Capítulo XXXII: Abderraman I, el Último Omeya

Año de nuestro Señor de 756

El Islam por fin había logrado convertirse en un Imperio serio con la conquista de España, así que, por el momento, la expansión en territorio europeo se detuvo. En aquellos momentos, el imperio islámico era de un centralismo aplastante, siendo los territorios conquistados meras provincias sin competencias administrativas: todo dependía de los Burócratas de Damasco, a donde había que ir incluso para obtener una póliza para cualquier impreso administrativo.

Esta inteligente política de Damasco, que en realidad tenía por objeto que los musulmanes recién convertidos acudieran a la peregrinación a la Meca (ya que tenían que ir a Damasco de todos modos, cumplían con el trámite religioso al mismo tiempo), motivó la aparición en Al Andalus de un curioso movimiento, el “Taifaismo Asimétrico”, que propugnaba la necesidad de que se produjera una división administrativa en taifas autónomas (pero, naturalmente, algunas más autónomas que otras, Al Andalus entre ellas). 

Cuando el califato omeya, siempre afín al consenso, parecía a punto de ceder, los intransigentes abasidas (otra familia descendiente del Profeta, que ya saben Ustedes que siempre fue mucho menos estrecho que Cristo en la cuestión femenina) decidieron rebelarse: el 18 de Julio de 756, el Glorioso Alzamiento Islámico (nombre conque se autodesignaron los Abasidas) triunfó por completo, apropiándose del Califato y eliminando toda veleidad autonomista del Islam…

Menos en España, naturalmente, donde ya teníamos claro que esto del Islam era una excusa para pagar menos impuestos, y donde la idea de no comer cerdo ni beber vino hacía tiempo que había sido olvidada, merced a oportunas interpretaciones del Corán. Fue cosa del Destino que el último de los Omeyas, Abderramán, que había logrado llegar a Al Andalus tras cruzar el Éufrates a nado, entre otras muchas aventuras en las que demostró, por valentía y arrojo, su españolidad, llegara a España en ese mismo año, huyendo de los malvados, extranjeros e incultos, Abasidas. 

Rápidamente, Abderramán generó en su torno un movimiento de rebelión frente a Damasco, y sin mayores problemas se proclamó Emir, por supuesto independiente de Damasco. El nuevo califa abasida, perfectamente consciente de que el Islam, sin Al Andalus, no valía nada de nada (aún no se conocían los usos del petróleo), envió a uno de sus generales a España para intentar recuperar la joya de la corona para la Administración damasquina. El susodicho general comenzó a agrupar seguidores en torno a una bandera negra, con el objetivo último de recuperar Al Andalus para el Califa (él también era un Burócrata).

Sin embargo, el delegado del Califa no tenía nada de español, así que a Abderramán no le costó ningún esfuerzo deshacerse de él: lo capturó, le cortó la cabeza, la conservó en sal y se la envió, envuelta en la bandera negra, al Califa de Damasco (ignoramos si en el día de su cumpleaños). Véase cómo, desde el principio, Abderramán se percató de la clase de cosas que a uno le hacen popular entre sus súbditos, si estos son españoles: echarle “un par de huevos” en todos los actos de gobierno.Con estos antecedentes, no creemos que Ustedes duden lo más mínimo respecto a la excelencia del gobierno de Abderramán I: no sólo hizo felices a sus súbditos (suponemos que a base de declarar días festivos con algún recurrente motivo religioso), sino que el muy español comenzó a construir la Mezquita de Córdoba (capital de Al Andalus), que cualquier historiador del arte les dirá que es el mejor monumento del arte musulmán de todos los tiempos (junto a la Alhambra).

Como buen rey, que era, gobernó hasta el 788, con lo que, además, le dio tiempo de reirse un buen rato de los gabachos, que en esos momentos comenzaban a edificar uno de sus mitos (todos los personajes admirables de los franceses son inventados, como Usted comprenderá): “La canción de Rolando”.раскрутка бренда киевgerman to english translation services


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