Con mano izquierda 8: Economizando
El compañero -con carnet- Citoyen, que regenta un blog de ciencias sociales con el optimista título de La ley de la gravedad, explica en un post satírico de esos que me gustaría haber escrito a mí como funciona el pensamiento económico con una claridad digna de agradecer. Como la realidad es una cosa fastidiosa, el primer paso consiste en simplificarla a base de ideología hasta dar con un “modelo” que permita “explicarla”.
En su caso, la cosa va de oponer la ciencia económica a una especie de amalgama chiflada en la que caben desde Adam Smith hasta la última Nobel de economía. Huelga decir que es imposible conseguir tal cosa sin basar el propio razonamiento en inventarte lo que dice el otro para poder cargártelo -inciso: sí, tiene puesto por escrito que se le ponía la piel de gallina con la última campaña electoral del brazo político de los GAL, la del pleno empleo y si tú no vas ellos vuelven-.
Así, empezamos con una modelización de categoría: al onanismo utilitarista al que se ha entregado la mayoría de teólogos del ramo, opone un igual onanismo anti-utilitarista de igual intensidad en dirección contraria, como si el pobre -que humildemente pasa de estar muy bien informado a estar únicamente “por encima de la media”- no fuera capaz de comprender que el utilitarismo submoral con el que justifica -eso sí, absteniéndose prudentemente de ofrecer dato alguno- el tsunami de recortes perpetrado por el Impostor está fehacientemente desacreditado desde hace un montón de años por un buen puñado de economistas. No porque el utilitarismo sea algo malo en sí mismo, como entiende desde por encima de la media, sino porque su uso exclusivo para justificar algo equivale a tratar todas las enfermedades con aspirinas.
La segunda modelización es aún mejor. Ahora pasamos a defender que no tiene ningún sentido perseguir a los sociópatas que tratan de lucrarse convirtiendo en humo los ahorros o las pensiones del personal, viniendo a decir que a ver si nos hemos creído que estamos en el cole castigando y todo eso. Para calibrar en su justa medida ética, metodológica y hasta intelectual tamaño discurso es útil compararla con lo que llama entrañablemente “los principios de su identidad política”, y concretamente con uno de ellos, que reza así: “Creo -sic- que prácticamente todo se puede analizar en términos de “los individuos responden a incentivos””. En resumen, el E.M.B.U.D.O. en su versión progresista: mientras los individuos responden a incentivos, no tiene ningún sentido aplicar incentivos a esos benefactores que aportan bienes sociales como la gestión del riesgo, la selección de inversiones y la canalización del ahorro -sí, es la forma que tiene de referirse a la ruleta en la que seleccionaron la bolita del ladrillo para canalizar el ahorro hacia un vertedero que ha dado en ser el mayor pufo económico desde la segunda guerra mundial-. Y por si eso fuera poco, la lunni Angela Merkel amenazando con situarse por debajo de la media, por no hablar de las muy incentivadoras -y efectivas- medidas que el Gobierno chino puso en marcha desde el minuto 1 de la crisis -entre las cuales, por cierto, el aumento de la indemnización por despido y la aceleración de la puesta en marcha de una seguridad social-…
La siguiente modelización consiste en defender la idea submoral de que no tiene ningún sentido que sean los más ricos los que paguen más impuestos porque la cosa no tiene efectos en la recaudación. Más allá de que las rebajas fiscales del Impostor -patrimonio, sociedades, IRPF- excedan el salvaje recorte que hoy aprueba el gobierno, y de las juiciosas observaciones que hace José R. en el apartado de comentarios, queda muy pendiente explicar ese fenómeno misterioso por el que las empresas francesas siguen empecinadas en no deslocalizarse a España, con unos tipos impositivos más bajos, tal y como reza el mantra de los que conceden a determinadas políticas fiscales poderes omnímodos a la hora de explicar la realidad: ¿será que nos tienen manía?
La siguiente modelización -al loro, que aquí hacemos ciencia de la verdadera- consiste en interpretar la tromboflebitis de la economía y sus heces en forma de melena como una especie de fenómeno meteorológico o catástrofe natural del todo inevitable que, por supuesto, no tiene nada que ver con actuación humana alguna. Vamos, que pasa porque pasa, según una suerte de ley de la gravedad por encima de la media. Una vez acreditado que pasa, y con el único argumento de un estudio que señala que abaratar el despido podría contribuir a reducir el paro a la mitad en el módico plazo de más de una década, la reforma laboral que en las próximas semanas nos hará el gobierno del “recortes sociales de entrada, no” pasa a ser la auténtica solución final, después de la cual la economía española creará empleos a porrillo y crecerá a todo gas a pesar del agujerito del 15% del PIB en las cuentas de los bancos. Ese día, y ley de la gravedad mediante, los osos amorosos retozarán felices en el jardín del mundo de la piruleta.
