- La Página Definitiva - https://www.lapaginadefinitiva.com -

España, Grecia y la crisis financiera. Una revisión a partir de Boomerang, de Michael Lewis

Michel Lewis, sonriente, nos anuncia que vamos a morir todos

 

Allá por el verano pasado, cuando en España el ciudadano medio empezó a familiarizarse con conceptos como “prima de riesgo” o “diferencial con el bono alemán”, en esos entrañables tiempos en que  nuestros medios e intelectuales eran un clamor exigiendo a Alemania y a Angela Merkel que tomaran las riendas del proyecto europeo y, de paso, que pusieran la pasta (sin atender mucho a que, lógicamente, a cambio de poner la pasta -o compartir riesgos- se iba a pasar la correspondiente factura), LPD trató de explicar de manera sencilla a qué dilema se enfrentaban los alemanes [1]: ¿ponemos pasta para salvar Grecia y ver si así, de paso, se salvan Irlanda, Portugal, España, Italia, Bélgica, Francia… y con todos ellos esta maravillosa zona euro que nos estaba quedando de lo más maqueada?, ¿o dedicamos el dinero a costear los platos rotos de dejar que el chiringuito se venga abajo, especialmente en forma de bancos privados alemanes que se irían a la mierda y a los que habría recapitalizar, pues compraron como ludópatas deuda griega (y española, italiana, francesa…) que acabaría valiendo menos que nada con lo que tendríamos un boquete en el balance de estas entidades de dimensiones desconocidas?

Obviamente, a un coste semejante, nadie duda de que la primera opción mola más. Salvas a tus bancos igualmente y, además, conservas la zona euro intacta, con las ventajas que eso tiene para una economía potente, productiva y exportadora como es la alemana. Dado que el caos que generaría la aniquilación repentina del modelo euro sería enorme, rescatar a la banca alemana y dejar caer a los Estados del euro endeudados hasta las cejas tiene bastante mala prensa y no es la primera opción para los alemanes, pero puede empezar a reportar algunas ventajas si no se ve salida, en lo político y en la pasta que hay que meter, a la primera opción: dejar caer Grecia, por el contrario, requiere para Alemania una cantidad casi fija y que se sabe más o menos que tiene un límite, una vez recapitalizados los bancos. Además, y sobre todo, tiene la gran ventaja de que no hay que preocuparse de qué vayan a hacer los griegos (y los españoles) con el dinero que les das (o las posibilidades de recapitalización por la vía de eurobonos, o compras de deuda hechas por el BCE), ni controlar nada, ni exigir sacrificios. Los honrados banqueros alemanes son fiables, al menos a ojos del ciudadano alemán. O no, ¿quién sabe?. Pero sí lo son mucho más que los políticos griegos. Y españoles. Sí, incluso ahora que manda alguien fiable y con palabra como Mariano Rajoy. ¡Dónde va a parar!

Meses después el panorama a día de hoy está algo más claro. Alemania, en efecto, ha tratado de arreglar el tema metiendo pasta (y asumiendo riesgos y cargas), al menos lo ha hecho a corto plazo. Hay, sin embargo, cierto pesimismo sobre que el procedimiento vaya a permitir salvar a Grecia (y a Portugal, y a Irlanda). En todo caso, la partida no se juega a estas alturas ya en esos terrenos de juego. Como es sabido, desde el otoño se ha jugado (y se juega) en Italia y en España. La “ayuda”, de momento, se ha concedido y va llegando (mucho menos de la querrían los enfermos, claro), pero supeditada a unas políticas fiscales impuestas desde Centroeuropa (cuando no directamente a que te nombren al Gobierno), en lo que es un experimento muy interesante que está por ver si funciona. ¿Qué se requiere para que pueda funcionar? Pues muy sencillo, que los países con enormes problemas de deuda y crecimiento (esto es, casi todos los europeos) sean capaces de aceptar los sacrificios necesarios para pagar como sea a los acreedores y que sus economías logren hacerlo antes de que estallen social y políticamente mandando a la mierda euro, Merkel y directrices centroeuropeas, no necesariamente por ese orden. ¿Es esta hipótesis viable? Pues ni idea. Hace un año la cosa tenía muy mala pinta. Hoy, la verdad, y a pesar de todo, sigue siendo improbable pero hay alguna posibilidad de que el diseño pueda funcionar. Más que nada por la ausencia de respuesta social, incluso cuando Merkel te nombra presidente del Gobierno. Otra cosa es que eso sea algo bueno o malo. Ésa es otra cuestión, muy personal.

El problema de fondo, al menos el problema económico de fondo, es pues si podemos o no pagar la deuda contraída en esos felices años pasados de vino y rosas. Y, por supuesto, qué será necesario para hacerlo (lo que equivale a analizar si llegará el momento en que los costes de mandar todo a hacer puñetas compensen los generados por el tratamiento para permanecer en la eurozona). Y aquí la pregunta debiera ser, entonces, ¿acaso de verdad se debe tanto? ¿En serio los excesos han sido tan irracionales? La respuesta corta, que en el fondo todos conocemos (y nos basta mirar a nuestro alrededor para ser muy conscientes de ello) es “sí, y además va a costar sangre, sudor y lágrimas,  y todo ello durante muchos años, devolverlo todo”. La respuesta académica la tienen, desarrollando esa misma idea, en el libro This Time is Different [2], del profesor de Harvard Ken Rogoff escrito con Carmen Reinhart. Ambos se han dedicado a rastrear en las evidencias históricas para identificar un patrón recurrente en momentos de euforia que aboca inevitablemente a situaciones como las que estamos viviendo, pues nunca hasta la fecha se ha confirmado eso de que, superado un cierto umbral, esta vez vaya a ser diferente a las anteriores (ni cambio de modelo productivo, ni paz social, ni avance tecnológico alguno impiden una dolorosa caída cuando te pasas de la raya). La respuesta más divertida pero también ilustrativa la tenemos en el libro de Michael Lewis sobre la crisis en diferentes países (Alemania, EE.UU., Islandia, Irlanda, Grecia) que recopila bajo el título de Boomerang. Travels in the New Third World [3] diversos reportajes bastante extensos hechos para Vanity Fair por el periodista que permiten radiografiar a la perfección qué ha estado pasando desde hace años. Es cierto que faltan países como España o Italia, pero todo se andará, no se preocupen. Seguro que Lewis, ahora que se acerca la primavera, tendrá ocasión de darse una vuelta por aquí para comprobar in situ cómo son las cosas a la vera del Mediterráneo feliz y ladrillista.

Lewis explica en la introducción cómo se dio cuenta de que tenía que escribir sobre la crisis de deuda. Es el autor de un libro fantástico sobre la caída del mercado de las hipotecas subprime en EE.UU. (The Big Short [4]), donde relata la epopeya de unos cuantos, pocos, inversores que se hicieron millonarios apostando contra esos productos financieros cuando todo el mundo pensaba que sólo podían subir eternamente, con una fe que podría calificarse casi como de española en eso de que “el precio de la vivienda sólo puede subir, siempre sube y además sube mucho, cada vez más, MÁS. MÁS, MÁAAAAAAAS”. Lewis explica que tras haberse hundido definitivamente el mercado se fue a ver a uno de los tipos raros que se habían forrado dándose cuenta de que la cosa iría inevitablemente mal y éste le explicó con toda la naturalidad del mundo algo que parece muy sensato y obvio retrospectivamente pero en lo que casi nadie cayó en su día (al menos al principio). Si toda la mierda acumulada en los mercados financieros privados iba a ser asumida por los poderes públicos, por los Estados, por todos nosotros, por eso de que no podíamos dejar caer al sistema financiero, convenía analizar en qué estado quedaban las cuentas públicas. Algunos de estos señores se pusieron a analizarlas y lo que vieron les dio una imagen tan nítida como la que les había proporcionado años atrás el mercado subprime: bancarrotas por doquier. Especialmente en una serie de países contra los que se empieza a apostar. En este orden: Grecia, Irlanda, Italia, Suiza, Portugal y España. Esta gente, a estas alturas, ha ganado ya muchísimo dinero por su buen ojo. Recordemos que la apuesta en cuestión data de 2008. Cuando Lewis estaba acabando Boomerang se pasó otra vez a hablar con ellos, ya en el verano de 2011, para preguntarles cómo veían el tema:

Our biggest positions now are Japan and France. If and when the dominoes fall, the worst, by far, is France. I just hope the U.S. doesn’t collapse first. All my money is bet that it won’t. That’s my biggest fear. That I’m wrong about the chronology of events. But I’m convinced what the ultimate outcome is.

Una vez tranquilizados, como buenos españoles, al descubrir que los tipos que analizaron las cuentas de Lehmann Brothers y supieron con años de antelación que caerían para luego analizar las de Grecia y España y llegar a la misma conclusión, con igual acierto, han señalado a Japón, Francia y Estados Unidos como países que, sí o sí, tarde o temprano, también caerán, podemos empezar a adentrarnos en las distintas y delirantes historias que Lewis nos cuenta sobre la economía de una serie de países supuestamente avanzados llamados a tener que pagar, tarde o temprano, ciertos excesos. Poca cosa, unos problemillas sin importancia, unos desajustes nimios de nada… que normalmente acaban duplicando el PIB nacional (o triplicando… o a saber), como Lewis cuenta a continuación. Cada país, en la época ye-ye, se dejó llevar por sus peculiares obsesiones y aprovechó esos años en los que uno podía ser lo que quisiera (o eso parecía) a bajo interés para dar rienda suelta a sus más bajos instintos (económicos):

Islandia, esa provincia ignota donde los machos se hicieron banqueros. El primer caso de estudio es Islandia, primer país del primer mundo en quebrar en esta crisis sistémica que nos ha deparado el siglo XXI: Lewis relata el caso de una sociedad muy pequeña (apenas unos miles de habitantes mayor que Castellón de la Plana, por poner un ejemplo) que pasan repentinamente de ser pobres pescadores a una especie de machos alfa del mundo de las finanzas. Islandia es un país con pocos recursos naturales, más allá de la pesca, que no ha sido capaz históricamente de soportar mucha población. Sin embargo, de repente, parecía que había un gen irlandés de la riqueza que los convertía en innatos genios en banca. Y es que en el origen fueron los bancos, sí, pero los de pesca, que pasaron a ser cada vez más cotizados con el desarrollo de las técnicas de pesca en altura moderna. En un momento dado los islandeses decidieron  “bancarizar” su sistema de cuotas pesqueras y descubrieron dos cosas: que podían empezar a vivir, por primera vez en la historia, sin trabajar en exceso y que, además, eso de jugar con derivados molaba. Como suele ocurrir en estos casos, las cuotas pesqueras enriquecieron a los que las tenían históricamente, no a toda la sociedad, afianzando un gobierno de machos, reconvertidos de pescadores a hombres de negocios y de ahí a banqueros. Islandia y su economía se convirtieron poco a poco en un gigantesco hedge fund a medida que la riqueza generaba más y más jóvenes universitarios que no tenían muy bien dónde colocarse (y que no querían pescar). ¿Qué mejor solución en un caso así que convertirse en un paraíso bancario para emplear a toda esa gente formada en un sector artificial como pocos?

El sistema islandés de hacer negocios era muy como de machos compitiendo por pillar el bacalao más grande. Sus nuevos bancos y fondos de inversión, simplemente, compraban todo lo que se ponía a tiro y al precio que fuera. Punto. Durante los años de vino y rosas, como luego acababan vendiendo más caro si cabe un tiempo después, el modelo parecía un éxito. Pero poco tiempo después las cosas no pintaban tan bien. Los tres mayores bancos del país amasaban deuda y deuda, una deuda privada que, a la postre, acabaría siendo del 850 % del PIB (unos 300.000 dólares por islandés). Como dice Michael Lewis, Islandia es un sitio guay. Analizas las barbaridades de sus bancos y te das cuenta de que han llegado a extremos que ni siquiera son posibles en los Estados Unidos. ¿ni en España! Islandia, por eso, nos hace sentir mejor a todos. ¡Qué fácil es detectar la irracionalidad ajena!

Durante su estancia en la isla la banda sonora que acompañaba sus días y sus noches eran las explosiones que periódicamente escuchaba, como si estuviera de visita a las Fallas de Valencia. Cuando preguntó qué ocurría le explicaron amablemente que mucha gente incendiaba su todoterreno de marca de lujo, comprado en dólares en la época de bonanza (porque el islandés medio incluso para comprarse un coche lo hacía invirtiendo en moneda extranjera, para ganar con el trading), de manera que la deuda ahora, tras la depreciación salvaje post-crisis, valía más que una casa de lujo. Quemarlo y pedir que el seguro lo pague (si cuela) es la única manera de poder aspirar a devolver el crédito algún día.

En todo caso, Islandia, con sus gentes negándose a convertir en pública la deuda privada amasada por sus bancos (algo que hay muchos que sostienen que no tiene mucho mérito, dado que el FMI ni siquiera aceptó esta opción y a la vista de la imposibilidad de devolver de forma viable esas cantidades) es un ejemplo curioso y poco significativo. Estamos hablando de una economía pequeña donde los dramas, significativamente, afectan a quienes se endeudaron privadamente mucho y a una sociedad repentinamente despertada del sueño de una supuesta riqueza que no se habían ganado y que era totalmente artificial. Volverán a pescar y a sus cosas, muchos de ellos con coches que valen 50.000 dólares pero con un crédito para devolver de 150.000 (o casas que valían 500.000, a precios de Nueva York, pero cuyos créditos ahora equivalen a 1.500.000), pero ahí se acaba la cosa. Más o menos. Es un drama, sí… para ellos. Pero no genera riesgos sistémicos. Ni ejemplifica demasiado bien lo ocurrido en otros sitios. ¡Ni siquiera los española más dados a la especulación llegaron al extremo de pedir los créditos para comprar casas sobre plano en dólares con la intención de ganar no sólo con el incremento de precio a la hora de hacer el “pase” sino, también, con la revalorización de la moneda propia frente a esa mierdecilla sin peso en los mercados globales que es el dólar!

Grecia, donde todo el mundo le sacaba dinero al Estado (es decir, a los mercados que los confundían con alemanes). El caso de Grecia es más significativo y delirante. También mucho más grave pues aunque su economía no sea la de un país muy desarrollado y su población no sea enorme, sí estamos hablando de magnitudes 25 veces superiores a las de Islandia. Además, forma parte de la UE y del euro, de modo que sus problemas lograron alertar desde un principio sobre los de otros países de la eurozona y ya sabemos cómo ha acabado la cosa como consecuencia de ello. ¡Por culpa de los griegos los mercados empezaron a mirar también debajo de nuestras faldas y nuestras cuentas públicas y, claro, pasó lo que pasó!

El resumen de lo ocurrido en Grecia es sencillo, visto desde fuera, en retrospectiva y fríamente: se les dejó dinero durante años a tipos de interés propios de Centroeuropa y la sociedad griega (que es muchas cosas, pero no exactamente centroeuropea en sus fundamentos económicos y sociales), por lo general, decidió emplear el dinero para correrse una juerga enorme como si no hubiera un mañana. A costa del Estado, por supuesto, que era visto como una inmensa vaca lechera de la que manaba una inagotable riqueza. Todo griego que estaba en posición de de enchufarse a la ubre pública, nos dice Lewis, lo hizo con entusiasmo. Mientras tanto las cuentas públicas eran retocadas de forma reiterada, en parte por malicia pero en parte porque el propio gobierno griego no era capaz de controlar el caos e ignoraba variables tan esenciales como a cuántos funcionarios y empleados públicos, exactamente, estaba pagando en total (hay quien piensa que incluso a día de hoy sigue sin saberlo muy bien). Cuando el estallido de la crisis provocó que inversores y Unión Europea miraran con algo más de atención a la situación griega, en 2009, el déficit del presupuesto de ese año no resultó ser del 3’7% sino de un 14% (de 7.000 millones de euros pasó a 30.000 millones de euros, una desviación de más del 400%). El Gobierno griego gastaba y gastaba en los años buenos con generosidad y sin prestar demasiada atención, ni siquiera sin contabilizar todo exactamente. No hacía falta. Total, cuando había que pagar se emitía más deuda, te la compraban “los mercados” al 1’5% como si fuera deuda de la Bundesbank y a vivir.

El Estado griego, además, era un Estado social muy preocupado por sus trabajadores. Con un PIB per cápita muy inferior al de España, por poner un ejemplo, el salario mínimo era un 50% superior al nuestro. La Seguridad Social, sandunguera como pocas, decidió repartir entre todos, ricos y pobres, el maná: el listado de profesiones que podían jubilarse con pensión íntegra a los 55 años por razón de la “peligrosidad” del empleo es de risa (peluqueros, taxistas… en general todo aquél que tenía a algún representante o familiar de los mismos cerca del responsable de turno de ampliar el listado usaba esta posibilidad y beneficiaba a todo el colectivo). Por no mencionar el sueldo medio, que rondaba los 65.000 euros anuales, de los empleados de empresas públicas como la que gestionaba los ferrocarriles helenos (una empresa con unos ingresos operativos de 100 millones de euros al año y gastos por valor de 700 millones). El Estado pagaba alegremente. Sobre todo a poderosos y poderes fácticos (hay una historia delirante sobre cómo regalaban los distintos gobiernos tierras y prebendas a un Monasterio ortodoxo cool que usaba contra ellos, para sacar pasta, los secretos de confesión), pero no solo. El Estado griego de la época ye-ye despilfarraba, pero sin discriminar. Algo es algo. En España, por ejemplo, la juerga se la han  corrido esencialmente unos cuantos. Eso ha hecho, claro, que el problema ahora sea menor, pero también te deja cierto regusto amargo. ¡Ay, quién hubiera sido griego esos años!

Obviamente, la fiesta se pagaba con dinero que se conseguía a base de deuda porque lo que es pagar impuestos, por supuesto, tampoco es algo muy frecuente en el país menos en los trabajadores con nómina que no se pueden escapar. Es otra manifestación de ese reparto social del maná, en este caso en la parte de los ingresos del Estado. En años electorales, como 2009, la recaudación baja además un  30% con independencia de que lo haga el PIB. Por lo visto no se puede pedir que la gente pague impuestos si luego aspiras a que te voten. Algo que recuerda a tanto municipio pequeño y mediano español donde el IBI o la tasa de basuras es, de facto, “optativa”, pero a lo bestia. En el relato de Lewis sobre cómo funciona el modelo fiscal griego es fácil de sintetizar para un español: lo que todos sospechamos que pasa con profesionales y con el IVA, pero en plan salvaje y sin reparos. Por poner un ejemplo, dos tercios de los médicos privados griegos no pagan ni un euro de impuestos al año, pues tienen unas rentas declaradas de menos de 12.000 euros anuales (y por debajo de esa cifra no se tributa a Hacienda). El resumen de todo esto es una deuda pública total estimada, entre la deuda estatal (400.000 millones de euros) y las de la seguridad social (800.000 millones) en  1 billón 200.000 millones de euros (unos 250.000 euros por griego). La solución de la Unión Europea, como es sabido, ha sido un rescate que en su primera fase era de  145.000 millones, que ya ha tenido que ser duplicado y que, previsiblemente, acabará siendo también incapaz de resolver el problema, de modo que se impondrá la necesidad de un “tercer rescate” a Grecia. Porque la cuestión, a juicio de Lewis, no es ya tanto si un país en esa situación puede pagar o no sus deudas sino, simplemente, si querrá hacerlo tras haberse habituado a vivir en un estado de juerga constante.

Even if it is technically possible for those people to repay their debts, live within their means, and return to good standing inside the European Union, do they have the inner resources to do it?

Irlanda, destino turístico internacional fallido (financiado por todos los ciudadanos). Irlanda presenta un panorama distinto y más increíble todavía. A fin de cuentas, uno puede llegar a entender a los griegos o a los islandeses (y más todavía si uno es español). Pero lo de Irlanda está fuera de toda comprensión. Una serie de bancos acumulan deudas que duplican el PIB del país y el gobierno decide nacionalizar esas deudas, supuestamente para no perjudicar a los ahorradores irlandeses (pero, como es obvio, en realidad para no generar problemas en accionistas y  tenedores de bonos de esos bancos). A Michael Lewis la decisión, adoptada de madrugada por el gobierno y sin que se haya explicado mucho, le parece increíble. Probablemente no sabía en el momento en que escribió el libro cómo se las gasta el Banco Central Europeo cuando envía cartitas a los distintos países de la Unión Europea. Pero lo que más llama la atención a Lewis es la resignación con la que los ciudadanos irlandeses han asumido esta situación. Acabado el espejismo de riqueza y desenfreno (que además duró unos añitos), un país tradicionalmente pobre vuelve a ser pobre, incluso un poco más pobre de lo que era antes de la juerga, ¿y la gente se lo toma con naturalidad? Lewis probablemente no entienda que los irlandeses, en el fondo, sabían que esto iba a pasar.

Cualquier irlandés podía intuir que un modelo de desarrollo económico basado en atraer gente a Irlanda, ese sitio del que ellos llevan huyendo desde hace siglos, estaba llamado al fracaso. El mejor ejemplo es el agujero dejado por numerosas promociones inmobiliarias (a estas alturas muchas de ellas ya empiezan a ser derruidas) que en los años de bonanza se iniciaron con los siguientes cálculos, que a los españoles nos suenan mucho (en su esencia): necesitamos miles, decenas de miles, de nuevas casas porque:
– ¿acaso los irlandeses, aprovechando la bonanza, no van a querer cambiar de casa, un activo que nunca se deprecia?,
– ¿acaso este flujo de extranjeros atraídos por nuestro boom económico no va a generar más y más necesidades de vivienda para alojarlos?;
– ¿acaso ahora que somos un país rico los millones de irlandeses emigrados no querrán volver y necesitarán una casa en la isla?:
– ¿y acaso no podemos desarrollar una industria floreciente en el sector turístico (“¡¡¡venga a ver llover 300 días al año!!!”) gracias a la reputación de país boyante que nos hará necesitar de muchos chalets?
Pues dado que la respuesta es un sí rotundo en todos y cada uno de los casos, pongámonos manos a la obra y construyamos esos cientos de miles de casas ya. Cuanto antes mejor. Que esto siempre sube. Y, en Irlanda, más. Los bancos financian, sabedores de que la cosa sólo puede ir bien, y a seguir viviendo en la opulencia.

Una opulencia que atrajo a varios cientos de miles de trabajadores de países del Este de Europa que durante meses, años, se sumaron al carro. Cuenta Lewis la historia de que los gestores del aeropuerto de Dublín detectaron una importante bajada en los ingresos del aparcamiento y no entendían la razón. ¡Si el parking está siempre lleno! Hasta que descubrieron que sí, estaba siempre atestado… de flamantes Mercedes y BMWs comprados, por ejemplo, por trabajadores polacos que habían abandonado el país sin dejar rastro, en vuelo low-cost, acudiendo al aeropuerto en el cochazo que se compraron cuando eran parte activa, e ilusionada, del “sueño irlandés”. Ahora, por lo visto, no hay manera de localizarlos y sus coches siguen, todavía sin pagar, en el aeropuerto. Mientras, los barrios y barrios con promociones de viviendas a medio  hacer, o los desarrollos turísticos por construir donde trabajaban son vestigios de cuando los irlandeses decidieron que eran ricos y que podían dejar de ser irlandeses.

En España toda esta historia de alguna manera nos suena, pero hay una diferencia. Desde lejos no se imagina uno al ciudadano irlandés creyéndose este cuento de la lechera. Cork capital turística del futuro es una planta tan alucinógena como pensar que  Seseña iba a acabar teniendo 200.000 habitantes con pisos subiendo eternamente. Pero los irlandeses se ven a sí mismos con más escepticismo que nosotros y no se lo tragan tan fácilmente. Por eso llevan con resignación volver a donde siempre pensaron que volverían. Los españoles, por el contrario, estamos digiriendo el trauma dado que, como por todos es sabido, y como muy bien expresó Miguel Martínez del Campo hace años, todo lo bueno que nos pase “nos lo merecemos”. Que nos quiten la miel de los labios, en nuestro caso, es un robo.

Alemania, donde habitan los señores que compraban (y siguen comprando) todo. Michael Lewis visita también Alemania, esencialmente a la búsqueda de explicaciones sobre las razones por las que durante los años en que duró la orgía siempre parecía haber, al final del todo, un banco alemán o un inversor teutón comprando estos activos tóxicos que, en el fondo, son los causantes de la crisis: desde deuda griega a paquetes de hipotecas subprime americanas. Cuando este mercado ya estaba quebrado, siempre había alguien que seguía comprando, dando todo el crédito a ese paradisíaco rating (triple A) que le daban las agencias de calificación. Los yanquis que trabajaban en esos mercados, alucinados, les vendían todo lo que podían, al precio que fuera, para quitárselos de encima, y comentaban que el comprador era siempre “some German idiot in Düsseldorf”. Pues eso. Parece ser que los alemanes, en esta crisis, han acabado comprando mucha mierda a precio de oro. Pero es algo ingenuo pensar que lo han hecho por ser idiotas y por fiarse, rigurosos como son, de las calificaciones excelentes. Más sencillo y ajustado a la realidad es indicar que lo han hecho porque tenían excedentes (ahorro nacional) con los que deseaban ganar más dinero que el que podían lograr con sus productos financieros propios, sosos, aburridos… No es que invirtieran en Gescartera y su 10% mensual o comprando bonos de Ruiz Mateos, pero no conviene ser ingenuo respecto de sus intenciones y la consciencia de asumir riesgos con las que operaban.

En todo caso, llo relevante del asunto es que han pagado mucho y, sí, se han comido mucho activo podrido. Aunque a Lewis le interesa poco ek tema, este aspecto es fundamental para entender cómo se ha ido gestionando la crisis de deuda griega (e irlandesa, portuguesa, española, italiana…) en la Eurozona: muchas de las deciciones en el fondo han supuesto ganar tiempo a los inversores privados alemanes y han logrado ir centrifugando la deuda privada griega hacia el Banco Central Europeo (de deuda privada alemana a deuda pública de todos), por ejemplo. Una de las cosas que ha logrado Alemania a lo largo de estos meses es que, si ahora finalmente se decide dejar caer a Grecia, probablemente sus bancos sufrirían pero no quebrarían. De eso, también, se trata.

Estados Unidos y sus economías regionales y locales quebradas. Como Michel Lewis es estadounidense pero no es tonto, es perfectamente consciente de que los Estados Unidos tienen también un problema (enorme y creciente) de deuda pública que aunque a día de hoy no genere problemas en los mercados tarde o temprano acabará teniendo consecuencias. Recordemos que los inversores freaks del principio tienen claro que Japón, Francia o EE.UU. también caerán y que sus dudas no son qué pasará sino cuándo y en qué orden. De hecho, partes de la economía pública americana están ya en bancarrota hace tiempo. Lewis hace un viaje a economías regionales (California, por ejemplo) quebradas para explicar cómo de gordos son los problemas y relata el día a día, trágico, de un Ayuntamiento que ha despedido a casi todo su personal porque con los magros ingresos fiscales con los que contaba no podía mantenerlos en plantilla. A la vista de lo que empezamos a ver en España la lectura puede ser muy instructiva para quienes preconizan más y más recortes en los servicios (y no quieren hablar de subir impuestos). ¿A que mola eso de parecernos tanto a California?.

¿Y a todo esto, de España, qué? Lamentablemente Lewis todavía no ha visitado España. Pero los ejemplos irlandés, griego e incluso islandés tienen muchas cosas que permiten explicar algunos de los problemas de España. Leer el relato de Lewis sobre la recaudación fiscal en Grecia y los privilegios a la Iglesia y otros sectores favorecidos es leer sobre lo que ocurre en nuestro país. Leer sobre las inmensas deudas de los bancos irlandeses contraídas apostando por una burbuja inmobiliaria delirante y fuera de toda razón, donde se acaban comiendo las deudas de los promotores que quiebran es leer sobre la situación de la banca española (todavía por estallar y que acabará poniendo tarde o temprano a nuestro Gobierno en la tesitura irlandesa: ¿hemos de meter (todavía más) dinero de todos para salvar a nuestros bancos privados?). Leer sobre los ciudadanos islandeses sobreendeudados que despiertan del sueño de una bonanza artificial y tienen que pagar todoterrenos y casas caras cuando la riqueza real (y sus rentas) se han reducido drásticamente es leer sobre España. Probablemente ninguno de los problemas de España en estos distintos ámbitos es tan fuerte, caso por caso, como los de esos países. Pero tenemos la gracia de que, en nuestro caso, hemos ido picoteando de todos los excesos que el menú de la fiesta ye-ye ofrecía. Mejor ir haciéndose a la idea, pues, de que también nos va a tocar pagarla. Durante mucho tiempo.