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“Erlöste und Verdammte” – Thomas Kaufmann

“Los Salvados y los Condenados: una historia de la Reforma”

El próximo 31 de octubre hará 500 años que la bocaza más grande de Alemania crease el primer hilo de 95 tweets de la historia y lo pegase en la puerta de la Iglesia de todos los Santos en Wittenberg [1], Alemania (en esa misma iglesia está el bocazas sepultado, por cierto), iniciando lo que hoy conocemos como La Reforma Protestante. Y ya saben: a mi estos aniversarios me hacen montarme unas wishlists impresionantes. Así que prepárense para unas cuantas lecciones de Teología [2]. Y hoy empezamos con una obra que pretende dar una imagen global de la Reforma, iluminando sobre su contexto pero sin perder detalles. Está en lengua germana, y dudo que haya traducción, pues en España o somos unos ateos rojazos comeniños que desprecian olímpicamente los locos cacharros del cristianismo, o unos talibanes católicos para quienes es anatema ni tan siquiera leer la vida y milagros del bocazas que más daño hizo a la Santa Madre Iglesia (rojazos y talibanes, por favor no se me enfaden: si en realidad la gran mayoría de los españoles son ”católicos no practicantes” con cero lecturas sobre el tema y cuya religiosidad es un difuso cocktail de “llámalo Dios, llámalo Energía”, “sí a la vida eterna pero tampoco le hago ascos a la reencarnación”, “me caso de blanco pero el Papa no me dice lo que tengo que hacer en la cama”, “el Budismo tiene muchas cosas atractivas”, y otras tapitas del gran bufé libre de la multiculturalidad en que se ha convertido la espiritualidad en nuestra querida posmodernidad del siglo XXI).

Cabe puntualizar que lo de Reforma Protestante es un término que gusta mucho en los países católicos, dando a entender que esta gente del norte son unos populistas que solo saben protestar todo el rato pero no tienen ni idea de como se gestiona bien (es decir: con alguien infalible al frente del cotarro de por vida) y que lo dejan todo perdido de debates asamblearios y tal donde no se decide nunca nada. Vamos, que si cogen las portadas y los editoriales [3] del ABC, El Mundo y La Razón sobre el 15-M, esa es la imagen que se quiere transmitir con el palabro. Como es obvio, ellos no lo llaman así, sino que se autodenominan Reformierte (reformados), Luteranos o Evangélicos, según la corriente particular a la que se adscriban.

 

Lutero y los Regeneracionistas

Corrientes e impulsos para reformar la Iglesia ya los había desde hacía casi un siglo antes, simplemente no había acuerdo de cómo debía ser esa reforma. El propio Lutero, en un principio, solo deseaba reformar, cual Albert Rivera medieval, con sosiego y dentro del sistema. Un cambio sensato, nada más. Fue la total cerrazón del sistema a reformarse lo que le empujó a decir macarradas antisistema y a irse a un proceso constituyente para una nueva Iglesia, porque verán, él estaba convencido de que tenía LA VERDAD. Lutero, para desgracia de la Santa Madre Iglesia, era un CREYENTE como la copa de un pino, y una vez metido en su deriva perroflautica no se dejó apaciguar con llamadas a la sensatez, “esto siempre se ha hecho así”, “tienes que ceder para llegar a acuerdos”, “si todos fuésemos de profetas esto sería un caos”, y otras lindezas dignas de un editorial de El País.

Lutero (Kaufmann empieza el libro con su vida personal y profesional, reconociendo así su aportación absolutamente esencial para la Reforma; Lutero es, sin duda, el más “alemán” de todos los personajes históricos alemanes, porque en él se da todo: LA IDEA, la retórica apabullante, y las consecuencias que se hacen sentir en medio mundo) era hijo de Hans Luder [4], un emprendedor. Un campesino bien situado que había logrado montar una pequeña empresa de extracción minera con la que prosperar bastante, y que tenía grandes planes para su primogénito Martín: que estudiara Derecho, se casara con una buena chica burguesa y gestionara la empresa familiar para heredarla algún día. ¡El comienzo de un linaje! Pero en 1505, con 22 años, siendo ya estudiante y volviendo a casa para el verano, Martín fue sorprendido en mitad del campo por una tormenta. Tanto le asustó que gritó “¡ayúdame, Santa Anna, y prometo que me haré monje!” Y claro, como era CREYENTE, tuvo que cumplir su palabra. A Kaufmann la cosa le huele un poco a chamusquina: no había nada en la vida previa de Lutero que indicase tan profunda religiosidad, y en todo caso siempre se podría haber librado de su juramento comprando una de esas indulgencia papales [5] que luego tanto harían por la Reforma. Parece simplemente que Martín no compartía el entusiasmo emprendedor de su padre y no vio otra forma de escaparse (Hans, que había pasado a tratarle de “usted” cuando estudiaba Derecho, volvió al “tu” cuando se ordenó monje). Dado que sobre 1512 cambió su apellido de Luder a Luther, en homenaje a eleutheros (“libre”, en griego), y utilizaba a veces el seudónimo Eleutherios, “el libre”, parece ser que vio en aquello una forma de liberarse de la existencia burguesa que le preparaba su padre.

 

A Hans Luder le hacía mucha ilusión que su hijo acabase en algo así. ¡Pobre Lutero, lo que se perdió apartándose del camino de su padre!

 

Como monje con estudios, pronto tuvo ciertas responsabilidades regionales dentro de los agustinos, orden que eligió porque le parecían los más austeros. Y como buen perroflauta no-emprendedor, se colocó como profesor universitario, enseñando teología en la Universidad de Wittenberg. Allí pudo pontificar sobre lo divino y lo humano, especialmente su gran obsesión: la salvación del alma cristiana. Simplificando criminalmente el debate, en aquel momento la doctrina católica era que te salvarías si eras bueno y hacías cosas buenas, a lo que Lutero, tras amplios estudios bíblicos (se leía la Biblia entera dos veces al año, y se sabía de memoria pasajes enteros), llegó a la conclusión de que te salvarías, sola gratia [6], solo por la Gracia de Dios, independientemente de lo que hicieras. En uno de esos giros graciosos, a lo de confiar en que la salvación estaba simplemente en observar las leyes y hacer alguna buena obra, los protestantes lo llamaron peyorativamente Legalismo [7].

Vamos, que según Lutero Dios solo te salvaría si eras una buena persona. ¿Y en qué consiste ser una buena persona? Pues consiste en creer -perdón, en CREER- en Dios y en Su Palabra. Las buenas acciones no son un requisito necesario porque se supone que vendrán solas si una persona es realmente buena. Este pequeño e inocente matiz era en realidad una voladura de toda la teología medieval y un ataque frontal al poder de la Iglesia Católica: porque las buenas obras, por su naturaleza, los demás las pueden ver y juzgar, y ahí está la Iglesia para ordenártelas y vigilarte haciéndolas y decidir si son suficientes, o si te hacen falta más. Nuestro buen corazón, en cambio, solo lo puede ver EL (nos referimos a EL [8], no a EL [9]). Con lo que la Iglesia pasa de ser un intermediario absolutamente necesario, a un mero acompañante en el camino a la salvación.

 

Donde un español ve una plantilla equilibrada, Lutero habría montado un ERE del 80%. Y los demás, a fichar cada día y evaluaciones trimestrales del rendimiento.

 

Este debate teológico no tendría porque haber salido de las aulas de la Universidad, de no ser porque la Iglesia, en su entusiasmo por la salvación mediante las buenas obras, las financiarizó a tope con el tráfico de indulgencias, unos papelitos que podías comprar a tu obispo y cuya posesión te redimía de juramentos o pecados. Incluso, podías comprarlos para algún ser querido ya fallecido, y salvarle así del infierno, como rezaba el pegadizo eslogan: tan pronto la moneda en el cofre resuena, el alma al cielo brinca sin pena. En un triple mortal financiero, el obispo de Maguncia y Brandeburgo [10], quien para pagar por la dispensa de tener dos obispados había pedido un crédito a los banqueros Fugger, a la hora de devolverlo les concedió su participación en los beneficios de la venta de indulgencias, de modo que al monje que las vendía le acompañaba un contable de los Fugger, a cuyo arcón iba directamente la mitad de lo que la gente pagaba por liberar a la pobre tía abuela Gudrun de las llamas del Purgatorio. Algo que creó un difuso descontento entre la grey católica. Cuando a Lutero -en su faceta de padre confesor- le vinieron tres o cuatro paletos agitando la indulgencia y exigiendo absolución sin penitencia ni constricción, que para eso he pagao, chupatintas, que no te enteras, estalló en cólera y resumió en 95 tesis la falsedad de la venta de indulgencias. Y ahí ardió Troya.

No inmediatamente, claro. En aquel entonces estas cosas llevaban su tiempo y su papeleo. Pero el asunto cayó como una bomba en los círculos humanistas que se habían formado por toda Europa al calor del Renacimiento, donde con ayuda de ese moderno invento que era la imprenta alcanzó una repercusión que hubiese sido imposible 50 años antes. No imprenta, no Reforma. La Reforma surgió -y solo pudo surgir- en un mundo que estaba cambiando a velocidades impensables 50 años antes. Las rutas hacia América y la India, la expansión del horizonte, y sobre todo la aparición de la imprenta, publicando incesantemente noticias de tierras lejanas (la mitad de estas publicaciones dejan a OKDiario como un medio serio) creaba en la gente una sensación de vértigo apocalíptico que la Reforma supo aprovechar muy bien. Años más tarde, Lutero contó en una carta que publicar contra el tráfico de indulgencias había “asaltado el cielo” y comenzado “a incendiar el mundo”.

Durante tres años, mientras una Iglesia medieval iniciaba el lento papeleo para declarar en herejía a Lutero, este se metió de hoz y coz en una moderna campaña pública sin precedentes, publicando ensayos y asistiendo a debates en los que demostraba vehementemente que nada en la Biblia justificaba el tráfico de indulgencias, y ya de paso iba sacando más y más cosas que estaban mal en la Iglesia. Inteligentemente, poco a poco pasó de publicar en latín a hacerlo en alemán, con lo que llegó a mucha más gente, convirtiendo el debate escolástico en un asunto público (por otra parte, las publicaciones en alemán dificultaron mucho la ampliación del debate fuera de Alemania, con lo que el luteranismo acabó siendo un asunto netamente germano) que despertaba un enorme interés. Señal de que había problemas fundamentales y un descontento profundo esperando cristalizar en alguien o algo (o de que Lutero era un demagógico populista que se aprovechaba de una crisis pasajera, según otros). Pasados tres años, las autoridades decidieron al fin tomar cartas en el asunto y le citaron al Reichstag (no el edificio en Berlín, sino la Dieta Imperial, que en 1520 se celebrara en Worms), con un salvoconducto imperial. Lutero llegó esperando un cierto debate, o al menos poder defender sus tesis, pero se encontró con una mera orden: “chaval, mañana te presentas ante las Cortes y el Emperador Carlos V, reniegas de lo escrito, y nos olvidamos del asunto. No tardes más de un minuto, que luego hay que tratar la financiación autonómico-imperial.” Allí podría haber muerto todo, pero con lo que esta gente no contaba era que Lutero era un CREYENTE, y pese a todas las presiones subió al estrado, vio a los nobles y al emperador y al pueblo llano, y en diez segundos que pasaron a la Historia [11] puso patas arriba a toda Europa: “como mi conciencia está atrapada en la palabra de Dios, no puedo ni quiero renegar de nada, pues es peligroso actuar contra la recta conciencia. Que Dios me ayude. Amén.”

 

Martin dijo NO.

 

Un Vistalegre para unirlos a todos

De allí, claro, tuvo que salir corriendo, por mucho salvoconducto imperial que le hubiesen dado. Su protector, el duque se Sajonia [12], escenificó un falso secuestro y le escondió en el castillo de Wartburg, donde Lutero realizó su gran aportación a la lengua alemana, comparable a lo que la escritura del Quijote supuso para fijar el castellano: la traducción del Nuevo Testamento al idioma alemán, para que todo el mundo pudiese leer a Dios sin intermediarios (los protestantes en seguida empezaron a dar las misas en las lenguas vernáculas; los católicos tuvieron que esperar unos cuantos siglos más hasta que la Iglesia se dignó hablarles en su idioma). Mientras, Alemania se sumía en un fervor religioso sin precedentes, con todo el mundo discutiendo sobre cómo debía reformarse la Iglesia. Cosa que en aquel momento aún parecía posible, la ruptura definitiva vino en 1530. Hasta entonces, la Reforma evolucionaba de forma un poco caótica, con infinitas discusiones sobre los sacramentos, los credos, los santos, el matrimonio de los curas y mil cosas más, con los católicos metiendo bulla y diciendo que esto no era gente seria, que aquello era un sindios asambleario de perroflautas, y que para eso, ¿mejor juntos, no? En otras condiciones, seguramente, el emperador del Sacro Imperio hubiese aplicado mano dura y la cosa no hubiese llegado demasiado lejos (el precedente de los husitas [13] estaba en mente de todos), pero la década de 1520 tuvo a Carlos V ocupado con las Germanías, los Comuneros, varias guerras con Francia, varias guerras en Italia, un providencial enfrentamiento con el Papado que culminó en el Saco de Roma [14], y como colofón los turcos sitiando Viena [15] en 1529. Hasta 1530, en que resolvió casi todos estos frentes y estaba de nuevo a partir un piñón con el Papa, no pudo dedicarse a todos estos perroflautas que querían un proceso constituyente para la Iglesia.

Pero para el Reichstag de ese año en Augsburgo, Philipp Melanchthon -el principal colaborador de Lutero- logró un sorprendente “manifiesto común [16]” de los pro-reformistas, que le fue presentado a Carlos V. Nuestro primer Austria, tras escuchar con cara de póker, dijo que ni de puta coña, y que todo el mundo a volver a la verdadera fe y a unirse tras la casa de Austria y contra el Turco. Ah, y que a partir de ahora era obligatorio que toda obra impresa llevase el nombre y la dirección del editor. La respuesta política de los –ahora sí- “protestantes” fue unirse en la Liga de Esmalcalda, y la respuesta teológica fue un Vistalegre una deriva de parte de la Reforma a favor de un liderazgo fuerte, única forma de enfrentarse al malvado Emperador. Deriva que fue apoyada enérgicamente por Lutero, traumatizado por la Guerra de los Campesinos [17], una revuelta protagonizada por campesinos pobres del sur de Alemania que reclamaban esa libertad [18] de -y hermandad entre- los cristianos de la que Lutero había hablado, pero donde pronto aparecieron saqueos y matanzas (generalizados o casos aislados, ya depende de la fuente a la que elijan creer). Lutero los condenó [19] (cuando ya estaba claro que iban a ser derrotados) y desde entonces apostó decididamente por una Reforma tutelada, alejada de la “Iglesia desde la base” que defendían otros reformadores.

Desde entonces, el cristianismo luterano, mayoritario en Alemania y Escandinavia, se ha caracterizado por iglesias fuertemente imbricadas con el estado [20], que así empezó a asumir toda una serie de roles y funciones nuevos, que hasta entonces habían sido competencia de una estructura administrativa eclesiástica paralela. Los gobernantes de los territorios –los Länder, de ahí que el invento se denomine Landeskirche– se convirtieron en jefes de la Iglesia en los mismos, con autoridad para ordenar sus asuntos religiosos (esto lo solían delegar en algún tipo de comisión) y disponer de sus bienes e ingresos (de esto ya se ocupaban ellos mismos), incluyendo con el tiempo al muy católico rey de la muy católica Baviera, que hasta 1918 era también summus episcopus de la Iglesia Protestante-Luterana de Baviera [21].

La idea de la “Iglesia desde la base”, con la comunidad eligiendo a sus obispos e incluso a sus curas locales, no obstante, sobrevivió en Suiza, donde la extrema fragmentación territorial y geográfica (y el hecho, claro, de que un país chiquitín tiene cierta bula para hacer cosas locas porque molesta menos) favoreció las ideas de Huldrych Zwingli o de Johannes Calvin, que se extendieron a otros países chiquitines y remotos como Holanda o Escocia. Estas corrientes, más perrofláuticas, se suelen resumir bajo el nombre de Reformierte, reformados, por oposición a los Lutherischen o luteranos.

 

¿Queremos ser luteranos o calvinistas?

 

Entre los reformados se incluye a los calvinistas, una corriente que Kaufmann radica en la “segunda ola del protestantismo”. Johannes Calvin -Juan Calvino para los amigos- nació en Francia en 1509 y aún era un niño de teta cuando Lutero volvía desencantado de visitar al Papa en Roma. Al igual que a Lutero, su padre también le predestinó a estudiar Derecho, pero el contacto con las nuevas ideas que venían de Alemania le alejó del camino paterno. Resulta interesante que Calvino no hablara alemán, con lo que se perdió los enormes debates entre las escuelas de Wittenberg, Estrasburgo, Basilea y Zúrich sobre la posición de la misa en el nuevo cristianismo. Su educación primaria en los principios protestantes, la que más hondamente le marcó, fue con los primeros ensayos que Lutero aún había publicado en latín, antes de derivar hacia la “religión tutelada” (algo así como si ahora alguien fundase un partido basándose en los tuits de Pablemos anteriores a junio de 2014). Basándose en ellos, y durante su estancias en Ginebra, Calvino desarrolló una doctrina más severa y consecuente en su apego a la Biblia que la de Lutero, pero con una iglesia menos tutelada, firmemente separada del estado. Unas ideas que 40 años antes habrían sido despachadas por locas perdidas, pero que ahora podían germinar en la fértil tierra que Lutero había trabajado.

En cambio, la idea de que para salvar el alma hay que cumplir las reglas a rajatabla, disfrutar poco, renunciara a cualquier lujo superfluo, currar como un poseso, y ahorrar hasta el último céntimo, que es como mucha gente ve el “calvinismo”, es algo ajeno a Calvino y surgido/interpretado posteriormente [22]. Lo que sí aportó fue la persecución de herejías, incluyendo la condena de Miguel Servet [23], máxima aportación española a esto de la Reforma, a la hoguera por negar la Trinidad. De hecho, Ginebra tenía su propia policía religiosa, controlando que nadie le diera al vicio y al pecado (nada que no estuviese también de alguna forma en la doctrina católica, pero después de quince siglos la Iglesia de Roma al menos había aprendido que a veces es mejor hacer la vista gorda para tener al rebaño contento). A su vez, los “calvinistas” (un mote en principio despectivo que les pusieron los luteranos) eran objeto de persecución y exilio en muchísimos lugares, lo que creó una enorme comunidad internacional muy bien conectada, base de la futura expansión de esta rama del protestantismo, que acabó eclipsando al tronco luterano del que había surgido.

¿Y todo esto, qué relevancia tiene?, se preguntarán ustedes. Pues aunque todo parezca absurda cháchara teológica, resulta sumamente interesante por cuanto tiene de estudio de cómo se crean movimientos reformistas/populistas cuando los regímenes previos se han ido pudriendo lentamente, como se expanden, cómo son combatidos, como se imponen o son derrotados, cómo surgen y se manejan las escisiones, cómo intentan equilibrar la necesidad de estar unidos con las pasiones desatadas de cada uno que quiere tirar por su lado, y si persisten en la búsqueda de la Pureza Absoluta o acceden a hacer concesiones en aras del posibilismo. Cosas en las que también andamos nosotros hoy en día. Y Kaufmann da algunas claves interesantes: la punta de lanza de la Reforma fueron los estudiantes de Wittenberg y de otras universidades influenciadas, sin los cuales la cosa nunca habría cogido impulso (punto para la camarilla complutense de Pablemos); pero por otra parte la cosa nunca habría terminado de triunfar si el pueblo llano no se hubiese unido también (punto para la Berdadera Izkierda que desprecia a la elitista camarilla complutense de Pablemos por no ser lo bastante Klase Ovrera); y finalmente el control sobre las imprentas, hoy diríamos los medios de comunicación, fue esencial (punto, set y partido para Su Santidad Mariano Rajoy y su Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición brunete mediática).

 

La religión “Made in Germany” se va de gira por el mundo

Kaufmann hace un repaso a como Alemania exportó su nueva religión por Europa y el mundo. En Escandinavia, la Reforma coincidió con la ruptura de la Unión de Kalmar [24], y cada uno de los nuevos monarcas quiso montarse su propia iglesia luterana para marcar diferencias con los demás. En el Este de Europa, sembrado con colonos y comerciantes alemanes que actuaron de vector, las nuevas ideas reformadas pronto atrajeron a las élites, si bien solo triunfaron del todo en el Báltico y –ojito- en Prusia [25]. En el resto, empero, lograron la adhesión de importantes minorías. Muy distinto fue el caso en Italia y España, donde la cosa no salió de unos pocos alumbrados. Con respecto específicamente a España, Kaufmann señala a la Inquisición y a su fuerte control de los editores como ejemplo ex negativo de la importancia de la imprenta en la propagación de las nuevas ideas.

 

“¿Que queréis fundar un nuevo partido político? ¿pero qué os habéis creído?”

 

Francia constituye un caso peculiar, y debo decir que sigo sin entender muy bien las razones de que no triunfara la Reforma. Porque desde luego el incentivo estaba ahí. Sobre 1540 ya se intuía en el horizonte una constelación política que iba a durar casi cuatro siglos: la santa alianza entre el Papado (que necesitaba a los Habsburgo para defender el chiringuito y combatir la herejía protestante) y los Habsburgo (que necesitaban la bendición papal como “defensores de la cristiandad” como excusa para mantener unido su absurdo imperio). Dado que Francia estaba rodeada de posesiones de los Habsburgo, ¿qué mejor manera de defenderse que liderando a las naciones protestantes? Pero los reyes franceses se acobardaron, y ocho guerras civiles por causa de la religión [26] hicieron el resto. Francia, donde la Reforma –versión calvinista, que Calvino como francés dirigió su obra a su patria- llegó a alcanzar a un 10% de la población, permaneció católica y los expulsó.

La nota costumbrista-cuñada de la Reforma la dio Enrique VIII en Inglaterra: tras destacar como perseguidor de los herejes y denunciar al perroflauta de Lutero -lo que le valió el título de Fidei Defensor por parte del Papa Leo X-, Enrique pidió un favorcito de , una miajá, a ti no te cuesta nada y a mi me das la vida, anula mi matrimonio con Catalina de Aragón, que es incapaz de darme hijos varones. Como Clemente VII estaba acojonado con el Saco de Roma por parte del sobrino de Catalina, le dijo nones. Enrique sabía que Roma no paga traidores, pero viendo lo mal que Roma pagaba la lealtad, concluyó que para eso mejor no le pagaban nada y él se lo guisaba todo. En 1534 [27] cantó Arrivederci Roma y separó la Iglesia de Inglaterra. En principio su Iglesia era igual en todo a la católica, solo con el rey en lugar del Papa (para anular matrimonios y cobrar el diezmo, básicamente), pero una vez libre y bajo los sucesores de Enrique, la iglesia anglicana empezó a virar teológicamente hacia una mezcla de luteranismo y calvinismo, pero sin pasarse. A los que exigían un calvinismo 100% auténtico y consecuente, les llamaban puritanos.

En los Países Bajos se vivió una situación curiosa, porque fue el país extranjero donde más llegó la obra de Lutero, donde más se tradujo, y donde murieron los primeros mártires [28] de la causa protestante… y sin embargo acabó siendo calvinista y no luterano. Pero claro, el cristianismo liderado por papá estado y sus señores, propio del luteranismo, ya no mola tanto cuando el estado y el señor están a miles de kilómetros y varios meses de viaje [29] en El Escorial y lo único que le interesa es sacarte pasta y que su padre confesor no le mande a la cama sin cenar, aunque para eso haya que pasar a cuchillo unas cuantas poblaciones [30]. En cambio, el “pack Calvino” traía como feature destacada la legitimidad de la resistencia contra un gobernante que no está en sintonía con el Evangelio. De ahí se alimentaron las siete Provincias Unidas para declararse independientes de Felipe II en 1581. Incluso “mejoraron” el calvinismo original con una amplia tolerancia religiosa que atrajese -necesidades de la guerra- a más pobladores que reforzasen la economía de los Estados Generales. Pronto, los Países Bajos se convirtieron en el refugio de todas las minorías religiosas del continente: judíos sefardíes, puritanos ingleses, hugonotes franceses… todos juntos y revueltos en la más destacada república -nominalmente- de Europa, cuyos habitantes pronto asociaron indisolublemente calvinismo, libertades e independencia.

Fue por medio de estas dos naciones, Países Bajos e Inglaterra, y sobre todo por medio de sus futuros imperios coloniales, que el luteranismo acabó destronado por el calvinismo como la gran corriente protestante. Del calvinismo inglés nacieron con el tiempo los presbiterianos, los congregacionistas, los cuáqueros, los baptistas, los metodistas y otras sectas similares, cada una generalmente como reacción a una pérdida de la verdadera fe en la secta anterior. Imaginen lo majas y tolerantes que debieron ser estas buenas gentes que los ingleses –una gente educada durante siglos por su clima y su cocina a encajar todo tipo de adversidades, y en general bastante tolerante con las cosmovisiones ajenas siempre y cuando no perjudique a sus negocios- los metieron en barcos y los mandaron a Massachusetts sin billete de vuelta, para que allí vivieran felices su radicalismo desquiciado sin molestar a nadie. Bueno, cuatro siglos más tarde Nueva Ámsterdam y aledaños han pasado de ser el culo del mundo a ser el centro del universo, y los descendientes de los emigrados no cesan de iluminarnos [31] con su Guerra contra la Drogas [32], Guerra contra el Terror de Otros, Guerra al Ateísmo [33], Guerra contra la Pornografía [34], Guerra contra las Palabras Malsonantes [35] y en general la Guerra contra todo lo que no sea una vida recta, trabajadora, ahorradora y temerosa de Dios [36]. Una vez más: gracias por nada, pérfida Albión.

 

“Irse de una vez y no volváis, pesados, que sois unos pesados.”

 

El Emperador contraataca

Pero volviendo al Sacro Imperio, Alemania tuvo la mala suerte de que quedó partida, casi al 50%, entre católicos y luteranos. Durante 250 años, las pasiones religiosas iban a ser el motor de la historia alemana [37], hasta que fueron sustituidas por las pasiones del nacionalismo alemán, y los alemanes pudieron dejar de darse yoyah entre ellos para dárselas a todos los demás. No obstante, Carlos V aún cree que la cosa puede encarrilarse, y no convierte su lucha contra la Liga de Esmalcalda en una cruzada, intentando en cambio dividir a los protestantes y alejar a algunos de ellos. Resulta significativo de la situación real (en ese momento, 100 años más tarde ya era otra cosa) que en parte lo lograse… y que muy pocos potentados católicos quisieran unírsele, e incluso el Papado lo hizo a desgana. Ninguno quería un emperador demasiado fuerte. Pero ¿quién necesita aliados cuando tiene TERCIOS ESPAÑOLES DE FLANDES? Carlos derrotó a la Liga en Mühlberg [38], pero pese a su tacto (conquistó Wittenberg e incluso entró en la Iglesia de Todos Los Santos, pero no abrió la tumba de Lutero; siempre pensé que pasear por ahí los restos de tus enemigos o tirarlos al mar era un comportamiento medieval, pero el ejemplo de los iconos de luz de la progresía [39] me ha hecho ver mi error) no logró capitalizar la victoria. Finalmente, tuvo una idea: convocar un concilio donde los teólogos pudiesen ponerse de acuerdo. ¡Hay que escuchar a los expertos! De hecho, Carlos V estaba medio dispuesto a dar un poco de autonomía en lo religioso, siempre y cuando en lo político quedase claro quién mandaba.

Este planteamiento chocaba frontalmente con el Papado, que estaba dispuesto, je, a conceder un poco de autonomía política siempre y cuando en lo religioso quedase claro quién mandaba. A la eclesiástica manera, los sucesivos Papas accedieron al Concilio y luego lo alargaron hasta el infinito y más allá. Fue el Concilio de Trento [40], y para cuando acabó, Caros V llevaba muerto 5 años, y el resultado fue mucho más cercano a los deseos del Papado. A saber: condena expresa de la herejías protestantes en todas sus formas, unificación y disciplinación de las diversas iglesias católicas nacionales, creación del Index Librorum Prohibitorum [41], retorno de la Inquisición, reforzamiento de las órdenes religiosas (especialmente de los recién creados Capuchinos y Jesuitas) y en esa línea. Los Papas habían llegado a la conclusión de que los herejes no iban a volver por las buenas, y se armaron para resistirles y retornarlos por las malas. Aún así dejaron la puerta abierta aceptando como válido el bautismo protestante (único sacramento que puede administrar un hereje, y por eso al convertirse del luteranismo al catolicismo no hay que re-bautizarse porque el primer bautismo es válido; la excusa era que aunque eran putosherejes, lo que cuenta es la intención al bautizar). Y a la chita callando, y tras dejar claro que el Papa por-su-pues-tí-si-mo podía vender y conceder indulgencias, acordaron que ya nunca-nunca-más se venderían indulgencias.

 

“No las vendo porque no quiero, no porque no deba.” El Papa, desplegando sus defensas.

 

Vistas las grandes confesiones, Kaufmann ya se mete con las pequeñas. O como lo llaman algunos historiadores: el “ala de la izkierda radikal” de la Reforma. Porque Luteranos, Calvinistas y Católicos practicaban todos el bautismo de niños, dejando claro que sea cual sea tu confesión, le perteneces desde que te han parido. Pero en los primeros años, cuando todo parecía posible, o cuando algunos se decepcionaron con la iglesia tutelada de Lutero, surgieron también grupitos de creyentes que creían que el bautismo solo debía aplicarse a adultos. En otras palabras: que todo el mundo merecía libertad de consciencia. Estos grupos intentaban imitar a lo que ellos creían eran los primeros cristianos, compartiendo todo, practicando tolerancia religiosa total, declarándose pacifistas… vamos, una panda de perroflautas al cuadrado que por supuesto fue perseguida por las autoridades. Pese a que llegaron a liarla parda en la ciudad alemana de Münster [42] –uno de los capítulos más chungos de la Reforma- la cosa no llegó muy lejos, y hoy solo sobreviven como pequeñas comunidades remotas, como los Amish o los Menonitas, en Holanda o en lugares apartados de las Américas donde no molestaban a las gentes de bien.

En realidad, la Reforma no convirtió a Europa en multireligiosa como la conocemos hoy: el lema de la Paz de Augsburgo, cuius regio eius religio, creó estados religiosamente uniformes, bajo la creencia de que un estado fuerte debía estar religiosamente unificado. Mercancía política antiquísima que -bajo las histerias de la “Europa cristiana”- aún tiene salida hoy. Hicieron falta el éxito del “modelo holandés” de tolerancia y la terrible experiencia de la Guerra de los Treinta Años [43] para que la gente se diera cuenta de que la religión estaba mejor en casa de cada uno.

 

El largo Plazo

¿Y los efectos a largo plazo? Kaufmann, como casi cualquier historiador de los últimos 50 años, desecha la teoría de Weber sobre la ética protestante [22] y su aportación fundamental al capitalismo temprano, aunque a cambio ofrece explicaciones matizadas. Obviamente, que la Reforma triunfara especialmente en los Países Bajos y en las ciudades (muy dados al comercio, poco a la agricultura) favoreció una orientación capitalista de sus principales pensadores. La desaparición de un cuerpo de leyes paralelo al del estado, el Derecho Canónico, también contribuyó. Y sobre todo: simplemente eliminando días festivos del calendario católico (casi un tercio del año, hoygan) ya había más tiempo para afanar. Aunque difícilmente los teólogos reformistas -que consideraban que la propiedad privada implicaba responsabilidades sociales- habrían aprobado un capitalismo de mera acumulación de capital como el que ya asomaba la patita en tiempos de Weber. Por lo demás, pues lo obvio: algo más de libertad de pensamiento en los territorios reformados, y el nacimiento de un mayor individualismo debido a que la conexión con Dios era directa. La Iglesia, siendo consecuentes (cosa que Lutero, al final, no fue, pese a que esto se deducía de su teología), una vez que has repartido Biblias en lengua vernácula y le has enseñado a la gente a leer, sobra completamente.

En suma: el proceso por el cual surgió lo que hoy conocemos como “la modernidad occidental” es el resultado de un montón de cosas y no se puede señalar solo a la Reforma (cosa que aquí no oirán nunca, claro, pero en Alemania o Estados Unidos siempre habrá historiadores dispuestos a argumentar que Lutero poco menos que es el padre de nuestra civilización). Pero la Reforma fue una parte importantísima de ella. Quizás sea esta –modo barra de bar totalmente ON [44]– la gran diferencia entre las culturas protestante y católica: como los protestantes ya han cuestionado al Dios-que-nos-dimos-entre-todos, ya puedes cuestionar cualquier otra cosa. En la mentalidad católica, en cambio, puedes avanzar pero siempre hay una barrera al final.

En fin, que se nos viene el aniversario encima. Los aniversarios anteriores son también todo un recorrido por lo más movidito de la historia alemana. El primero, el de 1617, surgió de la facultad de teología de la universidad de Wittenberg, que quería destacarse celebrando por todo lo alto un hecho que equivale, por ponerlo en términos de hoy, a colgar una hoja en el tablón de anuncios de la facultad (o incluso publicar un tuit). El duque de Sajonia, deseoso de realzar su imagen de defensor de la fe protestante, le dio aún más pábulo. Muy apropiado para la Guerra de los Treinta Años que comenzaría al año siguiente. El de 1717 fue más suave porque, je, los duques se habían pasado al catolicismo. El de 1817 se trasladó unos días y kilómetros: fue el Festival de Wartburg [45], y se considera el pistoletazo de salida del movimiento nacionalista alemán. El de 1917 cayó en la Primera Guerra Mundial [46], y Lutero tuvo que prestar servicios a la patria, apareciendo en carteles junto a Bismarck. Esperemos que de aquí al 31 de octubre el presbiteriano Donald Trump no la líe con una Guerra Mundial de 30 Años con Nacionalismo Renacido.

 

El Dream Team invocado en 1917: “un fuerte castillo es nuestro Señor. Los alemanes solo tememos a Dios y nada más.”

 

¡Qué difícil es cambiar el mundo!

El libro ofrece un muy aceptable resumen de la Reforma, sin meterse demasiado en la teología, y demostrando todos los problemas inherentes a querer cambiar el mundo y a la gente que por él anda, que es de lo que se trata -ya sea con una ideología o una religión- y lo que nos interesa, que para la salvación de nuestras almas nos da que ya es tarde. Como una persona sola difícilmente cambiará el mundo, necesita ayuda de otros. Otros a los que tendrá que convencer de su visión. Y allí empiezan los problemas de todo profeta: que el statu quo siempre juega con ventaja, ya que no tiene que convencer a nadie de que lo suyo es factible. El statu quo, “lo que hay”, es factible por definición. Es el profeta/gurú/ideólogo el que tiene que demostrar que lo suyo es factible y además mejor. Y asumiendo que en el proceso van a surgir, entre sus minions y seguidores, otros profetas wannabe que disentirán de su visión y ofrecerán la propia, “o si no me voy”. Y siempre está el conflicto entre mantenerte pablistamente en tus trece o aceptar errejonistamente rebajar el mensaje en aras del posibilismo. Lutero inició algo enorme, pero el luteranismo se ha quedado en el pietismo [47] y la Paz de Westfalia [48]. Con Calvino se montaron el Imperio Británico y los Estados Unidos de América. Decisiones que no se sabrán correctas hasta que ya sea demasiado tarde. Qué cosas tiene la Hegemonía, ¿verdad?