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X-Men: Apocalipsis

El otro día me enteré, gracias a Jónatan Sark [1], de que hay un follón por los derechos cinematográficos de los personajes de Marvel. Que, en breve, los derechos de los mutantes están en manos de Fox, y los de todos los demás continúan regentados por Marvel (o por el lobby rusoasiático que esté detrás ahora mismo). Por eso, tenemos un universo donde sólo hay mutantes y otro con los Vengadores y Spiderman, pero sin mutantes… salvo dos, Mercurio y la Bruja Escarlata, que ahí no son mutantes, sino “mejorados”. Un poco como Podemos tras comerse a Izquierda Unida [2]. Lo gracioso es que el Mercurio “mejorado” de Marvel la espichó en la segunda parte de los Vengadores, mientras que el de los X-Men (mucho mejor definido, todo hay que decirlo) está triscando tan ricamente por ahí.

Esto, a decir verdad, tampoco supone un problema para las películas ni de uno ni de otro lado, salvo para los fanáticos de los crossovers masivos, cómics donde se acumulan cientos de superhéroes en una sola viñeta y, tras diez o doce impactantes episodios, al final muere algún superhéroe menor del que nadie se acordaba, en muerte –claro- heroica para detener al supervillano omnipotente, y vuelta a empezar.

El cine de Hollywood es un vivero de ideas cada vez más efervescente, y por eso tenemos películas de superhéroes y revivals de los ochenta por doquier, por no hablar de la película que espero con más ansias desde que descubrí que tal proyecto existía: la trilogía de Tetris [3] (“Está cayendo un bloque de esos que nunca encajan bien! ¡NOOOOOOOOOOOO…!”). Todo esto sería un problema si quien esto escribe se tomara muy en serio el séptimo arte, pero creo que mi historial de críticas habla por sí solo [4]. Así que bienvenidas sean más películas de superhéroes, más “Matrix contra Crepúsculo”, y lo que haga falta.

Máxime si, como en el caso que nos ocupa, estamos ante una película entretenida, que además sirve para culminar la segunda trilogía de X-Men y hacer como si la primera trilogía de X-Men nunca hubiera existido. Esa primera trilogía comenzó con dos buenas películas a manos de Bryan Singer y una tercera muy Transformers 3 [5], para entendernos, en la que Singer ya no estuvo implicado. La cosa languideció unos cuantos años, hasta que en Marvel Fox se dijeron: ¿y por qué no le aplicamos al cine la lógica de los cómics?

En los cómics de superhéroes hay un concepto que muchos fans siguen y cuidan con respeto reverencial: la CONTINUIDAD. La continuidad quiere decir que, si las aventuras de una serie de superhéroes y supervillanos ocurren en un mismo Universo, tales historias han de quedar engarzadas en una lógica común, y que si un superhéroe está atrapado durante un mes en la malvada Mazmorra del Mal de un supervillano no puede aparecer, al mismo tiempo, como invitado en el cómic de un colega; que si un supervillano murió hace dos años y reaparece, hay que indicar por qué prodigioso, pero difuso, procedimiento, logró revivir o nunca morir (según los casos); que, en definitiva, debería haber una lógica superior que todo lo explicase e integrase en una misma CONTINUIDAD.

Pero, por supuesto, hablamos de historias de superhéroes. Es decir, hablamos de un mundo (perdón: un Universo) que carece de sentido por completo. Hablamos de historias mal definidas, incoherentes, y que se desgalichan por todas partes conforme se envían a imprimir. El Universo de los superhéroes, en suma, ve cómo su CONTINUIDAD sufre más y más, es más incoherente cada vez, y al final el editor del cómic acaba ideando un acontecimiento macroapocalíptico para cepillarse a todos los que molestan y reorientar el ritmo de los demás, salvando así la CONTINUIDAD de sus propias incongruencias y, de paso, vendiendo unos cuantos cómics (de una historia que, naturalmente, tiene aún menos sentido que los cómics que le antecedieron y de cuyas incongruencias deriva). El ejemplo emblemático es “Crisis en Tierras Infinitas [6]” (1985), de DC, donde la compañía se llevó por delante cientos de mundos paralelos creados ad hoc cada vez que había que establecer una diferencia respecto de la Tierra superheroica “normal” (por ejemplo, una Tierra donde todos los superhéroes eran supervillanos, y viceversa; una Tierra para meter a los héroes de una compañía de cómics recién absorbida; una Tierra donde los superhéroes son hortalizas; y así hasta el infinito, como reza en el título).

Pero no me quiero ir más por las ramas (en realidad, sí quiero, pero lo dejo para algún artículo “especial Crisis en Tierras Infinitas”, que queda pendiente): el caso es que montar un show así para cepillarte el pasado es más fácil en el cómic que en el cine (y también en el cómic puede salirte un desastre: piensen, por ejemplo, en Spiderman y la infame “saga del clon” [7]). Pero eso es, exactamente, lo que ha hecho Bryan Singer en la segunda trilogía: dejar de lado lo sucedido en la primera, sobre todo en la tercera película, y hacerlo como si la cosa no fuera con él. Lo cual tiene, además, otra ventaja: renovar el elenco de actores que interpreten a los personajes de los X-Men y a los supervillanos (en particular, al buenimalo Magneto), algunos de los cuales ya estaban bastante carrozas, o habían muerto innecesariamente (el personaje, no el actor que lo interpretaba), o no daban el pego ya, … lo que fuera. En la primera película, ambientada en los años sesenta, nos presentaron a los “nuevos” X-Men por la vía de ubicarlos en el pasado [8]. En la segunda, combinaron a los actores de la primera y la segunda trilogía en una historia en la que, básicamente, reescribían la historia de la primera trilogía para borrar los mayores desaguisados y dejar a los “abuelos” plácidamente jubilados en un futuro de optimismo sin límites. Y en la tercera, tras 150 minutos de película, asientan definitivamente a los nuevos X-Men, ocupando casi todos los puestos de los antiguos, y de paso responden a una de las preguntas más acuciantes de toda la saga: ¿cómo se quedó calvo el Profesor-X?

Sólo dos actores han sobrevivido al aquelarre: el intérprete de Lobezno [9], que curiosamente es un personaje que en el cómic no envejece nunca, o muy lentamente, y aquí, en cambio, no (es un actor y, por mucho bótox que le pongan, la cosa se notará cada vez más), y Stan Lee, que cada vez interpreta un papel diferente, pero ahí sigue, el hombre, y que sea por muchos años (ya me imagino a Lee hablando con Bryan Singer en 2000: “bueno, salgo en esta película, pero ya, que estoy muy mayor”. Y, quince años después, cada vez se monta apariciones más curradas. ¡Rajoyismo! [10])

Lo más virtuoso del asunto es que esta pirueta para cepillarse/reinterpretar la CONTINUIDAD de Bryan Singer le sale muy bien, con tres películas entretenidas y que, más o menos, aguantan bien el ridículo inherente a toda película de superhéroes. En esta última, además, el villano es uno de los villanos más ridículos y absurdos de la historia de Marvel, y esto lo digo aquí tan pancho, sin haberme leído los cómics y tocando de oído, como un tertuliano de luxe que colabora en Ok Diario, porque una vez leí una entrevista creo que a Gran Morrison (un guionista de cómics también particularmente incoherente) en la que decía que la historia esa de Apocalipsis era absurda y no tenía ni pies ni cabeza (los X-Men viajaban a un futuro postapocalíptico donde los mataban a todos, pero luego volvían, que había que seguir vendiendo cómics, y además se traían a más gente del futuro ese. ¡Win-win! [en realidad creo que ese era el argumento de la segunda película de la segunda trilogía, y no de la tercera película de la segunda trilogía, pero no se preocupen: el balance de conjunto, esto es, la consideración de “Dios, qué cosa más ridícula”, es igualmente aplicable a ambas historias]).

El malo, la verdad, es muy ridículo. Y la ambientación también. Trepidante y eso, pero ridícula. 3600 años antes de Cristo, en Egipto, hay una pirámide enorme (que yo recuerde, lo de las pirámides comenzó como 1000 años después, pero bueno, es un cómic, y total, la pirámide acaba derrumbándose, PODRÍA HABER SUCEDIDO). Dentro hay un malvado faraón: el primer mutante. Su poder es adquirir poderes de otros mutantes y transferirlos, acumulativamente, a nuevos cuerpos, para así adquirir una inmortalidad simulada y en diferido. El malo no tiene nombre, aunque con eso de integrar poderes y transferirlos a cuerpos incautos, casi podríamos denominarle “Subprime”.

Unos heroicos esclavos se rebelan contra su tiranía y le tiran un pedrusco contra el cual Hipoteca en condiciones muy ventajosas, pero con asterisco* y sus esbirros no pueden hacer nada. Subprime se queda milenios hibernando bajo tierra, como un montón de deuda apalancada a punto de estallar.

Y en 1983, finalmente, resucita. Conforme reaparece, ve que el mundo de entonces no le gusta, porque él no pinta nada y apenas queda terreno para edificar. Así que el hombre se busca a unos cuantos acólitos, entre los cuales Magneto, que ha intentado ser bueno otra vez pero la Humanidad (bajo la forma de honrados obreros del metal y policías municipales polacos armados con flechas) no le deja. Le arrebatan a su mujer y su hija y Magneto se vuelve crazy, como siempre. Como en la primera y la segunda películas de la segunda trilogía, y quizás también como en las tres películas de la primera, aunque ahí es más malo que bueno ya.

El malo recaba los apoyos de otros mutantes superpoderosos y mejora sus poderes (el más ridículo de todos es un ángel que queda convertido en “arcángel” o “ángel oscuro”, aunque otro personaje denominado “Mariposa Mental” no le va a la zaga; ¿de dónde sacan los nombres, de un generador aleatorio?). Antológicas las escenas en Berlín Oriental, que se nos presenta, en un nuevo ejemplo de precisión histórica, como una especie de Las Vegas comunista-nazi que recuerda mucho a Top Secret.

Una vez conseguidos cuatro nuevos esbirrillos, el malo se dispone a ejecutar su malvado plan: acabar con el régimen de terror de las superpotencias y su arsenal nuclear y sustituirlo por un nuevo régimen de terror en el que no haya armas nucleares, sino sólo él y los suyos, dedicados a destruir todas las construcciones del mundo para luego reconstruirlas; una recalificación a lo bestia. ¿Hasta dónde llegará este supermalvado en su afán por perpetrar el Mal?

Reca-Reca-RECALIFI-CACIÓN!!!

Sólo los X-Men pueden oponérsele, eso estaba claro desde el principio, dado que figuran en el título de la película y que es la sexta vez que sucede esto, con un argumento también recurrente: el Malo se hace con el Profesor-X, el Mutante Más Poderoso de la Tierra, con el propósito de utilizar sus poderes en pro del Mal. Y a fe que está a punto de conseguirlo, pero [SPOILER] al final, una portentosa unión de los demás mutantes contra él, que lanzan todos los poderes mejorados que el malo, en su infinita maldad, había incrementado para ellos, logra llevárselo por delante y acaba con el proyecto de Ley del Suelo que el Malo le había encomendado a Magneto. También gracias al concurso de uno de los personajes más cansinos de los X-Men (que ya es decir): Fénix-Jean Grey-La Chica Maravillosa (interpretada por Sansa Stark, la Stark pija de Juego de Tronos [11]: ¡ni una película de éxito contemporánea sin su personaje de Juego de Tronos!), una chica muy, muy poderosa, pero muy inestable (porque hay una superfuerza universal, la Fuerza Fénix, que intenta poseerla, que es una fuerza muy fuerte, valga la redundancia, pero incontrolable. Sí, es un cómic, qué quieren Ustedes que le haga yo).