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La caída de los otomanos – Eugene Rogan

Cuando uno piensa en la Gran Guerra, suele asociar el conflicto con las imágenes de la guerra de trincheras del frente occidental. Una guerra empantanada en un palmo de terreno, donde las defensas son muy superiores a los ataques, y en la que prácticamente no hubo ninguna variación sustancial en el frente a lo largo de tres años, hasta el ataque y posterior derrumbe alemán en 1918. Pero, por supuesto, la Primera Guerra Mundial no fue sólo eso [1]. El frente oriental, donde los ejércitos se enfrentaban en espacios mucho más amplios, resultó mucho más dinámico desde el principio. El frente italiano logró el milagro de que el ejército del Imperio Austro-Húngaro, sistemáticamente ridiculizado por los rusos y los serbios, lograse éxitos militares. Y, por último, tenemos el frente de Oriente Próximo, que enfrentó al Imperio Otomano con las potencias occidentales (y también, sobre todo al principio, con Rusia).

El Imperio Otomano llevaba al menos dos siglos convirtiéndose paulatinamente en el “enfermo de Europa”. Un imperio atrasado en todos los aspectos (cultural, económico, social, político y, por supuesto, militar), incapaz de mantener controlados a sus súbditos. Un imperio que las potencias europeas llevaban décadas esperando a repartirse. Y que, de hecho, ya comenzaron a hacerlo en el siglo XIX, cuando británicos y franceses arrebataron a los otomanos la mayoría del norte de África (que, nominalmente al menos, seguía bajo el dominio otomano). Y, sobre todo, Rusia. Desde el principio, Rusia buscó expandirse a costa del Imperio Otomano, para cumplir la función primordial de Rusia como Estado (expandirse más y más y más) [2], para sustituir la esclavitud bajo la que los otomanos tenían a los pueblos eslavos de confesión ortodoxa por el amigable paternalismo ruso y, por último, para culminar su expansionismo a costa de los otomanos con la joya de la corona: Constantinopla, la ciudad santa por antonomasia del cristianismo ortodoxo, arrebatada a los bizantinos en 1453. Los frikis del bizantinismo [3] (creo que hay otro en España, no sé) sólo podemos apoyar fervientemente esta última pretensión de los rusos. Aunque no lograron hacerse con Constantinopla, en sucesivas guerras arrebataron a los otomanos dos quintas partes de su territorio.

Muy pocos años antes del estallido de la Gran Guerra, los otomanos recibieron varios duros golpes que evidenciaron su debilidad. La Primera Guerra de los Balcanes (1912), alentada fundamentalmente por la invasión de Libia por parte de Italia (que quería su propio patio trasero norteafricano) que, como de costumbre, constituyó un fracaso militar italiano frente a los cuatro pastores de cabras que se opusieron a su imponente ejército. Pero, precisamente por este fracaso, Italia buscó otras vías para obligar a los otomanos a firmar la paz y propició que los países balcánicos surgidos a lo largo del siglo XIX, como consecuencia de sucesivas derrotas de los otomanos, se lanzaran a por los territorios europeos que aún les restaban a éstos.

Serbia, Grecia y Bulgaria obtienen fáciles victorias frente a los otomanos y les dejan arrinconados en Constantinopla. Pero en estas que aparecen las potencias occidentales y, para mitigar el expansionismo serbio, deciden crear Albania como Estado tapón. Serbia busca resarcirse en otra parte y monta la Segunda Guerra de los Balcanes (1913) contra Bulgaria, donde serbios y griegos derrotan claramente a los búlgaros y, en el río revuelto, los otomanos aprovechan para recuperar los territorios recién conquistados por los búlgaros en la anterior guerra.

Así estaban las cosas al comenzar la Primera Guerra Mundial. El Imperio Otomano daba ya mucha penita. Hombre, no, tanto como España no, tampoco nos pasemos

Todos estos fracasos propician el ascenso al poder de los Jóvenes Turcos, militares que relegan a un segundo plano al sultán, y cuyo programa político, de gran complejidad e innovación, puede resumirse en que “Turquía es lo mehó der mundo”. Cuando estalla la Gran Guerra, los Jóvenes Turcos miran con enorme recelo a la Entente, fundamentalmente porque en la Entente está Rusia, y Rusia entra en la guerra para defender a los serbios y para hacerse con Constantinopla (botín prometido por las potencias occidentales al zar).

Además, concurre otra circunstancia: los otomanos se habían dejado un pastizal en pagar dos modernos barcos de guerra que se estaban construyendo en los astilleros británicos, con el fin de defenderse de la flota griega y la flota rusa del Mar Negro. Pero, al estallar la guerra, los británicos deciden que es mucho mejor quedarse ellos los barcos. En el ínterin, entran dos barcos de guerra alemanes en el puerto de Constantinopla, acosados por la flota británica. Los alemanes proponen al Imperio Otomano que se queden esos dos barcos para su flota, de gratis, les prometen recuperar las provincias perdidas a manos de Rusia en el XIX y todo tipo de pertrechos militares y apoyo logístico y económico. ¡Y todo a cambio de entrar en la guerra!

Así que el Imperio Otomano de los Jóvenes Turcos entra en el conflicto, el sultán proclama una yihad contra los infieles en todo el mundo musulmán (de más efecto que una carta de Felipe González para mitigar el independentismo catalán), y dos de los líderes de los Jóvenes Turcos, personalmente, dirigen a sus ejércitos para enfrentarse a los rusos, en el Cáucaso, y los ingleses, en el Canal de Suez. En el primer caso, los otomanos, sin ropa de invierno, intentan atacar a los rusos en Navidad, sorteando cordilleras de 3000 metros de altura. En el segundo, buscan atravesar el Canal de Suez para enfrentarse a tropas más numerosas, mejor armadas y mucho mejor posicionadas.

El resultado es un Real Madrid – Logroñés con el señor colegiado arbitrando el encuentro desde el palco, al lado de Florentino Pérez: una masacre, y un absoluto desastre. Los rusos toman varias provincias otomanas y llegan incluso a Trebisonda, en la costa sur del Mar Negro (otra ciudad bizantina de toda la vida que ya están tardando en devolver). Los Jóvenes Turcos deciden que toda la culpa es de los armenios, que no son de fiar y quieren independizarse, hay que ver, qué falta de lealtad, ¿acaso el Imperio no ha sido bueno con ellos? ¿Acaso el Imperio no les ha esclavizado con cariño, les ha expoliado sólo ligeramente por encima de la media, les ha perseguido, sí, para que se conviertan al Islam, pero apenas montando una escabechina aquí y allá, esporádicamente? Y, claro, pues deciden que hay que montar un genocidio, que a todo el mundo en Turquía, según indican las pruebas, le parece muy bien y muy normal.

Así que los turcos se dedican a exterminar a los armenios allá donde pueden pillarlos, matándolos de hambre, matándolos a trabajar, matándolos con marchas inacabables por el desierto, matándolos allá donde los encuentran. Mujeres y niños incluidos. Un millón de personas son víctimas de esta limpieza étnica. Después de la guerra, y sobre todo merced a la iniciativa de los EEUU, se reconoce la existencia de una República Democrática de Armenia, configurada a costa de territorio otomano. Pero el nuevo líder de la república de Turquía, Mustafá Kemal, no reconoce el tratado, declara la guerra a los armenios y les birla la mitad de su territorio (la otra mitad se la queda la URSS, que invade Armenia aprovechando la confusión y la convierte en una república soviética más).

Volvemos a 1915. Los ingleses, cuando por fin logran dejar de reírse de los Jóvenes Turcos, deciden que el Imperio Otomano está aún más enfermo de lo esperado y que con un golpe audaz tal vez puedan sacarle de la guerra. Ese golpe audaz consiste en desembarcar en la península de Gallípoli, al lado de Constantinopla, para controlar los estrechos y forzar a los otomanos a rendirse. Pero la operación, ideada a medias por el jefe del Estado Mayor británico, lord Kitchener, y por el ministro de Marina, el inefable Winston Churchill [4] (este hombre, siempre obsesionado con sus operaciones anfibias en lugares absurdos), es un absoluto fracaso. Las tropas de la Entente se quedan confinadas en las playas y los turcos, por primera vez desde ni se sabe cuándo, logran una importante victoria defensiva. A finales de 1915, los occidentales evacúan Gallípoli.

Poco después, los turcos consiguen parar la ofensiva británica en Mesopotamia, y además fuerzan la rendición de la ciudad de Kut, en la que capturan a una división entera del ejército británico. Las cosas se le ponen bastante feas a los británicos (no así a los rusos, que seguían instalados en Trebisonda y alrededores, tan ricamente), que además bastantes problemas tienen en el frente occidental, donde la ofensiva del Somme es un absoluto fracaso, así que buscan cambiar de táctica. Le prometen el oro y el moro al jerife de La Meca, el líder de la dinastía hachemita, descendiente directa del Profeta. Un gran reino árabe que incluya a todos los pueblos sojuzgados bajo la bota otomana, todo para el jerife Husayn… Una vez más… ¡todo eso, sólo a cambio de entrar en la guerra! ¡Apresúrense, que me los quitan de las manos!

Es la guerra mítica de Lawrence de Arabia. Los árabes, junto con los británicos, triunfan por doquier. Triunfan, eso sí, en parte porque, al producirse la Revolución en Rusia, los bolcheviques renuncian a todas sus ganancias territoriales y firman una paz sin anexiones con los otomanos. ¡Qué buena noticia para los Jóvenes Turcos!, dirán Ustedes. Pero, claro, como Rusia entra a continuación en el caos, los Jóvenes Turcos piensan que lo mismo pueden aprovechar la ocasión para recuperar las provincias perdidas en 1876, así que mandan sus tropas, necesarias para hacer frente a los ingleses, en pos de este nuevo expansionismo. Recuperan algunas de las provincias perdidas a manos de los rusos, pero a cambio pierden todo lo demás. Los otomanos se retiran en todos los frentes contra los ingleses y árabes, pierden Bagdad, Gaza, Jerusalén, Damasco y, en fin, se rinden. Se bajan los pantalones. Fin. ¡Gran éxito del pueblo árabe y sus aspiraciones de libertad!

Entonces llegan los británicos con la letra pequeña del contrato. ¿Siria y el Líbano? No, eso es para Francia, que se lo pidió desde antes de la guerra. ¿Palestina? Hombre, ahí nos hemos comprometido con los judíos para que tengan, por fin, un Estado propio (¡otro chollito geopolítico más que el mundo debe a Gran Bretaña!). ¿Irak? Ni hablar, ahí hay mucho petróleo. ¿Transjordania? Vale, ahí no hay nada de nada, pero nos comunica Palestina con Irak, así que nanay. Y oigan ustedes, amigos británicos, fieles aliados: ¿Arabia? ¿Arabia que, a fin de cuentas, era parcialmente mía? Pues tampoco, que se la hemos prometido a la dinastía rival de Ibn Saud, que se puso de perfil durante la Gran Guerra, pero es que nos paga más, ¿sabeh?

Y así se escribe la Historia. Turcos y árabes entran en la guerra merced a las grandes promesas de Occidente y acaban hechos unos zorros, ganen o pierdan. A mí, la verdad, todo eso no me importa mucho, porque ya saben Ustedes lo traicioneros, taimados y poco de fiar que son los musulmanes. ¡Seguro que, si no hubieran sido totalmente traicionados y engañados por los ingleses, les habrían intentado engañar! Pero me parece gravísimo que, una vez derrotado el Imperio Otomano, no se aprovechase la ocasión para devolver Constantinopla a sus legítimos dueños, esto es, la Grecia ortodoxa.

En lugar de ello, la Entente le monta a Turquía la clásica paz razonable modelo Versalles, en la que trocea Anatolia en cachitos para Italia, Francia, Gran Bretaña, … Además, por supuesto, de darle todos los territorios europeos, salvo Constantinopla, a Grecia, crear una Gran Armenia y un reino kurdo y obligarle a devolver-independizar las provincias recientemente conquistadas a Rusia. Aparece Mustafá Kemal “Ataturk”, que se opone a firmar el tratado de Sèvres con estas condiciones leoninas, la Entente pasa de invadir en serio Turquía, los armenios pierden la guerra, los griegos también (hay una nueva limpieza étnica, en este caso de intercambio de población, entre turcos y griegos como consecuencia de esta guerra), y al final Constantinopla continúa en el redil turco. ¿Hasta cuándo?, me pregunto yo. Y que a mí los turcos me caen muy bien, y eso, que conste. Pero las reglas son las reglas, y el caso es que los ridículos 450 años del Estambul otomano palidecen ante los 2000 años largos de civilización grecorromana.

Máxima expansión griega en el conflicto con Turquía posterior a la IGM. Los griegos pudieron emular a Alejandro, pero al final emularon a Syriza y perdieron todas sus conquistas y un poco más