Camps: …Y al tercer año resucitó

Está claro que España entera (¡qué digo España… El mundo entero!) le debe muchas cosas a Mariano Rajoy. Menos déficit, menos impuestos, menos paro, menos crisis de deuda, más credibilidad y solvencia financieras. ¡Si hasta el Madrid parece que puede ganar al Barça! Pero la Comunidad Valenciana le debe una muy especial: gracias a Rajoy, nos pudimos quitar de encima al President Camps. Justo a tiempo. Unos meses más y, con esta absolución, no nos desembarazábamos de Camps ni con agua caliente. Pero ahora está hecho, y probablemente no haya marcha atrás.

Lo sorprendente con este caso no es que Camps presentase la dimisión, sino que tardase tanto en hacerlo. Las explosivas grabaciones de connivencia con El Bigotes, su alucinante comportamiento, y sus mentiras (para una vez que el hombre hace declaraciones públicas, y ya ven), eran razones más que suficientes para cesar en su puesto en cualquier país serio, e incluso en España.

Por otro lado, lo que se dilucidó ayer fue una cuestión jurídica muy específica: si Camps recibió unos regalos o si, por el contrario, se los pagó; y si fue a cambio de que los que se los regalaron recibieran algún tipo de trato de favor por parte de la Generalitat, en términos de adjudicaciones, contratos, … Tres años después, yo aún no soy capaz de saber si fue así o no. Me parecen evidentes las relaciones de Camps con los miembros de la trama Gürtel, así como la impresentabilidad de las mismas (e incluso su carácter incestuoso). Ahora bien: ¿los pagó? ¿Se lo regalaron? No tengo ni idea.

El jurado al final optó por la absolución. Cualquier resolución iba a ser objeto de polémica, y es normal que así sea. En especial, tras el regalito que le hizo Mariano Rajoy a Camps condicionándole para que se autoinculpase (y provocando que otros dos imputados, Gerardo Camps y Rafael Betoret, lo hicieran), lo que en última instancia le pondría las cosas mucho más difíciles, además de obligarle a dimitir.

En el fragor de las reacciones contrapuestas, dos cosas llaman la atención. Por un lado, la especie de que la absolución de Camps es una nueva demostración de la querencia genética a la corrupción que tienen los valencianos. Sobre todo, por contraposición con la estricta observancia de la ley que siempre ha sido santo y seña del resto de los españoles. Particularmente en Madrid. Sobre todo en Madrid, donde nunca se ha roto un plato, ni un ladrillo, y donde ahora llegan, con más fuerza que nunca, las lecciones morales. La vergüenza valenciana. Claro, es que estos valencianos ya se sabe… Son todos unos corruptos. ¿Qué esperábais que pasara? Pues que absolverían a Camps. Como es uno de ellos…

A ver si os ponemos a un gestor serio desde Madrid para que ponga orden en ese pozo fétido de corrupción

Desgraciadamente, incluso los jurados eran valencianos. No se pudo evitar. Se montó un juicio con jurado, en Valencia, con un montón de valencianos por ahí, y claro, en un nuevo chanchullo final se acabó exculpando a Camps. ¡Ojalá hubiera sido un juicio en el que le correspondiese evaluar a los jueces, y otro gallo hubiera cantado!

El pequeño problemilla de este argumento es que la iniciativa para que el asunto Camps se resolviera con un jurado en Valencia no partió de Camps, sino de la fiscalía. Bien al contrario, Camps se resistió, cual gato panza arriba, a un juicio en semejantes condiciones. Es un tanto chocante que el modelo de juicio con jurado, que nos parecía cojonudo hasta anteayer, ahora sea el compendio de todas nuestras desgracias.

Este es un país de cainitas, donde todo se resuelve en términos futbolísticos. Si el que pega el pisotón es de los nuestros, pues que se jodan los otros. Pero lo cierto es que Camps ha sido absuelto, y convendría respetar mínimamente la sentencia, y en particular la honorabilidad de quienes así lo han decidido. Todo lo cual, por supuesto, no implica absolverle políticamente de su nefasta gestión en Valencia, de las mencionadas relaciones incestuosas con gente como El Bigotes, del despilfarro, las decisiones delirantes, la parálisis y la ruina. Pero eso no es lo que se juzgaba ayer. Por eso, igual que podíamos criticar esas cosas ayer, podemos seguir criticándolas hoy.

Evidentemente, la absolución de Camps es una muy mala noticia para mucha gente. Entre ellos, los dos partidos mayoritarios. El PSPV, porque desbarata, al menos parcialmente, la que ha sido su principal estrategia política desde que estalló el caso Gürtel: focalizar sus ataques en la corrupción del PP y en la figura de Camps. Y sobre todo el propio PP valenciano, dividido en dos: el ala campsista-valencianista, con todos los que han crecido a la sombra de Camps estos años (es decir: casi todos), y el Nuevo Amanecer del fabrismo avalado por Génova. Ahora Fabra se encuentra con un ex President incordiando, que ganó las elecciones y al que le movieron el sillón. Que, por otro lado, es el responsable principal del paupérrimo estado de las cuentas de la Generalitat y ahora, al reivindicarse, será más visible.

Fabra intentaba, con cada vez menos disimulo, asentar esta idea en la ciudadanía: a mí que me registren, todo este desastre es culpa de Camps, yo vengo a solucionarlo. Y probablemente hasta tenga razón en que, al menos, intenta solucionarlo. Pero será mucho más difícil que antes para Fabra conseguir que el público no asocie al PP, y sólo al PP, como responsable del desastre. Al partido que manda ahora y mandaba antes. Que lleva 17 años mandando.

Porque comenzaba a dar la sensación de que aquí, hasta el mes de julio, había gobernado el PSPV, con Francesc Camps, notorio miembro de la Stasi marxista, al frente. ¡Ah, si Zapatero hubiera aguantado unos meses más…!

Los orígenes de la Stasi marxista: Camps muestra una foto de ZP con un amigo común, el empresario José Luis Ulibarri

Algunas voces entusiastas ya han comenzado a pedir la vuelta de Camps, por la puerta grande, a la presidencia de la Generalitat. Por fortuna, algo así se antoja muy improbable. La absolución limpia sus responsabilidades jurídicas, pero no, de ninguna manera, las políticas. Desde el momento en que dejó el sillón, Camps estaba políticamente amortizado. Otra cosa es que en el PP, por supuesto, le tienen que buscar un acomodo. A fin de cuentas, Camps no dimitió para asumir sus responsabilidades, sino por política partidista.

En la lógica corporativa propia de un partido político, el PP le “debe” un puesto a Camps. Probablemente un puesto-chollo en el exterior, o en alguna empresa pública (hay mucho donde repartir), en el que puedan venderle la milonga a Camps de que en unos añitos, con sus responsabilidades jurídicas enjugadas, podría ascender quién sabe hasta qué puesto. Y, con ello, quitárselo de encima. Entre otras cosas, para que el follón interno en el PP valenciano, que sin duda arreciará en los próximos meses, no se salga de madre.

Por último, es altamente improbable, pero: podría pasar que el PP desatendiera a Camps, o no lo atendiera como éste piensa que se merece (y, a buen seguro, Camps piensa de sí mismo que se merece), y comenzara a perfilarse el sueño perverso de la izquierda valenciana: una escisión de corte regionalista. Un muerto viviente que sale de su tumba para exigir que los catalanes nos devuelvan la paella. Un sorprendente proyecto político basado en gastarse íntegramente el presupuesto valenciano en grandes proyectos, que, con la tasa de retorno que traen, todo son beneficios.

Olvídese de llevarse a sus chiquillos al gris y nada glamouroso médico de cabecera cuando pillen un resfriado: ¡llévelos a la Ciudad de la Sanidad, construida por prestigiosos arquitectos internacionales en un entorno incomparable! ¡Disfrute de un campeonato de Fórmula 1 disputado íntegramente en la Comunitat Valenciana, con circuitos construidos al efecto en todas nuestras comarcas! ¡Escuche misa diaria en cualquiera de las miles de construcciones ciclópeas edificadas por la Universidad Católica de Valencia con fondos públicos regalados por el Consell!

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