Educación: Historia de un autoengaño

¿Qué dirías si, tras aceptar la recomendación de un simpático dependiente, comprases unos zapatos que, pasadas sólo unas horas, te aplastasen los pies como una bota malaya, y si al volver al establecimiento a pedir explicaciones, el mismo dependiente, ahora ya menos simpático, te echase la culpa por habértelos quedado? ¿Y qué harías si ante tu queja por el dolor padecido aquél te recriminase el haberte quitado los zapatos y tu falta de aguante por no esperar a que el pie se amolde al cuero? Si buscases comprensión en otros dependientes, seguramente perderías el tiempo. El espíritu corporativo tira más que cuatro bueyes en una carreta. Si pidieses por el dueño del establecimiento para quejarte, seguramente éste acabaría vendiéndote una horma de un número superior para ensanchar la forma del zapato, porque ya se sabe –te recordaría– que no hay dos pies iguales. Y si tuvieses la ocurrencia de concitar a otros clientes para tu causa, seguramente éstos te dirían que quien algo quiere, algo le cuesta, pues siempre queda mejor decir esto, cuando muchos están igual, que resignarse a un consuelo de tontos.

Sustituye en la fantasía anterior zapatos por escuela y pies por niños y pongamos que hablamos de educación, un ideal cultural que heredamos de los antiguos filósofos griegos y que hasta fechas recientes no conquistamos en los países occidentales como un derecho social básico; una realidad que viven millones de madres y padres una cuarta parte  de sus vidas, y eso si después no ejercen de abuelos abnegados, con placer o angustia según las circunstancias de cada cual.  Tal vez no sepamos decir cómo debería ser la educación del futuro, pero todos tenemos grabado en nuestra memoria, y algunos también en su cuerpo, cómo ha sido hasta el presente. De los profesores que más nos acordamos, al menos los que tuvimos en la escuela, no pesan tanto las cosas que nos enseñaron sino las vivencias que tuvimos en sus clases. Así, de unos nos acordamos porque eran unos tipos afables, benevolentes o divertidos, y de otros porque daban miedo, pena o risa.  Quienes hemos practicado los diferentes ritos de paso en los sucesivos niveles educativos sabemos por experiencia propia que la enseñanza no comporta necesariamente el aprendizaje y que éste dependía  la mayoría de las veces más de nuestro esfuerzo e interés personal que no de las clases magistrales que nos impartían. De hecho, la escuela se ha organizado más para los alumnos inteligentes que aprobaban sin la ayuda de los profesores que no para los alumnos con dificultades que más ayuda necesitaban. Cómo se explica, si no, el elevado número de repetidores que tenemos en la ESO y en el Bachillerato, o el hecho que cuantos más cursos repite un alumno su nivel de rendimiento en competencias básicas como lengua, matemática y  ciencia sea cada vez menor. A quien le pueda parecer exagerado mi parecer y lleve a sus hijos a la escuela, que pregunte al tutor de su hijo, en la próxima entrevista, cuántos alumnos zurdos tiene en clase o bien cuántos tiene con lateralidad cruzada o con dislexia, y siga preguntando qué hace con ellos, a ver qué es capaz de responderle. O si lleva a su hijo a una escuela concertada o privada y quiere un curso acelerado de fisiognomía, que le solicite al coordinador de nivel educativo o al director una adaptación curricular y unos exámenes personalizados para su hijo, en el caso que tenga un diagnóstico de TDH, a ver qué caras le ponen. Tal vez algún lector pueda sentirse ofendido por el símil aquí utilizado o por el sarcasmo empleado en los ejemplos buscados, pero cuántas veces la educación ha consistido en una domesticación de vitalidades y adoctrinamiento de conciencias, en instrucciones cerriles, argumentos de autoridad y dogmas que han torturado el alma de los niños.

En las familias con hijos en edad escolar la educación es un tema recurrente. De hecho, aparte del fútbol, no creo que haya otro tema de sobremesa en los hogares que congregue más adhesiones o animadversiones entre sus miembros en función, claro está, del bien recibido o de su carencia. De la educación, o más en particular de la escuela de nuestros hijos, la mayoría hablamos convencidos, al mismo tiempo que andamos equivocados por el autoengaño.  No queremos mirar de frente, encararnos a la verdad del fracaso del sistema educativo en el que se hallan nuestros hijos porque resultaría insoportable para nuestra responsabilidad moral como padres. Qué padre o madre no ha pensado en algún momento de su infancia o adolescencia que la enseñanza recibida era inútil o estaba desconectada con la realidad social que vivía mientras quedaban relegados a un segundo plano los instrumentos para adquirir, superar y aplicar los contenidos enseñados. Y sin embargo, lo que en otro tiempo pensamos como un fallo del sistema educativo que nos tocó vivir, ahora lo presuponemos superado sin el menor análisis crítico del  funcionamiento del sistema educativo que viven nuestros hijos, como si aquel mal fuese cosa del pasado.

Si la educación es un proceso de formación intelectual y moral de la persona que compete tanto a los profesores como a los padres y a los alumnos, ¿por qué en la práctica totalidad de centros no se permite a estos dos últimos agentes de la comunidad educativa, a través  de sus representantes en el Consejo Escolar, participar en las sesiones de evaluación y legitimar con su deliberación y consenso con los profesores la idoneidad de las pruebas de evaluación y la eficacia del proceso de enseñanza-aprendizaje? ¿Por qué la Administración educativa tolera este comportamiento institucional  en la medida que delega al equipo directivo de cada centro la supervisión del proceso evaluativo? ¿Acaso hay algo que ocultar? ¿Qué razón puede justificar que la práctica docente no deba hacerse pública? ¿No debería ser la educación la actividad cultural más transparente en la vida social? ¿Qué impide que se perciba la educación como  la máxima expresión de razón pública? Aparte el déficit de cultura democrática que existe en la mayoría de centros, que se limitan a enseñar ciudadanía en los estrechos límites de una asignatura, esa negativa parece responder a un doble interés. Por un lado,  a un interés corporativo por no hacer visible socialmente la incapacidad de los claustros de profesores para invertir la tendencia en los últimos años de unos resultados mediocres en el rendimiento de los alumnos en competencias básicas (de comprensión lectora, matemática y científica), así como de la falta de expectativas de mejora en el nivel de rendimiento de los alumnos repetidores, lo que conduce a que un tercio de la población escolar abandone sus estudios obligatorios (ESO) o postobligatorios académicos (Bachillerato). Por otro lado, también responde a un interés político por evitar que trascienda a la opinión pública la incompetencia de la Administración educativa para resolver los fallos del sistema educativo. Si como madre o padre asistieses a una sesión de evaluación final de curso y vieses cómo se transforman los suspensos en aprobados por razones tan pragmáticas como la matrícula de alumnos en el centro y los puestos de trabajo de los profesores, seguramente la miel del aprobado de tu hijo te sabría a hiel. En los veinticinco años que llevo ejerciendo de profesor nunca he visto a una familia quejarse por una asignatura aprobada dada previamente por suspensa, y cuando han manifestado su sorpresa la justificación que buscaban no tenía la más mínima coincidencia con la realidad. Y no creas que esto sólo sucede en escuelas públicas o concertadas modestas. Incluso en las escuelas privadas de élite se hacen toda clase de apaños y se consiguen soluciones milagrosas para tener contentas a las familias y sobre todo a la nómina de sus respectivos mecenas y patrocinadores cuyos hijos están escolarizados en estos centros. No hace mucho me contó un amigo profesor que trabajó en un conocido colegio del Opus Dei de Barcelona el enfado de un tutor en una sesión de evaluación al saber que uno de sus alumnos había suspendido numerosas asignaturas cuando el día anterior había estado comiendo con su padre y éste le había confirmado una generosa donación para la construcción de unas instalaciones deportivas. Sólo tienes que buscar entre sus exalumnos a pensadores, artistas, científicos o investigadores de prestigio,  a ver cuántos encuentras que no sean políticos, empresarios, directivos, inversores o rentistas.

Si las diversas pruebas de competencias básicas (lenguas, matemáticas, ciencias naturales y ciencias sociales y ciudadanía) que se realizan en años alternos en cuarto curso de la Educación Primaria (EP) o en segundo curso de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) fuesen vinculantes para la promoción de los alumnos, la mayoría de centros tendrían unas cuantas plazas vacías en los cursos de 5º de EP y de 3º de ESO.  En verdad, las escuelas necesitan más a los niños que no éstos a las escuelas, porque mientras los niños sólo quieren estar con sus padres y pueden aprender de éstos, las escuelas existen por la separación forzada de padres e hijos a causa de las condiciones de vida impuestas por nuestro sistema social, disfrazando tal imperativo social con el velo de la educación obligatoria. Y si nuestra selectividad (las PAU) fuese verdaderamente una selección basada en la excelencia académica y la madurez intelectual y moral alcanzadas en el Bachillerato o en la Formación Profesional, nuestro sistema universitario quebraría por falta de alumnos. Fijaros, como botón de muestra, en este simpático anuncio de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) en relación a los cursos de preparación a los estudios en dicha Universidad que se ven obligados a impartir para facilitar una formación complementaria a la recibida por los escolares que les llegan:  “En el marco de las acciones dirigidas a los estudiantes de nuevo acceso, algunos centros organizan asignaturas y cursos propedéuticos con el objetivo de situar a estos alumnos en el grado de conocimiento adecuado y necesario para seguir con más fluidez las asignaturas de su plan de estudios. Estos cursos se inician el mes de septiembre, antes de empezar el curso académico, y algunos de ellos dan la posibilidad de obtener créditos de libre elección”[1]. Hablando en plata, no sabéis hacer la “O” con un canuto, pero os necesitamos tanto que si volvéis a cursar asignaturas de Bachillerato os regalamos una parte de vuestro futuro título. Sobran comentarios. Por otra parte, cómo va  a criticar el estamento universitario a unos docentes que han formado y titulado. También sobran comentarios, y así en tantas otras cosas relativas a la educación que al final uno ya no sabe si es mejor callar y dejarlo por imposible o seguir hablando para no otorgar y ser cómplice de tanto engaño.

Pero prosigamos con las bondades de nuestro sistema educativo. Si todos los inspectores de enseñanza velasen por el cumplimiento de la Ley Orgánica de Educación (LOE), que se aplicó a partir del año académico 2006-2007,  y todos los representantes de los ayuntamientos hiciesen otro tanto en los Consejos Escolares, comenzando por la supervisión del proceso electoral para escoger a sus miembros, numerosos centros concertados y algunos privados no abrirían sus puertas el próximo curso. ¿Por qué no se hacen auditorías de estos centros de enseñanza y sus resultados se hacen públicos? Pues muy sencillo, porque generaría tanta alarma social como el pescado contaminado por mercurio y arsénico. De ahí que nuestros gobernantes, para calmar nuestro ánimo y tranquilizar a los armadores y empresarios del sector, no nos informen, y se pasen por el forro la salud de las embarazadas y de los menores de 6 años. El único consuelo es que la delincuencia, como la contaminación, es reversible, porque sus efectos negativos desaparecen si se reducen. ¿Cómo es posible, entonces, que ningún profesor o ninguna familia denuncien tales hechos? ¿Acaso les parece que el incumplimiento de una ley educativa no tiene importancia y que podemos seguir confiando nuestros hijos a los responsables de unos centros educativos que quebrantan la legalidad vigente?  ¿Por qué razón el AMPA o el Consejo Escolar no pide cuentas a la titularidad del centro concertado sobre la ratio de alumnos por unidad escolar, sobre la hora de tutoría de aula, sobre la ratio de profesores de refuerzo en función del número de las unidades escolares concertadas, sobre el destino de las cuotas a pagar por las familias a la fundación que gestiona la escuela, sobre la contabilidad de los fondos públicos transferidos, que en la mayoría de los casos constituyen una doble financiación de los centros privados que generan abundantes plusvalías?  Es sabido que en España no se cumplen las leyes y que los primeros infractores son los propios gobernantes. Pero como ciudadanos, pensando en el bienestar y el futuro de nuestros hijos,  ¿qué hace que no nos sintamos obligados a hacer cumplir una ley educativa o que seamos cómplices con sus infractores?¿Será por ignorancia, por desidia, por complicidad, por vergüenza… o quizá por un poco de todo?


[1] http://www.uab.es/servlet/Satellite?cid=1099409747801&pagename=UAB%2FPage%2FTemplatePageLevel2

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7 respuestas a Educación: Historia de un autoengaño

  1. Del otro lado dijo:

    Ignorancia? quizás de los detalles de la ley que no se están cumpliento, pero que el sistema educativo no le parece bueno a nadie… es algo que todos hemos oído desde hace años (mínimo desde la Logse), así que saber, sabemos.
    Desidia? podría ser, pero ante mil cosas menos importantes, mucha gente salta y actúa. Ejemplo: si hacienda no te devuelve 100 euros, hay gente que remueve Roma con Santiago, pero si a tu hijo lo deseducan en el colegio, no, eso es Priceless…
    Complicidad? pues no, seremos cómplices por inacción, pero no por voluntad… nada ganamos (la mayoría) con tener hijos sin formar. Quizás una élite, a corto plazo, gane algo. A largo plazo cuesta argumentar que no nos irá mal a todos, pueblo llano y élites.
    Verguenza? sí, a reconocer que ante temas primordiales en nuestra vida y la de nuestras familias, no hacemos nada.

    Pero mi teoría es que todo responde a miedo, muuucho miedo: a reconocer que estamos hipotecando el futuro de nuestros hijos, y por asociación el de nosotros mismos, miedo a que nos miren como bichos raros en nuestro entorno si nos ponemos a hacer algo (a ver si va a resultar que con la pinta de gente normal que tenemos, somos unos antisistemas!!! si además yo voto al PP!!), miedo al fin, a tener un día que sentarnos antes nuestros hijos y tener que reconocer que la cagamos… ante esa terrible posibilidad, lo mejor es negar, negar y negar, hacer lo que todos hacen, sin preguntarnos si hay una opción B, y sobre todo sin plantearnos contruirnos una opción B. Mejor coger una pala y enterrar esa verdad, y después, enterrar la pala…

  2. salva dijo:

    A dos semanas de terminar el curso la tutora de mi hijo (en sexto de primaria) nos informó de que su rendimiento era muy bajo y que debía repetir el curso.

    Dos semanas después nos informó de que se había obrado un milagro y el chico tiene que pasar a primero de ESO. Imposible mantenerle en sexto de primaria con la brillantez demostrada en las pruebas de capacidades básicas.

    Protestamos, sí, pero las opciones parece que eran:
    a) Dejar que lo trasladaran a la ESO por la vía rápida para quitárselo de encima, ya que parece que hay overbooking.
    b) Montar un 15M paternofilial en el patio del colegio.

    Como uno trabaja y tiene el tiempo libre que tiene hemos salido por la salida A, pero ahora el crío empieza ESO y tendrá un notebook. Eso sí es progreso.

  3. Lluís dijo:

    Otro diagnóstico de nuestro sistema educativo. Y van…

    No, si a estas alturas hasta el ministro del ramo debe tener claro que algo está funcionando mal.
    El problema es que si, diagnósticos tenemos muchos, pero propuestas de solución, muy pocas. Si, ya es un avance reconocer que las cosas se están haciendo mal, y por parte de los padres es un consuelo poderle echar toda la culpa a otros (administración o escuelas), y al progre de turno le encanta poder disparar con bala contra las privadas y las concertadas, pero soluciones concretas no veo que nadie proponga demasiadas.

  4. Cero dijo:

    Hola, en relación al comentario de Lluís estoy con él. Lo que falta son propuestas concretas y que alegren el triste panorama que tenemos. Pero por un despiste en la administración del artículo editado no se indica que lo que aquí tenéis es la primera entrega de una serie de 5 textos más, en los que hay partes críticas y partes constructivas. El próximo jueves aparecerá la segunda entrega y cada semana una más, pues se trata de mantener un ritmo adecuado para un debate sereno. Al menos, esa es la intención del autor, si la dispersión inevitable de las vacaciones se lo permite. Las partes constructivas serán las dos últimas. Así que espero no agotar vuestra paciencia. Por cierto, el autor del artículo es un profesor de una escuela privada. Por lo demás, sí que existen alternativas, algunas ya en práctica. Por ejemplo, los proyectos pedagógicos de José Antonio Marina. El problema es que se vive en una especie de sugestión colectiva, tal como se critica en los comentarios de «Del otro lado» y de «salva», y hasta que las mentiras y los prejuicios que envuelven nuestro sistema educativo no se desenmascaren y no caigamos en la cuenta que el caballo que creíamos montar es un burro, hay poco margen para los cambios. ¿De verdad, Lluís, crees que todos los diagnósticos publicados han calado en la conciencia de los diferentes actores educativos? Si así fuese, ¿ya se hubiese hecho algo, no? A mí me parece que no han calado. Tal vez porque no se trata de informar con tablas, gráficas y cifras, sino de golpear las conciencias con la cruda realidad y el absurdo al que hemos llegado. Gracias por vuestro interés.

  5. asertus dijo:

    Un pequeño complemento…, recuerdo un post de Guillermo donde decía, más o menos, que «él era de la época en la que en la escuela sólo te enseñaban cosas, en vez de a aprender a aprender, etc…»

    http://www.abc.es/agencias/noticia.asp?noticia=880025

    «Según este estudio, el 88 por ciento de los alumnos de Ciencias Sociales y Jurídicas, entre las que se incluye la carrera de Geografía, no sabe el número de provincias que tiene España.»
    Saludos

  6. Gekokujo dijo:

    Joder Asertus, si todo el mundo sabe que sólo hay una España, una. Lo de las provincias se dice en plural porque los de allí son unos provincianos que no saben nada de D&G y Lady Gaga.

  7. Gekokujo dijo:

    Hecho mi agudo inciso, me parece que es un problema de raíz, que empieza con los más mayores y termina en los niños. Y es que el valor social de la cultura, también de la formación, no es el que quizás fue. De tal palo, tal astilla, es decir, que difícilmente se puede inculcar nada cuando no se ha asumido personalmente.

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