Educación: De cada cual según su responsabilidad

Tercera entrega de la serie sobre educación:

Probablemente la educación sea una de las últimas grandes mentiras  por  desvelar en nuestro actual sistema social. Se echa en falta otro «maestro de la sospecha», en el sentido del término acuñado por Paul Ricoeur. En la medida que la educación es una actividad humana llena de posibilidades, deberíamos entenderla no como un formulario de recetas, sino como un texto a descifrar. Tal como hizo Marx con la economía política desde la sospecha de la alienación económica y del potencial transformador del ser social, Nietzsche con la metafísica y la religión desde la sospecha de la muerte de Dios y la fuerza transvalorizadora de la voluntad de poder, y Freud con la psicología de la consciencia desde la sospecha del inconsciente y las posibilidades civilizadoras de la represión de la sexualidad, sería de agradecer que algún filósofo de la educación actuase como desenmascarador de las ocultaciones de sentido que envuelven la educación, en lugar de buscar la vía privilegiada de revelación de sentido, tal como se ha hecho hasta el presente. Se trataría de descifrar, desde el reconocimiento de los prejuicios que operan en todo ejercicio hermenéutico,  el cifrado que podamos atribuir a un sentido de la educación más allá de las mixtificaciones de nuestra subjetividad. Sin embargo, una mayoría social parece mirar a otro lado y hacer oídos sordos.  Y pocos pensadores se atreven a denunciar el autoengaño en torno a la educación.  Los pedagogos y psicólogos, por su parte, parecen sufrir el síndrome de Pandora, según el cual la aportación crítica traerá el mal. Es como si imperase una ley del silencio ante el temor de las posibles consecuencias.

Y no faltan razones. Qué no harían los grupos editoriales para conjurar cualquier amenaza al inmenso negocio que mueve la educación. Imaginaros, por un momento, que en pleno año Maragall, se documentase críticamente la imagen de un poeta y pensador anarquista, laico y panteísta que obligase a revisar todas las ediciones de textos y la historiografía oficial. Pues los directores de colecciones y asesores editoriales que ejercen en nuestras universidades o bien pasarían por esta insólita imagen como sobre ascuas o bien se conjurarían para destruirla, si es que quieren conservar su porción del pastel en el negocio del libro de texto. Si esta opinión os parece arbitraria,  informaros al respecto sobre el polémico caso de la autoría de El Lazarillo de Tormes, todavía objeto de exasperantes debates. Y qué no harían los sindicatos y los profesores afectados del sector público para conservar los puestos de trabajo a cualquier precio, aunque sea en contra del interés de la buena educación y con ello de la buena sociedad. ¿Por qué estos actores no hablan del elevado absentismo laboral y de las prolongadas bajas laborales que tolera el estatuto del funcionario? ¿Por qué manifiestan tanto rechazo a la autonomía de los centros, cuando está comprobado que mejora la calidad de la enseñanza y los resultados de los alumnos?¿Por qué los educadores de nuestros hijos no tienen ninguna obligación de realizar periódicamente test psicológicos que evalúen su salud mental y que dictaminen su capacidad para el desempeño de su profesión? Asímismo, qué no harían los catedráticos universitarios de pedagogía y psicología para mantener su status quo en los diseños institucionales del sistema educativo y participar en el reparto de los fondos públicos para la realización de investigaciones evaluativas y elaboración de informes que en la mayoría de los casos sólo sirven para su currículo personal. Y qué no harían la Iglesia y las clases dirigentes para evitar el riesgo de perder uno de los principales instrumentos de dominación ideológica y control social. Y por último, qué podría hacer una minoría social consciente que la alternativa al actual modelo educativo no cabe en los límites del sistema capitalista hoy vigente y que no existe todavía un cambio de mentalidad que promueva su superación.  Porque si hay un bajo cifrado en el sentido de la educación éste no es otro, como ya dijera Platón, que hacer hombres y mujeres justos, porque la justicia es la mayor excelencia a la que podemos aspirar como seres humanos, al mismo tiempo que hacer estados justos en los que los ciudadanos puedan realizar su máximo bien moral. Y está suficientemente argumentado en la filosofía política contemporánea desde Rawls y Habermas en adelante que el capitalismo es un sistema social que no puede satisfacer los principios básicos de justicia. Por lo demás, del cumplimiento de la justicia depende, como nos advierte el mismo Platón, nuestra felicidad.

Sin embargo, aunque se quede en un ejercicio retórico, aunque sólo sea por decencia, ahora que estamos inmersos en las vacaciones escolares más largas que ponen a prueba cada año nuestra paciencia  y amor por los hijos, tras las cuales los volveremos a confiar a los docentes, una mayoría con renovado autoengaño, mientras que una minoría lo hará por imperativo legal o por fuerza mayor a causa del trabajo,  es pertinente volver a pensar el sentido de la educación y considerar aquellos aspectos que permitan vislumbrar su futuro. Porque, ¿qué esperamos de los docentes como mediadores de la educación? ¿Cuál es la función social de la escuela y en consecuencia cuáles deberían ser los principios irrenunciables de su proyecto organizativo y método de aprendizaje?  ¿Cabe postular un fin universal de la educación, por encima de épocas y formas de vida y pensamiento, atendiendo a nuestra humana condición? ¿Cuáles son las causas de la mala educación? ¿Quienes son sus responsables?

Si comenzamos atendiendo a estas dos últimas preguntas, los distintos miembros de la comunidad educativa tienden a  exculparse y a buscar en los otros el origen de sus males. Así, la Administración educativa juzga a los docentes de bajo rendimiento y absentismo, a los padres de negligencia y a los alumnos de abusos de las bondades del sistema educativo. Los docentes, por su parte, juzgan a los gobernantes por sus incumplimientos, a los padres por sus dejación de responsabilidades y a los alumnos por su falta de estudio y gamberrismo. Algunos padres juzgan al Estado por su intervencionismo mientras que otros  lo hacen por su abandono o falta de voluntad política, a los profesores por su apoderamiento de las escuelas (prepotencia, autocomplacencia  y falta de autocrítica) y a los alumnos –sus propios hijos– por su dejadez o holgazanería. Y finalmente los alumnos o no saben qué papel juega la Administración educativa (sería ilustrativo conocer cuántos  saben definir “concierto económico” o qué clase de derecho es la educación tras 15 años de escolarización),  los más pequeños juzgan a sus maestros por la empatía de éstos y los mayores a sus profesores por las comunicaciones de incidencias o el boletín de notas, y por último a sus familias por la interpretación que hagan de toda esta información.  Vaya, que para dentro todo el mundo es bueno. El horror siempre queda fuera. Cuando, en verdad, todos somos responsables. Y hasta que todos no asumamos nuestra responsabilidad y participemos de ella en tanto que sujetos morales será imposible que encontremos soluciones eficaces a los problemas de la educación y podamos encarar con optimismo su porvenir.

Como no podemos detenernos aquí en el análisis de cada uno de estos actores, me centraré en aquella parte que tiene la mayor incidencia en el conjunto del sistema educativo. Me refiero a los docentes, porque al fin y al cabo, por la misma razón que sin niños no habría escuelas, sin profesores no habría educación, pues ellos son los principales garantes de la relación enseñanza-aprendizaje. Además, son los que pasan con sus alumnos más horas en días lectivos que muchos padres con sus hijos (no olvidemos, por favor, la jornada laboral partida, un anacronismo en el mercado laboral español y un absurdo hecho diferencial con Europa, que impide la conciliación de la vida familiar y la vida laboral). Si aceptamos el supuesto que nada humano es perfecto y que no podemos esperar de la realidad que se comporte con la misma racionalidad que un cálculo lógico,  es lamentable la queja permanente de muchos docentes, sea por los motivos que sean: por los fallos de las políticas educativas, por la insuficiente financiación en el sector público o la escasa inversión en el sector privado, por la deficiente autonomía de la mayoría de centros públicos o el estilo autoritario en la dirección de numerosos centros privados, por la baja calidad de su formación, por los salarios poco competitivos y la prácticamente nula promoción  profesional con respecto a otras profesiones de igual titulación, por las difíciles condiciones de trabajo al tratar con menores y sus familias, por el débil compromiso de los padres con la educación de sus hijos, por la falta de respeto de sus alumnos… Y así todo un rosario de agravios. Por supuesto, no les falta razón, y deben seguir buscando las mejores soluciones al conflicto laboral que tales causas pueda generar. Pero cuando la queja se convierte en parálisis y afecta a la relación con los alumnos y sus familias, se combate una injusticia con otra injusticia, y esto es moralmente reprobable. No conviene olvidar que hay profesiones en las que la vocación y el servicio público son fundamentales y absolutamente necesarios para superar con éxito todos aquellos factores estructurales que dificultan su ejercicio. Los profesores no son diferentes, en este sentido, a otros profesionales como, por ejemplo, el personal sanitario. Imaginemos por un momento que pasaría si la sanidad española tuviera la misma tasa bruta de mortalidad infantil (en el 2011 registró un 3,39 por 1000, que se considera baja) que la del abandono escolar en la ESO (en el 2010 registró un 30, 9 por 100, que se considera alta). Sería un escenario apocalíptico. En verdad, si esas dos guías de la profesión docente faltan, es inevitable caer en el círculo vicioso de la crítica, incluso en un vehemente nihilismo pedagógico, y no concebir propuestas significativas para el progreso de la educación.

Cuando un profesor cierra la puerta del aula puede abrir al mismo tiempo numerosas ventanas al mundo ofreciendo a los alumnos ocasiones de reflexión y aprendizaje en función de las características del grupo, más allá de las constricciones del sistema educativo o de la ideología, metodología y medios materiales de la escuela. De hecho, el trabajo docente es uno de los más refractarios al fenómeno de la alienación, por la libertad de cátedra (un derecho reconocido por el Tribunal Constitucional en una sentencia del 1981, con independencia del nivel de estudios y de la titularidad del centro, si bien en los niveles inferiores al ámbito universitario tiene algunos límites establecidos por la Administración educativa a través del currículo), la realización personal en el ejercicio de la profesión (el estilo pedagógico y la innovación didáctica) y el objeto del trabajo docente (la gestión del conocimiento en la relación enseñanza-aprendizaje). Por esto mismo, una de las vivencias en la escuela que siempre me ha producido mayor desazón, en mi condición de profesor,  es oír las conversaciones entre colegas en la sala de profesores. La mayoría de las veces, cuando no hablan de fútbol, de programas de televisión, de enfermedades de familiares o de siniestros, hablan de sus alumnos. Y cuando lo hacen, muy pocas veces salen de sus bocas elogios. En su imaginario colectivo se ha instalado esa terrible dicotomía amigo-enemigo del lenguaje militar y político. Lo triste de esta situación es que unos proyectan en su relación con los alumnos el conflicto que viven con sus hijos, otros son incapaces de controlar sus emociones  tanto con los malos alumnos como con aquellos que siendo buenos ponen en cuestión su poder arbitrario en el aula, y el resto porque no son conscientes que los alumnos de los que hablan tan ofensivamente son sus alumnos, las personas con las que conviven en la escuela, a las que se les ha confiado su educación y que reflejan en sus conductas las mismas conductas de sus profesores. Son casos contados, y causados por algún tipo de  morbosidad, los alumnos que responden con odio y violencia al amor y al respeto que les manifiestan sus profesores. Y aquí radica, quizá, el principio de solución de los males de la educación. A veces, escuchando las quejas de los profesores por la mala suerte que tienen con los alumnos que les han tocado, que les impiden hacer maravillas, me viene a la memoria la más célebre metáfora kantiana: “La ligera paloma, que siente la resistencia del aire que surca al volar libremente, podría imaginarse que volaría mucho mejor aún en un espacio vacío” (Crítica de la razón pura, Introducción, B 9). Pero bueno, ¿acaso pueden existir los profesores sin los alumnos? ¿Existirían las escuelas sólo con los buenos alumnos? Y lo que resultaría más perverso, ¿qué piensan hacer esos profesores con los malos alumnos, una vez que consigan expulsarlos de las escuelas y se sumen a los que ya han abandonado los estudios, que son aproximadamente un tercio de la población escolar? Supongo que no se han parado a pensar quiénes pagarán sus pensiones cuando se prejubilen a los 61 años.

Por otra parte, es común entre los profesores la percepción de ingratitud por parte de los alumnos y de sus familias, así como de la falta de reconocimiento social. Y no puedo decir que esta percepción carezca de realidad. No obstante, conviene señalar que la educación es una tarea que mira al futuro, y en ese tiempo es donde los beneficios recibidos darán sus frutos. No se puede pretender que el conjunto de la sociedad tenga una visión anticipatoria. El común de las personas cree en lo que ve aquí y ahora, si bien algunas personas pueden llegar a tener presentimientos sobre la base de experiencias contrastadas. Además, desde un punto de vista epistemológico, hasta que no sabemos lo que acaba sucediendo en el futuro no podemos valorar que las decisiones tomadas en el pasado, en nuestro caso las relativas al sentido y alcance de la educación, sean las correctas, a no ser que incurramos en falacias, como el prejuicio de retrospectiva o recapitulación. Por ello es prudente que los docentes reduzcan sus pretensiones de gratitud y prestigio. De este modo, además, conseguirán evitar la decepción que puede perturbar su ánimo y afectar negativamente a su ejercicio profesional. Por lo demás, esa gratitud y prestigio reclamados no son algo que deban facilitar los poderes públicos, porque entonces su logro ni tiene mérito alguno ni es sostenible en el tiempo, sino que los deben conseguir con las propias actuaciones en sus respectivas comunidades educativas. Y si alguna satisfacción cabe esperar de la docencia en el presente, ésta no sería otra que la de salvar del abandono escolar y de la ignorancia a un mal alumno, porque con ello se mantiene viva para la sociedad la llama de su espíritu, además de salvarle como persona.  Es ilustrativo al respecto la novela de Daniel Pennac Mal de escuela, del 2007, un libro que debería ser de referencia obligada para profesores, padres y alumnos, en el que su autor se propone dignificar la figura del mal estudiante y rendir un emotivo homenaje a la figura del buen profesor que salva del abandono escolar a aquellos alumnos etiquetados como “zoquetes”, como fue el caso del mismo Pennac, con una fórmula tan sencilla como eficaz: amor, confianza y conocimiento de uno mismo. Gracias a estos buenos profesores, las pesadas y penosas cargas de la escuela no duran toda la vida.

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11 respuestas a Educación: De cada cual según su responsabilidad

  1. ¡Muy bueno el post! Para escribir este comentario sintetizo: ¿Es la Educación importante para la sociedad? Acá, en Argentina estamos retrasados respecto de tu contexto, y los alumnos no aprenden ¡Porque para ellos no es importante!
    Saludos

  2. Félix dijo:

    Hola Alberto, en relación a tu respuesta tengo que agradecerte tu cordialidad. Pero lo que dices de la situación de la educación en tu país me causa perplejidad. No estoy muy informado de la realidad social en Argentina y menos de la educación. Lo último que he me ha servido para informarme es la película documental «La toma». Si tienes alguna referencia que puedas pasarme te lo agradecería, y si es alguna web mejor. ¿De verdad que a los alumnos no les interesa aprender? Me cuesta creerlo. Me atrevería a decir, desde mi ignorancia ya confesada, que no les interesa lo que se les enseña, que no es lo mismo. Lo que ha sucedido en tu país en los últimos 10 años de salvaje neoliberalismo no puede haber dejado indiferentes a los jóvenes. ¿No teneís por ahí un moivimiento de indigandos como el que existe por aquí? En España son los jóvenes los que impulsan el movimiento del 15-M, más los universitarios que los del bachillerato. Y éstos están sedientos por aprender. Ciertamente son una minoría, pero de un número significativo para operar un posible cambio de mentalidad.

  3. Pablo (pero no el auténtico) dijo:

    «En la medida que la educación es una actividad humana llena de posibilidades, deberíamos entenderla no como un formulario de recetas, sino como un texto a descifrar.»

    Es «En la medida EN que» y no «en la medida que». Es como cuando entrevistan a un futbolista o a un ciclista y dice «la verdad que…» y no «la verdad es que…».

  4. Alfredo Fdez. dijo:

    De cada cual según su responsabilidad, o «sí, pero no».

    «Como no podemos detenernos aquí en el análisis de cada uno de estos actores, me centraré en aquella parte que tiene la mayor incidencia en el conjunto del sistema educativo. Me refiero a los docentes…» Casi estaría de acuerdo, si no fuese por el ‘pequeño’ detalle de que la responsabilidad de uno depende directamente de la medida en que le dejan actuar, y si en el caso de los maestros la cosa está mal, en el de los profesores (ahórrenme el saco común de «docentes», por favor) es mucho peor. ¿Es posible enseñar (educar es responsabilidad de los padres en el entorno familiar) a quien no quiere aprender? ¿Es posible enseñar cuando con tanta libertad de cátedra como teóricamente hay desde las alturas -Inspección y Administración- se sanciona sistemáticamente la mínima divergencia de los cánones esquizofrénicos de la «enseñanza» en clave constructivista, en lugar de dejar que la gente vea qué funciona y qué no? Simplemente: no. Y por tanto, esas «otras» responsabilidades resultan no menos, sino más importantes, aunque sólo fuese desde el punto de vista del análisis, porque impiden al profesor ejercer la suya.

    No puedo evitar los escalofríos que me da pensar en mis pobres no-compañeros encerrados en jaulas, -perdón, aulas – con treinta bestezuelas día tras día sin poder hacer nada práctico para domarlas. Y digo no-compañeros porque yo soy un afortunado que habla desde el mundo relativamente libre de trabas de la enseñanza [teóricamente] voluntaria a adultos [teóricos] y aún así ya lo paso bastante mal. Lo que me lleva a lo que comenta Alberto C. de Argentina.

    Hace veinte años yo mismo estudiaba en un instituto. Era poco menos que un «alumno estrella» y puedo asegurar que mis ganas de aprender -que se encuentran mejor que nunca- eran no sólo un accidente feliz sino poco menos que una raya en el agua. Puedo contar con los dedos de las manos los alumnos de mi promoción que tenían verdaderas ganas de aprender en todo el centro. Teniendo en cuenta el detalle ‘nimio’ de que no creo que haya muchos enfermos que no quieran curarse, no me sorprende lo más mínimo la disparidad de resultados entre sanidad y enseñanza -medios aparte-. Y los años y el cambio de lado han alterado mi perspectiva un tanto, sí, pero por desgracia sólo para fortalecerla.

    Desde mi bendita burbuja protectora, a la que generalmente llegan como estudiantes alumnos de lo más ‘selecto’ -estudiantes universitarios, nada menos, e incluso sus profesores-, observo una versión más sibilina del mismo mal, pero que es esencia el mismo: si bien a estas alturas no descarto que haya ganas de aprender porque ya se han pasado algunos filtros, ¡ay! estoy bien seguro de que no las hay de hacer lo necesario (cosas tan esotéricas y horripilantes como… ¡¡estudiar!!). Puede considerarse irónico que mis alumnos profesores sean relativamente rápidos a la hora de identificar este mal en sus propios alumnos pero no en ellos mismos, pero a mí me parece simplemente muy triste, a la par que revelador de la trayectoria de la enseñanza en el país en los últimos treinta años.

    Aunque es difícil juzgar objetivamente los propios defectos, es razonable suponer que no soy perfecto como profesor. Además he disfrutado la enorme suerte de poder enseñar literalmente como me viniese en gana, así que lo relativamente extenso de mis fracasos debería ser mi responsabilidad al 100%. No obstante, cuando imparto clase sigo siendo el profesor y mi formación científica me dice que hay que intentar algo diferente cuando las cosas no funcionan, pero resulta que -salvo atentados obvios contra el sentido común- el fracaso de un método sólo se puede certificar si se pone en práctica. De modo que no tendré problemas en aceptar mi responsabilidad ante el fracaso de mis estudiantes, pero sólo lo haré cuando sigan el camino que les propongo y no consigan aprender lo que intento enseñarles. Es decir, cuando los alumnos _también_ cumplan con _su_ responsabilidad. Y mi caso es más simple porque no hay más partes que puedan cumplir o incumplir, así que no quiero ni pensar en el ‘mundo real’ de la enseñanza secundaria que evité tan pronto como vi lo que se avecinaba.

    Queda feo escudarse en que otros no cumplan su parte de un trato para ocultar que no ha cumplido uno con la suya, pero eso es lo que ocurre 99 veces de cada 100. De cada cual, pues sí, pero también de todos y cada uno, no sólo de… vaya, siempre los mismos. Espero que haya futuras entregas y que un título tan sugerente no caiga en saco roto.

    • Félix dijo:

      Hola Alfredo:
      En primer lugar quiero agradecerte tu largo comentario. Tu reflexión en torno a la responsabilidad de los profesores me ha hecho caer en la cuenta que tengo que continuar este texto con el análisis de los otros actores de la comunidad educativa, como mínimo para ser equitativo en el trato. Retomas la cuestión de Pablo acerca de la voluntad de aprendizaje por parte de los alumnos y lo que dices tengo que pensarlo con más tiempo y atención. Intentaré responderte en los próximos días. Pero avanzo ya lo que creo. El interés y la emoción es un motor que mueve y conmueve. ¿No te parece que hay un enorme déficit de ambas potencias en la educación secundaria? En mi caso, cuando mejor me lo paso con mis alumnos y ellos conmigo es cuando debatimos y aportamos información sobre los problemas que nos afectan. Es como decían los fenomenólogos, volver a las cosas mismas. Te pongo un ejemplo. Si les explico el pensamiento de Habermas en abstracto, no me seguirán. Pero si les hablo de nuestra constitución, de la importancia de llegar a consensos en democracia y del premio príncipe de Asturias a las ciencias sociales que se le otorgó, entonces despierto su interés y simpatía. Yo tengo compañeros de literatura y de ciencias que cuando sale un nuevo premio Nobel ni lo mencionan en sus clases. Ni tampoco han comentado nunca una noticia relativa a su especialidad publicada en algún diario. Es todo un despropósito porque se ha roto el contacto con la realidad. Seguimos hablando. Un cordial saludo.

  5. pio baroja dijo:

    El articulo me ha parecido estupendo. Yo no soy profesor, pero si que tengo bastante contacto con amigos y conocidos que si que lo son, y una de las cosas que mas me ha llamado la atencion cuando estan varios docentes juntos es que existen dos axiomas:
    el primero que el nivel de los alumnos cada vez es mas bajo. si este comentario lo hubiera oido hace poco tiempo pensaria que quizas tienen razon, pero es que lo vengo oyendo desde hace mas de 10 años, con lo que de ser cierto debemos estar a unos niveles que harian buenos los de las escuelas de Somalia.

    el segundo axima es que no se puede hacer nada, y el articulo es muy acertado porque nada es mas facil que echar la culpa a los demas, pero es que lo que mas gracia me hace es cuando hablan de problemas mas o menos concretos y si les preguntas que han hecho para resolverlo, te miran como si estuvieras completamente ido.
    no quiero decir que los profesores tengan una posibilidad absoluta de cambiar las cosas, pero desde luego con lo que no se va a cambiar es despotricando de todo en la cafeteria mas cercana.
    Pero es que ademas, no me digais que no habeis tenido profesores que os motivaban y otros que no, pues en mi caso si que los he tenido, profesores a los que acudir a cada clase era un suplicio, y que ademas se caracterizaban por regirse por la mayores de las arbitrariedades, y otros que hacian totalmente amena clases de materias aridas.
    pero es que nadie ha ido en su vida profesional a conferencias, seminario o lo que sea en los que ha tenido que hacer verdaderos esfuerzos para obtener alguna informacion inteligible, es siempre culpa de los oyentes?

  6. Arash dijo:

    Félix, muy buen artículo; sí señor; hay que dar caña así. No sé si he hecho mal, pero he comenzado a leer tu saga por la última entrega; iré avanzando, mejor dicho retrocediendo, en los próximos días.
    Además de todo lo que dices, con lo que estoy de acuerdo, creo que quizá parte del problema se pueda resolver con soluciones no muy complicadas: el uso de técnicas procedentes de las artes para motivar al alumnado. Erasmus Ediciones acaba de publicar 2 libros sobre este tema: uno que versa sobre el teatro como herramienta de motivación de los alumnos en la ESO; y otro, sobre la aplicación de algunas aportaciones de Maslow como instrumento para motivar al alumnado y combatir el fracaso (abandono, Rubalcaba dixit) escolar.
    Por otro lado, la propuesta de educación moral canadiense denominada «Virtues Project» se basa en el postulado al que apuntas: todo ser humano, en especial los niños y adolescentes, tienen unas capacidades innatas, o dones interiores, que denominamos virtudes; el problema es que el sistema actual fracasa en sacarlas a relucir. El referido programa Virtudes usa 5 estrategias para conseguirlo.

  7. Félix dijo:

    Hola Arash, gracias por tus ánimos. Consultaré las referencias que apuntas. A ver si encuentro el tiempo necesario para continuar la serie de escritos y avanzar así hacia la parte constructiva y alternativa de mi consideración crítica del sistema educativo. Un abrazo.

  8. Alfredo Sánchez Rodríguez dijo:

    ¡hola! saludos a todos los críticos de la educación, me gusta leer artículos en la web, pero nunca hago comentarios a una situación, ya qué soy un docente de la educación media superior de la dgeti, todos sabemos que está pasando con la educación en nuestros tiempos, pero exite la cultura de buscar un culpable y él más debil pagará el daño hecho a una sociedad. Todos creemos saber la problematica de la educación, pero somos unos expertos para críticar y proponer alternativas de solución, pero hablamos y los hechos, son los que hablan, las acciones se quedan en el camino, pero a veces ni en el intento nos quedamos.

    todo ser humano recibe una educación, sea la forma en que la reciba, lo hace ser un ser racional pensante, y toma decisiones, elije su forma de vida, construye su futuro y no es prioridad el estudio para llegar a tener exito en la vida, ya que hoy en dia se dice»gano más en mi carreta de tacos que como ingeniero», si estudiamos es que nuestra sociedad nos exige titulos academicos como un estatus social y pertenecer a una clase social con distinción y prestigio en una comunidad del conocimiento.

    los males de la educación no tienen cura,seguiran siendo parte de la enfermedad cronica que el aparato educativo federal padece, ya que como otras dependencias, la solución jamas la sabremos, es tanto así que la politica el rector de los cambios de una sociedad, no hay educación buena o con calidad, no hay buena atención de salud, somos un pais de enfermos y mal educados. gracias por aceptar una critica, bien o mal, es un punto de vista nadamás, no doy solucione y ni propongo nada.

    • Félix dijo:

      Hola Alfredo. Gracias por tu sinceridad. Tienes razón cuando vienes a decir que lo más fácil es criticar y que los males de la educación son los de la sociedad que educa. Pero la crítica sólo es estéril cuando no provoca ninguna reacción. El hecho que tú hayas escrito un comentario es porque has reconocido alguna afinidad y compartes conmigo el anhelo del cambio de modelo. Estos escritos sobre educación son mi primera reflexión tras 22 años de profesión docente. Tal vez expresan más mi mal humor que mi ideario pedagógico. Pero espero continuar pensando en este tema y pasar de la crítica a la contribución teórica y práctica. Y comentarios como el tuyo son siempre un estímulo a realizar esta tarea, lo mismo que el de las otras personas que te han precedido.

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