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King John – Marc Morris

“Traición, Tiranía, y la ruta a la Carta Magna”

¿Se pueden creer que leer libros y ver series sobre el fascismo [1], el nazismo, el ascenso del nazismo [2], los sistemas económicos nazis [3]… que esto, a la larga, puede llegar a cansar y todo? De repente, el cuerpo te pide variar la dieta. Así que hoy nos vamos a algo bien alejado, pero tranquilos, alguien se encargará de traer el nazismo de vuelta (en LPD, ¡no se asusten!).

Marc Morris es un historiador británico que cuenta con el apoyo entusiasta de LPD y Scarlett Johanson [4] (Scarlett, cuando quieras nos mandas ese análisis gramsciano de Los Vengadores que hablamos y te lo publicamos, ¿vale?). De él hemos evaluado una crónica de la Conquista Normanda [5] y una biografía de Eduardo I [6], siempre bajo el sofisticado prisma LPD (es decir, el mix “Campechano + Constitución de 1978 + tetas de Juego de Tronos”), y hoy venimos con una biografía del rey inglés Juan sin Tierra (1166-1216).

 

Cuando yo era joven y tonto, pensaba que leer biografías era de viejos, y efectivamente: cuanto más viejo y tonto me hago, más biografías estoy leyendo.

 

La biografía de Juan empieza dos generaciones antes de su nacimiento, y se inscribe en el mayor Juego de Tronos [7] de la Edad Media inglesa (con permiso de la Guerra de las Rosas): el Imperio Angevino. El bisabuelo de Juan, el rey Enrique I, último sucesor directo del Bastardo, sufre en 1120 la pérdida de su único hijo legítimo (y un buen puñado de sus 20 ilegítimos) en el naufragio del barco blanco [8]. Para heredar Inglaterra y Normandía queda entonces su hija Matilde, a la que casa con Godofredo de Anjou, un señor que gustaba de ponerse ramas floreadas de retama (planta geneta en latín) en el sombrero, y por eso a su dinastía se la llamó Plantagenet (200 años después, en la época eran “la casa de Anjou”).

Los dominios de Matilde y Godofredo quedan unificados en su hijo, Enrique II, para el que en seguida empiezan a buscar una consorte apropiada. La más apetecible, el partidazo del siglo, es Leonor de Aquitania, heredera única de todo el ducado de Aquitania, al sur de Anjou. Pero estamos en Francia, y el combo “moza de buen ver + heredera única de vastos dominios + un Borbón en el trono” (en realidad los Capetos, pero los podemos considerar proto-Borbones, al ser los Borbones una rama secundaria de dicha casa) solo puede tener una salida: Luis VII [9] dice “¡primer!” y se lleva a la chica. Pero el matrimonio no es feliz, al punto de que el propio Papa tiene que animarles por carta para que procreen un poco, y a la vuelta de una desastrosa cruzada [10] en 1152 Luis se divorcia para casarse con una española [11]. En principio pierde así sus derechos sobre Aquitania, pero no le preocupa demasiado: Leonor ya es mayor (¡30 tacos!), en diez años de matrimonio solo ha logrado engendrar dos niñas que quedan bajo la custodia de Luis, y parece improbable que todavía pueda tener hijos varones que le birlen Aquitania a la corona. Pero o la la, quelle surprise, a los pocos meses del divorcio Leonor se casa con el adolescente Enrique II, y en los siguientes 14 años va a parir ocho vástagos. Cinco de ellos varones, de los que cuatro llegan a la edad adulta. Una camada de jóvenes y aristocráticos lobos, encantados de pelear y batallarse por una herencia que va desde los Pirineos hasta Escocia y ocho veces más grande que las posesiones del rey Capeto, pese a que nominalmente este es su señor feudal: son Enrique “el Joven Rey” (aunque nunca llegó a reinar, le llamaban así para diferenciarle de su padre, “el Viejo Rey”), Ricardo “Corazón de León” (quintaesencia del medievalismo inglés, pese a que apenas pisó Inglaterra y solo hablaba francés), Godofredo de Bretaña. Y finalmente Juan sin Tierra.

 

Unas 30 generaciones más tarde, las lecciones aún están frescas: para obtener un trono hay que tragar sapos, no te divorcies ni aunque te lleves a matar, y a las leonores mejor tenerlas dentro meando afuera que al revés. Lo de no meterse en cruzadas estúpidas, en cambio, empezó a olvidarse tres generaciones atrás.

 

Juan nace en 1166, o puede que en 1167: las fuentes son escasas y confusas, pues un octavo hijo bastante tardío no interesaba demasiado a los cronistas cuando ya hay príncipes adolescentes recibiendo tierras. El “joven rey” ya tiene Normandía y Anjou, Godofredo es duque de Bretaña, y Ricardo -el favorito de Leonor- está aprendiendo a dirigir Aquitania. Para Juan no quedan tierras, de ahí su apodo “Lackland”, y sus padres le dejan aparcado en una abadía para que lo eduquen las monjitas. A los 16 años, su padre le arma caballero y le manda a Irlanda en calidad de gobernador (lo deseable de ir a la Irlanda [12] de la época se puede medir en que Juan hubiese preferido con mucho que le mandaran a la Palestina de la época). Lo de Irlanda acaba en desastre por la arrogancia del séquito real, y la autoridad del rey inglés se limita a unos cuantos enclaves costeros. Pero mientras tanto en el Juego de Tronos francés las cosas han dado varias vueltas: tras 30 años y tres matrimonios, Luis VII ha logrado tener un hijo varón, que le sucede como Felipe Augusto (lo de “augusto” se lo puso un biógrafo a sueldo, pero se le quedó pegado porque en general se le considera un rey “grande”; por ejemplo, es el único rey francés que tiene una estación de Metro en París [13]). Felipe juega muy hábilmente con las ambiciones de los cachorros angevinos, prometiéndoles su apoyo si se rebelan contra Enrique II, y hay toda una sucesión de revueltas y luchas intestinas, que se cobran sus víctimas: el “joven rey” muere de disentería en una razzia, y Godofredo durante un torneo en París. Solo queda Ricardo, que sin embargo abandona a su padre y acude con Felipe, con quien “comparte la cama”. (Morris aclara que esta expresión de las crónicas, de la que muchos han deducido una homosexualidad de Ricardo, en la época simplemente significaba que eran aliados, en plan “la política crea extraños compañeros de cama”. Que Pedro el Vacío [14] y PABLO ahora estén “a partir un piñón” no significa que estén pasando las tardes retozando por los pinares de La Moncloa. Ricardo, en todo caso, era conocido y temido en toda Aquitania por seducir/secuestrar, a veces violentamente, a las mujeres de sus nobles.)

En vista de todo esto, Enrique II se trae de vuelta de Irlanda a Juan, ese hijo ejemplar que nunca ha dado problemas, nunca se ha rebelado y siempre ha sido tan obediente, y empieza a prepararle como sucesor. El último hijo puede ser ahora el primero, el hereu. Pero en medio de todo este alegre sin dios, cae como una bomba la noticia de la derrota de Hattin y la caída de Jerusalén [15]. La conmoción es tal que Enrique, Felipe y Ricardo, en glorioso “Pacto Constitucionalista-Santacrucista” que están pidiendo todos los intelectuales y tertulianos de la época, aparcan sus diferencias para ir juntos en cruzada a recuperar la ciudad santa. Pero cuando Enrique deja caer que no quiere que Juan se venga también, Ricardo en seguida sospecha una puñalada y se vuelve a pasar con Felipe, al que rinde homenaje y todo. Esta vez los compañeros de cama se cepillan a las tropas del rey, y un Enrique derrotado reconoce oficialmente a Ricardo como su sucesor y se retira a morir a un castillo perdido de Francia, en el verano de 1189. Prematuramente envejecido con 56 años y una úlcera sangrante, lo que realmente le da la puntilla es enterarse de que Juan, su querido hijo, el bueno y bien amado, el que nunca había roto un plato, se había pasado al bando de Ricardo y Felipe a las primeras de cambio. Según lo oye, entra en shock, le viene una fiebre, y a las pocas horas muere.

 

Segundón de un rey ausente

Ricardo en seguida se hace coronar duque de Normandía (y solo después rey de Inglaterra, los Anjou tienen clarísimo, como todos desde el Bastardo, que lo importante está y se juega en Francia), y se prepara para tomar la Cruz. Dos justiciarios se harán cargo del reino en su ausencia: uno es Guillermo de Longchamps [16] y el otro da igual (salvo para indicar que no, no era Juan; su hermano le dejó unas tierras para vivir bien pero ningún poder efectivo, no vaya a ser). Sin embargo, en route a los Territorios Ocupados nuestro amigo Ricardo va a tomar una decisión aparentemente inocua pero con larguísimas consecuencias: pasando por Sicilia, pacta con el nuevo rey de la isla [17], Tancredo, y sella el pacto con una boda concertada entre la hija de Tancredo y su propio sobrino, Arturo de Bretaña [18], hijo póstumo de su hermano Godofredo. Hasta aquí business as usual, pero Ricardo (seguramente sin pensar en el futuro, sino como simple perita para endulzarle el trato a Tancredo) promete que si él muere sin hijos, Arturo será su heredero único.

La noticia no cae muy bien en Ca Juan, y Juan enseguida decide aprovechar la impopularidad de Longchamps para aliarse con los barones ingleses y así echarle. Todo en nombre del rey Ricardo, claro, pero ya metiendo la puntita de “hoygan, y si Ricardo no vuelve de Tierra Santa, pues aquí estoy yo ya, instalado y con un gobierno en marcha, que es lo que necesita Inglaterra”. Pero Ricardo mientras tanto se había casado con Berenguela de Navarra (para lograr una alianza con el vecino meridional de Aquitania que protegiera a esta del taimado francés, su aliado hasta ayer mismo). La pobre Berenguela -que tuvo que ir hasta Chipre para los desposorios-, por cierto, fue seleccionada personalmente por Leonor de Aquitania, que a sus setenta tacos todavía se metía una caña brutal de viajes y gobierno, y a la que Morris trata decepcionantemente poco. Esto hacía probable la pronta existencia de herederos legítimos, y Ricardo mandó de vuelta a un obispo de confianza [19] para poner un poco de orden, pardiez, que no puede uno irse de cruzadas sin que le revuelvan la casa. Pero al poco las cosas volvían a complicarse, y Ricardo decidió volver en persona. Con un pequeño problema: que en Tierra Santa se las había arreglado para ofender mortalmente tanto al Emperador como al Duque de Austria, que le detuvieron cuando cruzaba Europa de incógnito, le metieron en una celda y tiraron la llave. De nuevo, Juan vio el cielo abierto y se alió con Felipe Augusto contra los partidarios de Ricardo, que sin embargo prevalecieron guiados por Leonor, y tras un añito de impuestos altísimos y confiscaciones para reunir el rescate de 100.000 libras de plata (entre dos y tres veces los ingresos anuales de la Corona), Ricardo al fin pudo volver a Inglaterra en marzo de 1194. Felipe Augusto mandó un mensaje a Juan diciendo “El Diablo está suelto, búscate la vida”, y Juan con todo su morro fue a ver a Ricardo para pedir perdón, lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir. Noble no muerde noble: Ricardo le perdonó, diciendo “solo eres un niño [27 añazos tenía Juan] malconducido por sus malvados consejeros”. Eso sí, no le dejó ni un centavo.

Tras esto, Ricardo se puso a lo que más le molaba: batallar. Felipe Augusto había aprovechado estos años para conquistar parte del absurdo imperio angevino, y Ricardo quería recuperarlo todo. Juan se ofreció gustoso a colaborar, y aprovechando que los franceses aún le creían de su parte, logró que le dejaran entrar en la ciudad de Evreux y masacró la guarnición francesa.

 

La forja de un rey.

 

Tras esto y otras muestras de entusiasmo (aunque sin demasiado éxito), Juan hasta recuperó algunas tierras. Eso sí, ningún castillo, que Ricardo seguía sin fiarse. Tampoco tenía Juan muchos apoyos: entre el fracaso de Irlanda, la traición a su padre, la traición a un hermano ausente en una cruzada y la traición a Felipe Augusto, como que no caía ya demasiado bien. Lo único a su favor era ser el heredero natural… e incluso eso estaba en entredicho por Arturo de Bretaña y la posibilidad de que Ricardo tuviera hijos. Pero hete aquí que en 1199, durante el asedio de un castillo de medio pelo [20] en el interior francés, Ricardo fue alcanzado en el hombro por un virote de ballesta. La herida se le infectó, y ahí se acabó todo. Como buen francés, pidió ser enterrado en Francia [21], legó todas sus tierras a Juan, y murió prácticamente en brazos de su madre Leonor.

 

¡Rey!

Con esto, podemos decir, empieza realmente la biografía de Juan. Lo que había hasta ahora era un ajedrez a varias bandas donde Juan como mucho es un peón. Morris es plenamente consciente de esto, pues empieza el libro en 1204, con Juan como rey luchando contra Felipe Augusto, y va intercalando capítulos de esa desastrosa campaña con la vida anterior de Juan, hasta que se unen los relatos unos años más tarde. Y lo hace también porque esta campaña es decisiva para la formación de la Inglaterra moderna: los Plantagenet perderán Normandía, Anjou, Bretaña y Aquitania, y se convierten en “reyes ingleses” (con Gascuña resistiendo siglo y pico como exótico recuerdo), priorizando a partir de ahora a la isla frente a sus posesiones continentales.

Juan había llegado a la corona como nuestro amado Presidente Vacío a La Moncloa [22]: por carambolas insospechadas y el apoyo de un montón de gente que se acercaba a él con la nariz tapada, pero que le eligió como mal menor frente a la alternativa, en este caso un Arturo de Bretaña de 12 añitos, completamente dominado por Felipe Augusto. Juan se coronó a la carrera en todos sus dominios, e inmediatamente se resumió la guerra con Felipe. Pronto dio un golpe de mano capturando a Arturo y a sus principales partidarios, que le rindieron homenaje a cambio de la promesa de dejarlos libres. Aquí podría haber terminado todo… salvo porque surgió el rumor de que Juan, pese a las promesas dadas, quería arrojar a Arturo a una mazmorra o incluso ejecutarle. En cualquier otro este rumor habría sido ridículo dados los códigos de honor medievales, pero ya saben, hablamos del Vacío Inglés por excelencia, Juan Sin Tierra Ni Escrúpulos Para Pactar Con Los Barones Periféricos Una Reforma de Nuestra Carta Magna Que Debilita Al Gobierno Central, Garantía De La Igualdad De Todos Los Anglo-normando-bretono-angevino-aquitanios (¡ups, nos estamos adelantando!). Arturo y su entorno se creyeron el rumor… y Juan, ese pedazo gestor, ni siquiera los hizo vigilar, de modo que escaparon sin problemas, y la guerra continuó un poco más para acabar con una paz bastante decepcionante [23] en 1200.

Hecho esto, Juan pudo empezar a asegurar sus dominios con un ventajoso matrimonio (previo repudio de su primera mujer) con Isabel de Angulema [24]. La chica traía como dote el condado de Angulema, estratégicamente situado al norte de Aquitania, y con él Juan podía redondear sus territorios. El pequeño problemilla es que Isabel ya estaba prometida a Hugo de Lusignan [25], y Juan había “resuelto” ese problemilla por la vía de secuestrar a la niña (hay confusión sobre la edad exacta, pero todos los cronistas remarcan enfáticamente que “aparentaba más de doce años”) y celebrar el matrimonio. El enorme clan de los Lusignanos juró venganza y se pasó como un hombre con Felipe Augusto.

La verdad es que esta parte del libro es un poco aburrida, amén de confusa porque los capítulos saltan entre 1208 y 1204 sin mucha justificación: rebeliones constantes, Felipe Augusto puteando cuanto puede, y Juan subiendo más los impuestos a sus pobres vasallos, maltratando a la Iglesia, y en general siendo cada vez más cafre. Una crónica que te la firma el ABC para los próximos cuatro años (de hecho, sospechamos que ya tienen los artículos escritos, ¡total, solo tienen que coger los de los años de ZP y cambiar los nombres!) Sobre 1208, se juntan los hilos narrativos, y para 1212 vuelve un nuevo ciclo de guerras y rebeliones. Arturo de Bretaña (a estas alturas ya todo un chaval adolescente) cayó de nuevo en manos de Juan, que esta vez no se anduvo con rodeos y lo arrojó encadenado a una mazmorra. Pero los rebeldes bretones que apoyaban a Arturo no cesaron en su empeño, y un Juan bastante cabreado ordenó mutilar gravemente a Arturo. No es que ese fuese un castigo excepcional para la época (Ricardo había penado con la pérdida de ojos y genitales a quien cazara en el Bosque Real inglés [26]) pero sí estaba muy mal visto, al menos desde el siglo XI, propasarse con un prisionero. Especialmente uno noble, claro, con los plebeyos había barra libre. Los subordinados encargados se negaron a ejecutar la orden, pero unos meses más tarde, y tras algunos reveses en sus varias guerras, Juan llegó a Rouen, donde Arturo estaba preso, y tras consultarlo con sus consejeros, Arturo “desapareció”. No es descartable que Juan le matara con sus propias manos. Otros prisioneros y rehenes que llegó a tener fueron matados por hambre. Su reputación sufrió un bajón ya irrecuperable.

 

Bueno, sí, va matando a gente y tal, ¿pero realmente creéis que con un presidente de la república esto no pasaría? Sería igual, ¡pero con gente fea!

 

Por no faltar, no faltó ni el conflicto con la Iglesia, con el papa Inocencio III decretando su excomunión y los sacerdotes yendo a la huelga en todo el reino. Inocencio no le excomulgó por sus fechorías, claro, sino por una disputa sobre quién debía nombrar al arzobispo de Canterbury, primado de la iglesia inglesa; paradójicamente, el conflicto incluso benefició a Juan, que pudo apropiarse de amplios bienes eclesiásticos, y cuyos súbditos le apoyaron en lo que consideraban una injerencia papista intolerable. También por esta época (1207), Juan funda la ciudad de Liverpool [27], poniendo su granito de arena para la aparición de The Beatles, fundamentales en el alejamiento de los españoles de la Fe Verdadera [28].

 

Esto no habría pasado si los verdaderos ingleses hubiesen echado a Vacío Sin Tierra.

 

El vergonzante final de un rey vacío

Finalmente, tras varios años de reinado desastroso en los que casi se perdió Irlanda, y con escoceses y galeses subiéndose a sus barbas, a Juan se le rebelaron los barones. Las causas de esta rebelión parecen haber sido asuntos de deudas, ganas de carguitos, y una importante derrota campal en Francia [29] que certificaba para los restos la pérdida de Anjou, Maine, Bretaña y Normandía, y que evidenció la enorme debilidad de Juan. Juan intentó salirse por la tangente con un gesto vacío-buenista (proclamar que quería irse de cruzada a recuperar Jerusalén), pero no coló. Cual Pedro Sánchez abandonando la senda constitucional, Juan, monarca por la gracia de Dios, tuvo que sentarse a negociar con los barones rebeldes.

El resultado fue la Carta Magna [30] de 1215, que les garantizaba a los barones algunos importantes derechos (a no ser detenidos, a que sin su consentimiento no se podrían subir impuestos). Pero Juan tenía tanta intención de cumplir como el Régimen del 78 de garantizar vivienda digna y pleno empleo por encima de otras prioridades, y con el apoyo del Papa y de los margraves de Gales reinició la guerra contra los barones. Estos a su vez contaron con la ayuda de Francia, donde tras recuperar medio territorio nacional Felipe Augusto pensó que por qué no incorporar Inglaterra a la corona francesa, y mandó a su hijo Luis con un ejército. Para hacer el combo completo, los escoceses invadieron Inglaterra desde el norte, y un tercio de los caballeros de Juan le abandonó [31]. ¿Y qué hizo nuestro Juan Vacío de Tierras? Escaquearse mediante la muerte: el 19 de octubre de 1216, dos meses antes de cumplir 50 años, Juan murió en algún lugar perdido del norte de Inglaterra. Para Pedro Sánchez eso sería diciembre de 2021, por cierto.

Casi inmediatamente la cosa mejoró: su hijo, Enrique III, logró darle la vuelta a la guerra (en realidad solo era un crío de ocho años, pero ante la perspectiva de caer bajo el centralismo francés los rebeldes ingleses dijeron “mira, peor que su padre no puede ser”), y para 1217 había expulsado a los franceses y pacificado a los barones confirmando la Carta Magna. Pero las tierras perdidas de Francia ya estaban más allá de cualquier esperanza razonable. Ese es el “legado” de Juan: Inglaterra ya no fue una posesión periférica de un imperio absurdo, sino un reino centrado en si mismo, y gobernado por una “constitución” que generaciones de historiadores y políticos liberales han convertido en poco menos que un texto sagrado, “el comienzo del rule of law” y no sé cuántas cosas más que, en fin, qué les voy a contar si vivimos desde hace cuarenta años en un remake barato. Pero bueno, con algo hay que construir los mitos nacionales, ¿no? Y dado lo que se trajina por ahí, este no es de los peores.

La leyenda negra de Juan empezó casi inmediatamente después de su muerte, con testimonios como este, del Anónimo de Béthune [32]:

 

Fue un hombre muy malo, más cruel que todos los demás. Perseguía con lascivia a las mujeres hermosas y por ello avergonzó a los señores principales del reino, por lo que fue muy odiado. Siempre que pudo contó mentiras en vez de decir la verdad. Enfrentó a sus barones entre si siempre que le fue posible, y era feliz viendo el odio entre ellos. Odiaba y envidiaba a todos los hombres honorables.

O este, del trovador Bertran de Born [33]:

 

Ningún hombre puede fiarse de él, pues su corazón es blando y cobarde.

Y mi favorito: el cronista Matthew Paris, escribiendo varios años tras la muerte de Juan, afirmó que, en su desesperación ante la guerra con Francia y la excomunión papal, Juan mandó una delegación a Muhammad al-Nasir [34], rey almohade de Al-Andalus, mendigando su ayuda y ofreciendo a cambio convertirse al islam [35].

 

Los anónimos del betún todavía gozan de excelente salud.

 

Hasta nuestros días, la cosa no ha parado, a lo que han contribuido todas esas películas de Robin Hood, donde Juan es inevitablemente el malo y Ricardo llega en los minutos finales a impartir justicia (minipunto en ese sentido para la película de 2010 [36], un film “absurdo” que se llama “Robin Hood” sin que veamos nunca a Robin Hood ejercer como tal, pero donde se atreven a presentar a Ricardo como un tirano gordo y bruto). Las mejores, la de Mel Brooks [37] y la de dibujos animados de 1973 [38], que es uno de los más vivos recuerdos de infancia de Marc Morris (y debo añadir que de la mía también). No sabemos cómo pasarán a la historia Vacío sin Tierra y su fiel siervo el Sheriff de Vallecas, pero no dudamos que los anónimos y eclesiásticos ya están afilando las plumas, decidiendo qué ladrón vestido de VERDE [39] será su Robin Hood particular.

 

Valoración

El libro nos ha decepcionado, a Scarlett Johansson y a mi (en realidad aún no tengo el input de Scarlett, pero no dudo que apreciaría un marcado contraste con la magnífica biografía de Eduardo I [6]). En gran medida, claro, es un problema de, primero, la falta de fuentes sobre la infancia y juventud de Juan, y segundo, que el sujeto no es precisamente muy atractivo, sino universalmente considerado el peor rey inglés ever. Morris hace un esfuerzo que hay que apreciar, con una biografía no cronológica, pero el resultado es que un lector no demasiado puesto en los detalles se pierde en las innumerables revueltas.

La razón última de que Juan llegara a reinar y a tener su propio libro de la pluma de Morris es que una casi octogenaria Leonor eligió apoyarle a él y no a Arturo de Bretaña a la muerte de Ricardo. Sinceramente, como personaje Leonor es mucho más interesante que sus hijos. Entiendo que Morris eligió a Juan para poder repasar todo el Imperio Angevino de principio a fin, pero un libro de Leonor de Aquitania habría valido más la pena (con menos yoyah, pero más metel.la). Y no lo decimos para fundar un Leonorismo que le dispute la preeminencia al Letizismo rampante, no: lo decimos de corazón.

 

En realidad, aquí somos más Team Sofi, y no perdemos la esperanza de que una Sofía sin Tierras se alíe hacia 2030 con el pérfido y agotado Vacío para conspirar contra su hermana y su padre, metidos en alguna absurda cruzada, y así acabar restaurando el glorioso Reino de Castilla con Sánchez como Senescal Mayor. ¡Pero una licencia de televisión bien vale una misa!

 

El reinado de Juan marca el nacimiento de “Inglaterra”, y la muerte (con permiso de la Guerra de los Cien Años) de cualquier intento de unir los reinos a ambos lados del Canal de la Mancha. Y al mismo tiempo (aunque en esto Morris apenas entra) significa el renacimiento de la monarquía francesa, que se había pasado un par de siglos reducida a “duques de París con un título molón pero inoperante”. Que no es poca cosa, porque París y alrededores eran la zona más rica y dinámica de Francia [40], pero con poca capacidad de proyección. Ahora, con los territorios confiscados a Juan, los reyes franceses se convierten en los incontestables amos del corral francés, y sientan las bases para ser la monarquía más fuerte de Europa, cuando el Sacro Imperio pille un mal siglo [41]. Vamos, que incluso de personajes vacíos y felones pueden ser catalizadores inintencionados de cambios mucho mayores. ¡No perdamos la esperanza!