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Super Freakonomics, de Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner

La Página Definitiva, en su día, no reseñó el primer libro de Levitt y Dubner (Freakonomics [1]), aunque lo leímos y, la verdad, nos lo pasamos bien al hacerlo. Pero, entre que lo hicimos cuando ya era tarde, que el libro se había convertido ya en un best-seller cuando llegó a nuestras manos y que tampoco podíamos imaginar que iba a ser el fundador de esa nueva religión de nuestros días basada en libros de economistas que, para sentirse un poco más útiles que cuando se limitan simplemente a constatar, siempre a posteriori, los fallos de sus modelos y previsiones, se adentran en una mezcla de sociología, psicología y descripción de las reacciones humanas en términos económicos a partir de situaciones cotidianas y la gracia innata que el día a día tiene, pues tampoco se nos ocurrió. Sin embargo, creemos que es nuestra obligación referirnos a la segunda parte, Super Freakonomics, [2] donde Levitt y Dubner exprimen la gallina de los huevos de oro un poquito más, dado que ha generado un follón de lo más divertido por ciertas controvertidas afirmaciones que no han gustado demasiado a los ecologistas de Climate Progress [3].

El libro, como indicaba, es la continuación de Freakonomics. Más de lo mismo, en la misma línea, con otros ejemplos cotidianos, micro y macro, sobre cómo funcionamos los seres humanos y nuestras sociedades. Pero Super Freakonomics [2], claro, va un paso más allá. Cuatro años de trabajo tienen que notarse. No en el número de páginas (los editores tienen muy claro que más de 250 páginas de lectura supone el fracaso seguro de un libro destinado a las masas y no dejan que se pase de ahí), ni en la profundidad con la que se tratan los temas (que se resiente de la falta de espacio, aunque eso se compensa con referencias a obras que permiten ampliar, aunque tampoco demasiado, no crean, la información), sino en los temas tratados. Super Freakonomics se diferencia de su precuela y de los libros que ha originado en que apuesta claramente por asuntos más espectaculares, más sensacionalistas, si se quiere. Y, además, hace un tratamiento más arriesgado de cada uno de ellos, persiguiendo, de modo muy marcado, llamar la atención e impactar. Así, lo que en Freakonomics era atención dedicada a cómo funciona el negocio del camello de medio pelo dedicado al menudeo de crack, dejando claro que mejor que nadie de nosotros se debiera atrever siquiera a meterse ahí, en Super Freakonomics es un detallado estudio sobre la economía de la prostitución donde se deja claro que no hace falta ni siquiera ser muy guapa, que con ser apañá y tener ciertas cualidades (como que te guste el sexo, algún contacto y la gracia de poner “escort” en tu perfil de Facebook o Meetic), ya está, a triunfar por la vida, ganar de 200.000 a 400.000 dólares al año trabajando menos de 15 horas a la semana. ¡Y tenga en cuenta que, a fin de cuentas, toda la pasta se la darían por lo que, ya sea de casada o de soltera, la mayoría de Ustedes está haciendo gratis! ¡Que no me saben bien cómo funciona el homo econmicus o, en este caso, más bien, su contraparte femenina! Y la conclusión, hispánicamente decantada sin tanto estudio ni hostias, es que todas son unas putas. Así que, joder, les dirían los economistas, al menos cobren de acuerdo a lo que el mercado aparentemente infinito e insensible a cualquier aumento de precio de tíos dispuestos a pagar por follar estaría dispuesto a pagarles.

Como plato fuerte, en esta misma línea, Freakonomics dedicaba páginas y páginas al plomizo tema de cómo calcular qué colegios y profesores hacían mejor trabajo, mientras que Super Freakonomics nos deja claro que el tema del cambio climático ellos lo arreglan en dos patadas y con cuatro chimeneas tirando anhídrido sulfúrico a la troposfera. Con dos cojones.

Dicho lo cual, desde LPD no vemos mal, sino todo lo contrario, el esfuerzo de los autores de Super Freakonomics por ser accesibles, por ganar pasta, por tocar las pelotas, por ir contra corriente y por tratar de llamar la atención. Lo hacen, todo ello, muy bien. Tanto, sobre todo en lo de ganar pasta, que incluso pueden dar envidia. Pero como son un profesor universitario y un periodista, gentes predestinadas a pasar con poco, tampoco nos ofenderemos en demasía porque hayan tenido un golpe de suerte. Más que nada porque, además, todas ellas son funciones sociales importantes, importantísimas. Especialmente lo de tocar las pelotas y llamar la atención en plan original. Como es obvio, puedes pasarte de frenada y meter la pata. Pero da igual. Aún así vale la pena y haces más un favor a la sociedad que si, por el contrario, estás siempre en el carril de la corrección. Porque a todos, empezando por el saber convencional y los dogmas establecidos, les viene bien un meneo de vez en cuando. Aunque sea para reafirmarse señorialmente. Quizás un poco de esto les ha ocurrido a Levitt y Dubner con su extravagante capítulo sobre cambio climático. Pero, ¿acaso podemos reprocharles algo, cuando nos lo leemos muy divertidos, aprendemos algo y, además, nos da qué pensar? Desde su perspectiva, además, ¡qué caray!, la polémica les ha venido de puta madre para vender el libro, con portadas del New York Times dedicadas al tema incluidas.

De todos modos, un servidor también se queda con cierto amargo sabor de boca. Por ejemplo, en el capítulo dedicado a la prostitución (quizás el que más documentación original aporta de todos los del libro), que se nutre una vez más de las investigaciones de Sudhir Venkatesh (el tipo que se pasó 4 años metido en varias bandas dedicadas al negocio del crack midiendo y anotando todo, gracias a lo que hay un capítulo antológico en Frakonomics sobre la economía del menudeo de drogas, de máximo interés). Harto de pasar la vida entre traficantes que se pegan tiros, el tipo decidió ascender en la escala de la turbidez y emplear otros 4 añitos en convivir con putas y chulos de baja estofa en la patria chica de Obama: la ciudad de Chicago. Los datos son muy interesantes y explican no pocas cosas sobre las dinámicas de la oferta y la demanda aplicadas al negocio del sexo. Levitt y Dubner los recogen y explican, concluyendo cosas divertidas, como que la emancipación de la mujer y su disposición en Occidente a practicar sexo sin ton ni son (en vez de con un contrato patrimonia,l en forma de matrimonio, de por medio que permita tener todo atado y bien atadito) son las causas más brutales de competencia para el sector de la prostitución, y no la masiva llegada de inmigrantes africanas o de países del Este. Los precios de los servicios, sorprendentemente homogéneos en cada zona como los de una commodity cualquiera tipo agua, luz o gas, sí varían dependiendo de la voluntad de las ciudadanas que se lo hacen gratis a practicar sexo de manera más o menos desenfrenada. Dado que los precios que mencionan para los arrabales desestructurados de Chicago doblan lo que se paga a una neo-esclava de la prostitución traída en patera y ejerciente en cualquier barrio portuario español, las conclusiones que uno puede sacar de esto sobre el impacto de la educación de nuestras niñas de clase media, mayoritariamente en manos de monjitas muy entregadas a la causa, son demoledoras. Como decíamos antes, vamos, y sin que se nos ofenda nadie, que ya lo decían sabios como El Fary o demás lumbreras de la civilización: son todas unas putas, joder. ¡Viva la economía políticamente incorrecta si sirve para que a Hipatia de Benidorm pueda darle un pasmo!

En cualquier caso, uno se queda con ganas de leer más de los datos de Venkatesh, que parece que es quien sabe del tema. Desafortunadamente, Levitt y Dubner se detienen poco en dar toda la información que el tipo, a buen seguro, ha recopilado. En vez de ello cierran el capítulo con una investigación sobre la prostitución no callejera y de más nivel que da un poco de vergüenza. Todos los datos se basan en una entrevista con un pibón de Texas que se dejó su prometedora carrera como informática, tras dos matrimonios fracasados, para montarse su negociete por Internet, orientado a señores casados que no quieren que nadie les dé el coñazo con eso de bajar la basura y fregar los platos. Es entretenido, sí, pero tampoco es que esté muy trabajado ni los datos recogidos puedan ser tenidos por evidencia que se aproxime siquiera a lo exigido por el método científico. Ni con buena voluntad, ¡ni aplicando estándares de economista! podemos aceptar “entrevista, cenita y copa con tía buena dedicada a la prostitución de lujo” como “trabajo de campo riguroso sobre el mercado de la prostitución de alto estanding”.

El libro tiene otras cosas entretenidas. Se detienen en explicar un poco las motivaciones y actuaciones de los terroristas suicidas y nos alumbran sobre algo que ya vamos sabiendo, a base de experimentar el contraste entre los prejuicios y la cruda realidad en forma de bombazos o intentos de atentado periódicos: que los terroristas suicidas normalmente no tienen su origen entre los pobres de solemnidad sin recursos ni formación sino, antes al contrario, en las clases más ilustradas de entre las poblaciones que los generan. Vamos, nada que no supiéramos por aquí desde las acciones de Mohammed Atta. Luego nos explican que con el control electrónico que ahora tienen los gobiernos de nuestros movimientos es fácil detectar sospechosos y nos insinúan que hay un elemento crucial, el “súper factor identificador de terroristas de la muerte” que, desgraciadamente, no pueden revelarnos cúal es, pero que tiene que ver con la manera en que emplean el dinero que tienen depositado en los bancos. Una especie de coitus interruptus intelectual, la verdad, que vas viendo venir desde unas páginas antes y que, no por esperado, deja de menos mala leche. Como los servicios de inteligencia occidentales están trabajando con ese factor, hay muchas probabilidades de que al final la cosa sea que han descubierto que hay más probabilidades de encontrar terroristas entre quienes compran billetes de Meca Air por Internet u otra chorrada por el estilo a medio camino entre el racismo y la obviedad. Pero, aún así, caray, esto es como en el cole. No está bien, si empiezas a chismorrar sobre la tía que es el sueño perverso de Fulanito, que luego te calles el nombre. Son reglas que cualquiera aprende en el recreo a los 7 años y que Dubner y Levitt, al parecer, no acaban de controlar.

Tiene su gracia el capítulo que dedican a la esencia solidaria del ser humano y la atención que prestan a todos esos economistas dedicados a hacer jueguecitos de laboratorio para extraer sus conclusiones. Afortunadamente, a quien más crédito conceden es al tipo que señaló, después de que todo el mundo llevara 20 años haciendo el gilipollas, que quizás los datos no tenían mucho valor porque, si uno sabe que están observado lo que hace y evaluándolo, tiene tendencia a mostrarse como más presentable de lo que en realidad luego es en el salvaje marco que es la vida cotidiana, ese cuadrilátero donde hasta Cristiano Ronaldo, con lo guapo que es y la pasta que gana, se vuelve loco y te rompe la cara a poco que le mires mal. La ley de la selva. Vamos, que el hecho de que en un juego de laboratorio, con tu profesor y todo el mundo viéndote, no robes 20 dólares a alguien aunque puedas, no demuestra más que “no lo haces si te están viendo”. Al revés pero en un mismo sentido, la tendencia a compartir 4 ó 5 dólares con los más necesitados, si formas parte de un estudio, dice poco de lo que harás si estás ahí fuera y nadie sabe cómo empleas tu dinero.  En este sentido, me fascina también que, dado que los experimentos se realizan con pequeñas cantidades de dinero, nadie haya analizado también lo que, desde fuera, parece una obviedad. Si a mí me dan 20 euros y a mi amigo 0 es probable que tenga más tendencia a compartir con él la pasta (al 50% o dándole una pequeña cantidad) que si lo que me dan son 200.000 euros. No sé qué piensan Ustedes, pero creo que, en ese caso, es complicado que nadie se plantee dar mucho más de 10.000 euros (es decir, una ínfima parte de lo que le ha caído del cielo). Todos conocemos casos de gente a quien, más o menos inopinadamente, cae una lluvia de millones y que no dudan en ningún momento que es “su derecho” quedárselos y, todo lo más, invitar a unas copas. Copas que proporcionalmente nunca llegarán a ese 50% que según los economistas dedicados a estos jueguecitos, hay un huevo de peña que está dispuesta a dar por “solidaridad innata”.

Por último, el libro se mete en un pequeño chapapote cuando sus autores tratan de impactar al planeta con sus soluciones imaginativas para resolver problemas brutales. La idea que subyace es que el cambio climático, bueno, sí, vale, de acuerdo, quizás sea un problema. Pero que no hay manera de lograr pararlo pretendiendo que la gente haga lo que no quiere hacer. La economía consiste en jugar con lo que la gente sí quiere hacer y emplearlo en tu beneficio. Como la peña lo que desea es consumir más, gastar más y meter más octanaje al todoterreno para fardar en el aparcamiento del supermercado, los intentos del premio Nobel Al Gore [4] y toda la panda de chuipiguays que le siguen por esa vía están condenados al fracaso. Además, qué caray, su película [5] es una porquería y su premio [6] una muestra más de cómo de locos están los suecos. En vez de eso, lo que hay que hacer es poner sobre la mesa soluciones sencillas, baratas y que funcionan. Y confiar en el desarrollo tecnológico. Si a principios de siglo XX las grandes ciudades del mundo estaban llenas de caballos que eran empleados para los desplazamientos y la carga, generando ruidos, accidentes y un problema de contaminación brutal porque había tanta mierda equina por las calles que no se sabía qué hacer con ella y la llegada y generalización del vehículo a motor con su ecológica manera de entender la propulsión por explosión salvó la civilización occidental, ¿por qué no confiar en que algo así vuelva a pasar? El progreso siempre permite salir del paso aunque sea, como en Futurama con la basura del planeta (que envían al espacio para acabar creando, cuando su órbita la hace regresar a la tierra, un problema mayor) o nosotros con los coches, para plantear un futuro con un problema si cabe más arduo. ¡Confiemos en eso, joder, que en 100 años estaremos todos muertos!

Con este planteamiento sobre la mesa, tan económico él, Levitt y Dubner se ponen en manos de un equipo de científicos millonarios amiguitos de Bill Gates destinados a resolver los problemas del planeta by the face. Gente sin complejos, que te propone convertir los huracanes devastadores en benéfica lluvia fina sembrando el mar de coladores de agua de esos que venden en los chinos, lanzados sobre el océano en cantidades industriales. Además de hacer bonito provocarían que el agua caliente de la superficie se hundiera y enfriarían la capa superior del océano, impidiendo que las tormentas tropicales tomaran tantan fuerza como para llegar a ser devastadoras.

El cambio climático, como podrán imaginar, es si cabe más fácil de resolver. Dado que cada vez que hay una erupción volcánica tocha, las cenizas y gases que se emiten a la troposfera impiden a la luz del sol llegar a la tierra con facilidad, enfriando todo el planeta (así ocurrió con la última erupción digna de merecer ese nombre en un mundo decente, la del Monte Pinatubo) lo que hay que hacer es meter en la troposfera mierda equivalente a la emitida por los volcanes en cantidades suficientes como para crear una especie de “parasol” que enfríe el clima planetario. Ya decíamos que la economía es así, con lo que la “super freakonomía”, no digamos. Estos científicos cachondos consideran que la cosa sólo tiene ventajas. Podemos contaminar todo lo que queramos y, cuando el calentamiento suba, contaminamos un poquito más (pero con mierda específica e insuflada a nivel estratosférico) y ya está. Reconocen, eso sí, que puede haber un pequeño problema con la vitamina D, pero lo despachan diciendo que los médicos ya se encargarán de darnos unas pildoritas, las farmacéuticas de invertir en nuevos complejos vitamínicos, el negocio seguirá en marcha y todos contentos (los animalitos, se supone, deberán mutar a especies menos vitamine D-demanding, pero vamos, nada que 10.000 millones de años de evolución no puedan solucionar). También apuntan un pequeño problemilla geopolítico asociado a este asunto. Ná, una cosilla menor. Quién controla la tubería y decide qué cantidad de mierda insuflar, porque lo que puede venir bien a unos países, con más o menos sol, lluvias o temperaturas, puede joder bien a base de bien a otros. Pero como todo el mundo tiene claros los benéficos efectos de que el cotarro lo manejen los americanos, tampoco nos preocupamos demasiado por este tema y pasamos a arreglar el mundo en dos patadas, oiga, que es para lo que nos pagan.

Las soluciones para inyectar mierda troposférica son también imaginativas. O una manguera de 15 kilómetros de longitud, sostenida con globos y buscando el espacio exterior (que, nos aseguran, se puede hacer y sería de lo más barata) con bombas sostenidas con globos cada x metros para ir subiendo la porquería o gigantescas chimeneas por las que elevarlo aprovechando que, al parecer, podemos montar una buena fogata para que la cosa funcione, casi, sola. Todo rico, rico, rico y baratillo. Qué tiene todo esto qué ver con la economía es algo que uno no acaba de entender pero, llegados a este punto, eso es lo de menos. Levitt y Dubner, llegados a este punto, pontifican con total tranquilidad sobre cuestiones sobre las que tienen poca idea (o, más bien, ni puta idea). Nosotros, qué diablos, no vamos a quedarnos atrás y planteamos también una alternativa realista y más barata y mona si cabe. Porque puestos a proponer soluciones de geoingeniería espectaculares, y dado que el modelo son las erupciones volcánicas, a mí me parece más barato, en lugar de construir nuevas chimeneas emplear las ya existentes. Esto es, los volcanes. Joder, sí están ahí, pidiendo que los usemos. ¿Y acaso no es más barato y económico usar algo que ya está? Metemos un par de bombas nucleares de esas que llevamos al desguace cuando no están para ser usadas y provocamos una buena explosión volcánica que lleve cenizas y anhídirico sulfúrico a la estratosfera regularmente. ¿No es una solución más elegante?

El asunto, como es normal, ha irritado mucho a defensores del clima, y especialmente por la utilización de los nombres de algunos científicos comprometidos con la lucha contra el cambio climático. La turba ecologista [7] ha señalado errores en el texto y ha puesto el grito en el cielo. Pero, en general, hay que considerar que, si bien hay algún pequeño error en la cita de las opiniones de Ken Caldeira, tampoco parece que éstos hayan sido de mala fe [8] ni demasiado importantes. La cuestión no es si los datos que manejan son o no ciertos, si la geoingeniería es o no la solución, en cualquier caso. Lo extravagante, y lo criticable, es hasta qué punto consideran Levitt y Dubner que una aproximación desde esta manera de entender la economía es la única posible.

La manera en que, llevados por esa creencia, extreman las críticas a científicos como Lovelock es muy simpática, contraponiendo sus opiniones (y tachándolas de sectarias y de contenido más religioso que científico) a las del extravagante periodista y actual alcalde de Londres Johnson. Un tipo con formación en saraos etílicos en Eton, pero poco más. Pues bien, con esa cita de autoridad se da por zanjado el tema y Lovelock o Gore quedan retratados como meros majaderos oportunistas. Parece un poco injusto, la verdad. Así como el cachondeíto por el premio Nobel de Gore, que puede compartirse, ciertamente, cuadra mal con la veneración a los diversos economistas con “Premios Nobel” citados en apoyo de las tesis de los autores. Más que nada porque, puestos a cachondearse, a lo mejor tiene más sentido hacer unas risas con unos premios no fundados ni sufrados por la Fundación Alfred Nobel sino por un conjunto de bancos que le pagan una pasta para poder conceder unos “premios en honor a Alfred Nobel” y que la plebe piense que son como los otros. Y no es que Alfred Nobel tuviera nada contra los economistas. Al parecer, él sólo excluyó a los matemáticos porque sospechaba que su mujer le puso los cuernos con uno. Economistas es que, el pobre, sólo conocía al contable. Lo que pasa es que ahora el mundo de las finanzas necesita toda la publicidad que pueda pagarse. Y como tienen capacidad y ganas de hacerlo, lo hacen. Otros negocios más honrados, como el de los astrólogos, no necesitan buena prensa para marchar a todo tren. Pero si se vieran forzados a buscarla, y pagaran lo suficiente a la Fundación Nobel, en breve tendríamos unos premios, también “en homenaje” y repartidos el mismo día que los otros, en la materia.

Dicho sea todo esto sin ánimo de ofender a nadie, pero para señalar que, puestos a reírse de algunos premios Nobel, en el libro tenían mucho material para ello. Y para analizar eso de los estímulos económicos y su influencia en el comportamiento humano, también en esta materia. Queda el asunto propuesto para Mega Freakonomics, que leeremos también con entusiasmo. Porque, como se ha dicho, el libro es entretenido e informa. Y obliga a pensar, aunque sea para estar en desacuerdo con algunas de las extravagancias citadas. No se puede reprochar a Levitt y Dubner, además, que lleven las cosas tan lejos en sus ganas de ser originales. ¡Unos tipos que ponen a sus libros estos títulos es que no se toman a sí mismos demasiado en serio, lo que les honra, y prefieren dejar claro desde el principio que nos podemos echar unas risas con ellos y su aparente pretensión! Se agradece, la verdad.фото дизайн ванных комнат [9]раскрутка по ключам [10]