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“The Sleepwalkers – how Europe went to war in 1914” – Christopher Clark

¿Cuánta gente hace falta para conducirnos a todos al infierno? Seguro que la mayoría de ustedes dirá que con uno basta, y luego en función de sus filias y fobias sexuales aclararán si se trata de ZP o de Rajoy. Pero quisiera recordarles que ZP lo único que hizo fue hundirnos hasta el cuello –con talante y una sonrisa, eso si- en la fosa séptica de la burbuja del ladrillo, y Rajoy se ha limitado a saltarnos encima repetidamente, no se nos ocurra salir de allí. Desagradable, sin duda, pero podría ser peor – podríamos no haber ganado dos Eurocopas y un Mundial habernos pasado los últimos cuatro años y medio con la mierda hasta el cuello pero en trincheras, con disentería, con el enemigo disparándonos, y muriendo a millares, por no decir millones.

Para eso ya hace falta más de una persona. La Primera Guerra Mundial [1] parece que la desató Gavrilo Princip solito (era terrorista, no les digo más), pero hicieron falta unos cuantos más para hacerlo posible, y Christopher Clark viene con este libro, editado en castellano bajo el título “Sonámbulos”, y recomendado a diestra y siniestra (empezando por ustedes, que en los comentarios me empujaron, ¡me empujaron a leerlo! – bueno, ustedes y el hecho de que me lo encontré de oferta), para aclararnos como esas ochenta personas aproximadamente, porque no fueron muchas más, llevaron a Europa al desastre.

 

Como los conservadores mandaron a tomar por culo el mundo al que ahora quieren volver.

 

Serbia es culpable

En lo que parece una declaración de intenciones, Clark comienza el libro en 1903, con el golpe de estado y sucesivo asesinato del autócrata Alejandro I de Serbia. Su sucesor, Pedro I, se atiene a una constitución liberal que lo hace muy popular, pero una camarilla de nacionalistas radicales controla la política serbia entre bambalinas, financiando guerrillas en países vecinos, empujando a Serbia a las Guerras Balcánicas, y soñando con una Gran Serbia que incluya amplios territorios, con poblaciones que, bueno, son serbias pero aún no lo saben (esto incluye a los croatas, que vendrían a ser serbios “corrompidos” por una prolongada exposición al catolicismo y a los austriacos).

Lo gracioso es que hasta 1903 Serbia era aliada de Austria-Hungría. Ante el claro desequilibrio entre ambos, los fuertes vínculos comerciales, la larga e indefendible frontera, y el hecho de que Belgrado estaba a tiro de piedra del cuartel militar austriaco más cercano, el rey Milan I, padre de Alejandro, sensatamente prefirió aliarse con la Monarquía Dual para dirigir sus energías contra Bulgaria, que le disputaba territorios en Macedonia y en aquel momento era el niño mimado de Rusia en los Balcanes. A partir del golpe de estado, pero sobre todo con la anexión formal de Bosnia por parte de Austria en 1908, la política serbia se centra en reivindicar Bosnia, y orienta su política exterior hacia Rusia y Francia, giro que caló muy bien en la población, mayormente rural y analfabeta en un 80% (Clark cuenta como el parlamento, al tener que optar por aumentar la fiscalidad, se la sube a los libros escolares mientras la mantiene igual para las destilerías caseras).

La anexión austriaca de Bosnia no hacía más que formalizar lo que ya era un hecho desde 1878, y hasta los teóricos rivales de los Poderes Centrales, Francia y Rusia, le dieron un toque a Serbia, advirtiendo que ellos no iba a ir a la guerra por Bosnia. El gobierno civil de serbia reculó, y eso motivó la creación de una sociedad secreta, Ujedinjenje ili smrt! (Unificación o muerte, aunque todo el mundo los conoce como la Mano Negra), que infiltró la estructura militar y actuó al margen de las autoridades civiles. Pese a ser secreta, casi todo el mundo la conocía, y hasta tenían un periódico, con el significativo nombre de Pijemont (Piamonte, el reino italiano que había unificado Italia). Miembros de la Mano Negra reclutaron a Gavrilo Princip y a sus co-conspiradores, los sometieron –según Clark- a poco menos que un lavado de cerebro y glorificación del sacrificio de la propia vida por la Gran Serbia, y los mandaron a Sarajevo a matar al Archiduque, bajo la lógica terrorista de que a quien hay que eliminar es a los moderados, no sea que sus reformas te quiten la base popular. Sobre si “Serbia” fue culpable de aquel magnicidio, de nuevo depende del punto de vista de cada uno, pero Clark considera casi imposible que el gobierno serbio no tuviese informantes en la Mano Negra, y de hecho algún funcionario le comentó a su equivalente austriaco algún rumor (lo que daría lugar, durante la Crisis de Julio, a graciosas situaciones por parte de Serbia, como “no hemos tenido nada que ver y además os advertimos”, ¿y si no fueron ellos como supieron que había que advertir?).

 

El oasis austriaco

Frente a esta Serbia conspiradora, Clark dibuja una Monarquía Dual casi idílica. Aquí a Clark –como a muchos otros- parece que le pierde el conocimiento de lo que vino después, de las terribles guerras que devastaron los Balcanes durante el siglo XX. Frente a eso, un imperio unificado, con leyes relativamente modernas, libertades individuales bastante aceptables para la época, integrador de minorías y con una cierta prosperidad económica pues es una alternativa más que buena a semejante avispero. Aunque donde los austriacos se esforzaban en integrar a sus minorías, los húngaros las mantenían controladas con mano firme y les negaban cualquier derecho propio. Los austriacos, en cambio, toleraban que partidos nacionalistas fuesen elegidos a su parlamento e incluso ¡diesen sus discursos en sus lenguas nativas! Como no había “pinganillos” y además el estado funcionaba relativamente bien, estos discursos y los frecuentes bloqueos parlamentarios (los checos eran particularmente belicosos en este sentido) no tenían apenas consecuencias, fuera de unas minorías politizadas (Hitler [2] -¡no, no podemos hacer un artículo sin mencionarle!- visitó alguna sesión cuando vivía en Viena y dijo que allí acabó asqueado del sistema parlamentario). La gran mayoría de los súbditos de Cisleitania [3] simplemente vivían su vida, desinteresados de la política, progresando económicamente y sin mayores preocupaciones

 

La Arcadia feliz que nos dio a Mozart, Sissi Emperatriz y Rex, el perro policía. ¿Adolf Hitler? Pues no nos suena, pero con ese nombre debe ser alemán seguro.

 

Sin embargo, el Dualismo entre austriacos y húngaros, ya de p0r si inestable, no cumplía las exigencias cada vez mayores de las minorías eslavas. El Archiduque Fernando, heredero del trono, tenía claras intenciones reformistas en ese sentido: crear una tercera corona separada para los eslavos del sur, centrada en la católica Croacia. Esta corriente, conocida como Trianismo, era vista como la mayor amenaza por los adalides de la (ortodoxa) Gran Serbia, pero tampoco contaba con grandes apoyos dentro de la propia Austria (y era especialmente detestada en Hungría), y los choques de Fernando con el emperador Francisco José eran muy comunes.

 

Equilibrios continentales

Pasada revista a Austria-Hungría, Clark finalmente nos presenta al resto del continente, con los conocidos juegos de equilibrio nacidos de la guerra Franco-Prusiana y la unificación de Alemania, a saber: revanchismo francés a raudales, malabares de Bismark para aislar a Francia, Rusia no se aclara, los turcos gestionando su continua decadencia, Escandinavia e Italia no cuentan para nada, Gran Bretaña a su bola. Esa splendid isolation británica, no obstante, no iba a ser eterna, aunque la razón para unirse a la Entente Cordiale no fue tanto el temor a Alemania (la Royal Navy estaba años luz por delante de la Kaiserliche Marine, que por otra parte carecía de bases de aprovisionamiento en ultramar y nunca pudo ejercer un papel importante) como el deseo de implicar a Rusia y Francia en acuerdos que garantizasen el absurdo Imperio que los ingleses, casi sin querer, habían acumulado. En cuanto a Alemania, el desarrollo de su flota, ayuno de grandes conceptos estratégicos, era más bien una medida para calmar las ansiedades internas. Mucho peor fue el alejamiento de Rusia, echada en brazos de Francia, lo que abría la posibilidad de una guerra a dos frentes.

Pero vamos, que los sucesivos pactos, contra-pactos, y re-contra-pactos (en sus versiones públicas, secretas y público-con-protocolo-secreto) demuestran que nadie se fiaba de nadie y todo tenían sus agendas. La Entente Cordiale no se construyó tanto contra Alemania, sino por otras razones (buscar un equilibrio colonial), pero una vez constituida se orientó de manera natural contra Alemania y sus aliados: derrotada ante Japón y pactadas las fronteras del sur con Gran Bretaña, Rusia ya solo podía expandirse por los Balcanes. Y controlada Francia, a Gran Bretaña le empezó a preocupar la fortaleza de la industria de Alemania, que en 50 años había pasado de ser un país casi agrícola a convertirse en la primera potencia del continente. Un poco como la OTAN, que se creó contra la URSS, y una vez constituida pues ya la usamos para lo que se nos ocurra, incluso aunque el Pacto de Varsovia y la URSS ya no existan (o mejor, precisamente porque ya no existen, hacemos de nuestra capa un sayo y la mandamos a Kosovo o a Afganistán).

Mención aparte merecen aquí los reyes, emperadores y zares de las potencias, a los que Clark dedica unas cuantas páginas donde muestra su mayor talento: su habilidad para calar y presentarnos a los principales personajes históricos, mediante cortas biografías y reveladoras anécdotas. Su mirada es relativamente benevolente: los reyes ingleses, constreñidos por un sistema constitucional, en general no influían mucho (Eduardo VII si apoyó una cierta política anti-germana, su hijo Jorge V se mantuvo neutral… pero no tocó a la camarilla anti-germana de su padre). Los monarcas autoritarios, el Emperador y el Zar, en teoría lo controlaban todo, pero las burocracias imperiales los neutralizaban por la vía de informarles de absolutamente todo. Desbordados por la información, las decisiones finalmente las tomaba algún favorito de manera poco transparente; muchas veces los ministros de exteriores no contaban con el apoyo del primer ministro, pero sí de la cabeza reinante. También hay que decir que las relaciones familiares entre las casas reales podían servir como canal diplomático paralelo (igual que ahora, nos dicen), aunque a la hora de la verdad no sirvieron de mucho (igual que ahora, aunque no lo digan); también resulta gracioso ver como Su Majestad Imperial Nicolás II, Zar y Autócrata de todas las Rusias, y Su Imperial y Real Majestad Guillermo II, Emperador Alemán y Rey de Prusia, se llamaban “Querido Niki” y “Querido Willi” en sus cartas (que escribían en inglés).

¿Y el Káiser? Pues muchas bravuconadas, pero luego tampoco era para tanto. Más bien, tenía tendencia a acobardarse cuando alguien le hacía frente: cuando alteró el borrador de un tratado, su ministro de asuntos exteriores le presentó su dimisión, y él reculó. Clark teoriza que posiblemente sus salidas del tiesto (y las de otros monarcas, que quizás no sean tan conocidas pero que ahí estaban) eran pataletas ante el temor de ser más y más insignificantes, una forma de mostrar que ellos aún estaban ahí. Con lo que las cagadas se duplicaban, pues aunque el Káiser no pudiese controlar los detalles de la política exterior, su mero discurso podía ser tomado en el extranjero como “la opinión de Alemania”. Y por supuesto, era el Káiser quien nombraba al Canciller.

 

El Káiser ejerciendo sus prerrogativas reales con sabiduría y moderación.

 

A todo esto se añadía un peligroso dualismo, en casi todas partes, entre las administraciones civiles y los militares, que generalmente constituían un estado dentro del estado y no estaban sometidos al control civil. Como ambas cadenas de mando confluían en los monarcas, estos mantenían estancas ambas ramas del gobierno para hacerse imprescindibles y así poder pintar algo, aunque esto impedía que circulara la información dentro de los gobiernos. Había primeros ministros que ignoraban los planes de guerra [4], y jefes de estado mayor que desconocían las alianzas secretas de los diplomáticos.

Una serie de crisis le sirven a Clark para ilustrar los complejos mecanismos que funcionaban detrás de las fachadas: Marruecos, Bosnia, Agadir… Clark destaca bastante a Edward Grey, ministro de asuntos exteriores de su Graciosa Majestad que me recordó un viejo aforismo sobre la política británica: “Gran Bretaña solo necesita dos políticos competentes: el primer ministro y el ministro de asuntos exteriores; los demás pueden ser unos payasos sin que pase nada”. Grey fue ministro durante once años (y durante ese tiempo coincidió con quince ministros de exteriores franceses), y era anti-germano en un país cuya opinión pública tendía a la neutralidad, o incluso a un cierto pro-germanismo. Eso le obligó a mantener en secreto los acuerdos y promesas a Francia, con nefastas consecuencias durante la crisis de Julio, pues Alemania contaba con la neutralidad inglesa.

¿Y las opiniones públicas? ¿Influyeron algo, ellas y los medios de comunicación que las articulaban? Una teoría dice que fueron las equívocas y volátiles opiniones públicas las que empujaron a los políticos, que no pudieron evitar la escalada. Este es un punto usado sobre todo por los que defienden la existencia de elementos poco democráticos dentro del sistema político (gente que luego no tiene empacho en justificar dichos elementos como sea: “la opinión pública es idiota, infantil y sentimental, por eso necesitamos reyes, ¡que además gozan de gran aceptación por parte de la opinión pública!”). Clark matiza la imagen: si, los medios azuzaban, pero más como rebufo de cómo evolucionaba la sociedad, que como pioneros del cambio. Condicionaban a los políticos (curiosamente más en los regímenes autocráticos, donde al carecer de legitimidad democrática dependían de la continua opinión favorable del pueblo), pero estos a su vez disponían de herramientas para manejarlos, como la censura, o la presión a los editores. Internamente, al menos, los políticos eran más fuertes… pero todos asumían que los demás no lo eran, y que si la prensa extranjera publicaba algo, el político extranjero no podría resistir la presión.

Otra tesis que Clark menciona es la “masculinidad”. Los hombres implicados en la toma de decisiones (pues todos, del primero al último, eran hombres) eran partícipes de una cultura victoriana donde las mujeres eran frágiles seres necesitados de atención y los hombres decididos y aguerridos caballeros que no vacilaban ante la llamada del “deber” (lean las novelas de Kipling, de Karl May o incluso de Julio Verne: ahí verán el arquetipo). La cautela y flexibilidad táctica de un Bismark, un Metternich o un Talleyrand eran poco menos que mariconadas para la hornada de dirigentes que partían el bacalao en 1914.

 

Poincaré con el zar en julio de 1914: “Oye Nicky, que hemos quedado por WhatsApp con los alemanes para pegarnos. ¿Os venís o sois mariconas?”

 

Empieza el espectáculo

En octubre de 1911 Italia decide que los Otomanos son débiles y se lanza a conquistar Libia con el visto bueno de los Aliados y la neutralidad de sus teóricos aliados Centrales (este capítulo Clark lo titula “Air strikes on Libya”; hay ocasiones que me parece que la Historia está untada en ajo para repetir mejor). Al año los turcos firmaron la paz cediendo Libia, pero para entonces los países balcánicos ya se habían convencido de que al Sultán no le quedaba ni un amigo en Europa y se lanzaron en tropel a por el pastel. En apenas dos meses, diciembre de 1912, habían reducido la presencia turca en los Balcanes a Estambul. A esto lo llamaron Primera Guerra Balcánica. Como adivinarán, aún vino una Segunda (todos contra Bulgaria, incluyendo a los Otomanos que así recuperaron la esquinita de los Balcanes que aún hoy es suya) entre junio y agosto de 1913 para aclarar el reparto del botín. La “culpa” está bien repartida, aunque Clark no pierde ocasión de recordarnos las campechanas conversaciones de Alexandar, príncipe heredero de Serbia (aunque al parecer no tan preparado como estamos acostumbrados por estos lares), con los habitantes de la Macedonia conquistada:

 

“What are you?”

“Bulgarian”

“You are not bulgarian. Fuck your father.”

 

Hoy, estas guerras (y la que siguió alrededor del establecimiento de Albania, país creado a instancias de Austria para evitar que Serbia obtuviese una salida al mar) están mayormente olvidadas, engullidas por la sombra de la Primera Guerra Mundial, pero esta no se entiende sin estas aperturas. Clark narra con detalle los jueguecitos diplomáticos que se traían los rusos con Serbia y Bulgaria, y también los reveladores cambios en la postura francesa. En 1908, durante la crisis de la anexión, Francia, preguntándose si quería mourir pour Bosnia?, se había inhibido en un escenario en el que no estaban en juego sus intereses vitales. De repente, y de la mano de su ministro de exteriores, primer ministro, y presidente Poincaré, empezó a animar a los rusos a presionar en el tema serbio hasta el punto de que San Petersburgo les tenía que decir que se calmasen. La razón: un informe del Estado Mayor Francés dibujaba un escenario donde Austria liaba medio ejército en Serbia, Rusia tenía por tanto vía libre para invadirla, Alemania estaba obligada a mover todas sus tropas al este para contrarrestarlo, y entonces Francia tendría vía libre en el oeste. Y por si no quedaba lo bastante claro, los franceses intentaban convencer a los rusos de que, incluso ante un escenario “balcánico”, había que priorizar a Alemania, no fuera que los boches hicieran su guerra en el oeste. Para ello incluso pusieron pasta sobre la mesa para que los rusos ampliaran sus ferrocarriles estratégicos, que les iban a permitir acelerar las concentraciones de tropas frente a Alemania en caso de movilización general.

Las guerras de los Balcanes supusieron cambios profundos en el sistema internacional: Turquía dejaba de ser un actor europeo, Serbia y Rumanía se alineaban con Rusia -que se hacía más fuerte cada año, al menos sobre el papel-, y Bulgaria se pasaba a los Poderes Centrales. Certezas de décadas se esfumaron al calor de las batallas, dejando a los políticos y diplomáticos patidifusos, sin saber interpretar el nuevo escenario, y tentándolos a evitar pérdidas de influencia por la vía que fuera. Fue en este ambiente enrarecido que se coció la Crisis de Julio.

 

El salto al abismo

La Primera Guerra Mundial no tuvo nada de inevitable. Los bloques que lucharon, cimentando su unidad con millones de muertos, podrían haberse disuelto tranquilamente al cabo de unos años, de no ser por el Atentado de Sarajevo. En 1915 expiraba un tratado anglo-ruso sobre el reparto de Persia, y era improbable que los rusos, un poder en ascenso y con hambre de expansión, lo fueran a renovar. Junto a otros puntos de fricción, es probable que ambos se hubiesen esforzado por atraerse a Alemania, país con el que no tenían ningún conflicto permanente, y los alemanes –de tener dos dedos de frente- habrían elegido a cualquiera de ambos por encima de Austria. Algún equilibrio se hubiese consolidado en los Balcanes, y el Archiduque hubiese reformado la Monarquía Dual hacia el Trianismo. Lo que había en 1914 era una marea alta, no una riada; cosas de la política, que viene y va. Pero Gavrilo Princip provocó un efecto mariposa a través del sistema, justo cuando este estaba alineado para provocar el máximo efecto. A esta crisis, que va desde el asesinato el 28 de junio de 1914 a la entrada en la guerra de Gran Bretaña el 4 de agosto, Clark le dedica el último tercio del libro.

 

El uniforme que llevaba el siglo XIX puesto cuando Princip lo abatió.

 

Esta parte del relato la verdad es que ya nos la conocemos, pero leerla a continuación de la excelente descripción previa ayuda enormemente a insertarla en su contexto. Cosa necesaria, pues la trama es sin duda la más compleja del siglo XX, y encima tenemos siempre el gran problema de discernir entre lo que hicieron los actores (eso está relativamente bien documentado, aunque incuso aquí hubo intentos a posteriori de falsificar documentos oficiales para limpiar la imagen propia) y lo que realmente querían hacer, pues todos los protas, a la hora de escribir sus memorias, trataron de diluir al máximo su responsabilidad (la excusa repetida una y otra es que hicieron lo que hicieron obligados por las circunstancias). Como en toda trama compleja, aquí se abre el abanico de interpretaciones y todo el mundo puede elegir en qué punto de la escalada pone el dedo y dice “aquí yace el Titadine la culpa”.

El primer escalón vendría a ser “Blankoscheck” (cheque en blanco) que Alemania le dio a Austria-Hungría para lanzarse contra Serbia el 5 de julio. Sobre el “cheque”, hay un cierto debate sobre si realmente era blanco, o si se limitaba a lo que pudiese pasar con Serbia. Y por supuesto, mucho antes de la crisis de julio, Francia ya le había extendido uno a Rusia, asegurándole su apoyo “incondicional” en caso de líos en los Balcanes. Con ser arriesgado, nadie en Alemania contaba con que eso fuese a llevar a una guerra. De hecho, los dirigentes se fueron de vacaciones como cada año. Hasta casi el final, Alemania contaba con contener el problema en una breve guerra austro-serbia, y fue el retraso de Austria lo que daría tiempo a que se formase la escalada (sin que los alemanes iniciasen preparativos militares propios hasta el 31 de julio, dos días después de que los ingleses reunieran su flota, y solo en respuesta a los preparativos rusos). La tesis de que todo fue desde el principio una conspiración de los alemanes para hacerse con el poder en Europa, difundida con tanto gusto por los Aliados para tapar sus propias vergüenzas, hay que descartarla.

Lo siguiente, el ultimátum de Austria-Hungría a Serbia. Hay que decir que los austriacos se tomaron su tiempo, casi un mes, para mandar el ultimátum el 24 de julio (lo retrasaron 3 días para que no coincidiera con la visita de Poincaré a San Petersburgo), que hicieron sus pesquisas previas de manera bastante civilizada, y que el ultimátum estaba redactado con mucho cuidado (para que fuese casi imposible de aceptar, pero no tanto como para que Austria pareciese el agresor ante la opinión pública internacional). Las condiciones eran duras e implicaban ciertas injerencias en la soberanía de Serbia, pero Clark nos recuerda que Serbia nunca había reconocido ni respetado la soberanía de Austria sobre Bosnia y Croacia, y nos adjunta amablemente el ultimátum que en 1999 y durante la crisis de Kosovo la OTAN le mandó a Serbia (que el propio Kissinger llamó, más o menos, una excusa para empezar a tirar petardos), para que nos formemos nuestra propia opinión sobre las prácticas habituales y lo que los anglofranceses consideran “inaceptable” según el caso:

 

El personal de la OTAN disfrutará, junto a sus vehículos, naves, aviones y equipamiento, de acceso libre e ilimitado a través de la Antigua República de Yugoslavia, incluyendo su espacio aéreo y aguas territoriales. Esto incluirá (pero no se limitará a) derecho a forrajeo, maniobras, y utilización de cualquier área o instalación requerida para soporte, entrenamiento y operaciones.

 

El siguiente escalón es la reacción serbia al ultimátum (de 48 horas): tras estar dispuestos a aceptarlo incondicionalmente, Clark afirma que cambiaron de opinión tras recibir ánimos de los rusos. Belgrado respondió a Viena con una carta en la que aceptaba varios de los puntos, ponía condiciones para varios de los demás (nada imposible por otra parte, aunque parece que su intención era diluir los detalles en un papeleo incesante para desarmarlos), y solo rechazaban uno por incompatible con la constitución del país: la implicación de agentes austriacos en las investigaciones en Belgrado. El jefe de gobierno Nikola Pašić en persona le entregó la carta al embajador austriaco, que tras ver que no había aceptación incondicional mandó un telegrama (ya redactado) a Viena y se largó a Austria. A las pocas horas, el 28 de julio, se declaraba la guerra y el 29 empezaban las operaciones militares con un bombardeo sobre Belgrado.

La siguiente parada del tren con destino al Armagedón fue en San Petersburgo. En defensa de sus amigos serbios, los rusos decidieron iniciar el 25 de julio una “movilización parcial”. ¿Y eso como se come? Pues porque sabían que una movilización general iba a significar casi seguro una guerra con Alemania. El problema es que no tenían realmente planes para movilizaciones parciales, así que tras ciertas dudas y titubeos, el 30 de julio decretaron la movilización general. Artillería, infantería y cosacos se pusieron en marcha por millones (algunos tardaron cuatro días en enterarse contra quien iba la guerra) rumbo al oeste. Los que gustan de decir que Rusia es culpable, señalan que en ningún momento estaba Rusia en peligro de ser atacada, ni sus intereses directos amenazados. Austria no había movilizado contra ella, y Alemania no había movilizado en absoluto. Clark, por la forma de exponerlo, parece creer que este aspecto no se valora lo suficiente.

La respuesta fue la declaración de guerra de Alemania a Rusia el 1 de agosto (tras exigir en un ultimátum que los rusos se echasen atrás). ¿Podemos situar aquí la “culpa”? También hay gente que lo hace, sobre todo porque la primera acción de la guerra fue mandar tropas – contra Francia (asumiendo, seguramente correctamente, que Francia iba a acudir en ayuda de Rusia, y que Francia iba a movilizar mucho más deprisa). No obstante, hubo intentos de última hora de impedir la escalada con una mediación inglesa que garantizase una neutralidad francesa, pero fracasó por falta de coordinación en Londres. Hay que decir por una parte que para Alemania era un suicidio esperar a ser atacada solo para mantener la superioridad moral, pero que en el berenjenal de una guerra a dos bandas, cuyas bases venían de tiempo atrás, se metieron ellos solitos. Y que no contar con alternativas al Plan Schlieffen (ni siquiera había un plan para una guerra contra Rusia solo; el caso ni se consideraba) redujo enormemente el margen con el que podían negociar los políticos.

Londres es donde el tren canta final de trayecto. Allí, Edward Grey se las arregló para llevar a la guerra a un país que en realidad no tenía muchas ganas de ir. Incluso, que podía estar interesado en que Alemania debilitara a Rusia. Finalmente, se impusieron los halcones, gracias en parte a la torpeza alemana, aunque me parece que Clark se pasa de entusiasmo pro-germano cuando dice que si Alemania se hubiese limitado a ocupar la parte de Bélgica necesaria para entrar en Francia, sin avisar ni nada, las cosas hubiesen ido mucho más deprisa y el Plan Schlieffen podría haberse cumplido; en cambio, mandaron un ultimátum inaceptable y echaron en la balanza inglesa el miedo ante la posesión por parte de Alemania de las bocas del Escalda (que es, aparte de la fabricación y venta de gofres, la principal y única razón de la existencia de Bélgica como país: que las bocas no las tenga ninguna gran potencia).

 

La historia se repite

Lo que vino después ya lo hemos resumido varias veces por aquí, y no es el propósito del libro. En los minutos de descuento, Clark nos obsequia con un interesante paralelismo: la crisis bancaria y del euro de 2011-2012. 1914 y 2011 se parecen en los varios actores enfrentados, en lo oscuro del proceso de toma de decisiones, en las dudas sobre lo que sabemos y lo que no sabemos, y sobre todo en la extraordinaria complejidad que resulta de lo anterior. Ser el que toma las decisiones en este ambiente enrarecido no es una bicoca.

Por eso, Clark (como Jörn Leonhardt y la gran mayoría de historiadores modernos) prefiere no hablar de culpa sino de responsabilidad. La culpa es algo que de entrada separa a culpables de inocentes, e inocentes no había en este juego de trileros (bueno, si, había millones que fueron a las trincheras a morir por los de arriba). Juego de trileros que, además, no iba a cinco bandas, como nos gusta simplificar, sino que en cada potencia había facciones: no es lo mismo “la posición de Gran Bretaña”, que “la posición que Edward Grey impuso como oficial ante la oposición del gabinete liberal, con el apoyo de los militares, y la neutralidad del monarca, mientras la opinión pública estaba dividida.” Claro que así te salen no cinco sino veinticinco actores a considerar, y resulta la complejidad de la que hablamos.

¿Es recomendable el libro? Pues muchísimo: lo tiene todo para convertirse en obra de referencia sobre el estallido de la Primera Guerra Mundial (cuentan que en Berlín todo el mundo se puso a leerlo cuando empezó el pollo en Ucrania [5]). También es muy friki, detallista e intenso, se lo advierto ya. Y de la propia exposición de los hechos se podría llegar a conclusiones distintas, que es probablemente la razón por la que todos lo alaban: porque al intentar presentar hechos y no imponer conclusiones, cada uno puede seguir con la suya preconcebida. También le ha granjeado a Clark una cierta enemistad con los historiadores de Alemania, donde el complejo de culpa de la Segunda Guerra Mundial [6] ha “contaminado” la Kriegsschuldfrage de la Primera, y por lo tanto consideran que Clark es demasiado benevolente con Alemania y sus aliados. Aquí en LPD ya saben lo que opinamos: lo que diga Pablemos Alemania nos mola, así que nos gusta que la pongan bien. O al menos digan que no fue “culpable” de la guerra: lo fueron todos, y como ninguno se podía ni imaginar la matanza que iba a ser aquello, quisieron que posteriormente Alemania se autoinculpara en Versalles, cuando en realidad todos fueron cogiditos de la mano, como sonámbulos, hacia la catástrofe.