Empate
Ese es el resultado del debate electoral más esperado de los últimos quince años: un empate. Básicamente, porque ninguno de los dos hizo méritos suficientes para otra cosa. Sin embargo, el resultado puede ser considerado provisional: de manera más acentuada aún que en 1993, este primer debate ha sido planteado como un “primer round”, centrado en el balance de los cuatros años, que se completará con el segundo y último debate del próximo lunes, más dedicado a las propuestas para la próxima legislatura, de manera que hasta la finalización de la “segunda parte” no se puede dar como definitivo el resultado. En cualquier caso, las victorias que cada partido y cada medio están proclamando tienen un elemento común: ni Rajoy ni Zapatero dejaron KO al adversario. No dejaron mala impresión a su electorado más afín, pero ninguno de los dos logró convencer a un solo indeciso.

Se defiende que el candidato socialista salió victorioso a los puntos. Hay dos motivos: las encuestas que confirman esa impresión en el electorado y la expectativa previa, no cumplida finalmente, de que Zapatero tenía muy complicado salir airoso de la catarata de críticas a los cuatro años de gobierno que lanzaría Rajoy. El aspirante tenía menos que perder que el candidato que se presenta a la reelección, Rajoy sacó a relucir la agresividad verbal desde el primer minuto y el debate terminó con un Zapatero la mayor parte del tiempo a la defensiva. Pero la contundencia de Rajoy estuvo mal orientada: reiterando su discurso de oposición frontal de los últimos años no logra pescar en caladeros electorales que no sean los suyos. Zapatero aguantó y aprovechó el contragolpe, lo que le deja en posición de ventaja para lo que podía haber sido.
El próximo lunes les toca ilusionar a los votantes con propuestas de futuro. Habrá que prepararse para una subasta de promesas electorales. Quizás en esa tarea brillen más los discursos de ambos candidatos, que ayer estuvieron grises en una labor de repetición de los mismos argumentos que han venido manejando en los últimos tiempos.
Cara a cara
Comenzado el periodo de campaña legalmente establecido por la ley electoral, hay una cosa clara: estas semanas previas al 9-M estarán protagonizadas por los debates televisados. Los candidatos llevan en campaña meses: ahora aumentan un poco el ritmo de mítines diarios, pero apenas varian su agenda si no fuera por los dos “cara a cara” que ya han sido calificados de “decisivos”. Pero ¿realmente alguien va a decidir el voto entre Zapatero y Rajoy tras ver los debates? Es seguro que no habrá muchos “indecisos” que lleguen a esos extremos. Los movimiento de votos son lentos; es un juego de pulgadas, de centímetros, como dice Egócrata en su blog. Pero también es cierto que el resultado de los debates será determinante en el ambiente de los días previos a las elecciones, y ahí se pueden estar jugando mucho los dos partidos.
La victoria o derrota en los debates llega al conjunto del electorado con los comentarios del día siguiente. En el celebrado el jueves entre los números 2 por Madrid hubo un resultado inequívoco, que quizás no habrá influido mucho en quienes los vieron debatir sobre economía, pero sí ha repartido optimismo y pesimismo de manera desigual entre los dos partidos. En pocas palabras: la opinión general sobre el repaso que le dio Solbes a Pizarro en Antena 3 le ha dado al PSOE la confianza que necesitaba para empezar la campaña con buen pie. Los errores del candidato novato no solo han puesto nervioso al aparato electoral del PP, sino que dejan una mala impresión sobre una de las pocas decisiones tomadas por Rajoy por iniciativa propia, la de colocar a Pizarro en las listas.
El carácter personalista que impregna la campaña de socialistas y populares, más acusado que en ninguna otra elección anterior, llegará a su cima con los debates a dos. Tanto el candidato del PSOE como el candidato del PP se verán enfrentados a un reto mayor que el de tumbar al contrario: demostrar que son el mayor activo de sus respectivos partidos para ganar el 9-M.
Encuestas
En la mayoría de procesos electorales ocurre que aparecen encuestas para todos los gustos. Aunque todas marquen una tendencia común, existe la posibilidad de “cocinarlas” en función de la estimación del voto y que así apunten hacia resultados muy diferentes. Al margen de las publicadas por la prensa, que mucha gente directamente desecha por tendenciosas, está la que realiza el CIS. Ahí es el gobierno el sospechoso de cocinar la encuesta para que el resultado tenga el efecto deseado sobre los votantes. En esta ocasión, tanto la del CIS como las demás hablan de un resultado ajustado entre los dos partidos mayoritarios. ¿Se están equivocando como en otras ocasiones? ¿Generará la campaña, y sobre todo los debates cara a cara, un efecto que las encuestas publicadas hasta ahora no han podido prever?
Todas estas preguntas tan interesantes no sirven para nada en el propósito que acometemos a pocos días de que empiece la campaña electoral: la porra electoral de LPD. Cuando ya muchos lectores de la web han publicado su apuesta, y muchos más la enviarán de aquí al final del plazo, he aquí mi pronóstico: PSOE: 165; PP: 154; CiU: 10; PNV: 6; IU-ICV: 5; ERC: 4; CC: 2; BNG: 2; EA: 1 y NaBai: 1. Como supongo son las demás previsiones enviadas a LPD, se trata de una estimación a ojímetro, sin datos ni estadísticas que la avalen. Echando un vistazo de conjunto a la porra, eso sí, podría sacarse una media que reflejaría la mezcla entre deseo y realidad en que consisten las apuestas. Una media, además, no muy alejada de lo que dicen las encuestas. Lo que nos lleva a la pregunta: ¿para qué se gastan el dinero que se gastan en encuestas si lo único más o menos claro que son capaces de prever lo predicen igual los lectores de LPD a ojo?
Aquello que es común en la mayoría de previsiones de resultados es que la mayoría absoluta del PSOE está lejos, tan improbable como una victoria en votos del PP. Lo cual da como escenario éste en el que estamos: ¿cuántos puntos y escaños separarán a Zapatero de Rajoy? Esa es la gran incógnita que ni encuestas ni porras pueden despejar.
El debate, la tensión y el drama
Para una vez que un candidato no esconde el instinto de “serial killer” que se les despierta cuando se acerca una campaña electoral, van los medios de comunicación que cazaron las declaraciones “off the record” y se lanzan en tromba a criticar su sinceridad. ZP le dice a Gabilondo tras la entrevista del lunes en la tele que conviene que haya tensión y que “habrá que dramatizar un poco” conforme se vaya acercando la campaña. El análisis que cualquiera puede hacer a estas alturas es claro: a los socialistas les beneficiará una participación alta el 9-M, en la medida en que ello significa que son capaces de movilizar a todo el electorado que les votó hace cuatro años. Cualquier escenario de disputa muy reñida con el PP favorece esa movilización, luego es cosa evidente que los estrategas del PSOE manejan la opción de echar mano de un discurso que “dramatice” la posibilidad de una vuelta del aznarismo al poder. Algo así como el “que viene la derecha” de Alfonso Guerra, pero actualizado a los nuevos tiempos.

A mí todavía no me ha llamado Pepiño para que empiece a aplicar el manual del agitador ciberprogre que distribuyó el PSOE hace poco: quizás no les pareció ajustado el presupuesto que les envié. Pero es cosa cierta que, al margen de la catarata de promesas que han lanzado los partidos, el principal elemento motivador que encuentran muchos electores es el voto de castigo. Zapatero recoge mucho voto anti-PP, mientras que Rajoy también se lleva su parte de votos contra el presidente al que “se le ha caido la careta del talante” según ha dicho hoy mismo Acebes. Rajoy tiene en su contra que todo el voto anti-ZP ya está más que movilizado: de ese caladero no sacará ni un voto adicional. Y sus intentos por aparecer como un presidenciable de “centro”, es decir, con verdaderas opciones de ganar siguen generando muchas dudas.
Dentro de diez días se celebrará el primer debate que ya, por fin, han acordado los responsables de campaña de los dos partidos. Caben apuestas: ¿quién se mostrará más agresivo y quién más relajado ante las cámaras? ¿Cuál de los dos escenificará más claramente lo que se juega su partido en estas elecciones? Habrá tensión, pero ¿quién se hará con la etiqueta de crispador? ¿No creen que si las encuestas siguen tan ajustadas habrá “drama” en el debate para todos los gustos?
Campaña ‘08: Empieza el espectáculo
Se abre el telón y en la pista central vemos a dos señores con idéntica vestimenta, impecables trajes de domingo, que habrán de vérselas con la temeridad de los equilibristas, la agilidad de los saltimbanquis, la habilidad de prestidigitadores y malabaristas y el engaño amable de los clowns. Al final de la función solo quedará uno, pues la decisión del público será implacable con aquél que no interiorice el espectáculo. El circo es el espectáculo total. Ya decía Ramón Gómez de la Serna que no había nada más dichoso que ser cronista del circo, pues el circo es pura diversión, la diversión por la diversión. No puedo estar más en desacuerdo con quienes comparan de forma despectiva la política y el circo. Son injustos con ambos. La política diaria de gobierno y oposición no llega al nivel del circo, a pesar de los leones que adornan la fachada del Congreso. Los rifirrafes de escasa entidad política que protagonizan el debate partidista no entusiasman a los ciudadanos.
En la política hay un componente de espectáculo, que para bien o para mal sirve para aumentar la participación de la gente y que apenas se explota. Y únicamente se llena de contenido cada cuatro años, cuando los partidos están obligados a presentar un nuevo programa electoral. En este sentido, cuando la política es de verdad como un circo es en campaña electoral: los actos de los políticos son todos pura mercadotecnia. El marketing político por el marketing político, sin más cortapisas. Y no se entienda mal esto: con todos los efectos perversos que tiene el marketing, constatar que los partidos se centran en “vender” su producto es una buena noticia para los ciudadanos. Porque el marketing es también colocar al cliente como prioridad, en este caso al elector.
Y como decíamos del circo, nada puede ser más motivador que un espectáculo en el que el público tiene siempre la última palabra. Con el aplauso o el abucheo podemos juzgar a quienes buscan representarnos y que durante cuatro años pueden no necesitar siquiera nuestra opinión para gobernar o hacer oposición. Las campañas electorales son una carrera de obstáculos imprescindible para que ningún candidato llegue a la meta sin haber sudado la camiseta, sin comprometer su credibilidad con un programa de gobierno y sin someterse al juicio implacable de los suyos. Sin campañas electorales, la política sería más aburrida y la democracia se asemejaría a un trámite administrativo por la vía del voto cuatrienal. El espectáculo político alimenta la participación, y ésta a su vez los niveles de exigencia para que los programas no sean papel mojado y para que durante la legislatura los políticos sientan en la nuca el aliento de los votantes que confiaron en ellos.
