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“Una Generación de Sociópatas” – Bruce Cannon Gibney

Dedicado a los Boomers de todos los partidos.

 

“Cómo los Baby Boomers traicionaron a América”

En LPD, nada humano nos es ajeno. ¿Y qué hay más humano que echarle la culpa a otro? En este caso, al que vino antes. O mejor dicho, a todos los que vinieron antes, toda una generación. Lo que en Estados Unidos llaman “Boomers”, los hijos del Baby Boom (nacidos ca. 1940-1964), y que aquí hemos llamado Generación T [1] (entre otras cosas, porque el boom de nacimientos en España se produce del 64 al 76 [2], ¡nosotros somos los boomers españoles!). Así, ¿cómo íbamos a resistirnos a este libro, publicado además justo cuando el Überboomer de Donald Trump [3] se hizo con la Casa Blanca, explicando con pelos y señales cómo los malvados Boomers tienen la culpa de todo lo que va mal (centrado en EEUU, pero tranquilos, que para los paralelismos patrios estamos aquí nosotros)?

 

Durante las pasadas décadas, la nación ha sido dirigida por gente que presenta, personal y políticamente, una patología sociópata completa: engaño, egoísmo, imprudencia, falta de remordimientos, hostilidad… Esa gente son los Baby Boomers, esa vasta y extraña generación nacida entre 1940 y 1964, y la sociedad que han creado no funciona demasiado bien.

Algunas de las malfunciones sociales sociópatas aparecen a diario en la prensa: puentes colapsando, déficits altos, agua envenenada, polos derritiéndose, catástrofes financieras, y una economía arrastrándose de un desastre al siguiente, con solo la más anémica de las recuperaciones entremedias. Otras perturbaciones se mueven fuera de los focos […]: sistemas de pensiones con déficits de trillones de dólares, un sistema de la Seguridad Social destinado (por admisión del propio gobierno) a fallar, un sistema penitenciario que gobierna sobre siete millones de personas, y una cultura política tan deformada que el Tribunal Supremo recientemente se manifestó incapaz de distinguir entre corrupción obscena y business as usual. Individualmente, estos datos son trágicas viñetas. Unidos, producen una narrativa corrosiva de una generación que -en las muchas décadas que ha dominado la América política y empresarial- ha dilapidado su enorme herencia recibida, abusado su poder, y subvencionado sus excesos con préstamos colateralizados a sus hijos […]

El tema central de este libro es que el presente dilema de Estados Unidos se deriva directa y sustancialmente de decisiones tomadas por los Baby Boomers […] Su sociopática necesidad de gratificación instantánea les llevó a políticas igualmente sociópatas, lo que les llevó a dilapidar una herencia enorme, y cuando esa estuvo exhausta a hipotecar el futuro. Cuando las consecuencias empezaron a ser problemáticas, las élites Boomer entraron en engaño y ocultamiento en un intento desesperado por mantener el sistema funcionando hasta que sus electores salieran de escena. La historia de los Boomers, en suma, es la de una generación de sociópatas con síndrome amok.

 

¿Cómo no enamorarse? Antes de seguir, sin embargo, hay que hacer la obligada puntualización. Hablamos de la generación actuando como tal, no de los individuos. Una generación que ante cada decisión y en cada reforma siempre tiró por el mismo camino: por el que les doliera menos a ellos mismos, aunque jodieran vivos a los demás. Por lo demás, vale lo mismo que al hablar de machismo o racismo: “no todos participaron, pero todos se beneficiaron”. Por supuesto, la inmensa mayoría de los nacidos en el periodo en cuestión no son sociópatas, faltaría más, y algunos viven vidas muy precarias. Eso es tan cierto como que existen jóvenes que con su esfuerzo y dedicación se han graduado en una universidad puntera, se han labrado una gran fortuna con su trabajo, son millonarios antes de los treinta, y corren maratones todos los días; la clase de joven que un Boomer pata negra nos echaría en cara como muestra de que “mirad, sí se puede, lo que pasa es que sois unos vagos y unos envidiosos y necesitáis echarles la culpa a otros de vuestros fracasos e incapacidades”.

OK Boomer, pero es precisamente un joven así el que ha escrito este libro.

Bruce Cannon Gibney (nacido en 1976), el autor de este panfleto, no es precisamente un podemita de rastas y shihsa, con un título en Humanidades regalado en una universidad pública y los genitales atrofiados por falta de emprendimiento empresarial. Gibney se graduó en Stanford y ha trabajado casi toda su vida laboral en el sector financiero. En un fondo de inversión primero, en una empresa de capital riesgo después (además de unos pinitos como abogado, breves pero intensos, porque todo el libro huele a “abogado de los jóvenes, apelando al jurado de la Historia con todos los trucos retóricos y legales posibles”). Millonario y confeso creyente en el capitalismo de libre mercado (también partidario de pagar impuestos mucho más altos y de regular más y mejor, y que te cuenta sin ningún reparo que el origen de su fortuna no está en el esfuerzo sino en que en Stanford compartió dormitorio con el fundador de PayPal, y que esa clase de suerte está detrás de mitad y tres cuartos de los “emprendedores exitosos”). Lo de las maratones diarias ya no sé, igual me lo he inventado. Es decir, estamos ante alguien que debería ser parte del establishment, que tiene el riñón forrado, y que precisamente por ello puede largar y soltar su rollo (que es que esto que los Boomers tan orgullosos nos presentan no es capitalismo de libre mercado sino una farsa con las cartas marcadas) sin miedo a nada. Cómo tendrá que estar la cosa para que un señor que en España militaría entusiastamente en Ciudadanos esté rajando contra todo y todos y diciendo que el candidato menos sociópata en 2016 era Bernie Sanders. Y como Gibney cree que en esto de los Boomers no estamos aún en la fase “discusión educada basada en datos” sino todavía en “montar pollo para meter el tema en la agenda”, le ha salido un libro bastante combativo y pensado para levantar ampollas [4], y que nos leemos buscando automáticamente los paralelismos con nuestros queridos mayores [5].

 

Los orígenes

Los orígenes de los Boomers son uno de los momentos más top de la historia: los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial [6], esos “treinta gloriosos [7]” que duran hasta los 70. Los Estados Unidos son los líderes políticos, militares, económicos y tecnológicos del mundo. Particularmente la presidencia de ”Ike” Eisenhower [8] va a ser recordada por los Boomers como los “buenos viejos tiempos”, esos que Trump quiere evocar con MAGA: pleno empleo, superávit público y comercial, deuda nacional disminuyendo, familias comprándose casa/coche/televisor/viajes a Hawái. Todo con un solo salario, que es suficiente para todas las chuches, ahorrar un poquito, y que las mujeres se queden en casa cuidando de los 3,7 boomercitos que tienen de media. Las infraestructuras americanas eran las más punteras, la desigualdad social estaba en mínimos [9], y cuando la URSS lanzó el Sputnik [10] la reacción americana fue fundar una agencia pública que en apenas 12 años iba a poner un hombre en la Luna. Y todo el avance del periodo 1940-1975 se logra a pesar de tener que librar tres guerras (WWII [6], Corea y Vietnam) y pagarse una carrera armamentística nuclear contra Stalin. En 1975, cuando los primeros Boomers tocan poder y empiezan a ser mayoría en el electorado, alguien que mirase 35 años atrás podría pensar que otros 35 años en adelante, para el 2010 y simplemente manteniendo las tendencias, la cosa ya iba a ser la leche, con salarios de 100.000$ anuales, semanas laborales de 25 horas, universidad libre para todo el que quiera, y vacaciones en la Luna.

Y entonces, afirma Gibney, entraron los Boomers y todo se jodió.

 

Se les debió subir a la cabeza que los nombraran “hombre del año” en 1966.

 

¿Porqué? Buscando el origen del mal, parece que Gibney busca simplemente cosas únicas a ellos y las presenta como “esto es lo que los hizo tan malvados”. Empezando porque fueron la primera generación criada con modernas teorías educativas, que les pusieron pocos límites, que los sentaban delante de la tele todo el día sin ningún control (un medio poco dado al ejercicio de la razón crítica, y al que los Boomers han permanecido siempre fieles [11]), que en vez de leche materna tomaron masivamente biberón “porque era lo moderno”, y que probablemente absorbieron bastante más plomo en el ambiente que ninguna otra generación, algo que correlaciona con ciertas propensiones sociópatas, según parecen sugerir algunos estudios. Aunque solo sea pensando en nuestros propios Gen-T’s, nacidos los primeros en la más ruin miseria en los años 40, y que sin embargo han acabado arribando a regiones políticas similares, este es un planteamiento bastante endeble. El propio Gibney se cura en salud diciendo “bueno, esto son influencias, no determinantes inamovibles”, para pasar rápidamente al gran rito de paso de la generación Boomer: la guerra de Vietnam.

Les supongo informados de la narrativa creada por los Boomer (una generación que en lo de venderse a si misma ha alcanzado cotas excelsas): unos malvados politicuchos metieron al país en una guerra inmensa, absorbente, atroz, contra la que la juventud (es decir, los Boomers) se alzó en protesta, por las vías legales e incluso paralegales, hasta que triunfó el bien y el malvado Richard Nixon tuvo que dimitir. Gibney da una narrativa alternativa al mito: para empezar, no fue una guerra particularmente “grande” (para los vietnamitas sí, por supuesto): 50.000 muertos pueden parecer muchos, pero en la Segunda Guerra Mundial la US Army tuvo las mismas bajas en un bosquecillo a las afueras de Aquisgrán [12]. Ni estratégicamente importante, más allá del valor que se le quiera dar a la teoría del dominó [13], su importancia desmesurada la alcanzó por la forma en que se combinó con las cuestiones políticas y sociales de la época. No todos los jóvenes eran llamados a filas, de los llamados no todos iban, y de los que iban la mayoría no se vio nunca en combate (eso sí: los boomers que llegaron a servir constituyeron el peor ejército americano que jamás participó en una guerra).

Pero el mayor mito de todos fue “la juventud amante de la paz”: todas las encuestas de la época indican que los más entusiastas defensores de la guerra, y los menos propensos a ver en ella un error, eran los jóvenes. Con los de mayor nivel educativo, es decir, los estudiantes universitarios, a su vez más entusiastas que los de nivel elemental. Al menos hasta 1968. ¿Qué pasó ese año? Que el bizantino sistema de prórrogas y exenciones, vigente hasta ese momento, fue sustituido por una lotería para hacer más justo el reparto. Porque resulta que el tercio “de abajo”, pobres y clase obrera, ponía el 80% de los soldados, mientras que la clase media-alta encadenaba exenciones, o se casaba, o encontraba otra excusa. Ahora, de repente, siendo la guerra igual de moral/inmoral que antes, cambió la perspectiva de muchos. No parece casualidad que los Boomers, pese al discurso oficial super-patriota que se gastan, hayan elegido sistemáticamente a presidentes que se escaquearon de ir a las guerras que les tocaban (Reagan, Clinton, Bush II, Trump) frente a candidatos que sí fueron (Bush I, Dole, Kerry, McCain), o apechugaron aunque fuese poquito y mal (Gore), o al menos tuvieron la decencia de declararse objetores (Bernie Sanders, cuando ser objetor era más o menos el equivalente a declararte bolchevique): en la hipocresía del “no quiero ir pero tampoco quiero que esto me perjudique en el futuro, ni tener que limpiar bosques y playas dos años”, en el patapum para adelante, en las auto justificaciones contradictorias de gran parte de los políticos de clase alta, los Boomers se reconocen a si mismos. Una vez pasada la guerra, por supuesto, las preocupaciones pasaron con ella, y de nuevo los Boomers fueron quienes más se oponían a acoger a refugiados survietnamitas. La culminación fue la Orden Ejecutiva 11967, la primera que firmó Jimmy Carter como presidente en 1977: amnistía general para todos aquellos que se habían escaqueado por vías ilegales (nótese que escaquearse siempre implicaba que, vía cupo, iba a ir otra persona en tu lugar). Quebraron la ley y se salieron con la suya, un modus operandi que desde entonces han convertido en una forma de vida.

 

Diablillos…

 

Sexo, drogas y rocanrol

En general pensamos en la sociopatía como un trastorno del ámbito privado, y a eso le dedica Gibney un buen rato, mostrando con estadísticas que en su ámbito privado los Boomers fueron más promiscuos, más propensos a divorciarse, menos ahorradores, y que consumieron muchas más drogas que sus mayores. La verdad, hacer análisis políticos con las intimidades de la gente es un poco cringe, y ya chirría bastante que Gibney argumente que la misma sexualidad era peor en los Boomers que en los X o los Millennials, “porque en su caso conllevaba la ruptura de convenciones por la transgresión misma”. ¿Y qué si follaban más, o se divorciaban antes, o se colocaban? Menos mal, o seguiríamos con la moral de los años 30. ¿Qué tiene esto que ver con la sociopatía? Pues follar nada, por supuesto… siempre y cuando tomes tus precauciones. Y eso no fue así: los embarazos adolescentes, abortos y ETS de los Boomers son bastante superiores a los de generaciones posteriores, pese a que el acceso a información y anticonceptivos es el mismo. Las prácticas de riesgo (sobre todo cuando el riesgo lo lleva otro, y en el sexo sin protección eso son las mujeres), la incapacidad de retrasar la gratificación o de formar relaciones estables, correlacionan fuertemente con la sociopatía. Me llamó también la atención que en 1970 la tasa de ahorro de las familias estadounidenses aún fuese del 13%, impulsada por las generaciones que habían vivido la Gran Depresión [14], para luego caer en la Era Boomer a un mero 2.5% en 2005.

Pero lo que más psicotrópico me ha parecido de esta parte es que Gibney afirme que los Boomers “rechazaron el empirismo y abrazaron el sentimentalismo”, rompiendo con las anteriores tradiciones americanas. Basta con recordar el Juramento de Lealtad “under God” en los colegios públicos, el “in God we trust” de los billetes y monedas, o el hecho de que el Congreso tiene un sacerdote [15] entre sus empleados que además dirige una oración matinal [16] antes de las sesiones, para ver que esas tradiciones ni estuvieron, ni están, ni se las espera. Los americanos son gente muy práctica que respeta muchísimo a los que crean cosas prácticas (y ahí está la adoración por Thomas Edison, los hermanos Wright o Steve Jobs), pero su principal, por no decir única, contribución al mundo filosófico son William James [17] y su empirismo radical (resumido brevemente como “solo es verdadero aquello que funciona”). Que los Boomers hayan rechazado lo que no les convenía, igual que hoy rechazan el calentamiento global, tendrá otras razones. Que la inversión en I+D haya tocado techo en 1966 y lleve bajando desde entonces no prueba nada (y siendo yo un ignorante de los detalles, me huelo que ese pico fue el programa Apolo, y que desde entonces está más o menos estable [18]).

 

La economía

Pero sigamos por ahora en los setenta: los Boomers experimentan con la contracultura. O mejor dicho, con las contraculturas, porque aunque lo hayamos olvidado también hubo una importante contracultura de derechas. Una que, además, se nutrió en buena medida de la de izquierdas, metiendo todo el rollo hippie “libérate-de-la-opresión” en un marco neoliberal, y que triunfó a partir de los ochenta, cuando los Boomers llegaron al poder político. Gibney, en todo caso, distingue entre el neoliberalismo “puro” (que tampoco le gusta pero al que le reconoce una cierta coherencia) y lo que han acabado haciendo los Boomers, que se describe mejor como “mercado a la carta: competencia donde tengo ventaja, papa estado donde no”.

Porque sin duda donde más se siente el legado de los Boomers, y se sentirá además por varias décadas, es en la economía. Añorando aquellos años dorados bajo Eisenhower, los Boomers han votado masivamente a uno de ellos [19] que les ofrecía volver a hacer América grande (nominalmente la era Reagan, pero sentimentalmente la de Eisenhower). Preferentemente, mediante las medidas económicas favoritas de los Boomers, las que han apoyado durante 40 años sin ningún remordimiento, y las únicas que conocen, en realidad: bajadas de impuestos y desregulación. Olvidando, muy convenientemente, que con Ike el estado se encargaba de un montón de cosas, que Ike subió el sueldo mínimo un 33% y mantenía enormes inversiones públicas [20], y que en el tramo más alto del IRPF se pagaba un 70%.

 

Ike el Rojo (hoy estaría a la izquierda de Podemos).

 

(Por supuesto, en los años de Ike tampoco era todo de rosa: era una época profundamente machista y racista, y de hecho Gibney limita los Boomers pata negra a “blancos nacidos en Estados Unidos”. Lo que convierte a Obama, nacido en 1958 y cuya infancia transcurrió en Yakarta, en un no-Boomer.)

 

Que os vayamos a echar de menos con lo que se nos viene encima no quita que vuestras presidencias fueran una desilusión, por no decir una mierda, eh.

 

El asalto Boomer al poder viene en 1980, cuando forman el 51% del electorado. La revolución Boomer es, en ese sentido, “democrática”, aunque el sistema electoral por distritos hizo que su justita superioridad numérica se tradujera en supermayorías parlamentarias desde las que ocuparon también la judicatura, se diseñaron los distritos electorales a su gusto, y ahora compensan su número decreciente con una participación mucho mayor (y sutiles discriminaciones a la hora de ejercer el voto: colegios electorales a los que solo se llega en coche, votaciones en días laborales, requisitos cada vez más duros para el voto por correo, expulsar vía sistema penitenciario a 6 millones de votantes…). Y para cuando la Parca Cruel empiece su labor de diezmar sus filas, ya se han asegurado una palanca que les permitirá un poder desmesurado para los restos: Citizens United, la sentencia del Supremo [21] que considera que las corporaciones son “personas” y tiene derecho a participar –vía donaciones, anuncios y demás mierda que resulta muy cara- en el proceso político. Corporaciones y dinero que en general seguirán controlados por Boomers cuando su número se haya reducido considerablemente. Pero su poder electoral se reforzó ya enormemente en 1970, con la 26 enmienda [22], que bajaba la edad del voto de 21 a 18 años, una ampliación del electorado de la que se aprovechó mayormente el partido republicano.

En esta enmienda ya vemos un interesante paralelismo, si bien por la vía cutre en el lado español, con nuestros queridos Gen-T. Verán, para las elecciones a las Cortes Constituyentes de 1977 [23], los cerca de 2 millones de españoles entre 18 y 21 aún eran considerados potencialmente demasiado radicales, y no pudieron votar (incluso así, la suma PSOE+PCE, ambos aun nominalmente marxistas, se quedó a 750.000 votos de la suma UCD+AP); pero al año siguiente, para el referéndum del 6 de diciembre [24], y a la vista del poco entusiasmo popular, Adolfo Suarez y Campechano se sacaron de la manga un Decreto Ley [25]veinte días antes (e ilegal bajo lo que pasaba por Constitución en esos momentos, las Leyes Fundamentales, que fijaban el voto en 21 y solo podrían haber sido modificadas a su vez mediante referéndum) para meterlos por la vía de urgencia y así lograr el mayor apoyo posible -el 59% del censo electoral- mediante una anémica participación -67%- que ha sido superada en cualquier elección general posterior. Y así, amigos, con trampas al solitario, es como nos dimos entre todos nuestra Constitución. Constitución que desde ese momento los Gen-T han hecho emocionalmente suya, que para algo se aprobó “gracias a ellos”.

Volviendo a Estados Unidos, los años precedentes a la victoria de Reagan en 1980 (que a su vez coincide más o menos con la implosión de la UCD y el advenimiento de nuestro primer presidente Gen-T, Felipe González) estaban marcados por la inestabilidad económica. Visto desde 2020, cuando ya llevamos casi década y media perdida, la verdad es que los 70 parecen el paraíso: la ocupación estaba en niveles que hoy llamaríamos “pleno empleo”, la economía en general seguía creciendo, la deuda estaba controlada, y los salarios reales siguieron subiendo. Solo ocasionales recesiones y una alta inflación afeaban la imagen (que además cabría endosar a sh0cks externos, crisis del petróleo+guerra, no a los fundamentos económicos). Viniendo de los mágicos y keynesianos 50 y 60, sin embargo, la combinación entre estancamiento e inflación, la estanflación, fue vista con espanto y resultó la excusa para imponer la agenda neoliberal. Una vez barrido el pobre Jimmy Carter (un señor que se había atrevido a pedirles a los ciudadanos, en un discurso profético [26], que alomojó había que pensar un poquito más en los demás y reducir el consumo desaforado, dos cosas que a los sociópatas les resultan ciertamente difíciles), se pusieron manos a la obra con un programa que Gibney –y porqué no- describe como sociópata: la gente quería más dinero (es decir, bajadas de impuestos), pero quería seguir teniendo sus chuches públicas (es decir, ese “gran gobierno” creado por Roosevelt [27] y que se había mantenido hasta entonces). La solución de Reagan fue darles ambas cosas, cubrir la diferencia con unos déficits públicos de aúpa, y justificarlo todo con Laffer y otros unicornios rosas que no se materializaron, con la deuda pública duplicándose entre él y Bush I y con casi cualquier estadística yendo a peor [28]. Los costes de esto, en cualquier caso, no los iban a pagar los electores Boomers sino quienes viniesen después.

Gibney, de hecho, se mete a diseccionar la política fiscal 1980-2015 con bastante detalle, que no les repetiré pero que tiene bastante chicha. Primero, porque tras dos añitos full neolib un Congreso aún no dominado por los Boomers le paró los pies a Reagan y le obligó a subir un poquito algunos impuestos, aunque luego la tendencia volvió a ser el bajarlos. Con un recorrido que benefició por encima de todo a quienes empezaron a trabajar en los primeros ochenta (y querían bajadas del IRPF), tenían hijos e hipotecas a finales de los ochenta (y querían desgravaciones), empezaron a heredar en los noventa (justo cuando bajó el impuesto de sucesiones [29] y se multiplicó por seis el mínimo exento), llenaron sus cuentas de ahorro en el cambio del milenio (nuevas desgravaciones), y que en los dosmiles finalmente quisieron que sus inversiones en bolsa se inflaran todo lo posible ante su inminente jubilación (encumbrando el principio del shareholder value por encima de todo, con intervenciones gubernamentales para sustentar las cotizaciones bursátiles aunque hubiese que sacrificar el futuro de dos generaciones). Es decir, al Boomer medio.

 

La Deuda

Pero el punto culminante es sin duda la peculiar relación boomeriana con la deuda. Los Boomers son una generación en bancarrota, la primera que -habiendo recibido un país puntero y con finanzas saneadas- deja una deuda absolutamente desbocada, y para cuyo remedio no se está haciendo casi nada, al contrario, sigue creciendo. ¡Y sin una guerra importante de por medio (bueno, está la Guerra Contra El Terror… que Bush II, en otro momento de gloria Boomer, pretendía financiar mediante bajadas de impuestos + Laffers & unicorns)! Y siempre con sutiles tejemanejes a su favor: las deudas médicas causan la mayoría de bancarrotas en Estados Unidos… pero al menos te puedes declarar en bancarrota. Los créditos universitarios, en cambio, son tan intocables como una pensión alimenticia. Adivinen que le afectará más al Boomer medio: facturas médicas o ese último esfuerzo para sacarse la carrera de perito agrónomo. Evitar que los hijos hereden las deudas de los padres, que puedan empezar desde cero sus propios proyectos vitales, fue en su momento una marca inconfundible de progreso: ahora los Boomers, vía Seguridad Social y sistema financiero, han logrado introducirlo de nuevo y aprovecharse a saco de ello.

 

“La gasolina de la moto es sangre de Millennials.” “¿En serio? Pues deme dos.”

 

Porque esta deuda creciente ni siquiera va a inversiones que ayuden a las generaciones que vienen detrás, sino en su mayoría se gastan en consumo y rentas. Por lo que, aparte de la deuda, los Boomers dejarán también unas infraestructuras arruinadas. La nación que puso a un hombre en la Luna hoy tiene que pagar a los rusos para poner a uno en órbita. Las carreteras y los puentes dan pena verlos, y Gibney se explaya con un análisis de como “el sociópata” es el enemigo natural de “lo público”. Por eso la mayor parte de la magra inversión va a autopistas, donde los Boomers pueden lucir sus 4×4 SUV tragapetroleo en los interminables atascos que causa el urbanismo de inmensas urbanizaciones con bajísima densidad poblacional, otro legado boomeriano. Lo que ya me parece una ida de olla que casi desvirtúa el libro entero es que intente extender lo de “infraestructuras arruinadas” a lo militar, argumentando que los Boomers han descuidado las inversiones militares en términos de PIB. HABER, Bruce, que las FFAA de los Estados Unidos hacen el 41% del gasto mundial [30] (doblemente meritorio teniendo en cuenta que solo tienen frontera terrestre con dos países amigos y están separados del resto del mundo por dos océanos de miles de kilómetros). Y si gastan menos que hace 40 años, será en parte por algo llamado Guerra Fría.

Por suerte, Gibney no pierde demasiado tiempo (o credibilidad) en resaltarnos la sociopatía de no financiar adecuadamente la mayor máquina de matar del planeta, y pasa enseguida a la Reserva Federal y a la bolsa de valores, donde hay mucha tela que cortar indeed. Básicamente, que en el periodo 1945-1980 las grandes crisis financieras brillaron por su ausencia (gracias a una regulación bastante estricta surgida tras la Gran Depresión), pero que en el periodo 1980-2015 la cosa se ha ido de madre una y otra vez (S&L [31], LTCM [32], Lunes Negro [33], burbuja punto com [34], Gran Recesión [35])… siendo la única respuesta, una y otra vez, desregular y que el mercado se encargue, que todas esas restricciones impiden la creación de riqueza (nota: en 1980-2015 la creación de riqueza ha sido menor [36] que en 1945-1980). El resultado es una enorme burbuja en la bolsa. Históricamente, la cotización de una empresa ha sido 15 veces su beneficio anual. Ahora mismo (bueno, en 2016) está en 26 veces, una burbuja brutal (en 1999 estaban en 44). ¿Cui bono? Pues personas que abrieron sus fondos de pensiones y compraron a principios de los ochenta, cuando la ratio era de 9 o 12 veces, y que ahora se jubilan y empiezan a vender. Claro que para vender a esos inflados precios hace falta alguien que compre. ¿Cui jodo? Pues la gente joven, en aquellos casos que puedan permitirse ahorrar, y que tienen que elegir entre depósitos en el banco (que desde 2008 te dan las gracias y poco más), deuda pública (ídem), o jugar pese a todo a la ruleta de la Bolsa, confiando que la regresión a la media no les pille a ellos personalmente. Es decir, otra burbuja inflada cuyos costes pagarán otros cuando los Boomers ya no estén por aquí.

Lo mismo (y aquí enlazamos directamente con nuestros Gen-T, que en este aspecto han emulado e incluso superado a sus coetáneos del otro lado del charco) ha pasado con el otro pilar de la Grande Merde de estos 30 años: la vivienda. Aunque hay un vivo debate sobre qué constituye un precio correcto para una casa, hay un cierto consenso en que entre 1980 y mediados de los 90, los precios subieron en línea con el resto de la economía (otra cosa es si deberían haberlo hecho). En 1997, sin embargo, justo cuando los últimos Boomers habían adquirido las suyas, los precios se dispararon. Sin crecimiento poblacional o económico que lo sustentara. La explicación: subsidios del gobierno (deducciones, topes en impuestos), unido a una regulación muy en favor de quienes ya tenían casas, y de caseros sobre inquilinos. Y todo acompañado por una cultura transversal de “alquilar es tirar el dinero, la vivienda siempre sube, no seas parguela, el sueño americano es tener tu propia casa”. Cultura que favoreció una desregulación de la concesión de hipotecas, donde se eliminó el tope tradicional de financiar solo hasta el 80%, y en cambio se tiró al 90, al 95, e incluso al 100% (parguelas again: en España llegamos al 110% [37]). Cuando la burbuja estalló, la Fed intervino comprando activos inmobiliarios [38], “estabilizando” el mercado e impidiendo que los precios volvieran a un nivel razonable (unas 4-5 veces el salario anual). El pato lo pagarán los que vienen detrás, que tendrán que comprar a precios de 8-9 veces su salario anual las viviendas que los Boomers empiezan a vender para irse a disfrutar de su pensión en Florida. Cambien Fed por Sareb, y ya tienen el caso español.

Punto y aparte también para las pensiones, que Gibney considera una anomalía histórica que solo aguantará en su actual forma hasta 2035, cuando muera el último Boomer. Tras eso, hambre y miseria. Los fundamentos del caso americano son muy diferente del español, pero tres cuartos de lo mismo ocurre aquí, así que no parece tanto un asunto de si pensiones públicas o privadas, como genuinamente intergeneracional (Gibney dice que “personal e ideológicamente” prefiere una solución de libre mercado… pero que no vivimos en 1776 ni en 1935, y que a la vista de cómo está todo no queda otra que intervención masiva estatal y reducción de prestación a los Boomers – que dado que se tienen que pagar la sanidad, dolerá doblemente). Que por mucho que los Boomers den la matraca con que la Seguridad Social es “intocable” y “para todos” (que los es: para jubilados… y para niños), hay que recordar que Bill Clinton –superprogre, demócrata, y Boomer- le metió un tajo enorme [39] a las ayudas a las familias con niños pequeños. Los beneficios para los mayores, en cambio, no los ha tocado nadie.

 

Según escribía este capítulo, el libro de 2015 “Lo que te corresponde: los secretos para maximizar tus beneficios de la Seguridad Social” estaba siendo un bestseller. Imaginen que el tópico no fuesen las vacas sagradas de los mayores, sino truquitos para maximizar cupones para alimentos o ingeniería fiscal. Los tres son “bienestar”, pero cualquier bestseller sobre los otros dos tendría a jubilados quemando hasta los cimientos el bloque de vivienda pública más cercano antes de rodar, en sus scooters financiados por Medicare, al centro de la ciudad para dinamitar Goldman Sachs. Ajeno a hipocresía o hechos, Lo que te corresponde cínicamente argumenta que la Seguridad Social es “para casi todos vosotros que alguna vez hayáis cobrado una nómina y que queréis cada dólar en beneficios que os corresponde – porque pagasteis por ello”. La vergüenza ha sido borrada del diccionario Boomer, lo que permite a los autores sostener que los beneficios “incluso te corresponden si nunca contribuiste un penique al sistema, pero tienes o tuviste un cónyuge, vivo o muerto, que lo hizo”. Cierto, pero aquí estamos pasando de “te lo has ganado” a “consigue lo que puedas”. No está claro si el libro es una especie de meta-chiste.

 

Como solución, Gibney pide mayor intervención estatal. El “atractivo concepto de la fantasía neoliberal de la privatización” falla en el momento de que ni los Boomers, ni ninguna otra generación, será obligada a pagar con hambre y miseria por sus errores, eso sería políticamente imposible. Lo que sí fue políticamente posible, aunque insuficiente, fue quitarles a antiguos nazis todos sus beneficios de la Seguridad Social [40] (no me escondo: me encantaría ver algo así en España, aunque ni siquiera aquí sería suficiente). Al final: recortes e impuestos, sin dejar de confiar en la iniciativa privada para lograr “innovaciones”. Tres cuartas partes de lo mismo con el Medicare. Ese enorme tecnofetichismo también resulta un poco pesado. Para Gibney (al que predispone aún más contra los Boomers y su –percibido- escepticismo tecno-científico) se manifiesta en un apoyo incondicional a la industria nuclear y un capitulillo dedicado a la Inteligencia Artificial que no sé muy bien que pinta aquí.

 

Bruce, la tecnología mágica que puede reducir a la mitad lo que USA se gasta en medicina ya la tenemos en España.

 

Lo Social

En lo social, Gibney describe el programa Boomer como una sustitución de escuelas por prisiones: los recortes en educación (y perspectivas) han venido acompañados de un aumento sin precedentes de la población reclusa, que se ha multiplicado por cuatro entre 1980 y 2010, impulsada entre otras cosas por una verdadera sociopatía penal que pide mano dura como solución a todo, y que ha desembocado en que 28 estados tengan alguna variante del “three strikes and you are out [41]”: a la tercera ofensa criminal te cae la perpetua.

En lo educativo, los Boomers han protagonizado, como alumnos y como gestores, un descenso de Estados Unidos en los rankings internacionales. Descenso –medido en los famosos SAT [42]– que empezó hacia 1960, y terminó justo después de 1980, cuando se inició una moderada recuperación. Como el periodo coincide mahomenoh con el fin de la educación segregada, tanto por raza como por sexo, los Boomers en transversal coalición han apuntado a que esta es la razón del bajón, sea en su versión progre (“criticar los resultados del SAT es racismo”) como en su versión facha (“Dios no quiere que nos mezclemos, los negros a recoger algodón y las mujeres a la cocina”). Ocultando que la bajada en las notas también afectaba a los varones blancos de esa generación, la cual tampoco ha sido capaz de aportar nada más que neoliberalismo inefectivo (escuelas concertadas, cheque escolar…) cuando ha tocado poder.

Los Boomers son, encima, una generación enormemente pagada de si misma. Ya fuese Clinton luchando contra el crimen o Bush II reaccionando al 11S, la reacción de la oficialidad siempre era “si no estás con nosotros, estás con los criminales/terroristas”. Nos venden que ellos realizaron la lucha por los derechos civiles (falso, y hasta hoy son la generación más racista), y que aprobaron el matrimonio gay (falso de nuevo, fue el impulso de las generaciones posteriores). Si acaso, pueden apuntarse el Obamacare (del que obviamente se beneficiarán bastante). Pero se presentan [43] como poco menos que los Padres Fundadores cruzados con los doce apóstoles.

 

Un señoro con su casoplón de 200 metros y tres plantas, comprado en 1990 por el equivalente a tres salarios, regañando a los milénidos que pisan su césped. Y se supone que es una alabanza. Se nos ocurren pocas metáforas más acertadas de lo que son y representan los boomers.

 

¿Qué hacer?

A nivel individual, no hay un tratamiento efectivo para la sociopatía. De hecho, el sociópata pata negra es incapaz de siquiera admitir que tiene un problema: lo que sea, hay que imponérselo a la fuerza. Dicho de otra forma: limpiar todo el legado de los boomers tendrá que hacerse completamente al margen de los boomers. No descartamos que el Coronavirus lo haya diseñado algún Millennial particularmente resentido.

Gibney estima en diez trillones la factura “inmediata” para lograr que las cosas al menos sigan iguales y no se derrumbe todo cuando el último Boomer se ponga el pijama de pino. Que parece mucho, pero las guerras de Bush II ya van por los tres trillones con costes indirectos [44]. Dado que endeudarse ahora mismo es barato, Gibney propone un aumento temporal de la deuda para salvar la infraestructura y relanzar el I+D, e impuestos altos desde ya mismo para ir pagando todo en el largo plazo (Gibney habla directamente de subir la presión fiscal en un 25%, anatema para los neoliberales… aunque apenas pondría a Estados Unidos a la altura de Brasil, UK o Polonia, y aún 10 puntos por debajo de Alemania). Además, asegurándose que los Boomers pagan su justa parte, bajando el altísimo importe exento en herencias (ahora mismo 5.45 millones), y en su extremo haciendo que trabajen hasta los 70 tacos. Tasar la -ridículamente barata- energía fósil y penalizar a quien quema hidrocarburos como si el mañana no existiese. Dejar, en suma, el populismo de izquierda “que paguen los ricos” y asumir que hay que exigirle a toda la clase media que pague lo que le corresponde.

Este recetario tiene un nombre, aunque Gibney no lo use: la socialdemocracia de toda la vida. Bueno, la que solía haber antes de 1980. A ratos, leer a Gibney es como leer un programa del SPD de 1960. En otros ratos, pareces tener entre manos un “Der ewige Boomer”, unos Protocolos de los Boomers de Sion donde todo-todo-todo es culpa de los Boomers, con las actuaciones de Boomers sueltos sirviendo pars pro toto para construir la imagen de un enemigo, con ciertas reminiscencias (somos LPD, no lo podemos evitar) a como en cierto librillo de pacotilla [45] se construía una cierta imagen de los judíos. El propio Gibney lo dice abiertamente, culminando su obra con la propuesta de convertir al Boomer en el Schmittiano “Otro”:

 

Parte de mi objetivo ha sido obviamente establecer a los Boomers como un “Otro” altamente culpable, uno cuya deposición pudiera llevar a algún bien. Los Boomers son realmente diferentes, como ellos mismos nos recuerdan a menudo y con orgullo. No comparten los valores de otras generaciones y no se comportan de acuerdo a las mejores concepciones de América sobre si misma. Son “Otros”, incluso, a su manera, enemigos del estado y la sociedad. Piensen en el sueño de Grover Norquist de ahogar al gobierno en una bañera (o, de manera menos virulenta, en la declaración de Bill Clinton de que “la era del gran gobierno ha terminado”), o la destrucción del medio ambiente, los encarcelamientos indiscriminados, y la expropiación intergeneracional. ¿No son pruebas de la “Otrosidad” de los Boomers?

 

El libro de Gibney, en suma, se puede leer como un inmenso alegato en favor de los jóvenes; un repaso a todo lo que está mal en Estados Unidos y como para cada apartado se puede ver la ya algo temblorosa mano de los Boomers, bien manipulando, bien recogiendo los frutos. Con su buena dosis de exageración, pero de lo que se trata es de crear un lenguaje y un argumentario para cada situación, como columna propagandística de un proyecto político para renovar el país. Lo leemos y disfrutamos, pero en realidad y siendo sinceros esto es la historia de la democracia funcionando: un grupo mayoritario de ciudadanos se ha votado unas ventajas, fin de la historia. Pasa todos los días y no pensamos por ello que Aníbal Lecter esté detrás. La anomalía es que esta mayoría de ciudadanos tiene unas características demográficas muy estrechas, que estas características les han permitido ponerse de acuerdo en cosas y apropiarse de recursos en una escala muchísimo mayor de lo normal, y que –sistema electoral à la gerrymandering y colonización de la judicatura mediante- ejercen y ejercerán una influencia desmedida incluso aunque vayan perdiendo su mayoría demográfica, actuando de tapón previsiblemente hasta 2030. Lo que esto implica políticamente, no lo sé, salvo que estamos bien jodidos. Y viendo que incluso la gran esperanza blanca de los jóvenes, el Gobierno PEBLO, salió en tromba a subir pensiones [46] y a proteger a los pobres hipotecados dejando en la estacada a los que alquilan [47], no parece siquiera que estemos preparando el terreno para cuando los Boomers/Gen-T abandonen el terreno de juego. Hasta entonces, seguirá el juego con las cartas marcadas [48], y después será sálvese quien pueda. Esperemos que Bruce nos deje un hueco en su bunker nuclear cuando todo se venga abajo.