Las franquicias del PSOE
Leo la prensa del domingo y constato que cada vez está más extendida la idea de que el PSOE es una marca y 17 franquicias. Se repite la metáfora, con especial entusiasmo desde las tribunas mediáticas aznaristas, de tal forma que incluso constituyó una de las preguntas que Urdaci formula a Zapatero en la entrevista de TVE de esta semana.
Si se tiene tanta necesidad de advertir esta deriva, será porque se da por sentado que un partido ‘nacional’ debe tener un discurso único en todas las comunidades autónomas, ¿no? Sin embargo, yo no veo tal peligro. Las franquicias suelen funcionar bien. En un Estado autonómico, nada menos extraño que un partido que se organiza de un modo federal reconozca la autonomía de cada federación para diseñar una política propia.
Al margen del funcionamiento correcto de una estructura descentralizada como la que el PSOE tiene, el único aspecto relevante para juzgar la ‘unidad’ o cohesión del discurso federal del partido es la línea política que, de acuerdo con su pluralidad territorial, presente como ideario para gobernar desde La Moncloa. Y ahí no creo que el PSOE sea un partido sin las ideas claras. A no ser que Maragall sea el ‘coco’ que protagonice las próximas pesadillas de los socialistas, como lo presenta la prensa, no entiendo por qué la llamada ‘cuestión nacional’ no estaría igual o mejor administrada por un gobierno de Zapatero.
Quizá toda la estrategia del PP en este sentido se resuma en el ‘asustaviejas’ de la unidad de España. Que no es, por cierto, la única tergiversación del discurso del PSOE que se difunde impunemente.

Un ejemplo de como se ve el mismo tema desde este lado de la barrera.
Saludos!
Son y serán
JORDI BARBETA - 06/07/2003
El debate sobre el estado de la nación parece que va a tener más repercusiones políticas en la nación catalana que en la otra. PP y PSOE han quedado hasta cierto punto satisfechos de cómo han superado el trámite, en cambio en Catalunya se ha armado la marimorena a raíz de la posición adoptada por los diputados del PSC, que han votado en todo lo referente a Catalunya y su autogobierno con el PSOE, en vez de hacerlo con CiU, ERC e ICV. Eso, los disgustillos de las municipales y lo de Simancas, ha propiciado una semana “horribilis” para el club de fans de Pasqual Maragall.
En cuanto el debate se sitúa en torno a quién es un partido y quién una sucursal, a los socialistas les vienen los picores, cuando no tienen por qué avergonzarse, y menos disimular o inventarse excusas. El PSC es lo que es y no necesita fingir otra cosa, en primer lugar porque cuando lo hace se le ve el plumero, y segundo, porque el día que la gente crea que es otra cosa, dejará de votarlo. Al menos, hasta ahora, siendo lo que es, lo ha ganado casi todo. Va a cumplir 25 años que son la historia de un éxito rotundo.
Aunque parezca mentira, el concepto de sucursalismo político lo acuñaron los socialistas del partido de Reventós, Obiols, Serra y Maragall, para referirse a la federación catalana del PSOE, pero sobre todo al PSUC respecto del PCE. Luego cambiaron las tornas. El PSOE, apoyado por el SPD, propició la unidad socialista en toda España fagocitando todos los demás partidos que se apellidaban igual. Pero en Catalunya hubo que hacer una excepción. El PSOE prácticamente no existía y el PSC era un partido de cuadros intelectuales sin base obrera. El pacto de abril puso las bases de la organización política más poderosa del país. La resultante no fue ni el PSOE ni el PSC (C), sino ambos a la vez y probablemente ese fue el gran acierto. El PSC actual es un partido indiscutiblemente catalanista, más autonomista que ningún otro colectivo vinculado al PSOE, y también un partido tan comprometido como el que más con el proyecto español de los socialistas. Esa suma de inputs es la que le ha permitido ganar todas las elecciones salvo las catalanas, y Catalunya es, tras Andalucía, la principal fuente de poder socialista en España. Si el PSC (C) y el PSOE no se hubieran unido, ni Serra habría sido vicepresidente del Gobierno, ni Maragall alcalde. Quizá, ni Felipe González presidente y, desde luego, los Juegos Olímpicos ni siquiera los habríamos olido.
Con una trayectoria tan exitosa, resulta hasta cierto punto comprensible que se les atragante lo de la Generalitat, pero no todo iban a ser ventajas. Está más claro que el agua que Pujol les ha ganado porque CiU es un partido sólo catalán y el PSC es tan catalán como español. A algunos dirigentes del PSC se les ha metido en la cabeza hacer campaña denunciando la dependencia de CiU respecto del PP por los pactos, pero ese no es un terreno propicio para los socialistas, porque CiU, con todos los pactos que se quiera, puede votar y vota a menudo contra las leyes y las resoluciones del PP y el PSC ni puede, ni quiere, ni debe hacer lo mismo contra el PSOE.
El PSC no va a ganar las elecciones catalanas simulando que tiene más autonomía que CiU, porque ni la tiene, ni le conviene tenerla, pero sobre todo porque la gente no es tonta. Ganará las elecciones cuando sea capaz de convencer a los catalanes de que es mejor para ellos que en la Generalitat gobierne un partido vinculado a un proyecto español; mejor que otro partido que no tenga esos vínculos. Será fácil o difícil, pero de eso sí están convencidos. ¿O no?
Pues precisamente hoy escribe Maragall un pedazo de artículo en El País refiriéndose a estas cuestiones:
http://www.periodistadigital.com/object.php?o=15926