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Los enamoramientos-Javier Marías

En la línea de salida los ciclistas se disponen a partir. Bicicletas último modelo. Frenos, platos y piñones de marcas muy japonesas con nombres rebuscados acompañados de cifras. Tecnología punta niponísima. A un lado, ¿qué vemos? Un tipo impertérrito con chaqué y bombín montado en su velocípedo. Los jueces le reconvienen. Quizá no sea la ropa apropiada. Ni el tipo de vehículo apropiado. Es muy posible que las reglas digan algo sobre esto. Es más, lo dicen. Justo aquí. Mire. Punto 7. Epígrafe 3. Limitaciones en los modelos. Aquí. Que no se puede. Que no se puede, hombre. Imperturbable y mirando hacia adelante, el extraño personaje empieza a pedalear justo cuando lo alzan entre cuatro seguratas. No importa. Sigue pedaleando en el aire mientras se lo llevan, mirando hacia un horizonte lejano con el rostro circunspecto. El nombre del tipo es Javier Marías Franco, escritor, traductor y editor español. Académico de la lengua. Ocupa el sillón R, que perteneció anteriormente a Fernando Lázaro Carreter.

 

Una impresión semejante deja la lectura de su última novela “Los enamoramientos”. La de una vieja máquina de morse, una antigua máquina de escribir o de coser. Pero no una vieja máquina de morse o de escribir o de coser de adorno, no. De las que uno se ha comprado en el mercadillo de antigüedades un domingo, no. De las que quedan bien en la entrada o el saloncito, no. La impresión de que alguien las usa totalmente en serio, que trata de mandar mensajes a sus amigos y familia con la máquina de morse, apostado en pijama en la azotea, que escribe en la máquina de escribir de hace décadas negándose a hacerlo en el ordenador, aunque le falten tres teclas, y que cuando ha de coser hace primorosamente el punto de cadeneta con la Singer. Por supuesto lava a mano en la tabla de lavar y jamás viaja al extranjero, pues sólo consentiría desplazarse en globo dirigible o, si acaso, autogiro.

Esa es justo la impresión que deja una novela donde los personajes hablan entre sí o para sí mismos (hay profundos y extensos soliloquios) con un lenguaje tan afectado que se puede calificar de decimonónico. En ocasiones la máquina del tiempo va más hacia atrás y uno cree asistir a una conversación tardomedieval, quizá no entre un escudero y un caballero, pero casi entre un chambelán y un condestable, a lo mejor un estatúder y un maestro de capilla. Tal es la riqueza del lenguaje. Una exhibición. El diccionario de sinónimos en papel o el wordreference se quedan cortos ante el soberano despliegue. Continuas referencias a libros de Cervantes, Shakespeare, Balzac o Dumas, hacen notar las influencias de las que bebe Marías, quien se considera con justicia un discípulo de tales autores. Un discípulo modesto, claro está. El Tiempo decidirá el lugar que ocupa en la Historia de la Literatura.

El uso de este tipo de lenguaje se inserta en una trama bastante inverosímil, cuarto y mitad folletín clásico, mijita de género negro, pizca de consultorio sentimental de revista femenina, todo espolvoreado con disquisiciones filosóficas sobre los grandes temas: amor y muerte. El modo de expresión de los personajes choca desde el principio con una trama situada en la actualidad. Al principio, como hay un monólogo, uno piensa que a lo mejor ese personaje está un poco mal de la cabeza y que por eso habla como una damisela con sombrilla que, allá por 1837, oye el lejano eco de la tos de un niño con tos ferina, lo que le produce congoja y un suspiro. Pronto el lector se ve inmerso en una trama donde todo el mundo conversa como un actor británico interpretando a Hamlet o Macbeth, pero en español de España.

Atónito y boquiabierto, las dos cosas a la vez, el lector sigue sin dar crédito a lo que sucede en esas páginas. Lo pasmoso del asunto supera al contenido. Hay que seguir. Estamos ante algo grande por las razones precisas que denostaría el propio autor. Esta especie de comedia involuntaria, de desvarío sin querer, llega a cimas insólitas. Grandes aplausos. Hay que quitarse el sombrero. Si, como decía Lennon, la vida es lo que te sucede cuando planeas otra cosa, en el caso de Javier Marías la novela es esto que te sale cuando escribes pensando en la eternidad, en la inmortalidad. En el éter a secas. Y sale eso que él nunca querría que saliese pero que es maravilloso por otras causas muy distintas que espantarían al novelista si tuviese alguna posibilidad de captarlas. Pero el pensamiento sobre la inmortalidad absorbe que te cagas y el conjunto es un artefacto extravagante cuando menos, en ocasiones un absoluto despropósito.

Algunos pasajes sin embargo reflexionan con interés e incluso hay una parte con bastante gracia protagonizada por Francisco Rico, filólogo y académico también, que aparece como secundario estelar. Se perciben de paso algunas puyitas a otros escritores y, en general, a los escritores, pues la protagonista trabaja en una editorial. Incluso hay una parodia de un autor que seguramente sea rival de Javier Marías, donde el novelista ficticio se enfrasca en una discusión sobre cocaína con la secretaria de la editorial (el personaje principal). La escena no tiene sentido porque las preguntas que hace, y como trata la cuestión, serían solventadas rápidamente si el personaje consultase un buscador de Internet, pero es que los personajes del libro parecen anticuados hasta en esos aspectos. Si hubiera profundizado en éste, seguramente el lector se enterase de que sale a correr sosteniendo un gramófono en lugar de ponerse los cascos del mp3.

Estos pasajes de más calidad, lejos de reforzar el conjunto, crean una atmósfera todavía más disparatada, pues se ve que el novelista tiene cierto talento pero da la impresión de estar inmerso en el intento de algo así como hacer una gran obra que conecte directamente con los más reconocidos nombres de todos los tiempos. Una obra que bebiendo de la tradición la eleve hasta los cielos, que llame a la puerta de los dioses. En suma, Javier Marías no se anda con zarandajas, va a por la GLORIA. Consigue a cambio, y siendo inconsciente de ello, una obra anacrónica que parece en ocasiones una broma. O más bien un desbarre. Imagino a este traductor, editor y académico pensativo, escribiendo por supuesto a mano y con pluma de ganso, meditando sobre qué dirá de él tras su muerte la Enciclopedia Británica (en formato libro) e inclinándose sobre el papel para continuar con otro capítulo más, momento en que se cae sobre el escritorio el embudo que llevaba en la cabeza.