana demasiado asertiva. Para Alemania es mucho mejor llevárselo crudo y colonizar económicamente al resto de la UE mientras pone cuatro migajas en un Fondo de Cohesión para que las élites del Sur le coman de la mano y le cambien jóvenes formados a cambio de jubilados alemanes. Todo esto se vende con mucha fanfarria como “mercado único”, “solidaridad europea” y “libertad de circulación”. El problema de este tinglado tan provechoso y tan bien montado es que, de tan discreto que es, hay gente en Alemania que no lo pilla. Mucha gente, de hecho. Gente que cree que la balanza comercial de Alemania [48] es “mérito propio porque somos muy listos y productivos”, y no porque gracias al euro sus exportaciones salen más baratas a mercados cautivos; gente que en vez de mirar los astronómicos beneficios de sus empresas solo mira las cuatro migajas del Fondo de Cohesión y piensa “nos están timando”. Y en primera línea de esa falange de Erbsenzähler están los MerkelMussWeg de los pueblecitos de Alemania, aprendiendo Historia con series como esta, informándose en el BILD y el YouTube más fringe, engordando el movimiento antivacunas y votando al AfD. Y todo por culpa del puto inútil de Publio Quintilio Varo. Hay que joderse.