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“Historia de Roma – Römische Geschichte” – Theodor Mommsen

DAS BUCH

Este libro impone respeto. Mucho. Son mil páginas, con letra pequeña, y en un alemán del siglo XIX. Y por el enfoque y la materia (la historia completa de la República Romana), debería estar escrito en piedra. O al menos, sobre pergamino medieval y forrado en piel de león. Además, llevaba mucho tiempo con ganas de enfrentarme a este libro, probablemente el más clásico de los clásicos. Desde que me tocó leerme una antología de Mariano José de Larra en cuyo prólogo se quejaban de que hoy en día los periodistas escriben “como si fuesen a prologar la Historia de Roma de Mommsen”. Por suerte, el autor de esta monumental obra (que le sirvió para ganar el Premio Nobel en 1902, uno de los pocos escritores de no-ficción en hacerlo) no es un periodista español. Theodor Mommsen, coetáneo de Larra, nació como hijo de un pastor en 1817 en Schleswig [1], entonces parte del Reino de Dinamarca, pero no se equivoquen: en espíritu él era prusiano [2], participó en la Revolución de 1848, se tuvo que exiliar, militó en el liberal Partido del Progreso Alemán, fue diputado varias veces, y se enfrentó a Bismarck por asuntos de política social. También dejó escrito en 1885, en pleno apogeo de la Alemania bismarckiana del Segundo Reich, “en mi tumba no quiero ni imagen, ni palabra, ni mi nombre siquiera, pues personalmente ansío ser olvidado lo antes posible por esta nación sin espina dorsal, y no considero un honor perdurar en su memoria”.

Pero lo que nos interesa hoy aquí es que, pese a su actividad política –y el hecho de que tuvo 16 hijos, que nos imaginamos que te roba tiempo- muy pronto se convirtió también en uno de esos profesores alemanes dedicados en cuerpo y alma a alguna faceta del conocimiento. En su caso, la Historia Antigua, donde acumuló unos conocimientos enciclopédicos de los clásicos, que combinados con su experiencia política darían lugar a una peculiar visión de Roma.

 

Christian Matthias Theodor Mommsen.

 

La literatura del siglo XIX no es mi favorita, pero diré algo en su favor: en general, sus autores saben acertar con la longitud de las obras. No se aprecia aún ese pernicioso efecto “¿cómo, que me pagan el manuscrito al peso?” que ha infestado la literatura de finales del XX y nos ha traído bodrios inflados como la literatura de aeropuerto [3], los ladrillos adolescentes [4], o la obra completa de Isaac Asimov posterior a 1980 [5]. En el siglo XIX, los libros duran lo justo y necesario. Es por eso que si un libro dura 1000 páginas, significa que el autor tiene algo de sustancia que contarnos (lo que, de nuevo, le diferencia del periodismo español actual).

El libro tiene además el atractivo de ser “historia doble”, por llamarlo de alguna forma: te enteras de la historia de la Roma Antigua, pero también de cuál era el universo mental del siglo XIX, porque Mommsen, por muy liberal que sea, retrata a la perfección los esquemas mentales conservadores de la época. O más bien, parece que lo liberal de su época ha devenido en lo conservador de hoy en día (en sus últimos años, Mommsen abogaba por aliar a liberales y socialdemócratas contra conservadores). Incluso, diríamos, en lo ultraconservador: Mommsen hace una lectura claramente moral (pero también muy política) de casi todo, y los ascensos y caídas son para él consecuencia de la tenencia o falta de virtud. Abundan los comentarios sobre “naciones caídas en la molicie” (los etruscos), “ablandadas por la comodidad y la mediocridad de su libertad” (la Magna Grecia), “infantiles e incapaces de organizarse” (los galos), o directamente “peseteras” (los cartagineses). En contraste, Roma tiende a ser generalmente virtuosa, aunque muchas más veces el secreto es simplemente la habilidad de los romanos para encontrar un equilibrio a sus tensiones internas… equilibrio financiado con los despojos de las conquistas romanas, por otra parte. Esta búsqueda del equilibrio, reflejada en su cambiante constitución legal, es el otro eje de la lectura mommseniana, tanto que su obra ha sido tildada de Verfassungsgeschichte por ahí (bueno, “por ahí” no, claro, esos términos no se suelen usar en las tertulias, me refería a otros historiadores alemanes): como una “historia constitucional” de Roma.

 

Los comienzos de Roma

Y ya entrando en materia, nos sumergimos en los comienzos de la historia romana. Comienzos que Mommsen nos retrata de forma descarnada, pasando completamente de mitos fundacionales, lobas nodrizas y gemelos aplicándose un ERE al 50% de la plantilla. (Aunque los mitos –la forma en que los romanos se veían a si mismos- son toda una lección de psicoanálisis: fundas la ciudad y casi lo primero que pasa es que un hermano mata al otro. Como si el enfrentamiento fratricida estuviese programado. Posteriormente, Rómulo recluta a los primeros romanos de entre los refugees, delincuentes y descastados del Latium, prefigurando la inusitada capacidad de Roma de coger a gentes de todo pelaje para convertirlos en “romanos”. Que Atenas muy democrática y tal, pero siempre tuvo una ciudadanía basada en el ius sanginis, con su mito fundacional que decía que los primeros atenienses brotaron de la misma tierra.) No, la obra de Mommsen, aquí también innovadora, pasa por completo de cuentos para niños y supersticiones, aunque más que científica refleja cierto ingenuo cientifismo del siglo XIX. Pero bueno, ya es un avance, y no pequeño, con respecto a lo que había antes. Alguna referencia sí entra, pero como explicación a fenómenos posteriores. Por ejemplo, el hecho de que casi todas las instituciones religiosas antiguas y bastantes leyendas manejan el número tres o algún múltiplo (tres sacerdotes Flamen, tres horacios para tres curacios, nueve vírgenes vestales…) es indicio de que Roma nació de la unión de tres grupos diferentes, algo reflejado incluso en el nombre que se dieron los grupos: tri-bus (de donde viene también tribuno).

Roma aparece, no repentinamente, sino emergiendo poco a poco de las brumas de la historia, en la frontera entre el Latium y Etruria. Apenas quedaron testimonios escritos del periodo de los reyes y el primer siglo de la República, como consecuencia entre otras cosas del saqueo de Roma en 390 AC por los galos, y los historiadores tienen que tomarse las leyendas de ese periodo con mucho cuidado, pero Mommsen hace un buen trabajo y apenas se nota esa divisoria. En aquel periodo, los etruscos logran imponer su hegemonía parcial sobre Roma, pero están en franca decadencia, y pronto Roma se los zafa y empieza a someter a sus vecinos latinos. La verdad es que centrar la historia de la Italia de esos siglos en Roma es como centrar la historia de España de los siglos IX y X alrededor de Madrid, porque ambas son poblachones recién fundados que no llenarían ni un barrio menor de las grandes ciudades del momento, aunque Mommsen amplía hábilmente el foco para situarnos en una Italia dividida, que Roma va no tanto a gobernar sino a convertir en una especie de OTAN para defenderse conjuntamente de los galos (con los romanos, claro, en el papel de los estadounidenses). Este ascenso da para rellenar dos siglos de guerras casi ininterrumpidas donde los romanos, siempre a una o dos batallas de volver a la casilla de salida, aprenden a encajar golpes sin pestañear, a repartirlos con la pegada de una mula, y a no rendirse nunca.

 

Roma: los comienzos.

 

Un devenir que configurará para siempre el imaginario colectivo romano alrededor del primado de la fuerza bruta y la “superioridad natural” de los triunfadores sobre los débiles, conceptos que Mommsen lamentaba pero que se tomaba bastante en serio. Algo que podríamos desechar como reliquia del siglo XIX, y de lo que la humanidad se ha curado después de ver cómo se las gastan los autoproclamados “superiores” a lo largo del XX, pero a día de hoy, poco a poco esas ideas vuelven a colarse en la derecha conservadora, y ya incluso nos los encontramos en el mainstream de la mano de divas neocon como Aznar y sus epígonos, solo que sin los conocimientos enciclopédicos de la historia de un Mommsen (y sin Premio Nobel de Literatura, claro).

 

Pirro

Al final de este periodo, hacia el año 280 a.C., surge una amenaza grave: Pirro de Epiro, llamado por los tarentinos, cruza a Italia y se enfrenta a Roma, derrotando a sus ejércitos cual Alejandro Magno (primo lejano suyo, de hecho) barriendo a decadentes orientales [6]. Sin embargo, presenta a los romanos una oferta de paz basada en el statu quo ante. Tras dos batallas perdidas, muchos romanos creen que les ha tocado la lotería, y el Senado se reúne para deliberar. Aquí podemos hacer la “lectura heroica” y creernos que el épico y patriótico discurso de Apio Claudio Ceco [7] convenció a los romanos para seguir la guerra… o podemos hacer la lectura “si Pirro atacara el infierno, nos subiríamos a la Rostra [8] a jalear a Satanás y proponerle un Pacto de Estado”. Aquí somos más de la segunda, ya saben. Mommsen, reconfortantemente, también. Pirro ofrecía esta paz tan fetén porque había recibido una petición de los griegos de Sicilia para que los librara de los cartagineses y quería acometer la tarea lo antes posible, con vistas a establecerse como jefazo de todos los griegos desde Sicilia hasta Jonia. Cartago mandó enviados a Roma, ofreció dinero a la República, argumentó que pactar con Pirro era renunciar para siempre a gobernar Italia, y propuso seguir la guerra hasta vencer juntos. Roma se quedaría toda la península itálica, y Cartago se embolsaría Sicilia. No había que ser Bismarck para ver el negocio, y Roma aceptó (aunque Bismarck seguramente se habría encargado de que los griegos no se debilitaran demasiado, habría desactivado a los galos pactando con ellos una invasión de Córcega, a continuación prometería media Macedonia a los tracios para, una vez estos se lanzaran a por Epiro, pactar con los escitas; los romanos en cambio tenían la pegada de una mula, pero los horizontes aún muy limitados). La guerra continuó, y se saldó con la derrota de Pirro y de los griegos sicilianos. Pirro abandonó Italia y se dedicó a borbonear para que le dieran el trono de Macedonia, hasta que en un rifirrafe en las calles de Argos una abuelita le partió la cabeza tirándole una teja desde un balcón. Ante la noticia, los tarentinos se rindieron a Roma, que con esto terminaban su conquista de “Italia” (que en aquel momento aún no incluía el valle del Po, poblado por galos).

 

Las guerras púnicas

Ya hemos hablado por aquí de las tres guerras púnicas [9] y no es plan de repetirse, pero sí es buena ocasión para hablar de otro gran atractivo del libro, particularmente de su edición en alemán, que es la que he manejado. Porque es leer ciertas partes y literalmente sentir que con este libro u otro en su línea aprendieron historia antigua los jerarcas nazis en su infancia y juventud, y como copiaron para su Tercer Reich expresiones, conceptos y lo que ellos creían virtudes romanas: la guerra permanente como forma de forjar una conciencia nacional, la marcialidad como medida de todas las cosas, la lucha hasta el final sin rendirse nunca, la noción de superioridad natural –racial- sobre otros pueblos, la política de sangre y tierra de colonización de nuevos territorios con ciudadanos romanos como forma de asegurarlos y crearse un Lebensraum… Todo eso se palpa a lo largo de casi todo el libro, pero donde más salta a la vista es en la historia temprana, cuando apenas aparece la política interior y Roma parece más un organismo uniforme -esa vieja fantasía fascista- que un estado con sus rivalidades internas, su lucha de clases y sus rencores de andar por casa.

En las guerras con Cartago, además, se une el enfrentamiento con un pueblo semita (y la forma tan inocente, aunque bastante común en el XIX, con que Mommsen habla de ciertos pueblos como “razas”). Casi se espera uno ver párrafos enteros subrayados y un “richtig!” escrito en el margen del puño y letra de Hitler [10] o Goebbels [11]. Porque Mommsen, pese a ser un liberal comprometido con los judíos (hasta el punto de fundar una Asociación contra el Antisemitismo [12], aunque siempre pensó en favorecer su asimilación, y además soltaba unas perlas sobre los checos que hoy serían inaceptables), a los pueblos semitas los pinta como simples mercaderes y tenderos, incapaces de asimilar lo bueno que otras naciones pueden ofrecer, poco fecundos intelectualmente y otras lindezas, aunque algunos párrafos bien se pueden aplicar a otras épocas posteriores:

 

Si resumimos los distintos momentos, se nos aparece la constitución cartaginesa como un régimen de capitalistas, como cabe esperar de una ciudadanía sin clase media, compuesta por una plebe urbana sin medios, y grandes comerciantes y terratenientes. El sistema de restaurar las fortunas de los señores caídos a costa de los súbditos por la vía de mandarlos a gobernar y recaudar impuestos en las comunas sometidas, esta característica de una putrefacta oligarquía urbana, no faltaba en Cartago.

 

A cambio, igual que a los galos les reconoce ser los más valientes -algo que incluso hacían los propios romanos-, Mommsen les reconoce a los cartagineses una tenacidad sin igual, e incluso cierto valor, como se pudo ver en la Tercera Guerra Púnica, cuando frente a la supremacía romana aguantaron como posesos un asedio de tres años. Y a sus dirigentes en la Primera y Segunda, la familia Barca, los pone directamente por las nubes como estrategas y conquistadores, si bien con la coletilla de que Aníbal odiaba a Roma “como solo una naturaleza oriental es capaz de hacerlo”. Coletilla que se compensa en el capítulo inmediatamente posterior a la batalla de Cannas: “No fue la duda [de Anibal en atacar Roma tras vencer en Cannas] lo que salvó a Roma, sino la fuerte arquitectura de su federación, y quizás no menos el odio nacional del occidental hacia el hombre fenicio”.

 

Hitler hace un “me gusta” ante estos párrafos

 

La conquista del Oriente

La guerra con Aníbal termina de la forma esperada, con Roma siendo ama y señora de Italia, y sin rival digno de mención en el Mediterráneo occidental. Tiempo, pues, de darle un repaso a las orillas orientales del Mare Nostrum y ver en qué estado andaba el mundo griego. Los griegos, según Mommsen, estaban en ese momento en disposición de recibir de manos de la Historia el Goya Honorífico a Toda Una Carrera: es decir, estaban agotados, hechos polvo, sin savia fresca, y en las grandes superproducciones de la época ya solo figuraban como secundarios de lujo. Ponían la clase, el savoir faire, y los ricos matices de una larga experiencia, pero las groupis se las llevaban otros (Mommsen usa una terminología un poco diferente, pero esencialmente es eso). Los tres principales reinos helenísticos (Macedonia, Siria y Egipto) tenían unas élites griegas, pero sus poblaciones seguían siendo epirotas, persas, sirios, fenicios y egipcios, y las ciudades-estado de la Hélade estaban enfrentadas entre sí y sometidas a los macedonios, con alguna notable excepción, como Pérgamo, que supo muy pronto ponerse en la órbita de los romanos.

Fue la llamada de auxilio de Pérgamo la que usaron los romanos como excusa para enfrentarse a Filipo V de Macedonia; gobernante con el que Mommsen nos brinda otra de esas frases que no te esperas de un historiador del XIX: “[Filipo nos demuestra] de nuevo que de todos los juegos de azar, la monarquía absolutista hereditaria es el más peligroso.

La guerra, que Mommsen describe como “militarmente necesaria” (Filipo había apoyado a Aníbal, se estaba haciendo cada vez más fuerte gracias a una alianza con los Seléucidas, y estaba a tiro de piedra del sur de Italia), no fue, sin embargo, aprobada por la asamblea popular, y el ejército marchó solo con el beneplácito del Senado (y uno se queda con la impresión de que, si esto fuese una conferencia oral, Mommsen murmuraría “puta democracia de blandengues” por lo bajito antes de seguir). Se ve que los ciudadanos, tras 20 años de guerras con Aníbal, no tenían muchas ganas de empezar otra. Con las legiones endurecidas por la guerra con Cartago, la cosa fue un paseo militar, e incluso los romanos se permitieron el lujo de retirarse de Grecia una vez “liberados” los griegos… lo que los obligó a volver unos cuantos años más tarde para repetir el trabajo, y ya de paso quedarse de forma permanente. Sometiendo, de paso, a los hasta ahora aliados a un régimen clientelar humillante. Los tiempos de la “política italiana” y de aparentar buenos modales se habían acabado. O como dijo el jefe caledonio Calgaco: “los romanos crean un desierto, y a eso lo llaman paz.” Con la conquista del mundo heleno y la destrucción de Cartago sin otra razón que el resentimiento y la histeria (año 146 a.C.), Roma empezaba a convertirse en un imperio. Ya es oficial: son los putos amos [13]. Mommsen concluye esta primera mitad del libro aclarando que dicha hegemonía puede lamentarse, pero que visto el desarrollo previo, propio y ajeno, había que asumirla como inevitable.

 

Roma triunfante. Con trucos feos y juego sucio, ¿pero quién se va a acordar a los 15 días?

 

Politiqueos internos de los que nos gustan

Empieza aquí la tercera parte del libro, que Mommsen titula “La Revolución”. Efectivamente, hemos llegado al punto donde la política interior pasa a ser el eje de la historia de Roma, para espanto de conservadores y fascistas que creen que los conflictos internos son inventos de agitadores populistas y que basta con limitarse a remar todos juntos para que todos vivamos felices – aunque unos de remeros y otros de timoneles, por supuesto, ¡que aún hay clases!

Aquí Mommsen nos vuelve a dar una sorpresa totalmente inesperada: su uso exuberante de un vocabulario más propio, hoy en día, de anarco-sindicalistas que de verdaderos liberales. Palabras como “capitalistas”, “proletariado”, “empobrecimiento”, “explotación”, “oligarcas” y similares pueblan estas páginas, dejando claro que para el muy liberal Mommsen esto son conceptos válidos de su propia época… que se pueden aplicar perfectamente a épocas de hace 2000 años. Intemporales, vaya. A nosotros, que vivimos en una era donde los liberales directamente niegan estos conceptos y los sustituyen con un “ahora todos somos emprendedores de nosotros mismos” envuelto en retórica de manuales de autoayuda, esto es un soplo del siglo XIX antiguo y refrescante a la vez.

Del empobrecimiento del ciudadano medio de la época no caben muchas dudas. Cada vez más campesinos libres se veían obligados a vender sus granjas e irse a vivir a Roma como proletariado subsidiado. El número de ciudadanos libres con propiedades –los únicos que realizaban el servicio militar- empezó a caer, y hubo que compensarlo reclutando más entre los aliados. El conflicto entre populares y optimates (es decir, entre los partidarios del pueblo y los de “los mejores”, aunque la política de Roma era muy personalista) se enconaba más cada año.

Aquí es donde surgen dos hermanos, Tiberio y Cayo Sempronio Graco, que con su pico de oro empiezan a movilizar a las masas a favor de un nuevo reparto de la tierra. Reforma loable, pero que no iba a la raíz del problema. El conflicto entre ricos y pobres, siempre latente y que históricamente se había resuelto repartiendo botines de guerra (generalmente, nuevas tierras y granjas para ciudadanos romanos empobrecidos que así podían empezar de nuevo), se empezó a radicalizar cuando los capitalistas importaron el modelo de plantaciones de los cartagineses: el capital establecía grandes latifundios donde cuadrillas de esclavos (capturados en las cada vez más frecuentes guerras) trabajaban de sol a sol bajo el látigo, logrando unas cosechas tan baratas que los campesinos libres no podían competir sin rebajarse ellos mismos a una vida de esclavos.

Esclavitud, conviene aclarar, siempre había habido en Roma. De hecho, la incapacidad de pagar deudas era motivo suficiente para vender a un ciudadano romano y a toda su familia como esclavos. Pero entre el ex-ciudadano esclavo que vive casi como uno más en una granja y ve que su dueño tiene que doblar el espinazo igual que él para recoger la cosecha, y el esclavo prisionero de guerra que solo es una rueda más en la maquinaria y que recibe latigazos a diario para enriquecer a un perfumado oligarca que vive como un rey a dos semanas de viaje en Roma, hay un trecho. Al primero incluso se le podía ofrecer la libertad a cambio de enrolarse en el ejército (así reclutó el Senado nuevas legiones tras el desastre de Cannas [14]). El segundo, en cambio, estaba tan explotado, denigrado y tenía tan poco que perder, que a partir de esta época se dio algo que no se había dado nunca: revueltas de esclavos [15] en masa.

Ese –la economía de esclavos- era el problema, no que la gente careciera de tierras. Porque donde hay abundancia de esclavos, no puede coexistir una clase media. La reforma de los Gracos no era más que un parche que tenía más de reformas razonables porque esto no se sostiene [16] que de revolución bolchevique: no se pedía expropiar a los ricos, solo repartir entre los pobres las tierras comunes del ager publicus (que los ricos con sus cuadrillas explotaban gratis y de manera legal… gracias a leyes hechas por ellos).

Eso en cuanto al fondo; en cuanto a las formas, es cierto que Tiberio Graco, con la ley en la mano (y según la fuente que consultemos), quebró la Constitución, y en la comisión para el reparto de la tierra solo había familiares suyos. La situación se extremó, y un tal Quinto Pompeyo afirmó que Tiberio quería proclamarse rey, “que los griegos le han regalado una corona y una túnica púrpura, que lo sé porque soy su vecino”. El Senado, con esa excusa, marchó contra Tiberio, y los senadores en persona le mataron a garrotazos junto a 300 de sus seguidores. Extrajudicialmente, comme il faut. Diez años después, su hermano Cayo intentó pasar de nuevo las reformas, pero con más cuidado de no violar la ley, y sobre todo buscando debilitar primero el régimen aristocrático con medidas que hoy veríamos como bastante populistas (o regeneradoras, según donde caigan nuestras filias y fobias) y atrayéndose a la clase media-alta de los equites. Mommsen saca a relucir un cierto pesimismo antropológico al juzgar su figura:

 

Igual que no se puede negar la usurpación de un poder monárquico, tampoco puede reprochárselo quien conoce las circunstancias. Una monarquía absoluta es una gran desgracia para la nación, pero una menor que una oligarquía absoluta; y a quien busca para la nación el mal menor en lugar del mayor, la Historia no debe castigar, y menos a una naturaleza tan apasionadamente seria y alejada de toda bajeza como la de Cayo Graco. Pero tampoco puede negar que esta legislación tenía una doble cara, pues por un lado buscaba lo mejor para el común, pero por otro servía a los motivos personales, incluso la venganza personal, del gobernante [el deseo de Cayo de vengar a su hermano]. Graco se esforzaba sinceramente en resolver los daños sociales y contravenir la incesante pauperización, pero sus repartos de grano crearon intencionadamente un lumpenproletariado de la peor especie.

 

En este caso, en 121 a.C., la muerte de un asistente del cónsul Lucio Opimio en un tumulto fue usada como excusa para actuar contra él. Esta vez, 3000 seguidores populares fueron ejecutados sin juicio, y la cabeza y el cuerpo de Cayo arrojados al Tiber (Opimio había prometido pagar el peso de la cabeza en oro, el listillo que se la trajo sustituyó el cerebro por plomo). Por cierto que Opimio zanjó el asunto, cachondo él, construyendo en el Foro un templo a la Concordia, y acabó sus días exiliado por aceptar sobornos.

 

Errejón y Monedero, perdón, Tiberio y Cayo Sempronio Graco buscando la Centralidad.

 

La primera sangre había sido vertida, pero la historia no se puede detener. Como dijo con lucidez aquel estúpido militarista [17] llamado JFK (pensando en los países del Este de Europa, claro, no en los afroamericanos): “los que hacen imposible el cambio pacífico, hacen inevitable el cambio violento.” Cincuenta años más tarde, el Senado se habría cortado un brazo por aplicar lo que en su día propusieron los Gracos. Su fracaso inauguraba el largo siglo de guerras civiles de Roma.

 

Los alemanes vienen a echar una mano

La cosa iba bastante mal en ese momento, con un nuevo reformador/demagogo saliendo cada 10-12 años solo para ser asesinado. Los Gracos, Publio Sulpicio, Marco Livio Druso… la cosa era un no parar. Por suerte para Roma, poco después (113 a.C.) surge una amenaza externa que aplaca las luchas internas: cimbrios y teutones, dos pueblos germanos en migración a la búsqueda de un nuevo hogar, empiezan a acercarse peligrosamente a Roma (bueno, a su “esfera de intereses”, que en aquel momento llegaba bastante lejos al norte). Las legiones mandadas contra ellos eran derrotadas sin contemplaciones, hasta culminar en la batalla de Arausio (105 a.C.), una derrota que no tuvo nada que envidiar a Cannas, solo que en vez de perder contra el mayor genio estratégico del siglo, perdieron contra una melé de greñudos alemanes (gentilicio que Mommsen les aplica) que aún no basaban su fuerza en austeridades y empresas exportadoras de productos de alto valor añadido, sino en repartir yoyah. Pero en vez de avanzar hacia Roma, “pareciera que los alemanes quisiesen demostrar su talento para no rematar las faenas desde su primera aparición en la historia”, y viraron hacia Hispania. Alejado el peligro inminente, el Senado cogió aire, sacó las conclusiones necesarias – y con gran disgusto llamó a Cayo Mario.

 

Cayo Mario. “Soy romano, ¿a qué quieres que te gane?”

 

Cayo Mario era un provinciano, de orígenes plebeyos (campesino según algunos, familia acomodada según otros), que hizo carrera en el ejército romano. Militar de los pies a la cabeza y terco como una mula, era probablemente el mejor general de Roma, pero su abierta hostilidad a la aristocracia impedía sus ascensos – hasta que los senadores pensaron que era mejor ser gobernados por Mario que desde Teutonia. Mommsen describe así la situación:

 

Entonces, igual que hoy, nadie se engañaba sobre la raíz de los males, pero –de nuevo igual que hoy- nadie lograba montar un intento de arreglar las cosas. Bien veían que era el sistema el que fallaba, pero se prefería juzgar a individuos sueltos […] El correcto instinto del público de que el único remedio contra la oligarquía es la tiranía se manifestaba en que voluntariamente apoyaba a todo oficial que intentaba forzar la mano del gobierno y derribar el régimen oligarca mediante una dictadura.

 

Mario fue cónsul cuatro veces seguidas (105-101) y reorganizó el ejército desde una milicia ciudadana a un ejército profesional, que por primera vez reclutó también a proletarios. Con su nuevo ejército, Mario eliminó la amenaza germana, pero su intervención en la política interior fue un fracaso, pues no logró liderar la oposición de manera efectiva, y acabó aplastando a los revolucionarios de Saturnino (que habían proclamado que estaban de parte de Mario), quedando desacreditado ante el pueblo y el Senado. Solo al final de su vida volvió brevemente para descargar todo su resentimiento en un régimen de terror.

Los siguientes 20 años siguen llenos de revoluciones y reacciones, con golpes y contragolpes a cual peor y acompañados de matanzas crecientes, y que nos saltamos porque acabaríamos como el rosario de la aurora, hasta llegar a la dictadura optimate de Lucio Cornelio Sila en 82 a.C. Dictadura que según Mommsen era una implícita derrota de la oligarquía, que solo veía posible luchar contra unos nuevos Gracos mediante una tiranía como aquella a la que aspiraban los Gracos, y también una ingrata tarea de Sila, que restauró el régimen oligarca sabiendo lo poco de valor que quedaba ya en la aristocracia. Mommsen le iguala con Washington y Cromwell, también porque llevó a los optimates a reconocerles iguales derechos a los demás habitantes de Italia (derechos que Sila hasta entonces había combatido con vehemencia, en plan “solo un romano de sangre pura puede aspirar a ser ciudadano romano”), concluyendo así la unificación del país. Es decir, frente a la revolución proletaria, unificación de las élites.

Sobre las figuras de Mario y Sila se pueden escribir muchas cosas o muy pocas. Vamos a intentar ir por lo segundo, que se nos va a ir el post de las manos. Con ellos nos volvemos a la eterna pregunta de si la historia la hacen los grandes hombres, o si es el resultado de fuerzas sociales. Sila representa a una oligarquía incapaz de reconocer que el estado era disfuncional, y que se limitaba a imponer su poder e intereses con cada vez más fuerza y brutalidad, y Mario a un partido revolucionario que quería cambios pero no sabía cuales, y que bajo los golpes de la oligarquía solo encontraba un lugar común en el resentimiento cada vez mayor que se descargaba en deseos de venganza y masacres indiscriminadas. En palabras de Mommsen, “ambos salvaron el estado, Mario de los germanos y Sila de los desórdenes asiáticos e internos, pero no pudieron arreglarlo”.

 

El final de la república

El cuarto libro dentro de esta magna obra se titula “El establecimiento de la Monarquía Militar”. El ciclo político aristotélico llega así a su conclusión. La Constitución Silana había devuelto todo el poder a los aristócratas, pero no había resuelto los problemas de fondo de la economía de esclavos, la erosión de la clase media y la aparición por un lado de un proletariado urbano dispuesto a vender su voto al mejor postor para poder sobrevivir, y del otro de un poder capitalista descomunal. La matanza de los líderes naturales “demócratas” solo abría las puertas a que aventureros políticos sacasen réditos de esa masa informe de descontento.

Mommsen presenta aquí a Cneo Pompeyo, un aristócrata de libro que doscientos años antes habría sido un excelente cónsul, pero que en esta época vio abiertas las puertas a aspirar a más de lo que su mediocridad permitía, “capaz de un crimen pero incapaz de una insubordinación, un soldado para lo bueno y para lo malo”; y luego Marco Craso, sobre el que no nos resistimos a citar al maestro más largamente:

 

Desde la fundación de Roma, el capital había sido un actor político, y en esta época al oro y al hierro todo se le rendía. Si una aristocracia financiera había creído poder derrocar el régimen de las nobles estirpes, un hombre como Craso podía elevar los ojos más allá del manto bordado del triunfador. Ahora era silano y senador, pero era demasiado hombre de las finanzas para entregarse a un partido o perseguir algo que no fuese su ventaja personal. ¿Por qué Craso, el más rico e intrigante de los romanos, no un vulgar codicioso sino un especulador a lo grande, no iba a especular con la corona?

 

Encantador, ¿verdad? Este es el hombre que crucificó a 6000 esclavos de la revuelta de Espartaco a lo largo de las 125 millas de la Vía Apia “como reconocimiento del orden refundado y de la nueva victoria de las viejas leyes sobre la viva y rebelde Autonomía” (bueno, por eso y porque Pompeyo se había atribuido injustamente el mérito con una victoria sobre 5000 fugitivos). Ambos fueron lugartenientes de Sila, pero tumbaron las reformas silanas a las primeras de cambio, apenas siete años tras la muerte del dictador, al darse cuenta de que eran poco más que los mamporreros de la oligarquía y que con los demócratas podían ganar más. Como cabeza de los conservadores quedaba Catón el Joven, caricatura de virtudes romanas y “un Don Quijote de la aristocracia”. Pompeyo fue el primero en cosechar por el cambio de chaqueta: por iniciativa de los líderes populares, le fue concedido un poder cuasi dictatorial, antesala de la monarquía, para limpiar el Mediterráneo de piratas, tarea que resolvió con impecable eficacia y encima combinó con un reordenamiento de toda Asia entre el Egeo y el Éufrates. Y habría vuelto como rey si no hubiese sido tan estúpido -o pusilánime, según se mire- de despedir a sus tropas nada más pisar Italia, creyendo que el trono le sería ofrecido por las buenas. Pero el cielo solo se toma por asalto y una corona ni te cuento. Así, ni la confirmación de su decisiones, ni tierras para sus veteranos. Y un año entero de espera para poder celebrar su triunfo. Un tal Cayo Julio César tomó buena nota y luego fue el primero en felicitar a Pompeyo por sus grandes hazañas.

 

Cneo Pompeyo: Sula le llamó “Magno”, en cambio la oposición populare prefería “carnifex adulescentulus”. Hay que ver que rencorosos son algunos, ¿verdad?

 

L’interlude galoise

Ya que le hemos nombrado, y como las últimas 200 páginas del libro giran casi exclusivamente en torno a él, nos tomamos un breve intermedio. No para repetir su biografía [18], sino para deleitarnos en cómo nos lo vende Mommsen. César surge de las páginas del libro poco a poco, casi sin querer: primero como una mención pasajera, luego como líder demócrata, cónsul, y finalmente como conquistador de la Galia y “descubridor” de Inglaterra y Germania, acontecimientos que Mommsen nos presenta como infinitamente más importantes para Occidente “que si el nombre del primer monarca de Roma iba a ser Cayo, Cneo o Marco”. La conquista de la Galia, faltaría más, estaría plenamente justificada en la lógica colonial de la época de Mommsen,

 

pues es ley de vida que los pueblos que han llegado a desarrollar estado y civilización, absorben y disuelven a los políticamente inmaduros e incivilizados […]. Siendo la nación itálica la única que cumpliese ambos preceptos al menos parcialmente, estaba destinada a someterse a las condenadas naciones helenas y a absorber a las primitivas naciones occidentales -libios, íberos, celtas, germanos- mediante sus colonos. Es el mismo derecho con que Inglaterra se ha sometido en Asia a una nación que culturalmente es su igual pero políticamente es impotente, y ha impregnado y dignificado grandes territorios en América y Australia con el sello de su nacionalidad.

 

Al margen de esta “justificación”, la Galia estaba cayendo indefensa ante el rey germano Ariovisto, cuyo pueblo empujaba a los galos desde el Rin; César simplemente forzó a una nación condenada a caer a hacerlo bajo Roma y no bajo Germania. El régimen aristocrático había unificado Italia, y el demócrata iba a extender la civilización romana allende los Alpes, unificando los inconexos dominios romanos en un fuerte imperio, con fronteras naturales y enemigos controlados, que iba a durar medio milenio. Nada a lo que no haya aspirado alguna vez cualquier warlord con pretensiones. Si funciona, acabas siendo padre de la patria, y si falla, te recordarán como un tirano… hasta que otro triunfe donde fracasaste y te conviertas en antecesor. Natural que todos lo intenten.

 

Si el régimen del Senado hubiese pervivido [y César no hubiese conquistado la Galia], eso que llamamos Migración de los Pueblos hubiese acontecido con cuatrocientos años de antelación, antes de que la civilización itálica se hubiese asentado […] Con mirada clara, el general y senador romano identificó a las tribus germanas como el enemigo a la altura del mundo greco-romano, y con sus conquistas le ganó al mundo ítalo-greco el tiempo para civilizar el Occidente. No faltó mucho, y Ariovisto hubiese logrado lo que posteriormente logró el godo Teodorico. De ocurrir, nuestra relación con la cultura greco-romana sería la misma que con la hindú o la asiria […] Que Europa occidental sea románica, que la Europa germana tenga influencias clásicas, que los nombres de Temístocles y Escipión tengan para nosotros un toque diferente que los de Asoka y Salmanassar, que Homero y Sófocles no atraigan, cual Vedas y Kalidasa, solo a los botánicos de las rarezas literarias sino que florezcan en nuestro propio jardín, todo ello es obra de César […] Ante lo que llamamos la Eternidad, él no tiene que arrodillarse.

 

Ya se habrán dado cuenta que Mommsen es un poco groupie de Cesar. También hay que entender al hombre: como historiador, años y años estudiando guerras y batallas que no llevan a nada, y como político parlamentario, años y años pegándose palizas solo para cambiar la regulación de la venta de arenques del Báltico con un compromiso que no satisface a nadie, y luego vuelves a tu casa y escribes la biografía de un fuera de serie que literalmente cambió la Historia y además lo hizo todo sin cometer apenas errores, moviéndose con un arte inigualable por un sistema disfuncional, y justo en la medida de sus posibilidades… pues te emocionas. Normal. Y nosotros nos emocionamos también, porque aquí en estas páginas estamos dando con la fuente nutricia y raíz intelectual de un fenómeno que ha dominado el siglo XX, generalmente para mal: el caudillaje, pues realmente es a lo que Mommsen se refiere cuando habla de monarquía (“gobierno de uno”). No a los reyes de opereta a lo Sissi Emperatriz que él tenía delante suyo en su tiempo, sino al “genio creativo de la Historia” que surge irresistiblemente de la masa, y que interpretando los signos de su tiempo ordena sabia- y justamente los asuntos de su nación. Llámenlo Caudillo, Conducător, Duce o Führer: el origen está en la admiración del hijo de un pastor luterano por César: “cuando un gobierno no puede gobernar, deja de ser legítimo, y quien tenga el poder de derrocarlo también tiene el derecho.”

Tanta era su admiración, que no se sintió capaz de narrar su muerte. La Historia de Roma concluye con el suicidio de Catón el Joven, último representante de la legalidad aristocrática, que decidió no plantear una lucha final (como buen oligarca, rechazó armar a los esclavos de Útica porque era una intromisión intolerable en los derechos de propiedad de los ciudadanos dueños de los mismos, Mommsen dice de él que “prefería perder la República por observar en todo las leyes, que salvarla quebrando una sola”). Su suicidio arrojaría una sombra sobre los logros de César, que en contraste con su habitual clemencia le dedicó “el odio del hombre de acción por el de las convicciones que se mantiene firme en ellas hasta el final”, y de su ejemplo nacería en muchos optimates un sentimiento de culpa por no haber seguido el ejemplo de Catón, lo cual cristalizaría en la conspiración para matar a César. Pero ya era tarde: el Principado ya había tomado forma. Y pese a ser –para el siglo XIX- un hombre de fuertes convicciones democráticas, Mommsen era por encima de todo un pesimista que al problema de la democracia capturada por una oligarquía no le veía otra salida que la aparición de un caudillo como mal menor pero necesario. Vivir unos cuantos añitos en el siglo XX, cuando las oligarquías fabricaban caudillos contra los de abajo, tal vez hubiese cambiado su visión del asunto, pero Mommsen murió en 1903 y se perdió la fiesta.

 

¿Todo esto para qué?

Y esto, ¿para qué sirve? ¿Para qué invierte uno varios meses de su vida (porque esta prosa tan densa y en alemán decimonónico no entra en un fin de semana precisamente, se lo aseguro) en leer a un historiador tan casposo? Pues para leer un libro muy curioso, muy político, imprevisible a veces, realizado con mucho trabajo detrás, trufado de opiniones extravagantes, curiosas y estimulantes. Y para conocer de primera mano el universo mental finisecular-decimonónico y sus vínculos con la Roma antigua. Un mundo de dureza, de comer o ser comido, donde la guerra es permanente, donde el impago de las deudas acarrea la pérdida de condición ciudadana, donde el dinero cada vez pesa más (bien directamente, bien porque a quien no es capaz de ganárselo se le considera menos digno de derechos y ayudas que a quien gana mucho), y la democracia decide cada vez menos. Un mundo al que, por desgracia, parece que poco a poco nos está devolviendo el Zeitgeist de los últimos 25 años, una vez superados esos pequeños accidentes históricos que fueron las Guerras Mundiales y sus indeseables consecuencias. Al que nos están devolviendo, además, una nueva clase de oligarcas mundiales, lo que según Mommsen a largo plazo no tiene otra salida que el surgimiento de caudillos carismáticos. Aviados vamos.

Como los miembros de cualquier civilización que alguna vez haya existido, tendemos a pensar que la nuestra no seguirá el camino de otras. Egipto, Asiria, las polis griegas, la China de los Ming, Bizancio, la Europa feudal, la India de los Moghules… todas ellas cayeron por el desagüe de la Historia, y sus legajos herrumbrosos cogen polvo en algún museo. Y sin embargo, la idea de que dentro de tres mil años se hagan visitas guiadas por las ruinas del Santiago Bernabéu y se pueda ver expuesta la momia de Alfonso XII junto a la talla de la Virgen del Rocío en la sala de Historia Europea en algún museo de Nairobi, esa idea no nos entra.

 

“Momia Real. Procedencia: yacimiento de Uluscorial, Tierras Altas de Iberia. Siglo XII antes de Amani-Mungu (aprox). Periodo Capitalista-Financiero Tardío. Causa de muerte: abuso de drogas combinado con sífilis.”

 

Vemos las leyes medievales de peonaje, con su división entre nobles y plebeyos, y considerándolas absurdas e injustas ni se nos ocurre que otra época verá la nuestra también llena de errores y absurdas injusticias que a nosotros nos parecen de lo más normales, pero que a juicio del futuro ya nos han condenado. Creemos haber aprendido de los vicios y errores del pasado, y que podremos evitarlos: si no otra cosa, el pesimismo de Mommsen vacuna contra esto. Todo ha ocurrido, y todo volverá a ocurrir. Toda civilización, en virtud de leyes históricas inmutables, llevaba en su interior el germen de su destrucción, y fue sucedida por otra como las olas del mar se suceden en la playa. Si somos capaces de manejar lo de las armas nucleares en un mundo recalentado climáticamente donde se acaba el petróleo, puede que algún Mommsen escriba sobre nosotros dentro de dos milenios. Tal vez como afeminados cobardicas buenistas, tal vez como pirados destructores de mundos, ¿quién sabe? La Historia juega a los dados, y la partida nunca acaba.