- La Página Definitiva - https://www.lapaginadefinitiva.com -

“Sparta – Aufstieg und Niedergang einer antiken Grossmacht” – Karl-Wilhelm Welwei

“Esparta – Ascenso y Caída de una potencia clásica”

La más alta distinción que puede obtener una nación es desarrollar un estilo propio e inconfundible. Administración alemana. Eficiencia prusiana. Odio africano. Carácter fenicio. Acciones vandálicas. Honor español. Resistencia numantina (aunque esta última no ha hecho carrera fuera de España, y encima para los alemanes nuestro “esto me suena a chino” es “esto me suena español”). Por eso, hoy merece nuestra atención un pueblo que ha legado no uno sino dos adjetivos universales: espartano [1] y lacónico [2]. Todo gracias a un libro de un autor [3] nacido en las provincias prusianas occidentales y que no escribe para el gran público sino para historiadores germanos, es decir, un libro lacónico, prusiano, germano y espartano, todo en uno.

 

(Silencio)

 

La historia de Esparta siempre ha llamado la atención del mundo, incluso en los tiempos clásicos. Es fácil encontrar la razón: la fascinación por un estado que –de manera similar a Prusia [4]– basa su supervivencia en soltar yoyah mejor que ningún otro, hasta el punto de que sus ciudadanos eran educados en el arte de la guerra desde el mismo momento de nacer, cuando los ancianos supuestamente desechaban a los bebés considerados demasiado débiles (en Prusia, a los flojuchos y enclenques al menos les dejaban vivir para ser poetas o científicos). Un fascinante experimento de organización política y social, por cuanto se apartaba y aparta bastante de lo común. Después de siete años puteando al niño en casa, venían trece años de puteo en la agogé, la educación colectiva estatal en la que debían participar todos los futuros ciudadanos libres (excepto los hijos de los reyes): los niños se integraban en unidades paramilitares, viviendo en condiciones de extrema precariedad para endurecerse, y estaban de sol a sol luchando y entrenando con las armas. Entremedias, les enseñaban también a leer, escribir y cantar (como forma de marchar en formación), y les martilleaban una obediencia ciega a sus superiores y una lealtad total a la patria. Finalmente, con veinte años ya podían ir a la guerra, y con treinta eran ciudadanos de pleno derecho. Todos libres e iguales entre ellos, hasta el punto de autodenominarse hómoioi, “los iguales”. Todos dedicados por completo al estado, mientras unas castas inferiores sin derechos políticos –los periecos y los ilotas- se encargaban del trabajo sucio.

¿Y cómo se llega a tener una sociedad tan perfecta, llena de ciudadanos liberales y patrióticos?, se pregunta uno. (No yo, es para unos amigos de inclinaciones ligeramente liberal-conservadoras que asesoran a la fundación de un partido político de ámbito nacional que busca “un proyecto de futuro para España”). Pues según los propios espartanos, porque un gobernante venerable y sabio, llamado Licurgo, allá por los siglos IX-VIII a.C., ideó todo esto en su mente fructífera y se lo impuso a los espartanos, que de buena gana lo adoptaron, cual Campechano trayendo la democracia a unos españoles que ni la querían ni ná, pero que una vez que la probaron quedaron tan fascinados que se la quedaron. La diferencia con Campechano es que Licurgo, además, impuso un reparto de la riqueza, dividiendo las tierras de cultivo en 30.000 lotes -llamados kleros-, 9.000 para los espartanos y el resto para los periecos. Cada espartano tenía asignado un kleros, y unos cuantos ilotas para cultivarlo. Una especie de Renta Básica pero para la gente de bien que se lo ha currado. Además, Licurgo, en un movimiento que mis amigos de inclinaciones liberales tampoco apreciarán tanto, se cargó el patrón oro y ordenó que en Esparta solo se usaran monedas de hierro [5] para evitar la aparición de la avaricia, las tentaciones de los lujos importados, y la concentración de riqueza en pocas manos.

Esto, decimos, es lo que creían los propios espartanos. Karl-Wilhelm Welwei, en cambio, se apunta a la escuela “Licurgo nunca existió”, subescuela “lo importante para entender la Esparta antigua no son las leyendas y yoyah, sino los restos de cerámica del Periodo Heládico Tardío III C”. Vaya cortada de rollo. Lo cierto es que las leyendas dan pistas: hablan del retorno de los heráclidas, los herederos de Hércules, a quienes Zeus había prometido el gobierno del Peloponeso, pero que por razones técnicas habían tenido que exiliarse unas cuantas generaciones. Esto es una forma tan buena como cualquier otra de justificar una invasión, “joder, que no es una invasión, que nos echaron injustamente hace siglos y ahora simplemente reclamamos lo nuestro”. Conquistado el Peloponeso, los descendientes se lo reparten por sorteo, y Esparta les cae a dos hermanos gemelos, Procles y Eurístenes, fundadores de las dos casas reales de Esparta. Welwei, con alemana metodología, nos cuenta que el territorio donde se sitúa Esparta, Laconia, había sufrido una importante despoblación sobre el año 1200 a.C., y que en el vacío se asentaron inmigrantes –no invasores- de las tribus dorias del norte lejano. Sometidos con el tiempo los habitantes locales -los futuros ilotas-, los reyes (porque en Esparta eran tan monárquicos que tenían DOS reyes gobernando al mismo tiempo) serían el resultado de la aparición de líderes carismáticos en las primitivas comunidades dorias.

 

Matando el rato (y a los mesenios) hasta que lleguen los persas

Posteriormente, sucesivos grupos menores de inmigrantes dorios se asentarían en los alrededores, y se someterían a Esparta a cambio de protección. Este sería el origen de los periecos, ciudadanos libres de la comunidad de los lacedemonios, pero sin derechos políticos. Todo este sistema funcionó de manera poco precisa (es decir, que no tenemos mucha idea de cómo funcionaba porque las fuentes son escasas, de hecho la mayoría de autores que nos legaron algo sobre Esparta no son espartanos, quienes no compartían la obsesión ateniense de darse publicidad a todas horas) hasta las Guerras Mesenias. La Primera ni siquiera la podemos situar claramente, más allá del siglo VIII, y seguramente fue más un conflicto pre-estatal entre mesnadas aristocráticas que acabó con amplias zonas de Mesenia (la región al oeste de Laconia) en una relación clientelar con espartanos ricos, tras ser expulsada la nobleza mesenia.

 

Falange espartana, con la letra lambda de “lacedemonios” en el escudo. Los cascos parecen una licencia poética.

 

La Segunda Guerra Mesenia empieza en 685 a.C. y es la que le dará a “Esparta” su forma final. Ponemos “Esparta” entre comillas porque Esparta solo es la capital del estado resultante, que englobaba todo el sureste del Peloponeso y se llamaba Laconia, y cuyos habitantes se llamaban a si mismos lacedemonios, divididos en tres clases políticas: espartanos, periecos e ilotas (a este orden social y político lo llamaban “kosmos”, literalmente “el orden”). Los espartanos son los que parten el bacalao, periecos significa “los que viven en los alrededores” e ilotas “los capturados”. Es como si los españoles se dividiesen en tres grupos llamados, no sé, “madrileños”, “provincianos” y “perdedores”. Los madrileños tendrían los derechos políticos y vivirían agrupados en la capital y alrededores, los provincianos no tendrían derechos políticos en el conjunto del estado pero serían libres y autónomos en el marco de sus Diputaciones, y los perdedores… pues eso. Aún así, todos ellos seguirían llamándose “españoles”, pero los extranjeros desconocedores de nuestra idiosincrasia llamarían a España “Madrid” y a los españoles “madrileños”. Pues aquí lo mismo. Volviendo a la Segunda Guerra Mesenia, fue una revuelta general de todos los mesenios, que encima empezaron ganando, lo que obligó a los dirigentes espartanos a prometerles el oro y el moro a sus ciudadanos si apoyaban continuar la guerra hasta la victoria final. Una vez lograda esta, la promesa cristalizó en el mentado reparto de tierras y en la organización social “espartana”: los mesenios fueron convertidos todos en ilotas (unas cuantas ciudades se libraron y obtuvieron estatus perieco), y cada espartano recibió un kleros para poder dedicar su vida a convertirse en una máquina de matar, y así evitar futuras revueltas de unos ilotas que pronto les superaban en proporción de 10 a 1 o más.

Este demos (o damos, que estamos hablando con acento dorio) de superguerreros decidía los asunto públicos en una asamblea llamada apella donde las decisiones se tomaban no por voto en urna o a mano alzada, sino por aclamación, siendo los éforos los encargados de determinar qué quería la gente en base al ruido que hacían. Es decir, hay que imaginarse la apella como una tertulia de Intereconomía: mucho griterío y algo de vino, pero en el fondo todos están de acuerdo en lo básico (que los ilotas no tienen “cultura del esfuerzo”, que los argivos son todos unos terroristas, y que los atenienses quieren romper Grecia y vendérsela a los persas); los detalles los determina un sistema de votación por SMS que es la risión el moderador evaluando el nivel de los gritos sobre un determinado asunto. Ya que hemos mencionado a los éforos: eran cinco magistrados elegidos anualmente sin posibilidad de repetir, cuyo rol inicial seguramente fuese secundario (su nombre significa “supervisores”, y su número indica que seguramente fuesen representantes de los cuatro asentamientos dorios -Kynosura, Mesoa, Limnai y Pitane- más el asentamiento aqueo incorporado de Amiclas) pero que con el tiempo fueron ganando poder, hasta el punto de que “no tenían que levantarse ante los reyes”. Reyes a los que solo les quedaban las tareas ceremoniales, religiosas, y la conducción del ejército. También había por ahí un consejo de ancianos, la gerusía, que servía como tribunal supremo y para proponer leyes, pero que no aparece muy activo en las fuentes. Llámenlo Consejo de Estado, si les apetece.

 

Que cuando vienen los persas, coño

Ya llegamos, y enhorabuena por su excelente formación en los clásicos. Efectivamente, como ustedes bien indican con su impaciencia, sin los persas y sus sucesivos intentos de invasión de Grecia, los espartanos apenas serían una curiosidad histórica completamente irrelevante, como los zulúes pese a sus ocasionales collejas [6] a los británicos. Pero con su victoria (junto a los atenienses) sobre la maquinaria militar del mayor imperio que el mundo había visto hasta entonces los espartanos se han ganado nuestra admiración, que tanto se emociona cuando vemos ganar al débil frente al fuerte (pero mejor 24 siglos atrás y en otro país, que hoy en día los fuertes igual somos nosotros y no es plan [7] que esos sucios débiles no nos paguen sus deudas). Sobre las Termópilas ya hablamos en su momento [8]: seguramente fue una maniobra de retirada mal ejecutada, que luego los espartanos convirtieron en un relato mítico (mientras los atenienses aseguraban que “la clave fue la victoria naval de Artemisio”). Welwei –fallecido en 2013- abandona aquí por un momento su acostumbrada asepsis para hacer una valoración del “mito de las Termópilas” en la historia, particularmente en el siglo XX:

 

Caminante si llegas a Esparta diles,

Que aquí yacemos como la ley nos ordenó.

 

La traducción de Schiller [de los versos originales de Simónides de Ceos] ha adquirido vida propia en la recepción cultural europea y alemana. En una “Guía de Grecia” reeditada varias veces tras la Segunda Guerra Mundial aún se dice que gracias a Schiller los versos de Simónides “se convirtieron en propiedad del pueblo alemán”. Sus autores probablemente no conocieran el más desvergonzado y cínicamente insuperable uso de los versos de Simónides y de la traducción schilleriana por parte del así llamado “mariscal del Reich” Göring, que el 30 de enero de 1943 en un discurso por el décimo aniversario de la “Machtergreifung” de Hitler ya tenía listo el epitafio para los desesperados supervivientes del Sexto Ejército: “Y aún se dirá en la Historia de nuestros días: caminante si llegas a Alemania, diles que nos viste luchando en Estalingrado como la ley para la seguridad de Alemania nos ordenó”. Dos años después del infierno de Estalingrado, durante la escenificación de su partida, Hitler aún farfullaba en relación a “Leónidas y sus trescientos espartanos” del “eterno valor” de una lucha desesperada. Solo faltaba la dimensión grotesca en la representación de los hechos de las Termópilas. Esta llegó cuando Hollywood se hizo cargo del sujeto.

 

“Leónidas, no escuches al alemán ese. Te juro que lo nuestro es de verdad.”

 

Pentecontecia

Ganada la guerra contra Persia, quedan dos potencias en Grecia: Esparta, la mayor potencia terrestre y el mayor estado de Grecia merced a la Liga del Peloponeso que comanda; y Atenas, flamante potencia naval que lidera una Liga de Delos en claro ascenso. La existencia de un poder ascendente y uno descendente normalmente suele llevar a una guerra, pero nominalmente, ambas aún están aliadas contra los persas, y así seguirá durante la Pentecontecia, palabro que podemos traducir por “los 50 años de vacas gordas y pisos revalorizándose”, y que denomina al periodo que lleva de la guerra con los persas a la Guerra del Peloponeso.

En 464 a.C., los dioses en su infinita sabiduría castigan a Esparta mediante un devastador terremoto que causa una matanza en la ciudad. Las fuentes hablan de “20.000 lacedemonios muertos”, que sobre unos 8000 ciudadanos espartanos en total es una burrada, aunque seguramente incluya muchos periecos e ilotas. Los “ilotas y mesenios” aprovechan la oportunidad para rebelarse, y los sobrevivientes inician una larga y durísima guerra para someterlos. En su desesperación, piden ayuda a sus “aliados” atenienses para resolver un asedio, aunque luego por razones desconocidas los mandan de vuelta a casa, avergonzando de tal modo a Kimon de Atenas –el principal defensor de una política de entendimiento con Esparta- que su carrera política muere allí y el partido democrático de Pericles se hace con el poder. La ruptura entre los teóricos aliados es ya una realidad.

 

Uno de los ostrakones con el que los atenienses mandaron al exilio a Pascual Maragall, perdón, a Kimon Miltiado, por buscar un entendimiento de Esparta con Atenas.

 

Finalmente, en 431 estalla la guerra por el Decreto de Megara, en principio un simple embargo comercial [9]. Sin entusiasmo particular: en Esparta, el éforo Sthenelaïdas -responsable durante la votación clave- ordenó que la decisión no se tomase por aclamación sino por separación física, alineándose los partidarios de guerra y paz en los extremos del foro. Temiendo quedar marcados a ojos de todos como cobardes, la mayoría se situó del lado de la guerra. Y en Atenas, el partido de Pericles (partidarios de un enfrentamiento que veían como inevitable) no pidió votar la declaración de guerra como tal -señal de que esperaban perder-, y en su lugar se limitaron a votar sobre los asuntos comerciales para forzar a Esparta a ceder o declarar la guerra ella. Vamos, que como suele ser habitual, no se puede hablar de “Atenas” y “Esparta”, sino de partidos interesados en la guerra que manipularon el sistema para conseguirla. Y por supuesto, no faltaron los que pensaban que Pericles solo quería montar una cortina de humo para desviar la atención de unos asuntillos judiciales por malversación de fondos y por haber sido inmortalizado en el escudo de la estatua de Atenea de la Acrópolis por su protegido Fidias:

 

La fuente de la desgracia fue el escándalo de Fidias,

A consecuencia del cual Pericles, temiendo ser alcanzado por el mismo mal

Pues temía vuestra ira y vuestro mordaz carácter,

Solo por asegurarse, prendió fuego a nuestra ciudad,

Y arrojó adentro esa pequeña chispa, el Decreto de Megara.

(Aristóphanes, Eirene, estrenada en 421 a.C.)

 

La Gran Guerra Griega

No vamos a meternos en todos los detalles de esta guerra porque no acabaríamos hasta mañana, aunque no es por falta de chicha, y su estallido no tiene nada que envidiar al de la Primera Guerra Mundial [10] en cuanto a complejidad de los sistemas de alianzas. El caso es que tras 27 años de guerra cada vez más enconada, Grecia queda arrasada. La tradicional guerra “civilizada”, limitada a una breve batalla de hoplitas y listo, se convierte en una carnicería cada vez mayor, con asedios, conquistas, masacres y ejecuciones de prisioneros (¡en ambos bandos, eh!), con los muy democráticos atenienses conquistando y despoblando la isla de Melos sin más argumento [11] que “somos más fuertes que vosotros”. Finalmente, la apisonadora hoplita espartana gana al complejo financiero-naval ateniense. El hierro aún era más fuerte que el oro… o al menos que el oro de Atenas, porque tras el hierro espartano estaba el oro persa, que así lograba desangrar a sus rivales de medio siglo atrás y pacificar esa frontera de su imperio.

 

El ganador de la guerra (de esta y de todas).

 

La parte final de la guerra se decidió en el mar, mediante flotas que los atenienses financiaban ordeñando a sus “protegidos” jonios, y los espartanos construían con subsidios persas (sin por ello cejar en su propaganda de “luchamos por la libertad de las polis griegas, no como esos atenienses que solo quieren venderlas a Persia”), ya que su propia moneda de hierro no era muy popular fuera de Laconia. Cada vez que una de esas flotas se iba a pique con sus miles de tripulantes, el Gran Rey en su trono de Susa se reía a gusto. Finalmente, Esparta bloqueó la ruta de los Dardanelos, obligando a Atenas a plantar batalla, y la última flota ateniense se fue a pique. Tebas y Corinto exigieron la destrucción completa de Atenas y la venta de sus habitantes como esclavos, pero Esparta, aduciendo “los servicios a Grecia durante la guerra con los persas” (y temiendo un vacío de poder que sería ocupado por Tebas), les perdonó la vida.

 

Oligantropía

La guerra había sacado a la luz las graves deficiencias del modelo espartano, entre ellas una progresiva disminución del número de ciudadanos (la oligantropía [12] que denunciaba Aristóteles). Resulta que por los intríngulis de las leyes espartanas, los kleros se dividían entre los hijos, resultando al poco tiempo tan pequeños que los espartanos no podían vivir de ellos y tenían –el HORROR- que buscarse un trabajo, perdiendo la condición de ciudadanos y siendo degradados a periecos. Otros espartanos limitaban el número de hijos que tenían para que estos pudiesen conservar su estatus, y luego estos a lo mejor morían, o solo les nacían hijas (hijas que podían quedarse la herencia como dote al casarse con otro espartano, resultando de ello una mayor concentración de tierras). Esta crisis demográfica forzó grandes cambios durante la guerra: si ante los persas aún hubo unidades separadas de espartanos y periecos, en la Guerra del Peloponeso se pasó a unidades mixtas por el bajo número de ciudadanos. Y cuando los atenienses capturaron a 120 espartanos en la batalla de Esfacteria [13] (¡espartanos rindiéndose!, aquello era como si los Ultrasur desplegasen pancartas pro-refugiados [14]; Grecia entró en shock), Esparta hizo lo imposible por liberarlos porque se quedaba literalmente sin gente. Una reforma del sistema de herencias, un reordenamiento de los kleros, y una mayor implicación de los periecos habrían sido necesarios para hacer sostenible el estado. Pero la victoria hizo olvidar todo esto, en plan “nos ha ido bien así y nos seguirá yendo bien”, el miedo a los ilotas lo dominaba y bloqueaba todo, y la concentración cada vez mayor de kleros en manos de menos gente (o eso parece, sabemos demasiado poco de la gestión de los kleros) creó un partido de opuestos al cambio cada vez más intransigente.

Insertamos aquí un párrafo para hablar de una de las causas aducidas para la disminución de ciudadanos: los supuestos asesinatos [15] selectivos de niños “no aptos” por orden del estado. Primero, hay que decir que matar niños no era una característica espartana: durante toda la era antigua y hasta prácticamente la era cristiana, los niños no tenían derechos y eran legalmente propiedad del padre de familia, quien podía casarlos, venderlos como esclavos, e incluso matarlos. Los infanticidios estaban a la orden del día (piensen en Hansel y Gretel, y ese cuento es del siglo XIV), por pobreza, por ser del sexo incorrecto, o –en este caso- para no tener que dividir la herencia familiar y que así pudiese el hereu mantener el prestigioso estatus de ciudadano. En el caso espartano, nuestra versión de esta práctica se basa casi exclusivamente en una cita del historiador Plutarco en su “Vida de Licurgo”, basada además en relatos conservados por los enemigos de Esparta. Algunos historiadores –Welwei incluido- creen que Plutarco entendió mal la práctica: el padre que por la razón que fuera quería matar a un hijo tenía que pasar obligatoriamente por el consejo de ancianos, y este solo le daba permiso si el bebé era débil o deforme. Es decir, el padre podía ser obligado a criar a un bebé sano incluso contra su voluntad. ¡Igual que Intereconomía, los espartanos en realidad eran pro-vida (aunque los Intereconomía de la época seguramente lo denunciaban como una intolerable injerencia del estado en la vida privada de sus ciudadanos)!

Por si fuera poco, la sociedad espartana iba pareciéndose cada vez más al mercado laboral español: ¡había más categorías de las sensatamente necesarias! Aparte de los espartanos-periecos-ilotas, aparecieron los hipomeiones (sin derechos políticos pero espartanos de nacimiento), los nothoi (hijos de padre espartano y madre ilota), mothakes (parte nothoi, parte hijos de familias venidas a menos pero que eran syntrophoi, “co-educados” en la agogé), y toda una pléyade de categorías para los liberados llamados desposionautai (ilotas liberados tras servir como remeros), neodamodes (“nuevos ciudadanos”), aphetai, adespotoi, ó erykteres. Todos esto servía para dividir a la sociedad en pequeños grupos que tenían pavor a perder sus pequeños privilegios y tendían a ser conservadores; ideal para mantener la paz social, pero poco eficaz para proyectar fuerza al exterior. Y esto ocurría justo cuando Esparta se había convertido en la fuerza hegemónica de Grecia y tenía que reglar los asuntos griegos y proteger a las ciudades jonias. Tarde y en vano, pues el mundo había cambiado. De la hegemonía espartana se puede decir lo mismo que de la actual hegemonía alemana [16]: que llega 100 años demasiado tarde para lo que pretende.

Hubo varios intentos de reorganización social frente a los nuevos retos: un tal Cinadón [17] –según Jenofonte, el autor de la poética expresión “los ilotas con gran placer se comerían crudos a los espartanos”- intentó montar una revuelta para lograr un “contrato único”, pero fracasó. Otra vía fue la de Lisandro, brillante militar y ganador de la Guerra del Peloponeso, y en lo social defensor de “Licurgo y Leyes Viejas”, que quiso poner a los demás griegos a tirar también del carro montando oligarquías en las ciudades sometidas, en plan “si organizamos todas las ciudades siguiendo el modelo espartano, tendremos un imperio espartano”, y que esas oligarquías pusiesen pasta para contratar mercenarios. Algo así como convertir todas las autonomías en mini-Españas con su mini-Madrid al frente como forma de vertebrar España. Lisandro también fracasó, como tarde o temprano fracasarían todos los espartanos enviados fuera del Peloponeso para llevar la dura carga del imperio.

Porque una curiosa característica del modelo social espartano es que en cuanto los lacónicos espartanos educados en la agogé se alejaban unas cuantas millas de casa, la idea de una vida “espartana” ya no les parecía tan natural como cuando comían en casa la proverbial sopa negra [18] (de la que los otros griegos afirmaban que quien la probaba entendía por qué los espartanos iban gustosos a la muerte). En lugar de eso, adoptaban con entusiasmo las costumbres locales, se refocilaban en los lujos y excesos ajenos, y en no pocas ocasiones se intentaban montar un reino propio lejos del Peloponeso.

 

Nunca debisteis salir de Laconia.

 

La cerrazón e inmovilidad espartanos pronto tuvieron consecuencias: en 386 a.C., los persas dictaban una paz general para Grecia. Ellos se quedaban Jonia y Chipre, Atenas volvía a ser un actor importante, y Esparta lograba la disolución de la Liga de Beocia y de la alianza entre Corinto y Argos. Por lo demás, renunciaba a aventuras imperiales en Asia. Carecía de conceptos políticos a largo plazo con que organizar a Grecia para obtener los recursos necesarios, y con los propios no bastaba. La idea de una Grecia independiente de polis autónomas unidas bajo el liderazgo espartano había durado 20 añitos. La puntilla vino 15 años después, el 6 de julio de 371 a.C.: en la batalla de Leuctra, la “falange oblicua [19]” del general tebano Epaminondas derrotaba por primera vez en campo abierto a una falange de lacedemonios superior en número. 400 espartanos yacían muertos. Esparta ya no volvió a salir del Peloponeso y perdió Mesenia y a sus aliados de la Liga del Peloponeso. Grecia iniciaba la hegemonía tebana… que duró lo que duró el genio de Epaminondas, un Lionel Messi jugando en las filas de la Ponferradina. Murió 9 años después en la batalla de Mantinea. Tres años más tarde, subía al trono de Macedonia un tal Filipo II. Comenzaba el acto final de la gran tragedia griega.

 

El final

Leuctra marcó el final de la hegemonía espartana, pero no el final de Esparta. Ese vino poco a poco, con pérdidas de influencia mientras se petrificaban sus arcaicas estructuras políticas. La decadencia era tan evidente que ni Filipo de Macedonia ni su hijo Alejandro consideraron necesario someterla. La dejaron vivir como a un viejo y cojo león de circo que carece de dientes (y eso que en 331 a.C., aprovechando que Alejandro andaba hefestionando por Mesopotamia [20], el rey Agis III intentó una revuelta con más moral que el Alcoyano y que fue aplastada inmisericordemente por los macedonios). Hacia 250 a.C., solo quedaban 700 espartanos de pleno derecho. El rey Agis IV intentó una reforma y un nuevo reparto de la tierra, pero el único precedente que creó fue ser el primer rey espartano condenado a muerte por los éforos. Por ello Cleomenes III, quince años más tarde mató a cuatro de ellos antes de requisar todas las tierras y repartirlas de nuevo, además de liberar a todos los ilotas que pudiesen pagar cinco minas áticas. Luego perdió la batalla de Selasia [21] en 222 a.C., y por primera vez tras un milenio de asentamiento dorio, un ejército enemigo entró en la ciudad. Cleomenes III se tuvo que refugiar en Egipto [22], intentó deponer al faraón, fracasó, y se suicidó.

No obstante, el videojuego de la Historia aún le reservaba una vida extra a Esparta, que bajo el rey (o “tirano”, si son ustedes legalistas, ya que su predecesor Macánidas había derrocado la monarquía doble) Nabis se puso del lado “bueno” aliándose con los romanos durante la Primera Guerra Macedonia. Pero su pretensión de montar una nueva hegemonía en el Peloponeso según el modelo de las monarquías helenísticas lo fastidió todo: Roma no iba a tolerar otros gallitos en el corral y le aplastó. Tras esta derrota final, Esparta perdió su autonomía política, se abolió la monarquía, y fue forzada a ingresar en la Liga Aquea. Los espartanos aún mantuvieron a los éforos, la gerusía, la Apella, la agogé y otras instituciones y costumbres de antaño [23], pero como ritual vacío, apenas una atracción turística en el Imperio Romano. Así aguantaron seis siglos, hasta el golpe final, asestado por un digno sucesor: Alarico y sus visigodos [24] arrasaron la ciudad en 396 d.C. y se llevaron todo, con lo que podemos orgullosamente afirmar que el espíritu espartano acabó en España unos años después, en los zurrones de los saqueadores Ataulfo, Sigerico, Walia y Teodorico, futuros reyes hispanos.

 

La Monarquía Española la fundó un cuñado: Ataulfo, cuñado de su antecesor Alarico, participante de la destrucción final de Esparta, y primer Rey Godo en España. Si los de Intereconomía quieren sacrificarle un recién nacido (o hacerle una ofrenda floral) para desatar los espíritus lacedemonios, solo tienen que pasarse por su estatua en la Plaza de Oriente de Madrid, donde seguramente se sientan como en casa.

 

Valoración

El libro, no lo negamos, solo es apto para frikis (que además sepan alemán, pero ¿acaso aprender esa bella lengua con sus profundos matices no es friki en si mismo?). Las yoyah pierden claramente en protagonismo frente a los kleros, que Welwei identifica como la clave de la sociedad espartana y a los que vuelve una y otra vez. Por otro lado, y desde una óptica española, resulta sumamente interesante ver la evolución histórica de una sociedad articulada alrededor de la posesión de bienes raíces. Por ver a donde se puede dirigir España de aquí a un siglo, vamos.

Partiendo de un reparto original de inmuebles (ya sean los kleros de Licurgo o la VPO de Franco), con el tiempo se crean dos clases sociales: los afortunados que tienen y los pringados que no. En consecuencia, los pringados tienen que trabajar como cabrones para apenas mantenerse a flote mientras los afortunados pueden permitirse una vida más relajada y dedicada al disfrute. Y dados los horarios y la organización del trabajo, solo los afortunados tendrán tiempo para la política, que poco a poco virará hacia los afortunados, marginando a los pringados. Pasadas unas cuantas generaciones, no obstante, empiezan a notarse consecuencias: ¡los pringados ya no tienen hijos, renuncian a reproducirse y no están comprometidos con el estado! Esto lleva a severas críticas de los creadores de opinión y cultura (que, huelga decirlo, son en su inmensa mayoría afortunados y como tales viven precisamente de los pringados), pero por otra parte los afortunados tampoco logran mantener la población afortunada y comprometida: los hijos de un afortunado que no heredan inmuebles pasan inmediatamente a ser pringados también, olvidando los valores de sus ancestros afortunados. Y por otro lado, empieza a aparecer una clase de super-afortunados con varios inmuebles, por herencia o matrimonio, que gracias al trabajo de los pringados están cada vez mejor situados y que por supuesto se niegan radicalmente a que haya un nuevo reparto “porque supondría penalizar el esfuerzo de unos y premiar la molicie de otros”.

En esta situación, hay dos salidas, y Esparta nos muestra las dos. La más simple, una asunción directa del poder político por parte de los afortunados y super-afortunados, sin máscaras ni nada, y justificado con la necesidad de mantener el kosmos y proteger a la comunidad mediante una élite dedicada a la gestión basada en datos guerra. Luego, como en aquella época las guerras aún precisaban de bastantes soldados más o menos implicados y con los afortunados no bastaba, de vez en cuando abrían la mano y dejaban ascender a nuevos afortunados, pero por la propia lógica acumuladora de los afortunados en seguida volvía a decrecer su número, lo que a la larga debilitó fatalmente al estado espartano. La segunda salida nos la muestra Cleómenes en el siglo III a.C., dando un golpe de estado, requisando inmuebles, y repartiéndolos para lograr una amplia clase media no dominada por super-afortunados.

La primera fórmula funcionó durante cuatro siglos, en cambio la de Pablo “Cleómenes” Iglesias apenas aguantó diez añitos (y no, no vale la excusa de la herencia heredada de cuatro siglos de régimen oligarca), así que los de Intereconomía ya tienen un poderoso precedente para apoyar abiertamente la monarquía (que ahora mismo también es doble porque tenemos rey y rey emérito), exigir el gobierno de las élites, y pedir un voto espartano en las próximas Elecciones Generales. Mientras tanto, Pablemos intenta movilizar el voto ilota, trabaja en su Liga de Delos Confluenciada, y sobre todo ensaya ya la pose de estadista con la que exigirá ser engravado en el frontispicio de las Cortes. Eso sí, lo que se dice lacónico no nos ha salido ninguno. Lástima.