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“La Revolución de 1918/19” – Wolfgang Niess

“El verdadero comienzo de nuestra democracia”

Hace poco, con el centenario del final de la Primera Guerra Mundial, también tuvimos el centenario de la Revolución de Noviembre en Alemania. Una revolución históricamente “leída” desde su final, es decir, 1933, razón por la que su evaluación ha sido la misma que la de la República de Weimar en general: bienintencionada, pero fracasada. Contra esta imagen ha escrito el historiador alemán Wolfgang Niess este libro. Niess quiere acabar con los numerosos mitos asociados a ella y reivindicarla como el verdadero comienzo de la democracia alemana. Mitos cultivados a izquierda y derecha: los comunistas, que afirman que el SPD “traicionó” una incipiente revolución de corte bolchevique, vendiéndose a la burguesía; y la derecha, que hasta los años sesenta cultivó el mito del “Dolchstoss”, la puñalada por la espalda a las tropas en las trincheras, que provocó el derrumbe del frente y la humillante paz de Versalles. Vamos, que la evaluación de esta revolución es una evaluación del SPD, con todo lo que esto implica. Niess argumenta que ni había ganas de bolchevismo, ni se podía salvar el frente, pues la guerra estaba militarmente perdida. Fue el intento de cargarles el muerto a los civiles (y la reacción violenta cuando se vio que no estaban por la labor) lo que inició el levantamiento. Y no solo resulta interesante por nuestra obsesión por todo lo germano: si un país tan conservador y de orden como Alemania pudo hacer una revolución y mandar a Cartagena Holanda a su monarca, ¿Por qué no iba a poder España (en el plano puramente teórico, Señores de Fiscalía)?

 

¡Qué hostia!

 

La Previa

Sobre la Primera Guerra Mundial ya les he dado la murga en abundancia [1]. Niess tampoco entra muchoy se centra en el viejo conflicto en el seno del SPD entre “revolucionarios” y “reformistas”, liderados respectivamente por Liebknecht (padre) y Eduard Bernstein. Dos alas que se van a manifestar nada más suenen los disparos de Sarajevo. Sabiendo que necesitan paz interna, los dirigentes alemanes aprovechan hábilmente el miedo del SPD a la autocracia rusa y ocultan sus propias gestiones en pro de la guerra para conseguir el apoyo de los socialdemócratas a los créditos de guerra. Los reformistas se dejan tentar y llevan al partido a votar a favor, pero ya a los pocos meses empiezan a salir disidentes que critican la contienda como una guerra imperialista en la que se desangra la clase obrera por las ambiciones de aristócratas y corporaciones. La censura y el control cuasi dictatorial del gobierno militar les hacen casi imposible organizarse o difundir su mensaje, lo tienen que hacer de tapadillo y en viviendas privadas. De ahí va a salir en 1915 el “Grupo Internacional”, coordinado por Karl Liebknecht (hijo) y Rosa Luxemburg, que en 1916 se renombra en “Grupo Espartaquista”. En ese mismo año, varios destacados miembros del SPD son expulsados del partido y fundan el Grupo de Trabajo Socialdemócrata, y Karl Liebknecht es condenado a cuatro años de prisión por gritar en el Potsdamer Platz “¡Abajo la guerra, abajo el gobierno!”

En abril de 1917, el Grupo de Trabajo Socialdemócrata funda un nuevo partido, el USPD (la U es por “Unabhängig”, “independiente”). Los espartaquistas se les unen, aunque como organización autónoma. Sin embargo, recalca Niess, sería un error ver el USPD como el ala izquierda del SPD y nada más. En ambos partidos habrá miembros de casi todas las corrientes, la única diferencia en este momento es la actitud ante la guerra. La USPD está radicalmente en contra, el SPD está a favor… con un montón de reservas: paz honrosa y sin anexiones, respeto a civiles, y otros unicornios que las élites les prometen sin ninguna intención de cumplir. No obstante, en verano de 1917 el SPD convence a liberales y centristas para sacar adelante una resolución común en el Reichstag para pedir explícitamente esto. El comienzo de la “Coalición de Weimar [2]”. Servir no sirve de nada: Ludendorff y la OHL (Oberste Heeresleitung, estado mayor del ejército) dirigen la batuta hasta octubre de 1918, pasando olímpicamente de todo lo que vote el Reichstag.

Entremedias, los bolcheviques se hacen con el poder en Rusia con un sencillo mensaje -paz inmediata- y unos métodos más sencillos aún: disolver a tiros la Asamblea Constituyente. Cuanto más oyen sobre los métodos, más claro tienen en el SPD que “eso” no lo quieren en Alemania. Por otra parte, cualquier cosa que venga “desde abajo” y cause un poco de confusión (huelgas, protestas, manifestaciones) es tildada inmediatamente de “bolchevismo” por las élites. Protestas de este tipo empieza a haber a principios de 1918, pidiendo paz y pan. En abril fracasa la última ofensiva alemana [3], y el frente empieza a retroceder bajo la presión de los refuerzos americanos y los tanques británicos. La cosa huele a derrota.

 

Las banderas y la realidad, ese amor imposible.

 

El último farol de Ludendorff

En septiembre de 1918, Ludendorff llega a la conclusión de que la guerra está perdida, y empieza a planificar la derrota. Sus objetivos: la mejor paz posible, y librar de culpa a la jefatura militar. Como los aliados no quieren ni hablar con los actuales dirigentes alemanes, Ludendorff decide que hacen falta otros, y que hay que sacrificar al Káiser como chivo expiatorio. Les dice a los oficiales, al Káiser y a los parlamentarios (bueno, a estos los informa por medio de su ayudante, a ver que se han creído los plebeyos estos) que la guerra, en contra del mensaje optimista imperante hasta ahora, va muy mal, y que hay que ceder en algún punto ante Wilson antes de pedir un alto el fuego. Sus tejemanejes llevan a las reformas de octubre [4] de 1918: el Reich se convierte en una monarquía parlamentaria, donde el canciller podrá ser depuesto por el Reichstag. Guillermo II nombra también a un nuevo canciller, Max von Baden (su primo). Von Baden forma un gobierno con representantes de todos los partidos, SPD incluido, y quiere cumplir las exigencias de Wilson porque cree que sin ellas no habrá paz. Ludendorff en cambio, en cuanto el gobierno von Baden pide el 4 de octubre un alto el fuego, cambia de discurso y empieza a decir que “los civiles están traicionando a las tropas”. Ambos van a echarse un pulso “o se va él, o dimito yo” durante varios días, hasta que el 26 de octubre Guillermo II (creyendo que puede dimitir como káiser pero seguir siendo rey de Prusia [5]) finalmente despide a Ludendorff. Pero Ludendorff no estaba solo: particularmente el alto mando de la Marina Imperial Alemana va a seguir su misión, planificando (sin informar al gobierno) una última batalla naval. Una combinación de torpedear una “paz deshonrosa”, salvar el honor de la flota (que lleva cuatro años amarrada sin haber librado más que una única batalla [6]), y evitar tener que entregar los barcos al enemigo, que parece que será una condición para la paz. Y aquí es donde la tropa finalmente se planta: la rebelión de los marineros de Kiel [7] del 3 de noviembre es la chispa de la revolución.

 

La chispa

Hay una cosa de esta rebelión que la hace extraordinariamente simpática: la ausencia de nombres propios. No ha pasado a la historia ningún “gran hombre”, ningún “carismático líder” que dirigiera a las masas. Son las propias masas, organizadas en Räte (“consejos”, aunque el equivalente obvio y en mente de todos es su equivalente ruso: “soviet”), las que lo ponen en marcha, las que impiden la salida de los barcos, las que detienen a los oficiales y liberan a los presos. Cuando el diputado del SPD y experto en temas militares Gustav Noske llega para pedir calma y moderación (porque ahora, como los socialistas son parte del gobierno, los almirantes llaman al SPD para que meta orden, y este por supuesto responde, que con las reformas y la monarquía parlamentaria ya han logrado “todo lo que deseamos”), se patea todo Kiel a la búsqueda de la “dirección de la revolución” y no la encuentra. Son estas masas anónimas las que propagan la revuelta, simplemente cogiendo el tren para ir a todas las ciudades alemanas a contar la buena nueva y a animar a la gente a unirse. Allí donde llegan los marineros, encuentran Räte y milicias de voluntarios, lo que sugiere que el rollo “marineros de Kiel” es pura casualidad, la chispa podría haber saltado en cualquier lugar. A estas alturas nadie mueve un dedo por el viejo orden. En la madrugada del 5 de noviembre, los marineros alzan en los barcos banderas rojas en vez de la Reichskriegsflagge [8], excepto en la König, donde dos oficiales, Bruno Heinemann y Wolfgang Zenker, lo impiden armados y son matados en un intercambio de disparos (16 años más tarde los nazis bautizarán con sus nombres [9] dos destructores [10]). Es importante señalar que –pese a la profusión de banderas rojas- el único pero poderoso hilo conductor que une a todos es la voluntad de tener paz lo antes posible, y cualquiera que se interponga de la manera que sea es barrido. Eso y no otra cosa es lo que le pasa al almirantazgo, y amenaza ahora mismo al propio Káiser.

 

Aquí un monarca tapando su falta de preparación con mucha alharaca y ruido de sables. En segundo plano, un jovencito Winston Churchill.

 

El estallido

Berlín, 9 de noviembre de 1918 (la revolución lleva en marcha casi una semana, pero la fecha “de recuerdo” es cuando llega a la capital; por otra parte, eso la hace coincidir con el día más cargado [11] de la historia de Alemania). Primera hora de la mañana (el 9/11/18 es sábado, pero el fin de semana de dos días aún no existía en los buenos viejos tiempos). Los rumores se expanden como la pólvora: la rebelión de los marineros de la Flota Imperial, las maquinaciones del estado mayor, la activación de las tropas acuarteladas en Berlín en posiciones clave.

Dos panfletos hacen la ronda: uno, del Rat de los Trabajadores y Soldados en Berlín, llama a la huelga y a manifestarse. Otro, del Grupo Espartaquista (forman parte del Rat, pero intentan ir por libre), pide el fin de las dinastías y la república socialista. Los panfletos, en todo caso, apenas tienen difusión, al contrario que el Vorwärts (“Adelante”, el periódico oficial del SPD), que tiene que hablar mucho de “calma, serenidad y no nos precipitemos” para que no salte la censura, pero que transmite una serie de exigencias de la cúpula del SPD, incluyendo la “Kaiserfrage”: “¿qué hacemos con el Káiser?” El SPD tiene dos líderes, Friedrich Ebert (hombre de aparato y moderado, institucional, aceptable para liberales y centristas, cree que con las reformas de octubre no hace falta revolución) y Philip Scheidemann (más populista, con olfato para la situación anímica de las masas). El Káiser Guillermo II, a todo esto, ni siquiera está en Berlín: hace diez días que se ha ido con la OHL y no se comunica con Max von Baden. Scheidemann mete presión, y en la mañana del 9 lanza un ultimátum: o hay dimisión en horas, o no sabrá como contener a las masas.

Las masas, mientras tanto, han salido a la calle, pasando completamente de la SPD. Cientos de miles, algunos armados, pero sin buscar la confrontación. Aquí ocupa un papel fundamental Otto Wels [12], miembro de la directiva del SPD, que pide que el partido se una al pueblo, y convence con numerosos discursos a los soldados desplazados en la capital que no disparen contra sus “hermanos trabajadores”, logrando que este 9/11 haya “solo” 15 muertos en Berlín. También convierte la redacción del Vorwärts en la sede de un Rat revolucionario, mientras los ministros del SPD abandonan el gobierno. (En próximos episodios: Wels será el encargado, 14 años más tarde, de darle la réplica a Hitler en la votación parlamentaria de la Ley Habilitante [13], diciéndole a los nazis y sus amigos que “podrán quitarnos nuestra libertad y nuestra vida, pero no nuestro honor” antes de votar en contra; Wels será de los primeros a los que los nazis retirarán la nacionalidad y morirá en el exilio.)

Al mediodía todo se precipita: Max von Baden, al no recibir respuesta a sus requerimientos, anuncia que Guillermo II ha renunciado “como káiser y rey”, y que el poder quedará en manos de Friedrich Ebert hasta que una Asamblea Constitucional pueda determinar el futuro de Alemania. Ebert acepta y empieza a firmar decretos desde el Reichstag como un poseso. Mientras tanto, en las calles la marea es imparable, y los manifestantes ocupan los edificios de gobierno. En el ministerio de la guerra alzan la bandera negra-roja-dorada. En el Reichstag y la Puerta de Brandemburgo, la bandera roja. Entonces, con Ebert y Scheidemann sentados en el Reichstag en una especie de consejo de ministros permanente, llega el rumor de que Karl Liebknecht está a punto de proclamar una república socialista desde el Palacio Real. Scheidemann hace en ese momento un bombero torero: se levanta, se acerca a una ventana, sale a la balaustrada y proclama por las bravas la república. Luego vuelve y se sienta de nuevo, con Ebert rojo de ira, “¡no tienes derecho a proclamar nada, eso lo hará la Asamblea Constituyente!”

 

“El pueblo ha vencido, lo viejo y podrido se ha derrumbado, el militarismo es historia. ¡Viva la República Alemana!” Para haberlo improvisado de camino a la ventana no está mal.

 

Liebknecht, sin embargo, no se va a dejar quitar su momento de gloria. Opuesto a la guerra desde casi el principio, cuenta con un enorme prestigio entre la clase obrera, que sin embargo lo ignora casi todo sobre el programa espartaquista o del USPD, y apoya al SPD. SPD que ha dado un cuádruple salto mortal: apoyó la guerra desde el principio, accedió a formar parte del gobierno justo al final (legitimando las reformas “desde arriba”), el 9/11 por la mañana aún tiene ministros y pide moderación, y por la tarde ya es el líder de una revolución que colocará como nuevo canciller a… su principal dirigente. Frente a esto, Liebknecht se sube a un balcón del Palacio Real y proclama su propia república: “El día de la Revolución ha llegado. Hemos forzado la paz. La paz se está cerrando en este momento. Lo Viejo ya no es. El reinado de los Hohenzollern, que durante siglos vivieron en este palacio, ha terminado. En esta hora proclamamos la libre república socialista de Alemania. Saludamos a nuestros hermanos rusos […] por esta puerta entrará la nueva libertad socialista de los trabajadores y soldados”. A continuación, se iza la bandera roja en el mástil donde suele ondear el estandarte real, y Liebknecht pide un juramento de lealtad a la libre república socialista de Alemania y a la Revolución Mundial.

 

La RDA se consideró heredera y sucesora de esta proclamación.

 

Liebknecht y los espartaquistas sacan una publicación nueva, la Rote Fahne (“Bandera Roja”) para competir con el Vorwärts (que de repente vuelve a hablar de “imperialismo” y no de “la patria a la que debemos auxiliar en esta su hora de desesperación”), y que se dedica principalmente a denunciar a “los Scheidemanns” como colaboracionistas y agentes del capital que han traicionado durante cuatro años a la clase trabajadora. Que tienen más razón que un santo, pero que no pega en absoluto con el espíritu de la hora: los trabajadores quieren unidad por encima de todo para lograr la paz, no disensiones. La propaganda espartaquista no captura a las masas… por ahora.

Al día siguiente, 10 de noviembre, hay una gran reunión de representantes de todos los Räte berlineses (se reúnen en un circo – inserte aquí el chiste fácil). La cuestión principal es si se va a tirar por lo institucional o por una Räterepublik revolucionaria, una “república de consejos” (o hablando de nuevo en ruso: una “república soviética”). Se resuelve/aplaza votando como “Órgano Ejecutor” al grupo paritario de seis ministros SPD/USPD que Ebert ha pactado in extremis la madrugada anterior, es decir, se confirma revolucionariamente al gobierno institucional socialdemócrata, al que se le pone una carabina, el Vollzugsrat [14], una especie de órgano supremo de los Räte. Ebert sin embargo mete a varios “consejeros y expertos” de partidos burgueses para tener una representación más amplia. Hay una ausencia importante: Karl Liebknecht ha optado deliberadamente por quedarse fuera, pero su retórica no engancha con los trabajadores, dispuestos a perdonar todo lo de los últimos cuatro años en pos de la unidad y del fin de la guerra.

 

Rare picture of Friedrich Ebert in 1919. Colorized.

 

El mismo 10 por la noche, sin embargo, ocurre algo nuevo, cuya evaluación ha dado para discusiones desde entonces. Wilhelm Groener, el sucesor de Ludendorff al frente de las fuerzas armadas, llama por teléfono a Friedrich Ebert y le ofrece la colaboración y lealtad de las fuerzas armadas a cambio de “la supresión del bolchevismo” (donde la definición formal de bolchevismo es “todo lo que me moleste”). Según Groener, “Ebert aceptó la alianza”. Ebert lo negó, al menos en estos términos. No hay otros testigos. Niess especula que Ebert vio ahí la posibilidad de recuperar la centralidad entre revolucionarios y fuerzas armadas, pero nada parecido a una “alianza”. Casi al mismo tiempo, Hindenburg, ese macizo de la raza germana, anuncia su intención de “colaborar con” (significativamente, no dice “someterse a”) el nuevo régimen. Como él, el 80% de los funcionarios permanecerán en sus puestos, sin oponerse a los nuevos… pero siguiendo las mismas pautas de siempre.

El 11 de noviembre, a primera hora de la mañana, el nuevo gobierno negocia un alto el fuego. Por primera vez, los términos aparecen publicados en la prensa sin ninguna censura. Para las capas sociales burguesas, nacionalistas y monárquicas, y que gracias a su patrimonio han resistido un poco mejor las privaciones y el hambre que la clase obrera, es un shock, un petardazo en toda la cara. Los ejércitos están muy profundamente en territorio enemigo; hasta ayer mismo, las discusiones en privado iban de qué territorios había que anexionarse. Ahora, sin comerlo ni beberlo, se enteran de que no habrá anexiones, que el Reich tendrá que entregar su flota, su artillería y sus ametralladoras, que tendrá que alimentar fuerzas enemigas, y abandonar los territorios ocupados en un plazo de catorce días. El propio Groener (cuyo antecesor Ludendorff fue quien pidió urgentísimamente el alto el fuego) anota cínicamente en su diario “la dirección militar ha logrado mantener el arma limpia y a los generales sin pesadas cargas”. Los aliados no terminan de fiarse, y en particular Francia, que ha pagado el precio más alto, en vidas y material, exige condiciones que no permitan a Alemania reiniciar ataques. La prensa burguesa/de derechas habla de “condiciones crueles e inhumanas”, cuya responsabilidad con muy poca propaganda se podrá achacar a la revolución y al gobierno surgido de ella. A las 5:30 se firma el alto el fuego en Compiègne, y las delegaciones se separan sin darse las manos siquiera. A las 11:00 entra en vigor. Alemania ha perdido.

 

5 meses antes, la cosa todavía pintaba a una Unión Europea desde el Marne hasta el Don.

 

La República Social

El gobierno revolucionario-pero-institucional, mientras, no se queda quieto, y el 12 de noviembre empieza a convertir en ley reclamaciones de años de los socialdemócratas: levantamiento del estado de sitio, libertad de asociación y reunión, fin de la censura, libertad de conciencia, amnistía para presos políticos, restauración del estatuto de los trabajadores prebélico. En los próximos días, decreta la jornada laboral de ocho horas para el 1 de enero de 1919, el sufragio universal, directo y secreto para todas las elecciones (introduciendo así el voto femenino, y aboliendo las injustas leyes electorales prusianas [15]), intención de construir vivienda pública, mejoras en los seguros de desempleo y sanidad… y una garantía para la propiedad privada. Es decir, que no habrá socialización de los medios de producción. República social, no socialista. El socialismo, es consenso entre los socialdemócratas, es una cuestión de décadas, no de días, y estas reformas deben crear la base democrática y social para lograrlo. Democracia primero, Socialismo después.

Para facilitar las cosas, los empresarios (que, huelga decir, llevan décadas diciendo que la jornada laboral de diez horas les deja al borde de la ruina porque “todo el beneficio se genera en la décima hora”, por no hablar de todas las demás mejoras) están muy dispuestos a aceptar todo este programa social sin pestañear, con convenios colectivos, derecho a su antiguo puesto de trabajo de los soldados repatriados, y participación sindical en la gestión empresarial de propina, mientras se respete la propiedad privada. El 15 de noviembre ya se firma un acuerdo que recoge todo esto. El inicio de la afamada soziale Marktwirtschaft, conocido por aquí como capitalismo renano [16]. Aparentemente una victoria clara para el reformismo… si nos olvidamos por un momento que los empresarios estaban cagaditos de miedo con lo que les llegaba de Rusia, donde la jornada de ocho horas fue una de las primeras –y más populares- conquistas revolucionarias. Aquí podemos meternos en el eterno debate entre revolución y reforma, sobre los límites de ambos, y sobre lo políticamente posible, pero eso se lo dejo a ustedes, a ver si el post supera los 300 comentarios.

Este rumbo reformista no gusta a todos, y los espartaquistas particularmente intentan torpedearlo alrededor de la cuestión constitucional. Mientras SPD/USPD planifican la elección de una Asamblea Constituyente, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg piden “todo el poder para los Räte”. Sin embargo, el reformismo es enormemente mayoritario según Niess, pero hay dudas acerca del mejor momento para la Constituyente. El SPD la quiere cuanto antes, el USPD quiere más tiempo para darse a conocer, para desmontar las estructuras autoritarias del guillermismo, y para iniciar una tímida socialización de los latifundios prusianos y de las industrias del carbón y del acero, cuyos “barones” son percibidos como enemigos naturales del nuevo régimen democrático. El SPD piensa también –ke chorprecha– en la sacrosanta unidad de Alemania, que cree que será más fácil preservar con una presta constitución. Baviera no tiene claro si sigue siendo parte del Reich, y en Renania insinúan que si el nuevo gobierno no trae “orden”, igual montan su propio tinglado (resolución apoyada, je, por el alcalde de Colonia y futuro canciller de la CDU, Konrad Adenauer).

Al SPD le faltan cuadros medios y experiencia gobernando, es cierto, pero la fe que muestra estos días, con Ebert a la cabeza, en la “profesionalidad” del aparato administrativo y de los expertos burgueses a los que están dando cancha, raya en la ingenuidad infantil. Se desarma a los Räte dándoles solo tareas de supervisión sin poder real, y se renuncia a la democratización de la sociedad: en las escuelas, las universidades, la justicia, la administración, en todas partes permanecen los funcionarios del antiguo régimen, imbuidos en su autoritarismo de toda la vida. Los Räte son vistos como “la organización del desorden”. Fuera de lo institucional, la revolución se está quedando en nada, con un gobierno revolucionario más preocupado por mantener el orden que por otra cosa, haciendo cosas muy básicas y sin entrar en lo mollar, con los Räte desdentados y desmovilizados. Todo para tener tranquilos a los señoritos (que, recordemos, vienen de haber montado y mantenido durante cuatro años la guerra más inútil, innecesaria y atroz desde la de los 30 Años [17], con cientos de miles de civiles y dos millones de soldados alemanes muertos).

 

¿Y cómo lo agradecerán los señoritos? Exacto.

 

El Imperio Contraataca

El Ejército, a diferencia del SPD, tiene experiencia de gobierno y una confianza en si mismo sin límites. Está dispuesto a “colaborar” para acabar con el “terrorismo bolchevique”, y como es natural su visión de lo que constituye “terrorismo bolchevique” es muy similar a la de un editorialista del ABC que ha tenido que acudir al trabajo en –gasp– transporte público porque Carmena ha vuelto a restringir durante 24 horas los todoterreno Diesel que consumen 17 litros a los 100, la muy guarra. Muy pronto la OHL manda directiva internas que indican a los comandantes que ante “problemas” con las autoridades locales o los Räte “tomen el control directo”. A las pocas semanas, la OHL empieza a montar un estado dentro del estado, un “gobierno paralelo”, y se convierte en un factor ineludible, alrededor del que van a reunirse los elementos reaccionarios que están naciendo. Muy particularmente, los Freikorps [18], grupos paramilitares formados por voluntarios reaccionarios antirrepublicanos, comandados por los oficiales que se están quedando sin soldados por la desmovilización, y que son armados y equipados con excedentes de la OHL, que así se está construyendo un brazo armado libre de “contaminaciones” revolucionarias.

El 6 de diciembre empieza el despiece: un grupo de soldados intenta detener a miembros del Vollzugsrat. Dicen actuar “en nombre del gobierno del Reich”. La detención fracasa porque se forma una muchedumbre. Entre esto y un intento chapucero de unos manifestantes de proclamar a Ebert presidente de Alemania, se propagan rumores sobre un golpe de estado. Finalmente, una manifestación de los espartaquistas pasa delante de un destacamento militar y es tiroteada con ametralladoras “porque cayó un disparo”. Catorce muertos. No se sabe quién está detrás, todo el mundo acusa a su enemigo favorito.

Para el 10 de diciembre está prevista la entrada en Berlín de divisiones procedentes del frente. La OHL tiene planeado usar esas divisiones para ocupar posiciones clave, desarmar a los Räte e implantar un estado de excepción, con indicaciones de fusilar a quien porte armas sin licencia o se arrogue ser funcionario público sin serlo. Vamos, un golpe en toda regla, y lo sabemos por una declaración jurada del propio Groener en 1925, quien añade que todo esto se planifica con el conocimiento y aprobación de Ebert (que para entonces ya está muerto y no puede desmentir). Pero los hechos del 6 de diciembre lo hacen imposible: el Vollzugsrat exige la anulación de la entrada, y el gobierno cede: solo entrarán soldados nativos de Berlín, no podrán llevar armamento pesado, y antes de entrar serán informados por sus compañeros del Vollzugsrat. La OHL se pilla un rebote y el 9 de diciembre se quita las caretas: “de estas exigencias se concluye que la autoridad no la llevan el gobierno ni el ministro de la guerra, sino el Terror […] Si el gobierno cede ante el Vollzugsrat, el Mariscal General de Campo [Hindenburg] verá en ello una tiranía de los espartaquistas, los seguidores de Liebknecht, y los peores enemigos del pueblo alemán. Considera su obligación combatir al Vollzugsrat con todos los medios a su alcance. Emplaza al canciller Ebert a unirse a las tropas para la lucha común.”

 

“Este es un golpe POR la constitución, a ver si os enteráis.”

 

Finalmente, Ebert permite la entrada de algunas tropas, pero a condición de que las unidades realicen un juramento de lealtad al gobierno provisional. El Vollzugsrat acepta, y la OHL se echa atrás: entrar en Berlín sin Ebert sería iniciar la guerra civil, y no se atreven. Por ahora.

 

El Reichsrätekongress y las luchas de enero

En diciembre también se reúne un nuevo palabro alemán: el congreso de todos los Räte del Reich, el Reichsrätekongress [19]. Pese a ser el instrumento revolucionario deseado por los espartaquistas, estos solo han logrado ganar 10 de los 490 delegados. Ni Luxemburg ni Liebknecht lo han logrado. La mayoría absoluta son miembros del SPD (que además se imponen una férrea disciplina de voto, mientras que los del USPD siempre están a la greña), incluyendo una mayoría determinante entre los delegados de las unidades militares. Aunque pudiera parecer que este congreso va a ser una bicoca para el gobierno, dará sorpresas: por un lado, aprueba por abrumadora mayoría que un nuevo Reichstag, elegido por sufragio universal directo y secreto, actúe como Asamblea Constituyente, cuanto antes posible (este era un punto central para el SPD y Ebert), y por otro lado, tramita y aprueba, también por mayoría abrumadora y contra Ebert, un mandato para desarmar a las tropas regulares, limitar la autoridad de los oficiales, y montar una Guardia Roja como defensa de los logros revolucionarios. Es decir, un torpedo directo al militarismo alemán y al colaboracionismo con la OHL. Otro torpedo es la petición de socializar las industrias más maduras, concretamente acero y carbón, y que también cuenta con el apoyo entusiasta de la mayoría de delegados del SPD, de nuevo contra la dirección. Vamos: que el Reichsrätekongress sí busca la democratización social, no solo la institucional, y que la OHL se toma como lo que es: un pulso donde se niega a dar su brazo a torcer.

El siguiente hito es el “putsch de Nochebuena”. Un rifi-rafe entre el gobierno provisional y una unidad de marinos acuartelada en el Marstall [20] acaba con Otto Wels de rehén de los marinos. La OHL ve aquí una nueva oportunidad para repetir el golpe fallido de dos semanas antes y se “ofrece” para resolver el asunto. Ebert cede. El 24 de diciembre, una división asedia el Marstall y tras un ultimátum de diez minutos abre fuego con armamento pesado. Los marinos se rinden, pero el golpe vuelve a fracasar por la intervención de 100.000 civiles que rodean a la división, liberan a los marinos presos y desarma a los oficiales. Pero el daño ya está hecho: el USPD –que no fue informado- denuncia la connivencia de Ebert con la OHL, en la que ven el mayor peligro para la revolución, mientras Ebert y sus compañeros consideran que es la izquierda radical. Los ministros del USPD dimiten el 29 de diciembre.

El día siguiente, 30 de diciembre, vive el nacimiento de un nuevo partido: los espartaquistas se separan del USPD, se unen con grupos leninistas y diversas asociaciones revolucionarias, y fundan el “Kommunistische Partei Deutschlands (Spartakusgruppe)” – el partido comunista alemán, la KPD. Rosa Luxemburg, que prefería el nombre “Partido Socialista”, es también la encargada de redactar el programa, que afirma no querer el poder salvo por la voluntad mayoritaria de las masas proletarias, y descarta cualquier utopía y cualquier golpismo. Teniendo en cuenta que ipso facto el partido decide no acudir a las inminentes elecciones, se ve que ni siquiera se lo leyeron. En cualquier caso, el KPD ahora mismo no es un partido leninista, sino una asociación suelta de grupos locales con bastante autonomía.

Tras la salida del USPD, el SPD fuerza también la salida del presidente de la policía de Berlín, Eichhorn. La llamada a la protesta el 5 de enero resulta en la mayor manifestación de la historia, incluso mayor que la del 9 de noviembre. Grupos armados ocupan edificios públicos y redacciones de periódicos, y publican llamadas a la huelga general y a derrocar al gobierno de Ebert. Aunque ha pasado a la historia como “revuelta espartaquista [21]” o “revuelta del KPD”, estos no tienen mucho que ver con la génesis, pero tras las primeas acciones un contubernio de espartaquistas, mandos locales del USPD y otros grupos ven en esas masas (que aprovechan de paso para protestar contra el rumbo general que está tomando todo) la base para una revuelta armada y una revolución, y se apropian de ella. También Rosa Luxemburg, que va a escribir varios artículos con llamadas a la revuelta. Pero la revuelta no prende, y para el 12 de enero las tropas gubernamentales han logrado tomar el control, con cientos de muertos. Estas tropas son mayormente milicias de militantes del SPD, y aquí está según Niess la última oportunidad de montar un ejército realmente republicano, usando estas tropas como núcleo. Pero Ebert y el SPD dejarán pasar la oportunidad y confiarán en la OHL. Lo que vale esa confianza lo están a punto de ver.

La Garde-Kavallerie-Schützen-Division (sí, se llamaba así [22], que culpa tengo yo) dirigida por el capitán Waldemar Pabst [23] entra en Berlín y se acuartela en el hotel Eden. El 15 de enero, un grupo de vigilantes le traen dos prisioneros: Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Pabst telefonea a Gustav Noske, flamante ministro del Ejército, que le ordena entregarlos en la cárcel de Moabit, “y evitar a toda costa que sean liberados por simpatizantes”. A Pabst ni se le pasa por la cabeza entregarlos: ordena un transporte durante el cual Liebknecht “intentará escapar”, mientras Luxemburg será “tiroteada por un desconocido desde la acera”. Sus subordinados ejecutan las órdenes – de las que en la OHL siempre dirán “pero si es lo que el SPD quería secretamente, nosotros simplemente hicimos lo que había que hacer”.

El asesinato convierte a los dos en mártires. Incluso Max Weber, que en enero había dicho que “Liebknecht debía estar en un manicomio y Luxemburg en un zoológico”, está consternado. Aunque Ebert (para entonces presidente) lo intenta, la sentencia no es recurrida por la Fiscalía. El asunto –un asesinato impune que toda la administración encubre- le augura un negro futuro a la república.

 

El “A por ellos” que se nos fue de las manos.

 

El gobierno llama a Pabst para interrogarle. Hindenburg respalda la orden, y Pabst tiene que acudir – instruyendo que “si a la hora y media no me han soltado, entráis con las armas y aplastáis cualquier resistencia”. Dentro, le explica de forma chulesca al gobierno que “arrojarme de carnaza a las masas sería una injusticia”, “les recuerdo que su muy excelente gobierno depende de tropas como las mías”, “por si acaso mi división ya está avisada”. Le dejan ir y es recibido con vivas por sus hombres, que lamentan no haber podido asaltar la cancillería. La investigación oficial (realizada por jueces militares, uno de ellos un jovencito Wilhelm Canaris [24]) da por buena la versión oficial, pese a que Liebknecht tiene una herida de bala a bocajarro. Finalmente, solo unos pocos soldados son condenados a penas menores por negligencia.

 

La República de Weimar

El 19 de enero, apenas una semana después de la revuelta, las elecciones a la Asamblea Constituyente le dan la victoria al SPD, con un 37,9%. Sumando el 7,6% del USPD, las izquierdas tienen un 45,5%. Elecciones locales dan en general la victoria al SPD, la USPD se come los mocos, en el sur vencen partidos burgueses. No hay una mayoría social para una transformación radical de la sociedad, pero todos los partidos son pro-republicanos y aceptan que muchas transformaciones son necesarias. Pese a su retórica antisocialista, los dos principales partidos burgueses, el Zentrum católico y rural, y el liberal Partido Democrático Alemán DDP, están dispuestos a colaborar con el SPD. Los tres juntos suman un 76% del voto, con una participación del 83%. Esta “Coalición de Weimar” va a gobernar, en menage a trois con geometrías variables e invitados casuales, durante los siguientes 14 años. Ebert se convierte en el primer presidente, Scheidemann en canciller. Como Berlín es considerado demasiado peligroso, la Asamblea se busca provisionalmente una pequeña y tranquila ciudad de provincias para sus sesiones: Weimar [25]. Weimar simboliza el humanismo y la riqueza cultural que la Coalición quiere poner en el centro del nuevo régimen, su Teatro Nacional [26] (donde se reúne la Asamblea) está presidido por una estatua de Goethe y Schiller.

 

Aquí comenzará también el asalto simbólico a Weimar: en 1926 el NSDAP celebrará en este teatro su primer congreso post-legalización, con la venia del gobierno conservador.

 

La Constitución de Weimar resultante lleva en su interior una serie de fallas que debilitarán fatalmente a la república en cuanto vengan mal dadas: tras el periodo poco representativo precedente, se crea un parlamento completamente proporcional, el voto de todos los alemanes vale lo mismo. Con un 0.3% logras representación: una garantía para un parlamento fraccionado, donde es difícil crear mayorías. Para compensar, se imbuye al Presidente del Reich de un mandato de siete años y muy amplios poderes. Cuando la economía se vaya a pique en 1929 y el parlamento no logre ser operativo, la reacción natural de la derecha será reforzar aún más la autoridad del presidente y vaciar el parlamento [27]. Se recogen también derechos individuales, pero la Constitución apenas habla de socializar la economía.

La clase obrera, sin embargo, no ha renunciado a sus objetivos, e inicia una campaña de huelgas generales para exigir todo lo que la Constituyente está barriendo bajo la mesa: socialización de los medios de producción, reconocimiento de los Räte (solo se reconocerán los de las empresas, como “empresa” se traduce también por “Betrieb”, aquí nacen los Betriebsräte, que ustedes conocen como comités de empresa), democratización de las fuerzas armadas. Ante el tamaño de las protestas, Noske declara el estado de excepción en Berlín [28] el 3 de marzo y llama, ahora sí, a los Freikorps. 30.000 soldados entran en Berlín. En dos semanas de luchas, por 75 soldados gubernamentales van a morir unos 1500 opositores, la mayoría por una licencia para matar que hay que saborear en toda su amplitud, para reconocer el sabor cualquier día de estos: el 9 de marzo, OK Diario la Berliner Zeitung trae la noticia de que “espartaquistas han perpetrado una masacre en Lichterfeld, matando a sesenta policías y una docena de soldados que se habían rendido”. La noticia es citada por El Mundo y el ABC el Berliner Tageblatt y la Vossische Zeitung, la prensa “seria”. Noske reacciona ordenando que “cualquier persona que sea hallada con armas en la mano luchando contra el gobierno será fusilada de inmediato”. Aunque la noticia de la masacre pronto se revela como falsa, la orden permanece en vigor hasta el 16 de marzo. Posteriormente, se descubre el origen de la fake news: la sección de propaganda de la Garde-Kavallerie-Schützen-Division, comandada por nuestro viejo conocido Pabst, quien por cierto ha redactado también la orden firmada por Noske. Así consigue vía libre para los Freikorps, que en esto también anuncian lo que serán las SS y los otros verdugos de Hitler. Incluyendo, como un negro reverso de la falsa masacre de Lichterfeld, el asesinato de 29 prisioneros.

 

Versalles

A todo esto, acabamos de salir de una guerra y todavía hay que firmar una paz. En Versalles, Alemania argumenta que “culpables todos, hoygan”. Lo mismo que diría el Káiser. Aunque el SPD ya sabe que hay una responsabilidad especial: Karl Kautsky ha estudiado los archivos, y dictamina que se empujó a Austria-Hungría a declarar la guerra a Serbia, lo que hace a Alemania responsable de la escalada. Pero reconocerlo implicaría reconocer también que durante cuatro años el SPD ha sido cómplice y/o pardillo. Así que no lo hacen, y firman “bajo protesta” el artículo 231, que dice que Alemania es la única responsable. El USPD indica tímidamente que Alemania impuso a Rusia una paz aún peor en Brest-Litovsk, pero esas voces mesuradas desaparecen en la tormenta de indignación que recorre la sociedad, y a las que se une el SPD cual plañidera (a pesar de que sus bases pasan un poco del tema; los “intereses nacionales”, ya tu sabeh).

Versalles y la Puñalada: la derecha ya tiene todo lo que necesita para montar una contrarrevolución. El primer intento lo hace nuestro viejo conocido Pabst, que el 21 de julio de 1919 pone en marcha soldados contra Berlín. Sus superiores le paran, el golpe no se materializa, y el buen hombre tampoco tiene que responder. Tras algunos coqueteos con el Austrofascismo y el fascismo italiano, Pabst rechazó una oferta de Hitler porque consideraba a este “un socialista”, se dedicó a la compra-venta de armamento, y murió rico y honrado en 1970. Pero el principal golpe desde la derecha, con el que Niess también termina la historia de la revolución, fue el Golpe de Kapp [29], el 13 de marzo de 1920, precedido por varios meses de abiertas proclamas anti-republicanas en las universidades y los púlpitos. El gobierno, tras firmar el tratado de Versalles que limitaba el número de soldados que podía tener Alemania, por una vez estaba determinado a cumplir, e intentó disolver los Freikorps y varias unidades conocidas por su extrema oposición a la república. Ante esto, el general von Lüttwitz, con el apoyo de Ludendorff, tomó la reaccionaria Brigada Ehrhardt [30] y marchó contra Berlín, ocupando la ciudad y proclamando un gobierno militar. El gobierno legítimo huye a Dresden y ordena al ejército que intervenga en defensa de la república. El ejército, tan encantado de actuar contra espartaquistas igual de golpistas pero más piojosos, replica “Reichswehr schiesst nicht auf Reichswehr”, que les traduzco por “perro no muerde perro”.

 

La Brigada Ehrhardt en Berlín, para defender el Honor de Alemania y de sus fuerzas armadas. Si lo ves no digas nada, solo RT.

 

El golpe es de una brutalidad atroz, se fusila simplemente por llamar a la huelga, a cualquiera que porte un arma. Se fusila a prisioneros y a mujeres. “Éramos más honorables contra los franceses”, opina un soldado. Pero el golpe fracasa porque los sindicatos, el SPD y el USPD (y la KPD también, después de algunos titubeos iniciales) llaman a una huelga general masiva que logra paralizar el país. Habla a las claras de la situación de la justicia que solo un implicado en el golpe sea condenado: Traugott von Jagow, cinco años, de los que cumple tres. Los jueces consideraron su “desinteresado patriotismo” como atenuante. Los demás acusados son declarados inocentes o han huido.

 

La Revolución en provincias

Niess hace también breves excursos para describir la revolución fuera de Berlín. En Munich, SPD y USPD lograron deponer al rey y nombrar un parlamento de representantes de los Räte, que proclama Baviera como un “Freistaat”, adjetivo que aún lleva pero que en ese momento ambiguamente también podía indicar un estado independiente. SPD y USPD aparcaron sus diferencias gracias al carisma de Kurt Eisner, del USPD, nombrado primer gobernante del Freistaat. Carisma es todo lo que tuvo porque en las elecciones de enero de 1919 el USPD se quedó en un 3%. Camino de parlamento para anunciar su renuncia, Eisner fue tiroteado a muerte por Graf Arco, un aristócrata, nacionalista y teniente del ejército, que antes del magnicidio escribió “Eisner es bolchevique, es judío, no es alemán, no siente como un alemán, debilita cualquier pensar y sentir patriótico, es un traidor”. Lo de “traidor” viene de que Eisner como gobernante publicó los archivos reales bávaros que demuestran que las élites alemanas –lejos de la propaganda de “una guerra legítima de defensa”- jugaron con fuego y permitieron de manera consciente la escalada que llevó a la guerra [31].

Baviera sucumbió durante meses al caos, con proclamaciones y contraproclamaciones, y como culminación la Räterepublik, la “república de los consejos”, el 7 de abril de 1919. República que además enlazó con los fuertes sentimientos anti-prusianos en Baviera, donde muchos preferían una unión con Austria y la nueva Hungría [32]. En auxilio de los “unionistas” llegó nuestro viejo amigo Gustav Noske con 35.000 soldados. Con el modelo conocido: algunos asesinatos de las milicias de los Räte se usaron como excusa para una reacción que se cobró cientos de vidas, la mayoría civiles inocentes. En enero de 1920 se juzgó a Graf Arco: condenado a muerte, aunque los jueces certificaron “que no cometió su crimen por bajas pasiones, sino por ardiente amor por su pueblo y patria”. Al día siguiente, el consejo de ministros bávaro ya le había conmutado la pena por cadena perpetua. En abril de 1924 ya estaba en la calle. Para entonces ya había ocurrido el golpe de Kapp, cuya consecuencia más duradera fue que Baviera cayó bajo un gobierno de derechas, muy reaccionario y nacionalista. Las izquierdas no volverán a gobernar allí mientras dure la república (y solo 4 años desde 1945 [33], así que igual es que son de derechas y ya).

 

Tal vez el uso de la violencia era inevitable dadas las circunstancias de la primavera de 1919, pero para Noske no es el último, sino el único recurso. Con férrea consecuencia, empecinamiento incluso, declara estados de sitio y da mandatos sin límite a sus comandantes militares para “restablecer el orden”. Usa para ello tropas de mentalidad extrema nacionalista o völkisch. Hombres que creen en la Leyenda de la Puñalada y que al fin tienen delante del cañón a los odiados socialistas y traidores, a los que creen responsables de la derrota. En consecuencia, su comportamiento es bestial y desatado. El camino desde estas unidades a las SA o SS es corto.

 

Tablas

La situación en marzo de 1920 es de tablas: las izquierdas tienen la fuerza para parar los golpes de estado, pero no para democratizar instituciones clave como el ejército o la judicatura. La derecha nacionalista y reaccionaria tiene fuerza para dar golpes de estado, pero no para imponerse, aunque no terminará de aprender esa lección hasta 1923, con el golpe de Hitler.

En las izquierdas habrá un movimiento tectónico importante: el USPD se parte en dos, y los dos trozos se incorporan al KPD y al SPD respectivamente. Pero ya nunca tendrán el apoyo inicial. El SPD será el partido de estado, el gran sustentador de la república, que es su obra histórica y que defenderá hasta el final. En el campo burgués, en cambio, ya ha empezado un proceso de radicalización y polarización. Los liberales de izquierdas del DDP van a perder continuamente votos. El DVP [34], liberales de derechas, colecta muchos, pero el principal partido de derechas pronto será el DNVP [35], un VOX con todas las letras.

¿Tuvo que ser todo así? Una crítica muy común desde la derecha (y también desde el SPD de Ebert, al menos hasta el mediodía del 9 de noviembre) es que esta revolución “no hacía falta”, pues las reformas de octubre habrían logrado todo lo que necesitaban/querían los revolucionarios, y que todo nació porque las reformas “se comunicaron mal”. Me imagino que nuestra querida CT haría una valoración similar. Niess señala que

 

Esas evaluaciones ignoran completamente la realidad política en octubre y noviembre de 1918. Texto constitucional y realidad constitucional no son idénticos ni siquiera en circunstancias ordenadas, y en otoño de 1918 estaban separadas por un barranco. El Reichstag se había convertido en el órgano supremo del poder político, pero aún existían los gobernadores militares, en quienes se concentraba de facto todo el poder en sus distritos. La Heeresleitung y el almirantazgo retienen el poder militar, y dejan claro que no son de fiar y no se someterán permanentemente al Reichstag y al gobierno por él nombrado. La dirección militar ha exigido la parlamentarización del Reich como jugada política, haciéndola posible, pero ya desde el 24 de octubre intenta deshacer lo hecho.

[…]

La monarquía parlamentaria que arranca sobre el papel con las reformas de octubre, nunca se hace realidad. La Corona y los militares nunca quisieron nada más que “pueblos potemkin” para engañar a Wilson. Cuando ven que no cuela, enseguida dan marcha atrás, e incluso un alto el fuego parece alejarse entonces.

 

La revolución alemana no fracasó – o solo lo hizo por las expectativas y las oportunidades perdidas, que fueron muchas. Las razones son variadas y complejas. Pudo ser mejor, pudo ser peor. Pese a todo lo que vino después, logró establecer una república parlamentaria que sobrevivió a una hiperinflación, a la ocupación de territorios, y a varios golpes de estado, siendo un foco de innovación cultural y social. En mayo de 1928, NSDAP+DNVP suman un 16.8%, apenas un puntito más que NS+VOX en 2019-II [36]. No estaba cantado que debiera caer. Muchas veces estas cosas dependen de un aleteo cuántico [25]. Si cabe extraer alguna lección de todo esto es que, a) el reformismo es una mierda pinchada en un palo, b) en el 95% de los casos es lo que hay, y c) no esperes nunca que la derecha te agradezca o recompense tu vía reformista.

Lo que sí sabemos es que la revolución traumatizó a Hitler, y que todo su Tercer Reich hay que entenderlo como una enmienda a la revolución. Por eso da su golpe de 1923 [37] el 9 de noviembre, en 1938 es el día en que arden todas las sinagogas de Alemania [38], y será el día de los mártires del partido [39], en un intento de apropiarse de la fecha. Para los nazis, la revolución fue una puñalada del judaísmo y sus siervos marxistas contra el noble pueblo alemán, “un día negro de nuestra historia, en que una turba de criminales sin patria mancharon el sagrado monumento del victorioso soldado alemán con las locas consignas de la hermandad internacional”, según Goebbels. Y durante toda la guerra Hitler asegura una y otra vez que “no volverá a haber un noviembre de 1918”. La revolución representa todo contra lo que él hace política.

Solo por eso, dice Niess, conviene ver e inspirarse en lo bueno: el verdadero comienzo de la primera democracia alemana, nacida del pueblo. Porque la república no perteneció ni a Ebert ni a Liebknecht: perteneció a las multitudes que salieron a la calle, los hombres y mujeres que sin saber si volverían vivos a sus casas decidieron expulsar a los responsables del desastre sin paliativos en que estos habían metido a Alemania; personas comunes que habían aguantado sin queja durante cuatro años atroces hasta que, sencillamente, el cántaro se rompió. Y se merecen una visión que ignore el 30 de enero de 1933.