Capítulo XXX: Poitiers

Año de nuestro Señor de 732

Ya dijimos que El – Horr era, en su misma esencia, un auténtico perdedor, así que no fue de extrañar que después de su terrible derrota en Covadonga a manos de Don Pelayo y la Virgen María, codo con codo, el líder musulmán fuera derrocado por sus lugartenientes. Por aquella época, es preciso reseñar que todos los moros habían dejado de serlo y ya eran totalmente españoles, sacándose de la manga un curioso sistema de vacaciones consistente, al parecer, en que con la excusa de las “tres religiones” y el mestizaje en Al – Andalus era fiesta los viernes (musulmanes), sábados (judíos) y domingos (cristianos).

Un auténtico chollo, como ven, un modelo de Estado edificado “por y para el pueblo” (sobre todo por el pueblo, claro). Sin embargo, nuestros ancestros hispanoárabes no sólo se dedicaban a beber buen vino, tomar excelente jamón curado y, en líneas generales, tocarse las narices, sino que rápidamente supieron asumir el conjunto del alma hispana y giraron sus miradas hacia uno de los principales objetivos que cualquier español ha observado siempre: guerrear contra los gabachos, por entonces “francachos”, pero que ya por entonces hablaban sin cesar de asuntos como la “excepción franca”, el “universalismo franco” y zarandajas similares.

Así que, acaudillados por el ínclito Abderramán Al – Gafequí (no confundir con Abderramán I, origen de la independencia de Al – Andalus respecto de los “burócratas de Damasco”), natural de Triana, naturalmente, nuestros herejes antepasados conquistaron todo el Sur de Francia como si tal cosa, sin darse importancia; no se trataba de una conquista por intereses materiales (¿alguno de Ustedes conoce las riquezas del Sur de Francia? ¿Por qué creen, además de por el centralismo francés, que la voz cantante en la construcción nacional baska la llevan los de este lado de los Pirineos?), ni tampoco espirituales (los francos eran unos integristas incapaces de comprender las sutilezas, y las ventajas, de la conversión al Islam en aquella época); la verdad es que la conquista obedecía a razones más puramente hispánicas, como dejar claro que “España éh lo mehó der mundo” y que los gabachos harían el ridículo una y otra vez en la Historia sin necesidad de entrar en guerra con Alemania.La cosa fue bien durante unos años, hasta que en el 732, en Poitiers, Carlos Martel, rey franco que veraneaba en la costa levantina, les causa una severa derrota que acabaría para siempre con las aspiraciones expansionistas de los hispanoárabes más allá de los Pirineos.

Aunque es lógico pensar que la obvia españolidad de Carlos Martel pudiera coadyuvar a la derrota árabe, creemos que la explicación de nuestra (sí, sí, Nuestra) falta de interés por conquistar a los sucios, incultos y desarrapados vecinos del Norte derivaba, más bien, de que los árabes eran, ante todo, hispanos, y si ya hemos convenido en aquello de que Hispania era (es) “lo mehó der mundo”, ¿para qué perder el tiempo conquistando a gentes soeces y ordinarias que nunca llegarían a alcanzar la ciudadanía hispánica? ¿Por qué conquistar a quien no merece ser conquistado? Es evidente, y a las abundantes pruebas históricas, que no citamos para no insultar a la inteligencia de Ustedes, nos remitimos, que los hispanoárabes no conquistaron Europa, y el mundo, porque no era su interés ni su objetivo: toda la Guerra Santa de Mahoma tenía un único objetivo: llegar a Hispania, el verdadero Pueblo Elegido por Alá, y quedarse allí el mayor tiempo posible.

Mientras tanto, y volvemos a dar un simpático salto en nuestra Histeria (espacial, que no temporal), los encargados de expulsar algún día “al infiel” (el 60% de la población; la cercanía a EuskalHerria tuvo una influencia evidente en las bases ideológicas de los cristianos montañeses) estuvieron a punto de desaparecer como reino a causa de un oso glotón: “Don Fávila”.painting your weddingtranslate english to russia


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