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Interstellar

Como a cualquier persona de bien, me gusta mucho la ciencia ficción, y especialmente todo lo que tiene que ver con el viaje espacial y su “muy mejor amigo”, el viaje temporal que se produce cuando se alcanzan velocidades relativistas (hacia el futuro) y quién sabe si también un viaje en el tiempo hacia el pasado si se pasa por un agujero negro, o hay por ahí antimateria negra de algo, o un científico loco inventa una máquina del tiempo en su garaje, o te dispara un extraterrestre relativista de la novena dimensión con su pistola de rayos con forma de pene, que todas estas cosas parecen igualmente probables.

Por otro lado, soy bastante fan de las películas de Nolan. Y sí, es un director efectista, que cuela como reflexiones profundas lo que no son sino trucos baratos, sus guiones tienen más fallos que la recuperación económica que proclama el gobierno español… Pero que esto es cine, oiga, CINE. Yo voy al cine a entretenerme, bien sea con la película, bien sea a costa de la película (Crepúsculo [1], 2012 [2], Prince of Persia [3], El Hobbit [4], cualquiera de Transformers [5], … la lista es muy larga). Y muchas películas de Nolan tienen la rara virtud de que me permiten entretenerme de las dos formas.

Así que he visto Interstellar y a continuación les voy a resumir la película (si quieren un análisis pormenorizado y descacharrante, no dejen de visitar este blog [6]). Interstellar (SPOILER) es una película sobre el viaje espacial. En un futuro indeterminado, pero aparentemente cercano, los humanos viven en una condición precaria no cobran apenas salarios, pero les dan continuos contratos de formación, no remunerados, que les permiten engrosar su curriculum vitae y plantarse en los 60 con una hoja de servicios impresionante y 3 años de cotización a la Seguridad Social. Que total, como tampoco van a cobrar pensión…

La humanidad vive en un estado de clara regresión, en la que la mayoría de la población (mucho más reducida que la actual) se dedica a cultivar alimentos. El cultivo de alimentos se da en condiciones muy difíciles, por la combinación de una misteriosa plaga que se carga prácticamente todos los cereales (sólo resiste, y con dificultades, el maíz), y no sabemos si también otro tipo de alimentos, y continuas, y crecientes, tormentas de polvo que provocan problemas respiratorios y además son un síntoma del descenso del oxígeno en la atmósfera de la Tierra. Vamos, que aquello parece España para un independentista catalán.

Es aquí donde entra en juego nuestro protagonista, el omnipresente Matthew McConaughey, un esforzado padre de familia granjero, pero con un indeterminado pasado como piloto de pruebas de la NASA, o algo. Matthew tiene una hija pequeña, “encantadora” como sólo pueden serlo en las películas, que dice que hay un fantasma en su habitación. ¡Qué cosas tienen los niños!

Hasta que el puto fantasma transmite unas coordenadas a McConaughey y allá que se va este, movido por la curiosidad, con su hija. Como en las mejores películas de Teoría de la Conspiración y el Gobierno Oculta Cosas, allí aparece un área 51 de la NASA y un montón de señores con corbata trabajando incansablemente en pro de la salvación de la Humanidad. Los señores, incluyendo, casualmente, al maestro de McConaughey (el mundo es un pañuelo) y a su hija científica, le explican a McConaughey (Ustedes saben que no escribo cada vez este infierno de apellido, sino que copio&pego en homenaje a Ana Rosa Quintana [7]) que mira, qué casualidad, ahora que está él por aquí, que es el mejor, a pesar de que lo tenían cultivando maíz en un campo perdido, pues que él puede comandar la misión épico-suicida para salvar a la Humanidad, y que los señores que viven como dioses a costa de las exhaustas arcas de lo que queda del Gobierno pueden quedarse ahí apoltronados, con sus tarjetas black y sus puertas giratorias.

¿Y cómo puede salvar a la Humanidad? Pues resulta que unos alienígenas mágicos han creado un agujero de gusano cerca de Saturno que lleva a otra galaxia, en la cual se han detectado doce planetas potencialmente viables para albergar vida, a los cuales se enviaron otras tantas misiones individuales hace una década para ver sobre el terreno si alguno de ellos se ajustaba a las necesidades de los humanos. Dicen algo de que apareció justo cuando comenzaron los problemas en la Tierra, hace 50 años (más o menos). ¡Qué casualidad, qué alienígenas más majos, los Pablemos de las civilizaciones extraterrestres!

Tiene sentido ofrecer esa solución para propiciar el viaje interestelar, porque el agujero de gusano es la más friendly de todas las propuestas de viaje interestelar medio respetuosas con la ciencia que podamos pensar [8], dado que es la única que permite viajar en el espacio sin someterse a los efectos relativistas de acercarse a la velocidad de la luz (viajas, vuelves a la Tierra, para ti sólo han pasado dos años, pero para tu hermano gemelo y los demás habitantes de la Tierra han pasado 50, así que él es un abuelo y tú un chaval. No, no es imprescindible acostarte con él para procrear, esa es otra paradoja), ni pegarse un porrón de años en naves generacionales en las que llegan al destino los tataranietos de los que comenzaron la expedición; suponiendo que no se hayan matado entre sí por el camino.

El supercientífico (interpretado, como en todas las películas de Nolan en las que tiene que haber un señor mayor con ascendiente sobre el protagonista, por Michael Caine) le explica a McConaughey que, por su parte, lleva décadas trabajando en una fórmula para intentar superar la atracción gravitatoria de la Tierra con naves suficientemente grandes para llevarse a los humanos a su nuevo planeta de acogida, y que, si no lo consigue, el plan B es montar una panespermia de urgencia con embriones humanos llevados ad hoc hasta allí por el propio McConaughey.

Allí comienza la parte más interesante de la película, más que nada porque hasta entonces aquello parecía un remake de “Los chicos del maíz” (que no he visto, pero son unos chicos que cultivan maíz, ¿no?). El padre coge el cohete espacial y huye de su vida de mierda en los campos de maíz para incorporarse a una altamente tecnificada vida de mierda interestelar. Su hija se lo toma muy mal, se niega a hablarle, y todos lloran mucho y eso.

La expedición cuenta con cuatro personas: McConaughey, la hija del supercientífico (¡el mundo es un pañuelo… nepotista!), un físico y otro que muere pronto y da igual. También tienen con ellos dos simpáticas unidades de Inteligencia Artificial, que alegran la vida de sus amos humanos con su eficaz trabajo, espolvoreado con continuas chanzas y chascarrillos, en plan “soy el primo simpático de HAL9000”. El viaje a Saturno dura dos años (la mayoría los pasan hibernando), tras los cuales, sin novedad en el frente, llegan al agujero de gusano (muy bien representado en la película; que total, como nunca hemos visto uno, al menos que quede aparente y cinematográfico).

Las imágenes del espacio, Saturno, el agujero de gusano, las estrellas… Son bonitas e impresionantes. ¡Hay que ver, qué bonito es el espacio! ¡Y qué grande! ¡Cuánto espacio hay! La imagen del agujero negro que se encuentran nada más salir en la otra galaxia también es muy impresionante, aunque… ¿De verdad? ¿Un sistema solar con nada menos que doce planetas viables, y el centro del sistema es un agujero negro?

El Agujero Negro. Fuente de luz, calor y, por encima de todo, mortales emanaciones de radiación

A mí, qué quieren que les diga, todo eso me parece bastante inverosímil, pero bueno, es una película, y a continuación vamos a vivir un enorme “momento Nolan” para que los personajes pasen por su aro: resulta que hay tres planetas que parecen especialmente prometedores. Uno de ellos tiene un problemilla: está tan cerca del agujero negro que su atracción gravitatoria provoca distorsiones en el tiempo, de manera que una hora sobre ese planeta equivale a siete años fuera. Y de los tres planetas posibles, el primero al que van es… A ese.

¿Hola? ¿Hola? ¿Tenemos tres planetas y escogemos el que más problemas puede darnos? ¿Un planeta en el que sólo bajar provocará un desfase temporal entre los astronautas y el resto de la Humanidad de siete años? ¿Y en el que cualquier percance puede provocar una mayor pérdida de tiempo y más posibilidades de que cuando vuelvan la vida en la Tierra esté en las últimas, o se haya extinguido? (Por no hablar de la nave interestelar, que se queda esperándoles).

Pues allí que se van. Y claro, resulta que el planeta está sometido a unas mareas salvajes por la atracción del agujero negro, que levantan unas olas de cientos de metros, que se llevan por delante al astronauta que muere pronto (más concretamente, allí) y provocan una avería en la nave, de suerte que para cuando vuelven a la nave con su lanzadera, un par de horas más tarde, han pasado 23 años. No sin que antes la científica hija de papá (causante del accidente y del retraso) explique que, claro, que en realidad para la persona que había descendido en ese planeta no habían pasado diez años, sino poco más de una hora, y que seguro que una ola se la había llevado por delante justo antes que a ellos. Que qué contrariedad (porque, claro, nadie había pensado en este detalle antes de bajar).

Momento lacrimógeno de los dos supervivientes mirando mensajitos de la Tierra en plan “mira cómo ha pasado el tiempo y las cosas van cada vez peor”, con aparición estelar de la hija, que ahora es una señora de la edad de su padre y continúa odiándole, por abandonarles en su momento, con el mismo fervor religioso que el primer día. De hecho, tarda lo suyo en aparecer en los mensajitos, y lo hace para soltarle cuatro frescas, cabrón, te has ido a pegarte la gran vidorra en el espacio, frívolamente, para salvar a la Humanidad, en vez de quedarte aquí, en el campo de maíz de mierda, y aquí me he quedado jodida, trabajando en la sede de la NASA de puta madre gracias al enchufe que me proporcionaste, que al parecer la NASA es como el Tribunal de Cuentas y casi todos son familia de alguien.

Sea como fuere, los tres miembros supervivientes han de dirigirse a otro planeta, ahora sin efectos relativistas de por medio. Quedan dos opciones, así que está claro que la que escojan es la mala (y la tercera quedará como última salida). Eligen la mala, claro. Un planeta de mierda, congelado, con nubes congeladas (esto ha sido muy comentado como un error. Y sí, es un error, pero a mí lo de pretender que se generen planetas viables para la vida al ladito de un agujero negro, con su atracción gravitatoria salvaje y su no menos salvaje radiación, como que me parece menos verosímil). Encuentran al astronauta, que lleva décadas hibernando, y este les suelta que sí, que el planeta parece una mierda, pero que en realidad hay por ahí una superficie superespecial o algo. Y que su unidad de IA se le murió hace años, qué fatalidad.

La cosa huele mal a kilómetros, como cuando Irene Lozano escribe uno de sus artículos criticando a alguien de UPyD [9]: sabes que hay purga a la vista. Y en efecto: el astronauta les ha soltado una sarta de mentiras para que vengan a buscarle, a continuación intenta matar a McConaughey, provoca una explosión que se cepilla al físico (menuda vida más perra, 23 años esperando a que volvieran sus compañeros y luego se nos muere enseguida) y se lanza a por la nave espacial para huir de allí. Pero en el último momento McConaughey logra contactar con la científica, que va en una lanzadera a por él y le salva in extremis de morir asfixiado.

El malo maloso muere porque hace una chapuza de enganche con la esclusa de la nave espacial y el vacío se lo traga, pero también deja averiada la nave espacial y abandonada en el espacio. Parece imposible que McConaughey pueda acoplarse con la nave, que va a la deriva, pero joder, que es McConaughey, que hace un “Star Wars”, es decir, un “meteos donde os quepa todo vuestro rollo científico de que no se puede, aquí lo importante es la ilusión, el instinto, el AMOR”, y se acopla a la nave por sus santos huevos.

Sin embargo, para lograr que la nave llegue al tercer planeta han de soltar lastre, así que deciden librarse de una de sus unidades de IA lanzándola al agujero negro, que es muy oportuno como basurero espacial. Y si, de paso, les manda datos cruciales sobre las condiciones físicas del agujero negro más allá del horizonte de sucesos, pues oye, miel sobre hojuelas (lo que no sé, porque realmente no lo sé, es cómo esperan que la IA envíe algún dato, cualquier tipo de dato, desde más allá del horizonte de sucesos, que se llama horizonte de sucesos por algo). Pero, en un sorprendente giro de guión de última hora… ¡Oh! ¡McConaughey también se tira por el bujero! Y allí llegamos a las dos sorpresas sorprendentes, insospechadas, del final de la película: los alienígenas… ¡Son superhumanos del futuro, de cinco dimensiones (CINCO DIMENSIONES), que han montado una estructura de puta madre dentro del agujero para que se pueda enviar información atrás en el tiempo! Y sorpresa número dos, aún más sorprendente: el fantasma que le enviaba coordenadas a la hija de McConaughey… ¡Era McConaughey, desde el agujero negro, nosecuántos años en el futuro!

La cosa está tan plagada de inconsecuencias que me las voy a ahorrar casi todas. Pero mi favorita es que, al acabar la conexión con su niña, ahora mujer, a la que le larga todos los datos necesarios para solucionar la ecuación y crear naves de antigravedad, el tío y su unidad de IA como que parece que mueren, o algo, pero luego aparecen tan felices en un hospital. Y no se sabe muy bien cómo han logrado sacarlos del agujero negro y llevarlos hasta allí. Magia. Magia de agujero negro nolaniano.

McConaughey ya no está en la Tierra, sino en una estación espacial. Han pasado un montón de años, casi 70, por los efectos relativistas del agujero negro y etc. Con la información que le pasó a su hija sobre cómo funciona un agujero negro y eso (o más bien “la información que compiló la inteligente IA mientras McConaughey lloriqueaba como una nena”), ésta ha logrado resolver al fin la ecuación y ha salvado a la Humanidad. Emotivo instante final de McConaughey que se reencuentra con su hija, ahora una anciana al borde de la muerte, que le dice “para entretenerte, vete a buscar a la científica que se fue al planeta ese que se os quedó por mirar”. Dicho y hecho: McConaughey pasa de su hija agonizante, birla una nave espacial y allá que se va.

Un momento. Me estás diciendo, venerable anciana… ¿que han pasado 70 años desde que resolviste el problema y salvaste a la Humanidad y nadie, es decir, NADIE, se ha molestado en acercarse por el planeta ese y ver qué tal? Que, además, la verdad es que el planeta tiene muy buena pinta, allí con una playita y la científica mirando bucólicamente (creo recordar que sin escafandra, es decir: en una atmósfera respirable).

Pues sí, amigos. La hija de McConaughey salva a la Humanidad y se la lleva de la Tierra. Se la lleva… A una serie de inhóspitas estaciones espaciales suspendidas a lo largo del Sistema Solar. Que digo yo: si se trataba de meter en cápsulas a la Humanidad, de aislarla de un entorno en el que no puede sobrevivir, de crear, como si fuéramos un escritor opusdeísta, “cápsulas de vida en el inmenso páramo de la Muerte”… ¿Es que eso no podía hacerse en la Tierra misma, que estaba mucho más a mano?

Porque recordemos que en la Tierra el drama era que no se podía cultivar trigo y que había tormentas de polvo y era difícil respirar. Pues vale. ¿No podían montar superinvernaderos y cúpulas aislantes con filtros de aire, que es, de hecho, exactamente lo que hacen después de salir al espacio? Pero de ir a los planetas que buscábamos con ahínco, nuestra última posibilidad de salvación, y más ahora que tenemos mucho más a mano el agujero de gusano y contamos con un sistema perfecto para superar la atracción gravitatoria… eso no, qué cansado. Mejor me quedo aquí, en este asteroide.

Tal vez el lector llegue a la conclusión, tras tanto rollo, de que la película es una mierda, o de que uno sale decepcionado. Nada más lejos de la realidad. Al menos, en mi caso. Los fallos, que los tiene, no logran empañar las virtudes de la película, lo bien que refleja la desesperación, las limitaciones del viaje espacial. Lo interesantes y exóticos que son los planetas “candidatos”, la intriga consustancial al agujero negro… Todo eso compensa, con creces, los errores (voluntarios, en pro del espectáculo, e involuntarios).

Si lo sabré yo que vi la película hace una semana y desde entonces me habré tragado ocho películas de ciencia ficción, además de la versión moderna de la mítica Cosmos. Todo gracias a Interstellar (y a un oportuno catarro que me tuvo dos maravillosos días tirado en el sofá, pachucho y noqueado, sin más remedio que pasar de trabajar o hacer cosas productivas, abocado a tragarme las peroratas del señor del bigote de Cosmos).