Diario de un aspirante a tertuliano

Ofertas de empleo

Publicado en Economía por el 15 de marzo, 2009

A pesar del desbocado aumento del paro, hay profesiones y puestos para los que es difícil encontrar candidatos. Véase la viñeta de Manel Fontdevila: el paso siguiente es publicar el anuncio en las ofertas de empleo. Entre los que no quieren el cargo, y los que lo quieren pero no valen, la cosa está complicada. Y después, al que nombre ministro, lo devorará la prensa con las críticas. Qué crueldad la tuya, José Luis. Ya estamos viendo al sucesor de Solbes arrojándose a los leones de la crisis. Ave, Zetapé, morituri te salutant.

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La cuesta de la deflación

Publicado en Economía por el 30 de enero, 2009

Algo nuevo nos ha traído este año que ni los más viejos del lugar habrán conocido en la economía española. Termina la cuesta de enero y, en lugar de tener al IPC como enemigo público número uno de las finanzas domésticas, las noticias nos hablan de un fenómeno nada habitual por estos pagos: la deflación. El INE ha anunciado hoy que la estimación del IPC armonizado en enero lo sitúa en el 0,8% anual. Una señal, dicen algunos, de que la cuesta de los precios será cuesta abajo en 2009.

No tengo nada claro que en España vivamos un problema real de deflación, a pesar de que durante algunos meses los índices reflejen una caída en los precios coyuntural. Sí caerán los precios en algunos sectores, pero el círculo vicioso de la deflación no afectará a la economía en general… a menos que lo que tenemos sea el principio de una larga depresión y el efecto sobre el desempleo y el crecimiento termine siendo el triple de lo esperado. En tal caso, optemos por la previsión apocalíptica y hablemos del milenarismo, cojones ya.

Foto: suzaku1281

Pesimismo tras la cumbre

Publicado en Economía por el 16 de noviembre, 2008

A pesar de haber defendido el riesgo que suponía la burbuja que finalmente estalló, la posibilidad de una crisis crediticia y el crecimiento disparatado de la construcción, no me encuentro entre los que auguran una larga depresión económica que arrasará con la expansión lograda en la última década. Es cierto que la recesión no será cosa de dos trimestres y las consecuencias de esta crisis con múltiples frentes se van a dejar sentir al menos hasta 2010. Pero mirar a más largo plazo y plantear un escenario catastrofista con el paralelismo años 30 no es realista: todavía no sabemos en qué medida influirán las políticas económicas que aún se discuten.

Una previsión pesimista puede pecar, en este caso, de simplista. Porque no añade factores que pueden hacer que la deriva de la crisis varíe: la expansión fiscal, una política de tipos de interés coordinada que reactive el mercado de crédito, el relevo en los sectores que tiran del crecimiento. Sin embargo, ante el deseo unánime de que la cumbre del G-20 de este fin de semana haya servido para “reformar el capitalismo”, uno prefiere echar mano de la definición de Ambrose Bierce en su Diccionario del Diablo para declararse pesimista obligado.

pesimismo, s. Filosofía que se acaba imponiendo a las convicciones del observador ante el descorazonador predominio de los optimistas con sus esperpénticas esperanzas y sus sonrisas insoportables.

Es de esperar que las intenciones expresadas en la cumbre de Washington terminen materializándose en regulaciones efectivas del mercado financiero. Si no logran establecer las bases de un nuevo Bretton Woods, al menos que las propuestas de control de los riesgos globales de crisis como la actual lleguen a buen término. Pero las sonrisas de los líderes mundiales nos trasladan otro mensaje: tranquilos, que es sólo cuestión de tiempo que volvamos a la buena senda. Pues a la vuelta de la esquina nos espera la nueva burbuja económica, a la que dejaremos hacer mirando para otro lado mientras nos trae crecimiento, beneficios disparatados, inestabilidad financiera y las semillas de una nueva crisis.

Krugman y el dedo en el ojo

Publicado en Economía por el 14 de octubre, 2008

A pesar de haber actuado como asesor de gobiernos, Paul Krugman no se amolda al papel de economista áulico, siempre junto a los que toman las decisiones. Sin duda prefiere ejercer la crítica desde el otro lado de la barrera, en la prensa, por ejemplo. Se ha convertido en el enemigo público nº 1 de la política económica de la era Bush. La concesión del Nobel de Economía, aparte de merecido por su aportación a la teoría económica del comercio, puede y debe interpretarse como que el jurado sueco le mete el dedo en el ojo a la camarilla republicana que, a pocas semanas de las decisivas elecciones presidenciales, está teniendo que capear el temporal de la crisis financiera incubada durante su mandato.

Krugman es quizás uno de los primeros Nobel que puede agradecer el premio y recibir felicitaciones en su propio blog. Su espacio en nytimes.com suele adelantar comentarios y opiniones que aparecen después en sus columnas en el papel. Hoy mismo, sin ir más lejos, se apresura a enfriar los ánimos excesivamente optimistas de quienes podrían ver en la recuperación bursátil la luz al final del túnel. Para no perder la costumbre, le mete el dedo en el ojo a los gobernantes que con anunciar gigantescos planes de rescate ya creen haber solucionado la crisis crediticia: «Let me point something out: while the stock market has been going gangbusters, we haven’t yet seen anything like a return to normality in credit markets.»

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La crisis de los incautos

Publicado en Economía por el 28 de septiembre, 2008

Algunos analistas han empezado a utilizar un nuevo término en la crisis financiera de las hipotecas ‘subprime’. Se trata del de activos ‘tóxicos’, aplicado a todos los derivados cuyo origen es la deuda hipotecaria de alto riesgo, aquélla sin suficientes garantías. Pero los bancos, las aseguradoras, los fondos y los inversores que apostaron por la sobrevalorada burbuja del sector inmobiliario compraron activos que en aquel momento nadie consideró ‘tóxicos’. ¿Por qué iban a serlo si se trataba de una inversión en un mercado cuya rentabilidad se consideraba infinita? La confusión de llamarlos ‘tóxicos’ consiste en que su toxicidad, en realidad, no es fruto de un descubrimiento repentino: la característica que estigmatiza como apestados a estos activos es el alto riesgo. Y no hay nada más cierto que el alto riesgo de la concesión de hipotecas ‘subprime’ era suficientemente conocido, a pesar de que la información no sirvió a la toma de mejores decisiones en el mercado ni las agencias de calificación del riesgo (‘rating agencies’) contribuyeron a ello. En definitiva, los derivados financieros que crearon los propios bancos con las ‘titulizaciones’ hipotecarias no contienen otro veneno que no sea el riesgo consustancial a estas operaciones. Operaciones de inversión especulativa guiadas por la avaricia a costa de la estabilidad del propio sistema financiero.

Se discute si el factor de la regulación del mercado ha contribuido mucho o poco a esta crisis y a la caída del modelo de los bancos de inversión estadounidenses. Hay dos posibilidades, la mala regulación y la insuficiente regulación del gobierno, que desembocan en el mismo problema: las autoridades no estuvieron atentas a los controles que necesitaba el mercado en el momento en que se gestó la crisis. Durante el periodo de la burbuja inmobiliaria se mantuvo la creencia en que los precios de la vivienda nunca bajarían. La expansión económica que produjo la actividad inmobiliaria hizo olvidar a todos los agentes -consumidores, empresas y sector financiero- que hay situaciones que no se pueden sostener mucho en el tiempo. El pinchazo de la burbuja vino acompañado, y a la vez fue en parte efecto, de una política monetaria que pasó de la ‘barra libre’ a la subida de tipos. La consecuencia fue doble: aumento de la morosidad y crisis de liquidez en los bancos. El fenómeno se ha reproducido, con apenas unos meses de retraso respecto a EEUU, en economías como la británica y la española. Cuando los gobiernos han reaccionado ante el parón en seco de la construcción, las medidas tradicionales contra la crisis económica se han visto eclipsadas por el complejo salvamento del sector financiero.

La intervención gubernamental ha actuado en forma de dique contra el desplome de un sistema financiero contaminado por la desconfianza. Las nacionalizaciones de emergencia muestran hasta qué punto se ha priorizado evitar el mal mayor frente a la prudencia del ‘laissez passer’ liberal, que aconsejaría el ajuste de los mercados sin intervención del estado para no incurrir en ‘riesgo moral’. La operación de rescate que pone sobre la mesa el gobierno de EEUU invierte cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes para que la confianza y la liquidez vuelvan al mercado. El destino es incierto, puesto que la compra masiva de activos que nadie quiere puede generar un balance desastroso para el sector público incluso en el largo plazo. De ahí las reticencias ante una medida que, además, saca las castañas del fuego a un sector ‘culpable’ de los males que ahora sufre toda la economía. Sin embargo, actuar aun torpemente puede ser mejor que mostrar inacción ante una crisis con pocos precedentes. En el fondo, la crisis es la factura que antes o después habrían de pagar los incautos que propiciaron riesgos financieros que nadie estaba dispuesto a asumir. Como en cualquier burbuja, el último que se endeuda es el que paga los platos rotos. Que el gobierno ponga su parte no es sino el reconocimiento de que todos contribuyeron a la ‘exuberancia irracional’ que ha traído estos lodos.