- La Página Definitiva - https://www.lapaginadefinitiva.com -

“Bullshit Jobs” – David Graeber

Seguro que usted, querido lector, es una persona que contribuye a la sociedad. Posiblemente, mediante un trabajo asalariado. Y a poco que lleve usted algunos años cotizando, habrá tenido posibilidad de conocer a fondo el mundo laboral, sus usos, sus prácticas, y sus pequeñas miserias. Y probablemente ha llegado, por la vía científica, a la conclusión de que esto del trabajo es una mierda como un piano. Un castigo divino. Cuanto menos, mejor. Pero también es muy probable que esta conclusión se la haya guardado para usted, por temor a romper el consenso existente y ser señalado como vil perroflauta. Pues bien: no está usted solo. Y enhorabuena: con este libro le vamos a dar los fundamentos ideológicos para poder pregonar su conclusión a los cuatro vientos y defenderla razonablemente bien frente a la sociedad bienpensante.

David Graeber es un profesor de antropología que se está ganando a pulso el prestigioso premio Antropólogo de Oro de LPD. A diferencia de su libro anterior aquí reseñado [1], este se basa principalmente en anécdotas, análisis “cualitativos” y otras técnicas que a cualquier practicante/adepto de las ciencias “duras” -de esas de laboratorio, bata blanca y tablilla de logaritmos- le tienen que rechinar los dientes con solo verlas de refilón. Pero aquí hemos venido a divertirnos, ¿verdad? Y en cualquier caso, incluso si Graeber demostrase y apuntalase con datos duros-durísimos y más allá de toda duda razonable las teorías expuestas en este libro, tengan por seguro que habría quien las negaría. Muchos, de hecho. Porque de aceptar sus teorías, habría que, no digo que abolir el capitalismo, pero sí que replantearse muchas cosas (bueno, en realidad sí, abolirlo o dejarlo que no lo reconozca ni la madre que lo parió). Cuando Galileo les mostró a los insignes académicos de la Universidad de Pisa que la velocidad de caída de un objeto es independiente de su peso, ellos no quisieron creer ni a sus propios ojos porque contradecía lo que Aristóteles había escrito 2000 años antes. Esto es más o menos lo mismo. Aunque se disfrace de libro científico/antropológico, esto es una Streitschrift política, pensada para crear polémica, llegar a cuanta más gente mejor, y meter ciertos temas en la agenda. Ya se encargará algún profesor alemán barbudo de la dura e ingrata tarea de recopilar y analizar los hechos científicos duros en cinco tomos de letra pequeña que no se leerá nadie pero que luego todos usarán como argumento de autoridad.

Dicho de otra forma: David Graber es el equivalente académico de ese amigo que todos tenemos, que es un poco descuidado, un poco viva la vida, un poco jeta incluso, pero que le queremos igual porque es una bellísima persona que ama la vida como nadie. Alguien dirá: pero es que si todos fuésemos como tu amigo el jeta el mundo se vendría abajo. Pues no. Aunque no dudo que si todos fuésemos como PABLO, Albert Rivera o Casado el mundo se vendría abajo, eso no se aplica a nuestro amigo el jeta (siempre y cuando sea una bellísima persona que arde por su amor a la vida). Nuestro amigo el jeta no quiere regenerarnos ni nada. A él lo que le guía es el rechazo de la injusticia, combinado con el firme e inquebrantable convencimiento de que nuestro tiempo en esta vida es tan limitado y breve que perderlo en luchas organizadas e institucionales contra dicha injusticia es contraproducente (que no es el caso de Graeber, quien tiene su buena dosis de activismo político y social, solo que normalmente por vías no institucionales), y que lo único que queda es la acción directa inmediata y personal encaminada a hacer la vida mejor, para el mayor número de personas y por la mayor duración posible. Y si todos nos moviésemos por esta máxima y se la aplicásemos a todos nuestros semejantes, aquí y en la China popular, puede que el mundo no fuese un lugar mejor, pero tampoco sería peor.

El origen de este libro fue este ensayo del año 2013 [2], donde Graeber se cuestionaba porqué seguimos esencialmente con la misma jornada laboral que en 1930, cuando el aumento de la productividad debería haberla reducido a 15 o 20 horas. Reducción que ya predecían John Maynard Keynes [3] y mucha más gente. Y la respuesta, para Graeber, es la siguiente: lo que la productividad/automatización/robotización nos han ganado, se ha perdido en la creación de unos trabajos que él llama bullshit jobs, que no sirven para nada y donde están atrapados muchos asalariados: según algunas encuestas, un tercio largo considera que su empleo no aporta nada a la sociedad. El ensayo, pensado como pequeña polémica, incendió las redes sociales y se volvió viral –perdónenme si sueno como el Telediario de TVE-, siendo traducido a varios idiomas (incluyendo al más bonito del mundo [4]). Está claro que Graeber había pinchado un nervio social.

Si alguien hubiese diseñado un régimen de trabajo destinado a mantener el poder del capital financiero, es difícil ver cómo lo podrían haber hecho mejor. Los trabajadores que hacen trabajos reales y productivos son exprimidos y explotados sin parar. Los demás se dividen entre un estrato de desempleados, universalmente vilipendiados por vagos, y otro estrato al que le pagan básicamente por no hacer nada, en posiciones diseñadas para hacerles identificarse con las perspectivas y sensibilidades de la clase gobernante (managers, administradores…) –y particularmente sus avatares financieros- pero, al mismo tiempo, albergan un burbujeante resentimiento contra cualquiera cuyo trabajo tenga un claro e innegable valor social.

(Del ensayo original de 2013)

 

Una aproximación al Bullshit

Las traducciones originales al castellano los llaman “trabajos basura” o “trabajos de mierda”, pero eso no captura todos los matices que en inglés tiene la palabra “bullshit”. Limpiar oficinas por 4 euros la hora es un trabajo basura, sin duda, pero eso no quita que limpiar es algo necesario. Un “bullshit”, en cambio, es algo innecesario. Es una mierda conceptual, con la diferencia de que hay gente que se la cree, o que pretende creérsela. Pero tampoco es una mentira: el mentiroso sabe que miente, aquí hay una asunción en mayor o menor grado. Su valor intelectual es nimio, pero tampoco es una chorrada, no es la brasa particular de alguien, pero tiene un poco de todo ello (Graeber apunta, suponemos que con una sonrisa, que para alguien de derechas seguramente la Antropología y sus practicantes son bullshit al cuadrado). Hablando en plata y aplicado a los trabajos, un bullshit job es un trabajo que, si lo prohibiésemos, el mundo no iría a peor, y desde luego no surgiría un mercado negro para abastecerlo porque nadie lo echaría en falta.

Definición formal final: un bullshit job es una forma de empleo pagado que es tan innecesaria, carente de sentido o perniciosa que ni siquiera el empleado puede justificar su existencia, a pesar de que, como parte de las condiciones de empleo, el empleado se siente obligado a pretender lo contrario.

 

Not “A Theory”: an Epifany!

 

Por supuesto, el bullshit –y los bullshit jobs– admite grados. Una persona puede estar haciendo algo muy útil y necesario durante cuatro horas cada día… pero estar obligada a calentar una silla durante las ocho horas de la jornada. Esto sería un bullshit parcial, posiblemente el bullshit más común, epidémico incluso, en los trabajos de oficina. O puede estar haciendo un trabajo útil al servicio de una empresa totalmente inútil (por ejemplo, limpiador de una oficina de telemarketing). Esto sería bullshit indirecto. El caso es que Graeber divide los bullshit jobs en cinco tipos diferentes:

 

Flunkies: trabajadores cuya única ocupación es realzar la importancia de otro. Un flunkie sería alguien que va “al flanco” de otro. Lo que vendrían a ser un cortesano: alguien cuya ocupación es aumentar el estatus de otra persona. Secretarias o recepcionistas (cuando su trabajo realmente no es necesario y no les ocupa más de 1 hora al día, o similar), por ejemplo.

Goons: los matones. Pero no un asesino de la mafia, sino los matones conceptuales. Abogados, telemarketing, relaciones públicas. Todo aquel cuyo trabajo es ser agresivo al servicio de otro. El telemarketing en particular es bullshit en mayúsculas. No obstante, estos trabajos sí que benefician potencialmente a la empresa. Por eso Graeber los diferencia de los flunkies (que son inútiles motu propio) aclarando que los goons pueden ser útiles en lo suyo, es toda la industria montada alrededor de ellos lo que está podrido. Es un bullshit que montas solo porque tu enemigo lo crea también: si la competencia tiene un lobista haciendo gestiones o un departamento que caza a tus clientes con telemarketing, tu también necesitas uno simplemente para no perder.

Duct tapers: los reparadores. Aquellos trabajadores que se pasan la jornada arreglando problemas que no deberían existir. Que solo existen por errores de la organización que los emplea. Es decir, porque a los jefes no les importa y en vez de hacer su trabajo prefieren tener a gente sudando para poner parches en todas partes.

Box tickers: los chequeadores. Se refiere a empleados que existen solo para que la organización pueda afirmar que hace algo que en realidad no hace. Por ejemplo: la legislación te exige que seas ético. Pues contratas a un departamento de ética que se dedica a hacer Guías Éticas para Empleados, y por lo demás sigues exactamente igual. En cierto modo, todas las burocracias funcionan con “box tickers”: cuando introduces una medición formal de éxito, lo que existe en el papel se convierte en “la realidad”, al menos para la organización. Pero cuando su trabajo es generar una información que luego nadie usa, entonces tenemos un bullshit job de libro. Generalmente desarrollan rituales muy elaborados para pretender que se están ocupando de un problema: y cuanto más inútiles son, más elaborado el ritual.

Taskmasters: los organizadores, la gente cuyo trabajo es asignar trabajos a otros. Graeber cita una encuesta donde el 80% de los empleados sentía que sus jefes eran innecesarios y no aportaban nada a su trabajo. En el mejor de los casos, son innecesarios (porque los otros se conocen y saben perfectamente como repartirse la tarea), en el peor son dañinos, porque crean y multiplican trabajo bullshit para justificar su propia existencia. Ejemplos son: rellenar papeleo para gestión, reuniones innecesarias, emails administrativos y otras chorradas que a veces te parece que ocupan la mitad de tu trabajo.

 

Parte esencial de un bullshit job, ojo, es que la definición exige que el propio trabajador sea consciente de que su trabajo no sirve de nada. Es decir, que depende de un factor subjetivo muy importante, pero si no podemos fiarnos del trabajador para evaluar su puesto, ¿de quién vamos a fiarnos que no tenga intereses en el asunto? Y sinceramente: cualquier persona que lleve más de un año en el mismo puesto puede discernir bastante bien si su trabajo aporta algo o no. (Aunque claro, estamos aquí metiendo algo completamente subjetivo, y según cómo definamos “valor social”, algo muy subjetivo a su vez, nos salen cantidades muy distintas de bullshit jobs).

 

Contradicciones del Bullshit

Todo esto Graeber lo fundamenta en testimonios que le han llegado. No testimonios que él ha recogido buscando una representatividad y donde se podía aplicar un filtro o medir variaciones respecto a la “normalidad estadística”. En lugar de ello, testimonios anónimos llegados por mail tras pedirlo él en su cuenta de Twitter [5] (cuyos seguidores, por decirlo suavemente, seguramente constituyan un ejemplo de selección negativa a los efectos de este estudio). Pero como “jeta bueno” que es, te explica con total sinceridad que “mira, análisis estadístico, poco, pero análisis cualitativo, mucho”, y mientras elabora sus tesis ya te va desmontando las más probables objeciones que le sacarían, así como las aparentes contradicciones. Todo con buen humor y bien escrito. Y, al menos desde mi punto de vista, generalmente -y salvo cuando se va mucho por las ramas- muy reconocible y coherente con lo que yo he visto en el sector privado, subsector “grandes empresas con muchos oficinistas”. Mucho más, desde luego, que los cuentos liberales sobre la meritocracia y la eficiencia de la empresa privada.

La primera tesis es que los bullshit jobs son mucho más frecuentes de lo que pensamos. Graeber (usando nada más que una encuesta online de YouGov [6]) lo cifra sobre un 50% del total, entre quienes directamente piensan que su empleo es inútil, y aquellos empleos que solo sirven para apoyar a quienes tienen un empleo inútil. Vamos: que si nos reorganizamos y elimináramos trabajos inútiles, podríamos tener semanas laborales de 20 e incluso 15 horas sin reducir la producción (en lo que es obviamente el gran atractivo del libro: ¿quién, salvo un sociópata perdido, no querría trabajar la mitad de horas si todo lo demás siguiera igual?).

Debo decir que aunque coincido plenamente con Graeber en la existencia de los bullshit jobs, creo que no son un fenómeno tan común como él lo pinta, pero la bullshitización parcial del empleo desde luego que es endémica y llega a todas partes. En todas partes, un trabajador que termine su tarea dos horas antes de la hora de salida tiene que disimular y matar el rato que le queda en vez de simplemente levantarse y decir “hasta mañana”. Inténtenlo alguna vez, y no sabrán quién se indigna más, si su jefe o sus compañeros. ¿Y con qué rellenamos esas dos horas? Pues dependiendo del control al que estén sometidos, o bien fabricando memes de gatitos, o haciendo bullshit.

La segunda tesis es que estos trabajos son malos para la salud. Nueva aparente contradicción: trabajos innecesarios donde no se hace nada y por los que te pagan, ¡suena a bicoca! ¿Quién no querría eso? Ah, pero es que no es una Renta Básica Universal (incondicional). Está el componente “tienes que pretender que esto va en serio”, y ese es el que te mata: la necesidad de aparentar utilidad, de fingir que haces algo cuando en realidad no haces nada, de engañar al jefe y sobre todo a ti mismo… eso es una tortura psicológica. La explosión de los bullshit jobs a finales de los 70 y principios de los 80 coincidió con un amento espectacular de los casos de enfermedades mentales y depresiones (e incluso, sugiere el libro, pudo propiciar el bajón de la natalidad del mundo occidental, que entra más o menos en esa época: cuando tu alma es aplastada cada día en un trabajo inútil, se te quitan hasta las ganas de traer nuevos seres humanos al mundo). Graeber recurre a una interesante comparativa: el gulag soviético. Resulta que en el gulag se torturaba a gente, claro, pero la tortura no consistía tanto en el trabajo físico (duro, no cabe duda, pero no peor que el de cualquier minero o campesino en una economía capitalista), sino en el hecho de que dicho trabajo era abiertamente inútil. Tipo cavar un agujero y luego llenarlo de nuevo. Al hacer trabajo inútil, se les hacía sentir a los presos que eran inútiles, les negaban la capacidad de influir positivamente en el mundo, una necesidad fundamental del ser humano para sentirse completo.

 

“Si no haces nada con tu vida o en tu trabajo, es como si no existieses.”

 

“Violencia espiritual” lo llama Graeber en un pequeño arrebato poético. Todas las relaciones jerárquicas conllevan, para Graeber, dinámicas sadomasoquistas de poder. Pero en los bullshit jobs es donde esta violencia y estas dinámicas aparecen y florecen en toda su gloria.

 

Nouri [un trabajador que colaboró con la encuesta online de Graeber]: los entornos de trabajo son fascistas. Son cultos diseñados para comerse tu vida. Tus jefes  atesoran tus minutos codiciosamente como dragones atesorando oro.

 

Pero la mayor contradicción aparente es la “paradoja del mercado”, que cualquier mercadobelieber soltará antes de haber pasado del prólogo del libro: en un sistema capitalista que busca la maximización del beneficio en base a la competición entre empresas libres, los trabajos innecesarios forzosamente se eliminarían para mejorar la competitividad. Las empresas que no los eliminaran acabarían expulsadas del mercado por aquellas que sí lo hacen. Ergo, la existencia de bullshit jobs en una economía capitalista es imposible (un planteamiento compartido, curiosamente, por el marxismo ortodoxo, uno de cuyos pilares es que el capital le roba al obrero la plusvalía de su trabajo, y puesto que un bullshit job no genera nada de valor, tampoco podría generar plusvalía). Todos los trabajos en un mercado libre tienen, deben tener, un sentido, aunque el trabajador concreto no pueda apreciarlo. Los bullshit jobs solo podrían existir en una economía socialista, o por culpa de la intervención estatal. Y aunque por supuesto, existían y existen bullshit jobs en las economías planificadas del bloque comunista o en la administración pública de hoy en día (Graeber de hecho analiza largo y tendido un caso español, el de un funcionario de Cádiz [7] que estuvo seis años sin ir a trabajar pero seguía cobrando), lo cierto es que cualquiera que haya respirado el aire de una gran empresa sabrá que allí sobra gente a punta pala. Especialmente subiendo el escalafón.

Quizás se pueda responder a esto investigando porqué surgen empleos así. Porque en realidad nunca hubo ninguna orden del Politburó de la URSS diciendo “háganse bullshit jobs para todos”, igual que ningún contubernio del IBEX35 ordena “háganse trabajos basura para los jóvenes”. Estos trabajos son consecuencia de ciertos planteamientos o equívocos sociales. Y con los equívocos hemos topado para resolver la “paradoja del mercado”: en concreto, creer que las grandes empresas (especialmente las del sector FIRE, Finance, Information/Insurance, Real Estate, donde se concentran la mayoría de los bullshit jobs) son ejemplos de empresas capitalistas industriales que compiten por producir mejor y más barato. Si lo fueran, por descontado que eliminarían grasa innecesaria. Pero no lo son. Y la analogía que Graeber considera más apropiada es, tachán, ¡el feudalismo!

El feudalismo es, entre otras cosas, un sistema económico donde todo el valor lo producen campesinos y artesanos de forma autónoma, y luego llega el señor feudal y –de forma más o menos elegante- les rapiña parte del valor creado. Y con el botín de la rapiña el señor feudal luego se crea, casi automáticamente, un séquito de cortesanos, flunkies y goons, para visibilizar, justificar y asentar su poder. Cortesanos a los que implicará en la gestión del botín, en su reparto (reparto realizado con criterios “políticos” tendentes a mantener al señor feudal en su sitio, es decir, exactamente como hoy, pero al menos sin pretender contarnos la milonga de que la economía es un compartimento estanco de la política y no tiene nada que ver con ella, así que circulen y déjenle esto a los expertos), y para los que creará grandes y elaboradas jerarquías, mayormente inútiles pero que estos se tomarán muy en serio para justificar su propia existencia. Mutatis mutandis, las grandes empresas hoy en día funcionan de manera muy similar: rapiñando el trabajo de otros en mercados prácticamente cerrados merced a regulaciones/tamaño/listones de entrada. Cada vez más de los ingresos de la industria automovilística [8] vienen de financiar la compra de coches [9], no de la fabricación y mantenimiento de los mismos; telecos y eléctricas [10] ya no compiten realmente sino que viven esencialmente de su tamaño –que hace casi imposible la entrada de competidores al mercado- y de las tarifas base/alquiler de equipos que los gobiernos tienen a bien subir cada año un poquito por encima de la inflación; y los bancos [11] ya ni saben dar créditos a empresas interesantes que buscan crear algo nuevo: se limitan a dar hipotecas (con las que, por obra y gracia de nuestra legislación que convierte en carne de mercado esclavista a cualquiera que se salte una letra, es casi imposible que pierdan dinero) y a meterte comisiones por todo. Cosas todas ellas que podrían realizar con menos de la mitad de sus empleados actuales, el resto es su corte de zánganos inútiles. Incluyendo a los grandes medios de comunicación y a sus brillantes creadores de opinión, totalmente apesebrados y dependientes de la publicidad institucional de las grandes empresas. Vamos, que decir que el capitalismo no puede crear bullshit jobs porque las empresas perderían competitividad es como decir que el feudalismo no puede crear zánganos cortesanos inútiles [12] porque cada cortesano de más es un soldado de menos, y perderías eficacia militar frente al señor feudal de al lado.

 

Tienen que ser todos muy necesarios, ¡en caso contrario el Rey de Bélgica ya nos habría invadido!

 

La existencia cada vez mayor de bullshit jobs no contradice al capitalismo: se debe precisamente a que ya no vivimos en el capitalismo. Vivimos en un neofeudalismo financiero corporativo que vive de la extracción de rentas, y que para complicar más las cosas existe sobreimpuesto a las estructuras del viejo capitalismo industrial. (Tampoco es que el liberalismo desatado fuese a acabar con los bullshit jobs; Graeber, en clara referencia a la Ley de Hierro de la Burocracia [13] enunciada por Jerry Pournelle [14], define una Ley de Hierro del Liberalismo: “cualquier reforma liberalizadora, cualquier iniciativa gubernamental que pretenda reducir regulaciones para desatar las fuerzas del mercado, acabará incrementando el número total de regulaciones, el número total de papeleo, y el número total de burócratas que el gobierno emplea”.) Así que Graeber apunta al fulcro de todas estas aparentes contradicciones: todas ellas se basan en una imagen del ser humano como un cabrón egoísta que solo piensa en si mismo. El homo económicus. Sin él, todas las contradicciones (y casi todo nuestro actual modelo socio-económico) se vienen abajo. A lo mejor va siendo hora de revisar esa máxima. A lo mejor la visión del hombre como un hijoputa redomado dice más de quienes la defienden que del conjunto de la humanidad.

 

El trabajo asalariado a lo largo de la historia

Aquí Graeber interrumpe el relato para dar un pequeño repaso a la historia del trabajo asalariado y a la valoración que se le ha dado en diferentes sociedades. Tras recordarnos lo que Aristóteles tenía que decir sobre el trabajo asalariado:

 

En el más noble estado constituido, que es aquel que posee hombres absolutamente justos […], los ciudadanos no deben vivir una vida mecánica o mercantil (pues una vida así es innoble y tendente a la pérdida de virtud), ni deben los ciudadanos en el mejor de los estados ser cultivadores del suelo (pues el ocio es necesario tanto para el desarrollo de la virtud como para la participación activa en política).

Aristóteles, Política.

 

Graeber salta directamente a la Edad Media. Una época en la que existía el trabajo asalariado… pero era considerado una fase pasajera, un periodo de aprendizaje durante el que el trabajador, invariablemente un joven, al principio incluso un niño, aprendía el oficio y ahorraba para poder establecerse por su cuenta. Cuando daba este paso final, se le consideraba adulto, capaz de montar casa, casarse y participar en la vida pública. El trabajo bajo supervisión de un adulto se veía como necesario para “crear” al hombre, pero una vez creado ya no era necesario como tal sino solo un medio de vida. Pero cuando llega la Edad Moderna y se empiezan a concentrar los medios de producción en manos del capital, ese ciclo vital desde aprendiz a maestro en un gremio se interrumpe, y el trabajo ya no parece servir para alcanzar la “vida de adulto” anterior (pero la idea de que casarse y tener hijos debe estar reservado a quienes han completado el ciclo perdura, por eso a quienes sin tener medios -ni perspectiva de tenerlos- se arrejuntan y tienen hijos se los llamará “proletarios”, de “prole”). En este vacío germinan las nuevas sectas protestantes, que van a enfatizar el trabajo como algo bueno en si mismo y no como medio para un fin, y “más mejor” cuanto más sufrimiento y penurias conlleve, porque eso nos acercará más a Dios y nos convertirá en personas moralmente superiores.

 

De tus representantes en la Tierra, líbranos, Señor.

 

Esta evolución de la economía, fortaleciendo al capital a costa del trabajo, se va a ver contestada, curiosamente, en donde menos nos lo esperaríamos: en los nacientes Estados Unidos de América. Allí, especialmente en el norte y en Nueva Inglaterra, la Teoría del Valor-Trabajo [15] era casi un evangelio social.

 

[De un discurso de Abraham Lincoln al Congreso en 1861] “El trabajo es anterior e independiente del capital. El capital es solamente el fruto del trabajo, y jamás habría existido de no ser por el trabajo. El trabajo es superior al capital, y merece una consideración más alta.”

Lincoln insistía en que lo que diferenciaba a los Estados Unidos de Europa, lo que de hecho hacía posible su democracia, era la ausencia de una población permanente de trabajadores asalariados […] Aunque no lo dijera así, Lincoln argumentaba que, gracias a la rápida expansión económica y territorial de América, aún era posible mantener algo similar al viejo sistema medieval, donde todos empezaban trabajando para otros y luego con los ahorros montaban su propio negocio o granja […] Lo que es significativo aquí es que Lincoln sentía que tenía que aceptar la Teoría del Valor-Trabajo como marco del argumento. Todos lo hacían. Y esto fue así hasta prácticamente el final del siglo.[…]

 

Esta bonita arcadia se viene abaj0 con los primeros temblores del capitalismo corporativo a gran escala, cuyos primeros campeones –bautizados por la gente con el simpático sobrenombre de “Robber Barons” [16]– financian una contraofensiva intelectual brutal. Con notable éxito: en apenas una generación, el “éxito social” no estaba en producir algo, sino en consumirlo. Hoy, cuando alguien habla de “creadores de riqueza”, ya nadie piensa en obreros sino en capitalistas.

 

Me he centrado en América por una razón. Los Estados Unidos juegan un papel fundamental en nuestra historia. En ningún otro lugar el principio de que toda riqueza deriva del trabajo era tan universalmente aceptado como sentido común, y en ningún otro lugar fue el contraataque contra este sentido común tan calculado, sostenido y en última instancia exitoso. A principios del siglo XX, cuando se rodaron las primeras películas de vaqueros, esta tarea se había completado, y la idea de que trabajadores de un rancho del medio Oeste en 1860 fuesen ávidos lectores de Marx parecía tan ridícula como le resulta a los americanos de hoy. Más importante, esta contraofensiva puso las bases para las aparentemente bizarras actitudes hacia el trabajo, emanadas en su mayoría de Norteamérica, que podemos ver extendiéndose por el globo, con perniciosos resultados.

 

La razón del éxito de esta ofensiva Graeber la ve en un defecto de la Teoría de Valor-Trabajo: que esta teoría considera que el trabajo es “producir”, mientras que cuidar o atender, tradicionalmente ocupaciones de mujeres, no se consideran “trabajo”. Por ello, cualquier contraofensiva al bullshit tiene que empezar por poner el trabajo “femenino” de cuidados y/o mantenimiento en su lugar como equivalente a la “producción”, y culminar en lo que él llama “una revuelta de las clases cuidadoras”.

 

El Bullshit que nos dimos entre todos

Llegados a este punto, tenemos que preguntarnos por qué nadie denuncia o cuestiona los bullshit jobs. Si son un fenómeno tan universal, ¿porqué los medios de comunicación no lo denuncian? Bueno, aparte de que las empresas de información son de los mayores generadores de bullshit jobs, hay toda una serie de conceptos grabados a fuego en la sociedad. Conceptos para los que los medios hacen descarada propaganda pues en ellos se sustenta el actual orden social.

 

“A case could be made that propaganda, which is ostensibly made for tricking outsiders, is really primarily aimed at assuaging the consciences of the propagandists themselves.”

 

Quizás el más potente es la idea de que “el trabajo dignifica”. Vamos, que cualquier trabajo es mejor que ningún trabajo. Graeber cita una reveladora entrevista a Obama, que preguntado sobre por qué no había creado un sistema sanitario a la europea, dijo más o menos “sí, podríamos, pero ¿qué pasaría con los miles, los millones de personas que trabajan para las empresas privadas?” Blanco y en botella: aceptando tácitamente que esos millones de personas realizaban tareas innecesarias, el Presidente de los Estados Unidos y Faro Letizio del Mundo vino a decir que mejor eso que un sistema realmente eficiente e igualitario, y que un empleo inútil es mejor que ningún empleo. No es que sorprenda que lo piense, pero sí sorprende que lo diga tan abiertamente.

Otro concepto problemático es nuestra idea de “trabajo”, propia de hace un siglo, la del obrero atornillando la pieza X a la pieza Y en una cadena de montaje que nunca para nunca de escupir X e Y. En la mayoría de trabajos “modernos” (y de hace un siglo también, esta imagen le debe muchísimo al hecho de que los operarios de las fábricas, al contrario que cocineros, peluqueros o pianistas, se podían organizar con mayor facilidad y así llegaron a liderar el movimiento obrero) puede haber largos periodos inactivos (que nuestra cultura contemporánea gire en torno a memes, tuits y comentarios a blogs y videos tiene mucho que ver con el hecho de que la gente está mano sobre mano en el curro, pero solo a ratos intermitentes). Y como nuestro empleador ha comprado nuestro tiempo (un concepto, “poseer el tiempo de otro”, que habría horrorizado a cualquier persona anterior a 1800), se inventa bullshit para que siempre estemos ocupados. Vernos inactivos le horroriza porque entiende que le estamos robando. De hecho, viendo las cifras de ocupación de 1970-1980 y las de hoy, se aprecia que se ha destruido empleo en industria y en agricultura, y solo se ha creado en servicios… pero, apunta Graeber, la cantidad de personas que realmente hacen esos servicios, las que te sirven la caña o te cortan el pelo, es más o menos la misma que hace 150 años, un cuarto de la población activa. Lo que se ha disparado en todos lados son los trabajos de gestión, las capas de gestores y managers que supervisan el trabajo realmente realizado, es decir, que supervisan que el “tiempo comprado” no se pierde. Por eso paradójicamente una de las cosas más estresantes que te puede pasar en tu curro es quedarte sin carga de trabajo, porque sabes que te mirarán como a un ladrón/defraudador.

Dios trabajó para crear el mundo, y cuando quiso castigar al hombre por su insolencia le condena a… trabajar. Trabajar es pagar por tus pecados, es lo contrario de pecar. De ahí esa esquizofrenia laboral: la mayoría de personas ganan su sentido de identidad de su trabajo, y al mismo tiempo la mayoría de las personas odia su trabajo. Todo el mundo está continuamente quejándose de su trabajo, “y parece que si no te estás destruyendo en cuerpo y alma vía un trabajo asalariado, no están viviendo bien” (una actitud quizás más común entre oficinistas de clase media, pero ni siquiera la clase trabajadora escapa).

 

Creo que este instinto por perpetuar trabajo innecesario es, en el fondo, simple temor al populacho. El populacho (así se cree) son animales tan bajos que se volverían peligrosos si tuviesen ocio; es más seguro mantenerlos demasiado ocupados para pensar.

George Orwell, Sin blanca en París y Londres

 

De ahí que “mejor un trabajo malo que ninguno”, concepto transversal que en el fondo une al izquierdista que se manifiesta con una pancarta diciendo “trabajo para todos” como al derechista que le mira desde la acera y murmura “búscate un trabajo de verdad”. Pero nadie parece pensar en si esos trabajos son necesarios y aportan algo a la sociedad. De hecho, según Graeber, quien más aporta a la sociedad recibe menos a cambio: hemos montado una sociedad que permite que banqueros de inversión reciben unos bonus exorbitantes (incluso ahora, con las cenizas de la Gran Recesión aún calientes) mientras servidores públicos como profesores/enfermeros/bomberos han visto sus sueldos recortados por los parlamentos, en muchos casos jaleados por importantes sectores sociales.

 

Según la economía se convierte más y más en la mera distribución del botín de rapiña, más sentido tienen jerarquías de comando lo más ineficientes e innecesarias posibles, porque esta es la clase de organización que maximaliza la rapiña. Cuanto menos se asocie el valor del trabajo a aquello que produce o el beneficio a otros que ofrece, más se ve el trabajo principalmente como una forma de sacrificio, lo que significa que cualquier cosa que haga un trabajo menos oneroso o más disfrutable, incluso el mero conocimiento de que tu trabajo beneficia a otros, hace que su valor decaiga – justificando así sueldos menores.

Esto es genuinamente perverso.

En cierto modo, los que dicen que si no trabajamos 15 horas es porque hemos elegido consumo sobre ocio no están totalmente errados. Sencillamente han entendido mal el mecanismo. No estamos trabajando más y más porque estemos todo el rato ensamblando PlayStations y sirviéndonos sushi unos a otros. La industria está cada vez más robotizada, y el sector de servicios “real” permanece en torno al 20% del total. En lugar de eso, es porque hemos inventado una dialéctica bizarra y sadomasoquista en virtud de la cual sentimos que el sufrimiento en el trabajo es la única justificación posible de nuestros furtivos placeres consumistas, y al mismo tiempo, el hecho de que nuestros trabajos consuman cada vez más de nuestro tiempo implica que no podemos permitirnos el lujo de “tener una vida”, y eso a su vez significa que los placeres consumistas furtivos son los únicos que podemos permitirnos tener.

 

O incluso cuando hay huelgas: indigna mil veces más una huelga de basureros/ferroviarios que una de banqueros, indignación que Graeber psicoanaliza como cabrones, vosotros tenéis un trabajo importante de verdad que ayuda a los demás, ¡y encima tenéis exigencias!, y combina esto con una interesante definición de izquierda y derecha: “izquierda” sería todo aquel que cree que “valor económico” y “valores morales” están íntimamente relacionados y que no puede hablarse de uno sin considerar al 100% el otro; y “derecha” serían aquellos que afirman que “valor económico” y “valores morales”, codicia y caridad, son compartimentos estancos, totalmente independientes uno de otro. Y por eso los partidos de derechas (que en general además se arrogan la interpretación de ambos compartimentos) no tienen problema en integrar tanto a los liberales-patrón-oro como a los fundamentalistas religiosos: desatas la codicia más sociópata del libre mercado, y luego palias los resultados con caridad cristiana. La enfermera que cuida a un niño enfermo lo hace por “valor (económico)” (no porque le guste ayudar a la gente), pero cuando vuelve a casa y hace lo mismo con su propio hijo es por “valores (familiares)” (no porque no se puede permitir a un cuidador).

 

Resentimientos

El resultado de esta esquizofrenia en lo que sigue siendo la actividad a la que más tiempo despierto dedicamos es un desbordamiento de resentimientos.

 

Hay algo tremendamente incorrecto con aquello en lo que nos hemos convertido, con la sociedad que hemos creado. Nos hemos convertido en una sociedad basada en el trabajo – ni siquiera en “trabajo productivo” sino en trabajo como un fin en si mismo. Hemos llegado a creer que hombres y mujeres que no trabajan más de lo que desearían en empleos que no disfrutan son malas personas que no se merecen amor, cuidados o asistencia por parte de sus comunidades. Es como si hubiésemos consentido a nuestra propia esclavización. La principal reacción política a nuestra consciencia de que pasamos la mitad de nuestro tiempo en actividades absurdas o directamente contraproductivas –generalmente a las órdenes de gente que nos disgusta- es un resentimiento desbordante ante la idea de que pueda haber otros ahí fuera que han escapado de la trampa. Como resultado el odio, el resentimiento y la sospecha se han convertido en el pegamento que mantiene unida a la sociedad. Este es un estado desastroso. Yo deseo que termine.

 

No hay más que abrir la prensa para ver en todas partes la ola del resentimiento sobre la que ha surfeado Trump (con los trumpitos españoles adoptando ya la Goofy Stance mientras otean el spot, que lo de “la España que madruga” va de eso, de azuzar resentimientos y poco más). Resentimiento de trabajadores contra parados. De los trabajadores del sector privado contra los del sector público. De parados contra trabajadores. Y muy especialmente de trabajadores en bullshit jobs contra trabajadores manuales, con una notable excepción: soldados (Graeber escribe para un público anglosajón). Los voceros del statu quo pueden rajar durante horas contra los profesores o sanitarios de la pública, contra los trabajadores del Metro, contra los de la limpieza y los basureros, y contra cualquier mínima organización sindical de gente que tiene trabajos físicos y/o reales, pero nunca dirán nada contra soldados o policías (de nuevo, una convenientemente ignorada evolución de la narrativa: en los jóvenes Estados Unidos, la idea de un ejército permanente resultaba un horror para las élites –que lo habrían tenido que mantener con sus impuestos-, que denunciaban la “vagancia natural” de los soldados y el peligro que representaba para la libertad la existencia de un nutrido grupo de hombres armados acostumbrados a cobrar del gobierno). Curiosamente, tampoco suelen protestar contra los administradores de los colegios públicos, responsables muchas veces de los males que se achacan a la educación pública: a quien se machaca es a los profesores.

 

Soluciones

Graeber se pone un poco remilgoso para dar soluciones (él ha venido a hablar del problema), pero finalmente se decanta por una Renta Básica Universal incondicional. El Trabajo Garantizado, en cambio, le parece que acabará en una orgía de bullshit jobs, con la gente haciendo cosas innecesarias pero bajo presión de una burocracia estatal inmensa en vez de bajo presión del mercado. La RBUI, en cambio, no conllevaría una burocracia y liberaría a la gente de la necesidad de aceptar cualquier trabajo.

Por desgracia, la RBUI no la lleva ya ningún partido en su programa, y los sucedáneos [17] no parece que sean la solución. Hoy por hoy parece que lo más realista a lo que podemos aspirar es a una semana laboral de 35 horas. ¡Incluso si todos los curritos españoles redujeran su jornada en una octava parte, seguiríamos trabajando más horas que los curritos alemanes [18]! Sin embargo, nuestro querido Presidente Vacío está siguiendo punto por punto el manual del gobernante español (punto primero: hazte con el poder ilusionando a los jóvenes; punto segundo: retén el poder sacrificando a los jóvenes en el altar de las pensiones) y no querrá exponerse al inevitable si trabajamos menos, ¿quién pagará las pensiones? De los partidos que se disputan a cara de perro el voto rentista, mejor ni hablar. Eliminada pues la guapocracia [19], solo nos quedan los Feos.

 

Feos de taparse, pero con un programa que enamora.

 

Pequeña curiosidad histórica: en los albores del movimiento obrero, había una clara divisoria entre los sindicatos. Los de inspiración comunista solían perseguir mejoras de sueldo para el mismo trabajo, los de inspiración anarquista buscaban reducciones de jornada para el mismo sueldo. Es decir, que en esto del trabajo, el comunismo actúa como un calco del capitalismo: habrá diferencias sobre cómo repartir la riqueza, pero de echar horas no te libras (bueno, tampoco es que sea para tanto: ellos hacen como que nos pagan, y nosotros hacemos como que trabajamos, como iba el chiste en la URSS). Pero el comunismo en España, recordemos, siempre fue una cosa más bien reducida (y buena parte de esa militancia encima solo estaba a lo que estaba [20]), pero los sindicatos anarquistas llegaron a tener millones de militantes. Incluso quitando a los que solo estaban ahí para metel.la, nos sale un sustrato anarquista importantísimo en la sociedad española. Así que desde aquí animamos a PABLO a aparcar los manuales del PCE y a convertir las 35 horas semanales en la bandera para las próximas elecciones generales. Porque gracias al peculiar celo con que nuestras élites nos han impuesto el Evangelio del Santo Trabajo, redentor de hombres y pecados, hay una marea silenciosa esperando al político que salga y diga al fin que esto de trabajar es una necesidad para poder comer pero por lo demás una mierda como un piano. Como español cuyo despertador suena entre semana a las 6:05, mi voto lo tendría fijo.