Doce meses de comentarios
Es algo acostumbrado, corriente, ritual en el mundo de los blogs. Dedicar una anotación al aniversario del mismo, digo. Pues bien: estas líneas van a cumplir con la costumbre. Desde el cuatro de julio de dos mil tres, en que empecé a escribir en este rincón de LPD, ha pasado un año. ¿Y ahora qué más digo? Me puedo felicitar por las ciento treinta y seis anotaciones de este Diario, y las que vendrán, que no son pocas si se atiende al ritmo que marca el formato adoptado por el blog. Pero más sensato sería agradecer a quienes han escrito aquí mucho más que yo: a los autores de la jartá de comentarios almacenados, que han enriquecido los debates planteados por el artículo inicial. Hay quienes critican a los ‘escritores’ de blogs por el inflamado ego que exhiben al expresarse desde esta atalaya. La realidad es justo lo contrario: ¡si supieran la cura de humildad que supone escribir con el ‘feedback’ inmediato de los comentarios!
Después de la experiencia de lo que Arcadi Espada llama ‘nickjournal’, uno se da cuenta de que es inútil creerse protagonista de tu propio blog. Los que hacen que este invento funcione son los lectores… precisamente porque no son sólo lectores. Cuando la escritura en línea incorpora un sistema de comentarios, la crítica o la alabanza están a un click para quien lee. Quedan lejos los viejos usos del columnista de papel que recibe una carta discrepante y responde en un artículo del mes siguiente. En la prensa, se percibe ya la necesidad de encontrar un sistema de comentarios junto a la opinión de turno para replicar tranquilamente. Quizás con el tiempo nada estará protegido de la inmediatez con que los comentarios en la red examinan lo escrito por cualquier periodista, ‘blogger’ o intelectual de prestigio. El público tiene la palabra: ¿alguna vez no la ha tenido? La bendita internet lo único que nos ha aportado es la herramienta para, por ejemplo, contestar a las chorradas que vengo contando aquí desde hace ya un año. Cómo pasa el tiempo, por cierto: parece que fue ayer, y no hay más que ver todo lo que ha ocurrido entretanto.
¿Apagones imprevistos?
No creo que se deban calificar de imprevistos los apagones de esta semana, más allá de que efectivamente no entraban en las previsiones de la mayoría. Las compañías electricas tienen información sobre el estado de sus redes de distribución. Y es evidente que la gestión de este servicio público está en manos de monopolios privados que han de responder, al menos, a las necesidades de sus clientes. Los graves perjuicios ocasionados van a hacer cambiar la política de inversiones, cuanto menos para acelerar las programadas para los próximos años. El calor ha disparado la demanda, pero el problema está y seguirá estando en la red que lleva la electricidad hasta el consumidor final. No tiene sentido, por tanto, unir los apagones veraniegos al problema energético general: no escasea la energía, sino el interés de las eléctricas por mantener la calidad del servicio. Situaciones como las vividas por cortes del suministro serán la excusa perfecta para pedir al regulador aumentos en las tarifas.
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