Diario de un aspirante a tertuliano

Paraíso suizo

Publicado en Uncategorized por David Iwasaki el 21 de October, 2003

Cuando en Suiza veas a la ultraderecha ganar, pon tus barbas a remojar. No es sino uno más de la larga lista de partidos de extrema derecha que se han alzado con importantes resultados electorales en muchos países europeos. Pero, aunque casos como el holandés de Fortuyn o el éxito francés de Le Pen se han desinflado posteriormente, el panorama político europeo sigue convulso ante la posibilidad de que un mayor número de votos vaya recalando en estos grupos ultras. Por eso cada elección como la suiza se interpreta como un aviso para los demás.

Sin embargo, en el pequeño país, isla no comunitaria en el centro de la UE, la victoria de la Unión Democrática de Centro (UDC) del millonario y racista Christian Blocher tiene un carácter muy especial, porque rompe el consenso con que habían administrado los principales partidos las atribuciones del poder ejecutivo central, supone un estrepitoso voto de protesta por la crisis económica que sufre el país y ha estado motivada principalmente por el mensaje xenófobo que el líder de la UCD ha difundido atizando el miedo de la sociedad ante la delincuencia y la inseguridad.

Son parecidas pero no iguales las circunstancias que se dan en otros países similares. La principal diferencia quizá sea la pertenencia y la vinculación que los demás europeos tenemos hacia el espacio compartido de la Unión, frente al carácter tan peculiar que tiene el furibundo rechazo anti-UE -de partidos como la UCD, sobre todo- que al parecer respalda una mayoría de suizos. Sin duda, la inmigración ha sido un detonante del ánimo con que han votado muchos habitantes de este país con un 20% de la población de origen foráneo. Pero ¿es ese el único peligro de la extrema derecha, el aglutinar un voto anti-inmigración?

Para Luis María Anson (de la Real Academia, por supuesto) sencillamente no cabe ninguna duda de que esto es así, y por eso titula su artículo en ese faro de occidente llamado La Razón: «Suiza no votó a favor de la ultraderecha sino contra la inmigración». Anson argumenta que en Europa «el sufragio en favor de la extrema derecha no alcanza el uno por ciento», que el resto es un voto variable que se suma a estos partidos por los «abusos de la inmigración» (sic). Y, en consecuencia, como todo se trata de un aviso a los partidos gobernantes, sólo hay que ser diligente con los deseos del electorado y hacer la política inmigratoria que evite la aparición de ese espejismo xenófobo al que contribuye Anson vinculando el deterioro social y la delincuencia al descontrol (que siempre habrá) en la fenómeno de la inmigración.

¡Mano dura!, en eso se resume todo. ¿Ven como no es tan difícil interpretar las preferencias de los ciudadanos? Don Luis María se descuelga, además, con una frase antológica: «…una población tan madura, tan sosegada, tan prudente como la helvética no vota a la extrema derecha». Ese país de relojeros y fabricantes de bombones (y de algo más, me parece, creo que su sector financiero está muy desarrollado ¿no?) no puede tener más de un 1% de fachas. Se olvida el académico de muchos perfiles que nos ha mostrado Suiza que también han de ser tenidos en cuenta.

Suiza tiene larga tradición de políticas anti-inmigratorias. En los 70 se presentó una propuesta, que al final no salió, para limitar la cantidad de extranjeros al 10% de la población. Existió un movimiento con gran apoyo que quiso mantener Suiza ‘para los suizos’; más recientemente el rechazo a los de fuera se concretó en un referéndum de 2000 para limitar también el porcentaje de inmigrantes en el país. Lo que demuestra que han sido cíclicos los momentos en que los sentimientos xenófobos de los suizos más se han manifestado.

Ahora, un 27% de los electores apoya a un líder que publicó en un periódico un anuncio racista acusando a las minorías étnicas del tráfico de drogas en el país. Sí será cierto que Suiza votó contra la inmigración y no a favor de los ultraderechistas, claro. Pero a ver si va a resultar que eso no es preocupante: un sector político atacando, con la inmigración en la diana, la línea de flotación de la convivencia en Europa. E ideólogos sagaces como Anson detectando el problema a la primera y con la solución en la mano: robémosle el discurso xenófobo a los ultras y hagámoslo nosotros.

Urdaci

Publicado en Uncategorized por David Iwasaki el 20 de October, 2003

Atención a todas las unidades: se ha detectado un nuevo caso. Bueno, en realidad no es que haya pocos casos diagnosticados y en estudio por los más célebres especialistas en la materia. Pero cuando se descubre uno nuevo, hay que dejar constancia de ello, puesto que es objeto de investigación de muchos sociólogos, antropólogos y etólogos en general.

Resulta que nuestro Urdaci, sí, el del telediario de te-uve-é, era maoísta. Como lo oyen. En aquellos tiempos locos de la transición, por lo visto. Esta información la obtengo de un participante del Areópago que me merece toda credibilidad, por eso me he visto en la necesidad de utilizar este blog como altavoz para que el revelador dato del pasado de Urdaci llegue a todo el mundo mundial. ¡Tenemos un nuevo ejemplar del maoísmo pepero! Porque, aunque todo quede explicado como una exótica ideología pret-a-porter de un estudiante de periodismo en Pamplona, nadie me negará que este fenómeno, visto con perspectiva, es bastante extraño.

¿Qué atracción ha ejercido el PP sobre tantos desencantados con la doctrina de Mao? ¿Por qué el maoísmo ha servido para dar de mamar políticamente a posteriores adalides del liberalismo centroreformista? Por si alguien se ha olvidado, recordemos: la inefable Pilar del Castillo, el simpático Federico Jiménez Losantos… ¡Todos ellos fueron en sus tiempos pro-chinos!

Tanta gente ociosa en los departamentos de ciencias sociales de las Universidades y misterios como éste, aún sin resolver. ¿Tendremos que esperar a que J.J. Benítez nos desvele el enigma?

Energía verde

Publicado en Uncategorized por David Iwasaki el 18 de October, 2003

(Publicado inicialmente el 14 de octubre de 2003)

Esto del color de la energía va a dar mucho juego. Porque resulta que esas compañías que administran eficazmente -para la eficaz maximización de su propio beneficio, quiero decir- los monopolios regionales que tienen adjudicados, también llamadas compañías eléctricas, están llamadas a la libre competencia. Endesa, Unión Fenosa, Iberdrola y alguna otra pequeña eléctrica del norte, son las empresas que deberán competir entre sí en esa dura batalla del mercado, aunque debidamente suavizada por el generoso billón (con b) de pesetas (de las antiguas) que dedicó el gobierno al capítulo de compensaciones a este sector abocado a la lucha encarnizada por el cliente doméstico.

Pronto ocurrirá eso que vienen anunciando desde el inicio de esta gloriosa etapa de liberalizaciones (!) del Aznarato: que los consumidores podrán elegir la empresa suministradora de la electricidad en casa. Y para destacar en el mercado la estrategia que ponen en marcha las empresas es clara: mucha publicidad, la que se están gastando las eléctricas en remozar su imagen corporativa y en difundir sus bondades; y una diferenciación de marca, a través de mecanismos como la acentuación de alguna característica que los clientes están por valorar positivamente.

Es por ello que Iberdrola ha lanzado una campaña espectacular promocionando su ‘energía verde’. Te garantizan que si pides este contrato, toda la energía proporcionada provendrá de fuentes renovables, como son las instalaciones eólicas, solares, de biomasa y de tecnología minihidráulica. El propósito es, como en otros productos con cara amable, explotar una preferencia de los consumidores por el consumo ecológico y responsable; y se complementa con el aprovechamiento de esta conciencia ecologista que se ha despertado súbitamente en empresas como Iberdrola: cuanto más éxito tenga la campaña, mayor deberá ser el compromiso inexcusable de la empresa con esos valores que transmite.

Pero lo cierto es que, por mucho alborozo que pueda suscitar esta subida de Iberdrola al carro del respeto máximo al medio ambiente, son lógicos todos los escepticismos. Actualmente solo el 4% de la producción de la compañía proviene de energías renovables. La ‘energía verde’ que venden es más cara, consecuencia del origen de la misma. Pero cuando un cliente se apunta a ella, únicamente tiene garantizado que su electricidad es parte de esa generación ‘ecológica’: nada le indica que su suministro en concreto venga del parque eólico de la Serra do Burgo, en Galicia, por ejemplo.

Organizaciones como Ecologistas en Acción se han pronunciado sobre la estrategia de Iberdrola, y aunque no sean muy concretos a la hora de reprocharle nada por lo de la ‘energía verde’ -en el fondo, no está mal que haya optado por esta vía-, sí le recuerdan oportunamente a esta compañía que se ha vestido de verde para cazar nuevos clientes parte de su perfil productivo:

«La mayor parte de la energía vendida bajo la “marca” Iberdrola es de origen nuclear, concretamente el 46% en 2002, y el resto se debe a carbón y fuel (28%), grandes pantanos hidráulicos (18%), cogeneración y centrales de gas en ciclo combinado. (…) La acumulación de residuos radiactivos de alta actividad directamente adjudicables a la participación de Iberdrola en la operación de centrales nucleares llegó, en el 2002, a las 1.294 toneladas. Unos residuos de los que la compañía no se hará cargo, sino que somos todos los ciudadanos los que pagamos y pagaremos por su gestión». (Artículo completo: «Iberdrola: Ni verde, ni juega limpio»)

Hispanidad

Publicado en Uncategorized por David Iwasaki el 18 de October, 2003

(Publicado inicialmente el 13 de octubre de 2003)

A este lado del charco tenemos todavía tal empanada mental con el 12 de octubre que cualquiera se lanza a interpretar el sentido último de la deriva histórica que se inició con el desembarco de Colón en tierras americanas como mejor le parece y se queda tan pancho. Aquel acontecimiento, y la posterior expansión colonial de los reinos ibéricos, admiten aún hoy muy diferentes enfoques: desde la reivindicación rancia del imperialismo español, hasta el más trasnochado indigenismo que niega el peso cultural hispano en América, pasando por escalas intermedias.

Queda incluso la pregunta de qué merece la pena celebrar: ¿la Fiesta de la Hispanidad, el Día de la Raza, la Fiesta Nacional del Reino de España, el Columbus Day, la festividad de la Virgen del Pilar? Lo más razonable es establecer como motivo principal de esta conmemoración la hispanidad, sin que ello signifique excluir otras visiones de la efeméride, pero dejando constancia de que la celebración del día nacional de España es algo independiente (algunos preferimos la fecha del 6 de octubre para tal acontecimiento) y que ante todo debe prevalecer la connotación cultural -y no política- de la Fiesta de la Hispanidad.

Con todo esto, la reflexión sobre el fenómeno de la hispanidad es siempre polémica. La referencia a los 40 millones de hispanos, se consideren a sí mismos como tales o no, que viven en EEUU está siendo utilizada, por ejemplo, para revitalizar la unión entre los millones de hablantes de este mismo idioma. Esta colonización cultural a la inversa, por la pujanza de lo ‘latino’ en el corazón del Imperio, vendría a ser un motivo más para una cooperación más intensa entre las dos orillas del Atlántico. Aunque en mi opinión no harían falta más motivos para continuar con esa ‘materialización’ de la hispanidad que se produce a través de la colaboración en el ámbito internacional.

Sin embargo, la hispanidad puede servir para manipulaciones grotescas, como la que llevaba a Joaquín Roy en un reciente artículo a reclamar que ‘dejen en paz a los hispanos’: ahí tuvimos a Ánsar, en su viaje por los USA, justificando su apoyo a la aventura iraquí de Bush por la presencia de tantos millones de inmigrantes latinoamericanos en aquel país. Esperpento político que convierte así al líder del Celtiberia show en adalid del destino en lo universal de la patria común de los hispanohablantes.

Afortunadamente, las visiones más equilibradas son las que tienden a prevalecer. Hace unos días leía un editorial del diario La Prensa, de Nicaragua, que partía del sensato reconocimiento de la hispanidad como una realidad que estaba ahí y que no necesitaba «devotas confirmaciones ni furibundas negaciones» para existir. Y argumentaba de la siguiente manera:

«La historia no se construye suprimiendo el pasado, sino superándolo, tampoco el futuro es posible si se pretende ser otra cosa de lo que se es y se ignora origen y raíz. Por eso es necesario examinar en forma racional y crítica el significado de la hispanidad, en un momento en que hasta en la misma España se le considera un concepto superado (…) La idea de hispanidad debe estar abierta no sólo a los múltiples afluentes que han formado nuestra identidad plural, sino, sobre todo, al futuro, con todas sus promesas y riesgos» (El debate sobre la hispanidad, Editorial).

Ibarretxe tiene un plan

Publicado en Uncategorized por David Iwasaki el 18 de October, 2003

(Publicado inicialmente el 1 de octubre de 2003)

La política vasca y la política española son cosas distintas, sin duda. Otra cuestión es que tratemos, en efecto, con dos esferas y una contenga a la otra, o que se pretenda igualar ambas esferas: proclamándolas independientes entre sí -e impidiendo que haya un debate común sobre materias que vinculen a los dos ámbitos- o diluyendo las dos sustancias en un mismo cóctel político-mediático. Un ejemplo de esto último viene a ser el casi monopolio de la atención del que goza el llamado ‘tema vasco’ en España. No me alejo demasiado de la impresión que tiene mucha gente si aseguro que, a unos niveles no muy deseables, la política española se halla invadida por la política vasca.

Cualquiera que sea la posición de cada uno, lo cierto es que no es bueno obviar esta anomalía: la demanda independentista dentro de una comunidad -junto a la preocupación terrorista, claro- centra los mayores esfuerzos partidarios y mediáticos dedicados a un capítulo esencial de toda democracia que es el del debate público y la controversia política. Y, qué quieren que les diga, a mí no me parece ni lógico ni racional que el futuro institucional del País Vasco sea el tema del que más se habla y la cuestión supuestamente más acuciante de la política española.

El lunes en La Razón había un artículo que empezaba así: «La inmensa mayoría de la sociedad española estima, con práctica unanimidad, que el mayor problema con que se enfrenta nuestra democracia es el aventurismo rupturista e irresponsable del PNV, concretado en el demencial Plan Ibarreche…». Y no seguí leyendo. Porque, aunque fuera interesante (que no lo era: se trataba de la misma cantinela de siempre) lo que el articulista quería contarnos sobre el PSOE y su ‘ambigüedad’, ‘incoherencia’, ‘irresponsabilidad’ (palabras que cacé del texto a la primera ojeada), empezaba la reflexión con esa gran mentira: que a la gente le importan mucho -fuera de Euskadi- los planes que se saque el lehendakari de la manga.

Me parece enormemente relevante, como no podía ser menos, para la política vasca el proyecto que tras haberle perdido los escrúpulos al rupturismo institucional ha presentado el PNV en el Parlamento de Vitoria. Es, como digo, algo que merece atención, así como toda la lógica y razonable reacción contraria que se produce desde otros partidos y foros cívicos vascos. Pero la cobertura que, a modo de principal preocupación de la ciudadanía española, se le quiere dar a lo que propongan los nacionalistas vascos no la veo como otra cosa que no sea una aportación gratuita a la campaña electoral del partido que se presentará ante todos como el único garante constitucionalista y el principal defensor de la unidad de España. Y no hace falta que recuerde a cuál partido me refiero.

Hablando con claridad, no es difícil encontrarse entre quienes están muy habituados a seguir la actualidad en los medios de comunicación con alguien que pudiera atestiguarnos que está hasta los mismísimos del ‘monotema vasco’, y que en el fondo no le importa lo más mínimo el desarrollo futuro de ese culebrón llamado Plan Ibarretxe. Porque, como es lógico, todo el mundo confía en: a) no hay razones para que haya una desestabilización institucional en el Estado español a partir de una ruptura de la legalidad, y b) la existencia de dos grandes partidos, PP y PSOE, garantiza el mantenimiento del marco constitucional. Y no hay por qué dudar de estas dos premisas, a pesar de que algunos hablen de la ‘debilidad’ con que afrontamos las ‘amenazas’ periféricas o se insista en la poca confianza que despiertan estos socialistas ‘entregados’ al nacionalismo.

El Gobierno vasco, sin embargo, se está enfrentando al reto que ellos mismos se han planteado: ¿se propondrán llevar adelante el Plan Ibarretxe hasta el final? Sabemos que es inviable totalmente, y que la oposición en Euskadi les va a pedir cuentas por esta deriva rupturista. Sin llegar a pensar que se podría producir un enfrentamiento de orden constitucional, es evidente que el PNV ha tomado un camino muy peligroso que va a perturbar, aún más, el panorama político vasco.

Viéndolo desde esta perspectiva, de asunto que adquiere más relevancia interna vasca que importancia para la política española, es interesante leer el editorial del lunes de El Correo, titulado de una manera elocuente: «Ultimátum a la sociedad». Un editorial muy buen argumentado y que resume el problema que plantea el plan de Ibarretxe para una gran parte de la sociedad vasca:

«Lo que hoy conocemos como plan Ibarretxe tuvo su inicio en 1997 cuando, meses antes del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco y de las multitudinarias movilizaciones a que dio lugar aquel horrendo crimen, el PNV decidió desentenderse de la política de consenso para trazar una vía unilateral. A partir de entonces, los dirigentes del nacionalismo gobernante dejaron de dirigirse a la sociedad en general para orientar su discurso únicamente hacia las filas nacionalistas a la búsqueda de un reagrupamiento de fuerzas en torno al partido fundado por Arana. Por eso su estrategia ya no persigue extender las ideas nacionalistas o aumentar el reconocimiento social hacia ellas gracias al poder autonómico que ostentan. Su objetivo es ahora otro: se trata de fortalecer la comunidad nacionalista a la espera de que los proyectos que se albergan en su seno vayan abriéndose paso a costa del desistimiento de los no nacionalistas y del aturdimiento general».