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Gandía Shore, próxima reedición en digipack de Criterion

Sabemos que dentro de un par de décadas la gente ocultará sus tatuajes para no parecer mayor. Habrá niñas que traerán a sus amigas a merendar a casa y, para reírse a mandíbula batiente, sacarán del último cajón la cosa esa horrenda, los tangas que aún conserva su madre. Que en los libros de Psicología aparecerán, al lado de fotos de autolesiones con cuchillas de afeitar, imágenes de hombres que se perfilan la musculatura en el gym. Pero para todo esto habrá que esperar y, mientras tanto, asistir impasibles al triunfo social de féminas adolescentes de piel color zanahoria con el cabello aguaoxigenado y cabezas rapadas que te dicen qué pó qué pó qué pó si no le dejas sitio en la barra de un chiringuito para pincharse una teta ahí mismo.

Gandía Shore ha sido el programa que más se ha esforzado hasta el momento por acercarnos esta realidad de nuestro tiempo. Un experimento científico que, además, ha servido de gran ejemplo para la juventud. Los participantes en la experiencia han demostrado que uno puede pasárselo bien sólo bebiendo hasta vomitar, bebiendo un poco más hasta vomitar otra vez y bebiendo la penúltima para vomitar finalmente y caer a peso muerto, todo sin una sola gota de perniciosa drogaína. También ha demostrado que cualquier desencuentro puede resolverse gritando y haciendo aspavientos como para avisar a alguien que se ha quedado dormido sobre la vía del tren de que se acerca el AVE a 275 km/hora, todo sin navajazos ni palizas.

Decía El Mundo Today en una de sus bromas que alguien había mandado un vídeo casero de una boda a Cannes y había ganado la Palma de Oro. Lo cierto es que el cachondeo tenía mucho de certeza. La grabación de una boda española, con un buen montaje, puede ser una obra de arte. Poco a poco se van a acercando programas como Callejeros, que de un agradable paseo por un lupanar, un descampado de heroinómanos o un control de alcoholemia con guardia civiles muertos de risa, han enlatado piezas de cuarenta minutos que son arte con mayúsculas. Audiencias considerables, espacios de los que todo el mundo habla. De hecho, con el caso de la boda española apostaron fuerte y grabaron una gitana, con el preciosísimo desvirgue a pañuelo blanco con lluvia de flores como momento cumbre.

Si Gandía Shore se montase bien, para una hora y tres cuartos, ofrecería un fresco de los años 10 que muy posiblemente podría competir con garantías en Cannes. No en vano, un icono del cine indie como Harmony Korine lleva años trabajando en lo mismo. En los guiones de Kids y Ken Park, que fueron filmadas por su amigo Larry Clark. O en su último trabajo, Spring Breakers [1], que no hemos visto, pero que ojo a las reseñas que ya ha cosechado: “ese hastío por la vida vacía se transmite con enorme eficacia al espectador (…) un desenlace en el que el acid, el house y todo lo demás ya han hecho pleno efecto en sus creadores (…) filmado con la estética de los peores videoclips y sin que en ningún momento deje de atronarte la música house (…) Spring Breakers viene a ser el espejo de la cultura pop en el que la juventud se refleja, dejándonos sin saber si reír, horrorizarnos o maravillarnos por su extraña belleza (…) El Sr. Korine entra en un controvertido tema muy americano: la búsqueda de la felicidad llevada a extremos nihilistas, pero convierte esa exploración en una fiesta muy divertida…”

Sería difícil describir el argumento de Gandía Shore con otras palabras. Aunque para entender esta aventura hay que dar paso a una breve descripción de los personajes. Y en clave de realismo soviético, tratar de caricaturizarles sería imposible.

Arantxa Fernández. De Madrid. Le gustan las pollas grandes. Mucho mejor si están dentro de su cuerpo. Si el reality fuese de hace diez años, alguien habría despachado su personalidad con un ordinario “le gusta beberse la vida de un trago en vaso largo”, pero lo que ocurría con ella es que, sencillamente, daba la impresión de ser alcohólica. Sus preferencias en el amor cuando sale de marcha son “si es chico, mejor”. En el transcurso del programa sufrió un leve vaginismo que la tuvo apartada de las sábanas unas jornadas. Dentro de unos años puede que nos encontramos ante una excelente concejala de cultura.

Ylenia Padilla. De Benidorm. Ha sido la salsa de la casa. Todas las peleas las ha empezado ella. Tenía problemas si no era el centro de atención, especialmente del tío que se tiró desde el principio, Labrador. Cuando este chico miraba a otra persona, ella la atacaba al grito de “fea, fea, qué fea eres”. Luego, cuando vino de visita la follamiga del muchacho, Ylenia le espetó “folla muy bien, guapa”. También acusó al resto de las chicas de la casa, que le habían retirado la palabra, de robar dinero, lo que ocasionó un gran drama. Otro día, en un acto de venganza contra ‘Core’, arrojó su maleta llena de tangas a la piscina. Las susodichas prendas flotando en el agua, con ‘Core’ llorando en el bordillo diciendo missh taaaaangas, misssh taaaangas a lo Golum, fue una de las imágenes más bellas del reality. Como para mandarla a Arco. Al final los compañeros le rogaron a Ylenia que se marchara de la casa, lo hizo airada, sin decir adiós. Días más tarde, arrepentida, envió una carta sólo con cosas bonitas. Ellos la quemaron.

Cristina ‘Core’ Serrano. De la minoría étnica, era la única catalana, quizá introducida por ley. Natural de Vic, su apodo viene de Hardcore. Dejó grandes momentos, como cuando se introdujo en el jacuzzi y le sugirió a Labrador que entrara para follársela. A lo que él replicó que, de hacerlo, la iba a follar como no la habían follado en su vida. Y ella: venga, entra, demuéstramelo. Cuando el joven se sumergió en el agua con el miembro en erección, Ylenia les vio por una ventana, empezó a gritar y se disipó la magia del momento. Una pena porque hubiera resultado muy edificante para la audiencia averiguar si pensaba cumplir su promesa o marcarse un Rajoy.


Momento “no me vaciles, ¿vale? porque tengo un rabo enorme ¿vale, nena?”

Esteban Martínez. De Valencia. Musculado como He-Man, tatuado como De Niro en el Cabo del Miedo, Esteban es el típico gigante bonachón. Lleno de buenos sentimientos, estuvo a punto de abandonar al contraer un virus que le postró en la cama temblando. Se recuperó y una de sus escenas más notables fue cuando se levantó empalmado de la cama y terminó por casualidad en el baño de las chicas ante una gran expectación. De tan bueno que es, le dejó a Arantxa tocarle el miembro con un dedo y todo fueron risas y alegría. Buena convivencia. Así sí.

José Labrador. De Sagunto. Quién sabe si por el orgullo herido de ver cómo su tierra, antes un pujante centro industrial, ahora convertida en un territorio fantasma para rodar películas posapocalípticas y exteriores de videoclips de Madonna, sólo sabía pronunciar unas palabras: qué guapo soy. Se tiró a Ylenia a las primeras de cambio y quedó atrapado en una espiral de gritos y discusiones absurdas. Gustaba de charlar con Esteban mientras se la metía a Ylenia, pues dormían en la misma habitación, con la otra berreando “me vas a matar, me vas a matar”. Fue curiosa una etapa de su evolución interior como personaje. Después de tanto tirarse a la aludida participante, suponemos que ya le parecería como meterla en un vaso de agua, llamó por teléfono compungido a su follamiga. Se había dado cuenta de que sentía algo serio por ella. Tuvo su interés el detalle, con la salvedad de que no citó lo que estaba haciendo dentro de la casa y optó por comentar que todas eran “muy feas”.

Abraham García. De Madrid. Una especie de Justin Bieber. Si bien podría parecer un gay metido de tapadillo, pronto demostró sus inclinaciones siendo uno de los chicos que más nenas trajo de las discotecas a la casa. Peinado como Brandom de Sensación de Vivir y con un bañador blanco como un slip pero holgado, de rostro para abajo con ese gallumbo parecía un menino da rúa buscando piedras de crack por las playas de Río de Janeiro, pero el chico se las tenía que quitar de encima con agua hirviendo.

Cristina “Gata” López. De Valencia. Entró con novio y por este motivo sufrió mucho la desgracia de no poder dedicarse a follar a diestro y siniestro delante de los setecientos mil espectadores de media que han visto el programa. Sus desvelos terminaron cuando éste, su pareja, vino a visitarla y rompieron a follar con el fragor del que le toca reparar la vía de agua abierta en el Titanic. Ylenia se dirigió a ella como “lorzas” en una ocasión. Parecía modosita, pero un día le mentaron a la madre y montó una en defensa de la sacrosanta institución materna que ni Camarón y Antonio Flores puestos de base.

Alberto “Clavelito” Clavel. De Valencia. Extraordinario follador que alcanzó su cénit liándose con la novia del jefe del bar en el que trabajaban los muchachos. Fue un momento crucial y muy indicativo de lo que es hoy el mundo. Después de hacérselo con ella, el propietario del local le retiró el saludo, pero Clavelito aún tuvo arrestos de preguntarle si es que acaso le pasaba algo con él. Un detallito que habla todavía mejor del chico, que se niega a aceptar que una mujer tenga que ser propiedad de un hombre, puro sesentayochismo en la MTV, que afortunadamente no se resolvió con cuatro puñaladas y un prófugo de la Justicia que toma las de Qatar.

Dicho lo cual, pasemos al meollo. La trama del asunto era sencilla. Consistía en trabajar por el día en el chiringo playero, vomitando, arrastrando la resaca de mesa en mesa, y salir de noche para follar y vomitar, tratando cuidadosamente de que ambos fenómenos fisiológicos no sucedieran a la vez, que si ocurre tampoco pasa nada, se puede disculpar, siempre y cuando no te cagues también encima. En fin, el modus vivendi de cualquier adolescente sólo que comprimido en 24 horas en lugar de en una semana entera.

La vidilla, las anécdotas más refrescantes y juveniles, sí es verdad que transcurrían más durante la noche, como es lógico, cuando tanto ellos como ellas se agenciaban ‘presas’ que se llevaban a casa para follarse previa breve charla o destrucción de muebles a patadas. Y esto, día tras día hasta el paroxismo. Creo que fue Clavelito quien llegó a decir en el crepúsculo del programa, tal vez ya con el pene en carne viva, que no se iba a “llevar a unas tías a casa por llevar”. De nuevo un gran ejemplo para todo el planeta. Consumo de flujos sostenible, que llegue para todos, no como hacen con los recursos naturales los países ricos. Muchos jóvenes espectadores, tras escuchar estas declaraciones y con ese ejemplo, aprenderán a apagar las luces de casa cuando se van y no graduar la calefacción con el aire acondicionado hasta que una pequeña explosión en el horizonte con forma de hongo les indica que ha saltado por los aires la subestación eléctrica del distrito.

Este tipo de chavales, que no son ágrafos, Clavelito por ejemplo tiene una empresa, pero que miden la profundidad de un ser humano en centímetros, con el Sistema Métrico Decimal en la mano, con verdadero rigor, ya intentaron ser explotados por Telecinco. El programa se llamó ‘Las joyas de la Corona’ y también pintó un panorama muy interesante. En él, unos profesores enseñaban modales, saber estar y cultura general a un grupo de ni-nis de los que tiran la televisión por la ventana del hotel si les aguantas la mirada tres segundos. De los chicos poco se puede decir que resulte novedoso, chavalería de barrio, incontinente, etcétera. Pero lo mejor eran los profes que tenían que convertirles en gente de bien. Por citar sólo un ejemplo, la de Geografía les enseñó que el país más grande del mundo era China y corrigió de mala manera a una alumna que había dicho que era Rusia. Y agárrense a la silla, Liberto López de la Franca les enseñó protocolo. Se trataba ni más ni menos que del jefe de la Casa de Su Alteza Don Leandro de Borbón, el bastardo, que llevaba décadas dando tumbos por la televisión hasta que, reconvertido en reputado historiador y hombre de confianza del aludido aristócrata, logró colarse en este reality y de ahí patadón al armario y a perpetuarse en el mundillo. En fin, el Creepshow este culminó con la victoria de una tal Arancha, que en cuanto supo que ganaba se agarró las tetas con fuerza apretando con las dos manos pues había adelantado que gastaría el dinero del premio en unos pechos de silicona. Pero la moraleja del invento tenía guasa, al margen de que Carmen Lomana les aconsejara un día que daba igual en qué tienda se compraba, que lo importante era gastar, los chavales eran más o menos igual de burros que sus profesores, pero en el fondo mucho más honestos. Al menos no se las daban de nada que no fuesen.

En este caso, Gandía Shore no ha explotado de esa manera si sus participantes son más o menos listos o más o menos arrabaleros. Eso es loable. Y el final de la aventura concluía con una despedida lacrimógena con música en plan banda sonora de Drive para transmitir la sensación de que ese verano inolvidable se acababa para ti también. Un dolor, porque cuando esto toca a su fin a Arantxa, por ejemplo, te gustaría abrazarla como a un peluche.

Lo que sí que hay que reseñar con maldad es el papel de los espontáneos. Los chicos han ligado fácil en cada discoteca que pisaban, pero habría que considerar hasta qué punto, por guapos que fueran, esto no se debía a la presencia de las cámaras. En una situación concreta, Labrador cogió a una rubia y se la llevó al baño para que no le viera Ylenia ligar con otra. Dentro del cubículo de la taza del váter, imaginamos que en una nube de fragancias, le metió la lengua hasta el cricoides, y ahí estaba la cámara, grabando como podía, asomando el objetivo desde el váter de al lado. Si alguien que anda por ahí decide in situ someterse a tamaña charlotada lo mismo es por algo más que por ganas de follar. De ese modo, resultaba enternecedor cómo iban las chicas a la casa a buscar su momento de gloria. Un lucimiento que ha consistido al final en aparecer en blanco y negro en televisión siendo percutida durante siete segundos escasos. Y eso en la mejor de las situaciones, también podían salir marchándose de la casa humilladas con Ylenia detrás gritando “si no folláis, os vais de aquí”, como pasó en un capítulo.

En fin, que quien más quien menos se queda to rallao con este programa. Y en eso consiste la televisión hoy en día. En irnos acercándonos poquito a poco a un programa como el que salía en Perseguido, o el de Le Prix du danger que fue la peli original de Yves Boisset. Ya saben, realities con terroristas, o parados que para el caso vendrá a ser lo mismo, para destriparles con sierras eléctricas mientras se los follan. Ya llegará. Al tiempo.