- La Página Definitiva - https://www.lapaginadefinitiva.com -

JCVD (Mabrouk El Mechri / Jean-Claude Van Damme, 2008)

Van Damme Ocho y Medio

Jean-Claude Van Damme siempre ha sido uno de nuestros actores favoritos. Los críticos gafapastas siempre nos han mirado con displicencia por decir esto, por defender constantemente las virtudes de su cine en los más elevados foros culturales, en unas sesiones que siempre acababan a gritos, con los críticos entendidos soltándonos sus “psé, psé, psé” y con los asistentes ataviados con sus bufandas palestinas y vociferando gritos como “feixista!”, “alde hemendik!”, “¡cenutrio!”, y lindezas por el estilo. Decir que clamábamos en el desierto no haría justicia a la hora de definir ese clima de persecución que llevamos años padeciendo, mientras los demás iban a lo fácil para ganar prestigio y reconocimiento, esto es, hablando de la profundidad del cine de Theo Angelopoulos o de Andréi Tarkovski. Claro, así cualquiera. Y todo por decir lo que hoy resulta evidente: que el cine de Van Damme se aleja de las películas de musculosos al uso, que aporta una visión europea a la industria norteamericana y que la prueba de ello es que su cine no ha caído nunca en el canto de sirena de las superproducciones de Hollywood, sino que ha preferido moverse en presupuestos mínimos, en películas de arte y ensayo, de serie B, y destinadas, en varias ocasiones, al formato vídeo.

La confirmación a nuestra advertencia llegó hace unos pocos años con una película, JCVD, dirigida por Mabrouck El Mechri en 2008. En una inteligentísima mezcla entre documental y ficción, se narra la historia de Jean-Claude Van Damme (el actor se interpreta a sí mismo) que, estando en su Bélgica natal, recibe una llamada de su abogado de Estados Unidos: si no reúne antes de mediodía medio millón de dólares para pagarle lo que le debe, abandonará su defensa en el pleito que mantiene con su exmujer por la custodia de su hija. Así pues, Van Damme entra en una oficina de Correos para realizar una transferencia y, de repente, es retenido como rehén por unos atracadores que están asaltando la sucursal. Aprovechando su popularidad, usan al actor como intermediario con la policía, lo que hace creer a las autoridades que él es el atracador. Mientras la multitud organiza una manifestación espontánea en la misma puerta de Correos vitoreando a la estrella, Van Damme les sigue el juego a los atracadores para salvar la vida de los demás rehenes.

Estamos, así pues, ante una película de acción que reflexiona sobre el mismo género del thriller, al tiempo que se detiene en el análisis de asuntos como el peso de la fama o la edad. La película empieza con una secuencia de Van Damme interpretando al típico héroe que mata a ciento y la madre en la realización de una película. Al final, la secuencia no sale bien (se desploma el decorado final) y Van Damme, la gran estrella, se acerca todo humilde al ceporro del director oriental (un guiño a John Woo) y le dice: “Yo es que ya no puedo hacer estas cosas, tengo ya 47 años”. A partir de ahí, el tono gris y melancólico de la fotografía define el estado de ánimo de Van Damme interpretando a Van Damme. Es decir, de Van Damme explicando que no todo en su vida es de color de rosa. Aguantar el peso de la fama y ser considerado un héroe nacional en Bélgica (“nuestro héroe, nuestro representante en Hollywood”, le dice una taxista) supone también sobrellevar un peso agobiante, ya que hay que sonreír a todas horas, y decir que sí a todas las fotos que te piden los fans por la calle.

 

 

Sin embargo, no todo acaba con la obligación a la sonrisa eterna. La fama también implica la exacerbación de cualquier poblema que, en el caso de Van Damme, se convierte en un obstáculo insalvable. Si es un héroe, podrá con todo: ésa suele ser la idea que ha calado en el imaginario construido a su alrededor. Así, en el pleito por su hija, el abogado de su esposa le achaca que los papeles que interpreta en el cine definen muy bien a la persona, demostrando de paso su supuesta incapacidad para educar críos. Ese estereotipo se traduce también en el momento del atraco, ya que la policía, acostumbrada a su imagen en el cine, ni siquiera se plantea que Van Damme está retenido como rehén, sino que asume desde el principio que es el protagonista (y no la víctima) de ese momento, de esa película que se está viviendo en el interior de la sucursal postal.

Pero la película reserva aún más temas para el análisis y el debate. En JCVD, Van Damme habla sobre la industria cinematográfica, y se exponen temas como la ingratitud (se cuenta que John Woo fue a Hollywood gracias a él y que el actor chino se olvidó rápidamente del favor, pasando del todo de Jean-Claude) o la futilidad de la fama (como el momento en el que confiesa que Steven Seagal le ha arrebatado el papel de una película “porque ha aceptado cortarse la cola de caballo”). Todo ello con una vuelta constante al tema del paso del tiempo, obsesión de otros directores con influencias europeas como Clint Eastwood. Esta idea llega a su momento de máxime expresión en el momento central de la película. En mitad de una secuencia, Van Damme se queda mirando a cámara, se eleva en el escenario para que veamos los focos y los elementos de representación (decorados y demás), y, durante más de cinco minutos, nos cuenta su vida en un monólogo, asegurando que todo para él ha sido demasiado fácil, que no se lo merece, que no controla muy bien el rumbo… al final del monólogo, Van Damme se pone a llorar a moco tendido. Todo en un único plano. Si esto no es un actor con mayúsculas, que venga Constantin Stanislavski y lo vea.

¿Realidad o ficción? ¿Dónde se sitúan uno y otro término? JCVD hace como las grandes películas, es decir, lo deja a decisión del espectador. Porque incluso da la sensación de que, rizando el rizo, todo es una maravillosa broma, con Van Damme burlándose de todos esos actores del cine de acción que un día van y se ponen serios. La cinta traza, así pues, este estimulante debate teórico y reivindica a un actor que tuvo que trabajárselo todo él solito para pasar de ser un desconocido a alguien capaz de hacer un monólogo shakespeariano como el que acabamos de comentar, alguien que es un Creador con mayúsculas, puesto que ha dirigido, escrito y producido varias de sus películas. Es injusto reducirlo a un mero musculitos: mientras otros llegaban a Hollywood en plan señoritos, es decir, posando en concursos de culturistas, él llegó a tortazo limpio, después de tirarse años ganando todos los torneos internacionales de kick boxing habidos y por haber. Por eso él sabe lo que es el sufrimiento y por eso precisamente tiene una mayor sensibilidad, que eclosiona definitivamente en esta película. En su momento, cuando se estrenó en 2008 muchos tuvieron que rendirse a la evidencia. A nosotros no nos sorprendió en absoluto. Llevábamos años defendiendo contra viento y marea lo que hoy todos se arrogan en apadrinar. Pero no pasa nada, aquí les esperamos, y, como siempre, no con el mensaje de la violencia, sino con el de las ideas.