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De qué hablo cuando hablo de correr – Haruki Murakami

– Run Forrest Run –

Como salir dispuesto a hacerle el amor, y lo que no es precisamente amor a Tyra Banks, y volver sodomizado por M.A. Barracus [1]. Salvando distancias, este trauma es el mismo que diariamente sufren por todas latitudes del planeta cientos de miles de personas cuando salen con intención de mejorar su forma física y estilizar su figura, y regresan al hogar con cara congestionada, tosiendo tras regurgitar bilis y todavía les queda aguantar durante la semana siguiente dolorosas punzadas a causa de múltiples agujetas. Todo debido al ejercicio de la actividad deportiva que es correr, así como suena, ponerse a mover las piernas voluntariamente, sin más. ¿Y esto por qué cojones ocurre?

En las sociedades más evolucionadas, donde no hay necesidad de huir de depredadores de mayor tamaño y en las que durante periodos de estabilidad social la ciudadanía no requiere escapar de los cuerpos de seguridad del Estado correspondiente, vayan estos a pie, a caballo o en tanque, tal práctica suele verse reducida a breves carreras tras el autobús. Como en comunidades sobrealimentadas y sedentarias estas ocasionales esprintadas no son suficientes para mantener las armonías corporales dictadas por el Apoxiomeno, se ha instaurado como hábito entre parte de la población el copar los pocos espacios verdes de las grandes ciudades vestidos de extras de Flashdance con la intención simple de correr, o hacer footing, que para entendernos es la misma mierda mentada de distinta forma. Ni tan siquiera un país machote como el nuestro, en el que durante siglos se señaló al grito de “puto maricón” a aquel que osara lavarse las manos tras orinar, ha resistido la progresiva instauración de esta metrosexual actividad.

Sufrir para estar sano y sufrir para estar bello. Y es que en estos tiempos de glorificación de la apariencia física los seres humanos se ven empujados a cierto tipo de prácticas, por qué no reconocerlo, algo tontas vistas desde fuera. Y aunque aquí, en nuestro particular santuario, sabemos de sobra que a todos ustedes les ocurre como a mí, que poseemos una genética privilegiada, y aun así no necesitamos de tales artificios para ser el centro de la fiesta, debido al magnetismo de nuestra fascinante personalidad que nos convierte en los soles de nuestros particulares sistemas, por curiosidad antropológica les traemos un singular ensayo del escritor japonés Haruki Murakami.

Toda actividad aeróbica intensa requiere un calentamiento adecuado

Hay tíos que son lo que decimos de puta madre. Son los que te convencen un martes para salir y aceptando a regañadientes acabas pasando una noche cojonuda e inolvidable, son los que siempre llevan grupos de amigas a las fiestas, los que hacen los mejores chascarrillos mientras ves el fútbol, los que te invitan cuando te quedas sin dinero. Haruki Murakami se ve que no es un tío de estos. Más bien es un tío introvertido, callado, solitario, de esos en los cuales tras su mirada perénnemente taciturna se intuye un gran mundo interior. Es decir, Haruki Murakami es un coñazo de tío para salir de cañas y/o copas. En sus propias palabras…

“…yo soy de esos a los que no les produce tanto sufrimiento el hecho de estar solos. Correr cada día completamente solo durante una hora o dos sin hablar con nadie, o pasar cuatro o cinco horas escribiendo a solas y en silencio frente a una mesa, no me resulta especialmente duro ni aburrido.”

Y como sosainas que es el menda, prefiere salir a correr él solo antes de quedar a jugar una pachanga con los colegas. Sus razones tiene, al hombre le gusta pensar y meditar, y el acto de correr, si se supera el periodo inicial de asfixia, favorece la concentración y el libre discurrir de los pensamientos, cosas del mens sana in corpore sano.

Autor multiventas, de entre otras la celebérrima novela “Tokio Blues” (“Norwegian Wood”), con nutrido grupo de fans y admiradores y tachado de escritor pop desde la crítica de su país, debido en parte a su tirón popular, y en parte a una clara tendencia a occidentalizar su obra, cosa que desde aquí agradecemos, ya que anteriormente nos hemos declarado lo que viene siendo lo justo, en cuanto a amigos de las profundas enseñanzas orientales [2], Murakami nos habla aquí de su particular afición y qué le llevo a escogerla como hábito frecuente.

Es comprensible el éxito de este escritor. Murakami es un escritor que a través un vocabulario sencillo y una sintaxis poco rebuscada logra trasmitir en ocasiones sensaciones complejas y empatizar con sus lectores. Se agradece la forma honesta y humilde que desprende toda la narración en la cual no se buscan enseñanzas superiores ni grandes reflexiones. La parte más lograda del ensayo es el paralelismo que establece entre correr y afrontar la cotidianidad de la vida, cuando esta se nos pone cuesta arriba, ya sea afrontando la constante rutina, o retos excepcionales como leerse todos los tomos de Juego de Tronos [3]. En el caso concreto de Murakami, su fortaleza y determinación como atleta vocacional es equivalente a la que tiene como escritor profesional.

“Para mí, escribir una novela es enfrentarse a escarpadas montañas y escalar paredes de roza para, tras una larga y encarnizada lucha, alcanzar la cima. Superarse a uno mismo o perder: no hay más opciones. Siempre que escribo una novela larga tengo grabada esa imagen en mi mente.”

Y lo cierto es que agrada cómo puede hacerse interesante un relato sobre una actividad tan a priori tediosa como es correr por correr. ¿Lo recomendamos?, pues depende. Si es usted practicante de esta aburrida rutina, ya sea en plan amateur o flipado de triatlón, pues sí, aunque matizamos que Murakami se define como corredor popular y para ellos principalmente escribe. O a lo mejor si lo fue y busca alguna motivación para calzarse sus viejas zapatillas, tal vez también ponerse unas nuevas y fardonas mallas fosforitas, y salir al parque a lucir prietos glúteos y paquete imponente, quizá aquí encuentre algún estímulo. Por si acaso les da la vena, cuídense los flatos.статья 38 кодекса законов о труде украины [4]