Entre el ladrillo y el petróleo, ¡sálvese quién pueda!
Las incertidumbres no son muy bienvenidas en economía. La evolución de los precios de las materias primas o de productos fundamentales puede desatar los nervios en el momento más inesperado. Los últimos días están siendo especialmente propicios para esas noticias-bomba que cíclicamente protagonizan la sección de economía de los informativos: el petróleo sube espectacularmente y la vivienda se convierte en objeto de preocupación por una burbuja con riesgo de estallar. A los catastrofistas que prevén calamidades de todo tipo en la economía no se les suele hacer mucho caso. En cambio, las catástrofes previstas tienen normalmente buena acogida por los medios y el comentario de la gente. A todos nos gusta especular con el desastre que se avecina por tal o cual variable económica que no podremos controlar. Casi por definición, los catastrofistas están equivocados en sus previsiones; pero no en sus planteamientos: suelen acertar en dibujar el problema y en orientar la señal de alarma.
El aviso que se ha lanzado, en esta ocasión por parte de la OCDE, sobre la burbuja inmobiliaria sigue dando que hablar. El mensaje que deslizaba la organización internacional en su último estudio sobre la economía española no difiere de lo ya expresado por el FMI o el Banco de España. El descontrolado crecimiento de los precios de la vivienda supone un riesgo que -viene a decir la OCDE- podría provocar a medio plazo una caída brusca si concurren unas circunstancias determinadas. La prevista subida de los tipos de interés parece haber abierto el camino a esa posibilidad, de modo que donde antes se quitaba hierro al peligro de burbuja hoy se señala el temor de que sean ciertas las previsiones y en el medio plazo se produzca una caída brutal de los precios en el mercado inmobiliario. La duda sobre si existe o no burbuja parece haberse disipado: la hay. Y lo que se ha venido diciendo desde hace tiempo sirve ahora para provocar inquietud: cuanto más crezca, más riesgo existe de que el negocio del ladrillo se estanque o entre en una aguda crisis.
La OCDE no aporta nada nuevo, excepto un elemento que pone de los nervios a muchos: que sea una entidad de alto rango la que constate el riesgo puede acelerar el proceso de ajuste en el mercado; en el caso más extremo, si todos creen la previsión, efectivamente se cumplirá al producirse ventas de inmuebles por el miedo a que bajen los precios. ¿Qué ocurrirá? El riesgo real puede deparar un descenso en el precio de los pisos o una desaceleración. Bastantes expertos se muestran prudentes y dicen que lo más probable es lo segundo. Ese es el objetivo del Gobierno, que cuando era oposición se sumó a la tesis de la burbuja a punto de estallar pero que ahora, lógicamente, va a intentar que tal eventualidad no suceda. El ministro Solbes dice que los precios se desacelerarán. Si por el contrario bajan, los nuevos responsables de la política de vivienda tendrán la sensación de encontrarse de repente con la herencia del ladrillismo fomentado en las dos legislaturas anteriores. La afluencia al mercado de viviendas de protección oficial puede ayudar también al enfriamiento del ‘boom’ inmobiliario.
El factor que más pesa en las reacciones que han seguido al estudio de la OCDE es el de las expectativas. Hay quien tiene algún temor a que las noticias de estos días sirvan de detonante incontrolado para una caída en las desorbitadas expectativas que se tenían puestas en la construcción y la compraventa de inmuebles. Los riesgos son los mismos que hace unos meses, pero da la impresión de que si se habla mucho de la burbuja, terminará pinchándose. El fin de la fiebre del ladrillo podrá significar una catarsis con efectos positivos para la economía. Aunque en principio nadie quiere que tal cosa ocurra, por sus consecuencias sobre el crecimiento económico. Es por ello que se dan argumentos de todo tipo para calmar los ánimos y alejar la idea de que habrá un pinchazo repentino.
En cualquier caso, resulta curioso el argumento que se da sobre el patrimonio de las familias. No hay falacia más extendida que la supuesta ganancia de la que gozan todos los propietarios de vivienda en las etapas alcistas. Si suben los pisos un 30%, ¡pues mejor para el que tiene uno! Nadie se pregunta si ese honrado ciudadano ha incrementado su patrimonio un 30% realmente. Quien posee una única vivienda, o dos si la segunda la usa para las vacaciones, no tiene un activo que pueda revalorizarse en beneficio de sus ingresos, sino un bien que le sirve para una necesidad esencial y al que no puede renunciar. Una casa sirve para vivir: si es eso lo único que tienes, da igual que valga diez y mañana veinte; al venderla tendrás que comprar otra y es preferible realizar esa transacción en un mercado que no esté desbocado.
El petróleo no genera menos quebraderos de cabeza que otros bienes. Con la vivienda, querríamos conjurar el riesgo de quedar atrapados en la burbuja vendiendo pronto. El petróleo no lo podemos controlar por el lado de nuestra elección como consumidores: esta ahí, como materia prima, en las entrañas mismas de nuestro modelo productivo y nuestro modelo de vida. A ver quién va a poder salvarse de las garras del petróleo si el mercado se desboca… y no por una burbuja, sino por una escalada imparable. El crudo está alcanzado esta semana las cotas más altas desde 1990. El precio se dispara y con él las incertidumbres en torno al futuro de la economía de los países desarrollados y de los que aspiran a serlo. El tan anunciado fin de la era del petróleo barato puede no estar lejos. Entrar en una etapa en la que una variable tan decisiva para los ciclos en las últimas tres décadas deja de bajar de un determinado nivel tendrá un impacto fundamental sobre la economía.
Un artículo de Mariano Marzo sobre el agotamiento irremediable del petróleo, y la crisis que llegará antes de que se atisbe siquiera ese momento, explica bien el fenómeno que estamos viviendo (se puede encontrar junto a otros muchos en la magnífica web de Crisis Energética). Es una realidad que «desde 1986, con la única excepción de 1991, año tras año se ha extraído más petróleo del que se descubría, al mismo tiempo que la demanda crecía inexorablemente, de forma que, actualmente, por cada barril de petróleo descubierto consumimos cuatro». No pasarán muchos años antes de que se alcance el cénit de la conocida curva de Hubbert, y a partir de entonces quizás consideremos con más seriedad las consecuencias que tiene la dependencia brutal del combustible fósil en nuestro insostenible modelo de desarrollo. Es posible que la adicción al petróleo deba ser tratada con cirugía y no sólo con medicinas cuando se alcance el pico de la producción.
Lo más absurdo de las noticias en los medios que subrayan el «imparable aumento de los precios del crudo» es que únicamente invitan a la reflexión sobre las formas de afrontar la crisis energética cuando se dibuja un panorama negro. El resto del tiempo, parece que no debamos preocuparnos por las causas profundas del despilfarro de la energía. Las soluciones, en tales circunstancias, siempre surgen apuntando hacia lo mismo: alternativas aún no muy desarrolladas. El modelo energético puede ser modificado con el tiempo; aunque al paso que vamos, más que pensar sobre salidas viables al fin del petróleo quizá debamos afrontar no una pequeña modificación, sino un cambio de modelo energético porque la escasez real de combustible se nos eche encima. Y a ver quién va a estar preparado para eso. En no mucho tiempo, quién sabe si la vivienda dejará de ser el principal problema de las familias, a pesar de cuantas burbujas inmobiliarias existan: es el coche el que va camino de convertirse en un verdadero bien de lujo.
Zapatero versus Losantos
Los responsables de prensa de La Moncloa son, sin ninguna duda, los campeones del Nuevo Talante. Decidieron que ZP concediera una entrevista al New York Times como primer medio extranjero que hablaba con el presidente. La corresponsal del periódico no se lo puso fácil, pero tras enseñarle el álbum de fotos familiar no tuvo más remedio que resumir la entrevista en que el entrevistado era un ‘aliado crítico’ de EEUU. Las respuestas sustentan suficientemente tanto el adjetivo como el sustantitvo. Campaña de imagen bien encarrilada: ZP, directo al estrellato internacional. Ahora es otro medio nada complaciente el que recibe la visita de la elegancia zapateril ante periodistas de todo pelaje. Esta mañana: en la Cope, frente a don Federico. El valor se demuestra en las grandes plazas. El entrevistador no hace preguntas al uso; el intercambio de percepciones casi se convierte en un debate a dos, mucho más difícil de lidiar.
Aunque quizás debiéramos aplicar aquí la tesis de Arcadi Espada: las entrevistas no se las conceden los políticos a los periodistas. Es justo al contrario. El medio le concede espacio al político para explicarse, y cuando éste culmina una buena faena en una emisora de radio crítica, por ejemplo, lo que ha hecho es aprovechar la oportunidad de colocar su mensaje en el lugar adecuado. También ocurre que criticar a alguien con quien no se habla personalmente es más fácil que insultar a quien acabas de entrevistar… aunque tampoco creo que Losantos vaya a ser menos hostil hacia ZP por concederle tal espacio en la Cope y el otro haberlo aceptado como muestra de respeto hacia el programa.
«Con venir, ya tiene medio partido ganado…», le decía Losantos. El ansia infinita de ZP por visualizar la voluntad de regeneración democrática lo llevó a recalcar como ejemplo de normalidad la entrevista en la Cope. En los primeros meses, todo parece transformarse en gestos de antogonismo respecto de lo anterior: Ánsar no se acercaba a Prisa ni para entrevistas ni para concesiones. Bueno, para esto último sí que se acercó; no se podrá quejar Polanco del trato dispensado en materias sensibles para la cuenta de resultados. ZP le aseguró a don Federico que el panorama de falta de competencia en diversos mercados que dejaron los falsos ‘liberales’ del PP, «también en los medios de comunicación», será mejor tras su mandato. Y añade: «Un gobierno socialista, y yo siempre me he considerado socialista, va a temer una estructura administrativa menor y un gasto corriente menor que el gobierno ‘liberal’ que hemos tenido ocho años». Losantos dice que va a tener que creer en Rodríguez Zapatero, ya que dejó de creer en los Reyes Magos.
El presidente salió vivo de la cita con los liberales, a pesar de que algunos pretendían que Losantos sacara las garras y se enfrentara con el Bambi que se sentó en el estudio radiofónico con la cordialidad habitual. Mostró una voluntad proselitista mediante guiños variados hacia los tótem ideológicos del tertuliano medio de esa Santa Casa. La cosa no se presentó propicia para que el entrevistador cambiara el estilo florentino por el reproche a cara de perro por alguna tropelía gubernamental. No ha tenido tiempo el Gobierno de cometer alguna, excepto las minucias con que se entretienen los periodistas a diario. Losantos quiso estar al nivel de un anfitrión que quiere recibir gustoso más visitas. En la próxima, que se prepare ZP para la artillería por tierra, mar y aire. Será interesante escuchar nuevos duelos al amanecer. La era iniciada con el talante de Zapatero es lo que tiene: habremos de acostumbrarnos a cosas tan raras como debates en TV y entrevistas con periodistas críticos.
Las dos caras del Fórum de Barcelona
Ahora que se abre el Fórum de las Culturas, es posible que la pregunta que nos hacíamos muchos hace tiempo siga siendo válida para quien coja desprevenido la inauguración de tan magno acontecimiento: ¿de qué va esto del Fórum? La pregunta se la harán todavía hoy sobre todo fuera de Cataluña, donde por el contrario sí se ha hablado más del evento, me da la impresión, y no habrá mucha gente que no sepa a estas alturas qué es. Confieso que he tratado de informarme en los últimos meses, y que al menos me he enterado de qué va. Pero sigo con la duda acerca de qué imagen quedará de este «encuentro de las culturas» una vez termine a finales de septiembre.
Digamos que por el momento se podrían perfilar dos caras del Fórum. Desde una perspectiva distinta a la que los habitantes de Barcelona puedan tener, Ignacio Camacho venía hoy a decir en ABC de Sevilla que el Fórum es una buena oportunidad que tiene la ciudad para recuperar el impulso de los acontecimientos de 1992. Oportunidad que culmina en éxito, y no en frustrados intentos como los de Sevilla tras la Expo en la búsqueda de ser sede olímpica: coinciden las dos ciudades, aunque con distintos resultados, en tratar de recuperarse de la depresión post fastos del 92 con nuevos eventos en el escaparate mundial. Camacho argumenta que el Fórum es un «un pretexto sobre el que se ha montado una enorme operación urbanística y otra de relaciones públicas con las que, por un lado, reactivar la actividad económica y de obras, y por el otro volver a situar a la ciudad en el eje de la actualidad internacional, con el siguiente empujón de afluencia turística». La especulación urbanística no falta, evidentemente, pero el periodista tiene claro que el Fórum será positivo para el desarrollo de Barcelona.
De otro lado, las críticas al Fórum le han llegado precisamente por su carácter cuasi privado compatibilizado con un objetivo de interés público que algunos cuestionan. Hace año y medio, el antropólogo Manuel Delgado decía que «el gran circo de las culturas» que es el Fórum 2004 parece que se convertirá en «una apoteosis de ‘las culturas’ como tema para la demagogia política y para la trivialización mediática, una diversión en que la pluralidad cultural se verá reducida a una pura parodia destinada al consumo de masas y a la buena conciencia institucional». En tal caso, el rollo cultural vendría a ser de nuevo una excusa bienintencionada pero cuyos planteamientos fallan. La razón de ser del evento es otra bien distinta: «Barcelona vive un colosal proceso de transformación urbanística que, como otras veces, parece requerir algún gran evento que la legitime simbólicamente».
Delgado no tenía muchos motivos para esperar gran cosa del Fórum: «Demasiadas instituciones, demasiadas multinacionales y demasiado dinero para creer que el Fòrum pueda ser, como mucho, otra cosa que un gran parque temático al que se invitará a todo tipo de capitostes y gurús, y en que la diversidad humana será exhibida como un grandioso y amable show de luz y de color. Un circo.» ¿Se cumplirá esta previsión?
Las mezquitas en el punto de mira
Un atentado como el ocurrido el 11 de marzo en Madrid basta para que muchas cosas cambien en una sociedad. Cambian las circunstancias en que tiene que ordenar sus prioridades, pero no han de cambiar los principios por los que se rige. El terrorismo propaga el miedo al tiempo que aviva el recelo hacia el ‘otro’, siendo en este caso el otro aquellas personas que comparten origen, únicamente la nacionalidad, con los asesinos. En España se ha podido evitar en gran medida un crecimiento de la xenofobia a raíz de la aparición en escena del terrorismo islamista. El objetivo terrorista no pasa únicamente por su estrategia de terror: implica además la fractura social en sociedades como la europea donde los musulmanes son una importante minoría. El rechazo al inmigrante árabe o magrebí es una victoria más de los terroristas.
Es por ello que, cuando el impacto de un atentado brutal como el de hace dos meses modifica la percepción que la sociedad tiene del problema, ha de proporcionarse una respuesta medida e inteligente a la amenaza del terrorismo que contenga el odio irracional que éste puede generar y de hecho genera. Hay terrorismos con una base ideológica determinada que han debido ser combatidos desde los principios de la tolerancia hasta erradicar el uso de la violencia en la defensa de causas políticas. Hay otros terrorismos en los que el pretexto es religioso. Es innegable, por tanto, que siempre existe una doctrina, perfectamente legítima, que es usada como instrumento para movilizar a ciertos individuos en favor de una lucha criminal contra la vida y la convivencia. El islamismo radical es el caldo de cultivo de la intolerancia que sirve de acicate al terrorismo que actúa en Europa, en otros países occidentales y en el mundo árabe. Islamismo no es igual a islam: la religión de millones de musulmanes es manipulada y fusionada con una particular política integrista por parte de la ideología islamista. El problema aparece cuando no son diferenciadas ambas cosas: religión e ideología.
El islam se desenvuelve en España en un contexto de libertad religiosa. La pluralidad que los fenómenos migratorios han proporcionado al escenario europeo de las creencias obliga a extremar el respeto por todas las confesiones. A pesar del curioso encaje de la laicidad en las instituciones democráticas en España, los musulmanes tienen que gozar como primera minoría religiosa de una plena libertad de expresión y de culto que el Estado garantice en el marco de la legalidad. Ahora bien, el recién iniciado debate sobre un posible control de determinados aspectos religiosos puede y debe ser continuado mediante una reflexión serena. Las torpes declaraciones del ministro de Interior, José Antonio Alonso, dan a entender que existe en el Gobierno el interés de regular el ejercicio de la libertad religiosa. Asociaciones como ATIME, de inmigrantes marroquíes, coinciden en el diagnóstico de la necesidad de regular a partir del actual vacío legal. La conexión entre el fenómeno terrorista y la influencia del islamismo extremista en la proliferación de potenciales nidos de intolerancia no es un disparate. Que las manifestaciones de la religión musulmana, católica, evangélica o cualquiera otra han de atenerse a la legalidad vigente tampoco es el resultado de una salida de tono.
Insertar unas medidas de control de las mezquitas en la estrategia antiterrorista es, de todas formas, complicado. La propuesta de acuerdo del Gobierno debería ser política y no meramente técnica, a tratar en el Pacto firmado por los partidos. Se debe diferenciar la labor policial y de inteligencia, cuyo único objetivo es luchar contra el terrorismo islamista con el arma del Código Penal, y una oportuna regulación de los lugares de culto que necesariamente tendría que pasar por el diálogo con los responsables de las instituciones islámicas en España. Sin embargo, es evidente que el problema se ha planteado en esos términos, y así ha de ser afrontado: la libertad religiosa debe ser plena, un imam puede decir lo que quiera en una mezquita, pero lo que no puede hacer es incitar a actividades contra el orden público y hacer apología de la violencia.
Las mezquitas parecen estar en el punto de mira de mucha gente, pero no pueden ser objeto de control sin la colaboración de la comunidad musulmana. Es preferible una autorregulación que potencie los mensajes moderados y en favor de la convivencia en las principales mezquitas, puesto que la censura previa de los sermones es un despropósito en el que no puede entrar el Ministerio de Interior. Los propios musulmanes habrían de estar de acuerdo con el control interno de los elementos radicales, que no merecen una tribuna para seguir propagando lecturas fundamentalistas del islam. Por otra parte, hay que decir que el Estado debe moverse con prudencia, pero también que puede hacer uso de un registro de lugares de culto autorizados para evitar que cualquier local se convierta en una mezquita clandestina que no se corresponde con el lugar que la religión debe ocupar, entre otros aspectos, en la integración de los inmigrantes en España.
Poner orden en una manifestación religiosa con cada vez más fieles en el país puede ser un objetivo legítimo del Estado. Aunque lo que es seguro es la necesidad de crear un marco institucional en el que el islam se desenvuelva en libertad y con respeto a los valores democráticos, y así lo entienden no pocos representantes musulmanes. El mayor peligro que tienen ante sí las mezquitas es que sean colocadas en el punto de mira, no de inquisidores inexistentes ni de políticos que no saben explicarse, sino de los fundamentalistas. La influencia wahabita, el poder que tienen algunos financiadores de mezquitas en España y la permisividad hacia discursos intolerantes son, antes que cualquier otra cosa, claras amenazas hacia la labor cívica y respetuosa de los musulmanes que conjugan en España sus creencias, la libertad de culto y la ciudadanía democrática.
Kiko Argüello, ese artista
Me temo que esto ya no lo arregla ni una docena de reportajes del Magazine de El Mundo como el de esta semana. Había por ahí una pandilla de insensatos que no paraba de decir que la Catedral de la Almudena es horrorosa, que hay que ver cómo puede tener Madrid un templo tan rematadamente feo. Eran unos pesimistas que no confiaban en la mano milagrosa del Cardenal Rouco para embellecer el escenario del Acontecimiento a celebrar dentro de tres semanas: llamó a su amigo Kiko Argüello, de profresión sus pinturas, y en un par de brochazos arregló la Almudena. La estética pictórica del ábside de la Catedral no la mejora ya ni el mismísimo Miguel Ángel. Vean si no el despliegue fotográfico que le dedicaba el citado suplemento dominical.
Lo malo es que el ingrato público ateo que monopoliza la atención de los medios no se corta a la hora de descalificar el trabajo artístico de Kiko. Todos dicen que las pinturas murales no desmerecen la estética de la Almudena, es decir, que son igualmente un atentado al buen gusto. ¡Por Dios! ¡En nombre de Cristo Rey! ¿Es que no va a salir nadie a afirmar con orgullo que le gustan los cuadros de Kiko Argüello? Lo dicho: va a necesitar más de un reportaje para ganarse a la crítica especializada en pintura religiosa. Ni la inspiración de Dios ni la visita previa al Vaticano han sido suficientes para que la obra del genial pintor fuera tratada con respeto.
Kiko Argüello es un incomprendido. Y no sólo porque los murales y las vidrieras de la Almudena sean horribles. El fundador de «los kikos», del Camino Neocatecumenal, estuvo a punto de caer en el ateísmo en los momentos más difíciles de su vida, cuando todos le daban la espalda y se dedicaba a ser un pintor bohemio. Pero un día se cayó del caballo, volvió al catolicismo que había abandonado, se dedicó a predicar un mensaje apocalíptico acorde con el atractivo perfil de loco reaccionario y se ganó el favor de millones de seguidores en todo el mundo. Ahora, con una organización bien pertrechada de contactos dentro de la Iglesia, tiene todas las papeletas para pillar más poder en el Vaticano cuando le dejen. Lástima que en el sector neoconservador haya tanta competencia: en caso contrario, ya podíamos ir preparando la canonización de Kiko.
