No se admiten preguntas
La política española nunca deja de sorprendernos, sobre todo gracias a las imprescindibles personalidades que el PP eleva a los más importantes cargos del Ejecutivo. En una muestra de innovación sin igual en lo que a relaciones entre los políticos y la prensa se refiere, el ministro Federico Trillo escenifica en una concurrida rueda de prensa la que podíamos llamar ‘estrategia del cacahuete’. Una periodista toma la palabra y le pregunta por un tema de actualidad, las armas de destrucción de masiva en Irak, y en ésas va el ministro y echa mano al bolsillo, coge un euro y explica que estaba esperando desde la semana pasada que le hicieran esa pregunta; la intervención de la periodista (de la radio de Polanco, para más certeza sobre la mala intención de la profesional) tiene premio, y a continuación lanza el euro sobre una mesa. Magistral.
Una bromilla del ministro que sirvió, eficazmente, para evitar la respuesta sobre la cuestión formulada de una forma mucho más elegante que si hubiera contestado con la frase que le hizo popular como presidente del Congreso. Trillo evitó, además, la tentación de realizar el show con cacahuetes propiamente dichos a modo de premio para el informador que cayera en la trampa de preguntarle por semejante disparate. Porque, al fin y al cabo, ¿quién se preocupa de si es verdad o mentira lo de las armas? ¿acaso no tiene la sociedad española otros temas en los que fijar su atención, como el caso Carod-Rovira? Las manifestaciones de antiespañoles por las calles no deben distraer a los votantes, así que el ministro de defensa hizo lo que tenía que hacer para que los periodistas honrados no se vieran en la tesitura de tener que incluir en el telediario las declaraciones de un miembro del Gobierno titubeando en la respuesta acerca de asuntos tan irrelevantes como las armas de Sadam Husein.
Entre las reacciones al gesto de Trillo, aún sin confirmar, está la posibilidad de que la Administración Bush encargue a sus expertos en imagen pública la traslación de la no-respuesta al contexto norteamericano. Los portavoces de la Casa Blanca, Rumsfeld y Condoleezza Rice podrían así evitar las preguntas incómodas de la prensa no adicta lanzándoles una moneda de medio dólar o similar.
Mientras tanto, aquí en casa, la campaña está siendo, por el momento, ejemplar. El candidato Rajoy está jugando limpio, pues se limita a contar su programa en el intermedio de los piropos lanzados desde el PP a sus adversarios por parte del político más moderado y simpático de la escena actual… Sí, ese que Uds saben; lástima que se retire ¿verdad? Porque con sus discursos podíamos llegar aún más lejos que donde nos promete Rajoy que nos va a llevar. Eso sí, la táctica del presidenciable del PP es la más idónea para que todo el mundo crea que es capaz de superar a su líder. Todo consiste en convertir en inquebrantable el discurso del partido para las elecciones. Para ello, nada mejor que no conceder debates y nada de ruedas de prensa ni preguntas impertinentes de los periodistas en entrevistas o en plena calle tras los mítines.
Francamente, no sé qué se habrán creído los chicos de la prensa que son: ¿cómo va a permitir el PP que le estropeen la impecable campaña de imagen del recién estrenado Rajoy ‘gestor modelo’? Eso de las ruedas de prensa tipo interrogatorio, en las que el político tiene que lidiar con los temas espinosos, es más propio de democracias con menos empaque que la nuestra, que, hay que recordar, hace ya un año que salió del rincón de la Historia.
Aniversario y cuenta atrás
Hoy es un día especial. Y no porque se celebre esa festividad que tan bien le sirve al cortinglés para cuadrar las ventas de febrero. El motivo es otro. Hoy hace cuatro años que los creadores de LPD pusieron en la red esta página con todas sus consecuencias (que no son pocas: hay que ver lo que dan de sí cuatro años). Todos los redactores, los lectores, quienes la descubrieron en sus comienzos y han seguido siendo fieles, los que acaban de llegar buscando algo sobre historia y se han encontrado con la Histeria, quienes han contribuido al mantenimiento de la web, los participantes del foro, quienes hacemos estos weblogs y todos sus contertulios, los críticos con LPD e incluso los forofos que se molestan por la sección de fútbol, todos nos merecemos hoy una felicitación colectiva.
Por lo que veo, nadie más se ha acordado del aniversario. ¡Cómo es posible tamaño olvido! Menos mal que estoy yo aquí con el almanaque en la mano esperando el día, y es que esto del autobombo se me da muy bien. Porque, reconozcámoslo, las falsas modestias no llevan a ningún sitio. Y si hay que decir que LPD es la mejor página del mundo mundial, pues se dice y punto.
En este último año transcurrido se ha producido, además, un hecho que ha supuesto un gran avance para esta publicación: mi incorporación como representante oficial del sector progre de LPD. Porque una cosa es que LPD no tenga línea editorial y otra que terminemos todos ahí en el centro, olvidándonos hasta de la letra de la Internacional. Un poquito de doctrina, lo mismo que leer de vez en cuando Le Monde Diplomatique, nunca viene mal. Es a ello a lo que me he dedicado en este blog, lo cual conecta con otra particularidad del día de hoy: es 14 y falta un mes para las elecciones.
Me estoy dando cuenta de que en este blog los posts son cada vez más monotemáticos. Y la verdad es que no hay forma de remediarlo, por el momento: de aquí a las elecciones, casi todos los comentarios girarán alrededor del 14-M. Espero no parecer tremendamente pesado, pues además lo publicado en este rincón de LPD no va a ser neutral ni imparcial. Estamos en campaña, y lo honesto es reconocer que la opinión tiende a favorecer a unos partidos y perjudicar directamente a otros. La propaganda lo suele inundar todo: me parece más correcto, por tanto, explicitar que lo que se diga va en una dirección concreta y no está exento de intenciones partidistas.
No es lo mismo pontificar desde una columna de prensa que escribir en un blog, pero ambas posibilidades se igualan en que desde los dos sitios se puede opinar como poseedor de la verdad absoluta, o bien reconociendo los planteamientos de los que uno parte. Creo sinceramente que es mejor lo segundo, aunque sea lo menos habitual entre los comentaristas políticos.
Urrutia, Recarte y el alma de España
El martes de la semana pasada me sorprendió encontrar en el diario Expansión un artículo de Juan Urrutia. Este catedrático de Economía, cuyo nombre ha resonado en los últimos tiempos con frecuencia tanto en la prensa como en internet, era firma habitual del periódico económico hasta que el escándalo de los fondos de pensiones del antiguo BBV saltó a los medios. Urrutia formaba parte del consejo de administración del banco con sede en el País Vasco cuando se descubrió que existían cuentas ocultas de dinero negro a partir de las cuales fueron creados fondos de pensiones que se habían autoconcedido los consejeros de la entidad. Las pensiones, de las que presuntamente ya se había aprovechado Urrutia, les costaron el cargo a los entonces consejeros del BBVA. Los demás imputados por el juez en un primer momento alegaron desconocimiento de la operación, lo que ha dado como resultado que el economista vasco sea ahora el único procesado del consejo, al ser el único que desvió dinero de las pensiones a una cuenta de su propiedad.
El articulista Urrutia ocupaba además el cargo de presidente del Consejo Editorial de Expansión. En el momento de mayor escándalo por el asunto BBV se dijo que había dimitido de esa responsabilidad; desde entonces, sólo se pudo seguir al polémico autor en la web personal donde publica artículos frecuentemente. Pero hete aquí que aparece una colaboración de Urrutia en Expansión a toda página. La firma: Juan Urrutia Elejalde, Presidente del Consejo Editorial. El hecho no pasa inadvertido para Alberto Recarte, que el lunes comenta el hecho en la radio y escribe a continuación una columna en Libertad Digital. El también economista pone el grito en el cielo porque Expansión sea un periódico que se distinga por pedir códigos de buen gobierno a las empresas y, al mismo tiempo, publique artículos a quien está procesado por la justicia. No se explica Recarte que Urrutia siga al frente de su consejo editorial.
Aunque, claro, habría que aclarar también que el objeto de la ira de Alberto Recarte, que es a su vez presidente de Libertad Digital, no es otro sino el hecho de que el artículo que sirve a Urrutia para su vuelta a la prensa económica encaja poco en la idea de España que Recarte y su periódico defienden. Es por ello que nada más iniciar su artículo en LD describe a Urrutia como «un nacionalista del PNV» que fue consejero de Educación en un gobierno de Garaikoetxea, dando esta circunstancia como clave para entender que en el artículo abogue «por la ruptura de España». Puestos a recordar el curriculum de cada uno, tampoco hay por qué olvidar que Recarte fue un destacado ‘fontanero’ de Moncloa en la época de Adolfo Suárez, al que asesoraba en múltiples temas. No se explica uno qué tiene que ver el historial de cada cual para juzgar las ideas que se exponen.
Juan Urrutia habla en su artículo, titulado «Oportunidad histórica», primero de la Constitución, más que de España, y de las posibles modificaciones a la luz de las demandas de adaptación a realidades cambiantes. Es ahí cuando introduce el concepto de flexibilidad, que Recarte le acusa de falsificar por utilizarlo como argumento para romper alevosamente la nación. En cualquier caso, Urrutia deja clara su visión y su preferencia de que una red de comunidades pudiera sustituir la partición del mundo en Estados-nación. La tesis que defiende es que las dificultades que presentan los nacionalismos periféricos -y, en otro ámbito, la construcción de una Europa ampliada- deberían servir para experimentar con una fragmentación, controlable y eficiente en términos económicos, que afronte la «obsolescencia de concepciones tradicionales del espacio en política». Para escándalo de Recarte, esto significa cargarse las naciones para crear comunidades más pequeñas; este tema es central en un libro que cita Urrutia, The size of nations de Alesina y Spolaore, que viene a señalar las ventajas en términos de eficiencia de la descentralización en la provisión de bienes públicos.
Los argumentos de Juan Urrutia se podrían considerar dirigidos a la defensa del Estado de las Autonomías, aunque el propio título nos indica que va más allá, puesto que centra la cuestión a debatir en el contexto de acontecimientos actuales como el Plan Ibarretxe y el Tripartito catalán. Es un más allá indefinido, a pesar de todo, y antes de concluir declara ser consciente de que el mero planteamiento de la oportunidad de tratar esta adaptación del diseño constitucional producirá la reacción en «ciertos sectores políticos, sociales y económicos» ante lo «inoportuno de experimentar con estas ideas que carcomen el alma de España».
Es un artículo interesante, con independencia de lo que piense cada uno sobre la conveniencia de transformar el Estado en una federación, un diseño autonómico asimétrico o una red de comunidades integrables en un espacio complejo como sería el de las regiones en Europa. Urrutia establece normalmente, por otra parte, planteamientos novedosos en casi todos sus artículos -como gurú de los ciberpunks ha tenido oportunidad de escribir sobre múltiples cuestiones relacionadas con la tecnología, la sociedad y la economía- que les da un cierto atractivo aunque no se esté de acuerdo con ellos. Es curioso que ese estilo -confuso, dice Recarte- haya dado motivos al presidente de LD para atacarlo por varios frentes: el personal, por su vinculación con el lío de las cuentas del BBV, y el ideológico, por utilizar argumentos que «defienden la secesión del País Vasco».
A falta de juicio en los tribunales contra Urrutia, Recarte hace uso del juicio de intenciones y decreta lo incomprensible de la reaparición del colega de profesión imputado judicialmente; sobre todo, por reaparecer a través de un artículo en el que defiende cosas que no gustan demasiado a la familia de Libertad Digital, que ve en el pensamiento del economista un latente independentismo. Puestos a especular, también podríamos preguntarnos si Alberto Recarte no anda sondeando ya, desde su puesto en ese diario digital que no es precisamente enemigo de Expansión, la posibilidad y la conveniencia, por el bien del diario, de colocar próximamente en el cargo de presidente del Consejo Editorial a un buen liberal español. Qué sé yo, alguien con solera en la defensa de la libertad, el mercado y la idea de España… como él mismo.
La estrategia
Quedan 35 días para las elecciones y empiezan a salir encuestas. Éstas oscilan entre las que señalan una estabilidad en el electorado y que la distancia entre PP y PSOE no se ha agrandado exageradamente por el caso Carod, y aquéllas otras -no publicadas pero comentadas por analistas- que auguran 20 puntos de descalabro para los socialistas, refundación del partido, que vuelva Felipe, sálvese quien pueda y PP-Españaza ‘Partido Único’. Resumiendo: las encuestas dan resultados un tanto dispares, y en consecuencia no es recomendable fiarse de ellas más allá de lo que indican en cuanto a motivación del voto por las expectativas. Es decir, las que favorecen al PP son estupendas pero siempre estarán ‘al filo’ de la mayoría absoluta y nunca en ella, para movilizar a todos los votantes potenciales de Rajoy. Y las demás, quiero decir, la encuesta de Prisa -la única no decantada a favorecer al PP- dará a Zapatero, en el peor de los casos, la esperanza de un avance en el número de votos respecto a 2000. La estrategia mediática es muy importante, y hay dos posibilidades:
- Rajoy lo tiene chupado si juegan siempre en casa. Los temas que benefician al PP en el debate en los medios son, desde hace una década: la corrupción, el terrorismo, los nacionalismos y la estructura territorial de España. Lo decía en un artículo reciente en El País la politóloga Belén Barreiro, aunque ciertamente es bastante obvio: «el PP ha seguido una estrategia deliberada a la hora de marcar la agenda política. Sabiéndose menos próximos a la mayoría de ciudadanos en el eje ideológico, los populares han rehuido la discusión de asuntos anclados en este eje. Esta estrategia ha dado sus frutos. Puede que en muchos de los ciudadanos de izquierda o centro izquierda que se abstienen o votan a la derecha haya pesado más la capacidad del PP para resolver el problema del terrorismo o para gestionar la economía, que la mayor distancia de este partido con respecto a cuestiones que tradicionalmente han diferenciado a la izquierda de la derecha».
- La estrategia que tendría que seguir Zapatero es llevar el debate hacia otros asuntos que no signifiquen crucificar a los socialistas por la corrupción -llevada esta cuestión a la actualidad es lo mismo que decir que no son de fiar porque están siempre con disputas internas- o cuestionar las líneas básicas sobre el terrorismo y el modelo de Estado. Barreiro saca el recetario y aconseja al PSOE incidir sobre los puntos negros del balance económico del PP que han sido señalados por Miguel Sebastián y llevar el agua al molino de la redistribución y los objetivos de la política social: «es necesario que los individuos de centro izquierda sepan que la gestión del PP no ha sido tan buena como muchos han creído. Por otro, el partido debe abrir los ojos a los votantes potenciales de la izquierda, insistiendo en que sigue habiendo diferencias ideológicas entre los partidos, no tanto en los instrumentos en los que basan su política económica, como en los fines que persiguen».
El artículo de Belén Barreiro, titulado “En busca del votante perdido”, parte de cuestiones que sería extraño que no tuvieran todos los partidos en mente. Aunque da la sensación de que es el PP el único que sabe llevar su estrategia por esa senda. Hay muchos votantes que se declaran de izquierdas o de centro-izquierda y se quedan en la abstención. El PSOE, además, tiene difícil desde que está en la oposición oscilar entre el centro y la izquierda; problema que el PP, como partido hegemónico de la derecha, no sufre. Hay muchos temas de los llamados ‘ideológicos’ que podría explotar la izquierda para decantar a parte del electorado a su favor. Sin embargo, normalmente durante las campañas se quedan en el tintero. Ahora sale la idea de las rebajas fiscales como discurso único políticamente rentable para el PP. En fin.
Más que encuestas, el pronóstico que se puede hacer ahora es que un partido como el PSOE únicamente le sacará jugo al mes que quedan para las elecciones si lleva la agenda política hacia la segunda estrategia y no hacia la primera. Habrá que ponderar, también, el peso que los medios afines al otro partido tengan en la imposición de la primera estrategia en tanto elecciones donde se votará para decidir sobre los grandes temas de nuestro tiempo. Esa estrategia tremendista, llevada hasta sus últimas consecuencias, con Rajoy presentándose como firme ‘valor seguro’, sí que daría resultados bastante previsibles. Previsibles e incluso repetidos a los de hace cuatro años.
Fundamentalistas
La política se impregna de religión y viceversa. Las ideas que defiende un sector de forofos del partido en el poder están cada vez más envueltas en un aura de ortodoxia inexpugnable: el discurso político se construye alrededor de una esencia (el “ser liberal”, proclaman) y se olvida de la interrelación con el pensamiento del adversario excepto para la exigencia de adhesiones inquebrantables. Algunos de quienes se sienten de derechas han abandonado directamente el intento de convencer a los cercanos a su sensibilidad para pasar a descalificar a los que aún no se han sumado a su fe. De ahí deriva el integrismo. Pero muchos liberales son heterodoxos: sólo en esa clave es posible entender a los que se arremolinan alrededor del propio fundamentalismo. Todo consiste en lograr la hegemonía en la derecha.
Para esa batalla, el principal valedor es el profeta de las ondas que se ha hecho con el papel de ideólogo. Este maestro del pensamiento maniqueo no duda en utilizar todas las armas para mostrar la fiereza -puro humo, en realidad- de sus ideas ante el adversario y el orgullo de la identidad anti-izquierda ante los suyos. El carisma mediático sirve para muchas cosas, pero nunca se pudo imaginar que sería la clave de un renacer conservador. La revolucionaria doctrina de los azotes de los progres se apoya en la vistosidad y el estilo implacable: ¿inspirado quizás en la ’superbowl’? Reconquista ideológica a base de mamporros y codazos en el estómago.
En el fondo, el aire de revancha que mueve a muchos neoconservadores nos devuelve al ansia por monopolizar los referentes colectivos. El enemigo está presente en todos los resortes de la sociedad: ataquemos por todos los flancos. Y si es posible, también de manera callada, que es la mejor forma de imposición. Lo mismo sirve para la causa el esperpéntico locutor de radio que el silencioso afiliado a la secta. El imprescindible “no nos movemos de nuestras posiciones” queda, sin embargo, groseramente expuesto a la curiosidad pública cuando a los obispos les da por publicar su reaccionaria opinión sobre la familia. El fondo varía, pero el estilo es común: órdago al sentido común. La fe política omnipresente incluso en quienes representan una creencia divina.
Los sacerdotes laicos de los medios de comunicación siguen el mismo esquema: apuntar bien alto para que se sepa de lo que somos capaces. Defender los dogmas contra viento y marea para demostrar firmeza. Atacando con habilidad al contrario se consigue el respaldo mayoritario de los que te siguen: lección ésta que tienen bien presente los ‘liberales’ que, abdicando de sus teóricos principios, tensan la cuerda del debate político e intentan colocarla al cuello de quienes no comulgan con su credo fundamentalista.
