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LPD propone un modelo de reforma de las pensiones

Para que no se diga que LPD y yo mismo no aportamos nuestra solución para resolver en dos patadas el problema de las pensiones estos días de actualidad [1], allá van unas ideas (que, por supuesto, no vinculan a LPD en su conjunto, sino que son expresión de mis propias obsesiones, pero como queda más espectacular eso de “LPD propone…” que “el pringado de Andrés nos deleita con sus tonterías” me permitirán la licencia) sobre el particular. Si la CEOE, Jordi Sevilla [2], su compañero de oficina, el camarero del bar y otra gente sin preparación ni demasiada idea, como los sindicatos o el Gobierno de España se creen capacitados para ir lanzando ocurrencias sobre el asunto, ¿por qué hemos de ser nosotros menos?:

– Asumamos, para empezar, las inevitables consecuencias de nuestro modo de vivir. De modo que, porque el sistema capitalista es así (y al parecer nos gusta), vamos a aceptar que somos diferentes (y cobramos diferente) mientras trabajamos. Pero eso no significa que ello deba continuar eternamente. Que el capitalismo, recordemos, es cruel. Tanto produces, tanto vales. Así que diferentes (y cobrando diferente) cuando somos productivos, pero ¿y cuándo no trabajamos? Cuando no trabajamos, dado que no producimos y somos iguales, pues a ser tratados de modo igual, joder.

– Como el Estado tiene interés en que sus viejecitos puedan tener un buen pasar y no estén famélicos en las calles, agravando problemas de seguridad y decoro público, así como suponiendo cargas insoportables para las familias (que han de estar liberadas de esos coñazos para poder producir) hay que tener un sistema de jubilación obligatorio que garantice que todo el mundo tiene una estabilidad cuando deja de trabajar (antes se decía “cuando ya no puede trabajar”, pero esos tiempos han pasado). Vale, de acuerdo, que el Estado se encargue de eso. Porque nos viene bien a todos. Pero, ya que el Estado lo hace, ¿por qué ha de hacerlo para establecer discriminaciones? Que garantice a todos, con su sistema, ese “buen y decente pasar” es el objetivo. No tiene sentido pervertir el modelo público con más elementos.

– Ese sistema, como todos en los que el Estado actúa para resolver problemas, ha de estar basado en la solidaridad (los que tienen más -en este caso, cobran más por su trabajo-, pagan más; los que tienen menos, pagan menos). Por justicia. Pero si esa razón no basta, porque para todos es bueno que los viejecitos estén más o menos bien, incluso para los ricos, que viven mejor, aunque les cueste algo de dinero, en un mundo con ese problema contenido. Imaginen, si no, el sindiós en que viviríamos las clases medias altas y piensen, ¿acaso no vale la pena contribuir con un poquito más para que nuestra sociedad sea más bonita y no haya que atrincherarse en el chaletazo, con helipuerto para ir al yate sin tocar tierra apestada? Además, no ha de olvidarse que en la vida, incluso para los privilegiados, existe la mala suerte y la desgracia. Eso de la “justicia” y la “solidaridad”, si no es muy cara, no está tan mal porque es un seguro contra la desgracia. A todos nos gusta más vivir en un Estado como Dios manda si tenemos un accidente, en la flor de nuestra vida, que nos impide trabajar. O si le pasa a nuestro hijo.

– Mi propuesta, por ello, es un sistema de jubilación que garantice a todos, al retiro, la misma cantidad en tanto que pensión. Una cantidad que, además, sea equivalente al salario mínimo. Si un trabajador, que tiene muchas veces familia que mantener y está en época de gastar, puede pasar con el salario mínimo, un jubilado, que ha tenido toda la vida para ir consiguiendo un patrimonio, incluso suficiente a veces para comprar una casa (la hipoteca a 40 años ya la habrá liquidado)… y que además tiene muchos servicios gratis, tendría que tener un más que digno retiro con esa cantidad. Siempre y cuando, por supuesto, los servicios de dependencia funcionen adecuadamente (de otro modo, ya estamos con lo de siempre, la desgracia hay que resolverla por uno mismo, o a través de la familia).

– Esa pensión equivalente al salario mínimo, eso sí, ha de ser para quienes haya trabajado y cotizado (cada uno según sus posibilidades) al menos 15 ó 20 años. Quienes no hayan cotizado han de beneficiarse de un sistema de solidaridad, por supuesto, pero por motivos éticos (y de incentivo) no está de más que su pensión sea un poquito menor. No mucho, porque es clave asegurar ese buen pasar del que hablábamos, ya saben, pero algo así como el 75-80% del salario mínimo estaría bien. Y si no has cotizado 15-20 años sino sólo 5 ó 10, las diferencias deberían acortarse (yo qué sé, subir al 85% del salario mínimo la pensión del que ha cotizado 10 años).

– Todas las pensiones totalmente no contributivas, además, deberían ser iguales. La idea es, recuerden, que mientras trabajamos no somos iguales, vale, pero que cuando no trabamos debiéramos serlo. Con mayor motivo, no se entiende que dos jubilados que no han contribuido sean tratados de manera distinta. Esto supone cargarse una institución tan entrañable y española como la viudedad, lo sé. Y lo siento. Pero, joder ¿acaso un viudo – o una viuda- es diferente a una persona que tampoco ha cotizado y además soltera? En realidad, sí es diferente, pero porque ha tenido una familia, una pareja, que ha trabajado y que, con ese trabajo, le puede haber dejado una herencia, bienes, recursos… o hijos, que son un seguro de vida, compañía, amor, pero también sustento económico (por lo general) en la vejez (si se necesita). Es decir, es diferente, en algunos casos, pero para mejor. ¿Qué sentido tiene, además, primarla frente a otra persona que tampoco ha contribuido ni cotizado? Lo tendría si su pareja hubiera cotizado más que una persona soltera (es decir, si actuarialmente hubiera metido dinero en la caja también por su pareja) pero, como es sabido, aquí los casados y los solteros cotizan igual. ¿Qué locura es esta de que las personas que quedan viudas tengan mayores derechos que las solteras?

A un modelo así sólo le veo ventajas. Y dirán Ustedes, “claro, joder, si es tu modelo, ¿cómo te va a parecer mal?”. Tienen razón, pero es que, caray, piénsenlo:

1. Tener pensiones equivalentes al salario mínimo genera un incentivo social generalizado para que el salario mínimo suba. Con un poco de suerte, en unos años, hasta lograríamos igualar el nuestro al de países punteros como, qué sé yo, Portugal [3]. Todos los millones de votos de jubilados presionarían para subir el salario mínimo, junto a los asalariados. ¡Sería una obra de arte de ingeniería social tendente a mejorar los niveles de renta de todos!

2. Como facto añadido, eso generaría una masa salarial más potente. Como es sabido, mejor, puestos a pagar pensiones a ancianitos que vana  durar (Dios lo quiera) muchos años, que quienes trabajan sean suficientes y cobren bien.

3. Se rebajarían las cotizaciones sociales. Pagar pensiones para cubrir salarios mínimos cuesta más o menos la mitad de lo que el modelo actual. ¡Se podrían rebajar las cotizaciones sociales, sueño húmedo de los empresarios, de la CEOE y de las gentes de bien! A lo mejor, quién sabe, hasta eso ayudaba a generar desarrollo y riqueza. Sí, ya sé que los malvados empresarios no trasladarían toda la rebaja a un incremento de los sueldos, de modo que la renta disponible de más no la tendrían sólo los trabajadores sino también los dueños de los negocios. Pero hay que pensar que eso no es malo en sí mismo y que siempre, al menos una parte, iría a los trabajadores. Es más, la propia vinculación entre pensión y salario mínimo apoya, como hemos dicho, el efecto a favor del incremento de los salarios por una cuestión de presión pública pero, también, de efecto sobre el mercado de la mano de obra.

4. Se fomentaría el ahorro, pero a partir de elecciones libres. Cada persona, con su renta liberada por la rebaja de las cotizaciones, podría elegir entre ahorrar por su cuenta, meterlo en un fondo de pensiones privado, comprarse una casa para la vejez, dedicarse a emprender negocios… En vez de que papá Estado se encargue de eso, nos encargaríamos nosotros. A mí me parece peligroso, porque a todos nos conviene que los viejecitos tengan (tengamos, en el futuro) un mínimo para vivir con dignidad, que la elección sea enteramente libre. Pero, asegurado ese mínimo, es de locos que el Estado se encargue de gestionar nuestro ahorro con la idea, además, de hacernos más o menos ricos de jubilados según nuestra clase social y recursos mientras trabajábamos. Señor Estado, ¡deje que se hunda hasta la clase-media baja el ejecutivo tarambana que no ahorra y que se jubila sólo con el salario mínimo!, ¡consienta que el trabajador hormiguita lo pueda mirar por encima del hombro en los viajes del Imserso en Benidorm porque él sí ahorró y ahora puede llevar cadenita de oro con chapita al pecho de tipo premium mientras el otro se conforma con una cuerdecita de esparto! Imaginen la satisfacción, el obrero asistiendo al espectáculo de lujo de María Jesús y su acordeón y el ejecutivo tarambana teniendo que conformarse con los garitos donde no cobran entrada y estará, no sé, Joaquín Sabina en plan decadente haciendo alegatos a favor de González Sinde.

5. El Estado, por último, podría montar una “opción pública” que compitiera con los planes de pensiones privados para asegurar extras a la pensión-salario mínimo. ¡Claro que sí! Pero, ojo, en ese caso, con criterios actuariales estrictos, tanto metes, a tanto tendrás derecho. Como en los planes privados. Normalmente, eso sí, el del Estado, a poco que estuviera bien gestionado, sería el plan más eficaz. Por grande, por barato (no tiene que detraer el beneficio empresarial), por serio y solvente, tendría las ventajas de contar con economías de escala bárbaras. Pero, ojo, a lo mejor no. Que cada cual decidiera si lo quiere (y hasta qué punto) o no. Si prefiere irse a la competencia o, por el contrario, gastarse la pasta mientras es joven en champán francés.

La transición del sistema actual al nuevo sería difícil porque habría que hacer una cosa tan antiespañola como números. Yo identificaría a quiénes han cotizado suficientemente y les pasaría al nuevo sistema, calculando cuánto de más llevan pagado y gestionándoles ese exceso a través del plan público. Si quieren, oiga, para que nadie se enfade, les pasamos al plan público con una prima del 50% (que será, me temo, una prima mucho menor a la que, de media, van a recibir con el nuevo sistema a cuenta de lo que pagamos los que venimos detrás). Y, a partir de ese momento, todos iguales.

Las pensiones futuras, cuantificadas en el salario mínimo, se pagarían con el dinero de las (reducidas) cotizaciones sociales. Pero como el modelo es de solidaridad y cubre también a todo el mundo, incluso a quienes no han contribuido, es obvio que no sólo ha de ser pagado de ahí. Las cotizaciones serían una suerte de impuesto más y punto. Irían a la caja común. Y de la caja común se pagarían las pensiones-salario mínimo y las pensiones-80%delsalario mínimo para quienes no han cotizado. Porque es más sencillo así. Y queda más claro que esto es una política pública, pagada con la riqueza del país, para conseguir un bien mayor y común: que todos vivamos dignamente de mayores y en condiciones de igualdad mínimas (aunque luego unos y otros, dependiendo de a qué hayan dedicado su vida y cómo empleado su libertad, de la suerte que hayan tenido, de lo que hayan heredado.. serán más iguales que otros, por supuesto, que esto no es la Rusia comunista, ¡qué se han creído!).

Otra cosa es a partir de qué momento “seremos mayores” y, en consecuencia, el modelo público nos empezará a pagar la pensión. “Vamos a tener que trabajar hasta los 67 años”, me decía un amigo el otro día. ¡Bendita ingenuidad! Obviamente, nosotros vamos a trabajar, que para algo tenemos ahora 30 añitos, como mínimo hasta los 70. Pero ésa es otra cuestión. También lo es que en nuestro caso el asunto no es demasiado grave, dado que nos dedicamos a cosas poco duras y menos exigentes. Esa suerte tenemos, pero no es el caso de todos. Habrá que decidir, el Estado habrá de hacerlo, hasta qué edad hay que trabajar. Y habrá que tener en cuenta la suficiencia financiera y sostenibilidad económica del sistema, sí, pero también cosas tan evidentes como los años trabajados (no es lo mismo empezar a trabajar a los 16 que a los 27, por ejemplo) y el tipo de trabajo (no es lo mismo la oficina que la cadena de montaje). Que hay que valorar, al menos, estas tres variables es obvio; que quien pretende obviar alguna de ellas normalmente lo hace en su beneficio y demuestra bastante cara dura, también; pero cómo se haga es harina de otro costal y objeto de otro análisis. Hoy, de momento, les dejo con esta ocurrencia sobre pensiones. Que la apaleen con cariño.pretty caricature [4]make caricature [5]