UN SALUDABLE ELOGIO DEL ANARQUISMO

Comentario del libro de James C. Scott, Elogio del anarquismo. Trad. de Rosa M. Salleras Puig. Crítica, Barcelona, 2013.

Entre las lecturas del verano no hay ninguna que sienta mejor, como las frutas maduras y jugosas que pruebas por primera vez, que aquella imprevista, que entra sola, que extiende el entendimiento y que colma las expectativas que genera desde las primeras líneas, comenzando por el título. Paseando por Tortosa en las fiestas del Renacimiento    –por cierto, su presentación institucional produce grima de lo rancia que es–, me encontré frente al escaparate de la estupenda librería Viladrich y me llamó la atención un título entre los muchos expuestos, Elogio del anarquismo, de James C. Scott, cuya publicación original data del 2012 y la edición española es de junio de 2013. El autor es norteamericano y ejerce de profesor de ciencias políticas y antropología en la Universidad de Yale, donde impartió hace cosa de 20 años un curso sobre el anarquismo cuyo conenido recoge en el mencionado libro.

Pero a pesar de la vinculación del autor al estamento académico, el libro no ofrece una visión idealizada y abstracta del anarquismo. La estructuración del contenido en Fragmentos a manera de observaciones y reflexiones en las que respalda “una gran parte de lo que los anarquistas tienen que decir acerca del estado, de la revolución y de la igualdad” (25) ya apunta su vocación ensayística y su estilo antidoctrinario y antidogmático. Y su Prefacio (7-26) no es un simple escrito retórico, sino un posicionamiento crítico y nada convencional sobre su personal manera de pensar el anarquismo que merece una atenta lectura. Aquí nos dice que su interés por el anarquismo nace tanto de una desilusión como de una percepción. Por una parte, sus estudios sobre las revoluciones, tanto las del pasado como las contemporáneas, le han hecho caer en la cuenta que la destrucción de los viejos estados han creado nuevos estados todavía más poderosos que han limitado cuando no han negado la libertad. Por otra parte, si analizamos esas mismas revoluciones desde una perspectiva anarquista, podemos concluir que los movimientos sociales que las originaron, si bien fueron devorados por su engendro –tal vez la excepción la encontremos en la experiencia del comunismo libertario durante la guerra civil española en pueblos y ciudades de Aragón y Catalunya que pasa por alto Scott–, tienen una serie de principios anarquistas, tales como “el mutualismo, o cooperación sin jerarquía o sin el gobierno del estado”, “la tolerancia a la confusión y a la improvisación que acompañan al aprendizaje social”, así como “la confianza en la cooperación espontánea y la reciprocidad” (11). Por lo que respecta a esta percepción, el autor rechaza el cientifismo utópico que caracteriza tanto a los representantes del socialismo utópico, del liberalismo reformista y del comunismo que consideran que la razón y la ciencia aportarían una administración de la vida social que remplazaría la política, y que en el caso del comunismo se ha traducido en la sustitución de una élite gobernante por otra igual o más criminal incluso en la administración del estado. Y es justamente en este punto, en la reivindicación de la política y en su manera de entenderla, donde, a juicio del autor, el anarquismo aporta su principal enseñanza.

La lectura del epígrafe titulado “La paradoja de la organización” (16-22) es iluminadora para entender la lógica de los movimientos sociales y del cambio político. Según Scott, las organizaciones formales e institucionalizadas son un impedimento para el cambio del sistema social. Las conquistas en las luchas por la emancipación sólo se han conseguido cuando el estado y las organizaciones políticas y económicas se han visto amenazados por movimientos sociales contundentes e intransigentes –dígase si se quiere violentos–, sin cohesión ideológica, ni organización, ni jerarquía, ni líderes, cuyo único rasgo visible es la reivindicación de la superioridad moral en las libertades democráticas. Al ejemplo del «bloque negro» en la «batalla de Seatlle» el año 1999, cuya acción violenta sirvió para dar visibilidad al movimiento antiglobalización y altermundialista, podríamos añadir el 15-M en el asedio al Parlament de Catalunya el año 2011. Si al dia siguiente de esta acción las diversas asambleas de barrio no hubieran interiorizado el discurso de las élites gobernantes en contra de la violencia y a favor del estado de derecho y hubieran reafirmado su rebeldía pública y su determinación a poner en suspensión una legalidad injusta por antisocial, posiblemente hubieran representado una política peligrosa para esas mismas élites y éstas hubieran rebajado el alcance de las políticas económicas y sociales que a partir de entonces han ido imponiendo sin apenas resistencia. De hecho, en mi opinión, aquí se autoinmola el 15-M como movimiento social. En cambio, la rebeldía pública ha hecho crecer la PAH hasta convertirla en el movimiento social de referencia en todo el estado español y su desobediencia civil y resistencia pacífica a la autoridad –algnos interpretarán como actos violentos– en la defensa del derecho constitucional a la vivienda han permitido significativos logros, tanto legislativos y judiciales, como en diversas negociaciones entre los afectados y las entidades de crédito. Por cierto, recomiendo la lectura del libro Vidas hipotecadas de Ada Colau y Adrià Alemany, publicado en junio de 2012, para conocer el origen y la expansión de este movimiento social.

Obviamente las élites gobernantes tratarán de reprimir por todos los medios las políticas peligrosas para el orden político diseñado para la protección de sus intereses. De ahí la necesidad de ensayar nuevas formas de hacer política que evite las represalias del estado. Scott propone como estrategia infiltrarse en los intersticios del poder a través de unas acciones discrecionales realizadas por grupos anónimos, minoritarios y dispersos, que denomina “infrapolítica”, tal como “dar largas o inacción, furtivismo, ratería, disimulo, sabotaje, deserción, absentismo, ocupación y huida” (20). Esta forma de hacer política sin frentes, con una fuerza continua pero de baja intensidad, que genera complicidades y puede llegar a ser multitudinaria, es difícil de reprimir y cuando alcanza una masa social crítica puede llegar a socavar el poder y permitir el cambio político. De hecho, en opinión de Scott, las clases populares han encontrado en estas acciones una forma de subvertir el orden político de los estados desde abajo y desde fuera de las organizaciones e instituciones. Esta misma experiencia no es otra, concluye Scott, que la del mutualismo y la cooperación anarquista como una alternativa a la creación de orden político sin estado.

Por último, y en referencia a la percepción de la que nace el interés de Scott por el anarquismo, citábamos más arriba que uno de los principios anarquistas que encontramos en los movimientos sociales de los que surgen las revoluciones es “la tolerancia a la confusión y a la improvisación que acompañan al aprendizaje social”. Hacia el final del Prefacio hallamos un testimonio de honestidad intelectual y de valentía al criticar al gremio de los científicos sociales, al que él mismo pertenece, por su manera de estudiar los cambios políticos, al ignorar la mayoría de éstos la contingencia, el desorden, la incoherencia, el error, la confusión, la improvisación y la espontaneidad de los agentes humanos que participan en dichos cambios. Merece la pena escuchar la acusación que lanza Scott: “Lo que es inadmisible desde el punto de vista moral y científico por igual es esa arrogancia desmesurada que pretende comprender el comportamiento de los agentes humanos sin, por un momento, proceder a una escucha sistemática de dichos agentes para averiguar cómo comprenden lo que están haciendo y cómo se explican a sí mismos” (23-24).

Esta observación anticipa el capítulo final del libro titulado “Particularidad y flujo” que hará las delicias de mi amigo Luis, comprometido al igual que Scott en el estudio de la historia sobre la base de los testimonios y desde la emancipación de la razón teleológica. Los tres fragmentos que articulan este capítulo constituyen un breve tratado sobre cómo se deben escribir las ciencias sociales y la historia si nos atenemos a las experiencias de los actores históricos que participaron en los procesos revolucionarios. Según Scott, la legitimación del poder político surgido de la revolución victoriosa necesita de una puesta en escena en la que todas las cosas parezcan deliberadas, donde todos los logros alcanzados parezcan el resultado de organizaciones formales y procedimientos institucionales perfectamente ordenados y previsibles. Porque ciertamente la percepción de su contingencia por las clases subordinadas comportaría un cuestionamiento del orden político y abriría una brecha en la obediencia a la autoridad. De ahí que cuanto más autoritario sea el estado más violencia simbólica se ejerza en el ocultamiento de la contingencia de los fenómenos históricos. No hace falta ir muy lejos para encontrar un ejemplo significativo: la cultura de la transición que ha dominado la cultura española tras el final de la dictadura franquista sirve como botón de muestra, a cuya crítica, conviene apuntar aquí, se ha dedicado el libro CT publicado en mayo de 2012 y que está coordinado por el amigo Guillem –del que se encuentra una lúcida reseña en este mismo blog (http://www.lapaginadefinitiva.com/weblogs/club-pobrelberg/2012/11/09/608/608).

Del primer capítulo titulado “Los usos del desorden y del «carisma»” me ha sorprendido gratamente el ingenio y humor que tiene Scott para interpelar al lector e incitarnos a la aplicación de una política anarquista, como evidencia el mismo título del Fragmento 1, “Ley de Scott de gimnasia anarquista”, que formula de la siguiente manera: “Infrinja cada día alguna ley trivial que no tiene sentido, aunque sólo sea cruzar la calle en rojo. Utilicen su propia mente y decidan si la ley es justa o razonable. De este modo, se mantendrán en forma, y cuando llegue el gran día, estarán preparados” (31). Al leer esta ley, recordé algunas formas de desobediencia e insubordinación que ya practico. Por ejemplo, transgredir la cortesía y los buenos modales cuando mi interlocutor legitima la desigualdad y la injusticia. Un buen gimnasta anarquista no puede ser políticamente correcto. O bien, en el ámbito laboral, no salvar las negligencias y necedades de las personas que te mandan cuando carecen de aptitudes y capacidades para el mando. Un buen gimnasta anarquista no puede dejar sin más ser gobernado. Pero me había quedado corto en la aplicación de dicha ley. Ahora lo que toca es la suspensión de alguna norma legal, como saltarme el curriculum, las programaciones y los exámenes en la inefable escuela en la que trabajo.

La citada ley de Scott encuentra en el segundo capítulo titulado “Orden local, orden oficial” su más efectivo campo de experimentación. El orden político estatal exige una estandarización y uniformidad que hace posible el control de los individuos y la apropiación de sus vidas a través de unos determinados procedimientos y normativas. Nuesta gimnasia anarquista debería experimentarse rechazando las planificaciones urbanísticas, industriales, comerciales, alimentarias, energéticas o educativas de grandes corporaciones bajo la cobertura legal de los estados. Como nos recuerda Scott, no podemos olvidar que el enemigo jurado del anarquista es el estado. Así, deberíamos conservar los barrios de usos mixtos, dar valor al conocimiento local en la división del trabajo en la cadena de montaje, optar por el consumo de productos locales y cultivos tradicionales, avanzar en la autosuficiencia energética y promover centros de enseñanza autónomos, democráticos y libres tal como se pueden dar en ámbitos locales. Porque a través de estas acciones podemos rechazar la rigidez de la simplificación que imponen los estados en favor de la variedad y diversidad de la complejidad que caracteriza a la naturaleza y muy particularmente a los seres humanos.

Del capítulo tercero que lleva por título “La producción de seres humanos” me interesa destacar aquí la crítica que realiza Scott de la vida institucional por las enfermedades que produce en los individuos. En unos casos, en particular en aquella mano de obra no cualificada, la falta de formación en los trabajadores les conduce a una estupidización, convirtiéndoles en piezas sustituibles y prescindibles. Así mismo, los entornos autoritarios que fomentan la sumisión, la unidimensionalidad del pensamiento y la pasividad conforman un tipo de personalidad en la que la condición de súbdito reemplaza a la de ciudadanía democrática, en la medida que destruye la libertad individual de los sujetos de las clases subalternas, así como toda expresión de autonomía e iniciativa individual o colectiva. Basándome en mi experiencia laboral, y partiendo del hecho que en la mayoría de escuelas, aunque pueda parecer incomprensible, hay una deficiente formación del personal docente y un estilo directivo con déficit democrático, nunca se ha trabajado mejor y se han producido menos conflictos con los alumnos, cuando el director de la escuela junto al coordinador de etapa se han ausentado unos días al acompañar a un grupo escolar de viaje.

Pero si hay un capítulo que me ha supuesto un desplazamiento de antiguos prejuicios arrastrados desde mis lecturas de la escolástica marxista y leninista, éste no es otro que el cuarto, que se presenta bajo el entusiasta título “Tres hurras por la pequeña burguesía”. Para Scott la pequeña burguesía (campesinos, minifundistas, artesanos, vendedores, transportistas, pequeños industriales y comerciantes, profesionales liberales) es importante no sólo porque “representa la mayor clase del mundo”, sino también porque “representa una zona muy valiosa de autonomía y de libertad en sistemas estatales cada vez más dominados por las grandes burocracias públicas y privadas”, unos principios que, “junto al mutualismo, son el núcleo de la sensibilidad anarquista” (122). Ciertamente, los pequeños propietarios (autónomos, empresarios individuales, socios de microempresas y socios de pequeñas cooperativas) tienen un amplio control de su vida laboral, cosa que los trabajadores asalariados no tienen pero que deberían perseguir como un logro necesario para su emancipación económica. En segundo lugar, a los pequeños burgueses les anima “el profundo deseo de disfrutar de la completa ciudadanía cultura” (128), un deseo del que han nacido prácticamente todas las revoluciones y del que se ha contagiado el proletariado. En tercer lugar, tampoco se puede subestimar “el indispensable papel económico que desempeña la pequeña burguesía en la invención y la innovación” (134). Y finalmente, no se puede ignorar el papel que juegan los pequeños burgueses en las relaciones sociales entre los habitantes de los barrios, porque de hecho “son trabajadores sociales que prestan un servicio no renumerado y que ofrecen un compañerismo breve pero cordial a su clientela fija” (137). En relación a este punto, me viene a la memoria ahora una reflexión de mi compañera en la que me decía que nunca había experimentado una sensación de complicidad y entendimiento con otras mujeres tan elevada hasta que no comenzó a frecuentar una peluquería del barrio en el que vivimos, propiedad de una peluquera que había echado a su borracho marido de casa, con una hija y que tenía a su cargo a su madre. De repente entraba una cliente y rompía a llorar sus penas o bien hacía participe a las otras mujeres de sus problemas, la mayoría de las veces sentimentales. Inmediatamente dejaba la peluquera a las otras clientes con las cabezas hechas un trapo para consolarla y preparaba un café para todas, iniciándose entonces una catártica conversación entre todas las mujeres de la peluquería y cuyos detalles guardan con el mismo secreto que el sacramento de la confesión. La conclusión a la que llega Scott no deja lugar a la duda: “Una sociedad en la que predominen los pequeños propietarios y los pequeños comerciantes se acerca más a la igualdad y a la propiedad popular de los medios de producción que cualquier sistema económico concebido o por concebir” (139), salvo, me atrevería a corregir, el cooperativismo. De ahí que los estados intervengan cada vez más en la sociedad civil con numerosas regulaciones y en el control de la pequeña burguesía con unas políticas fiscales desproporcionadas con el objeto de eliminar el espacio de autonomía y libertad que representan para el conjunto de los trabajadores asalariados y de los funcionarios.

La última crítica de la administración del estado en su intento de suplantar la política la encontramos en el quinto capítulo titulado con voluntad programática “Para la política”. Aquí analiza las sombras de la meritocracia, el criterio que han adoptado las democracias occidentales “para la selección de la élite y la distribución de los fondos públicos”, pero que en la práctica son “una inmensa y engañosa «máquina antipolítica» concebida para convertir cuestiones políticas legítimas en ejercicios neutrales, objetivos y administrativos regidos por expertos. Es este juego de prestidigitación despolitizador el que encubre una profunda falta de fe en las posibilidades del mutualismo y del aprendizaje en la política que tanto valoran anarquistas y demócratas por igual” (153). Las objeciones que presenta Scott son, en primer lugar, la corrupción que genera la lógica perversa de «estafar para ganar al sistema». En segundo lugar, la simplificación del sistema al eliminar los aspectos difícilmente cuantificables, como la compasión, la sabiduría, el valor o la experiencia. En tercer lugar, la restricción de la pretensiomes al poder discrecional reivindicado por las clases profesionales, al limitar su acceso y funcionamiento con numerosas regulaciones y controles. En cuarto lugar, la exclusión de la ciudadanía en la toma de decisiones de la esfera pública, al privarla de su participación en el diseño del sistema social. Y en último lugar, el ocultamiento a la ciudadanía de los sesgos ideológicos de la élite gobernante que tienen las técnicas de administración del estado, que en nombre de los principios de la igualdad y la democracia defienden únicamente sus intereses de clase, tal como se pone de manifiesto en el actual orden político neoliberal.

En conclusión, el Elogio del anarquismo de Scott es muy saludable para la vindicación de la política como aquel campo de participación en la esfera pública que hace posible la capacidad de aprendizaje y de conquistas sociales de la ciudadanía. Tal vez no sea todavía factible la abolición del estado, pero las clases populares tienen el reto de dominarlo para garantizar todos aquellos derechos sociales que dan contenido a la libertad y legitimidad moral a la democracia. Asimismo es una importante aportación para la renovación del pensamiento político anarquista, en la medida que no omite los dilemas existentes entre el anarquismo y el estado y practica una pedagogía política de proximidad, honesta y realista que invita a la puesta en práctica de las propuestas planteadas.

Esta entrada fue publicada en Reseñas y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a UN SALUDABLE ELOGIO DEL ANARQUISMO

  1. Apreciado Cero, me ha parecido muy interesante tu presentación del libro de Scott. Resalto lo que me ha atraído especialmente: la idea de la necesidad de atender a los sujetos particulares de la historia, como fundamento de toda reflexión generalizadora; es un campo en el que estoy trabajando últimamente, ya lo verás en breve. Después me han provocado una cierta sonrisa de complicidad tus comentarios sobre la clase docente y sus dirigentes (has olvidados a los burócratas de la pedagogía que son los inspectorcillos). Es verdad, cuando esa gente desaparece de la escuela durante unos días, todo funciona mejor, ya también lo he vivido. He conocido más de una clase plagada de rebeldía porque el tutor es un autoritario gritón.
    Un abrazo,

    tu Héloïse

    • cero dijo:

      Hay en el libro de Scott numerosas reflexiones sobre la educación. Para no alargar mi comentario, las reservo para un próximo artículo que tal vez publique en nuestro blog.

  2. jose dijo:

    Yo creo que el principal problema del anarquismo es con una fuente de poder, el matonismo. Los anarquistas pueden acabar con la trepocracia, pero es jodido mantener a raya a los matones sin gente como Durruti por doquier. No veo a Chomsky o Evaristo el de la Polla resistiendo ante el ejército, lugar natural de los matones. En fin, el problema de toda revolución es ¿podremos hacer frente a su ejército?. Los anarquistas de derechas americanos tienen muchas más papeletas para joder a su gobierno y montarse por libre que todos los anarquistas europeos juntos.
    Quizá el anarquismo desutopizado solo sea estar con tu familia en tu rancho comiéndote unas hamburguesas y limpiando la culata de tu rifle mientras piensas en cómo matar al próximo ladrón que ose entrar en tu pequeña propiedad.
    Saludos

    • cero dijo:

      Hola Jose, comprendo en parte tu objeción. Pero sin caer en la ingenuidad, hay indicios para ser optimistas. Lo más realista que ahora se me ocurre decirte es la experiencia de la PAH. Fíjate en la siguiente afirmación que se encuentra en el libro “Vidas hipotecadas” mencionado en mi comentario: “Una vez más, el movimiento de las personas afectadas, sin recursos, subvenciones ni estructuras, es el que lidera no sólo la visibilización y el diagnóstico de una problemática, sino también las propuestas y las formas de acción”. ¿No ves aquí un ejemplo de la política anarquista vindicada por Scott basada en la ayuda mútua, la cooperación, la solidaridad y el aprendizaje colectivo?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *