London fashion

Este fin de semana aproveché uno de los principales instrumentos democratizadores que se ha otorgado el pueblo soberano en el presente siglo (los vuelos baratos) para acercarme a Londres. Verán, es sabido que el principal atractivo de Londres, a diferencia de lo que ocurre con otras capitales mundiales, no es lo que la ciudad tiene que ofrecer en el plano monumental / cultural (dado que un incendio en el siglo XIX se lo llevó casi todo por delante), sino algo mucho más sutil: el hecho de ir y poder contarlo, factores que permiten al protagonista del viaje reafirmarse en su alternatividad / estar a la última o, siguiendo la terminología acuñada por Álvaro, su inherente tridimensionalidad. Que sí, que bueno, que tener un weblog ya es bastante tridimensional (y si además no lo actualizas casi nunca, más aún), pero ¿qué me dicen de hablar en un weblog sobre Londres? ¡Soy tan tridimensional que me doy miedo a mí mismo!

Porque uno no va a Londres para ver nada en particular (salvo un concierto o evento cultural que es casi cúbico, tanta es la tridimensionalidad que acredita), sino para poder decir que ha estado en una ciudad extraordinariamente in (hablan inglés y la mitad de sus comercios son un sosias de Operación Triunfo, no les digo más: como NY pero más cerca de España y con la emoción de ponerse a correr en el metro a ver si te disparan) y que en el ínterin uno se ha modernizado como si tuviera la casa llena de vinilos de Ramoncín y Alaska.

En resumen, que la razón de ir allí, más allá del momento extraordinariamente tridimensional de asistir a algún evento concreto (que, total, lo mismo da que vaya Usted o no; ¿quién se va a enterar?), es ir de compras, el punto neurálgico de todo español de pura cepa que se precie. Luego, si de tridimensionalizar se trata, hay que vender la cabra de que uno ha comprado cosas superespeciales y que no se encuentran en ningún sitio salvo en Londres. Y todavía más importante que el qué es el dónde. No me sea Usted antiguo y se vaya a Harrods, compre en un mercadillo o tienda que le permita afirmar que lo que compró lo compró porque Usted, y a lo sumo el pequeño círculo de elegidos que le rodean, sabía dónde comprarlo. Y creo que estoy en condiciones de afirmar que, en lo que a compras respecta, el resultado de mis pesquisas ha dado sobradamente sus frutos.

Fui a Londres y me compré una camiseta y una bala.

Pero no una bala de paja, ni nada por el estilo. No, una bala de las de verdad, de las que hacen pupita. Y además una bala rodeada de todo el glamour de la I Guerra Mundial, una de las miríadas de balas enviadas desde o hacia algún nido de trincheras para conquistar o defender alguna posición absurda. Un peazo de bala, en resumen, desde la cual un siglo de historia nos contempla. ¡Y por sólo media libra! No vean qué risas en la aduana con mi bala (quizás no fue buena idea guardarla en el neceser, con la pasta de dientes y el peine, como diciendo «para mí una bala es un objeto de uso diario»).

Y no se crean que compré mi bala en un lugar cualquiera, no. Como los ingleses son unos histéricos de las dos guerras mundiales (porque ganaron las dos, aunque fuera, las dos veces, gracias a los USA), hay muchos sitios donde hacerse con un objeto tan preciado, pero sin duda pocos con tanto encanto «superespecial» como el mercadillo de Portobello (hasta hace dos días no tenía ni la menor idea de su existencia, pero ¿acaso eso no es un aval más de la tridimensionalidad del lugar?). Y menos aún en el tenderete en concreto donde me hice con mi bala (un momento que pasará a la historia: un amigo se compró un cinturón y una insignia del Ejército Rojo, tras lo cual el vendedor, con gran perspicacia, dijo algo así como «Spanish? I love Franco!»).

A partir de ahora, ya nunca más iré con miedo por la calle. Si alguna banda de maleantes se me acerca, podré decirles ufano «tengo una bala. Sólo una bala. Pero esa bala será para el primero que se acerque. Ya estáis avisados» (y si luego se acerca alguien, pues me llevo la mano al bolsillo, le doy mi bala en premio por su valor, ese weekend me voy a London a comprarme otra bala, y en paz).

Por lo demás, volver a Londres (había ido ya una vez, pero en el siglo pasado y con mis padres: es decir, que aquello de tridimensional tenía más bien poco) me ha permitido cerciorarme de una gran verdad sociológica, que por momentos rivaliza con Gran Hermano. Verán, se supone que la sociedad inglesa ha funcionado históricamente merced al binomio elite cultural muy elitista y muy culta + gran chusma informe (esta, claro, es la visión de la elite cultural, que para algo era la única que sabía leer y escribir). La existencia de esa elite, que canalizaba y adecuaba a sus intereses el fervor violento de los hooligans chusmáticos de otras épocas, era la clave del éxito del modelo civilizatorio inglés (a su vez reproducido en todos y cada uno de los lugares en los que se hicieron con el cotarro, sólo que la elite era aún más reducida), frente a otros como el español (donde la elite, ni se sabe de ella, ni se le espera, y la chusma nunca ha tenido la ocasión de salir de donde estaba, salvo en las últimas dos décadas, con resultados por ahora decepcionantes).

Pues bien, décadas de laborismo (que se llevaron por delante a la elite, convirtiéndola en chusma) seguidas de décadas de thatcherismo y alumnos aventajados como Blair (que se aseguraron de que la chusma siguiera siéndolo), complementadas por la siempre salvífica influencia de la «relación especial» con los USA, han provocado un resultado de sabor netamente español: tanto la elite como la chusma son chusma al 100%, como si de España, país donde la elite (con el único principio motor de perpetuar el chusmismo de la chusma pero sin ofrecer absolutamente nada a cambio) siempre se ha comportado y ha vivido como la chusma que es, se tratara. Así que ir a Londres es como ir a España. ¡Si incluso huele a comida en la calle y en el propio British Museum!



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