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Un domingo cualquiera por Madrid

Bip, bip. Veo el whatsapp y es un mensaje de Guillermo: “Necesitamos tu post para LPD sobre las elecciones madrileñas: el ayuntamiento va a ser la plaza que los partidos van a utilizar para reclamar la victoria”. Le contesto al instante: “Ufffff, ¡qué pereza! Además, el ayuntamiento tampoco es tan importante. Y lo que pase en otros sitios como Zaragoza o Valencia también será significativo”. “Ya, ya, pero sin Madrid la cobertura va a tener un bujero negro”, me contestó. Le escribí entonces: “¿Y no se podría encargar Carlos Jenal”. Me respondió: “Es que Carlos, como es el escritor de moda —y últimamente, prácticamente único— en LPD, se está subiendo mucho a la parra y está exigiendo una subida de su caché, no sé si LPD se lo puede permitir”. Le contesto: “Ufff, veré lo que puedo hacer.”

Estaba en ese momento en la plaza de Tirso de Molina, donde todos los domingos por la mañana, entre puestos de flores, surgen otros puestos con reliquias izquierdistas y antifascistas. Allí se pueden encontrar pines y banderas republicanas, comunistas o de la Irak de Sadam Hussein. El que tampoco suele faltar es el puesto de los amigos de la República Popular de Corea, y, ¡anda!, ¡quién estaba en pie ahora mismo mirándolo!, ¡Sánchez Mato!

—Buenos días, Carlos. ¿Cómo tú por aquí a estas horas?

—Hola Alfonso. Pues hoy en vez de ir a la misa de San Carlos Borromeo, he ido a la de San Antón. Y luego de paseo he terminado aquí. Además me viene bien, porque quería conocer un poquito más a estos compañeros. La verdad es que solo con los anticapitalistas y los de la enésima escisión de IU que somos los que mandamos ahora, las encuestas dicen que vamos un poco justo.

—Además con lo mal que terminasteis con la anterior candidata de IU, Raquel López, estáis bastante disminuidos.

—Ya, pero es que entre que nos voten a nosotros o voten a Carmena, a la izquierda auténtica y a los viejos comunistas no creo que les quede más opción. Somos los únicos que defenderemos a los trabajadores, y no esos pijos alternativos. Además con este pin de la Segunda República seguro que termino de convencerlos.

—No se, no sé: además tampoco se olvidan de la empresa que se fue a quiebra cuando eras su director general, con ERE incluido.

—La crisis fue muy jodida, no fue posible hacer otra cosa: yo lo pasé muy mal. Pero es madera pasada, a veces hay que hacer cosas que no te gustan. Pero en fin, otro día seguimos hablando, que voy a ver si me hago amigo de la República Popular de Corea y consigo algunos votos más.

Seguí mi camino bajando a Lavapiés. Tras esquivar a los camareros de los restaurantes indios low-cost, tomé la calle de Argumosa, cuando:

—¡Ey, Alfonso!

Me giré y en la terraza de Maldito querer estaban tomando un aperitivo Carmena con las gafas de sol puestas junto con Rita Maestre y Clara Serra.

—¡Qué bien te veo, Manuela! Aprovechando bien el solecito.

—Sí, sí. A lo importante: ¿ya has escrito el artículo sobre las municipales? Porque la última vez no me gustó que me pusieras como bruja [1].

—Bueno, bueno, era una bruja buena.

—Mmmmm, pero que no se vuelva a repetir. Hoy estamos de descanso tras el mitin feminista de ayer. ¿Viste qué bailongas somos?

—Sí, sí, se nota que estáis en forma.

—Sobre todo Clara, no sabía yo que los caballos proporcionaran tanta vitalidad. Rita no tanto, siendo sincera.

—¿Cómo llevas las elecciones? La encuesta del CIS fue muy buena para Más Madrid.

—¡Ay, Tezanos! Le envié unas croquetas hace dos semanas, y se rindió a mi cocina. Por cierto, tengo aquí un tupper, ¿quieres alguna?

—No, no, estoy haciendo hambre. Por cierto, acabo de estar con Sánchez Mato…

—Carlitos, Carlitos… ¡qué traviesillo! Y siempre tocando los ovarios: ¡nunca le gusta nada! Que no al Masters de tenis, con lo majo que es Rafa (¡Me pidió tres tuppers de croquetas, que toma a escondidas sin que le vea Moyà): se debe pensar que deben de ser másters de la Universidad Rey Juan Carlos, ¡yo qué sé! Que no a la operación Chamartín, que mejor descampados. ¡Ay!, tanto tiene que aprender.

—Sin embargo no tendrás quejas de Pepu.

—Pepu es un encanto. Tengo tantas ganas de que trabaje para mí: ¡a ver si traemos los juegos olímpicos o al menos construimos un polideportivo gigante para el Estu! Sin embargo, tanto con Bego como con Joselito mal va a ir la cosa. Pero confío que los madrileños nos voten y haya croquetas para todos. ¿Seguro que no quieres una croqueta?

—No, no, Manuela, voy bien. Pero tengo que irme. Te dejó esto por mi vermut.

—Descuida. Que ahora viene el tesorero de AhoraMadrid: ahora no estábamos en campaña.

Seguí mi recorrido por la calle Argumosa, y luego tiré a la cuesta de Moyano donde a los puestos habituales de libro viejo se habían unido unos puestos árabes, entre los que pude observar uno de dulces. Resistiéndome a la tentación, me puse a buscar algún incunable de Vizcaíno Casas, pero infructuosamente. Así que seguí subiendo hasta internarme en el parque del Retiro, donde al lado de la estatua del Ángel Caído estaba José Luis Martínez-Almeida en pleno mitin: “y no podemos permitir que Carmena nos cruja a impuestos, mientras nuestras calles están sucias, llenas de inmigrantes sin oficio ni beneficio y los okupas se apropian de nuestras casas. ¡Hay que parar a los comunistas antes que acaben con la monarquía!”

—¿No exagera un poco, Martínez-Almeida?

—No, no: ya sabemos cómo funcionan los comunistas, en cuando pueden, nos la meten y nos dejan tirados en la calle mientras ellos ocupan nuestros palacios. ¡No hay que permitírselo!

—Pues parece que Ciudadanos les ha comido la tostada en Madrid, y que les va a tocar ir de subalternos.

—En el municipio de Madrid, ¡no! En Madrid somos de familias de abolengo que no nos vamos a dejar avasallar por los cantos de sirena de los advenedizos. ¡Pecadores, todavía están a tiempo de arrepentirse y de votar como Dios manda!

Como ya estaba un poco cansado, me acerqué al monumento al Pacificador, también conocido como S. M. Alfonso XII. Allí me senté entre las dos sirenas que no parecía que estuvieran para muchos cantos y me tomé un respiro mientras veía a las parejas heterogéneas conduciendo las barcas sobre el estanque. Tranquilo estaba cuando empecé a ver unas burbujitas en el estanque y después a un hombre emerger con gafas y snorkel:

—¡Ortega Smith!

—¡Presente!

—Pe…pe…pe…pe…pe…pe…pe…pe…pe…pe…pe…pe… ro

—Nada de PP, PP, ¡VOX, VOX, VOX! No me insulte con una denominación de la derechita cobarde. Primero Madrid y después Gibraltar. ¡Hay que estar preparados! Adiós, que no puedo perder el tiempo con un bloguero de medio pelo. ¡España me necesita! —Y se volvió a sumergir.

Impactado por el suceso, decidí salirme del parque del Retiro e internarme en el barrio de Salamanca donde estuve deambulando hasta que terminé un poco perdido. Para saber dónde estaba, me paré y saqué el móvil, y mientras estaba consultándolo fui atropellado por una mujer que salía con varias bolsas de compras:

—¡Cómo se queda plantado ahí, en mitad de la salida de Prada! ¡Si eres tú, Alfonso!

—Perdona, Begoña, estaba un poco desorientado —Me aparté un poco para dejar paso a Begoña Villacís.

—¡Ja, ja, para variar!

—¿No tenías que estar en campaña?

—¡Es tan estresante! Necesitaba desfogarme un poco. ¡Mira que bolso tan mono de dos mil pavos me he comprado! Cuando sea alcaldesa, me conjuntará fenomenal. Y si no, menos dinero que me puede confiscar Carmena.

—¿Crees que ganarás?

—Eso espero, pero si gano será gracias a mí, porque si es por el apoyo de Ignacio Aguado lo llevo claro. Menos mal que yo lo valgo. Y mi madre también lo vale: a cada inquilino que tiene le ha dicho que como no salga, les subirá el alquiler un 50 %. Así que ya saben. ¡Vaya porrón de votos! Te dejo que todavía tengo pasar por Gucci a por un pañuelo. Bye!

Tras irse Villacís, pude ver que estaba en la calle de Serrano, y seguí hacia arriba, dirección norte, llegando al IES Ramiro de Meztu, porque precisamente en Madrid, no todos los institutos públicos son lo mismo, no desde luego el Ramiro de Maeztu, en el barrio bien de Madrid y rodeado de Institutos de investigación del CSIC. Vi que las puertas del Polideportivo Antonio Magariños estaban abiertas y entré. En la cancha no había nadie, pero en las gradas observé a una figura solitaria. Me acerqué:

—Hola Pepu, ¡cómo tan solo!

—Hola Alfonso, no sabes lo que es esto.

—¿El Polideportivo Antonio Magariños, no?

Me miró raro, y añadí:

—Sí, supongo. Como ya sabes no es lo mismo verlo en la tele que estar en la pista. Pero de todas formas tu posición no es muy difícil: poco se espera de ti.

—No creas. Si no hay mayoría de izquierdas será un fracaso.

—Sin embargo Pedro te debe una muy gorda. No sé si vas a durar mucho tiempo de concejal antes de que te llame para más altas instancias: ¿ministro de deportes?

—No estaría mal, tengo experiencia en eso —sonrió.

Con esa sonrisa le dejé, solo otra vez, meditando, mientras yo me iba pensando: “Ufffff, la verdad es que no me apetece nada escribir sobre las elecciones municipales madrileñas…”.