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Gomorra

El declinar de una ciudad

Tal vez les suene el nombre de Roberto Saviano (y si no lo hace, ya se pueden ir dando una colleja de parte de LPD [1]). Saviano es un periodista, oriundo del pueblo napolitano de Casal di Principe y especializado en escribir sobre el crimen organizado, que en 2006 publicó un libro llamado “Gomorrah”, mitad crónica social mitad reportaje sensacionalista, en el que trazaba un desolador retrato de la ciudad de Nápoles. Libro que le valió una sentencia de muerte por parte de la mafia de Nápoles, la Camorra. Hay que decir que estrictamente el libro no contaba nada nuevo; todo era conocido, había salido en los periódicos, en informes oficiales, o era vox pópuli entre la gente (incluido el título, que es una expresión usada por un sacerdote que fue asesinado por la Camorra). El mérito de Saviano fue cogerlo todo, darle un rostro humano relatando vivencias y anécdotas de mafiosos y napolitanos de a pie, mezclar las centenarias costumbres de los clanes y la mística del mafioso con los detalles más sórdidos y cutres del día a día, y fundirlo todo en una ágil narrativa que abarcaba todos los aspectos de la Camorra en un relato único y mentalmente apabullante. Más o menos la diferencia que va de saber a nivel intelectual que el sistema está organizado mediante una superestructura para que una oligarquía se quede con la plusvalía, a convertir eso mismo en literatura, viendo negro sobre blanco como los eximios líderes que te pontifican que has vivido por encima de tus posibilidades y que te tienes que acostumbrar a menos sueldo, menos seguridad laboral, menos sanidad y menos democracia, se cargan a su tarjeta black mas de mil euros en vinos y puros, más otro salario mínimo en “servicios de fiesta”, y para rematar otros tres euros con cincuenta del pan, periódico y del peaje de la autopista, el pequeño detalle cutrongo y pesetero para recordarnos que el poderío se demuestra no llevando nunca cambio encima y dejando que los pringados paguen hasta por tus migajas.

La obra vendió más de diez millones de ejemplares en todo el mundo y obtuvo numerosos premios internacionales, y Saviano un gran prestigio. Como Italia es un país muy similar a España, no les sorprenderá la reacción oficial a semejante joya cultural: la alcaldesa de Nápoles se quejó de la mala publicidad (haber tenido un asesinato al día durante las guerras de la Camorra se ve que es folclore local o algo así), el primer ministro Berlusconi (en cuya editorial Mondadori, por cierto, se publicó el libro… como obra de entretenimiento) denunció que aquello era afear la imagen de Italia en el extranjero, un ministro del interior se peleó con él, y el propio Saviano, exiliado y viviendo de hotel en hotel con guardaespaldas a todas horas, terminó deseando no haber escrito jamás el libro.

 

Il Uomo. Con esa chupa, Roberto Saviano encajaría perfectamente en The Wire.

 

Casi inmediatamente, la industria del cine lo llevó a la gran pantalla. Ante la imposibilidad de adaptar todo el libro, seleccionaron algunos personajes sueltos y montaron una película que era una sucesión de cinco cortos no relacionados de mafiosos (o gente en la órbita de la Camorra). Con lo cual se perdió toda la gracia porque, verán, “el mafioso” no existe. El mafioso por si mismo no es más que un matón de barrio que puede salirse con la suya por más o menos tiempo, según su inteligencia y habilidad, pero que al final acaba con sus huesos en la cárcel. ¿Pero qué pasa cuando toda la sociedad -o al menos una parte sustancial- adopta el código y los valores del matón? ¿Cuando los matones se organizan y forman grupos, redes, clanes, y son los que marcan la agenda, dividen el territorio y ejercen el poder y la autoridad? Entonces los matones dan el salto cuantitativo y cualitativo y se convierten en Mafia, y la ciudad se convierte en Gomorra, una urbe maldita esperando el juicio de Dios.

Eso -la red de podredumbre moral que cubre la ciudad y conecta y atrapa a todos- no se puede retratar en una película de dos horas, apenas rascas la superficie. Y hasta hace 15 años, no habríamos creído que pudiera hacerse fuera de un libro, pero entonces David Simon bajó del Parnaso con el Toque Divino de las Nueve Musas e hizo The Wire [2], y vimos que sí, que las redes invisibles que nos conectan a todos se pueden hacer visibles. Y como resultado, el canal italiano Sky Atlantic tomó la obra de Saviano e hizo una serie que remediase el error de la película.

 

Mafioso gordo, mafioso flaco

La serie gira en torno a las actividades del Clan Savastano, centrándose cada episodio en un personaje diferente, de modo que podemos ver como las acciones de unos influyen y condicionan a otros, desde el chaval de 16 años recién incorporado al abogado millonario que se encarga de la cobertura legal y de limpiar e invertir el dinero.

Habiendo visto también Los Soprano, hay algo que llama la atención: comparados con los americanos, los protagonistas de Gomorra en general están bastante más delgados. Es como si los napolitanos representaran una generación anterior, una que ha vivido aún la pobreza, la exclusión y el intenso control social de una sociedad tradicional, y Los Soprano fueran el resultado de coger a esa misma gente, llevársela a América, enriquecerla, y mandarla a vivir aislados unos de otros en enormes mansiones horteras de los suburbios. Los napolitanos son los padres y abuelos de Los Soprano, en cierto modo, y el paso del mafioso delgado y con principios (o que justificaba su actividad con un discurso de “yo empecé en lo más pobre pero tengo principios, y por eso he llegado hasta aquí”) al mafioso gordo, decadente y hortera que lleva su negocio como una S.A. multinacional donde lo único que cuenta es la cuenta de resultados y el beneficio después de impuestos, es la forma en que esta modernidad nuestra ha dejado su marca en ese mundillo. Así que aquí tienen a los protas bajo el prisma gordo/flaco.

 

Pietro Savastano: jefe del clan Savastano. Un frio contable de la muerte, que igual te encarga una tapadera fiscal que te mata con sus propias manos. Controla todo al dedillo, y suponemos que en su juventud debió estar hecho una raspa, pero con la edad ha ganado un poco de peso y probablemente por ello algunos miembros de su organización creen ver que se ha vuelto blando.

Ciro di Marzio: lugarteniente, confidente, mejor amigo y perro apaleado del clan Savastano, según el momento de la trama. Empieza abajo, pero es lo bastante listo para usar al sistema en su propio provecho. Como no podía ser de otra forma, está relativamente delgado, impresión que se acentúa con su corte de pelo al cero.

Salvatore Conte: jefe del clan Conte, enemigo y a ratos socio de los Savastano. Una mezcla entre lobo hambriento y guerrero zen. Consecuentemente, es el más delgado del reparto, aunque puede ser que simplemente le guste mostrar figurín con sus trajes entalladitos.

Gennaro Savastano: hijo de don Pietro, “Genny” para los amigos, y el hombre que demuestra la dicotomía gordo/flaco ¡en ambas vertientes! Empieza la serie gordo como una foca, y mentalmente no es que la falte un hervor, es que necesita estar un par de días al baño maría. Pero un oportuno periodo como rehén le enseña algunas lecciones, y sale del cautiverio convertido en un camorrista de lo más peligroso… y con 20 kilos menos encima.

Doña Imma: mujer de don Pietro y madre de Genny, y ocasional jefa del Clan cuando las circunstancias lo exigen. Una matrona italiana tirando a milf, con un gusto para decorar la casa que no es hortera sino lo siguiente.

La vieja guardia: los mandos intermedios del clan. Su principal papel es criticar a los jóvenes, que no tienen ni idea, y tener una complexión normal.

Los cachorros de Genny: la pandilla de amigotes de Genny, a los que encumbrará llegado el momento. Una panda de camorristas y mascachapas sin principios ni moral, cuya eliminación tarda demasiado en producirse. Flacuchos salvo algún regordete que recibe lo suyo.

La policía: las Fuerzas de Seguridad del Estado Italiano aparecen de vez en cuando, pero solo para dejar claro que no son un actor de importancia. Por no controlar, no tienen ni el control dentro de las cárceles, donde don Pietro hace y deshace a su antojo. El alcaide debería mirarse la presión sanguínea lo antes posible, por cierto.

 

Weightwatchers: la serie

 

Todo cambia, todo sigue igual

Da igual cuantos mafiosos sean detenidos (que a veces ocurre, pero por pura casualidad, no por un inteligente trabajo policial) o cuantos mueran en ajustes de cuentas, y eso son unos cuantos: siempre hay otro dispuesto a tomar su sitio. El sistema se mantiene en pie e incluso goza de estupenda salud, porque por cada jefe hay diez tenientes ambiciosos, por cada teniente hay veinte soldados deseando escalar el escalafón, y por cada soldado en la base de la pirámide hay treinta potenciales reclutas entre los niños que crecen sin futuro en los barrios pobres y que ven a los mafiosos -con sus motos, su vestimenta y su violencia para obtener todo lo que quieren- como ídolos a imitar, verdaderas estrellas pop que pueden contratar a rockstars para poner la música a una gestión romántica, como hace Genny para llevarse al huerto a una chavala de la que se ha encaprichado. La Camorra controla las vidas y milagros de todos, e incluso actúa en el lugar de la autoridad, reemplazando estatuas mutiladas de la Virgen, o dando trabajo, o como tribunal al que apelar una deuda.

La serie ha recibido premios y excelentes críticas (totalmente merecidos) y ha sido llamada “la respuesta europea a The Wire”, y aquí igual nos estamos columpiando un poco (y también estamos siendo injustos con The Wire [2], cuya primera temporada, aunque cojonuda, aún no era La Mejor Serie de Todos Los Tiempos). Porque pese a las similitudes entre Nápoles y Baltimore (impresionantes los paisajes de ruinas industriales y residenciales en ambas series), en la serie de David Simon todos, desde el alcalde hasta el último yonki que recoge chatarra por la calle, pasando por policías y camellos, fiscales y abogados, millonarios y obreros, demagogos y periodistas y cualquiera que pinte algo en la sociedad e incluso los que no, TODOS tienen la oportunidad de mostrar su punto de vista. Y así el espectador puede ver que todos están atrapados como marionetas en una red invisible, donde hacen lo que hacen porque realmente no tienen otra opción. En Baltimore, policías y criminales son dos caras de la misma moneda, y el crimen organizado es parte del sistema, pero en el Nápoles de Saviano el crimen organizado directamente es el sistema, fuera del cual no se muestra nada. Hay pinceladas de más cosas (unas elecciones municipales decididas por los Savastano, algún policía corrupto, las redes de limpieza del dinero, la relación con los clanes nigerianos…) pero sus protagonistas no forman parte del relato, no tenemos su punto de vista. Hay tiroteos larguísimos que resultan inverosímiles, como si la policía nunca fuese a venir. Parece que aquí a Roberto Saviano le puede su obcecación con la mafia, pues limitar el relato a los mafiosos nos impide tener una imagen más amplia de la sociedad retratada. Habrá que ver si las siguientes temporadas amplían el foco. (También existe la aterradora posibilidad de que Saviano tenga razón y la Camorra, efectivamente, lo sea todo, y nada fuera de ella importe).

Mención especial para una vieja obsesión de LPD: el doblaje. Cuando incluso los propios productores han apostado por un lenguaje “auténtico” aunque no resulte comercial (los actores hablan con un dialecto/acento napolitano tan fuerte que han tenido que subtitularlo en el resto de Italia), aquí seguimos con el doblaje tronkolega. Los distribuidores tienen suerte que los actores no son los mafiosos a los que interpretan.

 

“Tronco, hay que ver lo guays que somos que lo flipamos.” “Ya te digo, colega.” “Total.”

 

Todo este doblaje modelo “Al Salir de Clase” también puede ser una estrategia de la propia Camorra para caer bien en España, o al menos no dar miedo, cosa que necesitan porque tienen aquí gran parte de sus negocios, como Saviano te dice y repite en cuanto se entera de que eres español. De hecho, uno de los capítulos transcurre en Barcelona, y parece que la Costa del Sol ya es conocida como la “costa nostra” entre los mafiosos, que aquí lavan su dinero con negocios inmobiliarios y al parecer con la vista gorda de las autoridades españolas, deseosas de la entrada de capital extranjero, al menos mientras no haya violencia y asesinatos.

Pero todo esto apenas se esboza. La cosa está como a punto de eclosionar, de explotar, pero el foco del relato se queda en los destartalados edificios de viviendas sociales y las horteras mansiones de los capos. En la cutrez de unos mascachapas que se pasan el día jugando a la Play en calzoncillos sucios para luego coger las Uzi y matar a quien mande el jefe. Que es todo un mundo en si mismo, pero que no sería más que una burbuja aislada si esa droga, ese dinero y esas armas no fuesen las raíces de un árbol en cuyas ramas Berlusconi y otros políticos hacen sus capriolas.