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“Armagedón” – Max Hastings

Malo contra Malo

No sé si se han dado cuenta, pero a veces parece que estamos un poco obsesionados con la Segunda Guerra Mundial [1]. En parte porque es la guerra más grande jamás librada, pero también por el enfrentamiento personal y Juego de Tronos [2] continental entre Hitler [3] y Stalin [4], los dos dictadores más sanguinarios del siglo XX con permiso de Mao Zedong [5]. Pero dentro de la monstruosidad de ambos, hay diferencias, aunque no tanto en su monstruosidad como en su historia personal. Diferencias que seguramente explican nuestra obsesión: Stalin empieza siendo solo un revolucionario más, sin demasiado carisma ni brillantez, y poco a poco, desde abajo, a base de mucho papeleo y mucho control y mucho influir en oscuros comités, se hace con el control de algo que ya existía antes que él y continuó existiendo después. Lo que podemos llamar el “método Rajoy”, incluyendo el ostracismo del tipo que te ha puesto a dedo, que se encuentra de repente en puestos de honor pero sin poder real, preguntándose cómo es posible que el pazguato ese se haya hecho con el cotarro. Hitler, en cambio, es todo lo contrario, y si nos contasen su historia sin haber oído nunca hablar de él nos parecería demasiado asombrosa para creerla: un absoluto fracasado en todo lo que acometió, un incapaz arruinado e inútil que tuvo que dormir en hogares para vagabundos, monta de la nada un movimiento político que se hace con el poder en Alemania y desde ahí conquista mitad y tres cuartos de Europa y está a punto de cambiar para siempre la historia. Movimiento político que nace con él y muere con él. El método al que parece haberse abonado Pablo Iglesias.

 

Pacto Molotov-Ribbentrop para repetir elecciones: uno avanzará hacia el socialismo en un único partido, el otro se traerá a los ciudadanos polacos catalanes de vuelta al Reich. ¡Win-win!

 

Dada la historia personal de Hitler y su imperio, ambos solo podían acabar en la forma en que lo hicieron, como una Götterdämmerung cayendo sobre Alemania. Comparar un mal con otro, sobre todo en estas dimensiones de Hitler vs Stalin, en todo caso resulta un ejercicio fútil, como asegura el propio Hastings en este estupendo libro en el que intenta narrar el año final de la guerra y el asalto definitivo a Alemania por parte de los Aliados, en el este pero también en el oeste, mezclando las grandes operaciones con relatos personales de testigos presenciales.

 

“Armagedón: La batalla por Alemania, 1944-1945”

El libro arranca tratando de explicar lo que tuvieron de particular los últimos meses de la guerra, especialmente el hecho de que pudo durar tanto. Porque el verano de 1944 parecía presagiar el fin inminente del Tercer Reich: la ofensiva Bagration de la Unión Soviética había aniquilado el Grupo de Ejércitos Centro alemán, empujando el frente hasta Polonia y Rumanía. Alemania perdía medio millón de hombres y todo el territorio conquistado en el este. Súmenle que en un escenario secundario llamado Normandía los Aliados occidentales –tras unas semanas atrapados- habían logrado salir de las playas y lograr unos avances asombrosos, y para septiembre todo parecía indicar que la guerra podía estar finiquitada antes de final de año. ¿Porqué se alargó hasta mayo de 1945?

 

Convenciendo a los alemanes de que se rindan, ¡vaya tostón!

 

Hastings cita toda una serie de razones: primero, que la URSS, agotada tras el fuerte avance, prefirió usar los meses siguientes para centrarse en los Balcanes, con vistas al reordenamiento de Europa durante la posguerra. En consecuencia, el frente en Polonia apenas se movió durante meses (dejando de paso que el Alzamiento de Varsovia [6] fuese aplastado por los nazis, lo que les ahorró mucho trabajo en purgas a los soviéticos [7]). Tiempo para acumular tropas de cara al asalto final por parte de los soviéticos, y un respiro que permitió a los alemanes mover unas cuantas divisiones a las Ardenas para una última ofensiva desesperada que neutralizase a los aliados occidentales, y les llevase, nenazas democráticas que eran, a una paz separada para así poder concentrarse al 100% en los malvados rusos, algo totalmente factible en la enfermiza mente de Hitler. Quien sabe, si Churchill aún hubiese pintado algo en el bando aliado [8], igual hasta hubiese funcionado.

En segundo lugar, cagadas de los aliados como Market Garden [9], que la Wehrmacht les detuvo sin siquiera modificar su planificación estratégica. Cierto que estuvo mal planificada y peor ejecutada, pero no menos cierto que unos reclutas bisoños pararon a las mejores tropas británicas. E incluso de tener éxito, al no haber asegurado Montgomery el puerto de Amberes y el estuario del Escalda, la línea de avituallamiento habría sido demasiado larga. Los alemanes lograron reagruparse en la línea Sigfrido, y las esperanzas de acabar la guerra antes de Navidad se desvanecieron. Y es que la formación de los generales americanos nunca había incluido algo que alemanes y rusos llevaban haciendo rutinariamente desde hacía años: mover millones de hombres en frentes de cientos de kilómetros. El único que más o menos estaba a la altura era George Patton (también más similar a los generales alemanes y rusos en lo personal y el estilo de mando que a sus colegas occidentales; Hastings deja caer que si “Old Blood and Guts” hubiese comandado formaciones de la Waffen SS habría hecho verdaderas virguerías).

En tercer lugar, estaba –Max Hastings lo reconoce con mucho fair play– la superioridad táctica y cualitativa alemana, especialmente en el oeste. Las Panzerfaust alemanas eran muy superiores a las bazokas americanas, y el Tiger alemán [10] se merendaba a tres carros Sherman [11] sin despeinarse. En cuanto al desempeño táctico, los alemanes les daban sopas con hondas: como los americanos seguían el manual al pie de la letra, los alemanes empezaron a hacer cosas que no salían en el manual, incluyendo cosas tan tontas como moverse de noche. Solo la enorme superioridad material de los aliados (Hastings menciona una división acorazada americana que manejaba unos 100 tanques y que entre 1944 y 1945 sufrió 700 bajas de tanques) les permitió ganar. Y, por supuesto, no puede faltar la capacidad de Alemania de montarte unidades de combate eficientes con los últimos posos del barril (Hastings menciona a un soldado alemán capturado en el Este, que previamente había estado dos años prisionero de los británicos, hasta que estos lo devolvieron por considerarle inútil para combatir). Aunque Hastings también les concede a los angloamericanos que ellos, en el fondo, eran civiles haciendo la guerra, mientras que alemanes y rusos sí estaban imbuidos de un ethos guerrero que les obligaba a luchar hasta el final. Esto se reflejó en una actitud muy diferente de cara a las muertes propias. Los angloamericanos siempre intentaron mantenerlas lo más bajas posibles (las propias, las soviéticas ya era otra historia, y Hastings reconoce que sin las ingentes bajas de la URSS, los Aliados no habrían podido ganar la guerra).

Pero la principal razón para el innecesario prolongamiento de la guerra, sin duda, es la obstinación de Hitler y los nazis de resistir a toda costa o morir en el intento. Empeño en el que les acompañó el pueblo alemán, adoctrinado durante doce años precisamente para esto. Especialmente los niños y adolescentes, que no habían conocido otra cosa, se convirtieron en el terror de los Aliados porque no se rendían, y en guerrilla urbana y armados con Panzerfausts eran capaces de hacer un daño terrible.

 

Dada la abrumadora superioridad aliada en recursos, la dominación psicológica del campo de batalla por parte de los alemanes era llamativa. Un informe de la inteligencia británica acerca de la moral de los prisioneros alemanes, escrito tras las batallas alrededor del Escalda, concluía con cierto extrañamiento: “pocos pensaban que Alemania tuviese alguna esperanza de victoria final; la mayoría había tenido su ración de lucha y reconocía la futilidad de continuar el esfuerzo. No obstante, todos lucharon duramente. La conclusión parece ser que, independientemente de la moral del soldado alemán, este seguirá luchando mientras tenga líderes que le den órdenes y vigilen que estas se cumplan.” Patrick Hennessy dijo de los alemanes: “sentíamos que eran más profesionales que nosotros.” ‘Dim Robbins, un soldado profesional, afirmó que “siempre fui consciente que las armas cortas alemanas eran mejores que las nuestras. Y si veías un panzer Tigre, simplemente te parabas. Manejaban esos tanques con una destreza que era fascinante. Había una marcada diferencia entre su rendimiento y el nuestro.”

 

La Guerra en el Aire

Hastings también dedica un largo e interesante capítulo a la guerra en el aire, especialmente a la campaña de bombardeos aliados [12]. Campaña que empezó con bombardeos indiscriminados contra civiles que solo lograron endurecer la determinación alemana y apenas tuvieron repercusión militar, para acabar centrándose, ya en 1944, en la infraestructura de combustible. Esto ya si logró debilitar decisivamente a la Wehrmacht, pero a estas alturas y con la campaña terrestre en marcha, el mérito no fue reconocido. Y por supuesto, Sir Arthur “Bomber” Harris prosiguió sus bombardeos de terror contra objetivos civiles sin interés militar hasta apenas tres meses antes de la victoria, como en Dresden [13]. También, apunta Hastings, porque Dresden estaba en la zona soviética pactada en Yalta, y algunos en el bando aliado querían dejarles a los rusos un recordatorio de lo que era capaz el poderío aéreo occidental, solo por si acaso. Leyendo detalles de estos ataques, uno empieza a entender el interés de cierta historiografía por limitar los crímenes específicamente nazis a los campos de concentración. ¡Si todo lo demás (con las obvias diferencias cuantitativas y en los objetivos finales) se les puede echar en cara a los propios Aliados!

Con todo, la vida para los tripulantes de estos aviones no era una bicoca. Aunque los aviadores son de los pocos militares que saben que incluso en caso de guerra van a dormir en camas limpias todas las noches, el estrés que sobrellevaban era considerable, y la tasa de derribos y muertes era comparable a la de los U-Boote: entre un tercio y la mitad, a ojo de buen cubero. Los muchachos (siempre me vuelvo a sorprender con lo jóvenes que eran muchos de los pilotos, con veintidós años ya eran veteranos) aliados al menos podían librarse una vez que completaban un cupo, pero los alemanes normalmente luchaban hasta que los derribaban. Y en general, los bombarderos sufrían mucho más que los cazas.

 

A la última posición de la formación, los pilotos la llamaban “purple heart corner”.

 

Detallitos macabros

Hastings también dedica lo suyo a la liberación de los campos de exterminio, a la situación de los civiles, o a los prisioneros de guerra. Los civiles alemanes realmente no lo pasaron mal hasta casi el final: los nazis habían aprendido la lección de la Primera Guerra Mundial [14] y buscaron por todos los medios evitar el descontento entre la población. Medios que incluían sacar todo lo que pudiesen rascar de los países conquistados, en un proceso de exportar la precariedad que Alemania parece haber refinado desde entonces; Hastings nos da un repaso particularmente grimoso de Holanda, donde hubo un desabastecimiento notable, muchos muertos de hambre, y la maquinaria de represión funcionó hasta el final. Mucha gente que aguantó estoicamente cuatro años de ocupación murió justo en el último año, por ejemplo, Anne Frank, a quien por cierto los Estados Unidos habían denegado la entrada [15] como si fuese una vulgar niña refugiada siria de esas que vienen a hacer cosas islámicas a Europa.

En cuanto al tratamiento de los prisioneros de guerra, había dos condicionantes básicos: lo cerca/lejos que estuviesen los Aliados, y lo racialmente buenos/malos que fuesen los prisioneros. A un prisionero estadounidense, con Eisenhower a punto de cruzar el Rin, hasta se le saludaba y trataba de usted, y en muchas ocasiones los propios guardias se rendían ante sus prisioneros justo antes de ser superados por el frente. Tratamiento diametralmente opuesto al que podría recibir un prisionero ruso en 1942. Un prisionero británico que estuvo en el mismo campamento que un contingente ruso y vio el tratamiento que se les dispensaba, afirmó que “yo les perdono absolutamente todo lo que hagan cuando vengan a este país, absolutamente todo.”

 

Prusia Oriental

El final de la guerra traerá también la pérdida definitiva de Prusia Oriental [16] para Alemania. Pérdida acompañada de un sobrecogedor drama humano, con un Ejército Rojo totalmente desatado una vez que pisa por primera vez territorio del Reich, con los soldados contemplando atónitos lo bien que viven y la cantidad de bienes que poseen los alemanes (¡y hablamos de una provincia pobre y remota!), incapaces de entender porqué una gente tan rica les ha invadido a ellos, que no tienen nada comparable. El resentimiento y la propaganda de cuatro años de guerra durísima les llevan a saquear, masacrar y violar hasta que el propio Kremlin tiene que intervenir y pedir un poco de moderación porque las noticias de Prusia están endureciendo la determinación de los alemanes de luchar hasta el final. Cambio de curso que llega tarde y de manera insuficiente: de hecho, el saqueo era un importante incentivo y estaba hasta cierto punto institucionalizado, con un servicio postal que permitía a los soldados enviar paquetes a sus familiares desde el frente.

 

Hubo que retocar la foto porque el heroico soldado que ayuda a alzar la bandera llevaba dos relojes. Ups.

 

En esta campaña, muere cerca de un millón de personas, en su mayoría civiles (muchos de ellos porque Hitler prohibió una evacuación hasta casi el final, y cuando se autorizó había llegado un invierno atroz). Las salvajadas del Ejército Rojo en Prusia Oriental son de lo peor del último año de la guerra. “Fue nuestro Holocausto, pero a nadie le importa”, como dijo una superviviente. Si retrocedemos 3-4 añitos y nos vamos un poco al este, la cosa cambia, claro. Porque todo lo que el Ejército Rojo hizo en Prusia, la Wehrmacht lo había hecho multiplicado por diez durante sus avances hacia Moscú y el Cáucaso. ¿Es eso una excusa? Por supuesto que no. Pero, nos viene a decir Hastings, es humano. Los nazis invadieron Rusia con el propósito de exterminar [17] a media población en base a criterios raciales, esclavizar y castrar a los supervivientes, y apropiarse del territorio y las riquezas por medio de colonos. Y no estuvieron muy lejos de conseguirlo. Solo les paró una maquinaria de guerra aún más despiadada (para el enemigo tanto como para su propio bando) que la suya. Maquinaria que después no se pudo parar a tiempo, claro que en aquel momento Stalin era “nuestro” hijo de puta, y los aliados occidentales estaban encantados con que él pagara en vidas rusas el precio de sangre de doblegar a Hitler. Por cada muerto angloamericano, el Ejército Rojo perdió treinta hombres.

 

La victoria aliada de 1945 estuvo comprometida por la dependencia anglo-americana de una tiranía para poder derrotar a otra. Esto no era solo un dilema político y moral, sino también militar. Las democracias consideraron conveniente, tal vez incluso esencial, permitir a los ciudadanos de Stalin cargar con un sacrificio humano necesario para destruir los ejércitos nazis, pero cuya sensibilidad nacional les impedía aceptar [para si mismos].

 

Götterdämmerung en Berlín

Finalmente, llegamos al momento al que el libro nos lleva preparando desde el comienzo: la batalla de Berlín. Que igual se le da más bombo del que merece. Vale, entre Berlín en mayo del 45 e irme con unas marujas a las rebajas del Corte Inglés, yo probablemente también me iría antes con las marujas. Pero Stalingrado, Kiev, Leningrado o Varsovia fueron mucho peores en términos de sufrimiento humano, y Dresden o Hamburgo, e incluso Rotterdam o Coventry, podrían competir en destrucción física. La diferencia es que esas ciudades, esas destrucciones, aún se pueden entender como parte de una partida de Risk que se ha salido de madre. La guerra de siempre en su peor momento, pero guerra todavía con algún tipo de propósito detrás, por muy loco que sea. Lo de Berlín, en cambio, es otra dimensión psicológica. Algo arcano, salido de otra era, impropio del siglo XX y de la guerra entre estados soberanos. Es el reyezuelo micénico que ve que la guerra está perdida y el enemigo ha superado las defensas de su fortaleza, y cuya reacción es degollar a sus mujeres e hijos y apilar los cadáveres y el tesoro sobre un montón de madera y aceite, para prenderle fuego antes de sentarse en su trono en la cima de la pira funeraria. Nihilismo puro.

En la pira funeraria del Reich también ardieron casi medio millón de soldados soviéticos, lanzados a la carrera por los generales Zhukov, Konev y Rokossovsky, azuzados unos contra otros por Stalin para ver cuál de ellos se llevaba la gloria de capturar Berlín. A Zhukov, el mejor posicionado y según Hastings probablemente el mejor general de toda la guerra, no se le cayeron los anillos por intentar esta vez un asalto de fuerza bruta en vez de buscar ingeniosas maniobras para superar a los alemanes, lanzando a sus hombres contra las posiciones defensivas alemanas del Oder y pagando un altísimo precio antes de llegar a Berlín, donde Stalin finalmente ordenó a Konev detenerse a la altura del Anhalter Bahnhof, dejando vía libre a Zhukov para ir a por el Bunker, donde Hitler prontamente se suicidó.

Con Hitler muerto, su imperio se desmorona, pese a los patéticos intentos del almirante Dönitz de mantener la lucha (y de paso salvar a muchos miembros de las SS dándoles uniformes de la Kriegsmarine y escondiéndoles entre personal naval, relativamente inocente de atrocidades; Dönitz, que siempre fue de tío limpio y honesto militar por la vida, tuvo mucha suerte de librarse del cadalso en Nuremberg). Apenas ocho días dura la farsa, y la Wehrmacht se rinde. Como la primera rendición del 8 de mayo no incluye rendiciones separadas de las tres armas, los rusos exigen una segunda ceremonia pasada la medianoche en su cuartel de Berlín, y por eso Rusia celebra el final de la guerra el 9 de mayo.

 

El Reich de los mil años.

 

El Armagedón bíblico es el escenario donde tendrá lugar la batalla final entre Cristo y Satanás. Aunque desde LPD apoyamos la política de poner títulos molones (Max Hastings tiene otro libro similar sobre el final de la guerra contra Japón, titulado “Nemesis: the Battle for Japan 1944-1945 [18]”), luego la narración se desvía un poco del combate entre el bien y el mal, pues Hastings reconoce que los aliados exorcizaron a Satanás con ayuda de Belcebú, básicamente porque no les quedó otra: sus sociedades no habrían aceptado ni de lejos el coste en vidas necesario para derrotar a Hitler sin la ayuda de Stalin. La historia de la Segunda Guerra Mundial, como ya sabemos, tiene menos de piadoso cuento moral [19] y más de Juego de Tronos de lo que tradicionalmente se vende… y aún así es probablemente una de las guerras menos “injustas” y más necesarias que haya habido. Y la más grande, como dijimos. Esperemos que nunca deje de serlo.